»Y tan de verdad la había arrastrado, que de la linda rubia sólo

reapareció, al otro día, un cadáver desfigurado, herido en la frente...

El relato que de la desgracia hizo Afra entre gemidos y desmayos, fué

que Flora, rendida de nadar y sin fuerzas, gritó «me ahogo»; que ella,

Afra, al oirlo, se lanzó á sostenerla y salvarla; que Flora, al

forcejear para no irse á fondo, se llevaba á Afra al abismo; pero que,

aun así, hubiesen logrado quizá salir á tierra, si la fatalidad no las

empuja hacia un trasatlántico fondeado en bahía desde por la mañana. Al

chocar con la quilla, Flora se hizo la herida horrible, y Afra recibió

también los arañazos y magulladuras que se notaban en sus manos y

rostro...

»¿Que si creo que Afra...?

»Sólo añadiré que al marino, novio de Flora, no volvió á versele por

aquí; y Afra, desde entonces, no ha sonreído nunca...

»Por lo demás, acuérdate de lo que dice la Sabiduría: el corazón del

hombre... selva obscura. ¡Figúrate el de la mujer!»

Cuento soñado

Había una princesa á quien su padre, un rey muy fosco, caviloso y

cejijunto, obligaba á vivir reclusa en sombría fortaleza, sin permitirla

salir del más alto torreón, á cuyo pie vigilaban noche y día centinelas

armados de punta en blanco y dispuestos á ensartar en sus lanzones ó

traspasar con sus venablos agudos á quien osase aproximarse. La princesa

era muy linda; tenía la tez color de luz de luna, el pelo de hebras de

oro, los ojos como las ondas del mar sereno, y su silueta prolongada y

grácil recordaba la de los lirios blancos cuando la frescura del agua

los enhiesta. En la comarca no se hablaba sino de la princesa cautiva y

de su rara beldad, y de lo muchísimo que se aburriría entre las cuatro

recias paredes de la torre, sin ver desde las ventanas alma viviente,

más que á los guardias inmóviles, semejantes á estatuas de hierro.

Los campesinos se santiguaban de terror si casualmente tenían que cruzar

ante la torre, aunque fuese á muy respetuosa distancia. En la centenaria

selva que rodeaba la fortaleza, ni los cazadores se resolvían á

internarse, temerosos de ser cazados. Silencio y soledad alrededor de la

torre, silencio y soledad dentro de ella: tal era la suerte de la pobre

doncellita, condenada á la eterna contemplación del cielo y del bosque,

y del río caudaloso que serpenteaba lamiendo los muros del recinto.

De pechos sobre el avance del angosto ventanil, la princesa solía

entregarse á vagos ensueños, aspirando á venturas que no conocía, de las

cuales formaba idea por referencias de sus damas y por conversaciones

entreoídas, sorprendidas--pues estaba vedado tratar delante de la

princesa del mundo y sus goces.--Así y todo, reuniendo datos dispersos y

concordándolos con ayuda de la fantasía, la secuestrada suponía fiestas

magníficas, iluminaciones mágicas suspendidas entre el follaje de

arbustos cuajados de flor y que exhalaban embriagadores aromas; oía los

acordes de los instrumentos músicos, aladas melodías que volaban como

cisnes sobre la superficie de los lagos, y veía las parejas que, cogidas

de la cintura, luciendo sedas, encajes y joyas, danzaban con incansable

ardor, deslizando los galanes palabras de miel al oído de las damiselas,

rojas de pudor y felicidad, sueltos los rizos y anhelante el seno.

Mientras la princesa se representaba estos cuadros, las nubes se teñían

de carmín hacia el Poniente, un murmullo grave y hondo ascendía del río

y del bosque, y la cautiva, oprimida de afán de libertad, murmuraba para

sí: «¿Cómo será el amor?»

Allá donde la montaña escueta dominaba el río y el bosque, una cabañita

muy miserable, de techo de bálago, servía de vivienda á cierto

pastorcillo, que por costumbre bajaba á apacentar diez ó doce ovejas

blancas en la misma linde de la selva. Más resuelto que los otros

villanos, el mozalbete no recelaba aproximarse al castillo y deslizarse

por entre la maleza con agilidad y disimulo, para mirar hacia la torre.

