Lo peculiar de la escena provocada por Micaelita, era el medio ambiente

en que se desarrolló. Parecíame ver el cuadro, y no podía consolarme de

no haberlo contemplado por mis propios ojos. Figurábame el salón

atestado, la escogida concurrencia, las señoras vestidas de seda y

terciopelo, con collares de pedrería, al brazo la mantilla blanca para

tocársela en el momento de la ceremonia; los hombres con

resplandecientes placas ó luciendo veneras de Ordenes militares en el

delantero del frac; la madre de la novia, ricamente prendida, atareada,

solícita, de grupo en grupo, recibiendo felicitaciones; las hermanitas,

conmovidas, muy monas, de rosa la mayor, de azul la menor, ostentando

los brazaletes de turquesas, regalo del cuñado futuro; el Obispo que ha

de bendecir la boda, alternando grave y afablemente, sonriendo,

dignándose soltar chanzas urbanas ó discretos elogios, mientras allá en

el fondo se adivina el misterio del oratorio revestido de flores, una

inundación de rosas blancas, desde el suelo hasta la cupulilla, donde

convergen radios de rosas y de lilas como la nieve, sobre rama verde,

artísticamente dispuesta; y en el altar, la efigie de la Virgen

protectora de la aristocrática mansión, semioculta por una cortina de

azahar, el contenido de un departamento lleno de azahar que envió de

Valencia el riquísimo propietario Aránguiz, tío y padrino de la novia,

que no vino en persona por viejo y achacoso--detalles que corren de boca

en boca, calculándose la magnífica herencia que corresponderá á

Micaelita, una esperanza más de ventura para el matrimonio, el cual irá

á Valencia á pasar su luna de miel.--En un grupo de hombres me

representaba al novio, algo nervioso, ligeramente pálido, mordiéndose el

bigote sin querer, inclinando la cabeza para contestar á las delicadas

bromas y á las frases halagüeñas que le dirigen...

Y por último, veía aparecer en el marco de la puerta que da á las

habitaciones interiores una especie de aparición, la novia, cuyas

facciones apenas se divisan bajo la nubecilla del tul, y que pasa

haciendo crujir la seda de su traje, mientras en su pelo brilla como

sembrado de rocío la roca antigua del aderezo nupcial... Y ya la

ceremonia se organiza, la pareja avanza conducida por los padrinos, la

cándida figura se arrodilla al lado de la esbelta y airosa del novio...

Apíñase en primer término la familia, buscando buen sitio para ver

amigos y curiosos, y entre el silencio y la respetuosa atención de los

circunstantes... el Obispo formula una interrogación, á la cual responde

un _no_ seco como un disparo, rotundo como una bala. Y--siempre con la

imaginación--notaba el movimiento del novio, que se revuelve herido; el

ímpetu de la madre, que se lanza para proteger y amparar á su hija, la

insistencia del Obispo, forma de su asombro, el estremecimiento del

concurso, el ansia de la pregunta transmitida en un segundo: «¿Qué pasa?

¿Qué hay? ¿La novia se ha puesto mala? ¿Que dice _no_? Imposible...

¿Pero es seguro? ¡Qué episodio!...»

Todo esto, dentro de la vida social, constituye un terrible drama. Y en

el caso de Micaelita, al par que drama, fué logogrifo. Nunca llegó á

saberse de cierto la causa de la súbita negativa.

Micaelita se limitaba á decir que había cambiado de opinión y que era

bien libre y dueña de volverse atrás, aunque fuese al pie del ara,

mientras el _sí_ no partiese de sus labios. Los íntimos de la casa se

devanaban los sesos, emitiendo suposiciones inverosímiles. Lo indudable

era que todos vieron, hasta el momento fatal, a los novios satisfechos y

amarteladísimos; y las amiguitas que entraron á admirar á la novia

engalanada, minutos antes del escándalo, referían que estaba loca de

contento, y tan ilusionada y satisfecha que no se cambiaría por nadie.

