CAPÍTULO VIII

Si hemos conseguido inspirar con esta narración algún interés a

nuestros lectores, sin duda recordarán la junta de los caballeros

burgaleses en el palacio episcopal, y que se separaron, tomando el

conde don Pedro Ansúrez a su cargo proponer los medios para devolver a

don Alfonso su fugitiva esposa.

No ignoraba el conde que, a pesar de la decisión que todos manifestaron

de usar de la fuerza cuando no hubiese otro arbitrio para conseguir

su fin, no podía sin embargo contar con el más exacto cumplimiento de

tal oferta; pues el motivo más poderoso que la mayor parte de aquellos

nobles había tenido para unírsele era el deseo de evitar una guerra.

Esta consideración fue la base de su conducta. Salió pues de Burgos

para Soria el día inmediato al de la junta; avistose con don Alfonso, y

de acuerdo con él, dispuso que una tropa de almogávares fuese con todo

secreto y celeridad a situarse en las montañas vecinas a la capital

de Castilla. Desde luego era de presumir que la reina no dejaría de

visitar los alrededores de la corte; y por otra parte contando, como

el conde contaba, con muchos partidarios en el mismo alcázar, le era

fácil disponer por sí mismo la ocasión que deseaba. En efecto, algunos

cortesanos de la facción aragonesa en el fondo, aunque en la apariencia

adictos a doña Urraca, manifestando no temer ningún peligro, y bajo

pretexto de despreciar a los enemigos, eran los que más fomentaban

las intempestivas fiestas que se dieron en Burgos, y por último,

promovieron la cacería que tan cara costó a la reina.

Los almogávares, entre los cuales, y con su mismo traje se mezclaron

por precaución algunos caballeros aragoneses, recibieron las más

estrechas órdenes de no ofender en su persona a la reina ni a ninguno

de los individuos de su comitiva, a menos que las circunstancias

hiciesen absolutamente indispensable usar de la fuerza; pues el

prudente Ansúrez no quería tampoco enconar los ánimos contra sí, ni

hacerse enemigos particulares por si los tiempos mudaban. A esto debió

sin duda Hernando de Olea que los feroces montañeses no vengaran

cruelmente la pérdida del compañero que les mató con su venablo, y,

para decir lo cierto, el origen de su impunidad fue más bien que los

caballeros aragoneses disfrazados de almogávares se interpusieron

entre él y los camaradas del muerto, que no el respeto de estos a sus

promesas. Como quiera que sea, luego que los prisioneros hubieron

vestido el traje de sus vencedores, precaución que se adoptó para

que en caso de encontrar en el camino con algún destacamento de las

tropas del conde de Candespina o sus parciales no fuesen conocidos,

se pusieron en marcha, montadas las señoras y a pie los demás, y

caminaron con una celeridad increíble. Diego López y Hernando de Olea

eran hombres acostumbrados a todo género de fatigas; pero apenas

podían seguir a sus conductores, que trepaban por las breñas con la

misma ligereza que hubiera podido hacerlo la más suelta cabra. Tres

o cuatro leguas andarían aquella noche, siempre por la sierra, sin

seguir ninguna vereda, y por parajes en donde apenas podían sentar el

pie los caballos de Doña Urraca y Leonor. Tan pronto atravesaban un

torrente como veían a sus pies un horroroso precipicio, y más allá se

metían en un angosto y profundo desfiladero. La noche era oscura; desde

el principio de ella empezaron a amontonarse las nubes; y por fin

descargó sobre los desgraciados presos una horrible tempestad.

Que el lector se imagine ahora la situación de una reina de Castilla en

medio de un despoblado, cautiva en poder de unos bandidos y expuesta

al furor de los elementos que también parecían conjurarse en su daño,

y decida si con razón iba entre sí lamentándose de su suerte que ni

suspirar la dejaba libremente; pues tal era el temor que tenía de

contravenir a las órdenes de los almogávares que no profería ni un

ay. Los montañeses, gente familiarizada con semejantes escenas, no

parecían inquietarse por nada de cuanto sucedía, y según el tono con

que hablaban podían los prisioneros creer que iban contentos; porque

en cuanto a su conversación, que toda era en el dialecto catalán, nada

entendían de ella.

Por fin, después de bastantes horas de camino y sereno ya el cielo,

llegaron a una pequeña aldea en donde estaba el conde don Pedro

Ansúrez con varios señores aragoneses, algunos de sus parciales y

una respetable escolta de hombres de armas. Aunque no se presentó

aquella noche a la reina, dispuso que se alojara esta señora en la

casa más cómoda que había en el pueblo, hizo que se la diesen vestidos

correspondientes a su clase y que se tuvieran con ella y su camarera

las mayores consideraciones: mas no por esto descuidó el asegurarse de

su persona rodeando el alojamiento de soldados que a nadie permitían

entrar ni salir en él sin una contraseña especial del conde.

En cuanto a Diego López y Hernando de Olea, se les depositó en las

casas capitulares bajo la competente guarda, tratándoles en lo demás

con todo decoro.

