Tranquilamente dormía Íñigo Latorre, alcaide del castillo de Castellar,
confiado, como hemos dicho en el capítulo primero, tanto en la posición
de su fortaleza cuanto en la paz de que el Aragón disfrutaba en aquella
época, cuando le despertaron el estruendo y voces de los combatientes:
se levantó sobresaltado, tomó la espada, y apenas vestido, sin más
armas defensivas que su casco y escudo, salió de su aposento y se
dirigió, aunque con cautela, al paraje en que parecía estar lo más
recio de la pelea.
Don Gómez y los suyos, dando la vuelta a la muralla, se encontraron con
el cuerpo de guardia colocado en la torre que formaba el ángulo del
castillo opuesto al que ocupaba la reina. El centinela que estaba a
corta distancia dio el quien vive; pero por pronto que quiso hacerlo,
no fue bastante para impedir que Hernando le contestara con tan buena
estocada que dio con él en el suelo. No murió sin embargo en el
momento; y cumpliendo como buen soldado:
—Alarma —gritó—, alarma compañeros: los enemigos están en el castillo.
No dijo más, pues, colérico, uno de los soldados de don Gómez le acabó
de matar metiéndole la pica por la boca.
—Desdichado —dijo don Gómez—, has muerto cumpliendo con tu obligación;
Dios te perdone la mala obra que nos has hecho.
—Que no es poca —añadió Hernando—, porque o yo me engaño, o en la torre
suena ruido de armas.
Y, en efecto, tenía razón, porque alarmados los aragoneses con la
voz de su compañero se atropellaban unos a otros para tomar, cuál la
espada, cuál la adarga; y a no ser la confusión inevitable en aquel
momento de sorpresa, no hubieran entrado el conde y los suyos en la
torre; pues ya uno, más prudente que los otros, corría a cerrar la
robusta y herrada puerta.
—¡Candespina y Castilla! ¡Santiago sea con nosotros! A ellos,
caballeros, vencer o morir —dijo así el de Candespina, y dando el
ejemplo al mismo tiempo que la orden entró por la puerta y cerró tan
furiosamente con los contrarios, que por doquier seguían la muerte y el
espanto sus pasos.
A su lado iba el denodado Hernando, tan valiente, tan furioso como
su amigo, no parando más golpes que los que a este se dirigían, y
despreciando los que llovían sobre él mismo.
La guarnición de Castellar, en aquellos tiempos pacíficos, no excedía
de cincuenta hombres de armas, que por fortuna para los castellanos
estaban todos reunidos en la torre atacada, pues mal les aviniera si
estando divididos hubieran podido combatirles por retaguardia al mismo
tiempo que de frente. Además, los compañeros del conde venían armados
de punta en blanco y dispuestos a la pelea, al paso que los aragoneses,
soñolientos y medio desnudos, necesitaban casi un valor heroico para
oponer la menor resistencia.
No menos sorprendido que los demás, Íñigo Latorre, azorado, desnuda la
espada en la mano derecha, y una lámpara encendida en la izquierda,
y semejante más bien a un fantasma que a un guerrero, bajaba
lentamente la escalera deteniendo el aliento y aplicando el oído a
cada paso, hasta que por fin las palabras _Candespina_ y _Castilla_,
le hicieron conocer que eran castellanos los que habían sorprendido
la fortaleza. Marchar a ellos inmediatamente, y mezclarse entre los
demás combatientes fue el primer impulso del valiente alcaide; pero
reflexionando después en que la falta de armas defensivas le exponía a
caer a los primeros golpes, y que por otra parte más necesaria era su
cabeza que su brazo, volvió a subir apresuradamente a su aposento, en
el que ya habían entrado a buscarle algunos soldados.
En tanto que estos le ayudaban a armarse de pies a cabeza, seguía
encarnizadamente el combate en el piso bajo de la torre: los aragoneses
defendían el terreno palmo a palmo; pero no permitiéndoles la estrechez
de este aprovecharse de la superioridad que en número tenían sobre
los castellanos, les hacían estos sentir la ventaja inmensa que les
llevaban en armadura y concierto.
La pérdida de los del castillo era ya de más de diez hombres entre
muertos y heridos, cuando sus enemigos solo habían perdido uno; pero
para estos toda pérdida era de suma importancia en razón de su corto
número.
Dejemos por un momento a estos encarnizados guerreros combatir
desesperadamente, para hablar de nuestras dos prisioneras, cuya
posición era harto desagradable.
