Difícil sería describir la turbación que causó en Burgos el rapto de la
reina a las personas que no estaban iniciadas en la trama de don Pedro
Ansúrez con los nobles y clérigos de aquella ciudad; pero es preciso
confesar que no produjo verdadero sentimiento más que en los soldados
de Diego López, quienes apenas recibida la noticia, salieron en busca
de su caudillo, capitaneados por un don Pedro, hermano del señor de
Nájara.
Así que Álvar Fáñez se vio libre de ellos, hizo proclamar rebeldes en
nombre de don Alfonso a cuantos siguiesen el partido de Candespina;
cerró las puertas de la ciudad y se apercibió para defenderla en
caso de que los soldados de Nájara regresaran e intentasen entrar en
ella por fuerza: mas todas sus disposiciones fueron excusadas, pues
informado el conde de Candespina por Pedro López de lo acaecido en
Burgos, y sabiéndose ya que la reina estaba en Soria en poder de su
marido, le mandó que marchase a reunirse con él en las cercanías de
esta ciudad que intentaba asediar.
La aciaga cacería de Vivar destruyó en un momento la obra que con
tanto riesgo personal había llevado a cabo don Gómez; pero su ánimo
incontrastable no por eso desmayó. Llegadas las cosas al punto en
que estaban, no le era ya posible retroceder, y por más desigual
que pudiese parecer la lucha entre el poderoso monarca de Aragón
y un vasallo de la corona de Castilla, el conde de Candespina no
quiso renunciar a sus pretensiones, que a la verdad no carecían de
fundamentos.
Los grandes de Galicia, a cuyo frente se puso don Diego Gelmírez,
obispo de Santiago y sobrino del pontífice Pascual II, excitados por
el amor a la independencia nacional y el odio a los aragoneses, se
sublevaron contra don Alfonso, pretextando que tenían por inválido su
matrimonio con doña Urraca, en razón del parentesco de ambos consortes;
y proclamaron a don Alfonso de Castilla, hijo de doña Urraca en su
primer matrimonio con el conde de Galicia, y entonces de corta edad.
Esta nueva facción, que en adelante hizo no poco daño a doña Urraca, le
era sin embargo favorable en aquella época, llamando la atención de su
marido a diversos puntos, y debilitando por consiguiente sus fuerzas.
Como es de suponer, el conde no descuidó ponerse en comunicación con
los gallegos insurreccionados; estos enviaron sus embajadores al papa
para tratar de la invalidación del matrimonio de la reina; y rota ya la
barrera, la mayor parte de los nobles de Castilla tomaron las armas
para sacudir el pesado yugo de los aragoneses. En poco tiempo se reunió
alrededor de Soria un poderoso ejército castellano que bloqueó la
plaza, y don Alfonso, que desmintiendo en aquella ocasión su conocida
actividad militar se descuidó en reunir competente número de tropas,
hubo de limitarse a estar encerrado en la plaza, sufriendo que a su
vista ondeasen tranquilamente los pendones de los que llamaba rebeldes.
En aquella ocasión se juntó la flor de Castilla; pero como nuestro
propósito no es escribir circunstanciadamente la historia de esta
época, omitiremos hacer una descripción prolija, y tal vez fastidiosa,
del ejército de los nobles; y no hablaremos más que de los que han de
ocupar algún lugar en el resto de nuestra narración.
Eran de estos los principales el conde de Candespina, a quien ya
conocemos, y don Pedro de Lara, señor poderoso, pero de muy distintas
cualidades que aquel; ambicioso en demasía, tenía todos los demás
vicios que de este dependen; y sobre todos un orgullo sin límite,
y poca delicadeza en la elección de los medios para llegar al fin
que se proponía. Don García, obispo de Burgos, prelado de virtudes
verdaderamente evangélicas, autorizaba con su presencia aquel campo, y
le seguían no pocos eclesiásticos, cuya influencia en el pueblo era de
la mayor importancia.
