En tanto que el conde conferenciaba con la reina, Hernando, que se
ocupaba en registrar la fortaleza, halló la litera en que doña Urraca
había venido a ella, y mandó disponerla para que hiciese su viaje a
Castilla con más comodidad que a caballo, que era lo que se tenía
pensado, y también se aprovechó de los caballos de la guarnición para
montar a los ocho hombres que salieron con bien del combate, pues los
suyos estaban harto cansados con la penosa marcha que acababan de hacer
para emprender con ellos inmediatamente otra no menos rápida.
Tomadas estas disposiciones, hizo el conde prestar juramento sobre
los santos Evangelios a los aragoneses, de que en ocho días contados
desde aquel en que lo prestaban, no saldrían de su castillo, ni darían
aviso a nadie de lo sucedido por medio alguno directo ni indirecto;
precaución que le pareció necesaria y bastante para asegurar su
retirada, pues en aquellos tiempos de ignorancia, dicho sea en mengua
de nuestro siglo, cuando un hombre, y sobre todo un soldado, hacía un
juramento, antes hubiera perdido mil vidas que faltado a él.
En efecto, los aragoneses cumplieron exactamente lo prometido, y la
marcha de la reina a sus estados no sufrió el menor obstáculo.
Cuando don Gómez se decidió a marchar de Candespina, solo escuchó
la voz de su pasión, y atendiendo demasiado a ella, olvidó lo que
la prudencia, la política y la razón exigían, que era asegurarse en
Castilla de un partido bastante respetable para defender a la reina del
poder de su esposo, de quien sin duda no debía esperarse mirase con
indiferencia aquella fuga; pero luego que conseguido su objeto empezó
a restablecerse la tranquilidad en su agitado espíritu, todas las
dificultades se presentaron de golpe.
El segundo día de su viaje, caminando el conde y Hernando un poco
detrás de la litera de la reina, iba aquel tan pensativo que, a pesar
de la poca penetración de que su amigo se hallaba dotado, no pudo menos
de observarlo, y admirado de verlo así cuando solo estaban a media
legua de la frontera de Aragón, le dijo:
—¿Qué tenéis, cuerpo de Cristo? Nunca os he visto tan pensativo.
—¿Os parece, por ventura, que me faltan motivos para estarlo? —contestó
el conde.
—Al menos no los alcanzo. Ya poco tenemos que temer de los aragoneses.
—Los castellanos son los que yo temo.
—¿Los castellanos? ¿Y por qué?
—¿Sabéis, Hernando, con cuántos nobles podremos contar? ¿Creéis que
habrá muchos que quieran incurrir en el terrible enojo de Alfonso de
Aragón?
—¡En el terrible enojo del de Aragón! Terrible para los cobardes.
—Y para los prudentes, Hernando. La pasión no debe cegarnos. El poder
de Alfonso es formidable, y si toda la nobleza, si todo el clero de
Castilla no nos presta su apoyo, apenas podremos resistir algunos
instantes a la tempestad que va a caer sobre nosotros.
—No sé por qué no se unirán a nosotros prelados y grandes. La reina...
—Esta con nosotros, es cierto, pero viene fugitiva.
—De su tirano, como ella dice.
—Sí, su tirano; pero también es su marido. Hernando, el negocio no está
tan llano como a vos os parece.
—¿Y qué hemos de hacer, conde?
—Reparar en lo posible el tiempo perdido. Y si la fatiga, Hernando...
—La fatiga no me asusta. Mandad y seréis obedecido.
—¡Excelente, Hernando! ¡Cuánto os debo!
—Nada. Decid presto qué es lo que he de hacer.
—Vos conocéis a Diego López, señor de Nájara.
—Sin duda que le conozco, y es de mis amigos; buen soldado...
—Y tan mal cortesano como vos. Mas esto no es ahora del caso; lo que
importa es que sirva a la reina.
—Y lo hará. Mejor vasallo no lo tiene Castilla.
—Así lo creo. Alfonso le quitó por esa misma razón las fortalezas que
tenía a su cargo; mas no se atrevió a despojarle de sus estados.
—Ni pudiera aunque lo intentara. El conde tiene buenos puños y muchos
servidores que hubieran dado que hacer a los señores aragoneses.
—Enhorabuena, Hernando. Yo sé que don Diego López, temeroso siempre de
la mala voluntad de Alfonso, no se aparta nunca de Nájara.
—Decid más: nunca le faltan doscientos caballos y algunos peones de que
disponer.
—Tanto mejor. Hernando, ya lo veis; veinte lenguas hemos andado
en estos dos días, y la reina, a pesar de ir en litera, empieza
a resentirse de tan acelerada manera de caminar. Habremos pues de
acortar las jornadas en lo sucesivo. Su Alteza desea darse a conocer en
llegando a sus estados...
—Es una temeridad.
—Tal vez, y yo así se lo he hecho presente. Pero su voluntad...
—No debe seguirse cuando es descabellada.
