El y ella se prepararon á recibir á Jesucristo con todo el agasajo que

tal visita merece. No hubo fuerzas humanas que les impidiesen vestirse y

engalanarse como para un sarao. Ella se lavó con esencias fragantes y

jabones exquisitos, hizo peinar esmeradamente la negra mata de pelo, se

puso traje de blanco gró, y con sonriente coquetería prendió en la

mantilla sus agujas de turquesas; él atusó la bien recortada barba,

eligió la camisa más bruñida y tersa, el chaleco de mejor caída, y de

frac y corbata blanca, esperó á su Dios. Y él y ella, al sentir en los

labios la sagrada partícula, gozaron un momento de emoción deliciosa:

les pareció que la efusión esperada en vano, el supremo arrobamiento del

éxtasis, vendría después de despojada la vestidura carnal, cuando el

alma, libre y dichosa, volase al seno de su Creador...

Así fué que tuvieron unas últimas horas edificantes, ejemplares, de un

ardor místico sublime, que hacía derramar lágrimas á los que rodeaban el

lecho. Sus palabras de esperanza sonaban conmovedoras y misteriosas,

dichas desde el borde de la huesa. Hablaban del cielo, y diríase que al

nombrarlo lo veían ya; de tal suerte se iluminaban sus ojos y

resplandecía en sus rostros la beatitud y la fe que transfigura.

A la misma hora fallecieron, y sus espíritus se encontraron en el camino

del otro mundo, antes de tomar rumbos distintos, pues él se encaminaba

al purgatorio en forma de llama rojiza, y ella al cielo, convertida en

ligero fueguecillo azul. Entonces se vieron por primera vez, y

sorprendidos, detuviéronse á contemplarse. Como á aquellas alturas todo

se adivina, inmediatamente adivinaron de qué habían muerto y la

semejanza de sus destinos durante la vida terrenal. Y así como

comprendieron claramente que los dos habían muerto de plétora de pasión

no satisfecha ni entendida, advirtieron también con asombro que él era

el alma nacida para ella, y ella el corazón capaz de encerrar aquel amor

infinito de que él se sentía minado y consumido, como el árbol que todo

se derrite en gomas. Y lo mismo fué advertirlo, que juntarse

impetuosamente los dos espíritus, mezclándose la llama rojiza con el

fueguecillo azul tan estrechamente, que se hicieron una luz sola.

Y sucedió que, unidos ya, él no pudo entrar en el purgatorio por la

parte que llevaba de cielo, y ella tampoco pudo ingresar en el cielo por

la parte que llevaba de purgatorio. El, generoso, la propuso que se

apartasen, yéndose ella á disfrutar las dichas del Empíreo; mas ella

prefirió seguir unida á él, aun á costa de la eterna bienandanza; y

desde entonces la luz anda errante, y los dos espíritus no hallan otro

nido para sus amores póstumos, sino la extremidad del palo de algún

buque, donde los marinos los confunden con el fuego de San Telmo.

La culpable

Elisa fué una mujer desgraciadísima durante toda su vida conyugal, y

murió, joven aún, minada por las penas. Es verdad que había cometido una

falta muy grave, tan grave que para ella no hay perdón: escaparse con su

marido antes de que éste lo fuese y pasar en su compañía veinticuatro

horas de tren... Después, sucedió lo de costumbre: la recogió la

autoridad, la depositaron en un convento, y á los quince días se casó,

sin que sus padres asistiesen á la boda; actitud muy digna, en opinión

de las personas sensatas.

Ellos no se habían opuesto de frente á las relaciones de Elisa con

Adolfo: mas como quiera que no les agradaba pizca el aspirante, y creían

conocerle y presentían su condición moral, suscitaron mil dificultades

menudas y consiguieron dar largas al asunto y entretenerlo por espacio

de cinco años. Consintieron, eso sí, que Adolfo _entrase en casa_,

porque tenía poco de seductor y era hasta antipático, y esperaron que

Elisa perdiese toda ilusión al verle de cerca. Sucedió lo contrario; en

los interminables coloquios junto á la chimenea; en el diario tortoleo,

el amante corazón de Elisa se dejó cautivar para siempre, y Adolfo

aseguró la presa de la acaudalada muchacha. Después de meditadas y

estratégicas maniobras por parte del novio, llegó el instante de la

fuga, preliminar del casamiento.

