»Cuando llegó la chiquilla á presumir de mujer, empezaron también á

requebrarla y á rondarla los señoritos en los días de ferias y fiestas,

y yo á rabiar cuando notaba que la hacían cocos. Ella se reía y me decía

siempre, mirándome mucho á la cara:--Padrino (me llamaba así), vamos á

burlarnos de estos tontos; á usted le quiero más que á ninguno.--Me

complacía tanto que me lo dijese (¡cosas del demonio!) que la reñía sólo

por oirla repetir:--Le quiero más á usted...--Hasta que una vez, muy

bajito, al oído:--¡Le quiero más, y me gusta más... y no me casaré,

nunca, padrino!--¡Por éstas, que así habló la rapaza!

»Se me trastornó el sentido. Hice mal, muy mal, y sin embargo, no sé, en

mi pellejo, lo que harían más de cien santones. En fin, repito que me

puse como lunático, y sin intención, sin premeditar las consecuencias

(porque repito que perdí la chaveta completamente), yo, que había vivido

más de veinte años como hombre de bien y marido leal, lo eché á rodar

todo en un día... en un cuarto de hora...

»Todo á rodar, no; porque tan cierto como que Dios nos oye, yo seguía

consagrando un cariño profundo, inalterable, á mi mujer, y si me

proponen que la deje y me vaya con Mercedes por esos mundos--se lo

confesé á Mercedes misma, no crea usted, y lloró á mares,--antes me

aparto de cien Mercedes que de mi esposa. Después de tantos años de vida

común, se me figuraba que Romana y yo habíamos nacido al mismo tiempo, y

que reunidos y cogidos de las manos debíamos morir. Sólo que Mercedes me

sorbía el seso, y cuando la sentía acercarse á mí, la sangre me daba una

sola vuelta de arriba abajo, y se me abrasaba el paladar, y en los oídos

me parecía que resonaba galope de caballos, un estrépito que me

aturdía.»

--¿Es de Mercedes el retrato que está sobre el piano?--pregunté al

viejo.

--De Mercedes es. Pues verá usted: Romana se malició algo, y los

chismosos intrigantes se encargaron de lo demás. Entonces, por evitar

disgustos, conté una historia: dije que unos señores de Marineda, que

iban á pasar larga temporada en Madrid, querían llevarse á Mercedes, y

lo que hice fué amueblar en Marineda un piso, donde Mercedes se

estableció decorosamente, con una criadita. A pretexto de asuntos, yo

veía á la muchacha una vez por semana lo menos. Así, la situación fué

mejor... vamos, más tolerable que si estuviesen las dos bajo un mismo

techo, y yo entre ellas.

»Romana callaba,--era muy prudente,--pero andaba inquieta, pensativa,

alterada; y decía yo: ¿por dónde estallará la bomba? Y estalló... ¿por

dónde creerá usted? Una tarde que volví de Marineda, mi mujer, sin darme

tiempo á soltar la capa, se encerró conmigo en su cuarto y me dijo que

no ignoraba el estado de Mercedes... ¡Ya supondrá usted cuál sería el

estado de Mercedes!... y que, pues había sufrido tanto y con tal

paciencia, lo que naciese, para ella, para Romana, tenía que ser en toda

propiedad..... como si lo hubiese parido Romana misma.

»Me quedé tonto. Y el caso es que mi mujer se expresaba de tal manera,

¡con un tono y unas palabras!, y tenía además tanta razón y tal sobra de

motivos para mandar y exigir, que apenas nació el niño y lo ví empañado,

lo envolví en un chal de calceta que me dió Romana para ese fin, y en el

coche de Marineda á Goyán hizo su primer viaje de este mundo.»

--¿Ese niño es el que está retratado al lado de su esposa de usted,

dentro de los marcos gemelos?

--Ajajá. Precisamente. ¡Mire usted: dificulto que ningún chiquillo, ni

Alfonso XIII, se haya visto mejor cuidado y más estimado! Romana, desde

que se apoderó del pequeño, no hizo caso de mí, ni de nadie, sino de él.

El niño dormía en su cuarto; ella le vestía, ella le desnudaba, ella le

tenía en el regazo, ella le enseñaba á juntar las letras y ella le hacía

rezar. Hasta formó resolución de testar en favor del niño... Sólo que él

falleció antes que Romana; como que al rapaz le dieron las viruelas el

20 de Marzo, y una semana después voló á la gloria... y Romana, el 7 de

Abril fué cuando la desahució el médico, y la perdí á la madrugada

siguiente.»

--¿Se la pegaron las viruelas?--pregunté al señor de Bernárdez, que se

aplicaba el pañuelo sin desdoblar á los ribeteados y mortecinos ojos.

--¡Naturalmente... Si no se apartó del niño!

--¿Y usted, cómo no se casó con Mercedes?

--Porque malo soy, pero no tanto como eso--contestó en voz temblona,

mientras una aguadilla que no se redondeó en lágrima asomaba á sus

áridos lagrimales.

Maldición de gitana

Siempre que se trata, entre gente con pretensiones de instruída, de

agorerías y supersticiones, no hay nadie que no se declare exento de

miedos pueriles, y punto menos desenfadado que don Juan frente á las

estatuas de sus víctimas. No obstante, transcurridos los diez minutos

consagrados á alardear de espíritu fuerte, cada cual sabe alguna

historia rara, algún sucedido inexplicable, una «coincidencia». (Las

coincidencias hacen el gasto.)