Decir que ni la reina, ni Leonor, a quienes no se separó, no pensaron

siquiera en dormir aquella noche, sería excusado, pues es fácil de

presumir que su extremada agitación no se lo permitió. Una y otra

pasaron la noche tan pronto lamentando su mala suerte como haciendo

conjeturas sobre lo futuro, o recordando con dolor los breves instantes

de la dicha pasada. Amaneció por fin, y a poco un gentil hombre del

conde Ansúrez se presentó a pedir a la reina audiencia para su señor.

—Decid al conde —contestó doña Urraca— que una prisionera como yo, una

persona a quien se prende en medio de un monte como a un vil salteador,

no tiene voluntad; y así puede venir o no venir según sea su gusto.

—Crea Vuestra Alteza —replicó el mensajero— que el conde mi señor...

—Es un traidor.

—¡Señora!

—Hidalgo, si os merece alguna consideración la hija de Alfonso VII de

Castilla, idos en buen hora y no abuséis de mi paciencia.

—Obedezco.

Y fuese a dar su respuesta al conde, quien oyéndola exclamó:

—Es natural: no esperaba yo menos de su colérica condición; pero no

importa, es preciso que yo la vea.

Resuelto, pues, a sufrir con paciencia la descarga de injurias que

indudablemente iba a caer sobre él, no dejó pasar muchos instantes sin

presentarse en la habitación de doña Urraca, y entró en ella con un

aire de respeto y sumisión que a cualquiera que ignorase lo ocurrido

hubiera hecho creer que la reina no tenía vasallo más dispuesto a

obedecerla que él.

La reina le miró con un ceño capaz de desconcertar a cualquier otro,

mas él, sin turbarse, hincó una rodilla ante su señora, diciendo:

—Vuestra Alteza tiene a sus pies...

—Al que fue mi ayo en la niñez, al que debía ser ahora mi vasallo y es

un vil instrumento de mi mayor enemigo.

—Señora —continuó el conde sin alterarse—, las apariencias pueden

condenarme...

—¿Las apariencias no más? —interrumpió furiosa la reina—. Decid, pues,

conde vil, mal caballero, vasallo desleal, decid: ¿Quién me arrancó

de mi corte? ¿Quién me puso en manos de esos miserables que me han

conducido hasta aquí?

—Alfonso de Aragón —contestó el conde dejando la humilde postura en que

había permanecido hasta aquel momento, pero conservando siempre su tono

respetuoso—, un esposo, señora, es quien os ha traído aquí, no yo.

—¿Mi esposo? Contará sin duda añadir este triunfo a sus hazañas: este

nuevo florón a su corona imperial.

—Vuestra Alteza desconoce las verdaderas intenciones de don Alfonso:

yo, a quien honra con su confianza...

—Y la merecéis. Sería injusto si no os la diese: por él abandonáis a

vuestra reina; por él sacrificáis la infeliz Castilla a sus ambiciosas

miras; por él mancilláis el honor de los infanzones... Conde,

concluyamos; vuestra presencia me es odiosa, no puedo menos de miraros

como a un verdugo vendido a mis enemigos. Decid pronto lo que os hayan

mandado. ¿Qué nueva prisión es la que me destinan?

—Lejos, señora, de preparar a Vuestra Alteza prisión ninguna, deseoso

el rey de Aragón de reparar la dureza...

—La crueldad, diréis mejor.

—Sea como Vuestra Alteza quiera, lo cierto es que el rey don Alfonso

no trata de aprisionaros de nuevo. Quiere que su esposa vuelva a ser

el ornato de su corte; quiere que reine entre él y doña Urraca la

armonía que nunca hubiera debido interrumpirse. ¿Quién con más derecho

que yo, que he dirigido los primeros pasos de Vuestra Alteza, y que

me glorío de haberla servido desde que nació, podría encargarse de

esta reconciliación? Vuestra Alteza está ofendida, y me ha llenado

de injurias que pocos de mis iguales tolerarían: yo las olvido. Solo

suplico, puesto de nuevo a los pies de mi reina, que cediendo por su

propio interés a mis consejos, prescinda de los medios que para evitar

mayores males ha sido preciso emplear para sacarla de Burgos, y que

depuesto todo rencor se reconcilie de buena fe con su esposo. Estos,

señora, son mis deseos; y si para satisfacción de Vuestra Alteza es

necesaria mi vida, pronto estoy a sacrificarla.

—Hubo un tiempo, conde —respondió sosegadamente la reina—, en que pude

creeros sincero. Hoy vuestras mañosas palabras no lograrán convencerme.

Sin embargo, aún os queda un medio de justificaros. Escuchadme

atentamente, don Pedro: entre Alfonso y yo no puede haber nunca paz

mientras vivamos unidos; y tengo motivos de creer que no está lejos el

momento de separarnos para siempre. Si queréis pues cumplir con vuestra

obligación, volvedme a Burgos.

—Imposible, señora; mis juramentos me lo prohíben, y aun cuando yo

quisiera...

—Basta: retiraos, y sabed que no debéis esperar más de mí que lo que

como prisionera no pueda negaros.

—¡Señora!...

—Retiraos digo; Leonor: esta es la nobleza de Castilla.

—¡Ah, señora! —dijo la camarera luego que el conde salió—, no todos son

como ese pérfido.

[Ilustración]

El conde de Candespina (1 de 2) · 第 10 / 19 题