—¿Lo oye Vuestra Alteza, señora? _Candespina_ y _Castilla_ dicen
—exclamó Leonor, apenas llegó a sus oídos el rumor del combate.
—También oigo —contestó la reina— las voces de _Alfonso_ y _Aragón_.
—El conde vencerá sin duda.
—¿Qué seguridad tienes de ello?
—Señora...
—¡Ah, Leonor! ¡Ojalá tu celo no me sea funesto!
—¿Y por qué lo ha de ser? ¿Vuestra Alteza qué culpa tiene de lo que yo
he hecho sin su conocimiento?
—Cierto que no tengo ninguna. Pero si el conde sucumbe, ¿qué dirán las
gentes de mí? Acaso se atreverán a sospechar...
—Que el conde idolatra a su reina, y no será más que lo cierto.
—Cada vez es mayor el tumulto, Leonor, y sin embargo a nadie veo.
—Sin duda será el combate en la torre que cae sobre el río, que es la
que ocupa el alcaide con sus soldados; al menos de hacia allí parece
venir el eco. Si el conde supiera en qué paraje se halla Vuestra
Alteza, hubiera ya venido a ponerla en libertad.
—Dios haga que no sea vencido, pues de lo contrario su temeraria
tentativa no produciría otro efecto que el de empeorar mi situación.
—Vuestra Alteza se complace en verlo todo de la manera más triste que
es posible imaginar. Don Gómez es un guerrero que tiene fama de ser tan
prudente como esforzado, y no es de presumir que se haya metido en el
castillo sin...
—¿Oyes, Leonor? ¡Qué tristes gemidos! ¿Oyes el sonido de las
espadas?... ¡Qué horror!... ¿Qué será de nosotras? ¡Dios eterno!... —y
cayó desmayada.
Leonor empleó cuantos medios estuvieron a su alcance para hacer volver
en sí a su señora, e inspirarla un valor que, si hemos de decir verdad,
no tenía ya ella misma.
En general, por más osada que una mujer sea en sus proyectos, por
más que tenga costumbre de presenciar grandes acontecimientos y de
figurar en ellos, llegado el caso de un combate, sus fuerzas la
abandonan. Su horrorosa carnicería repugna a este sexo débil, destinado
a domar con su dulzura las feroces pasiones del hombre; ha habido
algunas excepciones, es cierto, a esta regla general; pero confesemos
imparcialmente que son tan pocas que apenas merecen mencionarse.
No es pues de extrañar que doña Urraca, a pesar de su carácter
ambicioso, flaqueara en aquella ocasión, y que costase infinito trabajo
a su camarera disimular el espanto de que estaba poseída. Empero, como
a nuestra impaciencia no le es dado precipitar los acontecimientos a
medida del deseo, le fue preciso a la reina esperar y temer, y a su
camarera disimular y dar consuelos, hasta que llegó el momento que
estaba señalado para terminar sus inquietudes.
Más de un cuarto de hora había transcurrido desde la entrada de los
castellanos en Castellar; y otro tanto tiempo hacía que duraba el
combate, cuando lograron estos desalojar a los enemigos del piso bajo,
y persiguiéndolos llegaron al principal, donde estaba la sala de armas
y el aposento de Íñigo Latorre. Acababa este de armarse y de llegar al
salón cuando entraron precipitadamente los suyos, y a dicha tuvieron el
tiempo necesario para cerrar detrás de sí la puerta, tan fuerte como
todas las que en aquel tiempo se usaban en semejantes edificios.
—¡Voto al santo de mi nombre! —dijo furioso Hernando, que llegó
precisamente en el momento en que acababan los aragoneses de cerrar—.
Estas malditas escaleras me han detenido, y como esos perros van
desnudos, las han subido en un vuelo.
—No perdamos tiempo —le contestó el conde que llegó en seguida—, no
perdamos tiempo en inútiles exclamaciones. Lo que importa es derribar
la puerta.
—Un hacha de armas —exclamó Hernando—, pronto un hacha.
—Es inútil —le replicó el de Candespina—, nada conseguiréis; o cuando
menos se tardará más tiempo del que es menester. Traed una tea
encendida, soldados, y prended fuego a la puerta.
—Sí, prendedla fuego, no les estará mal a esos testarudos morir como
judíos, porque...
—No permita Dios que yo cometa tal barbarie. No, Hernando, son
cristianos como nosotros. Lo que yo quiero es quitar esta barrera de
por medio y poder combatirlos como conviene a caballeros, pues en
cuanto a la torre, es de fábrica y no puede incendiarse.
—Sea así, pero despachad, venga acá esa tea. Parece que en la vida
habéis puesto fuego a una puerta.