—Sea como quiera, Hernando, su voluntad es nuestra ley. Vasallo celoso,
pero sumiso, aconsejaré a Su Alteza cuando lo crea necesario para bien
suyo; mas siempre obedeceré sin replicar sus órdenes. Mas volvamos a
nuestro asunto: caminando poco doña Urraca, y dándose a conocer desde
luego, es muy de temer que alguno de los muchos alcaides aragoneses que
tiene esta frontera...
—Os entiendo, proseguid.
—Para evitar, pues, un lance que malogre el fruto de nuestra empresa,
es preciso que vos marchéis con toda diligencia a Nájara; que os
presentéis a López y le digáis en qué situación nos hallamos.
—Eso bastará; conozco al señor de Nájara; ¿pero ahora mismo?
—No, Hernando, aún estamos en Aragón, y no sois hombre vos a quien
yo separe de mi lado en ocasiones de peligro; a más, una carta de Su
Alteza para don Diego sería muy del caso. Lo dicho: esta noche os
separaréis de mí.
—Hágase como dispongáis.
Durante esta conversación iban juntas en la litera doña Urraca y
su dama doña Leonor, más gozosas de verse fuera del Castellar, que
apesadumbradas con lo largo de las jornadas y el melancólico aspecto
del terreno por el que caminaban.
Doña Leonor poseía toda la astucia y flexibilidad de carácter naturales
en una mujer educada en la corte, y además había llegado a conocer a
su señora bastante bien, para no sufrir muy a menudo las tempestades
que la versatilidad de esta producía con frecuencia. Reinaba pues
la más completa armonía entre ambas; y doña Urraca se complacía en
manifestar a su camarera los proyectos que para lo futuro iba haciendo.
Encerrada en la prisión de Castellar, la reina de Castilla hacía sanas
y acertadas reflexiones sobre su posición relativamente a los grandes
de su reino, y conocía cuán poco podía esperar de ellos; pero la manera
casi milagrosa con que obtuvo su libertad, el entusiasmo del conde y
la fidelidad de su reducido escuadrón, desvanecieron enteramente sus
temores. Olvidando que su altanería le había acarreado casi desde la
infancia la enemistad de los nobles y prelados; olvidando que por no
verse sujetos a ella sola habían querido casarla hasta con uno de sus
iguales y tener a este por rey; doña Urraca, seducida por su amor
propio, creyó encontrar todos los corazones dispuestos a recibirla,
todos los brazos prontos a combatir en su defensa. Los derechos
heredados de su padre, el glorioso nombre de este, y sobre todo sus
gracias personales eran otros tantos motivos de confianza y seguridad
para la incauta reina, y no veía, ni sus defectos, ni el poder de su
marido, ni la fuerza de sus parciales.
Todas estas causas debilitaban de hora en hora la admiración y la
gratitud que la heroica resolución de don Gómez la habían inspirado en
el primer momento: desaparecieron sucesivamente de su imaginación el
héroe y el libertador, no quedando el conde de Candespina por último
en ella más que como un vasallo fiel, enamorado, valiente y acreedor a
sus bondades. Por no ser prolijos omitiremos los diálogos de entrambas
viajeras, y las conversaciones que mediaron con el conde, quien solía
acercarse a menudo a la litera para informarse de si Su Alteza iba con
la comodidad posible, de si deseaba alguna cosa, pedirla su venia
para hacer alto, etc., etc. De este modo llegaron al último pueblo
de Aragón, y así por esto como por su pequeñez y poca importancia,
le pareció a don Gómez que podría alojarse en él la reina, esperando
encontrar algunas comodidades. Se escogió la casa del pueblo que menos
mala pareció, y sin usar de otra ceremonia don Gómez mandó a su dueño
que recibiese en ella a la reina, aunque sin decirle que tal era su
alta dignidad. Acostumbrados entonces los plebeyos a someterse de
grado o por fuerza a la voluntad de los nobles, que les comunicaban
sus órdenes con la punta de la lanza, no extrañaban ninguna de las
exacciones de estos, y por lo mismo el villano aragonés no manifestó la
menor repugnancia en conceder la hospitalidad que con tanta cortesía se
le pidió. Introdujo pues a sus huéspedes en una que él llamó sala, en
la cual no se veían más muebles que una tosca mesa de pino, algunos
escaños o bancos de la misma madera, y un espacioso sillón con asiento
de cuero, que daba indicios de ser el más antiguo y respetable de todos
los enseres allí existentes. La misma sala tenía una alcoba con su cama
correspondiente al resto del ajuar, la cual se destinó para doña Urraca.
Al entrar esta en aquella miserable choza, echó una mirada en derredor
de sí, y expresó con un profundo suspiro cuánto echaba de menos el
fasto de la corte: el conde lo comprendió, mas no pudiendo remediar
nada, juzgó que lo más prudente era guardar silencio sobre aquel punto.
Ocupado enteramente del proyecto relativo al mensaje de Hernando,
apenas se sentó la reina dobló ante ella la rodilla, pidió permiso para
hacerla una súplica, y obtenido que lo hubo, manifestó en breves pero
evidentes razones, cuán necesario era solicitar el auxilio del señor de
Nájara.
