Entre tanto, instalábase el panorama en la cámara de la Princesa, la

cual, desde el mismo sillón donde yacía recostada sobre pilas de

almohadones, podía recrearse en aquellas vistas que, según el viejo

continuaba afirmando terminantemente, habían de sanarla. Oculto é

invisible, el galán hizo girar un manubrio, y empezaron á aparecer,

sobre el fondo del inmenso paño extendido que cubría todo un lado de la

cámara, y al través de amplio cristal, cuadros interesantísimos. Con

una verdad y un relieve sorprendentes, desfilaron ante los ojos de la

Princesa las ciudades más magníficas, los monumentos más grandiosos y

los paisajes más admirables de todo el mundo. En voz cascada, pero con

suma elocuencia, explicaba el viejo los esplendores, verbigracia, de

Roma, el Coliseo, las Termas, el Vaticano, el Foro; y tan pronto

mostraba á la Princesa una naumaquia, con sus luchas de monstruos

marinos y sus combates navales entre galeras incrustadas de marfil, como

la hacía descender á las sombrías Catacumbas y presenciar el entierro de

un mártir, depuesto en paz con su ampolla llena de sangre al lado. Desde

los famosos pensiles de Semíramis y las colosales construcciones de

Nabucodonosor, hasta los risueños valles de la Arcadia, donde en el

fondo de un sagrado bosque centenario danzan las blancas ninfas en corro

alrededor de un busto de Pan que enrama frondosa mata de hiedra; desde

las nevadas cumbres de los Alpes hasta las voluptuosas ensenadas del

golfo partenópeo, cuyas aguas penetran vueltas líquido zafiro bajo las

bóvedas celestes de la gruta de Azur, no hubo aspecto sublime de la

historia, asombro de la naturaleza ni obra estupenda de la actividad

humana que no se presentase ante los ojos de la Princesa

Rosamor--aquellos ojos grandes y soñadores, cercados de una mancha de

livor sombrío, que delataba los estragos de la enfermedad.--Pero los

ojos no se reanimaban; las mejillas no perdían su palidez de

transparente cera; los labios seguían contraídos, olvidados de las

sonrisas; las encías marchitas y blanquecinas hacían parecer amarilla la

dentadura, y las manos afiladas continuaban ardiendo de fiebre ó

congeladas por el hielo mortal. Y el Rey, furioso al ver defraudada una

última esperanza, más viva cuanto más quimérica, juró enojadísimo que

ahorcaría de muy alto al impostor del viejo, y ordenó que subiese el

verdugo, provisto de ensebada soga, á la torre más eminente del palacio,

para colgar de una almena, á vista de todos, al que le había engañado.

Pero el viejo, tranquilo y hasta desdeñoso, pidió al Rey un plazo breve:

faltábale por enseñar á la Princesa una vista, una sola, de su panorama,

y si después de contemplarla no se sentía mejor, que le ahorcasen

enhorabuena, por torpe é ignorante. Condescendió el Rey, no queriendo

espantar aún la vana esperanza postrera, y se salió de la cámara, por no

asistir al desengaño. Al cuarto de hora, no pudiendo contener la

impaciencia, entró, y notó con transporte una singular variación en el

aspecto de la enferma; sus ojos relucían; un ligero sonrosado teñía sus

mejillas flacas; sus labios palpitaban enrojecidos y su talle se

enderezaba airoso como un junco. Parecía aquello un milagro, y el Rey,

en su enajenación, se arrancó del cuello una cadena de oro y la alargó

al viejo, que rehusó el presente. La única recompensa que pedía era que

le dejasen continuar la cura de la Princesa, sin condiciones ni

obstáculos, ofreciendo terminarla en un mes. Y, loco de gozo, el Rey se

avino á todo, hasta á respetar el misterio de aquella vista prodigiosa

que había empezado á devolver á su hija la salud.