La familia de Elisa tomó muy á pechos el escándalo, por lo mismo que

eran gente conocida, bien relacionada, preciada de correcta,

intransigente en cuestiones de moralidad exterior. Hubo en la casa uno

de esos períodos de disgusto, cerrados, serios, hondos, en que hasta los

criados andan mohinos; períodos que á las personas entradas en edad les

cavan una cuarta de sepultura. Las dos hermanas de la fugitiva se

avergonzaron y corrieron de suerte que en muchos meses no se atrevieron

á salir á la calle. Una, en especial, se afectó tanto, que fué preciso

sacarla de Madrid para que no se alterase su salud. La madre jamás

pronunció el nombre de Elisa sin suspirar, como cuando se nombra á los

que fallecieron. El padre extremó el procedimiento: cerróse á la banda y

no nombró á Elisa ya nunca. Si le preguntaban cuántas hijas tenía,

contestaba que dos. «La otra la perdí», añadía crispando los labios.

Unida ya Elisa con el que había elegido, se propuso ser intachable y

perfecta en todo para rescatar la falta. No hubo esposa más tierna y

solícita que Elisa, ni casa mejor gobernada que la suya, ni señora que

con mayor abnegación prescindiese de sí propia y se eclipsase más

modestamente en la sombra del hogar. Como al fin tenía pocos años y á

veces la sangre hervía en sus venas con ímpetu juvenil, cuando veía á

otras casadas adornarse, cubrirse de joyas, ir á bailes y fiestas y

sonreir al espejo, y ella se quedaba recluída y en bata casera, decía

para sí: «Bueno; pero esas no se escaparon con su marido antes de la

boda.» Y aunque supiese que se escapaban después... ó cosa parecida...

con otros,--siempre persistía en tenerlas por de mejor condición.

Hasta tal punto se consideró obligada á prestar fianza de su conducta,

que nunca salió sola, ni consintió recibir una visita estando ausente su

marido. A los hombres, fuesen jóvenes ó viejos, les hablaba fría y

desabridamente, cortando en seguida la conversación. Su traje era

obscuro, subido hasta las orejas, y su peinado estudiadamente sencillo y

sin coquetería. Aficionada á las esencias y aguas de tocador, las

suprimió por completo desde que oyó decir que «la mujer de bien, ni ha

de oler mal, ni ha de oler bien». Ser tenida en concepto de mujer de

bien, fué su ambición y su sueño; pero desconfiaba de conseguirlo nunca,

por _aquello_ de la escapatoria...

Pasada la corta luna de miel, Adolfo comenzó á distraerse, y so color de

política, se acostumbró á retirarse tarde, á pasarse los días fuera,

sin venir ni á comer. Elisa lloró en silencio: lloró mucho, porque le

quería, le quería con toda su alma, y no podía vivir dichosa sino con él

y por él, á quien todo lo había sacrificado.

Un día, registrando el ropero de su marido para limpiar y arreglar la

ropa, encontró traspapelada en un chaqué de verano una carta

inequívoca... El dolor fue tan agudo, que Elisa se metió en la cama y

estuvo varios días sin querer comer y con gran deseo de morirse. Así que

cobró algún ánimo, se levantó y siguió viviendo. No profirió una queja:

¿con qué derecho? ¡La podían tapar la boca á las primeras palabras! ¡Y

si salía á relucir lo de la fuga!.

Vinieron hijos, un niño y una niña; pero Elisa, que sufrió todo el peso

de la crianza, no intervino en la educación, ni ejerció jamás esa

autoridad de la madre digna y altiva, que lleva la maternidad como una

corona. Sus hijos se habituaron á que «no mandaba mamá».

En cuanto á la hacienda, ya se infiere que la regía única y

exclusivamente Adolfo, y Elisa no se hubiese arrojado á gastar cincuenta

pesetas en nada extraordinario, sin la vénia necesaria. Muerto el padre

de Elisa y recogida la legítima, todavía pingüe, aunque mermada por el

enojo paternal, Adolfo se hizo cargo de todo y dedicó la mayor parte á

sus goces, no sin que muchas veces oyese Elisa reconvenciones duras y

alusiones amargas, fundadas en que su padre la había desheredado ó punto

menos.

