CAPÍTULO II

—Por san Pedro, conde, que vos solo seríais capaz de tal empresa.

—¿Y por qué no cualquier otro? Las haciendas y las vidas de los

vasallos son propiedad de los reyes.

—En buena hora, lo sé tan bien como vos. Pero lo que ahora hacemos,

Dios me perdone si no es provocar al mismo demonio.

—Si os pesa, Hernando de Olea, podéis volveros, que no os habremos

menester tanto que no concluyamos la demanda sin vos.

—¡Voto a...!

—No votéis a nada, que habemos menester la ayuda de todos los santos, y

no será justo provocar su enojo con juramentos.

—Ya lo sé que no debo votar, pero lo que me habéis dicho, conde, lo que

me habéis dicho, a no ser vos...

—Bueno está, Hernando, bueno está. Perdonad mi injusto enojo.

—Esa palabra en la boca del conde de Candespina desarmaría la cólera

del mismo Lucifer. Mas ahora, decidme por vuestra vida si os parece

cuerdo arrojaros en medio de un reino extraño con los doce hombres que

os acompañamos.

—Hernando de Olea vale él solo por doscientos, y mi espada...

—Por la de mil de estos testarudos aragoneses. Maldición sobre ellos

y sobre su rey diría si no fuera nuestro también. Con todo, conde, se

pueden reunir tantos...

—¿Quién os ha dicho, Hernando, que yo voy a combatir cuerpo a cuerpo

con todo el ejército de Aragón? Mi plan es caminar por sendas poco

frecuentadas y llegar sin ser visto a Castellar. Los montes de Aragón

me son bien conocidos, he hecho la guerra en ellos más de una vez, y yo

os fío que llegaremos seguros.

—Así sea.

En efecto, la fortuna sirvió completamente al conde, y este tomó tan

bien sus medidas, que con la sola precaución de caminar siempre de

noche, y no entrar en poblaciones considerables, llegó al fin de su

viaje sin encontrar el menor obstáculo. En el día sería muy difícil,

cuando no imposible, que trece hombres armados corriesen las cincuenta

leguas que por el más corto y peor camino hay desde Candespina

a Castellar sin llamar la atención; pero en aquellos tiempos de

ignorancia y desorden, semejantes sucesos eran tan frecuentes que no

causaban la menor extrañeza. La escasez de pueblos, la falta de caminos

que proporcionasen la comunicación entre los que había, y sobre todo

la nula seguridad que el gobierno podía ofrecer a los viajeros hacían

que los pobres y los plebeyos pensasen rara vez en salir del lugar de

su domicilio, y que los nobles, que tampoco viajaban con frecuencia, lo

hiciesen cuando se veían precisados a ello, siempre armados y llevando

en su compañía gran número de guerreros.

Por esta razón, las pocas personas que nuestros viajeros encontraron en

el camino no extrañaban verlos cubiertos de hierro; y aunque algunos

tuvieran curiosidad de conocer al jefe o señor de aquella tropa, no

juzgaron sin duda prudente entrar en contestaciones con ninguno de sus

silenciosos individuos.

Entre todos los que acompañaban al conde, aunque la mayor parte eran

nobles ninguno lo era tanto ni privaba con él como Hernando de Olea, su

deudo y hermano de armas, quien por su parte le amaba entrañablemente.

Valiente en extremo, temerario si se quiere, solo conocía Hernando la

prudencia cuando se trataba de algún peligro que podía correr su amigo,

y entonces su previsión rayaba ya en nimiedad. Opuso, pues, cuantas

razones se le alcanzaron contra la resolución de don Gómez, que a la

verdad no fueron pocas porque el proyecto era arriesgado y difícil; mas

fue en vano: el amor, la ambición, la gloria, el espíritu caballeresco,

todo llamaba al conde a Castellar. Llegó por fin el de Olea a

convencerse de la inutilidad de sus reflexiones, y el último altercado

que sobre la materia tuvieron los dos amigos fue el que acabamos de

copiar literalmente.