Después de encontrar un senderito borrado casi, que moría en el cauce

del río, logró el pastor descubrir también que al final del sendero

abríase una boca de cueva; y metiéndose por ella intrépidamente, pudo

cerciorarse de que, pasando bajo el río, la cueva tenía otra salida que

conducía al interior del recinto fortificado. El descubrimiento hizo

latir el corazón del pastorcillo, porque estaba enamorado de la princesa

(aunque no la había visto nunca). Supuso que aprovechando el paso por la

cueva lograría verla á su sabor, sin que se lo estorbasen los armados,

los cuales, bien ajenos á que nadie pudiera introducirse en el recinto,

casi al pie de la torre, no vigilaban sino la orilla opuesta y el río.

Es cierto que entre la torre de la cautiva y el pastor, se interponían

extensos patios, anchos fosos y recios baluartes; con todo eso, el

muchacho se creía feliz: estaba dentro de la fortaleza, y pronto vería á

su amada.

Poco tardó en conseguir tanta ventura. La princesa se asomó, y el

pastorcillo quedó deslumbrado por aquella tez color de luna y aquel pelo

de siderales hebras. No sabía como expresar su admiración y enviar un

saludo á la damisela encantadora; se le ocurrió cantar, tocar su

caramillo... pero le oirían; juntar y lanzar un ramillete de acianos,

margaritas y amapolas... pero era inaccesible el alto y calado ventanil.

Entonces tuvo una idea extraordinaria. Procuróse un pedazo de cristal, y

así que pudo volver á deslizarse en el recinto por la cueva, enfocó el

cristal de suerte que, recogiendo en él un rayo de sol, supo dirigirlo

hacia la princesa. Esta, maravillada, cerró los ojos, y al volver á

abrirlos para ver quién enviaba un rayo de sol á su camarín, divisó al

pastorcillo que la contemplaba extático. La cautiva sonrió, el enamorado

comprendió que aceptaban su obsequio... y desde entonces, todos los

días, á la misma hora, el centelleo del arco iris despedido por un

pedazo de vidrio alegró la soledad de la princesita y la cantó un

amoroso himno, que se confundía con la voz profunda de la selva allá en

lontananza...

De pronto sobrevino un cambio radical en la vida de la princesa.

Murieron en una batalla su padre y su hermano, y recayó en ella la

sucesión del trono. Brillante comitiva de señores, guerreros, obispos,

pajes y damas, vino á buscarla solemnemente y á escoltarla hasta la

capital de sus Estados. Y la que pocos días antes sólo conversaba con

los pájaros, y sólo esperaba el rayo de sol del pastorcillo, se halló

aclamada por millares de voces, aturdida por el bullicio de espléndidos

festejos, y admiró las iluminaciones entre el follaje, y oyó las músicas

ocultas en el jardín, y giró con las parejas que danzaban, y supo lo que

es la gloria, la riqueza, el placer, la pasión delirante y la alegría

loca...

Habían pasado muchos, muchos años, cuando la princesa, reina ya,--y casi

vieja ya,--tuvo el capricho de visitar aquella torre donde su padre, por

precaución y por tiránica desconfianza, la mantuvo emparedada durante

los momentos más bellos de la juventud. Al entrar en el camarín, una

nostalgia dolorosa, una especie de romántica melancolía se apoderó de la

reina y la obligó á reclinarse en el ajimez, sintiendo preñados de

lágrimas los ojos. La tarde caía inflamando el horizonte; el bosque

exhalaba su melodioso y hondo susurro... y la reina, tapándose la cara

con las manos, sentía que las gotas de llanto escurrían pausadamente al

través de los dedos entreabiertos. ¿Lloraba acaso al recordar lo sufrido

en el torreón; el largo cautiverio, la soledad, el aislamiento, el

fastidio? ¡Mal conocéis el corazón de las mujeres los que á eso atribuís

el llanto de tan alta señora!

Sabed que, desde el momento en que pisó la torre, la reina echaba de

menos el rayo de sol, que todos los días, á la misma hora, la enviaba el

pastorcillo enamorado por medio de un trozo de vidrio. Por aquel trozo

de vidrio daría ahora la soberana los más ricos diamantes de su corona

real. Sólo aquel rayo podía iluminar su corazón, fatigado, lastimado,

quebrantado, marchito. Y al dejar escurrir las lágrimas, sin cuidarse de

reprimirlas ni de secarlas con el blasonado pañuelo, lloraba la

juventud, la ilusión, la misteriosa energía vital de los años

primaverales... Nunca volvería el pastorcillo á enviarla el divino

rayo.