La salud de Elisa se resintió: los médicos hablaron de lesiones al

corazón, que degeneraban en hidropesía. Como la enferma se agravase,

pidió confesor, y por centésima vez se acusó de su delito, la

escapatoria fatal. El confesor la mandó que se acusase de pecados de la

vida presente, porque Dios no acostumbra recontar los ya perdonados y

absueltos. Mas la absolución del cielo no bastaba á Elisa: ya se sabe

que Dios es muy bueno; pero, en cambio, los hombres jamás olvidan

ciertas cosas, y la mancha de vergüenza allí está sobre la frente hasta

la última hora de vivir!

Con los ojos vidriados de lágrimas, Elisa pidió que viniese Adolfo, y

así que le vió á su cabecera, echándole los brazos al cuello, murmuró á

su oído: «Alma mía, mi bien, ya sé que no tengo derecho ninguno á

pedirte que... que no te vuelvas á casar... ¡pero al menos... mira, en

esta hora solemne... perdóname de veras _aquello_... y no me olvides

así... tan pronto... tan pronto!»

Adolfo no contestó; no obstante, le pareció natural inclinarse y

besarla. Y la culpable, dejando caer la cabeza sobre la almohada, espiró

contenta.

La novia fiel

Fué sorpresa muy grande para todo Marineda el que se rompiesen las

relaciones entre Germán Riaza y Amelia Sirvián. Ni la separación de un

matrimonio da margen á tantos comentarios. La gente se había

acostumbrado á creer que Germán y Amelia no podían menos de casarse.

Nadie se explicó el suceso, ni siquiera el mismo novio. Sólo el confesor

de Amelia tuvo la clave del enigma.

Lo cierto es que aquellas relaciones contaban ya tan larga fecha, que

casi habían ascendido á institución. Diez años de noviazgo no son grano

de anís. Amelia era novia de Germán desde el primer baile á que asistió

cuando la pusieron de largo.

¡Qué linda estaba en el tal baile! Vestida de blanco crespón, escotada

apenas, lo suficiente para enseñar el arranque de los virginales hombros

y del seno que latía de emoción y placer, empolvado el rubio pelo,

donde se marchitaban capullos de rosa, Amelia era, según se decía en

algún grupo de señoras, ya machuchas, «un cromo», «un grabado de _La

Ilustración_». Germán la sacó á bailar, y cuando estrechó aquel talle

que se cimbreaba, y sintió la frescura de aquel hálito infantil, perdió

la chaveta, y en voz temblorosa, trastornado, sin elegir frases, hizo

una declaración sincerísima, y recogió un _sí_ espontáneo, medio

involuntario, doblemente delicioso. Se escribieron desde el día

siguiente, y vino esa época de ventaneo y seguimiento en la calle, que

es como la alborada de semejantes amoríos. Ni los padres de Amelia,

modestos propietarios, ni los de Germán, comerciantes de regular caudal,

pero de numerosa prole, se opusieron á la inclinación de los muchachos,

dando por supuesto desde el primer instante que aquello pararía en

justas nupcias, así que Germán acabase la carrera de Derecho y pudiese

sostener la carga de una familia.

Los seis primeros años fueron encantadores. Germán pasaba los inviernos

en Compostela, cursando en la Universidad y escribiendo largas y tiernas

epístolas; entre leerlas, releerlas, contestarlas y ansiar que llegasen

las vacaciones, el tiempo se deslizaba insensible para Amelia. Las

vacaciones eran grato paréntesis, y todo el tiempo que durasen ya sabía

Amelia que se lo dedicaría íntegro su novio. Este no entraba aún en la

casa, pero acompañaba á Amelia en el paseo, y de noche se hablaban, á la

luz de la luna, por una galería con vistas al mar. La ausencia,

interrumpida por frecuentes regresos, era casi un aliciente, un encanto

más, un interés continuo, algo que llenaba la existencia de Amelia, sin

dejar cabida á la tristeza ni al tedio.

Así que Germán tuvo en el bolsillo su título de licenciado en Derecho,

resolvió pasar á Madrid á cursar las asignaturas del doctorado. ¡Año de

prueba para la novia! Germán apenas escribía: billetes garrapateados al

vuelo, quizás sobre la mesa de un café, concisos, insulsos, sin jugo de

ternura. Y las amiguitas caritativas, que veían á Amelia ojerosa,

preocupada, alejada de las distracciones, la decían con perfidia

burlona:--Anda, tonta, diviértete... ¡Sabe Dios lo que él estará

haciendo por allá! ¡Bien inocente serías si creyeses que no te la

pega...! A mí me escribe mi primo Lorenzo que vió á Germán muy animado

en el teatro con _unas_....