No obstante--transcurrida una semana y confirmada la mejoría de la

enferma, mejoría tan acentuada que ya la Princesa había dejado su

sillón, y, esbelta como un lirio, se paseaba por el aposento y las

galerías próximas, ansiosa de respirar el aire, animada y

sonriente,--anheló el Rey saber qué octava maravilla del orbe, qué

portentoso cuadro era aquel cuya contemplación había resucitado á

Rosamor moribunda. Y como la Princesa, cubierta de rubor, se arrojase á

sus pies suplicándole que no indagara su secreto, el Rey, cada vez más

lleno de curiosidad, mandó que sin dilación se le hiciese contemplar la

milagrosa última vista del panorama. ¡Oh sorpresa inaudita! Lo que se

apareció sobre el fondo del inmenso paño negro, al través del claro

cristal, no fué ni más ni menos que el rostro de un hombre, joven y

guapo, eso sí, pero que nada tenía de extraordinario ni de portentoso.

El rostro sonreía con dulzura y pasión á la Princesa, y ella pagaba la

sonrisa con otra no menos tierna y extática... El Rey reconoció al

supuesto ayudante del médico, aquel mozo gallardo, y comprendió que, en

vez de enseñar las vistas de su panorama, se enseñaba á sí propio, y

sólo con este remedio había sanado el enfermo corazón y el espíritu

contristado y abatido de la niña; y si alguna duda le quedase acerca de

este punto, se la quitaría la misma Rosamor, al decirle confusa,

temblorosa y en voz baja, como quien pide anticipadamente perdón y

aquiescencia:

--Padre, todos los monumentos y todas las bellezas del mundo no

equivalen á la vista de un rostro amado...

Remordimiento

Conocí en su vejez á un famoso calaverón que vivía solitario, y al

parecer tranquilo, en una soberbia casa, cuidándose mucho y con un

criado para cada dedo, porque la fortuna--caprichosa á fuer de mujer,

diría algún escritor de esos que están tan seguros del sexo de la

fortuna como yo del mosquito que me crucificó esta noche--había

dispuesto (sigo refiriéndome á la fortuna) que aquel perdulario

derrochase primero su legítima, después las de sus hermanos, que

murieron jóvenes, luego la de una tía solterona, y al cabo la de un

tutor opulento y chocho por su pupilo. Y, por último, volvieron á

ponerle á flote el juego ú otras granjerías que se ignoran, cuando ya

había penetrado en su cabeza la noción de que es bueno conservar algo

para los años tristes. Desde que mi calvatrueno (llamábase el vizconde

de Tresmes) llegó á persuadirse de que interesaba á su felicidad no

morirse en el hospital, cuidó de su hacienda con la perseverancia del

egoismo, y no hubo capital mejor regido y conservado. Por eso, al tiempo

que yo conocí al vizconde--poco antes de que un reuma al corazón le

llevase al otro barrio--era un viejo rico, y su casa--desmintiendo la

opinión del vulgo respecto á las viviendas de los solteros--modelo de

pulcritud y orden elegante.

Miraba yo al vizconde con interés curioso, buscando en su fisonomía la

historia íntima del terrible traga-corazones, por quien habitaba un

manicomio una duquesa, y una infanta de España había estado á punto de

echar á rodar el infantazgo y cuanto echar á rodar se puede.--Si no

supiese que veía al más refinado epicúreo, creería estar mirando los

restos de un poeta, de un artista, de uno de esos hombres que fascinan

porque su acción dominadora no se limita á la materia, sino que subyuga

la imaginación. Las nobles facciones de su rostro recordaban las de

Volfango Goethe, no en su gloriosa ancianidad, sino más bien en la época

del famoso viaje á Italia; es decir, lo que serían si Goethe, al

envejecer, conservase las líneas de la juventud. Aquella finura de

trazo; aquella boca un tanto carnosa; aquella nariz de vara delgada, de

griega pureza en su hechura; aquellas cejas negrísimas, sutiles, de arco

gentil, que acentúan la expresión de los vivos y profundos ojos;