Datos eran estos para obscurecer más el extraño enigma que por largo

tiempo dió pábulo á la murmuración, irritada con el misterio y dispuesta

á explicarlo desfavorablemente.

A los tres años,--cuando ya casi nadie iba acordándose del sucedido de

las bodas de Micaelita, me la encontré en un balneario de moda donde su

madre tomaba las aguas. No hay cosa que facilite las relaciones como la

vida de balneario, y la señorita de Aránguiz se hizo tan íntima mía, que

una tarde, paseando hacia la iglesia, me reveló su secreto, afirmando

que me permite divulgarlo, en la seguridad de que explicación tan

sencilla no será creída por nadie.

--Fué la cosa más tonta... De puro tonta no quise decirla; la gente

siempre atribuye los sucesos á causas profundas y trascendentales, sin

reparar de que á veces nuestro destino lo fijan las niñerías, las

_pequeñeces_ más pequeñas... Pero son pequeñeces que significan algo, y

para ciertas personas significan demasiado. Verá usted lo que pasó; y no

concibo que no se enterase nadie, porque el caso ocurrió allí mismo,

delante de todos; sólo que no se fijaron, porque fué, realmente, un

decir Jesús.

Ya sabe usted que mi boda con Bernardo de Meneses parecía reunir todas

las condiciones y garantías de felicidad. Además, confieso que mi novio

me gustaba mucho, más que ningún hombre de los que conocía y conozco;

creo que estaba enamorada de él. Lo único que sentía era no poder

estudiar su carácter: algunas personas le juzgaban violento; pero yo le

veía siempre cortés, deferente, blando como un guante, y recelaba que

adoptase apariencias destinadas á engañarme y á encubrir una fiera y

avinagrada condición. Maldecía yo mil veces la sujeción de la mujer

soltera, para la cual es un imposible seguir los pasos á su novio,

ahondar la realidad y obtener informes leales, sinceros hasta la

crudeza--los únicos que me tranquilizarían. Intenté someter á varias

pruebas á Bernardo, y salió bien de ellas; su conducta fué tan correcta,

que llegué á creer que podía fiarle sin temor alguno mi porvenir y mi

dicha.

Llegó el día de la boda. A pesar de la natural emoción, al vestirme el

traje blanco reparé una vez más en el soberbio volante de encaje que lo

adornaba, y era regalo de mi novio. Había pertenecido á su familia aquel

viejo Alenzón auténtico, de una tercia de ancho--una maravilla--de un

dibujo exquisito, perfectamente conservado, digno del escaparate de un

museo. Bernardo me lo había regalado, encareciendo su valor, lo cual

llegó á impacientarme, pues por mucho que el encaje valiese, mi futuro

debía suponer que era poco para mí.

En aquel momento solemne, al verlo realzado por el denso raso del

vestido, me pareció que la delicadísima labor significaba una promesa de

ventura, y que su tejido tan frágil y á la vez tan resistente prendía en

sutiles mallas dos corazones. Este sueño me fascinaba cuando eché á

andar hacia el salón, en cuya puerta me esperaba mi novio. Al

precipitarme para saludarle llena de alegría, por última vez antes de

pertenecerle en alma y cuerpo, el encaje se enganchó en un hierro de la

puerta, con tan mala suerte, que al quererme soltar oí el ruido peculiar

del desgarrón, y pude ver que un girón del magnífico adorno colgaba

sobre la falda. Sólo que también vi otra cosa: la cara de Bernardo,

contraída y desfigurada por el enojo más vivo; sus pupilas chispeantes,

su boca entreabierta ya para proferir la reconvención y la injuria... No

llegó á tanto, porque se encontró rodeado de gente; pero en aquel

instante fugaz se alzó un telón y detrás apareció desnuda un alma.

Debí de inmutarme; por fortuna, el tul de mi velo me cubría el rostro.