Y el impaciente Hernando se puso a trabajar como un simple soldado.
Entretanto el conde, que nada olvidaba, bajó al cuerpo de guardia, en
el cual había dejado a cargo de Millán y otro soldado los prisioneros
que se habían hecho en el primer combate, que eran en bastante número.
Imaginando el alcaide que sus enemigos, siguiendo la rutina de aquel
tiempo, emplearían inmediatamente el hacha o las palancas para
derribar la puerta, mandó correr sus gruesos cerrojos y arrimar a ella
una pesada y tosca mesa de madera de nogal que había en medio de la
sala. En seguida hizo armar lo más completamente que le fue posible
a sus medio desnudos soldados, y poniéndolos en buen orden esperó
sosegadamente el éxito de aquel trance.
Había bajado el conde a examinar a los prisioneros no por simple
curiosidad, sino con el objeto de obtener de ellos varias
noticias que podían serle útiles; y en particular por saber en
qué paraje se hallaba la reina. Algunos de aquellos desgraciados
conservaban bastante serenidad para negar a su enemigo todo género
de explicaciones; pero la mayor parte se manifestaron prontos a
complacerle. Supo pues el conde cuál era la torre que encerraba a la
reina, y que las fuerzas de que el alcaide podía disponer en la sala de
armas no pasaban de veinte hombres, deducidas las pérdidas que hasta
entonces había tenido. Bien hubiera querido don Gómez ir en derechura a
echarse a los pies de la reina y ponerla en libertad; pero le pareció
que no podía dejar el combate, y que presentarse como vencedor le sería
más honroso.
Cuando volvió a subir ya ardía la puerta de la sala de armas, y
consternados los aragoneses, que en el calor del combate no habían
podido calcular exactamente el número de sus contrarios, dándose por
perdidos pidieron a su alcaide que entrase en capitulaciones. Este se
negó abiertamente a semejante proposición, y recordando a los soldados
sus juramentos y las leyes del honor, les mandó que se dispusiesen a
pelear hasta el último trance, logrando en efecto reanimarlos algún
tanto. Estaba sin embargo resuelto por la divina providencia que, a
pesar de sus buenos deseos, había de morir sin dar una sola cuchillada
a los agresores.
El conde tenía razón en no temer que la torre se incendiase porque
era de fábrica; mas no había calculado que estando cubierto de
tablas el piso de la sala, precisamente se habían de sofocar cuantos
estuvieran dentro de ella. Y en efecto, aún no había acabado el
infeliz Íñigo su exhortación, cuando incendiándose las tablas del piso
con extraordinaria celeridad, a causa de estar muy secas, se llenó
enteramente de humo el aposento. Los desgraciados aragoneses viéndose
arder empezaron a clamar:
—¡Piedad! ¡Piedad!
Los castellanos mismos tuvieron que apartarse, y Hernando gritó, de
orden de su amigo, que sería salvo todo el que saliese de la sala.
Algunos de los que estaban inmediatos a la puerta lograron escapar;
pero la mayor parte, atolondrados con el mismo temor, perecieron
allí miserablemente, y entre ellos el alcaide, sea porque no pudo,
sea porque no quiso, ni aun en aquel caso extremo, entregarse a sus
enemigos.
Cuando el éxito de un combate es tan cruel para los vencidos, no pueden
los vencedores mismos, a menos que sean monstruos más dignos del nombre
de fieras que de el de soldados, regocijarse de su victoria. Y así es
que no podremos decir quiénes quedaron más aterrados y confusos: si los
pocos aragoneses que sobrevivieron a este desastre, o don Gómez y los
suyos.
El incendio absorbió la atención general: cesaron los gritos; se
trajo agua de un pozo que indicaron los prisioneros, a quienes se hizo
acarrearla con las correspondientes precauciones; y por fin, consumidas
la mayor parte de las tablas y apagadas las demás, como también los
pocos muebles que había en la sala, se logró terminar aquella horrorosa
escena. No llegó a una hora lo que duró el incendio, mas fue lo
bastante para que ni uno de los desdichados a quienes alcanzó quedase
con vida. El cadáver de Íñigo Latorre se encontró entero, porque la
armadura le había preservado de la acción de las llamas, y a pesar
de que su rostro estaba enteramente negro, aún se descubrían en sus
facciones señales del entusiasmo guerrero que le animaba pocos momentos
antes de su muerte. El conde le miró compasivamente, y mandó que se
recogiera y llevase a su propio aposento, al cual pasó en persona con
la esperanza, que se verificó en efecto, de encontrar en él las llaves
de todo el castillo.
