--¡Aguarda, aguarda...! El Rey buscó mucho tiempo arquitecto capaz de

comprender toda la suntuosidad y grandeza que él deseaba para la

catedral, hasta que por fin se presentó uno con un plano asombroso, que

dejó al Rey encantado. Elevóse el templo, y fué pasmo y admiración de

todos; y el Rey, contentísimo, colmó de regalos y de honores y

distinciones al arquitecto.--Un día, terminadas las obras, le llamó á

palacio y le preguntó si se creía capaz de erigir otro templo tan

magnífico y sorprendente como aquél. El arquitecto, lisonjeado,

respondió que sí, y que hasta esperaba idear nuevo edificio que superase

al primero en belleza y esplendor. Entonces el bárbaro del Rey,

sirviéndose del agudo chuzo de hierro que llevaba siempre á la cintura,

le vació al pobre arquitecto los dos ojos uno tras otro, á fin de que

jamás pudiese construir para nadie un templo...

Laura calló, y Vicente Zegrí, que acababa de comprender la moraleja del

apólogo, la miró con una especie de estravío. Ligera espuma asomó al

canto de su boca, y por sus venas serpeó el frío sutil del aura

epiléptica, que incita al crimen. Dominándose con esfuerzo supremo se

incorporó, dispuesto á marcharse, y articuló pausadamente mientras

recogía su airosa capa española:

--Ese Rey hizo mal. Sacar los ojos es acción propia de un verdugo. Si

quería inutilizar al arquitecto, debió matarle.

Diciendo así, con súbito impulso se acercó Vicente á Laura, la rodeó con

los brazos, y tan violentamente la apretó, de tan insensato modo,

incrustándole tan reciamente los dedos en las costillas, que la artista

exhaló un grito de miedo, un chillido que salía del fondo de su ser, de

esos que sólo dicta el instinto de conservación, el horror á la nada y

al sepulcro. Al oir el grito, Vicente la soltó, embozóse en su capa y

salió tropezando con las paredes.

Pasóse lo que faltaba hasta el amanecer vagando por las calles, en un

estado tan horrible, que dos ó tres veces se recostó en una puerta para

llorar. El día que siguió á aquella noche no fue menos cruel. Escribió á

Laura cien cartas, que desgarraba después con furia; adoptó y desechó

mil planes contradictorios; pensó en echarse de rodillas, en suicidarse,

en abrasar el barrio, en secuestrar á su amada á viva fuerza, y, por

último, la idea de la muerte fué la que se esculpió en su espíritu con

relieve poderoso. Su alma pedía sangre, hierro y fuego, violencia,

destrozo y aniquilamiento; el instinto anárquico que tantas veces

acompaña al amor, se alzaba rugiente y desatado como racha de huracán.

Ya ni siquiera intentaba Vicente recobrar la razón, la cordura y el

aplomo: las imágenes suscitadas por los celos, Laura atrayendo á sí los

ojos de tantos hombres, que se recreaban en sus gracias y picardías, que

bebían su voz, que la admiraban con el cabello suelto, eran flechas de

llama que le desatinaban, como al toro la ardiente banderilla. Ni aun

creía amar á Laura: la consideraba una enemiga mortal. Figurábase por

momentos que la odiaba con toda su voluntad iracunda, y este odio

clamaba por saciarse y gozarse en la destrucción.

Llegada la hora de ir al teatro, donde cantaba Laura una de las operetas

en que estaba más linda y recogía más aplausos, Vicente, resuelto, algo

aliviado por la decisión fiera, concreta, irrevocable, se echó al

bolsillo el revólver. Si sufría demasiado... allí tenía el remedio. Ya

habían alzado el telón, pero no aparecía Laura; y Vicente, abstraído en

su frenesí, hubo de notar por fin que la gente profería exclamaciones de

descontento y que la función no era la anunciada, la que Laura debía

representar. Alarmado, antes de terminarse el acto dejó su asiento,

corrió á informarse entre bastidores... Aquella mañana misma, la

cantante había rescindido su contrata perdiendo lo que quiso el

empresario, y partido en dirección á San Petersburgo.

A secreto agravio...