Don Alfonso hizo en público a la reina una acogida tan cariñosa como si
se hubieran separado por alguna circunstancia imprevista, y fuera el
amor conyugal y no la fuerza la que volvía a reunirlos; pero en secreto
la reprendió severamente por su fuga, amenazándola de que usaría, si
en lo sucesivo no variaba de conducta, de su autoridad como marido
y poderío como rey de Aragón. Otra mujer más prudente hubiera acaso
contemporizado con su marido, no permitiéndole las circunstancias
obrar de otro modo; mas doña Urraca, demasiado irascible, trató a don
Alfonso con una acrimonia que solo sirvió para empeorar su situación.
El rey de Aragón, no atreviéndose a usar de su poder abiertamente,
y escarmentado del suceso de Castellar, renunció a tomar medidas
violentas cuyo efecto, le manifestó el conde de Ansúrez, no podría
ser otro más que el de enajenarle enteramente los ánimos de los mal
contentos castellanos y fortificar el partido de la reina; mas no
por eso mejoró esta de posición, pues si bien continuó viviendo con
su esposo, tratada en lo exterior como a su alta dignidad convenía,
también fueron separadas de su lado cuantas personas se tuvieron por
afectas a ella. El conde de Ansúrez, con el título de mayordomo mayor,
era una especie de carcelero de Su Alteza; y toda su nueva servidumbre,
compuesta de personas vendidas al mayordomo, un enjambre de espías
destinados a evitar todo género de comunicación de doña Urraca con
sus amigos. Sin embargo, nada fue tan sensible a la reina como verse
privada de su fiel camarera, la bella Leonor de Guzmán, a quien de
orden del rey se puso en reclusión en un convento de religiosas de la
ciudad de Soria. Única persona que había llegado a conocer a fondo a
doña Urraca, Leonor le era tan necesaria para mitigar sus penas como
para ayudarla a sobrellevar el peso de su insípida y monótona vida;
y por lo mismo el conde de Ansúrez, que además temía los talentos y
penetración de la camarera, tuvo buen cuidado de alejarla de sí.
En tanto que doña Urraca pasaba triste y pesarosa su vida en los
dorados hierros de su palacio, Leonor, en el silencioso retiro de un
claustro, dirigía continuamente sus ruegos al que todo lo puede, para
que mejorase sus horas y las de su señora, a quien, a pesar de todos
sus defectos, quería entrañablemente; y debemos decir como fieles
historiadores que los campeones de Castellar tenían no poca parte en
sus oraciones, especialmente el intrépido Hernando, quien tan generosa
y temerariamente había puesto en riesgo su vida por defenderla cuando
fue presa con la reina en las cercanías de Vivar.
Don Diego López y Hernando de Olea, presos en la cárcel de Soria y
custodiados con la más activa vigilancia, aunque en honor de la verdad
tratados en lo demás como era debido a su nobleza y valor, sufrían
todos los tormentos inseparables de la doble incertidumbre en que
vivían, tanto de su suerte futura, como de la situación de la reina y
estado de los negocios del conde de Candespina; pues sus carceleros,
aragonés el uno, y criado del conde de Ansúrez el otro, guardaban el
más profundo silencio con ellos, alegando cuando les hacían alguna
pregunta órdenes superiores que tenían para no contestar a ella.
Diversos eran los pareceres en el consejo de Alfonso sobre la suerte
que debía caber a los dos nobles cautivos: los aragoneses que eran más
encarnizados enemigos de Castilla y aquellos castellanos que habiéndose
ya comprometido en el partido del de Aragón solo podían esperar salud
en el triunfo de este opinaban que se les decapitara, cosa, decían,
que el rey puede hacer sin escándalo, pues han sido rebeldes al que
como esposo de doña Urraca es su legítimo soberano; emitiendo el mismo
principio, pero siendo más generosos y tal vez más políticos, otros
caballeros de Aragón decían qué aun cuando Su Alteza podía legalmente
hacerlos castigar como traidores, sin embargo era más conforme a su
grandeza y magnanimidad, y más conveniente a sus mismos intereses, no
usar con ellos de todo el rigor de su justicia, pues por más que fuese
merecido aquel castigo, siempre sería muy pesado para la grandeza de
Castilla ver que el rey de Aragón trataba así a dos de sus miembros.
Quien tenía la balanza en aquel negocio, como privado del rey, era
don Pedro Ansúrez, y este era demasiado prudente y astuto para dar un
paso de tal importancia, ya que para siempre le cerraría la entrada de
Castilla, si triunfaba el partido de la reina, al haber tomado parte
en la ejecución de Hernando y de don Diego, quienes en su prisión
ignoraban absolutamente cuanto sobre ellos se trataba.