En los ocho días que duró su viaje, se ocuparon únicamente del modo de

dar fin a su empresa, que no presentaba pocas dificultades, pues era de

presumir que la vigilancia del alcaide de Castellar sería proporcionada

a la importancia del objeto que estaba a su cargo; y por otra parte las

pocas fuerzas del conde no le permitían presentarse a cara descubierta

a sitiar la fortaleza. De este modo caminaron creciendo por instantes

la perplejidad del enamorado don Gómez, sin que Hernando, mucho

más útil en la pelea que en el consejo, pudiese sugerirle el menor

expediente para salir de apuros; hasta que pasado el Ebro, media legua

antes de llegar a Castellar, hicieron alto para que los caballos

tomasen aliento.

Llegose Millán García, criado del conde, a su amo a quitarle la celada

y preguntarle si quería su señoría tomar alguna cosa, y como le

respondiese que no, y que comiera él lo que le pareciese, dijo Hernando:

—Bueno, ¡cuerpo de Cristo!, en ayunas no sé cómo podréis pelear con

esos bárbaros aragoneses que cada uno tiene tanta fuerza como una

yunta de bueyes. Comed, conde, que si vos nos faltáis tanto montara no

habernos movido de Candespina.

—Es imposible, Hernando —contestó con sentida voz el conde—: es

imposible, no atravesara un bocado si me lo presentaran los ángeles.

—Pese a mi vida, ¿qué tenéis para dejaros morir de hambre como un

caballo cansando?

—¿Qué he de tener? Ya estamos en el Castellar, y no sé cómo he de

valerme para sacar a mi reina de la tal fortaleza.

—Ya os lo dije; pero algunas veces, perdonad, conde, parecéis natural

de este país. Si me hubiérais creído se hubieran podido reunir a lo

menos doscientas buenas lanzas, y con ellas en dos horas yo me prometía

colgar en las murallas de su castillo al señor alcaide del Castellar.

—¡Excelente idea! Con doscientas lanzas declararíamos la guerra al

rey de Aragón, a quien respetan navarros y franceses. ¡Con doscientas

lanzas, Hernando! ¿Estáis en vos?

—¡Voto a...! Tenéis razón; no me había hecho cargo.

Calló Hernando, como le sucedía siempre que se veía cortado en su

discurso, pues el esfuerzo que su imaginación necesitaba hacer para

producir un argumento de algún peso no era obra de pocos minutos, y

así decía él que rara vez disputaba con sus amigos porque siempre le

convencían, y nunca con sus enemigos, pues para estos la mejor razón

era la espada.

Millán se halló presente a esta conversación, y su celo por el conde

le obligó a que, venciendo la repugnancia que le costaba hablar a su

señor cuando este no se lo mandaba expresamente, propusiera que se

caminase hasta una arboleda que cerca del castillo había, y que allí se

podría con más conocimiento de causa, teniendo a la vista la fortaleza,

tomar el partido conveniente. Pareció tan razonable esta proposición

que inmediatamente se puso en práctica, y antes de un cuarto de hora

estaban ya el conde y los suyos casi a la orilla del foso, en frente de

la reja de la prisión de la reina.

Desde luego advirtieron que el foso estaba seco a la sazón, y que no

había más que un centinela por aquella parte, de modo que con un

hombre solo tenían que luchar. Empero este hombre estaba sobre una

muralla, y con un grito suyo era indudable que acudirían todos los

de la guarnición del castillo; esto contenía el impaciente ardor de

Hernando y el entusiasmo del conde, hasta que por fin este, volviéndose

de repente, como un hombre inspirado, a Millán, le dijo:

—Tú eres buen flechero.

—Señor, sé tirar una flecha con alguna violencia y dirigirla

medianamente.

—Bien: ¿y te atreverás a hacer una buena puntería de aquí a la muralla?

—Sí —interrumpió vivamente Hernando—: ¿serías hombre de quitar de

enmedio a aquel maldito centinela?

—Si vueseñorías me lo permiten —respondió el criado lleno de humildad—,

probaré, y espero que con la ayuda de Dios podré darles gusto.

