CAPÍTULO VI

Fieles observadores de su juramento, los aragoneses que sobrevivieron

a la desgracia del Castellar no salieron de aquella fortaleza hasta

cumplido el octavo día de la marcha del conde, esto es, uno después

del de la llegada de la reina a Burgos; pero ya pasado aquel plazo,

montaron a caballo dos de los más principales de ellos, y a rienda

suelta se encaminaron a Huesca, villa distante del Castellar unas diez

leguas, en la cual se hallaba a la sazón Alfonso el Batallador, que,

como ya hemos dicho, se llamaba emperador de España.

Más fácil es imaginar que describir el terrible enojo de aquel

príncipe, oyendo la relación de la fuga de su esposa, y por él pronto

pagaron los miserables que le llevaron la noticia, a quienes mandó

encerrar en un calabozo. En vista de su cólera, casi puede decirse que

fue fortuna para Íñigo Latorre haber muerto en el Castellar, porque, a

no ser así, es evidente que hubiera concluido sus días afrentosamente

en un cadalso.

Alfonso convocó inmediatamente a sus principales vasallos para la

frontera de Castilla, pues no pudo ocultársele que la reina habría

marchado a Burgos, por ser esta ciudad la más cercana entre las

principales de sus dominios a los estados de Aragón; y marchó él mismo

para Soria, plaza en que tenía puesta guarnición de los suyos, con

los hombres de armas, jinetes, arqueros y ballesteros que siempre le

acompañaban.

La rivalidad entre los diferentes estados en que estuvo dividida la

monarquía, desde que don Pelayo dio principio a su restauración en los

montes de Asturias hasta que don Fernando V el católico la terminó,

arrojando de Granada los restos de los moros, es tan notoria que sería

hacer agravio a nuestros lectores tratar de demostrársela; pero bueno

será tenerla presente para no admirarnos del ansia con que castellanos

y aragoneses se aprovechaban de la más pequeña ocasión para causarse

perjuicios de la mayor trascendencia.

Grande era, sin duda, el celo con que los próceres de uno y otro reino

acudían a sus soberanos en las guerras contra los infieles; pero tal

vez se mostraban aún más serviciales en tratándose de hostilizarse

las potencias cristianas entre sí; y estas luchas, que prolongaron

la dominación de los árabes en la península, hubieran podido tal

vez perpetuarla si los sumos pontífices, usando de sus facultades

espirituales y de la influencia temporal que en aquella época tenían,

no las hubieran casi siempre terminado, haciendo aliarse a las dos

partes beligerantes contra el común enemigo.

Pero volviendo a nuestro propósito, diremos que los magnates aragoneses

se apresuraban a porfía en reunir el mayor número de soldados posible

para ayudar a su rey a reparar su honor mancillado.

Los caminos se veían cubiertos de soldados y capitanes que de todos

los dominios de Aragón marchaban a Soria acudiendo al llamamiento del

rey, y los miserables labradores sufrían todo género de vejaciones y

malos tratos, en tanto que Alfonso no descuidaba ninguno de los medios

necesarios para salir bien de su empresa.

Los días que hubo de estar en Soria, esperando los soldados de sus

vasallos, calmaron algún tanto el primer arrebato de la cólera, y las

reflexiones políticas sucedieron a las acaloradas sugestiones del amor

propio ofendido. Su única mira, cuando siendo todavía príncipe se casó

con doña Urraca, era la de reunir en su cabeza las coronas de la mayor

parte de los reinos de España; y por esta razón prescindió del carácter

de su esposa, de que estaba informado de antemano, y del parentesco que

con ella tenía, el cual aunque lejano era sin embargo bastante entonces

para impedir el matrimonio y aun para disolverlo después de hecho,

como sucedía con frecuencia en casos semejantes. Convencido, pues, de

que, aunque empleando la fuerza, era indudable que Castilla, dividida

en bandos y con la mayor parte de las fortalezas en su poder, habría

de sucumbir; sin embargo sería peligroso hostigar a los irritables

castellanos, que en último recurso podrían acudir al papa para que

anulase su matrimonio, con lo que perdería todo derecho a aquella

corona: resolvió entablar algunas negociaciones antes de empezar las

hostilidades. Mas la suerte, empeñada en protegerle, dispuso las cosas

aun mejor de lo que él mismo podía esperar.

Así que faltó de Burgos un hombre a quien todos respetaban y temían,

como era el conde de Candespina, pareció a los habitantes de aquella

ciudad que estaban ya en libertad para discurrir y obrar según creyesen

conveniente. Es cierto que don Diego López y Hernando de Olea habían

quedado en guarda de la reina; pero desgraciadamente no había quien

ignorase que nada era más fácil que sorprender y engañar a aquellos dos

excelentes soldados y pésimos cortesanos.