aquellas mejillas pálidas, duras, de grandes planos, como talladas en

mármol, mejillas viriles--pues las redondas son de mujer ó niño;--aquel

cuello largo, que destaca de los bien derribados hombros la altiva

cabeza... todo esto, aunque en ruinas ya, subsistía aún, y á la vez el

cuerpo delataba en sus proporciones justas, en su musculosa esbeltez,

algo recogida, como de gimnasta, la robustez de acero del hombre á quien

los excesos ni rinden ni consumen. Verdad que estas singulares

condiciones del vizconde las adivinaba yo por la aptitud que tengo para

restar los estragos de la vejez y reconstruir á las personas tal cual

fueron en sus mejores años.

Gustaba el vizconde de charlar conmigo, y á veces me refería lances de

su azarosa vida, que no serían para contados, si él no supiese salvar

los detalles escabrosos con exquisito aticismo, y cubrir la inverecundia

del fondo con lo escogido de la forma. No obstante, en las narraciones

del vizconde había algo que me sublevaba, y era la absoluta carencia de

sentido moral, el cinismo frío, visible bajo la delicada corteza del

lenguaje. Punzábame una curiosidad, y pensaba entre mí: «¿Será posible

que este hombre, que para sus semejantes ha sido no sólo inútil, sino

dañino; que ha libado el jugo de todas las flores sacando miel para

embriagarse de ella, aunque la destilase con sangre y lágrimas; este

corsario, este negrero del amor, repito, será posible que no haya

conservado nada vivo y sano bajo los tejidos marchitos por el

libertinaje? ¿No tendrá un remordimiento, no habrá realizado un acto de

abnegación, una obra de caridad?»

Un día me resolví á preguntárselo directamente.

--Porque al fin--le dije--en las batallas que usted solía ganar hay

muertos y heridos; sólo que, como en las heridas de florete, la

hemorragia es interna, pues el honor manda callar y sucumbir en

silencio. ¡Cuántos maridos, cuántos hermanos, cuántos padres (sin hablar

de las propias víctimas) habrán ardido por culpa de usted en un infierno

de vergüenza!

--¡Bah! No lo crea usted--respondía el don Juan sin alterarse en lo más

mínimo.--En estas cuestiones, los expertos somos un poquillo fatalistas.

¡Lo escrito se cumple! Y lo que yo, por escrúpulos más ó menos

justificados, desperdiciase, otro lo recogería, quizá con menos arte,

tino y miramiento que yo. La pavía madura cuelga de la rama y va por

instantes á desprenderse del tallo. El que pasa y la coge suavemente, le

ahorra el sonrojo de caer al suelo, de mancharse, de ser pisada...

Al ver que su extraño razonamiento me dejaba algo perplejo, el vizconde

añadió:

--A pesar de todo, confieso que hice un acto de abnegación y que tengo

un remordimiento...

Esperé, y el viejo, apoyando la barba en dos dedos de la mano izquierda,

habló con lentitud y en tono menos irónico que de costumbre:

--Ha de saber usted que tuve una hermana que se casó y se murió casi en

seguida (en mi casa todos murieron jóvenes y tísicos, excepto yo, que

absorbí la fuerza que debía repartirse entre los demás). Mi cuñado, poco

después, se cayó de un caballo y no sobrevivió á la caída. Quedó una

niña, bonita como un serafín. Yo era su tutor, y aunque cuidé bien de su

educación y de sus intereses, la veía poco, porque no me gustan los

chiquillos. Vino la pubertad, y entonces la criatura tomó formas menos

seráficas y más apetecibles para los humanos. Y, cosa rara, si de

chiquilla, al verme, se deshacía en fiestas y se volvía loca de gozo, ya

de mujercita no parecía sino que la afligía mi presencia, y me acuerdo

que hasta sufrió un síncope porque la dí un beso paternal... Paternal

(se lo afirmo á usted bajo palabra de honor), porque tenemos la tontería

de figurarnos que los que conocimos niños no llegan nunca á personas

mayores...