Los buenos tiempos

Siempre que entrábamos en el despacho del Conde de Lobeira, atraía mis

miradas--antes que las armas auténticas, las lozas hispano-moriscas y

los retazos de cuero estampado que recubrían la pared--un retrato de

mujer, de muy buena mano, que por el traje indicaba tener, próximamente,

un siglo de fecha.--«Es mi bisabuela, doña Magdalena Varela de Tobar,

vigésima segunda Condesa de Lobeira»--había dicho el Conde, respondiendo

á mi curiosa interrogación en el tono del que no quiere explicarse más ó

no sabe otra cosa. Y por entonces hube de contentarme, acudiendo á mi

fantasía para desenvolver las ideas inspiradas por el retrato.

Este representaba á una señora como de treinta y cinco años, de rostro

prolongado y macilento, de líneas austeras, que indicaban la existencia

sencilla y pura, consagrada al cumplimiento de nobles deberes y al

trabajo doméstico, ley de la fuerte matrona de las edades pasadas. La

modestia del vestir, en tan encumbrada señora, parecíame ejemplar; aquel

corpiño justo de alepín negro, aquel pañolito blanco sujeto á la

garganta por un escudo de los Dolores, aquel peinado liso y recogido

detrás de la oreja, eran indicaciones inestimables para delinear la

fisonomía moral de la aristocrática dama. No cabía duda: doña Magdalena

había encarnado el tipo de la esposa leal, casta y sumisa, fiel

guardadora del fuego de los lares; de la madre digna y venerada, ante

quien sus hijos se inclinan como ante una reina; del ama de casa

infatigable, vigilante y próvida, cuya presencia impone respeto y cuya

mano derrama la abundancia y el bienestar. Así es que me sorprendió en

extremo que un día, preguntándole al Conde en qué época habían sido

enajenadas las mejores fincas, los pingües estados de su casa, me

contestase sombríamente, señalando al retrato consabido.

--En tiempo de doña Magdalena.

El dato inesperado acrecentó mi interés. A fuerza de fijarme en el

retrato observé que aquella pintura ofrecía una particularidad rara y

siempre sugestiva: en cualquier punto de la habitación que me colocase

para mirarla, me seguían los ojos de doña Magdalena con expresión

imperiosa y ardiente. Casual acierto del pincel, ó alarde de destreza

del pintor, las pupilas del retrato estaban tocadas por tal arte que

pagaban con avidez y energía la mirada del que las contemplase desde

lejos. Algunas veces, sin querer, levantaba yo la vista como si me

atrajese tal singularidad y los ojos me llamasen. La severidad del fondo

obscuro en que se destacaba la cabeza, la única nota clara del rostro y

del pañolito, aumentaban la fuerza del extraño mirar.

Aunque el Conde de Lobeira es de carácter reservado y frío, hay

instantes en que el corazón más tapiado se abre y deja salir el opresor

secreto. Uno de esos momentos, siempre transitorios en ciertas

organizaciones, llegó para el Conde el día en que, incitada por mi

imaginación, traidora cuanto fecunda, me arrojé á trazar la silueta de

doña Magdalena, modelo de cristianas virtudes, emblema de otros tiempos

y otras edades en que el hogar olía á incienso como el sagrario, y la

familia tenía la sólida estructura del granito.

--¡Por Dios, no siga usted!--exclamó mi interlocutor, dejando de atizar

la chimenea y volviéndose hacia el retrato como nos volvemos hacia un

enemigo.--El error más craso de cuantos pueden cometerse es juzgar del

pasado por la impresión que nos causan sus reliquias. Cáscara vacía,

huella de fósil en la piedra, ¿qué verdad ha de contarnos un retrato, un

mueble ó un edificio ruinoso? Los soñadores como usted son los que han

falseado la historia, poetizado lo más prosaico y embellecido lo más

horrible. En ninguna época fué la humanidad mejor de lo que es ahora;

pero las iniquidades pasadas se olvidan y un lienzo embadurnado y lleno

de grietas basta para que nos abrume el descontento de lo presente. Ya

que también usted cae en esa vulgarísima y temible preocupación de que

se nos han perdido grandes virtudes, merece usted que para

desilusionarla le cuente la historia de doña Magdalena, tal como la he

entresacado de nuestro archivo y de otros documentos... ¡que obran en

archivos judiciales!