Seguidamente, sin más compañía que la de Millán, y dejando a cargo de
Hernando tomar las disposiciones necesarias para su seguridad y pronta
marcha, fue don Gómez a la torre, prisión de la reina. Acostumbrado
desde su más tierna infancia a los horrores de la guerra, no había el
conde sentido la menor inquietud durante el combate; pero presentarse
a la que un tiempo miró como destinada a ser su esposa, y en aquella
ocasión tenía que acatar por señora y respetar como a mujer de otro,
era para él un paso tan delicado como temible. Su corazón latía con
violencia, mientras Millán probó sucesivamente las llaves en la
cerradura de la puerta exterior de la torre hasta encontrar con la
propia; entró temblando, y es indecible su turbación cuando al llegar
al primer piso mandó a su criado que abriese.
Si fue grande la inquietud de la reina mientras resonaron en sus oídos
los furiosos gritos de los combatientes, mayores fueron sus angustias
cuando el incendio de la sala de armas hizo que a aquel estrépito
sucediese un silencio horroroso. «¿Cuál será el vencedor?», he aquí
la cuestión importante que ocupaba a las dos prisioneras, sin que ni
una ni otra se atreviesen a proferir una sola palabra. En esta amarga
situación pasaron la reina y su dama más de una hora, hasta que oyeron
sonar primero los cerrojos de la puerta exterior, subir después la
escalera precipitadamente, y ensayar por último varias llaves en la
cerradura de la puerta de su propia estancia. Si doña Urraca y Leonor
hubieran estado entonces libres del pánico terror, que ni discurrir
las dejaba, desde luego la circunstancia de no abrir inmediatatamente
les hubiera hecho ver que la visita que iban a recibir no era la del
alcaide o cualquiera de sus subalternos, pues estos no podían menos
de conocer las llaves de todas las estancias; pero el temor no les
permitió hacer tan sencilla reflexión. Sobrecogidas, pues, y olvidando
la diferencia de clases, se metieron abrazadas en el rincón más
apartado de su aposento.
Ya en esto había Millán abierto la puerta y entrado el conde alzada la
visera del casco, con ademán sumiso y rostro más sonrojado de lo que
hubiera podido esperarse de su edad y profesión.
—¿Perdonará Su Alteza? —dijo hincando una rodilla en el suelo.
—¿Sois vos, conde? —exclamaron a un tiempo reina y camarera.
—Sí, señora —contestó el conde—, yo soy, que me he atrevido a entrar en
la estancia de Vuestra Alteza sin su permiso...
—¿Y qué? ¿Estoy libre?
—Vuestra Alteza puede partir cuando guste.
—Ahora mismo; pero alzad, conde: la reina de Castilla no olvidará nunca
lo que os debe.
—A mí, señora, nada me debe: soy su vasallo, y he cumplido con mi
obligación sirviéndola.
—No esperaba yo menos de vuestra nobleza. Mas ocasiones habrá de
manifestaros mi agradecimiento, y si Dios fuere servido, como lo
espero, de llevarme con bien a mis reinos, no se tardará el día en que
lo veáis.
—Señora, si alguna cosa he hecho que merezca recompensa, suficiente la
tendré en besar los pies a Vuestra Alteza.
—Tomad la mano, conde: y ojalá no la hubiese yo nunca dado...
Detúvose aquí, y el conde besó respetuosamente aquella mano, objeto de
todos sus deseos.
—¿Podemos partir, conde? —continuó la reina.
—Señora —dijo este—, deme Vuestra Alteza permiso para bajar un instante
y podré responderla.
—¿Y en tanto nos hemos de quedar otra vez solas? —replicó doña Urraca;
y luego, avergonzada de haberse demostrando tan débil, añadió—: Leonor
es una medrosa que se morirá si se ve sin más compañía que yo.
—¡Ah, Señora! ¿Y no vale esa más que la de un ejército? Pero es
indispensable que yo baje: si Vuestra Alteza quiere conceder a este
soldado la honra de que se quede en guarda suya...
—Consiento: y de hoy más será de mi servidumbre.
—Millán besa los pies de Su Alteza.
—Ahora idos buen conde, idos y apresurad nuestra marcha que en vos
pongo mi esperanza.
—Ponedla en Dios, señora; Él solo ha vencido a los aragoneses; Él ha
vuelto por vuestra causa.
Y diciendo así, saludó respetuosamente a su soberana y salió del
aposento lleno de júbilo.
[Ilustración]