El gozo de la vuelta de Germán compensó estos sinsabores. A los dos días

ya no se acordaba Amelia de lo sufrido, de sus dudas, de sus sospechas.

Autorizado para frecuentar la casa de su novia, Germán asistía todas las

noches á la tertulia familiar, y en la penumbra del rincón del piano,

lejos del quinqué velado por sedosa pantalla, los novios sostenían

interminable diálogo, buscándose de tiempo en tiempo las manos para

trocar una furtiva presión, y siempre los ojos para beberse la mirada

hasta el fondo de las pupilas.

Nunca había sido tan feliz Amelia. ¿Qué podía desear? Germán estaba

allí, y la boda era asunto concertado, resuelto, aplazado sólo por la

necesidad de que Germán encontrase una posicioncita, una base para

establecerse; una fiscalía, por ejemplo. Como transcurriese un año más y

la posición no se hubiese encontrado aún, Germán decidió abrir bufete y

mezclarse en la politiquilla local, á ver si así iba adquiriendo favor y

conseguía el ansiado puesto. Los nuevos quehaceres le obligaron á no ver

á Amelia ni tanto tiempo ni tan á menudo. Cuando la muchacha se

lamentaba de esto, Germán se vindicaba plenamente; había que pensar en

el porvenir; ya sabía Amelia que un día ú otro se casarían, y no debía

fijarse en menudencias, en remilgos propios de los que empiezan á

quererse. En efecto, Germán continuaba con el firme propósito de casarse

así que se lo permitiesen las circunstancias.

Al noveno año de relaciones notaron los padres de Amelia (y acabó por

notarlo todo el mundo), que el carácter de la muchacha parecía

completamente variado. En vez de la sana alegría y la igualdad de humor

que la adornaban, mostrábase llena de rarezas y caprichos, ya riendo á

carcajadas, ya encerrada en hosco silencio. Su salud se alteró también:

advertía desgana invencible, insomnios crueles, que la obligaban á

pasarse las noches levantada, porque decía que la cama, con el desvelo,

le parecía su sepulcro; además, sufría aflicciones al corazón y ataques

nerviosos. Cuando la preguntaban en qué consistía su mal, contestaba

lacónicamente: «No lo sé.» Y era cierto; pero al fin lo supo, y el

saberlo la hizo mayor daño.

¿Qué mínimos indicios; qué insensibles pero eslabonados hechos; qué

inexplicables revelaciones emanadas de cuanto nos rodea, hacen que sin

averiguar nada nuevo ni concreto, sin que nadie la entere con precisión

impúdica, la ayer ignorante doncella entienda de pronto y se rasgue ante

sus ojos el velo de Isis? Amelia, súbitamente, comprendió. Su mal no era

sino deseo, ansia, prisa, necesidad de casarse. ¡Qué vergüenza, qué

sonrojo, qué dolor y qué desilusión si Germán llegaba á sospecharlo

siquiera! ¡Ah! Primero morir. ¡Disimular, disimular á toda costa, y que

ni el novio, ni los padres, ni la tierra, lo supiesen!

Al ver á Germán tan pacífico, tan aplomado, tan armado de paciencia;

engruesando, mientras ella se consumía; chancero mientras ella empapaba

la almohada en lágrimas, Amelia se acusaba á sí propia, admirando la

serenidad, la cordura, la virtud de su novio. Y para contenerse y no

echarse sollozando en sus brazos; para no cometer la locura indigna de

salir una tarde sola é irse á casa de Germán, necesitó Amelia todo su

valor, todo su recato, todo el freno de las nociones de honor y

honestidad que la inculcaron desde la niñez.

Un día... sin saber cómo: sin que ningún suceso extraordinario, ninguna

conversación sorprendida la ilustrase, acabaron de rasgarse los últimos

cendales del velo... Amelia veía la luz; en su alma relampagueaba la

terrible noción de la realidad; y al acordarse de que poco antes

admiraba la resignación de Germán y envidiaba su paciencia, y al

explicarse ahora la verdadera causa de esa paciencia y esa resignación

incomparable, una carcajada sardónica crispó sus labios, mientras en su

garganta creía sentir un nudo corredizo, que se apretaba poco á poco y

la extrangulaba. La convulsión fué horrible, larga, tenaz; y aún no bien

Amelia, destrozada, pudo formar frases, rogó á sus consternados padres

que advirtiesen á Germán que las relaciones quedaban rotas. Cartas del

novio, súplicas, paternales consejos, todo fué en vano: Amelia se aferró

á su resolución, y en ella persistió, sin dar razones ni excusas.