Con todo, ciertos errores pronto se disipan, y como los síntomas iban

acentuándose, no tardé en conocer la índole de la enfermedad... La

muchacha repito que era una hermosura. Le enseñaré á usted su retrato, y

me dirá si exagero. Aparte de esto de la belleza, nunca ví mujer que más

traspasada se mostrase. Rendida ya, vencida por fuerza superior á su

albedrío, lejos de huirme, me seguía y buscaba incesantemente, y se leía

en sus ojos, en su voz y en sus menores acciones, que era tan mía, tan

mía que podía yo marcarla en la frente la S y el clavo. Mi edad era

entonces la de las pasiones violentas: tenía treinta y ocho años... pero

¡así y todo!...

--¿No se resolvió usted á coger la pavía?

--No era pavía, como usted verá--respondió el calaverón frunciendo las

cejas.--Lo que puedo decir á usted es que al comprender la realidad, huí

de mi sobrina, viajé, estuve ausente más de un año, y al ver á mi

regreso á la niña enferma de pasión y amartelada como nunca, la hablé lo

mismo que un padre, la pinté mi vida y mi condición y hasta mis

vicios...

--Leña al fuego--interrumpí.

--¡Leña al fuego, sí, tal vez!... En fin, la dije redondamente que

estaba resuelto á no casarme nunca; que no me casaría ni con Eugenia de

Montijo, emperatriz de Francia...

--¿Y ella?...

--Ella... Ella... después de llorar y de ponerse más pálida y más roja y

más temblorosa que una sentenciada... acabó por decirme que... soltero ó

casado, malo ó bueno, rico ó pobre...

--¡Comprendo!...

--Bien, pues yo... no sólo rehusé, desvié, contuve, sino que busqué

marido, joven, guapo, bueno... y con todo mi ascendiente, con mi

mandato, lo hice aceptar...

--¡Ya me parecía!--exclamé entusiasmada.--¡Una acción generosa, bonita!

¡Si no podía menos!

--Una acción detestable--repuso el vizconde, cuyos labios temblaron

ligeramente.--Así que se casó mi sobrina, se me cayeron á mí las escamas

de los ojos, y me hice cargo de que me estaba muriendo por ella... Y la

busqué, y la perseguí, y la asedié, y agoté los recursos, y sólo

encontré repulsa, glacial desdén, rigor tan sistemático y tan

perseverante, que me dí por vencido, y me salieron las primeras canas...

--Vamos, la sobrinita se encontraba bien con el marido que usted

eligió...

--Tan bien--añadió el don Juan sombríamente--que a los seis meses mi

sobrina enfermó de pasión de ánimo; y á los diez, en la agonía, me llamó

para despedirse de mí y decirme al oído que... ¡como siempre!

Tresmes bajó la cabeza y me pareció ver que una nube cruzaba por su

frente olímpica.

--Ahí tiene usted--murmuró después de una pausa,--mi remordimiento.

Nadie debe salirse de su vocación, y la mía no era conducir á nadie al

sendero del deber y la virtud.

Temprano y con sol...

EL empleado que despachaba los billetes en la taquilla de la estación

del Norte no pudo reprimir un movimiento de sorpresa cuando la infantil

vocecica pronunció, en tono imperativo:

--¡Dos de primera... á Paris!...

Acercando la cabeza cuanto lo permite el agujero del ventano, miró á su

interlocutora, y vió que era una morena de once á doce años, de ojos

como tinteros, de tupida melena negra, vestida con rico y bien cortado

ropón de franela inglesa roja, y luciendo un sombrerillo jockey de

terciopelo granate que la sentaba a las mil maravillas. Agarrado de la

mano traía la señorita á un caballerete que representaba la misma edad

sobre poco más ó menos, y también tenía trazas en su semblante y atavío

de pertenecer á muy distinguida clase y á muy acomodada familia. El

chico parecía azorado: la niña, alegre, con nerviosa alegría. El

empleado sonrió á la gentil pareja, y murmuró como quien da algún

paternal aviso:

--¿Directo ó á la frontera? A la frontera... son ciento cincuenta

pesetas, y...

