CAPÍTULO V

Partió Hernando apresuradamente para Nájara con el mensaje de la reina

a Diego López, y su diligencia fue tal que dos días después llegaron

ambos, al mismo tiempo que doña Urraca, a un pueblo del camino llamado

Anguiano.

Don Diego López obtuvo el honor de besar los pies a la reina, quien

no se descuidó en hacerle entender que había reclamado su asistencia,

no como necesaria, sino para dar más aparato a la pública entrada que

pensaba hacer en Burgos. El señor de Nájara se contentó con responder

que de cualquier manera que fuese se creía muy honrado con que Su

Alteza se dignara emplearle en su servicio, y lo que solo sentía era

que la premura del tiempo no le hubiese permitido reunir más que los

trescientos caballos que con él traía, y cuatrocientos peones que no

tardarían en llegar a las órdenes de uno de sus parientes. Mediaron

algunos cumplimientos, y doña Urraca terminó la conferencia encargando

al conde y al señor de Nájara que dieran las disposiciones convenientes

para su entrada en Burgos, declarando al mismo tiempo que estaba

resuelta a cesar de ocultarse, queriendo que desde aquel mismo momento

supiesen los pueblos por donde transitara que tenían el honor de

albergar a su soberana.

La expresión de la voluntad de doña Urraca fue en esta ocasión tan

firme y tan decidida que hasta el mismo Hernando se convenció de que

toda reflexión contraria a ella sería inútil; y así, por más que don

Gómez, el de Nájara y la misma doña Leonor creyesen que hubiera sido

más prudente no descubrirse hasta estar en Burgos, hubieron de ceder a

la necesidad.

Los habitantes de Anguiano, poco enterados en los negocios políticos

y no conociendo de la reina más que su nombre y la fidelidad que le

habían jurado, manifestaron sumo gozo en que honrase su pequeña aldea,

y aun quisieron festejarla a su modo: pero doña Urraca, sea que se

convenciese de que era tan impolítico como arriesgado el detenerse, o

sea más bien que el miserable y salvaje aspecto de aquellos montañeses

le fuese poco agradable, resolvió ponerse en marcha sin demora.

Aunque en realidad toda la tropa que escoltaba a la reina dependía del

señor de Nájara, por componerse de vasallos, criados, deudos y amigos

suyos, sin embargo, don Diego López, que ya en la junta de Mascaraque

se había declarado decididamente partidario del conde de Candespina,

indicó a este que él y cuantos le seguían estaban prontos a obedecerle

en todo. Agradeció el conde con corteses razones la deferencia que se

le demostraba, y aunque no quiso tomar ostensiblemente el mando, tanto

por no herir el amor propio del señor de Nájara cuanto porque no se

le tachase de ambicioso, se reservó empero las facultades que creyó

oportunas para el mejor servicio de la reina. Hernando de Olea, a la

cabeza de cien lanzas escogidas, salió con anticipación a noticiar a

los burgaleses la llegada de doña Urraca, llevando orden de apoderarse

de alguna de las puertas de la ciudad, y seguidamente del alcázar a

nombre de Su Alteza; y al mismo tiempo se envió un mensajero a la

infantería de Nájara, para que atravesando los montes por el camino más

corto marchase directamente a la capital de Castilla.

La reina con los doscientos caballos restantes, más los ocho del conde,

continuó su camino a jornadas cortas, recibiendo con afabilidad a

los nobles de todos los pueblos del tránsito, y esperando con ansia

el momento de llegar a Burgos. Don Gómez la acompañaba siempre, y

recibía de ella las mayores pruebas de estimación. Enamorado más que

nunca, no se atrevía sin embargo a hablar una palabra de su amor, que

hubiera mirado como un crimen, en razón de ser la reina casada, si las

desavenencias de esta con su marido y el parentesco de primos segundos

que mediaba entre ambos consortes no alentaran la esperanza de ver roto

algún día aquel lazo tan contrario a sus intereses.

Doña Urraca no podía ser indiferente al mérito incontestable de don

Gómez, aumentado a sus ojos con el servicio que acababa de hacerla;

pero el amor que empezaba a apoderarse de su corazón no era ni fue

nunca superior a la vanidad, de modo que si bien su conducta era tal

que el conde no tenía de que quejarse, tampoco le permitía lisonjearse

enteramente de ser amado.

Así que llegó Hernando de Olea a Burgos, se presentó a su alcaide,

don Álvar Fáñez, y le comunicó las órdenes de la reina, para que se

hiciese saber al ayuntamiento de aquella ciudad su próxima llegada. Es

indecible la sorpresa del alcaide, más afecto al partido aragonés que

al castellano; hizo mil preguntas a Hernando, pero todas las respuestas

de este fueron tan concisas que ninguna luz pudo sacar de ellas. Es

posible que don Álvar Fáñez se hubiera opuesto a recibir a la reina

en Burgos si hubiese estado en su mano obrar conforme a sus deseos;

pero el conde, que había previsto aquel caso, dio las instrucciones

convenientes al de Olea para evitarlo; y así este no abandonó ni

un momento al alcaide desde su llegada a Burgos, y tuvo cuidado de

insinuarle que si bien había venido únicamente con cien caballos,

tardarían poquísimas horas en llegar fuerzas más considerables.

Se convocó, pues, inmediatamente a los individuos de ayuntamiento, a

lo principal de la nobleza y a los gobernadores del obispado con las

dignidades eclesiásticas de más nota, para las casas capitulares,

y, reunidos todos en ellas, les hizo el alcaide saber la orden que

acababa de recibir. Hernando añadió, que Su Alteza se había resuelto

a ir a visitar sus estados sin avisar de antemano, por razones que

se reservaba explicar ella misma a su debido tiempo, y que de todos

modos creía que una sola palabra dicha a nombre suyo bastaría para

que sus amados burgaleses se dispusieran a hacerla el correspondiente

recibimiento.