—Nunca hubiera creído —contestó la reina después de haber escuchado con
algunas muestras de impaciencia el discurso del conde—, nunca hubiera
creído que la reina de Castilla tuviese que mendigar el auxilio de sus
vasallos.
—Vuestra Alteza —replicó don Gómez— no ha comprendido, sin duda por
falta de explicación mía, lo que he querido decir: se trata, no de
que Vuestra Alteza mendigue el socorro de nadie, sino de que se digne
participar su llegada a estos reinos al señor de Nájara: esta honra
bastará para empeñar más particularmente a este caballero en defensa de
Vuestra Alteza.
—¿Y por ventura, conde, he yo menester tanto de su ayuda? ¿No me quedan
más vasallos tan nobles, tan poderosos, tan esforzados como él en
Castilla?
—Nobles hay en ella, y muchos y muy poderosos; pero, señora, siento
decirlo, acaso no todos...
—Os entiendo: teméis que sean más parciales del rey de Aragón que de
su natural señora. Mientras me han creído legítimamente unida a él,
mientras que he estado ausente, tal vez don Alfonso habrá podido contar
con ellos; pero en presentándome, creedlo, conde, no habrá uno que no
siga mis banderas.
—Así debiera ser, y así lo deseo, mas no puedo persuadírmelo. Por lo
menos, crea Vuestra Alteza que no sería prudente presentarse en Burgos
sin más escolta que la corta con que hoy camina.
—Sois extraño, conde; no os parece bastante para caminar por mis
estados la misma fuerza con que emprendisteis sacarme del poder de mis
enemigos.
Doña Leonor, presente a esta conversación, conocía la razón del conde;
mas veía al mismo tiempo que era inútil luchar contra la vanidad de
su señora, y que a menos de presentarla el negocio bajo un aspecto
enteramente distinto, jamás consentiría en lo que sus propios intereses
exigían.
Se le ocurrió de pronto un feliz expediente, y arriesgándose a sufrir
una áspera reprimenda se atrevió a mezclarse en la conversación
diciendo a la reina:
—Si Vuestra Alteza me permitiera...
—¿También tú, Leonor, tienes desconfianza de la fidelidad de mis
vasallos?
—No, señora —contestó la diestra cortesana—, lejos de eso creo
absolutamente infundados los temores del conde.
—¡Doña Leonor! —exclamó este algo mohíno de ver que la camarera se
oponía tan espontáneamente a su juicioso proyecto—: Doña Leonor,
¿habéis meditado bien?...
—Dejadla hablar —replicó la reina—; continúa, Leonor, veamos si tú
podrás convencer a este buen caballero...
—No me parece —dijo Leonor— ni aun necesario rebatir los temores que el
excesivo celo del conde de Candespina le ha hecho concebir; perdóneme
su señoría si me atrevo a decirle que va enteramente descaminado en
lo que dice. No hay, o yo me engaño mucho, un solo noble en Castilla
que no esté dispuesto a sacrificarse en obsequio de las gracias de doña
Urraca...
—De mis gracias no, porque no las tengo; pero de mis derechos sí.
—La modestia de Vuestra Alteza —continuó la dama— le hace hablar así;
de todos modos Vuestra Alteza no necesita para su seguridad de las
tropas del señor de Nájara, y sin embargo yo no vacilaría en enviarlas
a buscar.
No es fácil describir el asombro de la reina y del conde oyendo
concluir de un modo tan singular el discurso de doña Leonor; aquella
la miró con enojo, y con admiración este; mas ella, que todo lo había
previsto, sin darles tiempo para volver en sí, continuó de esta manera:
—Dígnese Vuestra Alteza escucharme un instante más y me comprenderá.
Repito que los soldados del señor de Nájara no me parecen necesarios
para seguridad; mas ¿dígame Vuestra Alteza si será decoroso para
su alta dignidad entrar en Burgos en una misma litera, con su única
criada, sin más servidumbre, sin más guarda que la de ocho o nueve
soldados, valientes sin duda, pero con las armas aún teñidas en sangre
y cubiertas de polvo?
—En verdad, Leonor, que tienes razón, y mandaré al señor de Nájara que
venga a servirnos de guarda hasta nuestra capital de Castilla. Conde,
escribid la carta, que yo la firmaré; pero cuidad bien de que en ella
se exprese que el motivo de nuestro mandato es el que ha dicho Leonor,
y no en manera alguna que tengamos el menor recelo de la fidelidad de
nuestros vasallos.
Absorto y pensativo salió el conde a ejecutar lo que se le mandaba,
pudiendo apenas figurarse ser verdad el ingenioso artificio con que
doña Leonor había logrado de la reina, lisonjeando su vanidad, lo que
él con razones más poderosas jamás hubiera conseguido. A estar menos
preocupado en favor de la reina, nada hubiera visto de extraño en ello;
pero un amante ve pocas veces claro cuando se trata de su dama.
Doña Urraca por su parte cada vez se creía más segura del amor de los
castellanos, y miraba como ofensas cuantas prudentes precauciones
querían sus partidarios tomar en favor suyo. Funesta preocupación
que atrajo sobre estos y sobre ella misma no pocos sinsabores en lo
sucesivo.
[Ilustración]