Fieles observadores de su juramento, los aragoneses que sobrevivieron
a la desgracia del Castellar no salieron de aquella fortaleza hasta
cumplido el octavo día de la marcha del conde, esto es, uno después
del de la llegada de la reina a Burgos; pero ya pasado aquel plazo,
montaron a caballo dos de los más principales de ellos, y a rienda
suelta se encaminaron a Huesca, villa distante del Castellar unas diez
leguas, en la cual se hallaba a la sazón Alfonso el Batallador, que,
como ya hemos dicho, se llamaba emperador de España.
Más fácil es imaginar que describir el terrible enojo de aquel
príncipe, oyendo la relación de la fuga de su esposa, y por él pronto
pagaron los miserables que le llevaron la noticia, a quienes mandó
encerrar en un calabozo. En vista de su cólera, casi puede decirse que
fue fortuna para Íñigo Latorre haber muerto en el Castellar, porque, a
no ser así, es evidente que hubiera concluido sus días afrentosamente
en un cadalso.
Alfonso convocó inmediatamente a sus principales vasallos para la
frontera de Castilla, pues no pudo ocultársele que la reina habría
marchado a Burgos, por ser esta ciudad la más cercana entre las
principales de sus dominios a los estados de Aragón; y marchó él mismo
para Soria, plaza en que tenía puesta guarnición de los suyos, con
los hombres de armas, jinetes, arqueros y ballesteros que siempre le
acompañaban.
La rivalidad entre los diferentes estados en que estuvo dividida la
monarquía, desde que don Pelayo dio principio a su restauración en los
montes de Asturias hasta que don Fernando V el católico la terminó,
arrojando de Granada los restos de los moros, es tan notoria que sería
hacer agravio a nuestros lectores tratar de demostrársela; pero bueno
será tenerla presente para no admirarnos del ansia con que castellanos
y aragoneses se aprovechaban de la más pequeña ocasión para causarse
perjuicios de la mayor trascendencia.
Grande era, sin duda, el celo con que los próceres de uno y otro reino
acudían a sus soberanos en las guerras contra los infieles; pero tal
vez se mostraban aún más serviciales en tratándose de hostilizarse
las potencias cristianas entre sí; y estas luchas, que prolongaron
la dominación de los árabes en la península, hubieran podido tal
vez perpetuarla si los sumos pontífices, usando de sus facultades
espirituales y de la influencia temporal que en aquella época tenían,
no las hubieran casi siempre terminado, haciendo aliarse a las dos
partes beligerantes contra el común enemigo.
Pero volviendo a nuestro propósito, diremos que los magnates aragoneses
se apresuraban a porfía en reunir el mayor número de soldados posible
para ayudar a su rey a reparar su honor mancillado.
Los caminos se veían cubiertos de soldados y capitanes que de todos
los dominios de Aragón marchaban a Soria acudiendo al llamamiento del
rey, y los miserables labradores sufrían todo género de vejaciones y
malos tratos, en tanto que Alfonso no descuidaba ninguno de los medios
necesarios para salir bien de su empresa.
Los días que hubo de estar en Soria, esperando los soldados de sus
vasallos, calmaron algún tanto el primer arrebato de la cólera, y las
reflexiones políticas sucedieron a las acaloradas sugestiones del amor
propio ofendido. Su única mira, cuando siendo todavía príncipe se casó
con doña Urraca, era la de reunir en su cabeza las coronas de la mayor
parte de los reinos de España; y por esta razón prescindió del carácter
de su esposa, de que estaba informado de antemano, y del parentesco que
con ella tenía, el cual aunque lejano era sin embargo bastante entonces
para impedir el matrimonio y aun para disolverlo después de hecho,
como sucedía con frecuencia en casos semejantes. Convencido, pues, de
que, aunque empleando la fuerza, era indudable que Castilla, dividida
en bandos y con la mayor parte de las fortalezas en su poder, habría
de sucumbir; sin embargo sería peligroso hostigar a los irritables
castellanos, que en último recurso podrían acudir al papa para que
anulase su matrimonio, con lo que perdería todo derecho a aquella
corona: resolvió entablar algunas negociaciones antes de empezar las
hostilidades. Mas la suerte, empeñada en protegerle, dispuso las cosas
aun mejor de lo que él mismo podía esperar.
Así que faltó de Burgos un hombre a quien todos respetaban y temían,
como era el conde de Candespina, pareció a los habitantes de aquella
ciudad que estaban ya en libertad para discurrir y obrar según creyesen
conveniente. Es cierto que don Diego López y Hernando de Olea habían
quedado en guarda de la reina; pero desgraciadamente no había quien
ignorase que nada era más fácil que sorprender y engañar a aquellos dos
excelentes soldados y pésimos cortesanos.