--Ahí va dinero--contestó la intrépida señorita, alargando un abierto

portamonedas. El empleado volvió á sonreir, ya con marcada extrañeza y

compasión, y advirtió:

--Aquí no tenemos bastante...

--¡Hay quince duros y tres pesetas!--exclamó la viajerilla.

--Pues no alcanza... Y para convencerse, pregunten ustedes á sus papas.

Al decir esto el empleado, vivo carmín tiñó hasta las orejas del galán,

cuya mano no había soltado la damisela, y ésta, dando impaciente patada

en el suelo, gritó:

--¡Bien... pues entonces... un billete más barato!

--¿Cómo más barato? ¿De segunda? ¿De tercera? ¿A una estación más

próxima? ¿Escorial, Avila...?

--¡Avila, sí... Avila... justamente, Avila...!--respondió con energía la

del rojo balandrán. Dudó el empleado un momento; al fin se encogió de

hombros como el que dice: «¿A mí qué? ya se desenredará este lío;» y

tendió los dos billetes, devolviendo muy aligerado el portamonedas...

Sonó la campana de aviso; salieron los chicos disparados al andén;

metiéronse en el primer vagón que vieron, sin pensar en buscar un

departamento donde fuesen solos; y con gran asombro del turista

británico que acomodaba en un rincón de la red su balija de cuero, al

verse dentro del coche se agarraron de la cintura y rompieron á

brincar...

* * * * *

¿Cómo principió aquella pasión devoradora, frenética, incendiaria? ¡Ah!

Los orígenes primeros de lo grave y trascendental en nuestra vida, son

insignificantes menudencias, pequeñeces míseras, átomos morales que se

asocian en un torbellinito molecular, y á fuerza de dar vueltas y más

vueltas sobre sí mismo, el torbellino se redondea, se solidifica,

adquiere forma, toma la consistencia del diamante... No desconfiéis

nunca en la vida de las cosas grandes, que se presentan con imponente

aparato; esas ya avisan, y hay medio de precaverse: temed á las

tentaciones menudas, á los peligros sutiles é insidiosos. Toda la teoría

de los microbios, hoy admitida, ¿qué es sino demostración de la

importancia capital de lo infinitamente pequeño?

La pasión empezó, pues, del modo más sencillo, más inocente y más

bobo... Empezó por una manía... Ambos eran coleccionistas.--¿De qué? Ya

lo podéis presumir, vosotros los que frisais en la edad de mis héroes.

La afición á coleccionar suele desarrollarse entre los cuarenta y los

sesenta: apenas he visto un bibliómano joven, y las tiendas de los

chamarileros son más frecuentadas por señores respetables que por

alegres mozos. Hay, sin embargo, una excepción á esta regla general, y

es la chifladura por reunir sellos de correos. Sin que yo niegue que

pueden padecerla muy graves personajes, la verdad es que el período en

que suele hacer estragos es la etapa comprendida entre los diez y los

quince. Y en ese lustro auroral que separa la edad del trompo y la

cuerda de la edad del pavo, vivían mis dos enamorados fugitivos del

tren.

Ya se ha dicho que su galeoto, el libro de Lanzarote y Ginebra donde

bebieron la ponzoña amorosa, fué el coleccionismo, la manía de la

filatelia, común á entrambos. El papá de Serafina, vulgo Finita, y la

mamá de Francisco, vulgo Currín, se trataban poco; ni siquiera se

visitaban, á pesar de vivir en la misma opulenta casa del barrio de

Salamanca: en el principal el papá de Finita, y en el segundo la mamá de

Currín. Currín y Finita, en cambio, se encontraban muy á menudo en la

escalera, cuando él iba á clase y ella salía para su colegio; pero valga

la verdad: ni habrían reparado el uno en el otro, si no fuera porque

cierta mañana, al bajar las escaleras, Currín notó que Finita llevaba

bajo el brazo un objeto, un libro encuadernado en tafilete rojo...

