CAPÍTULO X

No se engañó don Diego; los que con su venida interrumpieron la

interesante conversación que con Hernando tenía eran sus carceleros,

que venían a traerles la comida. Entraron, como siempre, silenciosos

y comedidos en sus acciones, aunque adustos en el gesto; pusieron la

mesa, en la cual sirvieron una comida no mezquina, y aguardaron, sin

proferir una palabra, a que los prisioneros concluyesen de comer; cosa

que no fue larga, pues preocupado el uno con el proyecto que para

evadirse estaba formando, y ansioso el otro de saberlo, puede decirse

que apenas tocaron los manjares que tenían delante. Llegó, pues, la

para ellos suspirada hora de verse libres de la presencia de sus

carceleros, y luego que estuvieron solos, Hernando, impaciente por

enterarse del proyecto de su amigo, acumulaba pregunta sobre pregunta

y no dejaba proferir una palabra a don Diego, quien, acostumbrado a

proceder en todo con admirable pausa y prolijidad, no sabía tampoco qué

responder. Por fin, viendo el de Olea que nada sabría si no dejaba a su

compañero de cautividad tiempo para coordinar sus ideas y explicarlas

a su modo, hubo de contenerse y logró lo que tanto deseaba, que era

enterarse del plan formado por don Diego, cuyos pormenores omitiremos,

pues habiendo de hablar de su ejecución inmediatamente, sería ocioso

decirlo de antemano. Baste saber que mereció la aprobación de Hernando

en todas sus partes, y que en cuanto a él, solo temía el señor de

Nájara que lo echase a perder por excesivo ardor.

Ya se ha dicho que a pesar de que se tenían con don Diego y Hernando

todas las consideraciones debidas a su calidad, eran sin embargo

aquellas compatibles con la estricta vigilancia necesaria para guardar

prisioneros de tal jerarquía; y por lo mismo se había prevenido a sus

carceleros que visitasen con frecuencia la prisión, con el objeto

de evitar que pudiesen ocuparse en forzar alguna reja o buscar otro

arbitrio para fugarse. La última de estas desagradables visitas

que solían recibir nuestros cautivos era pasada la media noche.

Los carceleros entraban ambos con su linterna, armados cada uno de

un puñal y daga: reconocían primero el aposento, y en seguida se

acercaban cautelosamente cada uno a la cama de uno de los dos presos

para asegurarse de que efectivamente estaban en ellas. Esta fue la

hora que los dos caballeros escogieron para poner en ejecución su

peligrosa empresa. Pasaron las que le precedieron en un profundo

silencio, interrumpido solo ya por un suspiro, ya por una exclamación

involuntaria y aislada, o por algunas frases de oración que dirigían al

cielo para que les fuese propicio en aquel trance.

Lo más difícil para ambos era fingirse dormidos tan perfectamente que

sus carceleros no concibiesen sospechas y estuviesen desprevenidos;

pero al cabo, la indispensable necesidad de hacerlo y el importante

resultado que se proponían conseguir les ayudaron a verificarlo con

toda la propiedad que podía desearse.

La una de la noche sería cuando el sordo ruido de llaves y candados

anunció la llegada de los carceleros; rechinó la pesada puerta

moviéndose sobre sus goznes, e iluminó el aposento la pálida y escasa

luz de las linternas: la respiración de ambos caballeros era igual y

sostenida, y ni el más perspicaz observador hubiera podido adivinar que

realmente estaban despiertos y luchando entre el temor y la esperanza.

—Duermen —dijo el castellano al aragonés.

—Para siempre había de ser —replicó este.

—Calla, no despierten y lo oigan.

—¡Qué han de oír! ¿No oyes como ronca el pelmazo de don Diego?

«No tardaremos», dijo este entre sí, «en ver cuál de los dos lo es más».

—Puede ser —replicó el primer carcelero, sin dejar de reconocer el

aposento—, puede ser que no tarden en verificarse tus deseos.

—¡Hola!, conque...

—Sí; dicen que los tratarán como merecen.

—Es decir, que les cortarán la cabeza.