Esa señora que está usted viendo, retratada con su jubón de alepín y su

honesto pañolito, al casarse con mi bisabuelo, llevándole rica dote y el

condado de Lobeira, se mostró apasionada hasta un grado increíble,

despótico y furioso. Mi bisabuelo pasaba por el mozo más gallardo de

toda la provincia, y doña Magdalena por una señorita fanáticamente

devota: se susurraba que usaba cilicio y que se disciplinaba todas las

noches. Fuese ó no verdad, lo que es á su marido cilicio le puso doña

Magdalena, y hasta grillos, para que de ella no se apartase ni un

minuto. Poco después de la boda, los que vieron al Conde pálido,

demacrado y abatido, esparcieron el rumor absurdo de que su esposa le

daba hierbas y filtros para subyugarle y para que ardiese más viva la

tea del amor conyugal.

Duró esta situación, sin que la modificase el nacimiento de varios

hijos. No obstante, á los diez ó doce años de matrimonio, observóse que

el Conde, habiéndose aficionado á cazar y haciendo frecuentes

excursiones por la montaña--pues pasaban largas temporadas en el campo,

en el palacio solariego de Lobeira, según costumbre de los señores de

entonces--recobraba cierta alegría y parecía rejuvenecido.

Como yo no estoy graduando el interés de mi historia, sino que se la

cuento á usted descarnada y sin galas--advirtió al llegar aquí el

narrador--diré inmediatamente lo que produjo la mejoría del Conde. Fué

que, algún tanto aplacada aquella pasión de vampiro de su mujer, pudo

respirar y vivir como las demás personas. Usted objetará que todo el

delito de doña Magdalena consistía en amar excesivamente á su esposo, y

que eso merece disculpa y hasta alabanza. Si yo discutiese tan delicado

punto, temería ofender sus oídos de usted con algún concepto malsonante.

Indicaré que hay cien maneras de amar, y que el santo nombre de amor

cubre á veces nuestros bárbaros egoismos ó nuestras morbosas

aberraciones. Y basta, que al buen entendedor... Ya continúo.

Como á veces se guardan bien los secretos en las aldeas, doña Magdalena

tardó bastante en enterarse de que su marido, al volver de la caza,

solía descansar en la choza de cierto labriego que tenía una hija

preciosa. En efecto era así: el Conde de Lobeira prefería á los

suculentos manjares de su cocina señorial, la _brona_ y la leche fresca

servidas por la gentil rapaza, que, con la inocencia en los ojos y la

risa en los labios, acudía solícita á festejarle. Doña Magdalena, ya

informada, no pensó ni un minuto que allí existiese un puro idilio; vió

desde el primer instante el pecado y la injuria. Y acaso acertase: no

pretendo excusar á mi bisabuelo, aunque las crónicas afirman que era

honesta y sencilla su afición á la hija del colono.

Lo histórico es que, en una noche de invierno muy obscura y muy larga,

la puerta del Pazo se abrió sin ruido para dejar entrar á un hombre

robusto, recio, vestido con el clásico traje del país, que hoy está casi

en desuso. La Condesa le esperaba en el zaguán: tomóle de la mano, y por

un pasadizo obscuro le llevó á una habitación interior, que alumbraba

una vela de cera puesta en candelabro de maciza plata.--Era el

oratorio.--Detrás de las colgaduras de damasco carmesí que lo vestían, y

que replegó la dama, el hombre vió abierto un boquete, á manera de

cueva; un agujero sombrío. Repito lo de antes: no busco _efectos_; pero

aunque los buscase, creo que ninguno tan terrible como decir sin más

circunloquios que el hombre--un _casero_, en las costumbres de entonces

casi un ciervo de la Condesa--era el mismo padre de la zagala á quien el

Conde solía visitar; y que doña Magdalena, enseñándole el negro hueco,

advirtió al labrador que allí ocultarían el cadáver del Conde. En

seguida le entregó un hacha nueva, afilada y cortante.

¿Temió aquel hombre por la vida de su hija y por la suya propia?

¿Impulsóle la cobardía ó el respeto tradicional á la casa de Lobeira?

