—Por san Pedro, conde, que vos solo seríais capaz de tal empresa.
—¿Y por qué no cualquier otro? Las haciendas y las vidas de los
vasallos son propiedad de los reyes.
—En buena hora, lo sé tan bien como vos. Pero lo que ahora hacemos,
Dios me perdone si no es provocar al mismo demonio.
—Si os pesa, Hernando de Olea, podéis volveros, que no os habremos
menester tanto que no concluyamos la demanda sin vos.
—¡Voto a...!
—No votéis a nada, que habemos menester la ayuda de todos los santos, y
no será justo provocar su enojo con juramentos.
—Ya lo sé que no debo votar, pero lo que me habéis dicho, conde, lo que
me habéis dicho, a no ser vos...
—Bueno está, Hernando, bueno está. Perdonad mi injusto enojo.
—Esa palabra en la boca del conde de Candespina desarmaría la cólera
del mismo Lucifer. Mas ahora, decidme por vuestra vida si os parece
cuerdo arrojaros en medio de un reino extraño con los doce hombres que
os acompañamos.
—Hernando de Olea vale él solo por doscientos, y mi espada...
—Por la de mil de estos testarudos aragoneses. Maldición sobre ellos
y sobre su rey diría si no fuera nuestro también. Con todo, conde, se
pueden reunir tantos...
—¿Quién os ha dicho, Hernando, que yo voy a combatir cuerpo a cuerpo
con todo el ejército de Aragón? Mi plan es caminar por sendas poco
frecuentadas y llegar sin ser visto a Castellar. Los montes de Aragón
me son bien conocidos, he hecho la guerra en ellos más de una vez, y yo
os fío que llegaremos seguros.
—Así sea.
En efecto, la fortuna sirvió completamente al conde, y este tomó tan
bien sus medidas, que con la sola precaución de caminar siempre de
noche, y no entrar en poblaciones considerables, llegó al fin de su
viaje sin encontrar el menor obstáculo. En el día sería muy difícil,
cuando no imposible, que trece hombres armados corriesen las cincuenta
leguas que por el más corto y peor camino hay desde Candespina
a Castellar sin llamar la atención; pero en aquellos tiempos de
ignorancia y desorden, semejantes sucesos eran tan frecuentes que no
causaban la menor extrañeza. La escasez de pueblos, la falta de caminos
que proporcionasen la comunicación entre los que había, y sobre todo
la nula seguridad que el gobierno podía ofrecer a los viajeros hacían
que los pobres y los plebeyos pensasen rara vez en salir del lugar de
su domicilio, y que los nobles, que tampoco viajaban con frecuencia, lo
hiciesen cuando se veían precisados a ello, siempre armados y llevando
en su compañía gran número de guerreros.
Por esta razón, las pocas personas que nuestros viajeros encontraron en
el camino no extrañaban verlos cubiertos de hierro; y aunque algunos
tuvieran curiosidad de conocer al jefe o señor de aquella tropa, no
juzgaron sin duda prudente entrar en contestaciones con ninguno de sus
silenciosos individuos.
Entre todos los que acompañaban al conde, aunque la mayor parte eran
nobles ninguno lo era tanto ni privaba con él como Hernando de Olea, su
deudo y hermano de armas, quien por su parte le amaba entrañablemente.
Valiente en extremo, temerario si se quiere, solo conocía Hernando la
prudencia cuando se trataba de algún peligro que podía correr su amigo,
y entonces su previsión rayaba ya en nimiedad. Opuso, pues, cuantas
razones se le alcanzaron contra la resolución de don Gómez, que a la
verdad no fueron pocas porque el proyecto era arriesgado y difícil; mas
fue en vano: el amor, la ambición, la gloria, el espíritu caballeresco,
todo llamaba al conde a Castellar. Llegó por fin el de Olea a
convencerse de la inutilidad de sus reflexiones, y el último altercado
que sobre la materia tuvieron los dos amigos fue el que acabamos de
copiar literalmente.