Don García, obispo de Burgos, prelado de costumbres irreprensibles,
y tan celoso por la grey que estaba a su cargo como vasallo fiel y
patriota decidido, fue desterrado de su diócesis por haber representado
al rey don Alfonso de Aragón sobre la violenta medida que este tomó,
despojando de sus alcaidías a los caballeros castellanos de más nota,
y sustituyéndoles aragoneses o bien naturales del país tachados de poco
patriotismo. Algunos individuos del cabildo sintieron la tiranía que se
usaba con su prelado, pero siendo en corto número, y atemorizados con
el ejemplar mismo que tenían a la vista, no se atrevieron a manifestar
su opinión, y hubieron de seguir la de la mayoría, que como de
ordinario sucede, se inclinaba al partido vencedor. Los gobernadores,
pues, del obispado eran canónigos conocidos por su inclinación a los
aragoneses, y obraban en todo de acuerdo con el alcaide de Burgos don
Álvar Fáñez, uno de los más celosos partidarios de don Alfonso; pero
hallándose sin fuerzas con que contrarrestar las de don Diego López,
se decidió este caballero a esperar la resolución del conde don Pedro
Ansúrez, señor de Valladolid, a quien dio aviso de lo que ocurría así
que tuvo noticia de la llegada de la reina. El conde don Pedro, que
era una de las personas de más nombradía en Castilla, había pasado su
juventud, como todas los grandes de su tiempo, en el ejercicio de las
armas; pero su inclinación le llamaba más a los negocios políticos
que al manejo de la lanza. El padre de doña Urraca, apreciando sus
talentos, le nombró ayo o amo, como entonces se llamaba, de su hija,
y el conde gozó siempre de mucho favor con esta princesa hasta que,
habiéndose declarado por el rey de Aragón, cayó de su gracia, según
ya hemos dicho. Estaba pues el de Ansúrez ligado enteramente con los
enemigos de su discípula: el engrandecimiento de esta no podía menos de
producir su ruina, y así no es de extrañar se afanase tanto para cortar
aquel mal en su origen que se hallara en Burgos cuatro días después de
haber llegado allí la reina.
Se alojó para mayor seguridad en el palacio episcopal, y después de una
larga conferencia en la cual dio a Álvar Fáñez todas las instrucciones
que creyó necesarias, le previno que para aquella noche y hora de las
doce de ella, convocase secretamente a los principales de entre los
partidarios que tenían en el pueblo. No faltó ninguno de los llamados,
que serían más de cuarenta; tal era el respeto y veneración con que
miraban a su alcaide, quien dispuso que la junta se verificase en la
capilla del palacio. Reunidos ya los caballeros, un canónigo celebró,
dada la media noche, una misa rezada para implorar las luces del
Espíritu Santo; y terminado aquel acto religioso, dio a todos los
circunstantes su bendición.
Así que el celebrante hubo desnudado las vestiduras con que había
oficiado el Santo Sacrificio, habló de esta manera el alcaide:
—Extraño debe pareceros, nobles señores, que en hora tan desusada os
haya convocado para este sitio; pero la confianza con que me habéis
honrado, viniendo a él con tanta puntualidad, es una prueba de amor
que nunca olvidaré. El único objeto, señores, de todas mis acciones
es cumplir la fe prometida a nuestro soberano, y alejar de mi patria
los males de la horrorosa guerra que la amenaza: si lo consigo, nada
me queda que desear. Ahora, señores, escuchad al muy ilustre conde don
Pedro Ansúrez, quien tiene que comunicaros cosas de no poca importancia.
—Caballeros —dijo don Pedro—, el honor castellano está ofendido: un
conde osado y presuntuoso se ha atrevido a faltar a la obediencia
debida a su rey; y vuestro silencio, vuestra ciega sumisión a sus
órdenes os hacen cómplices en su delito. ¿Quién de vosotros, infanzones
de Castilla, quién es el que no ha hecho pleitesía y rendido vasallaje
a don Alfonso de Aragón? Ninguno. ¿Y porque haya adquirido sus derechos
al trono de Castilla casándose con doña Urraca, por ventura habrá de
perderlos siempre que esta lo quiera así? No creo, cababalleros, que
haya aquí quien tal piense. En tanto que el Santo Padre, por justa
causa, no os declare libres de vuestros juramentos, sois vasallos de
don Alfonso y traidores negándole la obediencia. La sorpresa del primer
momento puede disculpar lo que hasta aquí se ha hecho; pero pasar más
adelante sería no solo criminal sino temerario. ¿Qué fuerzas opondréis
a las del rey de Aragón? ¿Cómo resistiréis el ímpetu violento de su
venganza?... Nadie me responde. La verdad ha penetrado en vuestros
corazones. ¿Estáis prontos a volver a someteros a vuestro rey?
—Sí —contestaron unánimemente—; sí, conde; hablad y decidnos qué hemos
de hacer.
Este era el punto al cual quería el conde traer los ánimos, y ni un
momento había dudado conseguirlo, pues conocía perfectamente que
todas las circunstancias le favorecían. No molestaremos la atención
de nuestros lectores refiriéndoles prolijamente los pormenores de
la conferencia de aquellos magnates: lo que les importa saber es
que decidieron que a toda costa y aun usando de la fuerza, si las
circunstancias lo exigían, pondrían a la reina en poder de su marido;
suplicando al mismo tiempo a este la tratase con más suavidad que hasta
entonces lo había hecho.
Hubo quien propuso hacer entrar en la conjuración a don Diego López;
mas el conde, que le conocía bien, se opuso a que se tratara de
semejante cosa, diciendo que el señor de Nájara era hombre que no
se volvería atrás de lo que una vez había prometido, aunque para
conseguirlo se levantase su mismo padre del sepulcro.
—Otros medios —concluyó—, se nos presentarán más arriesgados tal
vez; pero que Dios mediante y nuestra diligencia producirán el éxito
que deseamos. Separémonos, caballeros, antes que venga el alba y nos
descubra; yo os prometo que no tardaréis en tener noticias mías.
De este modo las armas de Aragón por un lado, y por otro los escrúpulos
o la debilidad de sus vasallos amenazaban a un mismo tiempo a doña
Urraca, quien en todo pensaba menos en la tempestad pronta a descargar
sobre su cabeza.
[Ilustración]