—Para concluir, señores, dijo por último: es la voluntad de la reina

que desde este momento se me ponga en posesión del alcázar de esta

ciudad, y se me confíe la guarda de una de sus puertas. He aquí las

cartas de Su Alteza, en confirmación de lo que acabo de deciros. —Y en

efecto las presentó.

Lo natural era haber empezado haciéndolo; pero Hernando, poco enterado

en semejantes fórmulas, cuidó más de hacer entender a aquella junta lo

que de ella quería, que de otra cosa.

A todo esto, los soldados de Nájara rodeaban el lugar de la sesión, y

tanto los regidores como los nobles y clérigos, además de que no tenían

un motivo racional para oponerse a recibir a su legítima soberana,

aunque viniese como a sorprenderlos, conocieron que no estaban en

situación de hacer otra cosa más que suscribir a cuanto de ellos se

exigiese.

Accedieron, pues, sin repugnancia (al menos manifiesta) a lo que se les

mandaba en nombre de doña Urraca, y Hernando, satisfecho del buen éxito

de su comisión, pasó a alojar el grueso de su tropa en el alcázar,

enviando un pequeño destacamento a la puerta de la ciudad, que él mismo

designó. A las ocho de la mañana llegó el de Olea a Burgos; a las doce

estaba en posesión del alcázar; y antes de la noche llegó también la

infantería de Nájara.

Los burgaleses deseaban con ansia el momento de ver entrar a la reina,

pues esperaban que su presencia disiparía la misteriosa sombra que

cubría el objeto de aquella inesperada visita, cuyo motivo estaban

lejos de sospechar; porque debe tenerse presente que en el siglo XII

aún no se habían establecido los correos ordinarios y periódicos.

Para abreviar: al tercer día se recibió aviso por un soldado de que Su

Alteza haría su entrada al siguiente por la mañana, lo que en efecto se

verificó, saliendo a recibirla el cabildo, los nobles y el alcaide que,

arrodillado a sus pies, le entregó las llaves de la ciudad.

Doña Urraca desplegó la amabilidad, gracia y cortesanía de que tan

bien sabía usar; y como uno de los eclesiásticos gobernadores de la

diócesis, creyendo que su carácter sacerdotal le autorizaba a ello,

preguntase qué motivo extraordinario era el que proporcionaba a sus

vasallos la inesperada dicha de verla, le contestó que tiempo habría de

satisfacer aquella curiosidad, añadiendo:

—Lo que ahora importa más es dar gracias a Dios por haberme traído con

bien a mi amada Castilla: vamos al templo, y no dudo que vosotros,

señores, me ayudaréis con vuestras santas oraciones a implorar el favor

divino para lo sucesivo.

Dicho esto, se encaminaron todos a la iglesia mayor, y en ella se

cantó un solemne _Te Deum_, concluido el cual se trasladó la reina con

el mismo acompañamiento al alcázar. Bien hubiera querido don Gómez

poder ocultar que la reina venía fugitiva de Aragón; pero desde luego

conoció que semejante ficción podría durar poquísimos días, y que su

momentánea utilidad no compensaría los perjuicios que necesariamente

había de producir cuando se descubriese la verdad. Fue pues necesario

decidirse a descubrir el misterio, con permiso de doña Urraca, quien

no puso dificultad en ello, persuadida de que los castellanos no

vacilarían en defenderla contra su marido. En consecuencia de esta

determinación, apenas entraron en el alcázar cuando, sentándose la

reina en su trono, hizo una larga y patética exposición de los malos

tratamientos que de su esposo había recibido, sin más causa, decía,

que la de ser el rey aragonés y, como tal, enemigo de Castilla, cuya

opresión no había ella querido nunca autorizar; habló de su prisión

en Castellar, pintándola con colores tal vez más cargados que los

que la verdad exigía; y, por último, alabando el celo del conde de

Candespina, manifestó hallarse resuelta a evitar a todo trance caer

de nuevo en manos de su tirano. Sea respeto, sorpresa o temor de las

tropas que les cercaban, todos los presentes guardaron el más profundo

silencio que la reina interpretó tan favorablemente que no creyó

necesario exigir garantía ninguna para su seguridad; y poniendo a cargo

del conde de Candespina disponer lo necesario para la defensa contra

don Alfonso, se retiró a descansar de las fatigas de su penoso viaje.

Don Gómez exhortó en seguida a todos aquellos caballeros a que tomasen

las armas, y las hiciesen tomar a sus vasallos, como él iba a hacerlo,

marchando al siguiente día a sus estados con objeto de hacer en ellos

una leva. Todos protestaron que estaban resueltos a seguir su ejemplo,

y la asamblea se separó sin que ocurriese en ella nada más digno de

notarse.

No fiaba mucho el conde de Candespina en aquellas demostraciones; pero

la fuerza de las circunstancias le precisó a ocultarlo por entonces,

esperando que podría reunir a sus parciales antes que los enemigos

de la reina tuvieran tiempo de concertar su plan contra ella; y en

consecuencia, marchó, según lo había anunciado en la asamblea, el día

después de el de la llegada de la reina a Burgos para Pancorbo, cuyo

castillo y pueblo le pertenecían.

En Burgos se quedó Hernando para estar a la mira de cuanto ocurriese; y

el señor de Nájara prometió no desamparar la corte hasta el regreso del

conde, quien por su parte no hacía ánimo de detenerse más tiempo que el

absolutamente necesario.

[Ilustración]

El conde de Candespina (1 de 2) · 第 7 / 19 题