Aquella tienda de ultramarinos de la calle Mayor regocijaba los ojos y

era orgullo de los moradores de la ciudad, quienes, después de mostrar á

los forasteros sus dos o tres monumentos románicos y sus Docks, no

dejaban de añadir: «Fíjese usted en el establecimiento de Riopardo, que

compite con los mejores del extranjero.»

Y competía. Los amplios vidrios; los escaparates de blanco mármol; las

relucientes balanzas; los grifos de dorado latón; el artesonado techo;

las banquetas forradas de rico terciopelo verde de Utrecht; las

brillantes latas de conservas formando pirámides; las piñas y plátanos

maduros en trofeo; las baterías de botellas de licor, de formas raras y

charoladas etiquetas, todo alumbrado por racimos de bombillas

eléctricas, hacían del establecimiento un suntuoso palacio de la

golosina. Así como en Madrid salen las señoras á revolver trapos, en la

apacible capital de provincia salían «á ver qué tiene Riopardo de

nuevo.» Riopardo sustituía al teatro y á otros goces de la civilización;

y los turrones y los quesos y los higos de Esmirna eran el pecadillo

dulce de las pacíficas amas de casa y sus sedentarios maridos, por lo

cual no faltaban censores mal humorados y flatulentos que acusasen á

Riopardo de haber corrompido las costumbres y trocado la patriarcal

sencillez de las comidas en fausto babilónico...

Entretanto, el establecimiento medraba, y Riopardo, moreno, afeitado,

lucio, adquiría ese aplomo que acompaña á la prosperidad. Los negocios

iban como una seda, y esperaba morir capitalista, á semejanza de otros

negociantes de la misma plaza que habían tenido comienzos más humildes

aún... Hoy convenía trabajar, aprovechando el vigor de los treinta años

y la salud férrea. De día, desde las seis de la mañana, al pie del

cañón, haciendo limpiar y asear, pesando, despachando, cobrando; de

noche, compulsando registros, copiando facturas, contestando cartas... y

así, sin descanso ni más intervalo que el de algún corto viaje á

Barcelona y Madrid.

De uno de éstos volvió casado Riopardo; su mujer, linda muchacha, hija

de un perfumista, apareció en la tienda desde el primer día, ayudando en

el despacho á su marido y al dependiente. La cara juvenil y la fina

habla castellana de María fueron otro aliciente más para la clientela.

Sin ser activa ni laboriosa como su esposo, María era zalamera y

solícita y daba gozo verla, bien ceñida de corsé, muy fosca de peinado,

cortar con su blanca manecita de afilados dedos una rebanada de Gruyère

ó una serie de rajas de salchichón, sutiles como hostias, pesarlas

pulcramente y envolverlas en papeles de seda atados con cinta azul. La

tienda sonreía, animada por el revuelo de unas faldas ligeras, y nadie

como María para aplacar á una parroquiana descontenta, para halagar á un

parroquiano exigente, para regalar un cromo á un niño ó deslizar un

puñado de dátiles en el delantal de una cocinera gruñona...

El ejemplo de María, su atractivo, su complacencia, habían influído en

el dependiente Germán. Mientras estuvo solo con Riopardo, Germán era

hosco, indiferente y torpe; no se mudaba, no se rasuraba. María le

arregló el cuarto--porque Germán vivía con sus patrones en el piso

principal--le surtió de buen lavabo, de toallas; le repasó la ropa

blanca y le compró cuellos y puños, con lo cual el dependiente sacó á

luz su figura adamada, su rubio pelo rizado con gracia sobre la sien, y

las criadas y las mismas señoras compraron de mejor gana en el

establecimiento, que al fin las cosas de comer gusta recibirlas de gente

aseada, moza y no fea... «También se come con la vista», solían decir.

Una tarde, casi anochecido, Riopardo, volviendo de arreglar asuntos

urgentes en la Aduana, prefirió entrar en su casa por la puerta trasera,

que caía á la Marina, ahorrándose así diez minutos de callejeo inútil,

pues era, á fuer de hombre de acción, avaro de tiempo. Tenía en el

bolsillo el llavín: abrió, salvó un pasadizo, y empujó la puerta del

almacén, que cedió sin rechinar. El almacén, atestado de latas de

petróleo, bocoyes de aguardiente y aceite, y sacas de arroz y harina,

estaba á obscuras, y allá á su extremidad, Riopardo creyó percibir un

cuchicheo ahogado y suave. Se detuvo, resguardado por una gran barrica,

y miró. Al pronto no se ve nada, viniendo de fuera, cuando la luz es

poca; pero á los tres minutos, la vista se acostumbra, y algo se

percibe. Riopardo logró distinguir dos personas. De pronto, una de

ellas, Germán, dijo en alta voz: «Está alguien en la tienda.» Y el modo

de separarse, brusco, azorado, fué más inequívoco aún que la proximidad

de los dos bultos...

