Iluminaba la luna las altas torres del castillo de Castellar, situado
a corta distancia de Zaragoza, una apacible noche de las más templadas
del mes de junio; solo un centinela interrumpía, con el ruido de sus
pasos y el crujir de las armas, el profundo silencio que reinaba
en torno de la fortaleza, en tanto que el alcaide y la guarnición
reposaban descuidados, pues no era de temer en el corazón del reino un
ataque imprevisto.
Así lo pensaba también, sin duda, la ilustre cautiva que en él se
encerraba entonces; y la siguiente conversación nos hará juzgar del
desaliento y dolor a que se había entregado.
—Déjame, Leonor; déjame llorar: en esto solo encuentro alivio.
—¿Alivio, señora? Vuestra Alteza destruye su salud.
—¿Y qué me importa la salud ni la vida? ¿Para qué las quiero, si he de
pasar mis días en este miserable encierro?
—No lo permita su Divina Majestad. Su Santísima Madre nos protegerá. Yo
a lo menos así se lo ruego en todas mis oraciones.
—Y yo le tengo ofrecido un candelero de oro macizo al Santo Apóstol,
patrón de España, si se digna alcanzar por sus méritos que yo vuelva a
mis reinos.
—Y volverá Vuestra Alteza, señora. El corazón me dice que no hemos de
tardar en ver a León.
—¡A León!... ¿A León, Leonor? ¡Pluguiera a Dios! Pero no lo creo.
—Vuestra Alteza pierde el ánimo, señora, y olvida que sus leales
castellanos viven...
—¿Leales los castellanos? ¡Traidores! Abandonan a su reina y natural
señora para entregarse a mi marido, mejor diré a mi tirano.
—Aún hay castellanos que aborrecen a Alfonso...
—¡Cobardes! Y ¿por qué no desnudan el acero?
—No es tarde, señora.
—¿No es tarde, y yo estoy cautiva? Leonor, tú has nacido para ser
esclava.
—Perdóneme Vuestra Alteza, señora, pero no puedo resolverme a creer que
no haya uno entre tantos como hacían alarde de adorar a su reina como a
tal, y como a la más cumplida dama...
—Leonor, me adulas.
—Vuestra Alteza sabe mejor que yo que no es lisonja lo que digo, y que
los encantos de su persona han hecho acaso más vasallos que su poder.
—Verdad es que dicen que ha querido Nuestro Señor poner en mí algo de
eso que llaman belleza; pero tú exageras la causa y los efectos.
—¡Ah, señora, si estuviera aquí un caballero de Castilla, qué bien
respondería!
—¿Un caballero de Castilla...? No sé de quién hablas.
—Del más galán, del más valiente, y también del más enamorado.
—Bien lo encareces, Leonor. ¿Eres su dama?
—¿Yo, señora? No merezco tanta honra. El campeón de quien hablo ha
elevado sus pensamientos a más alto lugar.
—¿Más alto que una ricahembra de Castilla?
—Sí, señora; y si Vuestra Alteza me permite nombrarle cesará su
sorpresa.
—No solo te lo permito sino que te lo mando.
—Es don Gómez.
—¿El conde de Candespina?
—El mismo.
—¡Ah!
Aquí siguió una breve pausa; la camarera, que tal era el empleo de
doña Leonor de Guzmán, o no supo que añadir, o lo que es más probable,
no se atrevió a darse por entendida en cuanto a la significación del
suspiro con que la reina de Castilla doña Urraca había terminado la
conversación, ni quiso interrumpir las reflexiones a que parecía
entregarse su señora. Nosotros, imitando la discreción de aquella
dama, dejaremos por un momento a la real prisionera meditar sobre su
desagradable posición, y aprovecharemos este intervalo enterando a
nuestros lectores de lo que indispensablemente necesitan saber para
hacerse cargo de los acontecimientos que van a ocuparnos.
Después de un largo reinado, en el transcurso del cual estuvo casado
diferentes veces, don Alfonso VII de Castilla tuvo la desgracia de
perder, en la batalla de Uclés contra los almorávides, al único hijo
varón que de todos sus matrimonios le quedaba. Murieron con este
príncipe las esperanzas de su padre, y en el corazón de los grandes
de Castilla nació el temor de verse sometidos a una dominación
extranjera si se casase con un príncipe de fuera del reino la infanta
doña Urraca, heredera del trono, hija de don Alfonso y viuda de don
Ramón de Tolosa, conde de Galicia, de quien tuvo un hijo llamado
como su abuelo. La memoria de la última guerra civil estaba grabada
de tal modo en todos los corazones, y eran tan recientes las heridas
del estado, que pecheros, prelados y grandes resolvieron sacrificar
sus particulares intereses a la paz suspirada; y con este objeto
se juntaron los magnates del reino en Mascaraque, donde la mayoría
resolvió suplicar al rey casase a su hija con don Gómez Salvadórez,
conde de Candespina, Oña, Tesla, Canderechas y Poza. No parece
necesario encarecer la nobleza del linaje, valor, discreción y
popularidad de este caballero, pues basta saber que los que bajo de
todos aspectos podían considerarse como sus iguales, suplicaban que se
lo diesen por rey y señor, para persuadirse de la superioridad de su
mérito y del ascendiente que había sabido adquirir sobre el ánimo de
los castellanos.