¿Fué la sugestión que ejerce sobre un cerebro inculto y una voluntad

irresoluta y débil, la hembra resuelta, de arrebatadas pasiones? ¿Fué

codicia, tentación de onzas y de ricos joyeles que la esposa ultrajada

le ofrecía en precio de la sangre? El caso es, que si hubo resistencia

por parte del labriego, duró bien poco. Según su declaración, hizo la

señal de la cruz (¡atroz detalle!) descalzóse, empuñó el hacha y siguió

á la Condesa hasta el aposento en que el Conde dormía. Y mientras la

señora alumbraba con la vela de cera del oratorio, el labriego descargó

un golpe, otro, diez, en la frente, la cara, el pecho... El dormido no

chistó: parece que al primer hachazo abrió unos ojos muy espantados... y

luego, nada. Sábanas, colchones, el hacha y el muerto, todo fué arrojado

al escondrijo; la Condesa lavó las manchas del suelo, cerró la trampa, y

atestando de oro la faltriquera del asesino, le despachó con orden de

cruzar el Miño y meterse en Portugal.

Un rumor, vago al principio y después muy insistente, se alzó con motivo

de la desaparición del Conde de Lobeira. Su esposa hablaba de viajes

motivados por un pleito; y en el oratorio, bajo cuyo piso yacía mi

bisabuelo asesinado, celebrábase diariamente el santo sacrificio de la

misa, asistiendo á él doña Magdalena, lo mismo que la ve usted retratada

ahí: pálida, grave, modesta, rodeada de sus hijos, que la besaban la

mano cariñosos. En aquel tiempo no había prensa que escudriñase

misterios, y la coincidencia de la desaparición del Conde y la del

casero y su hija la linda moza, dió pie á que se sospechase que el

esposo de doña Magdalena vivía muy á gusto en algún rincón de esos que

saben buscar los enamorados. No faltó quien compadeciese á la abandonada

señora, en torno de la cual el respeto ascendió, como asciende la

marea. Al verla pasar, derecha, macilenta, siempre de negro, la gente se

descubría.

Y así corrió un año entero.

Al cumplirse, día por día, á corta distancia del Pazo de Lobeira

apareció un hombre profundamente dormido; era el casero de la Condesa; y

los demás labriegos, que le rodeaban esperando á que despertase,

quedaron atónitos cuando al volver en sí, á gritos confesó el crimen, á

gritos se denunció y á gritos pidió que le llevasen ante la justicia.

Hay fenómenos morales que no explica satisfactoriamente ningún

raciocinio: la mitad de nuestra alma está sumergida en sombras, y nadie

es capaz de presentir qué alimañas saldrían de esa caverna, si nos

empeñásemos en registrarla. El aldeano, cuando le preguntaron el móvil

de su conducta, afirmó con rústicas razones que no lo sabía; que una

gana irresistible--un _volunto_, como dicen ahora--le obligó á salir de

Portugal y á ver de nuevo el Pazo; y que al avistarlo, le acometió un

sueño letárgico, invencible también, y ya despierto, un ímpetu de

confesar, de decir la verdad, de ser castigado--porque sin duda, calculo

yo, su endeble alma no podía con el peso del secreto, que impenetrable y

tranquila guardaba el alma varonil de doña Magdalena.

La prendieron, claro está, y aún se enseña en la cárcel marinedina el

negro calabozo donde la Condesa de Lobeira se pudrió muchos meses... El

casero fue ahorcado; y para librar á mi bisabuela del patíbulo,

empeñóse la hacienda de mi casa. La justicia se comió con apetito tan

sabrosa breva, y nuestra decadencia viene de ahí.

* * * * *

Alcé los ojos y busqué los del retrato. La mirada de doña Magdalena se

me figuró más tenaz, más intensa, más dolorosa. El biznieto callaba y

suspiraba, como si le oprimiese el corazón el drama ancestral, como si

percibiese la humedad de las lágrimas evaporadas hace un siglo.

Sara y Agar

Explíqueme usted,--dije al señor de Bernárdez,--una cosa que siempre me

infundió curiosidad. ¿Por qué en su sala tiene usted, bajo marcos

gemelos, los retratos de su difunta esposa y de un niño desconocido, que

según usted asegura, ni es hijo, ni sobrino, ni nada de ella? ¿De quién

es otra fotografía de mujer, colocada enfrente, sobre el piano...? ¿no

sabe usted? ¿una mujer joven, agraciada, con flecos de ricillos á la

frente?