El paciente don Diego López llevaba con resignación aquella
calamidad, contentándose con rogar a Dios le sacase de ella; mas el
iracundo Hernando, incapaz de sufrimiento, no reposaba un instante.
Su imaginación le presentaba ya el cadalso a que le seguían sus
compañeros, ya una oscura prisión en que como él gemía su amigo don
Gómez; pero sobre todo las delicadas manos de la bella Leonor cargadas
de pesados hierros era la idea que más le atormentaba. Entregándose
otras veces a la más ciega esperanza, veía triunfantes las armas de
Candespina, creía arrancar con sus propias manos a Leonor del poder
de los satélites aragoneses; y la más dulce, la más grata de las
recompensas que podía imaginar, era la mano de su dama. Ora prorrumpía
en terribles maldiciones contra su destino, ora, y eran las más
veces, imploraba uno después de otro a todos los santos del cielo,
ofreciendo a este una novena, a aquel una misa para que milagrosamente
le sacaran de allí. El señor de Nájara oía tranquilamente sus
arrebatadas expresiones, o sus ruegos, y acababa siempre exhortándole
a la paciencia, único recurso en verdad que entonces tenían, pero
que Hernando no podía tomar a menos, decía él, que no le hiciesen
enteramente de nuevo.
—Decid lo que queráis, don Diego —le decía Hernando—, decid lo que
queráis, pero yo jamás podré acostumbrarme a vivir encerrado entre
cuatro paredes.
—Os han de acostumbrar por fuerza —replicó el de Nájara.
—Noramala nos acordamos de cazar. Lo que más me mata es ignorar
absolutamente qué es de la reina, de don Gómez y de..., de doña Leonor.
—La reina estará o presa, o en su palacio.
—Sí; por fuerza en alguna aparte estará, y no deseo yo a Su Alteza
que esté como nosotros. Os juro por el santo de mi nombre que estoy
desesperado.
—Y yo os lo creo, Hernando, sin que juréis; pero hiciérades mejor en
sosegaros, que llevándolo con paciencia ganarais al menos para con Dios.
—Sí; bueno es rogar a Dios, pero mejor sería ayudarnos nosotros en
algo, pues estándonos así siempre...
—¿Y está en nuestra mano hacer otra cosa?
—Parece que no; pero discurrid a ver si encontráis algún medio para
salir de aquí.
—Que nos abran las puertas, y...
—El día que se abran acaso será para sufrir en un cadalso...
—Dios nos defienda: mas hágase su voluntad.
—Amén, amén; pero veamos, ¿no se podrían forzar los hierros de esta
reja?
—A menos que por un milagro no tengáis de repente las fuerzas de Sansón.
—Cuerpo de mí; ¿y dos hombres que saben manejar lanza y espada han de
morir aquí como perros? Más valiera que aquellos almogávares hubieran
concluido con nosotros.
—Quién sabe. Tal vez el cielo nos prepara mejor suerte de la que
pensáis.
—Tal vez, y entonces han de pagar aquel maldito día en que nos dejamos
coger como en ratonera; si las armas de los leales llegan a sacarnos
de aquí, si una vez vuelve mi brazo a blandir la lanza, ¡ah, señores
aragoneses!, ajustaremos nuestras cuentas y no habéis de salir
alcanzados en golpes; no.
—Norabuena: más quiero veros así.
—Oíd, don Diego, veis estos malditos vestidos de pieles que nos
pusieron aquellos salteadores, los he conservado ambos desde aquel día;
y hasta que se los haga poner uno por uno a todos los caballeros de
Aragón no he de sosegar.
—¿Sabéis qué me ocurre?
—¿Qué?
—Que si una vez llegamos a poder salir de este encierro, esos vestidos
facilitarían nuestra fuga.
—Cierto, si encontramos un medio...
—Puede ser.
—¡Dios mío!, y ¿cuál es?
—Esperad: dejadme pensar un poco.
—No; decid, decid, después pensaréis.
—Se trata de... Silencio: son nuestros carceleros..., después
hablaremos.
[Ilustración]