Era el conde corpulento, bien formado, de rostro moreno, facciones
marcadas y condición más severa en general que afable; pero aunque
criado en el ejercicio de las armas, su corazón conservaba más
sensibilidad de la que en lo exterior parecía, y acaso de la necesaria
para su ventura. Sea pues que la hermosura de doña Urraca, que en
efecto era grande, le cautivase, o que la lisonjera perspectiva de
reinar en Castilla estimulara su ambición; lo cierto es que don Gómez
entró en el proyecto del matrimonio con una vehemencia que casi no
podía disimular a pesar de sus esfuerzos. No podremos decir si entonces
la infanta ignoraba o no el amor del conde; pero es de presumir que lo
supiera, pues la dignidad de este le proporcionaba ocasiones de verla
casi diariamente, y la distancia que en aquellos tiempos separaba a un
ricohombre de las personas reales, no era comparable a la que hoy media
entre los grandes y el trono.
El sistema feudal en el siglo XII, a cuyos principios se refiere la
época de que hablamos, estaba en toda su fuerza y vigor en Europa, y no
menos en nuestra España que en sus demás reinos. El formidable poder
de los grandes y prelados igualaba en cierto modo al de los reyes,
obligando a estos a ceder no pocas veces de sus derechos para conservar
la paz, y en ocasiones hasta el trono y la vida; de lo que resultaban
los disturbios y desórdenes inevitables en un estado cuyo gobierno no
tiene la fuerza suficiente para hacerse obedecer de todos sus súbditos.
Sin embargo, Alfonso VII, a quien cuarenta años de victorias y un
carácter firme y decidido habían hecho respetable, supo hacer entrar
en su deber aun a los más osados, de tal modo que no hubo en la junta
de Mascaraque ni uno solo que se atreviera a comunicarle la súplica de
los grandes allí reunidos, y proponerle el matrimonio de la infanta,
su hija, con el conde de Candespina. Es probable que la tal junta no
hubiera llegado siquiera a noticia del rey si un médico judío llamado
Cedillo, a quien distinguía particularmente, presumiendo de su privanza
más de lo que debía no hubiese tomado a su cargo llevarle el mensaje.
Menguada fue para el judío la hora en que tomó tal comisión, pues a
pesar de haber esperado largo tiempo momento oportuno, y de no haber
arriesgado la súplica sino en los términos más respetuosos y humildes,
el rey al oírla montó en cólera, y mal le aviniera al entrometido
médico si no se retirara inmediatamente como se lo mandó don Alfonso,
desterrándolo para siempre de su presencia. No se limitó a este solo
efecto el enojo de aquel príncipe, sino que para manifestar más
claramente a los grandes que él solo mandaba en su reino y familia,
dispuso y verificó inmediatamente el matrimonio de su hija con Alfonso,
entonces príncipe y poco después rey de Aragón, que tuvo efecto en
Toledo, a pesar de las mal reprimidas quejas de la nobleza y del clero,
y la poca inclinación de doña Urraca hacia su esposo. Sea como quiera,
los descontentos, por leales o temerosos, no se atrevieron a levantar
la cabeza, y los desposados partieron para Aragón permaneciendo todo
tranquilo en los reinos de Castilla hasta el fallecimiento del monarca,
que acaeció cuatro o cinco años después.
Muerto don Alfonso, le sucedió con arreglo a su última voluntad doña
Urraca, y por ser su marido se aclamó rey a don Alfonso de Aragón,
quien, reuniendo en su cabeza la mayor parte de las coronas españolas,
se llamó emperador de España. Temeroso de hallar resistencia, entró
en Castilla con un numeroso ejército, pero todas las ciudades y villas
le abrieron sus puertas, lo que sin duda debiera haber bastado a
tranquilizarle; pero lleno de una desconfianza que no se concibe, puso
guarnición aragonesa en la mayor parte de las fortalezas, dejando en
sus alcaidías a muy pocos caballeros castellanos de los que sabía que
eran sus más parciales, y entre ellos a don Pedro Ansúrez, conde y
señor de Valladolid.
Sintió Castilla, como era razón, este proceder, y aún lo sintió más su
reina, la cual como en despique despojó de su gobierno al conde Ansúrez
a pesar de haber sido su ayo. Alfonso, creyéndose desairado, primero
dio al conde en su reino magníficas posesiones, y por último indignado
de que su esposa no disimulase el pesar que le causaban las cosas
de Castilla, y sobre todo de que manifestase casi en público cuán
disgustada estaba con su matrimonio, lamentándose de no haber casado
con don Gómez, la hizo encerrar en el castillo de Castellar, y devolvió
a Ansúrez su condado haciéndole otras muchas mercedes.