¡libro tantas veces codiciado y soñado por él! «¡Me debía haber comprado

mamá uno así, carambita! En cuanto me examine y saque nota, ya me lo

está comprando. ¡No faltaba más! El mío es una porquería...» De esto á

rogar á Finita que le enseñase el magnífico album de sellos, mediaba un

paso. Finita, en el mismo descanso de la escalera, accedió á los ruegos

de Currín: pusieron el álbum sobre la repisa de la ventana, y se dieron

á hojearlo con vivacidad.--«Esta página es del Perú... Mira los de las

islas Hawai... Tengo la colección completa...»

Y desfilaban los minúsculos y artísticos grabaditos con que cada nación

marca y autoriza su correspondencia; los aristocráticos perfiles de las

dinastías sajonas, que se desdeñan de mirarnos á la cara, y las

burguesas y honradas fisonomías de los presidentes de Estados

americanos, siempre de frente; la república francesa, con sus dos

airosas figuras que se dan la mano, y el reyecillo español, con su

redonda cabeza de bebé; los sellos chinos y su dragón, los turcos y su

cimitarra; Don Carlos, recuerdo de nuestras vicisitudes políticas, y Don

Amadeo, efímera memoria de la misma agitada época; los preciosos sellos

de Terranova, con la testa entonces ideal del príncipe de Gales, y los

fastuosos sellos de las colonias británicas, en que la abuelita Victoria

aparece oficiando de emperatriz... Currín se embelesaba y chillaba de

vez en cuando dando brincos: «¡Ay! ¡Ay! ¡Caracoles, qué bonito! Este no

lo tengo yo...» Por fin, al llegar á uno muy raro, el de la república de

Liberia, no pudo contenerse: «¿Me lo das?»--«Toma»;--respondió con

expansión Finita.--«Gracias, hermosa»,--contestó el galán;--y como

Finita, al oir el requiebro, se pusiese del color de la cubierta de su

album, Currín reparó en que Finita era muy mona, sobre todo así,

colorada de placer y con los negros ojos brillantes, rebosando alegría.

«¿Sabes que te he de decir una cosa?»--murmuró el chico.--«Anda,

dímela.»--«Hoy no.»--La doncella francesa que acompañaba á Finita al

colegio, había mostrado hasta aquel instante risueña tolerancia con la

digresión filatélica; pero parecióle que se prolongaba mucho, y

pronunció un «Mademoiselle, s’il vous plaît», que significaba: «Hay que

ir al colegio rabiando ó cantando, conque... una buena resolución.»

Currín se quedó admirando su sello... y pensando en Finita. Era Currín

un chico dulce de carácter, no muy travieso, aficionado á los dramas

tristes, á las novelas de aventuras extraordinarias, y á leer versos y

aprendérselos de memoria. Siempre estaba pensando que le había de

suceder algo raro y maravilloso; de noche soñaba mucho, y con cosas del

otro mundo ó con algo procedente de sus lecturas. Desde que coleccionaba

sellos, soñaba también con viajes de circunnavegación y países

desconocidos, á lo cual contribuía mucho el ser decidido admirador de

Julio Verne... Aquella noche realizó dormido una excursioncita breve...

á Terranova, al país de los sellos hermosos. Mejor dicho, no era

excursión, sino instantánea traslación; y en una playa orlada de

monolitos de hielo, que alumbraba una aurora boreal, Finita y él se

paseaban muy serios, cogidos del brazo...