Retrocedió Riopardo: salió por donde había entrado, y sin cuidarse ya de

economizar tiempo penetró por la tienda en su casa. Cerróse ésta á la

hora habitual; cenaron los tres, marido, mujer y dependiente, y se

recogieron en paz á sus respectivos dormitorios los dos últimos.

Riopardo volvió á bajar: era el momento de repasar cuentas y manejar

libros. Llevaba su linterna sorda que le servía para registrar el

almacén, en previsión de un incendio; y ya dentro del vasto recinto,

empezó por atrancar la puerta que daba al pasadizo, y probar los

cerrojos de la que con la tienda comunicaba.

Después, entregóse á una faena extraña: abrió un centenar de latas de

petróleo y las inclinó para que el mineral corriese por el suelo; en

seguida, ensopando una gran escoba en los charcos que se formaban,

barnizó bien un punto determinado del techo, rociándolo de continuo con

hisopazos fuertes. De un rincón trajo brazados de paja, papeles y

astillas--residuos de los embalajes de las botellas--y los hacinó hasta

formar una pirámide, que con ayuda de una escalera subió á la altura de

las vigas del techo, en el mismo punto en que las había untado de

petróleo. Hecho esto, siguió destapando latas y dió la vuelta al grifo

de un inmenso barril de alcohol. El trajín había sido largo; Riopardo

sentía que un sudor helado brotaba de sus cabellos. Descansó un instante

y miró el reloj: era la una menos cuarto. Entonces se descalzó, abrió la

puerta exterior dejándola arrimada, subió furtivamente la escalera y no

paró hasta su alcoba. María dormía ó aparentaba dormir serenamente. La

alcoba no tenía ventana. Riopardo, con maravilloso silencio, colocó

delante de la vidriera sillas, butacas, ropas, un cofre, cuantos objetos

pudo trasladar sin hacer ruido.

Retiróse, y al salir echó por fuera cerrojo y llave á la puerta del

gabinete que comunicaba con la alcoba. Descendió otra vez á la tienda,

metióse en el almacén, raspó un fósforo, encendió una mecha corta y la

aplicó al suelo encharcado de aceite mineral. La llamarada súbita que se

alzó le chamuscó pestañas y cabello. Sólo tuvo tiempo de huir á la

tienda. El almacén no tardaría tres minutos en ser un brasero enorme.

El marido, con flema, se calzó, se limpió las manos y subió pisando

recio. Golpeó á la puerta del dormitorio de Germán, que salió medio

desnudo, despavorido. «Creo que hay fuego... Huele á humo... Baje

usted... ¡No, antes de pedir socorro hay que cerciorarse!» Germán se

precipitó sin más ropa que unos pantalones vestidos á escape y babuchas.

Mal despierto aún del primer sueño de los veinte años, casi no

comprendía lo que pasaba. Le precedía, Riopardo con la indispensable

linterna.

Tienda y portal estaban ya llenos de un humo acre, asfixiante. «Pase

usted, mire á ver dónde es...» Titubeaba el dependiente, ciego y

atónito; Riopardo le empujó, le precipitó, ya sin disimular, dentro del

horno, y aún tuvo fuerzas para correr los cerrojos y huir, saliendo al

portal y á la calle. En ella respiró con delicia, cerciorándose de que

por allí no andaba el sereno, ni pasaba nadie, y probablemente sucedería

lo mismo durante el cuarto de hora necesario...

Sin embargo, á los diez minutos el humo era tal que, temeroso de ver

abrirse ventanas y oir voces de socorro, el mismo Riopardo gritó. Al

llegar los primeros auxilios, la casa, sobre todo el bajo y principal,

no formaban más que una hoguera. Se atendió á aislar las casas vecinas y

á salvar con escalas á los inquilinos del segundo y tercero. La

fatalidad--observaron las gentes--quiso que el fuego se iniciase en la

parte del almacén que correspondía con el dormitorio de la esposa de

Riopardo, la cual, asfixiada por el humo, ni pudo levantarse á pedir

socorro. Apareció carbonizada, lo mismo que el dependiente, presunto reo

de imprudencia temeraria por fumar en el almacén.