Más de treinta días habían corrido desde el de la cautividad de la
reina cuando tuvo lugar el diálogo que hemos referido a nuestros
lectores, los cuales ya no extrañarán que la reina llamase a Alfonso su
tirano.
Doña Leonor, dama de la reina, o más bien su íntima amiga, pues con
ella se había criado, sabía la pasión del conde de Candespina, y
conociendo el carácter caballeresco de este y el orgullo nacional de
los castellanos, formó, desde el momento en que supo que iba la reina
a ser conducida a Castellar, el proyecto de valerse de uno y otro para
sacarla de aquella esclavitud; y con este objeto envió un mensaje a
don Gómez por medio de un criado de toda confianza, a quien hizo
partir secretamente la noche de su prisión. Este era el motivo por el
que tanta esperanza mostraba a doña Urraca. Pero esta, que desde su
casamiento no había visto al conde ni oído hablar de él más que para
ponderar su valor contra los moros de Granada o de Sevilla, se creía
ya olvidada, y se contentaba, como hemos visto, con suspirar cuando se
hablaba de él.
Engañábase empero: la pasión de don Gómez, reconcentrándose, había
ganado en intensidad todo cuanto se había visto obligado a suprimir
en demostraciones exteriores, y si abandonó la corte durante la vida
de Alfonso de Castilla fue para no exponerse a manifestar lo que
pasaba dentro de su corazón. Sus asuntos domésticos le condujeron
a Candespina, y allí le halló el mensaje de Leonor, en el cual le
conjuraba por cuanto hay de sagrado para un vasallo, caballero y
amante, que corriese, sin perdonar riesgo ni fatiga alguna, a libertar
a su reina de los hierros en que la crueldad de Alfonso la tenía; y
para concluir indicaba la diestra cortesana cuánto podía esperar el
conde de la gratitud de doña Urraca.
Los efectos de la chispa eléctrica no son más rápidos que lo fue el que
esta noticia hizo en el inflamable don Gómez. Recibirla, reunir algunos
de sus mejores amigos y fieles vasallos, montar a caballo y partir para
el Aragón fue obra de tan pocas horas que ya estaba cerca de Zaragoza
cuando en Castilla se le echó de menos.
Acercose la reina a la reja de su prisión, desde la cual, a favor de la
claridad de la luna, descubría perfectamente toda la campiña inmediata
a excepción de la parte que ocultaba un espeso bosque que a su derecha
se veía, y cuyos límites tocaban al foso del castillo. No se movía
un solo viviente, a excepción del centinela que bajo de la misma
ventana ora se paseaba para espantar el sueño, ora apoyado en su lanza
murmuraba en voz alta contra la lentitud del tiempo que no traía el
momento del relevo tan pronto como él quisiera.
—Tú sabes —dijo la reina oyéndole—, tú sabes al menos el momento en que
cesarás de padecer; pero yo, infeliz de mí, solo en la muerte espero.
La camarera estaba al lado de la reina, aunque un poco más atrás por
respeto, y con razones semejantes a las que hemos referido al principio
de este capítulo trató de consolarla, sin atreverse a manifestar el
principal fundamento de sus esperanzas, pues aunque no creía saliesen
vanas, era sin embargo arriesgado anunciar a doña Urraca el paso que
había dado hasta ver el éxito que producía. Leonor conocía demasiado
bien el carácter de su ama para dar un paso en falso, y por lo mismo
calló, persuadida de que si don Gómez lograba quebrantar la prisión
de la reina, la colmaría esta de gracias; pero si por el contrario la
empresa se frustraba o el conde no quería aventurarse, era indudable
que la indignación de su soberana sería el único premio de su
oficiosidad.
Caprichosa a fuer de bella, altanera en extremo, inconstante en el
amor, implacable en el odio, soberbia en la prosperidad, débil en la
desgracia, Urraca era querida de muy pocos; pero su nacimiento, su
hermosura y las gracias que sabía desplegar con aquellas personas
que creía de su interés tener contentas la habían sin embargo
adquirido algunos partidarios de corazón, a más de los que sus
derechos incontestables al trono de Castilla y los cálculos de propia
conveniencia de algunos unieron a ella en lo sucesivo; mas en el
momento solo podía contar con el conde, a quien creía demasiado lejano
para socorrerla. Convencida, pues, de que su situación actual era
irremediable, hizo muy poco caso de los consuelos de su camarera, y
cansada por fin de suspirar contemplando los astros, se arrojó vestida
sobre el lecho, dejando abiertas las ventanas en razón del calor.
[Ilustración]