--Hija, en mi entender, hizo usted muy mal--la decía el Padre Incienso,

viéndola bañada en lágrimas al pie del confesionario.--Un chico formal,

laborioso, dispuesto á casarse, no se encuentra por ahí fácilmente.

Hasta el aguardar á tener posición para fundar familia, lo encuentro

loable en él. En cuanto á lo demás... á esas figuraciones de usted...

Los hombres... por desgracia... Mientras está soltero, habrá tenido esos

entretenimientos... Pero usted...

--¡Padre--exclamó la joven--créame usted, pues aquí hablo con Dios! ¡Le

quería... le quiero... y por lo mismo... por lo mismo, padre! ¡Si no le

dejo... le imito! ¡Yo tambien...!

Afra

La primera vez que asistí al teatro de Marineda--cuando me destinaron

con mi regimiento á la guarnición de esta bonita capital de

provincia--recuerdo que asesté los gemelos á la triple hilera de palcos,

para enterarme bien del mujerío y las esperanzas que en él podía cifrar

un muchacho de veinticinco años no cabales.

Gozan las marinedinas fama de hermosas, y vi que no usurpada. Observé

también que su belleza consiste principalmente en el color. Blancas (por

obra de naturaleza, no del perfumista), de bermejos labios, de floridas

mejillas y mórbidas carnes, las marinedinas me parecieron una guirnalda

de rosas tendida sobre un barandal de terciopelo obscuro. De pronto, en

el cristal de los anteojos que yo paseaba lentamente por la susodicha

guirnalda, se encuadró un rostro que me fijó los gemelos en la

dirección que entonces tenían. Y no es que aquel rostro sobrepujase en

hermosura á los demás, sino que se diferenciaba de todos por la

expresión y el carácter.

En vez de una fresca encarnadura y un plácido y picaresco gesto, vi un

rostro descolorido, de líneas enérgicas, de ojos verdes, coronados por

cejas negrísimas, casi juntas, que les prestaban una severidad singular;

de nariz delicada y bien diseñada, pero de alas movibles, reveladoras de

la pasión vehemente; una cara de corte severo, casi viril, que coronaba

un casco de trenzas de un negro de tinta; pesada cabellera que debía de

absorber los jugos vitales y causar daño á su poseedora... Aquella

fisonomía, sin dejar de atraer, alarmaba, pues era de las que dicen á

las claras desde el primer momento á quien las contempla: «Soy una

voluntad. Puedo torcerme, pero no quebrantarme. Debajo del elegante

maniquí femenino, escondo el acerado resorte de un alma.»

He dicho que mis gemelos se detuvieron, posándose ávidamente en la

señorita pálida del pelo abundoso. Aprovechando los movimientos que

hacía para conversar con unas señoras que la acompañaban, detallé su

perfil, su acentuada barbilla, su cuello delgado y largo, que parecía

doblarse al peso del voluminoso rodete, su oreja menuda y apretada, como

para no perder sonido. Cuando hube permanecido así un buen rato,

llamando sin duda la atención por mi insistencia en considerar á aquella

mujer, sentí que me daban un golpecito en el hombro, y oí que me decía

mi compañero de armas Alberto Castro:

--¡Cuidadito!

--Cuidadito ¿por qué?--respondí bajando los anteojos.

--Porque te veo en peligro de enamorarte de Afra Reyes, y si está de

Dios que ha de suceder, al menos no será sin que yo te avise y te entere

de su historia. Es un servicio que los hijos de Marineda debemos á los

forasteros.

--¿Pero tiene historia?--murmuré haciendo un movimiento de repugnancia;

porque, aún sin amar á una mujer, me gusta su pureza, como agrada el

aseo de casas donde no pensamos vivir nunca.

--En el sentido que se suele dar á la palabra historia, Afra no la

tiene... Al contrario, es de las muchachas más formales y menos coquetas

que se encuentran por ahí. Nadie se puede alabar de que Afra le devuelva

una miradita, ó le diga una palabra de esas que dan ánimos. Y si no, haz

la prueba: dedícate á ella; mírala más; ni siquiera se dignará volver la

cabeza. Te aseguro que he visto á muchos que anduvieron locos y no

pudieron conseguir ni una ojeada de Afra Reyes.

