Si hemos conseguido inspirar con esta narración algún interés a
nuestros lectores, sin duda recordarán la junta de los caballeros
burgaleses en el palacio episcopal, y que se separaron, tomando el
conde don Pedro Ansúrez a su cargo proponer los medios para devolver a
don Alfonso su fugitiva esposa.
No ignoraba el conde que, a pesar de la decisión que todos manifestaron
de usar de la fuerza cuando no hubiese otro arbitrio para conseguir
su fin, no podía sin embargo contar con el más exacto cumplimiento de
tal oferta; pues el motivo más poderoso que la mayor parte de aquellos
nobles había tenido para unírsele era el deseo de evitar una guerra.
Esta consideración fue la base de su conducta. Salió pues de Burgos
para Soria el día inmediato al de la junta; avistose con don Alfonso, y
de acuerdo con él, dispuso que una tropa de almogávares fuese con todo
secreto y celeridad a situarse en las montañas vecinas a la capital
de Castilla. Desde luego era de presumir que la reina no dejaría de
visitar los alrededores de la corte; y por otra parte contando, como
el conde contaba, con muchos partidarios en el mismo alcázar, le era
fácil disponer por sí mismo la ocasión que deseaba. En efecto, algunos
cortesanos de la facción aragonesa en el fondo, aunque en la apariencia
adictos a doña Urraca, manifestando no temer ningún peligro, y bajo
pretexto de despreciar a los enemigos, eran los que más fomentaban
las intempestivas fiestas que se dieron en Burgos, y por último,
promovieron la cacería que tan cara costó a la reina.
Los almogávares, entre los cuales, y con su mismo traje se mezclaron
por precaución algunos caballeros aragoneses, recibieron las más
estrechas órdenes de no ofender en su persona a la reina ni a ninguno
de los individuos de su comitiva, a menos que las circunstancias
hiciesen absolutamente indispensable usar de la fuerza; pues el
prudente Ansúrez no quería tampoco enconar los ánimos contra sí, ni
hacerse enemigos particulares por si los tiempos mudaban. A esto debió
sin duda Hernando de Olea que los feroces montañeses no vengaran
cruelmente la pérdida del compañero que les mató con su venablo, y,
para decir lo cierto, el origen de su impunidad fue más bien que los
caballeros aragoneses disfrazados de almogávares se interpusieron
entre él y los camaradas del muerto, que no el respeto de estos a sus
promesas. Como quiera que sea, luego que los prisioneros hubieron
vestido el traje de sus vencedores, precaución que se adoptó para
que en caso de encontrar en el camino con algún destacamento de las
tropas del conde de Candespina o sus parciales no fuesen conocidos,
se pusieron en marcha, montadas las señoras y a pie los demás, y
caminaron con una celeridad increíble. Diego López y Hernando de Olea
eran hombres acostumbrados a todo género de fatigas; pero apenas
podían seguir a sus conductores, que trepaban por las breñas con la
misma ligereza que hubiera podido hacerlo la más suelta cabra. Tres
o cuatro leguas andarían aquella noche, siempre por la sierra, sin
seguir ninguna vereda, y por parajes en donde apenas podían sentar el
pie los caballos de Doña Urraca y Leonor. Tan pronto atravesaban un
torrente como veían a sus pies un horroroso precipicio, y más allá se
metían en un angosto y profundo desfiladero. La noche era oscura; desde
el principio de ella empezaron a amontonarse las nubes; y por fin
descargó sobre los desgraciados presos una horrible tempestad.
Que el lector se imagine ahora la situación de una reina de Castilla en
medio de un despoblado, cautiva en poder de unos bandidos y expuesta
al furor de los elementos que también parecían conjurarse en su daño,
y decida si con razón iba entre sí lamentándose de su suerte que ni
suspirar la dejaba libremente; pues tal era el temor que tenía de
contravenir a las órdenes de los almogávares que no profería ni un
ay. Los montañeses, gente familiarizada con semejantes escenas, no
parecían inquietarse por nada de cuanto sucedía, y según el tono con
que hablaban podían los prisioneros creer que iban contentos; porque
en cuanto a su conversación, que toda era en el dialecto catalán, nada
entendían de ella.
Por fin, después de bastantes horas de camino y sereno ya el cielo,
llegaron a una pequeña aldea en donde estaba el conde don Pedro
Ansúrez con varios señores aragoneses, algunos de sus parciales y
una respetable escolta de hombres de armas. Aunque no se presentó
aquella noche a la reina, dispuso que se alojara esta señora en la
casa más cómoda que había en el pueblo, hizo que se la diesen vestidos
correspondientes a su clase y que se tuvieran con ella y su camarera
las mayores consideraciones: mas no por esto descuidó el asegurarse de
su persona rodeando el alojamiento de soldados que a nadie permitían
entrar ni salir en él sin una contraseña especial del conde.
En cuanto a Diego López y Hernando de Olea, se les depositó en las
casas capitulares bajo la competente guarda, tratándoles en lo demás
con todo decoro.
