Sucedíanse en el alcázar de Burgos festines a festines: solo se pensaba
en diversiones, y hubiera sido difícil adivinar por las apariencias la
precaria y efímera existencia de la dominación de doña Urraca.
Los mismos que secretamente conspiraban contra la reina, eran los
primeros en aprovecharse de sus indiscretas liberalidades, y en
mostrarse oficiosos en inventar nuevos placeres, para ocultar así
mejor sus proyectos y disipar toda sospecha; la reina veía con placer
su mentido celo, y casi no echaba de menos la presencia del conde de
Candespina.
Hernando de Olea y el señor de Nájara, dejándose arrastrar de la
corriente, también pensaban más en solazarse que en otra cosa; y así
eran de poquísimo estorbo para sus contrarios.
En particular Hernando, que por la parte que tuvo en el suceso del
Castellar gozaba de gran favor con la reina y andaba siempre a su
inmediación, con la vista y el frecuente trato de doña Leonor de Guzmán
empezó a conocer que no era tan insensible como creía a los encantos
del bello sexo. Hasta entonces había mirado siempre con repugnancia, y
acaso con horror, la vida afeminada de la corte, y desdeñado acomodarse
a los modales de los palaciegos, a quienes despreciaba; pero el deseo
de agradar a doña Leonor le hizo vencerse e imitar lo que veía. De aquí
resultaba un contraste singular y casi ridículo en todas sus acciones
y palabras; pues a pesar de sus esfuerzos, le era imposible reprimir
en algunas ocasiones su natural impetuosidad, y dejar de producirse
con la aspereza y energía que le eran propias. Mas a pesar de que
por esta parte el pobre Hernando no presentaba el aspecto más propio
para agradar, sin embargo su figura colosal y bien proporcionada, su
rostro hermoso aunque guerrero y la fama de sus hazañas eran con una
dama de aquellos tiempos recomendaciones suficientes para no despreciar
enteramente la ofrenda de su corazón. Doña Leonor, pues, vio con cierta
complacencia la naciente inclinación del de Olea, y se condujo con toda
la maestría propia de una mujer de talento y cortesana.
En tanto que el amor y los placeres reinaban en la capital de Castilla,
el conde de Candespina no perdonaba medio ni fatiga para levantar
sus tropas y las de sus amigos: pasaba el día expidiendo correos con
avisos a los señores en quienes tenía más confianza, y órdenes para
sus vasallos; y la noche escribiendo las cartas que debía enviar al
siguiente día.
Él mismo no permanecía cuarenta y ocho horas en un paraje; corría todas
las villas, lugares y alquerías de sus dominios: a unos amenazaba;
a otros persuadía con el halago; a este le exigía caballos, al otro
armas, al de más allá su persona; y, por último, todo lo ponía en
contribución para lograr prontamente su objeto.
Entre los señores a quienes envió a pedir socorro citaremos como
más principales a Íñigo Jiménez, que gobernaba en Calahorra y ambos
Cameros, Garci López en Tobía y Marañón, y señaladamente al conde don
Pedro González, señor de Lara, de Medina, Mormojón, Dueñas y Tariego,
quien tanto por lo ilustre de su linaje, que es uno de los cinco
grandes solares de Castilla, cuanto por su riqueza y fama, era tenido
en grande estima y valía en aquella época.
Los que hemos nombrado, y algunos otros que omitimos en obsequio de la
brevedad, se decidieron desde luego en favor de la reina, porque les
era muy pesada la dominación del de Aragón, y confiaban en sus riquezas
y vasallos, que capitaneados por el conde de Candespina, podrían
resistir y acaso vencer a don Alfonso. Por el contrario, los que
compusieron la junta de Burgos, eran todos caballeros cortesanos, mejor
avenidos con los festines y torneos que con el rigor de los combates,
y que preferían vivir pacífica y sosegadamente bajo el gobierno de un
extraño a exponerse a los riesgos de la guerra, irritando a un monarca
tan poderoso y esforzado como el de Aragón.