En mi interior algo crujía y se despedazaba, y el júbilo con que

atravesé el umbral del salón se cambió en horror profundo. Bernardo se

me aparecía siempre con aquella expresión de ira, dureza y menosprecio

que acababa de sorprender en su rostro; esta convicción se apoderó de

mí, y con ella vino otra: la de que no podía, la de que no quería

entregarme á tal hombre, ni entonces, ni jamás... Y, sin embargo, fui

acercándome al altar, me arrodillé, escuché las exhortaciones del

Obispo... Pero cuando me preguntaron, la verdad me saltó á los labios,

impetuosa, terrible...

Aquel _no_ brotaba sin proponérmelo; me lo decía á mí propia... ¡para

que lo oyesen todos!

--¿Y por qué no declaró usted el verdadero motivo, cuando tantos

comentarios se hicieron?

--Lo repito: por su misma sencillez... No se hubiesen convencido jamás.

Preferí dejar creer que había razones de esas que llaman serias...

Martina

Hija única de cariñosos padres que la habían criado con blandura, sin un

regaño ni un castigo, Martina fué la alegría del honrado hogar donde

nació y creció. Cuando se puso de largo, la gente empezó á decir que era

bonita, y la madre, llena de inocente vanidad, se esmeró en componerla y

adornarla para que resaltase su hermosura virginal y fresca. En el

teatro, en los bailes, en el paseo de las tardes de invierno y de las

veraniegas noches, Martina, vestida al pico de la moda y con atavíos

siempre finos y graciosos, gustaba y rayaba en primera línea entre las

señoritas de Marineda. Se alababa también su juicio, su viveza, su

agrado, que no era coquetismo, y su alegría, tan natural como el canto

en las aves. Una atmósfera de simpatía dulcificaba su vivir. Creía que

todos eran buenos, porque todos le hablaban con benevolencia en los ojos

y mieles en la boca. Se sentía feliz, pero se prometía para lo futuro

dichas mayores, más ricas y profundas, que debían empezar el día en que

se enamorase. Ninguno de los caballeretes que revoloteaban en torno de

Martina atraídos por la juventud y la buena cara, unidas á no

despreciable hacienda, mereció que la muchacha fijase en él las grandes

y rientes pupilas arriba de un minuto. Y en ese minuto, más que las

prendas y seducciones del caballerete, solía ver Martina sus

defectillos, chanceándose luego acerca de ellos con las amigas. Chanzas

inofensivas, en que las vírgenes, con malicioso candor, hacen la

anatomía de sus pretendientes, obedeciendo á ese instinto de hostilidad

burlona que caracteriza el primer período de la juventud.

Así pasaron tres ó cuatro inviernos; en Marineda empezó á susurrarse que

Martina era delicada de gusto, que picaba alto y que encontrar su media

naranja le sería difícil.

Sin embargo, al aparecer en la ciudad el capitán de artillería Lorenzo

Mendoza, conocióse que Martina había recibido plomo en el ala. Lorenzo

Mendoza venía de Madrid: era apuesto, cortés, reservado, serio, más bien

un poco triste, aunque en sociedad se esforzaba por aparecer ameno y

expansivo; su vestir y modales revelaban el hábito de un trato escogido

y de un respeto á sí mismo que no degeneraba en fatuidad ni en

afectación; sin que presumiese de buen mozo, era en extremo simpática su

cara morena, de obscura barba y facciones expresivas. Con todo esto, hay

más de lo necesario para sorber el seso á una niña provinciana, hasta

sin pretenderlo, como en efecto no lo pretendía Mendoza al principio.

Las bromas de los compañeros, la fama de _picar alto_ de Martina y

también sus atractivos y gracias, su belleza en plena florescencia

entonces, impulsaron á Mendoza á acercársele, á preferir su conversación

y, poco á poco, á cortejarla.