Decir que ni la reina, ni Leonor, a quienes no se separó, no pensaron
siquiera en dormir aquella noche, sería excusado, pues es fácil de
presumir que su extremada agitación no se lo permitió. Una y otra
pasaron la noche tan pronto lamentando su mala suerte como haciendo
conjeturas sobre lo futuro, o recordando con dolor los breves instantes
de la dicha pasada. Amaneció por fin, y a poco un gentil hombre del
conde Ansúrez se presentó a pedir a la reina audiencia para su señor.
—Decid al conde —contestó doña Urraca— que una prisionera como yo, una
persona a quien se prende en medio de un monte como a un vil salteador,
no tiene voluntad; y así puede venir o no venir según sea su gusto.
—Crea Vuestra Alteza —replicó el mensajero— que el conde mi señor...
—Es un traidor.
—¡Señora!
—Hidalgo, si os merece alguna consideración la hija de Alfonso VII de
Castilla, idos en buen hora y no abuséis de mi paciencia.
—Obedezco.
Y fuese a dar su respuesta al conde, quien oyéndola exclamó:
—Es natural: no esperaba yo menos de su colérica condición; pero no
importa, es preciso que yo la vea.
Resuelto, pues, a sufrir con paciencia la descarga de injurias que
indudablemente iba a caer sobre él, no dejó pasar muchos instantes sin
presentarse en la habitación de doña Urraca, y entró en ella con un
aire de respeto y sumisión que a cualquiera que ignorase lo ocurrido
hubiera hecho creer que la reina no tenía vasallo más dispuesto a
obedecerla que él.
La reina le miró con un ceño capaz de desconcertar a cualquier otro,
mas él, sin turbarse, hincó una rodilla ante su señora, diciendo:
—Vuestra Alteza tiene a sus pies...
—Al que fue mi ayo en la niñez, al que debía ser ahora mi vasallo y es
un vil instrumento de mi mayor enemigo.
—Señora —continuó el conde sin alterarse—, las apariencias pueden
condenarme...
—¿Las apariencias no más? —interrumpió furiosa la reina—. Decid, pues,
conde vil, mal caballero, vasallo desleal, decid: ¿Quién me arrancó
de mi corte? ¿Quién me puso en manos de esos miserables que me han
conducido hasta aquí?
—Alfonso de Aragón —contestó el conde dejando la humilde postura en que
había permanecido hasta aquel momento, pero conservando siempre su tono
respetuoso—, un esposo, señora, es quien os ha traído aquí, no yo.
—¿Mi esposo? Contará sin duda añadir este triunfo a sus hazañas: este
nuevo florón a su corona imperial.
—Vuestra Alteza desconoce las verdaderas intenciones de don Alfonso:
yo, a quien honra con su confianza...
—Y la merecéis. Sería injusto si no os la diese: por él abandonáis a
vuestra reina; por él sacrificáis la infeliz Castilla a sus ambiciosas
miras; por él mancilláis el honor de los infanzones... Conde,
concluyamos; vuestra presencia me es odiosa, no puedo menos de miraros
como a un verdugo vendido a mis enemigos. Decid pronto lo que os hayan
mandado. ¿Qué nueva prisión es la que me destinan?
—Lejos, señora, de preparar a Vuestra Alteza prisión ninguna, deseoso
el rey de Aragón de reparar la dureza...
—La crueldad, diréis mejor.
—Sea como Vuestra Alteza quiera, lo cierto es que el rey don Alfonso
no trata de aprisionaros de nuevo. Quiere que su esposa vuelva a ser
el ornato de su corte; quiere que reine entre él y doña Urraca la
armonía que nunca hubiera debido interrumpirse. ¿Quién con más derecho
que yo, que he dirigido los primeros pasos de Vuestra Alteza, y que
me glorío de haberla servido desde que nació, podría encargarse de
esta reconciliación? Vuestra Alteza está ofendida, y me ha llenado
de injurias que pocos de mis iguales tolerarían: yo las olvido. Solo
suplico, puesto de nuevo a los pies de mi reina, que cediendo por su
propio interés a mis consejos, prescinda de los medios que para evitar
mayores males ha sido preciso emplear para sacarla de Burgos, y que
depuesto todo rencor se reconcilie de buena fe con su esposo. Estos,
señora, son mis deseos; y si para satisfacción de Vuestra Alteza es
necesaria mi vida, pronto estoy a sacrificarla.
—Hubo un tiempo, conde —respondió sosegadamente la reina—, en que pude
creeros sincero. Hoy vuestras mañosas palabras no lograrán convencerme.
Sin embargo, aún os queda un medio de justificaros. Escuchadme
atentamente, don Pedro: entre Alfonso y yo no puede haber nunca paz
mientras vivamos unidos; y tengo motivos de creer que no está lejos el
momento de separarnos para siempre. Si queréis pues cumplir con vuestra
obligación, volvedme a Burgos.
—Imposible, señora; mis juramentos me lo prohíben, y aun cuando yo
quisiera...
—Basta: retiraos, y sabed que no debéis esperar más de mí que lo que
como prisionera no pueda negaros.
—¡Señora!...
—Retiraos digo; Leonor: esta es la nobleza de Castilla.
—¡Ah, señora! —dijo la camarera luego que el conde salió—, no todos son
como ese pérfido.
[Ilustración]