--Pues entonces... ¿qué?... ¿Tiene algo... en secreto? ¿Algo que manche

su honra?

--Su honra, ó si se quiere, su pureza... repito que ni tiene ni tuvo.

Afra, en cuanto á eso... como el cristal. Lo que hay te lo diré... pero

no aquí; cuando se acabe el teatro saldremos juntos, y allá por el

Espolón, donde nadie se entere... Porque se trata de cosas graves... de

mayor cuantía.

Esperé con la menor impaciencia posible á que terminasen de cantar _La

bruja_, y así que cayó el telón, Alberto y yo nos dirigimos de bracero

hacia los muelles. La soledad era completa, á pesar de que la noche

tibia convidaba á pasear, y la luna plateaba las aguas de la bahía,

tranquila á la sazón como una balsa de aceite, y misteriosamente blanca

á lo lejos.

--No creas--dijo Alberto--que te he traído aquí sólo para que no me

oyese nadie contarte la historia de Afra. También es que me pareció

bonito referirla en el mismo escenario del drama que esta historia

encierra. ¿Ves este mar tan apacible, tan dormido, que produce ese rumor

blando y sedoso contra la pared del malecón? ¡Pues sólo este mar... y

Dios, que lo ha hecho, pueden alabarse de conocer la verdad entera

respecto á la mujer que te ha llamado la atención en el teatro! Los

demás la juzgamos por meras conjeturas... ¡y tal vez calumniamos al

conjeturar! Pero hay tan fatales coincidencias; hay apariencias tan

acusadoras en el mundo... que no podría disiparlas sino la voz del mismo

Dios que ve los corazones y sabe distinguir al inocente del culpado.

«Afra Reyes es hija de un acaudalado comerciante; se educó algún tiempo

en un colegio inglés, pero su padre tuvo quiebras, y por disminuir

gastos recogió á la chica, interrumpiendo su educación. Con todo, el

barniz de Inglaterra se le conocía: traía ciertos gustos de

independencia y mucha afición á los ejercicios corporales. Cuando llegó

la época de los baños no se habló en el pueblo sino de su destreza y

vigor para nadar; una cosa sorprendente.

»Afra era amiga íntima, inseparable, de otra señorita de aquí, Flora

Castillo; la intimidad de las dos muchachas continuaba la de sus

familias. Se pasaban el día juntas; no salía la una si no la acompañaba

la otra; vestían igual y se enseñaban, riendo, las cartas amorosas que

las escribían. No tenían novio, ni siquiera demostraban predilección por

nadie. Vino del Departamento cierto marino muy simpático, de hermosa

presencia, primo de Flora, y empezó á decirse que el marino hacía la

corte á Afra, y que Afra le correspondía con entusiasmo. Y lo notamos

todos: los ojos de Afra no se apartaban del galán, y al hablarle, la

emoción profunda se conocía hasta en el anhelo de la respiración y en lo

velado de la voz. Cuando á los pocos meses se supo que el consabido

marino realmente venía á casarse con Flora, se armó un caramillo de

murmuraciones y chismes y se presumió que las dos amigas reñirían para

siempre. No fue así; aunque desmejorada y triste, Afra parecía

resignada, y acompañaba á Flora de tienda en tienda á escoger ropas y

galas para la boda. Esto sucedía en Agosto.

»En Septiembre, poco antes de la fecha señalada para el enlace, las dos

amigas fueron, como de costumbre, á bañarse juntas allí... ¿no ves? en

la playita de San Wintila, donde suele haber mar brava. Generalmente las

acompañaba el novio, pero aquel día sin duda tenía que hacer, pues no

las acompañó.

»Amagaba tormenta; la mar estaba picadísima; las gaviotas chillaban

lúgubremente, y la criada que custodiaba las ropas y ayudaba á vestirse

á las señoritas, refirió después que Flora, la rubia y tímida Flora,

sintió miedo al ver el aspecto amenazador de las grandes olas verdes que

rompían contra el arenal. Pero Afra, intrépida, ceñido ya su traje

marinero, de sarga azul obscura, animó con chanzas á su amiga.

Metiéronse mar adentro cogidas de la mano, y pronto se las vió nadar,

agarradas también, envueltas en la espuma del oleaje.

»Poco más de un cuarto de hora después salió á la playa Afra sola,

desgreñada, ronca, lívida, gritando, pidiendo socorro, sollozando que á

Flora la había arrastrado el mar...

Cuentos de amor · 第 8 / 15 段