El pintor que quisiese trazar una personificación de la dicha pudo tomar

á Martina por modelo en aquella época deliciosa en que creía sentir que

su sangre circulaba como río de néctar y su corazón se iluminaba como

ardiente rubí en la perpetua fiesta de sus esperanzas divinas.

Al ocupar Lorenzo la silla libre al lado de la muchacha, ésta se ponía

alternativamente roja y pálida: sus oídos zumbaban, brillaban sus ojos,

enfriábanse sus manos de emoción; y á las primeras palabras del capitán,

un gozo embriagador fijaba en la boca de Martina una sonrisa como de

éxtasis.

Rara vez dejan de provocar envidia estas felicidades, y más cuando no se

ocultan, como no ocultaba la suya Martina, que no veía razón para

esconder un sentimiento puro y legítimo. Si no fué la envidia, fué la

curiosidad la que escudriñó el pasado de Mendoza, como se registra una

casa para encontrar un arma oculta y herir con ella. Y averiguóse sin

gran esfuerzo--porque casi todo se sabe, aunque se sepa truncado y sin

ilación lógica,--que Mendoza, al venirse, había cortado una de esas

historias pasionales, borrascosas, largas, complicadas, un imposible

adorado y funesto, de esos lazos que obligan á huir á los confines del

mundo y que, elásticos á medida de la ausencia, no siempre se rompen por

mucho que se estiren. Con la falta de penetración que caracteriza al

vulgo, opinaban los curiosos de Marineda que Mendoza habría olvidado

inmediatamente á su tirana, la cual, sobre costarle desazones y

amarguras sin cuento, ni era niña ni hermosa. Al lado de aquel capullo,

de aquella Martina cándida y radiante como un amanecer y que llevaba en

sus lindas manos un caudal, ¿qué podía echar de menos el bizarro capitán

de artillería?

Así y todo, almas caritativas se deleitaron en enterar de la historia

vieja al padre de Martina, seguros de que él, solícito é inquieto, á su

hija se lo había de contar. No se equivocaban: una noche, en el paseo

del terraplén, á la hora en que la salitrosa brisa del mar refresca el

rostro y vigoriza el ánimo, y en que la música militar, sonora y

vibrante, cubre la voz y sólo permite el cuchicheo íntimo y dulce de los

enamorados, Martina preguntó lealmente, y Lorenzo contestó turbado y

sombrío... ¿Quién se lo había dicho?... Tonterías. Eran cosas pasadas,

bien pasadas; muertas y bien muertas. Mendoza no comprendía ni por qué

las recordaba nadie ni á santo de qué las sacaba á relucir Martina... Y

ella, alzando los ojos llenos de lágrimas y relucientes de pasión,

sonriendo de aquel modo extático, olvidando el lugar donde se

encontraba, murmuró hondamente: «No me he de casar con otro sino

contigo, y me parece justo saber si hay algo que lo estorbe». Conmovido,

sin darse cuenta de lo que hacía, Mendoza se inclinó, y buscando

disimuladamente la mano de la muchacha, y estrechándola con apretón

furtivo entre el remolino de los paseantes, que encubre tales

expansiones, la murmuró al oído:

--Pues no hay nada... y por mí que sea prontito... ¡Te quiero!

Al acabar la frase Mendoza, Martina se volvió hacia su padre, que venía

detrás, exclamando:

--No estoy bien... Llévame á sentarme... ¡El brazo!

Pronto se repuso, porque la alegría puede trastornar, pero hace daño

rara vez: y de allí á dos semanas, la boda de Martina y de Mendoza era

noticia oficial, y se sabía el encargo del equipo y galas, y se discutía

el mobiliario y alojamiento de los novios.

Se fijó la ceremonia para fines de Septiembre. ¿Qué falta hacía esperar?