No estando aseguradas las existencias del establecimiento, sobre el

dueño no recayeron sospechas, sino gran lástima. Arruinado

completamente, no faltó quien, estimando sus cualidades mercantiles, su

laboriosidad, le adelantase dinero para abrir otra lonja; pero Riopardo

dice tristemente á su antigua y fiel clientela:

--Ya no tengo ilusión... ¡Una esposa y un dependiente como los que

perdí, no he de encontrarlos nunca!

La religión de Gonzalo

¿Y qué tal tu marido?--preguntó Rosalía á su amiga de la niñez Beatriz

Córdoba, aprovechando el momento de intimidad y confianza que crea entre

dos personas la atmósfera común, tibia de alientos y saturada de ligeros

perfumes, de una berlina bien cerrada, bien acolchada, rodando por las

desiertas calles del Retiro á las once de una espléndida y glacial

mañana de Diciembre.

--¿Mi marido?--contestó Beatriz marcando sorpresa, porque creía que su

completa felicidad debía leerse en la cara.--¿Mi marido? ¿No me ves?

¡Otro así...! Por la de nadie cambiaría yo mi suerte...

Rosalía hizo un gestecillo, el mohín de instinto malévolo con que los

mejores amigos acogen la exhibición de la ajena dicha, y murmuró

impaciente:

--Mira, yo no te pregunto de interioridades. No soy tan indiscreta...

Me refería á las ideas religiosas... ¿No te acuerdas?... ¡Gonzalo era...

así... de la cáscara amarga, vamos!

Beatriz guardó silencio algunos instantes; y después, como si se

resolviese á completas revelaciones, de esas que hacemos más por oirnos

á nosotros mismos que porque un amigo las escuche, se volvió hacia su

compañera de encierro, y alzando el velito á la altura de la nariz para

emitir libremente la voz, habló aprisa:

--¡La irreligiosidad de Gonzalo! ¿Y si te dijese que por ella estuvimos

á punto de no casarnos nunca? La pura verdad. Tú ya sabes que Gonzalo es

mi primo, y mi familia y la suya siempre soñaron con hacer la boda,

hasta que la mala reputación de Gonzalo en materias religiosas desbarató

por completo el proyecto. Bien conociste á la pobre mamá, y no

extrañarás si te digo que llegó al extremo de cerrarle la puerta á

Gonzalo á piedra y lodo; vino diez veces lo menos, ¡y siempre habíamos

salido! «Reconozco--decía mamá--que mi sobrino es muy simpático, que ha

recibido una educación escogida, que posee una ilustración más que

mediana; no puedo negar su hermosa figura, ni su clara inteligencia, ni

su caballerosidad; tiene mi sangre, no le faltan bienes de fortuna...

pero me horroriza pensar que no cree en nada, y ni se toma el trabajo de

disimularlo. Malo es padecer desvaríos del alma y peor no ocultarlos

siquiera.» Al escuchar estas cosas, yo salía á la defensa de Gonzalo; no

me era posible dejar de quererle... un poco... es decir ¡mucho!

Francamente, le seguía queriendo, incapaz de olvidar los tiempos en que

le consideraba mi novio. Mamá notó de qué pie cojeaba su hija, y, para

desimpresionarme, arregló mis bodas con Leoncio Díaz Saravia, el que

ahora es subsecretario de Gobernación; era muchacho de valía, y se le

presentaba un porvenir brillante; pero así y todo, yo no estaba

entusiasmada: á lo sumo me resignaba, sin frío ni calor, al casamiento.

¡Somos tan raros! Lo único que me prestaba cierta tranquilidad, lo que

me daba fuerzas cuando sentía sobre mí el peso abrumador de una tristeza

involuntaria, era la voz que corría de que Gonzalo no quería amores, de

que había resuelto no casarse jamás. «Eso lo hace por mí, por mi

recuerdo», pensaba yo; y me consolaba al pensarlo.

