CAPÍTULO XI

En tanto que pasaba en Soria lo que llevamos referido, ardía el

campo de los caballeros castellanos en continuas discordias. La poca

actividad de don Alfonso y la insurrección de Galicia, aumentando el

número de los conjurados, inspiraron a sus jefes sobrada presunción

y confianza. El orgullo aristocrático de cada uno de ellos hacía

que todos en particular creyesen o que eran acreedores al supremo

mando, o al menos que podían obrar libre e independientemente de

toda autoridad. El conde de Candespina era sin duda la persona a

quien con menos repugnancia obedecían, y tal vez la fuerza de la

opinión pública, que le era extremadamente favorable, y sus numerosos

vasallos y partidarios, hubieran bastado a asegurarle una dominación

tranquila, si el destino no le hubiese suscitado un terrible rival en

la persona del conde don Pedro de Lara. Envanecido este con los dones

de la fortuna, su ilustre nacimiento y la seductora presencia de que

la naturaleza le dotó, no podía sufrir la idea de que hubiera quien

en nada le fuese superior; pero escaso de la energía necesaria para

poder luchar a cara descubierta con don Gómez, objeto perpetuo de su

envidia, no descuidó ninguno de cuantos ardides y astucias se hallaron

a su alcance para perjudicarle en la opinión del ejército. Nada es más

fácil desgraciadamente que poner en oposición al que obedece con el que

manda: cuántas incomodidades y fatigas son anejas al ejercicio de las

armas; cuántas privaciones lleva consigo la guerra; y hasta la misma

lentitud que la fuerza de las circunstancias imprimía a las operaciones

de aquella campaña, fueron atribuidas mañosamente por los ocultos

emisarios del de Lara a incuria o impericia del supremo caudillo.

El confuso y recatado murmurar del soldado, la taciturnidad de los

oficiales subalternos, y la jactanciosa altanería de muchos de los

caudillos, hicieron conocer a don Gómez que un genio enemigo de su

dicha y de la independencia de Castilla se ocupaba en trastornar sus

planes mejor combinados. La cólera y el dolor se disputaron la posesión

de su alma por algún tiempo; mas venció al fin la prudencia auxiliada

por el amor. Por el interés de la causa común y en beneficio de la

reina, resolvió sacrificar sus resentimientos: reunió un consejo,

manifestó en él las razones poderosas por las que no había juzgado

prudente hacer más que bloquear a Soria, y añadiendo que le parecía

harto pesada la carga del mando para llevarla solo, pidió que se le

diese un colega que alternase en él; y suplicó, a pesar de saber

los malos oficios que le debía, que este fuese el conde don Pedro

de Lara. El consejo convino sin grandes dificultades en el nuevo

nombramiento, y satisfecha por un momento la ambición del conde de

Lara, pareció que las cosas volvían a tomar un aspecto más sereno.

Los dos caudillos resolvieron de común acuerdo que cada uno de ellos

tendría el mando durante ocho días, sirviendo este tiempo el otro como

simple voluntario, para que de este modo pudiese haber más unidad en

las operaciones. Llegado el turno del conde de Lara, deseoso de ganarse

el amor de los soldados, y confiado en las pocas tropas que don Alfonso

tenía en Soria, lo primero que hizo fue mandar mover el campo para

estrechar el bloqueo y convertirlo según anunció en asedio, abandonando

por consiguiente las primitivas posiciones en las montañas que don

Gómez había tomado con el objeto de impedir la llegada de nuevos

tercios enemigos; cosa harto fácil conservándose dueño de sus angostos

desfiladeros, y casi imposible al contrario.

Los soldados, prontos siempre a juzgar por las apariencias, aplaudieron

con entusiasmo lo que ellos llamaban el valor de su nuevo general; y el

conde don Gómez, fiel a su contrato, vio dolorosamente pero en silencio

perderse en un instante todo el fruto de su paciencia y talento. Siguió

empero la marcha del ejército; presenció como este se acampaba con

menos precaución de la que hubiera podido emplearse si el enemigo se

hallase a cien leguas; y previó la ruina completa de Castilla.