En los ocho días que duró su viaje, se ocuparon únicamente del modo de
dar fin a su empresa, que no presentaba pocas dificultades, pues era de
presumir que la vigilancia del alcaide de Castellar sería proporcionada
a la importancia del objeto que estaba a su cargo; y por otra parte las
pocas fuerzas del conde no le permitían presentarse a cara descubierta
a sitiar la fortaleza. De este modo caminaron creciendo por instantes
la perplejidad del enamorado don Gómez, sin que Hernando, mucho
más útil en la pelea que en el consejo, pudiese sugerirle el menor
expediente para salir de apuros; hasta que pasado el Ebro, media legua
antes de llegar a Castellar, hicieron alto para que los caballos
tomasen aliento.
Llegose Millán García, criado del conde, a su amo a quitarle la celada
y preguntarle si quería su señoría tomar alguna cosa, y como le
respondiese que no, y que comiera él lo que le pareciese, dijo Hernando:
—Bueno, ¡cuerpo de Cristo!, en ayunas no sé cómo podréis pelear con
esos bárbaros aragoneses que cada uno tiene tanta fuerza como una
yunta de bueyes. Comed, conde, que si vos nos faltáis tanto montara no
habernos movido de Candespina.
—Es imposible, Hernando —contestó con sentida voz el conde—: es
imposible, no atravesara un bocado si me lo presentaran los ángeles.
—Pese a mi vida, ¿qué tenéis para dejaros morir de hambre como un
caballo cansando?
—¿Qué he de tener? Ya estamos en el Castellar, y no sé cómo he de
valerme para sacar a mi reina de la tal fortaleza.
—Ya os lo dije; pero algunas veces, perdonad, conde, parecéis natural
de este país. Si me hubiérais creído se hubieran podido reunir a lo
menos doscientas buenas lanzas, y con ellas en dos horas yo me prometía
colgar en las murallas de su castillo al señor alcaide del Castellar.
—¡Excelente idea! Con doscientas lanzas declararíamos la guerra al
rey de Aragón, a quien respetan navarros y franceses. ¡Con doscientas
lanzas, Hernando! ¿Estáis en vos?
—¡Voto a...! Tenéis razón; no me había hecho cargo.
Calló Hernando, como le sucedía siempre que se veía cortado en su
discurso, pues el esfuerzo que su imaginación necesitaba hacer para
producir un argumento de algún peso no era obra de pocos minutos, y
así decía él que rara vez disputaba con sus amigos porque siempre le
convencían, y nunca con sus enemigos, pues para estos la mejor razón
era la espada.
Millán se halló presente a esta conversación, y su celo por el conde
le obligó a que, venciendo la repugnancia que le costaba hablar a su
señor cuando este no se lo mandaba expresamente, propusiera que se
caminase hasta una arboleda que cerca del castillo había, y que allí se
podría con más conocimiento de causa, teniendo a la vista la fortaleza,
tomar el partido conveniente. Pareció tan razonable esta proposición
que inmediatamente se puso en práctica, y antes de un cuarto de hora
estaban ya el conde y los suyos casi a la orilla del foso, en frente de
la reja de la prisión de la reina.
Desde luego advirtieron que el foso estaba seco a la sazón, y que no
había más que un centinela por aquella parte, de modo que con un
hombre solo tenían que luchar. Empero este hombre estaba sobre una
muralla, y con un grito suyo era indudable que acudirían todos los
de la guarnición del castillo; esto contenía el impaciente ardor de
Hernando y el entusiasmo del conde, hasta que por fin este, volviéndose
de repente, como un hombre inspirado, a Millán, le dijo:
—Tú eres buen flechero.
—Señor, sé tirar una flecha con alguna violencia y dirigirla
medianamente.
—Bien: ¿y te atreverás a hacer una buena puntería de aquí a la muralla?
—Sí —interrumpió vivamente Hernando—: ¿serías hombre de quitar de
enmedio a aquel maldito centinela?
—Si vueseñorías me lo permiten —respondió el criado lleno de humildad—,
probaré, y espero que con la ayuda de Dios podré darles gusto.