Y diciendo y haciendo se colocó entre dos árboles, desde donde

distinguía perfectamente al centinela; tendió su arco, y se disponía

ya para apuntar cuando don Gómez, asiéndole del brazo, le dijo:

—¿Y si yerras el tiro, Millán?

—Si lo yerra —dijo con impaciencia Hernando—, si lo yerra, acertará

otro.

—Y el soldado —repuso el conde— lo aguardará pacientemente sin dar la

alarma.

—Tenéis razón, tenéis razón; pero si una flecha no nos quita ese

estorbo, no sé cómo lo hemos de hacer.

Millán bajó el arco, el conde quedó suspenso, Hernando petrificado, y

en tanto el tiempo volaba.

Más de una hora duró esta suspensión, hasta que por fin, convencido

don Gómez de que si, como lo decía su amigo, una flecha no quitaba al

centinela la posibilidad de estorbarles, les sería imposible entrar

en el castillo, mandó sacar las escalas que a prevención traía y,

dirigiéndose a Millán, pronunció con visible alteración estas palabras:

—Apunta, Millán, dispara, y Dios dirija tu mano.

Y diciendo así, cayó de rodillas y se puso a orar fervorosamente, en

tanto que el criado, deseoso de servir a su amo y acreditar al mismo

tiempo su destreza, dirigía sin el menor vislumbre de inquietud la

puntería al malhadado centinela, quien de propósito parecía haberse

parado debajo de la ventana de doña Urraca.

La naturaleza, más poderosa que las penas, había por fin proporcionado

a la reina de Castilla el sueño, único y verdadero alivio de los

miserables cautivos. Se representaban en su imaginación los venturosos

tiempos de su unión con el conde de Galicia; creía verse aún en medio

de sus vasallos, acatada de todos, dispensando mercedes, imponiendo

castigos: mas por una de aquellas singularidades que casi siempre

tienen los sueños, el conde de Candespina se mezclaba con aquellos

sucesos, en los cuales ninguna parte había tenido. Era pues entonces

tan feliz en el mezquino lecho de su encierro como hubiera podido serlo

en el más mullido de su alcázar de Burgos o de León, cuando el sordo

ruido que hicieron al pie de su ventana las armas del centinela, a

quien Millán acertó a traspasar la garganta, la despertó repentinamente.

—¡Leonor!..., Leonor..., despierta..., vamos, despierta; tu reina te lo

manda —dijo llamando a su camarera, que dormía profundamente, hasta que

por fin logró despertarla no sin trabajo—. Vamos, ve a mirar lo que ha

sucedido en la muralla; me parece haber oído cómo daba un gran golpe un

hombre armado.

—Ya voy, señora; será algún soldado que habrá tropezado en alguna

piedra —dijo Leonor, pensando entre sí que no debía tener gran

necesidad de su persona la reina para llegarse a la ventana y

satisfacer por sí misma su curiosidad.

Obedeció sin embargo con cuanta presteza se lo permitieron sus

miembros, aún entorpecidos con el sueño, y se llegó a la ventana; mas

hubo de estar un momento para acabar de abrir los ojos, y al cabo nada

vio, nada oyó, y así se lo dijo a la reina. No podía esta persuadirse

de que su camarera dijese lo cierto, porque estaba segura de haber

oído caer a un hombre armado, y así, diciendo a Leonor que procurase

otra vez abrir más los ojos para obedecer sus órdenes, se levantó ella

misma; y llegada a la reja, por más que examinó cuidadosamente cuanto

su vista alcanzaba a distinguir, tampoco descubrió nada.

—Parece imposible —exclamó—: imposible porque no me cabe duda de que lo

he oído.

—Ya he observado a Vuestra Alteza —dijo Leonor con cierto aire de

triunfo— que podría ser el centinela que hubiese tropezado.

—Y yo he observado que hasta aquí nadie se ha atrevido a dirigirme la

palabra sin que yo se lo mande —respondió la reina.

Leonor se quedó muda con tan inesperada reprensión, y guardó silencio

en tanto que la reina, entre despechada y colérica, volvió a su lecho.