Don Pedro Ansúrez, de quien no se dudará que tuviese espías en el

campo castellano, oyó con el mayor placer la noticia de la división

del mando entre los dos condes; pero su gozo llegó al colmo cuando

supo el imprudente movimiento de don Pedro de Lara. Volvieron a

renacer en su corazón las casi amortiguadas esperanzas del triunfo de

los aragoneses; y una circunstancia tan imprevista como feliz, vino,

por decirlo así, a sobrepujar sus más ardientes deseos. Hallábase una

mañana ocupado en el examen de varios papeles relativos a asuntos del

estado, envuelto en una especie de ropaje talar a manera de bata, de

color escarlata ricamente bordada en oro, y cubierta la cabeza con

un casquete del mismo color, cuando uno de sus criados se presentó

diciéndole que uno de los hombres de armas que estaban de guarda en las

puertas de la ciudad había venido a conducir a un castellano desertor

del campo enemigo, quien absolutamente quería hablar con el conde en

persona. Este, que no anhelaba otra cosa más que enterarse a fondo

de lo que pasaba en los reales de los grandes de Castilla, mandó que

entrase el prófugo sin demora, y se dispuso a emplear, para saber de

la verdad, su conocida y admirable astucia. Pocos minutos tardó en

hallarse el desertor en su presencia: era al parecer hombre de unos

cuarenta años de edad, de recia y nervuda complexión, y a pesar de que

en general su porte era grave y mesurado, se veía sin embargo en él

cierta humildad que denotaba bien a las claras no ser su nacimiento de

los más distinguidos; pero como quiera que sea, la tosca regularidad de

sus facciones y la fría tranquilidad de sus miradas denotaban un alma

intrépida y una conciencia tranquila, cosas bien opuestas a la justa

nota de infamia que siempre ha llevado consigo el vil que abandona sus

banderas. Todo esto lo observó el conde de Ansúrez en un instante: le

miró atentamente con aquel aire escudriñador y altanero, propio del

hombre constituido en alta dignidad con los que le son infinitamente

inferiores: el castellano conservó su aire sumiso aunque no abatido,

sufriendo con inalterable impavidez no solo aquella especie de examen

preliminar, sino también el interrogatorio que le siguió inmediatamente.

Como es de presumir, quien rompió primero el silencio fue el conde,

diciendo así:

—¿Quién sois?

—Un castellano; mi nombre es Millán.

—¿Érais soldado en el campo del conde de Candespina?

—Sí, señor, su vasallo y criado años ha.

—¡Santo cielo! —exclamó el conde pudiendo apenas contener su gozo—.

¿Criado del conde de Candespina?

—Sí, señor, lo he sido mucho tiempo...

—¿Y cómo habéis dejado su servicio?

—Me afrentó; juré vengarme, y lo cumpliré.

—¿Os afrentó? ¿Él, el conde de Candespina, tan decantado por su

justicia e imparcialidad? Algún motivo daríais para ello, hermano.

—Ninguno, más que haber osado motejar su..., su traición al rey.

—¿Y por eso solo os afrentó?

—Por eso me mandó tratar como al más miserable de sus esclavos; por

eso he jurado tomar venganza de él; y por eso he venido a buscar a

Vueseñoría.

—Norabuena; sosegaos que Dios mediante se lograrán vuestros deseos, y

el traidor pagará su delito.

—Amén: la traición debe sufrir su pena.

—Así será. ¿Cuándo salisteis del campo?

—Esta noche.

—¿Quién mandaba en él?

—El conde don Pedro de Lara.

—¡Hola! ¿El galante, el afeminado don Pedro?

—El mismo.

—¿Y sabéis vos cuáles son sus proyectos?

—Los soldados dicen que asaltar a Soria.

—Loado sea Dios, que le faltan las fuerzas y le sobra la presunción.

¿Ha dejado algún cuerpo de tropas en la entrada de los montes?

—Ninguno.

—No tiene el rey don Alfonso quien le sirva mejor que el bueno de don

Pedro. ¿Y qué hace en tanto el conde de Candespina?

—Andar errante como un aventurero.

—Mucho le gustan a su señoría los lances extraordinarios.

—Si Vueseñoría me auxilia, yo le prometo proporcionarle uno bien

singular, y que podrá ser el último.

—¿Cómo?

—Trayéndole a Soria.

—Mucho prometéis.

—Más haré.

—Lo veremos.

Aquí suspendió el conde sus preguntas para entregarse al parecer a

una profunda meditación: se levantó de la silla y empezó a pasearse

lentamente por el aposento, parándose alguna vez para fijar la vista en

el soldado, quien impasible como una estatua no movía pie ni mano, ni,

como vulgarmente se dice, pestañeaba siquiera. Por fin, pasados algunos

minutos, tomó el semblante de don Pedro aquella expresión positiva que

denota haber decidido el camino que ha de seguirse en un asunto de

grande importancia; y volviendo a tomar el hilo de la conversación,

dijo a Millán:

—Oídme, hermano, y haced bien vuestras cuentas: cualquiera que sea el

motivo por el que hayáis abandonado el campo de los rebeldes y venido

a uniros a los leales, vuestra suerte está asegurada si cumplís con la

obligación de un buen soldado; contentaos pues con esto, o si persistís

en la oferta de poner al traidor conde de Candespina en poder de su

rey, mirad qué garantías me ofrecéis...

—Mi cabeza responde si no salgo con la empresa.

—Acepto la fianza, y os ofrezco una buena recompensa si la lográis.

—Ver aquí al conde es la única que apetezco.

—Sea: yo me encargo de que no tengáis de qué quejaros si llegare a

venir. Pero veamos cómo pensáis poner en práctica el tal proyecto.

—El conde, con un corto número de servidores, tiene su cuartel separado

del resto del ejército los días en que, como ahora, no está a su cargo

el mando; por la noche es extremada la vigilancia con que están los

suyos, mas apenas amanece, la mayor parte se echan a dormir. Treinta

hombres de armas guiados por mí podrían llegar hasta la misma tienda

del conde sin ser vistos, y entonces...

—Estáis entendido. Seguidme.

Y diciendo así, salió del aposento y condujo a Millán a otro en lo

más apartado de la casa, donde habiéndole hecho entrar lo cerró con

llave. En seguida puso un criado de centinela a la puerta con las más

estrechas órdenes para no permitir que ninguna persona se aproximara a

hablar con el castellano, y volvió a su gabinete, al cual hizo llamar a

diversas personas de las que en su servicio le merecían mayor confianza

para darles las instrucciones que en adelante se verán.

[Ilustración]

El conde de Candespina (1 de 2) · 第 13 / 19 题