Y diciendo y haciendo se colocó entre dos árboles, desde donde
distinguía perfectamente al centinela; tendió su arco, y se disponía
ya para apuntar cuando don Gómez, asiéndole del brazo, le dijo:
—¿Y si yerras el tiro, Millán?
—Si lo yerra —dijo con impaciencia Hernando—, si lo yerra, acertará
otro.
—Y el soldado —repuso el conde— lo aguardará pacientemente sin dar la
alarma.
—Tenéis razón, tenéis razón; pero si una flecha no nos quita ese
estorbo, no sé cómo lo hemos de hacer.
Millán bajó el arco, el conde quedó suspenso, Hernando petrificado, y
en tanto el tiempo volaba.
Más de una hora duró esta suspensión, hasta que por fin, convencido
don Gómez de que si, como lo decía su amigo, una flecha no quitaba al
centinela la posibilidad de estorbarles, les sería imposible entrar
en el castillo, mandó sacar las escalas que a prevención traía y,
dirigiéndose a Millán, pronunció con visible alteración estas palabras:
—Apunta, Millán, dispara, y Dios dirija tu mano.
Y diciendo así, cayó de rodillas y se puso a orar fervorosamente, en
tanto que el criado, deseoso de servir a su amo y acreditar al mismo
tiempo su destreza, dirigía sin el menor vislumbre de inquietud la
puntería al malhadado centinela, quien de propósito parecía haberse
parado debajo de la ventana de doña Urraca.
La naturaleza, más poderosa que las penas, había por fin proporcionado
a la reina de Castilla el sueño, único y verdadero alivio de los
miserables cautivos. Se representaban en su imaginación los venturosos
tiempos de su unión con el conde de Galicia; creía verse aún en medio
de sus vasallos, acatada de todos, dispensando mercedes, imponiendo
castigos: mas por una de aquellas singularidades que casi siempre
tienen los sueños, el conde de Candespina se mezclaba con aquellos
sucesos, en los cuales ninguna parte había tenido. Era pues entonces
tan feliz en el mezquino lecho de su encierro como hubiera podido serlo
en el más mullido de su alcázar de Burgos o de León, cuando el sordo
ruido que hicieron al pie de su ventana las armas del centinela, a
quien Millán acertó a traspasar la garganta, la despertó repentinamente.
—¡Leonor!..., Leonor..., despierta..., vamos, despierta; tu reina te lo
manda —dijo llamando a su camarera, que dormía profundamente, hasta que
por fin logró despertarla no sin trabajo—. Vamos, ve a mirar lo que ha
sucedido en la muralla; me parece haber oído cómo daba un gran golpe un
hombre armado.
—Ya voy, señora; será algún soldado que habrá tropezado en alguna
piedra —dijo Leonor, pensando entre sí que no debía tener gran
necesidad de su persona la reina para llegarse a la ventana y
satisfacer por sí misma su curiosidad.
Obedeció sin embargo con cuanta presteza se lo permitieron sus
miembros, aún entorpecidos con el sueño, y se llegó a la ventana; mas
hubo de estar un momento para acabar de abrir los ojos, y al cabo nada
vio, nada oyó, y así se lo dijo a la reina. No podía esta persuadirse
de que su camarera dijese lo cierto, porque estaba segura de haber
oído caer a un hombre armado, y así, diciendo a Leonor que procurase
otra vez abrir más los ojos para obedecer sus órdenes, se levantó ella
misma; y llegada a la reja, por más que examinó cuidadosamente cuanto
su vista alcanzaba a distinguir, tampoco descubrió nada.
—Parece imposible —exclamó—: imposible porque no me cabe duda de que lo
he oído.
—Ya he observado a Vuestra Alteza —dijo Leonor con cierto aire de
triunfo— que podría ser el centinela que hubiese tropezado.
—Y yo he observado que hasta aquí nadie se ha atrevido a dirigirme la
palabra sin que yo se lo mande —respondió la reina.
Leonor se quedó muda con tan inesperada reprensión, y guardó silencio
en tanto que la reina, entre despechada y colérica, volvió a su lecho.