El sexagenario parpadeó, se detuvo, y un matiz rosa cruzó por sus

mustias mejillas. Como íbamos subiendo un repecho de la carretera, lo

atribuí á cansancio y le ofrecí el brazo, animándole á continuar el

paseo, tan conveniente para su salud; como que, si no paseaba, solía

acostarse sin cenar y dormir mal y poco. Hizo seña con la mano de que

podía seguir la caminata, y anduvimos unos cien pasos más, en silencio.

Al llegar al pie de la iglesia, un banco, tibio aún del sol y bien

situado para dominar el paisaje, nos tentó, y á un mismo tiempo nos

dirigimos hacia él. Apenas hubo reposado y respirado un poco Bernárdez,

se hizo cargo de mi pregunta.

--Me extraña que no sepa usted la historia de esos retratos: ¡en

poblaciones como Goyán, cada quisque mete la nariz en la vida del

vecino, y glosa lo que ocurre y lo que no ocurre, y lo que no averigua

lo inventa!

Comprendí que al buen señor debían de haberle molestado mucho antaño las

curiosidades y chismografías del lugar, y callé, haciendo un movimiento

de aprobación con la cabeza. Dos minutos después pude convencerme de

que, como casi todos los que han tenido alegrías y penas de cierta

índole, Bernárdez disfrutaba puerilmente en referirlas; porque no son

numerosas las almas altaneras que prefieren ser para sí propios á la par

Cristo y Cirineo y echarse á cuestas su historia.--He aquí la de

Bernárdez, tal cual me la refirió mientras el sol se ponía detrás del

verde monte en que se asienta Goyán.

«Mi mujer y yo nos casamos muy jovencitos: dos nenes, con la leche en

los labios. Ella tenía quince años, yo diez y ocho. Una muchachada,

quién lo duda. Lo que pasó con tanto madrugar fué, que queriéndonos y

llevándonos como dos ángeles, de puro bien avenidos que estábamos, al

entrar yo en los treinta y cinco, mi mujer empezó á parecerme así...

vamos, como mi hermana. La profesaba una ternura sin límites; no hacía

nada sin consultarla, no daba un paso que ella no me aconsejase, no veía

sino por sus ojos... pero todo fraternal, todo muy tranquilo.

»No teníamos sucesión, y no la echábamos de menos. Jamás hicimos

rogativa ni oferta á ningún santo para que nos enviase tal dolor de

cabeza. La casa marchaba lo mismo que un cronómetro: mi notaría

prosperaba; tomaba incremento nuestra hacienda; adquiríamos tierras;

gozábamos de mil comodidades; no cruzábamos una palabra más alta que

otra, y veíamos juntos aproximarse la vejez sin desazón ni sobresalto,

como el marino que se acerca al término de un viaje feliz, emprendido

por iniciativa propia, por gusto y por deber.

»Cierto día, mi mujer me trajo la noticia de que había muerto la

inquilina de una casucha de nuestra pertenencia. Era esta inquilina una

pobretona, viuda de un guardia civil, y quedaba sola en el mundo la

huérfana, criatura de cinco años.--Podíamos recogerla, Hipólito--añadió

Romana.--Parte el alma verla así. La enseñaríamos á planchar, á coser, á

guisar, y tendríamos, cuando sea mayor, una criadita fiel y humilde.--Dí

que haríamos una obra de misericordia y que tú tienes el corazón de

manteca.--Esto fué lo que respondí, bromeando. ¡Ay! ¡Si el hombre

pudiese prever dónde salta su destino!

»Recogimos, pues, la criatura, que se llamaba Mercedes, y así que la

lavamos y la adecentamos, amaneció una divinidad, con un pelo

ensortijado como virutas de oro, y unos ojos que parecían dos violetas,

y una gracia y una zalamería... Desde que la vimos... ¡adiós planes de

enseñarla á planchar y á poner el puchero! Empezamos á educarla del modo

que se educan las señoritas... según educaríamos á una hija, si la

tuviésemos. Claro que en Goyán no la podíamos afinar mucho, pero se hizo

todo lo que permite el rincón este. Y lo que es mimarla... ¡Señor! ¡En

especial Romana... un desastre! Figúrese usted que la pobre Romana, tan

modesta para sí que jamás la ví encaprichada con un perifollo...

encargaba los trajes y los abriguitos de Mercedes á la mejor modista de

Marineda. ¿Qué tal?

Cuentos de amor · 第 9 / 15 段