El amor que está en sazón debe cogerse, como la fruta madura. Iban

llegando cajones con ropa blanca, trajes de seda, capotitas, estuches de

joyas: en la sala de los padres de Martina servía de escaparate ancha

mesa; amigas y amigos venían, contemplaban, aprobaban, censuraban y

salían contentos, displicentes ó taciturnos, según su carácter más ó

menos generoso. Martina, todas las mañanas, arrancaba triunfalmente una

hoja del calendario, cortado ya por la fecha de la boda. ¡Qué pocas

hojas faltan! ¡Diez... ocho... una semanita no más! Este domingo es el

último de soltera... Cuatro días... Mañana... Sí, mañana á las ocho; ahí

están el vestido blanco, los guantes blancos, el abanico, el azahar que

llegó de Valencia y que embalsama el ambiente. Lorenzo venía por las

noches á hacer tertulia á su novia y se mostraba galán, aunque siempre

grave.

La víspera de la boda, Martina le esperaba, como de costumbre, en el

gabinetillo. La madre, que vigilaba sus coloquios, no creyó que aquella

noche fuese preciso hacer centinela: ocupada en quehaceres múltiples,

dejó sola á su hija. Y Martina, en vez de alegrarse, sintió de pronto

una pena agobiadora, inmensa, una desolación sin límites, un miedo

horrible á algo que no se explicaba, ni se fundaba en nada racional.

Tardaba ya Mendoza. Sonó la campanilla, y por instinto Martina se lanzó

á la escalera. El criado la presentó una carta que acababa de traer «el

asistente del señorito». ¡Una carta! Las piernas de Martina parecían de

algodón: creyó que nunca podría andar el trecho que separaba la antesala

del gabinete. Se acercó á la lámpara, rompió el sobre, leyó... Antes que

sus ojos la había leído su corazón, fiel zahorí.

Aquellas excusas, aquellas forzadas frases de cariño, aquellas mentiras

con que se pretendía paliar la infame deserción, las presentía Martina

desde una hora antes. Y los motivos de la repentina marcha, bien sabía

Martina que no eran los que fingía la carta, sino otros, que no podían

decirse, pero que explicaban á la vez el viaje y la continua tristeza,

invencible, misteriosa, de su futuro... Llamábale otra vez el abismo;

resucitaba lo que sin duda no había muerto. Martina cayó desplomada en

el sofá: no lloraba: gemía bajito, como quien reprime la queja de mortal

dolor. Sin embargo, la misma violencia del golpe; la indignación,--mil

sentimientos confusos,--la impulsaron á levantarse, tomar un fósforo,

pegar fuego á la carta, abrir la ventana y echar á volar las cenizas,

cual si temiera que la delatasen. Buscando luego á sus padres, les

declaró con voz firme y serena que había renunciado, por su gusto y

deliberadamente, á casarse con Lorenzo Mendoza, al cual no volverían á

ver más, porque salía aquella noche en el tren correo hacia Madrid.

Poseían los padres de Martina una casa de campo no muy distante de la

ciudad, y en ella se ocultaron con su hija, para dejar disiparse la

primer polvareda de la deshecha boda. Allí pasaron el invierno; Martina

parecía contenta. La hablaron de viajes á la corte, al extranjero:

rechazó la idea con disgusto. Vino la primavera y ya no pensaron en

dejar la residencia campestre. Al acercarse el otro invierno preguntaron

á Martina, y pidió, por favor, encarecidamente, un año más de soledad.

La misma escena se repitió al siguiente; los padres empezaban á

impacientarse: les parecía que ya era hora de que su hija volviese al

mundo y se le buscase otro novio formal y auténtico, que borrase de su

memoria lo pasado. Mas en esto aconteció que enfermaron los viejos, y

con distancia de pocos días sé los llevó al sepulcro, al padre una

fiebre reumática, y á la madre un inveterado padecimiento del corazón.

Martina, sola ya, de luto riguroso, negóse á recibir pésames, á admitir

consuelos de amigas, y se encerró más que nunca entre las paredes de su

tapia, y entre los árboles de su solitaria finca. Corrió algún tiempo.