Apenas vio Hernando caer en el suelo al centinela, exclamó lleno de
alborozo abrazando a Millán:
—Bien: te has portado como un hombre, y yo te ofrezco una cadena de
oro que pese tanto como tu arco en premio de este tiro que es el más
acertado que en mi vida he visto.
—Loado sea Dios —dijo levantándose don Gómez—: amigos míos, de su
voluntad y vuestro valor depende ahora el resto.
Salieron con esto del bosque, pero temiendo el conde que los que
dormían en el cuarto bajo cuya ventana había caído el centinela,
despertándose con el ruido se asomasen y viéndolos escalar la muralla
dieran la alarma, se apartó a un lado, y en menos de dos minutos ya
estaban todos dentro de la fortaleza.
Por esta razón no vieron la reina ni su camarera a ninguno de ellos,
y solo a pocos momentos oyeron el ruido de sus pasos al tiempo que
pasaban por debajo de la reja.
—Bien muerto está —dijo uno de los soldados mirando el cadáver del
centinela—. Dios me libre de ser el blanco de Millán.
—Y a mí —contestó otro—. Si tuviera el conde unos cuantos ballesteros
como él, ya podían sus enemigos echarse en remojo.
—Calla, no nos oigan y lo echemos todo a perder.
Las dos prisioneras habían vuelto a ocupar su puesto en la reja, y
pudieron oír a su salvo el corto diálogo que acabamos de referir, el
cual, lejos de satisfacer la curiosidad de la reina, no hizo más que
irritarla. Leonor, por el contrario, al oír la palabra conde, concibió
esperanzas de que fuese el de Candespina; y de buena gana hubiera dado
a su señora cuenta de las conjeturas que formaba; pero la prohibición
que poco antes la había hecho esta de dirigirle la palabra sin su
expreso mandato la obligó a guardar silencio.
Doña Urraca por su parte no tardó en conocer que en los estrechos
límites de una prisión no era posible observar estrictamente las
leyes de la etiqueta como en un alcázar, y así, aunque no dejase
de repugnarla algún tanto ser la que empezara, por decirlo así, su
reconciliación con Leonor, rompió el silencio diciendo de esta manera:
—Nada dices, Leonor, del singular diálogo que acabamos de oír.
—Señora —contestó esta—, Vuestra Alteza me ha...
—Ahora te mando que hables.
—Entonces, señora, me parece que podré dar a Vuestra Alteza algunas
luces sobre este asunto.
—¿De veras, Leonor? Vamos, di.
—Señora, tengo que suplicar primero a Vuestra Alteza se sirva
perdonarme.
—Sí, mujer, sí; estás ya perdonada, ¿quién piensa en eso? Pero di.
—Es que no se trata de lo que Vuestra Alteza imagina, sino de una
libertad que me he tomado en su nombre...
—¿En mi nombre? ¿Y quién te ha dado osadía para tanto?
—Permítame Vuestra Alteza que me explique. He dicho mal diciendo que
había tomado en su nombre. No, señora, yo he obrado en el mío, pero
he querido decir que lo que yo he hecho solo ha sido en interés de mi
reina.
—Pero acabemos: ¿qué es lo que has hecho?
—Si Vuestra Alteza me deja hablar, yo se lo diré en pocas palabras.
—Y bien, Leonor, una hora hace que te estoy mandando explicarte y nunca
acabas de hacerlo.
Aquí la camarera refirió su mensaje a don Gómez, y la conjetura de que
fuese el de Candespina el conde de quien hablaban los dos soldados cuya
conversación habían oído. No sabemos cuál hubiera sido la contestación
de la reina, ni qué reflexiones hizo durante la breve narración de
Leonor, porque la crónica dice que precisamente en el punto en que
esta se acabó, resonaron las bóvedas del castillo con el ruido de las
armas, los alaridos de los moribundos, y los gritos de _Candespina_ y
_Castilla_ por una parte, _Alfonso_ y _Aragón_ por otra.
[Ilustración]