--El que no se consuela...--murmuró sonriendo Rosalía, mientras alisaba

con repetidos pases la blanda y densa piel de su manguito.

--Un día... no, una noche, porque estábamos en el teatro cuando nos

enteramos... cundió la noticia de que Gonzalo, en un café, la había

emprendido á bofetadas con un sujeto, y que se encontraban desafiados;

lance serio, en condiciones de las que ya no se estilan, á quedar uno

sobre el terreno... ¿Causa del conflicto? Voz unánime: «Una mujer.» El

mismo Gonzalo lo confesaba, según decían los bien informados: tratábase

de una señora, insultada delante de Gonzalo, y cuya defensa había tomado

éste hiriendo el rostro del villano ofensor... ¡Lo que yo sentí! ¡En

qué estado volví á casa! ¡Qué noche pasé, querida Rosalía! Es lo que no

puede pintarse... Aparte del terror de que matasen á Gonzalo, otra cosa

me encendía la sangre y me atirantaba los nervios...

--¿Los celos?--preguntó Rosalía con malicia gozosa.

--¿Quién lo duda?--Figúrate que se venían á tierra todas mis ilusiones.

Que Gonzalo no me quisiese, pase, y era mucho pasar; pero que quisiese á

otra tanto, hasta abofetear á la gente, hasta jugarse la vida... Yo

había estado soñando por lo visto... ¡soñando como una necia! Mi novio

de los primeros años, mi oculto anhelo de siempre, ni se ocupaba de mí;

por otra iba á cruzar la espada, por otra á quien secretamente también

prefería... ¿Quién era aquella mujer? ¿De qué sílabas se componían su

nombre y su apellido? ¿Soltera? ¿Casada? Casada de seguro, cuando tal

misterio la envolvía, que Gonzalo se negaba á nombrarla... Y yo daba

vueltas en la cama, y la almohada se impregnaba de lágrimas calientes...

Entonces me parecía estúpida mi resignación, inconcebible, absurda mi

obediencia, absurda mi boda; y apenas amaneció, me fuí derecha al

dormitorio de mi madre, y me abracé á ella en tal estado de aflicción y

de trastorno, que la pobrecilla (bien recordarás lo extremosa que era en

quererme) me dijo así: «Pequeña, serénate... Voy á ver qué le ha

sucedido al talabarte de mi sobrino... Si está herido, te prometo

cuidarle como su propia madre le cuidaría...»

Herido estaba en efecto, pero no de gravedad; su adversario sí que se

llevó una buena estocada, ¡que á no resbalar en una costilla...! Así que

Gonzalo pudo salir--y fué muy pronto--vino apresurado á dar las gracias

á mamá. ¡Ay, Rosalía! ¡Qué impresión! Noté que me miraba... vamos...

como otras veces... y á las primeras palabritas que deslizó, estando los

dos en el hueco de una ventana que daba al jardín... no lo pude

remediar... solté la pregunta difícil...

--¿Esa mujer por quien te has batido...?

Se puso encarnadísimo, lo cual me pareció mala señal, y contestó muy

confuso y medio riendo:

--¡Mujer!... Sí, ¡una mujer ha sido la causa!...

Hice un movimiento para separarme, para huir (estaba furiosa, le hubiese

pegado), y entonces él, con ese modo que tiene de decir las cosas, que

no hay remedio sino creerle, exclamó:

--Beatriz, no caviles... A mí no me ha dado en qué pensar, en cierto

terreno y por cierto estilo, ninguna mujer sino una... ¡que tú conoces

mucho...! Ea, no te alteres, no pongas esa cara... Si no te burlas, te

enteraré... El bárbaro á quien di una lección estaba injuriando...

--¿A quién?--pregunté con afán al ver que Gonzalo se paraba.

--A... ¡á la Virgen María!...

--¡A la Virgen María!--repetí yo atónita.

--Justamente... Por mi honor que es verdad... Ya conozco que te parecerá

raro... Por eso no permití que se divulgase; más vale que se figuren

otra cosa; así al menos no se reirán de mí... no me llamarán Quijote...

--Pero tú... Gonzalo... tú... Entonces, mamá, que dice que tú... que tus

creencias... tartamudeé, temiendo asfixiarme de alegría.