Así se pasaron algunos días, hasta uno en que ya cansada doña Urraca
de las diversiones de la capital, dispuso salir a caza con todo el
aparato correspondiente. La corte entera se puso en movimiento: todos
los caballeros apercibían sus caballos y perros, y los monteros se
desafiaban unos a otros sobre quién haría alarde de más destreza y
fuerza en la próxima cacería; diversión en aquellos tiempos propia
solo de los príncipes y grandes señores, quienes no perdonaban gastos
para hacerla con toda la ostentación posible. Las damas, que a caballo
asistían también a amenizar el espectáculo, se esmeraban en los
vestidos y sombrerillos, procurando cada una sobrepujar a las demás en
gala y bizarría; y la reina, no menos que las otras, se ocupaba también
en sus adornos, con el mismo ahínco, o acaso más, que hubiera podido
hacerlo en el negocio de estado de la mayor importancia.
Llegó por fin el día señalado, y desde antes del amanecer empezaron a
oírse los ladridos de los lebreles, el relinchar de los caballos y el
alegre son de las cornamusas.
Caballeros y damas, todos con vestidos de fondo verde, con adornos
y plumas de diferentes colores, conforme al gusto e inclinaciones de
cada uno, se reunieron en el alcázar para acompañar a la reina, quien
no tardó en presentarse tan bizarra con su vestido de caza que excitó
un murmullo general de admiración en los cortesanos, pues, para no
faltar a la verdad, nos es preciso decir que según la crónica no bastó
su alta dignidad a ponerla a cubierto de las críticas observaciones
de las señoras de Castilla. Quién de estas hallaba el vestido muy
largo; quién muy corto; una sobrecargado de adornos al paso que a otra
le parecía harto pobre; esta decía que el color era poco a propósito
para favorecer el rostro de la reina, y aquella que las plumas de la
gorra o sombrerillo eran demasiadas: en resumen, desde la punta del
calzado hasta el último adorno de la cabeza de la reina sufrieron el
más severo de los exámenes. Todo esto debe entenderse en voz baja,
y con el suficiente recato para no ser oídas de doña Urraca, pues a
su presencia o callaban o se deshacían en elogios bien poco sinceros.
Los de los hombres lo eran más, y tal vez por esta causa crecía el
descontento de aquellas damas, porque sabido es que no pueden perdonar
que otra mujer parezca bien a su amante estando ellas presentes, aunque
sea una reina. Una sola entre todas no tuvo motivo de queja, porque su
amante, enteramente ocupado en contemplarla, no hizo siquiera reparo
en la reina, y esta fue doña Leonor, de quien Hernando estaba cada día
más prendado; verdad es que también el primer cuidado de la camarera,
cuando entró en el salón acompañando a su señora, fue buscar a Hernando
para ver qué efecto le hacían sus gracias en aquel nuevo traje, y como
le halló con los ojos clavados en ella, en la actitud de un hombre que
está en éxtasis, no pudo menos de ruborizarse; pero quedando al mismo
tiempo muy satisfecha interiormente.
Lucidísima fue la comitiva que salió de Burgos con la reina, y todos
con gran júbilo y algazara (en cuanto lo permitía la presencia de doña
Urraca) se dirigieron a Vivar, aldea de la montaña, célebre por haber
dado su nombre al Cid Campeador, en la cual debía darse principio a la
montería. Hallábase en ella preparado el desayuno para la reina y las
personas de más cuenta en un magnífico pabellón arabesco, dispuesto
con el mayor gusto, y para la generalidad de los cazadores en el campo
mismo. Oíanse entre tanto los gritos de los ojeadores que de gran
distancia venían estrechando su círculo para reunir las reses en un
corto espacio de terreno; y los bramidos de las acosadas fieras hacían
resonar los ecos de las profundas cavernas de los montes.
Pocas serían las damas de nuestro siglo a quienes la idea sola de
presenciar la caza de jabalíes no asustase, pues en cuanto a encontrar
una que quisiera tomar un venablo y atacar a la fiera, aun cuando otras
heridas la hubiesen ya postrado, la empresa nos parece tan difícil que
raya en lo imposible.