—Eso mismo.

«¡Perro!», iba a exclamar Hernando; pero venturosamente pudo contenerse.

—No me pesaría —continuó el carcelero— que fuera pronto.

Y en esto, según la costumbre que se ha dicho tenían, terminada

la requisa de la prisión, dejaron las linternas en el suelo y se

aproximaron cada uno a la cama de un prisionero. Si hubiera sido

posible ver el corazón de los dos caballeros castellanos en aquel

crítico momento, sin duda que sin dejarse de hallar en ellos el valor

que tan acreditado tenían en todas ocasiones, se hubieran visto la

agitación y la zozobra inseparables del hombre en el instante de la

ejecución de un proyecto arriesgadísimo, y del que dependen la libertad

y la existencia. Los carceleros, satisfechos de que sus presos dormían,

se volvieron ambos de espalda a los lechos de estos para dirigirse

a tomar sus linternas y marcharse; pero en el mismo instante ambos

caballeros se les arrojaron encima con no vista presteza, y asiéndoles

fuertemente del pescuezo dieron con ellos en tierra antes que pudieran

proferir palabra, ni volver en sí del asombro que tan repentino e

inesperado ataque les causó.

—Si profieres un ay siquiera, eres muerto, miserable —decía Hernando al

carcelero aragonés, poniéndole la rodilla al pecho, y amenazándole con

su propio puñal que acababa de arrancarle, así como la daga; mientras

que don Diego, teniendo al suyo en una posición semejante, le intimaba

con sosegado continente que no se meneara si quería vivir.

—Toda resistencia es inútil, esclavos —dijo don Diego—: ya estáis

desarmados, y los dos hombres con quienes tenéis que hacer valen algo

más que vosotros estando en circunstancias iguales como ahora.

—Señor... —empezó a decir el que estaba a los pies de Hernando; pero

este le echó mano a la garganta, y se la apretó con tanta fuerza que le

hizo poner morado el rostro.

—Silencio, perro —le dijo—; silencio o va tu alma adonde debe estar,

que es en los infiernos.

—Tenedlo vos sujeto a ese —añadió don Diego—, y vos, hermano, levantaos

y tratad de desnudaros lo más pronto que sea posible si no queréis

probar el temple de vuestro propio puñal.

Obedeció trémulo y consternado el carcelero a lo que se le mandaba; y

luego que hubo concluido volvió a echarse en el suelo, adonde don Diego

le ató pies y manos con las sábanas de su cama, tapándole la boca con

un pañuelo, de modo que no podía moverse ni pedir auxilio.

La misma operación se hizo inmediatamente con el otro; pero fue

ayudándole su vencedor Hernando a despojarse de sus vestidos con

maneras harto desabridas, y haciendo brillar continuamente a sus ojos

el terrible puñal.

El silencio de la noche, la escasa luz de las linternas, la terrible

agitación de los cuatro actores, y hasta la misma desnudez en que

quedaron dos de ellos, todo contribuía a dar a la singular escena que

estamos describiendo un aire de sombría originalidad más fácil de

concebir que de explicar. Desnudos pues ambos carceleros, y asegurados

en la forma que del primero se dijo, se disfrazaron Hernando y don

Diego con sus vestidos, sin olvidarse de las armas, ni menos del manojo

de llaves que uno de ellos llevaba; y en seguida tomando cada uno de

ellos un lío que de antemano tenían hecho y oculto, salieron de su

prisión encomendándose a Dios fervorosamente; y cerraron después las

puertas con las mismas precauciones que, para que quedasen seguros,

hubieran podido hacerlo los dos carceleros cuyo papel representaban.

Ni Hernando ni don Diego habían visto de la cárcel en que estaban más

que el cuarto que les servía de prisión, fuera del día que entraron

en ella; pero la impresión que hizo en ellos aquel fue bastante para

que, ayudados con la luz que llevaban y marchando con precaución,

llegasen hasta el cuerpo de guardia, en el que los soldados dormían

sosegadamente: atravesáronlo sin que el que estaba de centinela se lo

estorbase, pues por el traje creyó ser los carceleros, y se pusieron en

la calle.