Apenas vio Hernando caer en el suelo al centinela, exclamó lleno de

alborozo abrazando a Millán:

—Bien: te has portado como un hombre, y yo te ofrezco una cadena de

oro que pese tanto como tu arco en premio de este tiro que es el más

acertado que en mi vida he visto.

—Loado sea Dios —dijo levantándose don Gómez—: amigos míos, de su

voluntad y vuestro valor depende ahora el resto.

Salieron con esto del bosque, pero temiendo el conde que los que

dormían en el cuarto bajo cuya ventana había caído el centinela,

despertándose con el ruido se asomasen y viéndolos escalar la muralla

dieran la alarma, se apartó a un lado, y en menos de dos minutos ya

estaban todos dentro de la fortaleza.

Por esta razón no vieron la reina ni su camarera a ninguno de ellos,

y solo a pocos momentos oyeron el ruido de sus pasos al tiempo que

pasaban por debajo de la reja.

—Bien muerto está —dijo uno de los soldados mirando el cadáver del

centinela—. Dios me libre de ser el blanco de Millán.

—Y a mí —contestó otro—. Si tuviera el conde unos cuantos ballesteros

como él, ya podían sus enemigos echarse en remojo.

—Calla, no nos oigan y lo echemos todo a perder.

Las dos prisioneras habían vuelto a ocupar su puesto en la reja, y

pudieron oír a su salvo el corto diálogo que acabamos de referir, el

cual, lejos de satisfacer la curiosidad de la reina, no hizo más que

irritarla. Leonor, por el contrario, al oír la palabra conde, concibió

esperanzas de que fuese el de Candespina; y de buena gana hubiera dado

a su señora cuenta de las conjeturas que formaba; pero la prohibición

que poco antes la había hecho esta de dirigirle la palabra sin su

expreso mandato la obligó a guardar silencio.

Doña Urraca por su parte no tardó en conocer que en los estrechos

límites de una prisión no era posible observar estrictamente las

leyes de la etiqueta como en un alcázar, y así, aunque no dejase

de repugnarla algún tanto ser la que empezara, por decirlo así, su

reconciliación con Leonor, rompió el silencio diciendo de esta manera:

—Nada dices, Leonor, del singular diálogo que acabamos de oír.

—Señora —contestó esta—, Vuestra Alteza me ha...

—Ahora te mando que hables.

—Entonces, señora, me parece que podré dar a Vuestra Alteza algunas

luces sobre este asunto.

—¿De veras, Leonor? Vamos, di.

—Señora, tengo que suplicar primero a Vuestra Alteza se sirva

perdonarme.

—Sí, mujer, sí; estás ya perdonada, ¿quién piensa en eso? Pero di.

—Es que no se trata de lo que Vuestra Alteza imagina, sino de una

libertad que me he tomado en su nombre...

—¿En mi nombre? ¿Y quién te ha dado osadía para tanto?

—Permítame Vuestra Alteza que me explique. He dicho mal diciendo que

había tomado en su nombre. No, señora, yo he obrado en el mío, pero

he querido decir que lo que yo he hecho solo ha sido en interés de mi

reina.

—Pero acabemos: ¿qué es lo que has hecho?

—Si Vuestra Alteza me deja hablar, yo se lo diré en pocas palabras.

—Y bien, Leonor, una hora hace que te estoy mandando explicarte y nunca

acabas de hacerlo.

Aquí la camarera refirió su mensaje a don Gómez, y la conjetura de que

fuese el de Candespina el conde de quien hablaban los dos soldados cuya

conversación habían oído. No sabemos cuál hubiera sido la contestación

de la reina, ni qué reflexiones hizo durante la breve narración de

Leonor, porque la crónica dice que precisamente en el punto en que

esta se acabó, resonaron las bóvedas del castillo con el ruido de las

armas, los alaridos de los moribundos, y los gritos de _Candespina_ y

_Castilla_ por una parte, _Alfonso_ y _Aragón_ por otra.

[Ilustración]

El conde de Candespina (1 de 2) · 第 4 / 19 题