En Marineda ya apenas se hablaba de Martina. Los más la creían

maniática. No la trataba nadie.

* * * * *

Una tarde golpeó el aldabón de la portalada un jinete, que regía un

caballejo castaño. El hortelano salió á abrir, y contestó la frase

sacramental: la señora no estaba, y además no acostumbraba admitir

visitas.

--Dígale usted--objetó el jinete apeándose--¡que es D. Lorenzo

Mendoza!... Puede ser que entonces...

A los diez minutos volvía el hortelano con respuesta negativa,

terminante. Mendoza bajó la cabeza é hizo ademán de volver á montar. De

pronto, como si variase de parecer y obedeciese á una inspiración

súbita, arrollando al hortelano, cruzó la puerta, se metió patio

adentro, subió una escalera exterior tapizada de madreselvas, que daba

acceso á la casa, y entró en una sala obscura, de vidrieras entornadas,

silenciosa. Oyó un grito de mujer; fué derecho á donde sonaba y

estrechó á Martina en los brazos. No hubo palabras: todo se expresó con

halagos, inarticulados sones, caricias insensatas por parte de él,

primero rechazadas débilmente y pagadas luego. Después vinieron las

excusas, los ruegos, las explicaciones que Mendoza dió casi de rodillas,

y ella oyó trémula, desfallecida, reclinada la cabeza en el hombro del

suplicante. Y siguieron las promesas, los juramentos, las protestas de

enmienda y lealtad, los plazos de ventura que Mendoza desarrollaba

risueño, enclavijando sus dedos en los de Martina, que no oponían

resistencia. La noche caía; la luna llena se alzaba blanca y apacible;

las madreselvas exhalaban su balsámico aroma. Los antiguos novios eran

ya amantes; la primavera se trocaba en estío; y el enajenado Mendoza no

echó de ver que Martina, en medio de su delirio, á veces gemía muy bajo,

como quien reprime la queja de mortal dolor--como había gemido años

antes al recibir la carta de despedida.

A la mañana siguiente, cuando despertó Mendoza, no vió á Martina: la

llamó á voces, y no contestó nadie. Por fin acudieron los criados;

sabían que su ama se había marchado tempranito, pero ignoraban adonde...

En Marineda se supo sin asombro, á la semana siguiente, que Martina

vivía reclusa, como _señora de piso_, en un convento de Compostela. Lo

que nunca se divulgó fué que hubiese adoptado tal resolución por evitar

el sonrojo de sentirse morir de felicidad cerca de _aquél_ que un día la

engañó y vendió.

Apólogo

Habíase enamorado Vicente de Laura oyéndola cantar una opereta en que

desempeñaba, con donaire delicioso, un papel entre cómico y patético. La

natural hermosura de la cantante parecía mayor, realzada por atavío

caprichoso y original, al reflejo de las candilejas, que jugueteaba en

la tostada venturina de sus ondeantes y sueltos cabellos, flotantes

hasta más abajo de la rodilla. Hallábase Laura en esos primeros años

felices de la profesión en que un nombre, después de hacerse conocido,

llega á ser célebre; esos años en que la chispita de luz se convierte en

astro, y los homenajes, las contratas, los ramilletes, las joyas, los

retratos en publicaciones ilustradas, los artículos elogiosos, caldeados

por el entusiasmo, llueven sobre la artista lírica, halagando su

vanidad, exaltando su amor propio y haciéndola soñar con la gloria. ¿Por

qué entre el enjambre de adoradores que zumbaba á su alrededor Laura

distinguió á Vicente, escogió á Vicente, oficial que no poseía más que

su espada y un apellido, eso sí, muy ilustre: el sonoro apellido

hispano-árabe de Alcántara Zegrí?.