Sin embargo, el mismo clima, la misma tierra habitaban las españolas
del siglo XII que las del XIX.
Pero tal es la fuerza de la costumbre o, por mejor decir, de la
educación, que llega a veces a hacerse superior a la misma naturaleza.
Nuestra augusta cazadora fue la primera a apresurar el momento de dar
principio a la diversión, y en el transcurso de aquel día dio varias
pruebas de valor y destreza, que la atrajeron no pocos vítores y
aplausos de sus vasallos. La mañana se dedicó enteramente a hacer la
guerra a los jabalíes, y la tarde se destinó contra los ciervos, por
ser caza que podía hacerse a caballo. Excusado será decir que doña
Leonor no se apartó ni un momento de la reina, y que Diego López y
Hernando de Olea, como encargados de su guarda, tampoco la perdieron
de vista. En particular este último, que iba encontrando mucho placer
en su encargo, siempre tenía un pretexto para estar más próximo a la
camarera que a la reina: ya era que respetaba demasiado a doña Urraca
para entablar conversación con ella, o que aquel honor era debido
más bien a don Diego que a él. En resumen, el amor, como todas las
pasiones, era en él dominante, exclusivo e incapaz de ocultarse, y
si hubiera encontrado expresiones a propósito con que declararse, es
indudable que lo hubiera hecho al momento.
Habíase ya puesto el sol e iba a terminarse la cacería con la muerte de
un desdichado ciervo, a quien los perros acosaban muy de cerca, cuando
hallándose en lo más intrincado del monte la reina con su camarera, el
señor de Nájara, Hernando y un corto número de personas de la comitiva,
se aparecieron de repente y como por ensalmo a alguna distancia, una
porción de hombres que más que tales parecían fieras. Vestían una
especie de calzón de piel de oso hasta media pierna; una túnica o
pellico de lo mismo les cubría desde los hombros hasta las rodillas;
media cara iba oculta con un antifaz también de piel, y su calzado eran
unas abarcas del mismo material. Defendíales la cabeza un casquete de
red de hierro, y sus armas consistían en una espada, un chuzo y tres o
cuatro dardos arrojadizos.
—Jesús sea conmigo —exclamó doña Leonor deteniendo al mismo tiempo su
caballo.
—¿Qué es eso, Leonor? —preguntó la reina haciendo lo mismo.
—Mire Vuestra Alteza aquellas visiones —contestó aquella.
Y don Diego López la atajó, diciendo:
—O yo me engaño o aquellos son almogávares.
—No os engañáis, don Diego, ellos son; conozco a esos montañeses
perfectamente, y a fe, a fe, que no sé qué querrán en Castilla esas
aves de rapiña naturales de la corona de Aragón —añadió Hernando.
La reina, que ya empezaba a sobresaltarse, mandó que inmediatamente
se le explicase qué gente era aquella, a lo cual Hernando satisfizo
diciendo que los almogávares eran una tribu oriunda de los Pirineos,
que servía a los reyes de Aragón en calidad de tropas ligeras, y que
cuando este príncipe no los tenía empleados, se ocupaban en talar las
tierras de los moros, y aun las de los cristianos si a mano les venía.
—Me parece —dijo Leonor— que sería prudente que Vuestra Alteza se
retirase.
—¿Y por qué, señora? —preguntó el de Olea—: somos cinco caballeros...
—Lo erais —interrumpió la reina, advirtiendo entonces que durante
su conversación habían desaparecido los caballeros de Burgos que la
seguían.
—Tiene Vuestra Alteza razón —repuso el de Nájara—: solos hemos quedado
este caballero y yo.
—Bastantes somos —contestó Hernando.
—Estáis desarmados —exclamó la reina, pálida ya de temor como un
cadáver—. Volvamos atrás.
Sea que doña Urraca se hubiera adelantado demasiado a sus cortesanos
en el ardor de la caza, sea que estos se hubiesen ido retrasando
casualmente o de intento, lo cierto es que en el momento crítico de que
hablamos ni aun se alcanzaban a oír las voces de los monteros, y solo
se percibía confusamente el agudo sonido de la cornamusa.