Don García, obispo de Burgos, prelado de costumbres irreprensibles,

y tan celoso por la grey que estaba a su cargo como vasallo fiel y

patriota decidido, fue desterrado de su diócesis por haber representado

al rey don Alfonso de Aragón sobre la violenta medida que este tomó,

despojando de sus alcaidías a los caballeros castellanos de más nota,

y sustituyéndoles aragoneses o bien naturales del país tachados de poco

patriotismo. Algunos individuos del cabildo sintieron la tiranía que se

usaba con su prelado, pero siendo en corto número, y atemorizados con

el ejemplar mismo que tenían a la vista, no se atrevieron a manifestar

su opinión, y hubieron de seguir la de la mayoría, que como de

ordinario sucede, se inclinaba al partido vencedor. Los gobernadores,

pues, del obispado eran canónigos conocidos por su inclinación a los

aragoneses, y obraban en todo de acuerdo con el alcaide de Burgos don

Álvar Fáñez, uno de los más celosos partidarios de don Alfonso; pero

hallándose sin fuerzas con que contrarrestar las de don Diego López,

se decidió este caballero a esperar la resolución del conde don Pedro

Ansúrez, señor de Valladolid, a quien dio aviso de lo que ocurría así

que tuvo noticia de la llegada de la reina. El conde don Pedro, que

era una de las personas de más nombradía en Castilla, había pasado su

juventud, como todas los grandes de su tiempo, en el ejercicio de las

armas; pero su inclinación le llamaba más a los negocios políticos

que al manejo de la lanza. El padre de doña Urraca, apreciando sus

talentos, le nombró ayo o amo, como entonces se llamaba, de su hija,

y el conde gozó siempre de mucho favor con esta princesa hasta que,

habiéndose declarado por el rey de Aragón, cayó de su gracia, según

ya hemos dicho. Estaba pues el de Ansúrez ligado enteramente con los

enemigos de su discípula: el engrandecimiento de esta no podía menos de

producir su ruina, y así no es de extrañar se afanase tanto para cortar

aquel mal en su origen que se hallara en Burgos cuatro días después de

haber llegado allí la reina.

Se alojó para mayor seguridad en el palacio episcopal, y después de una

larga conferencia en la cual dio a Álvar Fáñez todas las instrucciones

que creyó necesarias, le previno que para aquella noche y hora de las

doce de ella, convocase secretamente a los principales de entre los

partidarios que tenían en el pueblo. No faltó ninguno de los llamados,

que serían más de cuarenta; tal era el respeto y veneración con que

miraban a su alcaide, quien dispuso que la junta se verificase en la

capilla del palacio. Reunidos ya los caballeros, un canónigo celebró,

dada la media noche, una misa rezada para implorar las luces del

Espíritu Santo; y terminado aquel acto religioso, dio a todos los

circunstantes su bendición.

Así que el celebrante hubo desnudado las vestiduras con que había

oficiado el Santo Sacrificio, habló de esta manera el alcaide:

—Extraño debe pareceros, nobles señores, que en hora tan desusada os

haya convocado para este sitio; pero la confianza con que me habéis

honrado, viniendo a él con tanta puntualidad, es una prueba de amor

que nunca olvidaré. El único objeto, señores, de todas mis acciones

es cumplir la fe prometida a nuestro soberano, y alejar de mi patria

los males de la horrorosa guerra que la amenaza: si lo consigo, nada

me queda que desear. Ahora, señores, escuchad al muy ilustre conde don

Pedro Ansúrez, quien tiene que comunicaros cosas de no poca importancia.

—Caballeros —dijo don Pedro—, el honor castellano está ofendido: un

conde osado y presuntuoso se ha atrevido a faltar a la obediencia

debida a su rey; y vuestro silencio, vuestra ciega sumisión a sus

órdenes os hacen cómplices en su delito. ¿Quién de vosotros, infanzones

de Castilla, quién es el que no ha hecho pleitesía y rendido vasallaje

a don Alfonso de Aragón? Ninguno. ¿Y porque haya adquirido sus derechos

al trono de Castilla casándose con doña Urraca, por ventura habrá de

perderlos siempre que esta lo quiera así? No creo, cababalleros, que

haya aquí quien tal piense. En tanto que el Santo Padre, por justa

causa, no os declare libres de vuestros juramentos, sois vasallos de

don Alfonso y traidores negándole la obediencia. La sorpresa del primer

momento puede disculpar lo que hasta aquí se ha hecho; pero pasar más

adelante sería no solo criminal sino temerario. ¿Qué fuerzas opondréis

a las del rey de Aragón? ¿Cómo resistiréis el ímpetu violento de su

venganza?... Nadie me responde. La verdad ha penetrado en vuestros

corazones. ¿Estáis prontos a volver a someteros a vuestro rey?

—Sí —contestaron unánimemente—; sí, conde; hablad y decidnos qué hemos

de hacer.

Este era el punto al cual quería el conde traer los ánimos, y ni un

momento había dudado conseguirlo, pues conocía perfectamente que

todas las circunstancias le favorecían. No molestaremos la atención

de nuestros lectores refiriéndoles prolijamente los pormenores de

la conferencia de aquellos magnates: lo que les importa saber es

que decidieron que a toda costa y aun usando de la fuerza, si las

circunstancias lo exigían, pondrían a la reina en poder de su marido;

suplicando al mismo tiempo a este la tratase con más suavidad que hasta

entonces lo había hecho.

Hubo quien propuso hacer entrar en la conjuración a don Diego López;

mas el conde, que le conocía bien, se opuso a que se tratara de

semejante cosa, diciendo que el señor de Nájara era hombre que no

se volvería atrás de lo que una vez había prometido, aunque para

conseguirlo se levantase su mismo padre del sepulcro.

—Otros medios —concluyó—, se nos presentarán más arriesgados tal

vez; pero que Dios mediante y nuestra diligencia producirán el éxito

que deseamos. Separémonos, caballeros, antes que venga el alba y nos

descubra; yo os prometo que no tardaréis en tener noticias mías.

De este modo las armas de Aragón por un lado, y por otro los escrúpulos

o la debilidad de sus vasallos amenazaban a un mismo tiempo a doña

Urraca, quien en todo pensaba menos en la tempestad pronta a descargar

sobre su cabeza.

[Ilustración]

El conde de Candespina (1 de 2) · 第 8 / 19 题