Lo cierto es que la elección de Laura fué muy perjudicial á su

tranquilidad y dicha. Vicente Zegrí, como le llamaban sus amigos, por

atavismo y tradiciones de raza llevaba en la sangre el virus corrosivo

de los celos; y si esta enfermedad moral hace estragos donde quiera que

aparece, no pueden calcularse sus consecuencias en hombre que ama á

mujer de profesión artística, cuyas gracias, en cierto modo, tiene

derecho el publico á usufructuar. Antes anduvo Vicente rabioso que

gozoso; tragó la hiel cuando aún no gustara la miel, y nunca recibió el

divino premio de los halagos de la amada, sin que se lo amargasen con

amargor de muerte negras sospechas, infames imaginaciones y desesperados

recelos. Tanto pudo con él esta fatiga y desazón celosa, que un día--ó,

para no faltar á la verdad, una noche en que á la salida del teatro

había acompañado á Laura--ya no acertó á reprimirse, y abrió su corazón,

mostrando lo profundo de la llaga.

--Mi sufrimiento es tal--declaró estrujando las manos de su amiga, en

aquel momento heladas de terror--que necesito echar por la calle de en

medio, realizar una acción decisiva: á seguir así, me volvería loco, y

haga lo que haga, quiero hacerlo estando cuerdo, poseyendo la conciencia

de mis actos. Cuando te aplauden, siento impulsos de prender fuego al

teatro; cuanto se te llena de necios y de osados el _camerino_, se me

ocurre sacar la espada y entrar pegando tajos á diestro y siniestro. La

tentación es tan fuerte, que por no ceder á ella suelo marcharme á mi

casa; pero como me conozco y sé que tarde ó temprano cedería, prefiero

consultarte, confesarme contigo, á ver si entre los dos discurrimos modo

de salvarnos.

Laura miraba fijamente al oficial, notando con profundo estremecimiento

el brillo siniestro de sus pupilas, el temblor involuntario de sus

labios cárdenos, lo fruncido de sus cejas, la crispación de sus dedos,

la alteración de su voz; y con dulce sonrisa y acento que chorreaba

ternura, le preguntó, entre un intento de caricia que rehuyó el celoso:

--¿Y qué has pensado hacer, Vicente mío? Ya que discutimos

amigablemente, dímelo sin reparo y te contestaré con franqueza.

--¡He pensado que nos casemos, que seas mi esposa!--declaró Zegrí.

--¿Y que yo... renuncie al arte?

--¡Pues si no renunciases, bonito negocio!--exclamó el enamorado con

exaltada vehemencia.--¿Te habrás figurado otra cosa, eh? Desde el

momento en que Vicente Zegrí se llame tu marido, á tu marido

pertenecerás, y él y sólo él podrá contemplar tus hechizos, oir tu canto

y ver desatada esta cabellera.--Al hablar así agarró la profusa mata de

pelo, sacudiéndola con furor apasionado.

Púsose Laura más blanca que los encajes de su bata de seda; el tirón

había dolido; pero ni la sonrisa se apartó de sus labios, ni un punto

cambió la lánguida y acariciadora expresión de sus ojos. Dirigiéndose á

Vicente con reposo y dulzura, le interrogó:

--¿Me permites que te cuente un cuento oriental? Me lo refirieron allá

en Rusia, donde he cantado hace dos inviernos, y donde tienen muchas

ganas de que vuelva una temporadita.

Pasándose la mano por la frente como para espantar una pesadilla,

Vicente hizo con la cabeza señal de que estaba dispuesto á oir.

--Parece--empezó Laura--que hubo en Rusia, no sé en qué siglo, un Rey

muy malo y feroz, á quien le pusieron por sus desafueros y tiranías el

sobrenombre de _Iván el Terrible_. Aunque con Dios no debía de estar muy

á bien, el caso es que se le ocurrió construir una catedral magnífica,

dedicada á un santo que allí le llaman _Vassili Blagennoi_, lo cual

significa _el Bienaventurado Basilio_...

--¿Y qué tiene que ver...?--murmuró Vicente, no sin impaciencia.

Cuentos de amor · 第 12 / 15 段