Por más valientes que fuesen Diego López y Hernando de Olea, no era
posible, a menos de estar locos, que apeteciesen entrar en combate con
cerca de veinte hombres (que tal era poco más o menos el número de
los que vieron desde luego) hallándose sin más armas que su espada,
cuchillo de monte y venablos, y cubiertos del simple vestido de paño
verde; y así es que cedieron sin repugnancia a la proposición de la
reina, y volvieron la espalda a los almogávares que ya se les habían
acercado a tiro de piedra.
¿Pero cuál fue la sorpresa de los caballeros y el pánico terror de las
damas, cuando al emprender su retirada vieron que les interceptaban el
paso otros tantos o más montañeses que los que tenían por delante?
—Que me maten —dijo el señor de Nájara— si no estamos cercados por
estos salteadores de profesión.
—Dos mil diablos sean con ellos y toda su casta —añadió el de Olea
echando mano a la espada—: solo nos queda este camino.
—Y nosotras —exclamó la reina—, ¿qué hemos de hacer?
—Caballeros —dijo doña Leonor, dirigiéndose particularmente a
Hernando—, reflexionad lo que vais a hacer; la menor provocación de
vuestra parte a esos miserables, puede costarnos a todos las vidas.
—Antes morderán el polvo algunos de ellos —respondió furioso el amigo
de Candespina.
—¿Y eso podrá resucitarnos? —preguntó doña Urraca—: os prohíbo sacar la
espada sin orden mía.
No tuvo tiempo de decir más, porque los almogávares, que por todas
partes se habían ido presentando, después de formar un círculo en torno
de los acuitados cazadores, fueron estrechándolo sucesivamente hasta
acercarse tanto a ellos que podían oír perfectamente su conversación.
La reina entonces, sacando fuerzas de flaqueza, animada tal vez con el
mismo peligro, se dirigió a ellos, mandándoles que dejaran paso franco
a la reina de Castilla. En vez de responderla como era debido, uno de
aquellos salvajes, con voz bronca y desentonada le preguntó:
—¿_Sou vos la reina_?
—Yo soy, villanos, apartaos y dejadme paso.
—_No pot sé_ —contestó el mismo montañés; y dando un agudo silbido se
arrojaron todos sus compañeros sobre doña Urraca y su escasa comitiva,
sin dar tiempo a los dos caballeros para hacer uso de sus armas; si
bien es verdad que no anduvieron bastante ligeros para evitar que
Hernando atravesase a uno de parte a parte con su venablo.
Un grito que dieron la reina y su camarera fue el único que interrumpió
el silencio de aquella extraña y desventurada escena. Los almogávares
parecían mudos, y ni López ni Olea estaban para conversaciones.
Doña Urraca y Leonor, a quienes se mandó expresamente quitarse el
calzado, lo hicieron por no exponerse a que lo ejecutasen por sí mismos
sus bárbaros enemigos, y en seguida hubieron de ponerse uno igual al
de estos, y una túnica de piel que no se diferenciaba de la de los
montañeses en otra cosa más que en la longitud, pues las cubría desde
los hombros hasta un poco más abajo de media pierna; y a más tuvieron
que quitarse los sombrerillos y dejar el pelo suelto sin tocado alguno.
También al señor de Nájara y a Hernando les obligaron a vestir un traje
igual al suyo, contentándose con exigir al primero su palabra de honor
y fe de caballero de que no se escaparía ni pronunciaría en todo el
camino una sola palabra, sin permiso del que parecía ser el capitán
de aquella banda; la misma proposición hicieron al segundo, pero él,
furioso, se negó a todo, por lo cual le maniataron y pusieron un lienzo
en la boca.
Lloraban doña Urraca y Leonor; Diego López cabizbajo y mudo, parecía
como enajenado; y a través de la especie de mordaza que llevaba el
pobre Hernando se hubiera creído oír las maldiciones que echaba a la
suerte, no tanto por su desgracia, cuanto por la de la señora de sus
pensamientos. Tal era la situación de la que un cuarto de hora antes se
creía señora de Castilla, y la de sus cortesanos más favorecidos.
[Ilustración]