Sin embargo de haber logrado esta dicha, su posición no dejaba de

ser de las más críticas: en Soria no tenían más que enemigos; y si

existía alguno que no lo fuese, para ellos era desconocido. Ignorando

absolutamente cuanto pasaba fuera de su prisión, no sabían si la reina

estaba o no en Soria, y aunque estuviese, pensaban con razón que

dependiendo de su esposo no podría serles de ninguna utilidad. ¿Qué

hacer? ¿A dónde dirigirse? ¿A quién pedir auxilio? Su fuga no podía

ignorarse por largo tiempo; y los de la facción aragonesa pondrían

en campaña un sinnúmero de satélites para buscar al señor de Nájara

y al amigo del conde de Candespina. Todas estas, y otras reflexiones

semejantes no menos embarazosas que desagradables, las iban haciendo

entre sí los dos fugitivos, alejándose a paso largo de su prisión, y

llevando por acompañamiento el ladrido de los perros, únicos vivientes

que a tales horas andaban por las calles. Después de caminar así un

cuarto de hora sin dirección marcada, dando vueltas por las calles

de la ciudad, llegaron a una estrecha callejuela a espaldas de una

iglesia; y pareciéndoles paraje seguro, se pararon en ella para tomar

aliento y decidir qué era lo que debían hacer. Empezaron por despojarse

de los vestidos de carceleros, ocultándolos entre un montón de piedras,

y ponerse los de almogávares que con este intento habían sacado de

la prisión; y después de haberse mutuamente propuesto y desechado

varios planes como absurdos unos e impracticables todos, careciendo

absolutamente de conocimiento del terreno y conexiones que pudieran

auxiliarles, resolvieron ponerse en manos de la Providencia y aguardar

que amaneciese, cosa que no estaba lejos, pues la noche se les había

pasado con presteza en medio de sus sobresaltos y trabajos para ponerse

en libertad.

No tardó mucho en efecto en venir la aurora; cesó el monótono son de

los ladridos de los perros, y empezaron a abrirse las puertas de las

casas: pero no se veía salir de ellas al pacífico labrador dirigiendo

tranquilamente su yunta, sino a caballeros armados de punta en blanco,

seguidos de sus pajes y escuderos; a simples soldados cubiertos con

el morrión, embrazado el escudo y al hombro la pica; y a poquísimos

ciudadanos, que en el aire silencioso y abatido no mostraban el natural

desembarazo de los que exentos de penas caminan en su propia ciudad.

Todo esto lo observaban nuestros dos amigos con no poca sorpresa,

admirándose al mismo tiempo de que nadie reparaba en su traje, que

aunque no podía ser extraño en pueblo donde hubiese tropas aragonesas,

era sin embargo por su naturaleza bastante a llamar la atención

del vulgo; pero en esta parte cesó su asombro, viendo a poco que

diferentes grupos de gentes vestidas como ellos, esto es, de verdaderos

almogávares, atravesaban la ciudad en diferentes direcciones; y si no

llevaban concierto marcial, porque en aquella tribu no se conocía, sin

embargo, la hora, las armas, y el aire presuroso y afanado, parecían

indicar que iban destinados a algún servicio militar.

Los dos fugitivos resolvieron reunirse a uno de aquellos grupos y

seguirlo, pues al cabo de este modo llamarían menos la atención, y

acaso podrían encontrar medio de salir de la ciudad. Como cincuenta

de aquellos salvajes pasarían en banda cuando acababan de formar

Hernando y don Diego el proyecto dicho, y uniéndose a ellos sin vacilar

siguieron su movimiento, sin que ninguno los mirase ni reparara en

su aparición. Poco tardaron en verse en la muralla y puerta de la

ciudad: la banda hizo alto; su jefe conferenció algunos momentos con un

caballero que allí estaba, para recibir órdenes sin duda, y en seguida

salieron todos al campo con no poca satisfacción de los dos castellanos.

[Ilustración]

El conde de Candespina (1 de 2) · 第 12 / 19 题