Al otro día, nuevo encuentro en la escalera. Currín llevaba duplicados

de sellos para obsequiar á Finita. En cuanto la dama vió al galán,

sonrió y se acercó con misterio. «Aquí te traigo esto...»--balbuceó

él...--Finita puso un dedo sobre los labios, como para indicar al chico

que se recatase de la francesa; pero constándole á Currín que no había

en el obsequio de los sellos malicia alguna, fué muy resuelto á

entregarlos. Finita se quedó, al parecer, algo chafada; sin duda

esperaba otra cosa; y llegándose vivamente á Currín, le dijo entre

dientes:

--¿Y... y aquello?

--¿Aquello..?

--Lo que me ibas á decir ayer...

Currín suspiró, se miró á las botas, y salió con esta pata de gallo:

--Si no era nada...

--¡Cómo nada!--articuló Finita furiosa.--¡Pareces memo de la cabeza!

Nada, ¿eh?

Y el muchacho, dando tormento al rey Leopoldo de Bélgica que apretaba

entre sus dedos, se puso muy cerquita del oído de la niña, y murmuró

suavemente: «Sí, era algo... Quería decirte que eres... ¡más guapita!» Y

espantado de su osadía, echó á correr escalera abajo, y del portal salió

en volandas á la calle.

Al otro día, Currín escribió unos versos (poseo el original) en que

decía á su tormento:

Nace el amor de la nada;

de una mirada tranquila;

al girar de una pupila

se halla un alma enamorada...

Endeblillos y todo, graves autores aseguran que Currín los sacó de un

libro que le prestó un compañero... Mas ¿qué importa? El caso es que

Currín se sentía como lo pintaban los versos: enamorado, atrozmente

enamorado... No pensaba más que en Finita; se sacaba la raya

esmeradamente, se compró una corbata nueva, y suspiraba á solas.

Al fin de la semana eran novios en regla. La doncella francesa cerraba

los ojos... ó no veía, creyendo buenamente que de sellos se hablaba

allí, y aprovechaba el ratito charlando también de lo que le parecía con

su compatriota el cocinero...

Cierta tarde creyó el portero que soñaba, y se frotó los ojos. ¿No era

aquella la señorita Serafina, que pasaba sola, con un saquillo de piel

al brazo? ¿Y no era aquel que iba detrás el señorito Currín? ¿Y no se

subían los dos á un coche de punto, que salía echando diablos? ¡Jesús,

María y José! ¡Pero cómo están los tiempos y las costumbres! ¿Y á dónde

irán? ¿Aviso ó no aviso á los padres? ¿Qué hace en este apuro un hombre

de bien? ¿Me recibirán con cajas destempladas... ó caerá una propinaza

de las gordas?

* * * * *

--Oye tú--decía Finita á Currín apenas el tren se puso en marcha--Avila,

¿cómo es? ¿Muy grande? ¿Bonita lo mismo que París?

--No...--respondió Currín con cierto escepticismo amargo.--Debe de ser

un pueblo de pesca.

--Pues entonces... no conviene quedarse allí. Hay que seguir á París. Yo

quiero ver París á todo trance; y también quiero ver las Pirámides de

Egipto.

--Sí...--murmuró Currín, por cuya boca hablaban el buen sentido y la

realidad--pero... ¿y los monises?

--¿Los monises?--contestó remedándole Finita--Eres más bobo que el que

asó la manteca. ¡Se pide prestado!

--¿Y á quién?

--¡A cualquiera!

--¿Y si no nos lo quieren dar?

--¿Y por qué, melón de arroba? Yo tengo reloj que empeñar. Tú también.

Empeño además el abrigo nuevo: me va asando de calor. No sirves para

nada... ¡Escribimos á papás que nos envíen... un.. un bono... no, una

letra! Papá las está mandando cada día á París y á todas partes.

--Tu papá estará echando chispas... Nos mandará un demontre!... Como mi

mamá... ¡La hicimos, Finita!... No sé qué será de nosotros.

--Pues se empeña el reloj, y en paz... ¡Ay! ¡Lo que nos divertiremos en

Avila! Me llevarás al café... y al teatro... y al paseo...

Cuentos de amor · 第 14 / 15 段