--¿Qué tienen que ver las creencias?--me replicó él casi con dureza.--La

Virgen es una mujer... y delante de quien tenga vergüenza y manos, á una

mujer no se la ofende...

* * * * *

Rosalía callaba sorprendida; Beatriz, conmovida, afectaba mirar hacia

fuera, á los árboles despojados de hoja, finos como arborizaciones de

ágata sobre el cielo puro.

--¿Y después, sin más, os casásteis?--interrogó la amiga con picardía y

sorna.

--Sin más--respondió con energía Beatriz.--Mamá dijo que Gonzalo, á su

manera, tenía religión, tenía una fe... el honor, ¿sabes? y que la

Virgen haría lo que faltaba... Y lo hizo, Rosalía. Mi marido, cuando yo

voy á misa... no se queda ya á la puerta!

El panorama de la Princesa

El palacio del Rey de Magna estaba triste, muy triste, desde que un

padecimiento extraño, incomprensible para los médicos, obligaba á la

Princesa Rosamor á no salir de sus habitaciones. Silencio glacial se

extendía, como neblina gris, por las vastas galerías de arrogantes

arcadas y los salones revestidos de tapices, con altos techos de

grandiosas pinturas; y el paso apresurado y solícito de los servidores,

el andar respetuoso y contenido de los cortesanos, el golpe mate del

cuento de las alabardas sobre las alfombras, las conversaciones en voz

baja, susurrantes apenas, producían impresión peculiar de antecámara de

enfermo grave. ¡Tenía el Rey una cara tan severa, un gesto tan

desalentado é indiferente para los áulicos, hasta para los que antaño

eran sus amigos y favoritos! ¿A qué luchar? ¡La Princesa se moría de

languidez... Nadie acertaba á salvarla, y la ciencia declaraba agotados

sus recursos!

Una mañana llegó á la puerta del palacio cierto viejo de luenga barba y

raida hopalanda color avellana seca, precedido de un borriquillo cuyos

lomos agobiaba enorme caja de madera ennegrecida. Intentaron los

guardias desviar con aspereza al viejo y á su borriquillo, pero

titubearon al oir decir que en aquella caja tosca venían la salud y la

vida de la Princesa Rosamor. Y mientras se consultaban, irresolutos,

dominados á pesar suyo por el aplomo y seguridad con que hablaba el

viejo, un gallardo caballero desconocido, mozo y de buen talante, cuya

toca de plumas rizaba el viento, cuya melena obscura caía densa y sedosa

sobre un cuello moreno y erguido, se acercó á los guardias, y, con la

superioridad que prestan el rico traje y la bizarra apostura, les ordenó

que dejasen pasar al anciano, si no querían ser responsables ante el Rey

de la muerte de su hija; y los guardias, aterrados, se hicieron atrás,

el anciano pasó, y el jumentillo hirió con sus cascos las sonoras losas

de mármol del gran patio donde esperaban en fila las carrozas de los

poderosos. En pos del viejo y el borriquillo, entró el mozo también.

Avisado el Rey de que abajo esperaba un hombre que aseguraba traer en un

cajón la salud de la Princesa, mandó que subiese al punto; porque los

desesperados de un clavo ardiendo se agarran, y no se sabe nunca de qué

lado lloverá la Providencia. Hubo entre los cortesanos cuchicheos y

alguna sonrisa reprimida pronto, al ver subir á dos porteros abrumados

bajo el peso de la enorme caja de madera, y detrás de ellos al viejo de

la hopalanda avellana y al lindo hidalgo de suntuoso traje á quien nadie

conocía; pero la curiosidad, más aguda que el sarcasmo, les devoraba el

alma con sus dientecillos de ratón, y no tuvieron reposo hasta que el

primer Ministro, también algo alarmado por la novedad, les enteró de que

la famosa caja del viejo sólo contenía un panorama, y que con enseñarle

las vistas á la Princesa aquel singular curandero respondía de su

alivio. En cuanto al mozo, era el ayudante encargado de colocarse detrás

de una cortina sin ser visto, y hacer desfilar los cuadros por medio de

un mecanismo original. Inútil me parece añadir que al saber en qué

consistía el remedio, los cortesanos, sin perder el compás de la

veneración monárquica, se burlaron suavemente y soltaron muy donosas

pullas.

Cuentos de amor · 第 13 / 15 段