La ocasión más frecuente de hablar de supersticiones la ofrecen los

convites. De los catorce ó quince invitados se excusan uno ó dos: al

sentarse á la mesa, alguien nota que son trece los comensales,--y al

punto decae la animación, óyense forzadas risas y chanzas poco sinceras,

y los amos de la casa se ven precisados á buscar, aunque sea en los

infiernos, un número catorce. Conjurado ya el mal sino, renace el

contento; las risitas de las señoras tienen un sonido franco; se ve que

los pulmones respiran á gusto. ¿Quién no ha asistido á un episodio de

esta índole?

En el último que presencié pude observar que Gustavo Lizana, mozo asaz

despreocupado, era el más carilargo al contar trece, y el que más

desfrunció el gesto cuando fuímos catorce. No hacía yo tan supersticioso

á aquel infatigable cazador y _sportsman_, y extrañándome verle hasta

demudado en los primeros momentos, á la hora del café le llevé hacia un

ángulo del saloncillo japonés, y le interrogué directamente.

--Una coincidencia--respondió, como era de presumir; y al ver que yo

sonreía, me ofreció con un ademán el sofá bordado, en cuyos cogines una

bandada de grullas blancas con patitas rosa volaba sobre un cañaveral de

oro, nacido en fantástica laguna: se sentó él en una silla de bambú, y

rápidamente, entrecortando la narración con agitados movimientos, me

refirió su _coincidencia_ del número fatídico.

--Mis dos amigos íntimos--los de corazón--eran los dos chicos de

Mayoral, de una familia extremeña antigua y pudiente. Habíamos estado

juntos en el colegio de los jesuítas, y cuando salimos al mundo, la

amistad se estrechó. Llamábanse el mayor Leoncio y el otro Santiago; y

habrá usted visto pocas figuras más hermosas, pocos muchachos más

simpáticos y pocos hermanos que tan entrañablemente se quisiesen.

Huérfanos de padre y madre, y dueños de su hacienda, no conocían tuyo ni

mío: bolsa común, confianza entera, y á pesar de la diferencia de

caracteres--Leoncio nervioso y vehemente hasta lo sumo, y Santiago de un

genio igual y pacífico--inalterable armonía. A mí me llamaban, en broma,

su otro hermano, y la gente, á fuerza de vernos unidos, había llegado á

pensar que éramos, cuando menos, próximos parientes los Mayoral y yo.

Apasionados cazadores los tres, nos íbamos semanas enteras á las dehesas

y cotos que los Mayoral poseían en la Mancha y Extremadura, donde hay de

cuanta alimaña Dios crió, desde perdices y conejos hasta corzos,

venados, jabalís, ginetas y gatos monteses.

Con buen refuerzo de escopetas negras y una jauría de excelentes

podencos, hacíamos cada ojeo y cada batida, que eran el asombro de la

comarca. De estas excursiones resolvimos una cierto día de San Leoncio;

no cabe olvidar la fecha. Nos había convidado juntos una tía de los de

Mayoral, señora discretísima y madre de una muchacha encantadora, por

quien Santiago bebía los vientos: sutilizando mucho, creo que esta

pasión de Santiago tuvo su parte de culpa en la desgracia que sucedió:

ya diré por qué.

Ello es que nos reunimos en la casa, donde, con motivo de la fiesta,

había otros varios convidados: amiguitas de la niña, señores formales,

íntimos de la mamá... Y yo, que jamás contaba entonces los comensales,

al pasar al comedor, involuntariamente, me fijo en los platos... ¡Eramos

trece, trece justos!

Ni se me ocurrió chistar: por otra parte, no sentía aprensión.

Estaríamos á la mitad de la comida, cuando lo advirtió el ama de la

casa, y dijo riéndose:--«¡Hola! ¡Pues con el resfriado de Julia, que la

impidió venir, nos hemos quedado en la docena del fraile! No asustarse,

señores; que aquí nadie ha cumplido los sesenta más que yo, y en todo

caso seré la escogida.»--¿Qué habíamos de hacer? Lo echamos á broma

también, y brindamos alegremente por que se desmintiese el augurio. Y

había allí un señor que, presumiendo de gracioso, dijo con sorna:--«Es

muy malo comer trece... cuando sólo hay comida para doce».

A la madrugada siguiente tomamos el tren y salimos hacia el cazadero. La

expedición se presentaba magnífica; la temperatura era, como de mediados

de Septiembre, templada y deliciosa; cada tarde los zurrones volvían

atestados de piezas, y para mayor satisfacción, nos habían anunciado que

andaban reses por el monte, y que el primer ojeo nos prometía rico

botín. Decidimos que este ojeo principiase un miércoles por la mañana, y

apenas despachadas las migas y el chocolate, salimos á cabalgar nuestros

jacos, que nos esperaban á la puerta, entre el tropel de las escopetas

negras y la gresca y alborozo de los perros. Como tengo tan presentes

las menores circunstancias de aquel día, recuerdo que me extrañó mucho

la furia con que los animales ladraban, y al asomarme fuera, ví, apoyada

en uno de los postes del emparrado que sombreaba la puerta, á una gitana

atezada, escuálida, andrajosa.

Podría tener sus veinte años, y si la suciedad, la descalcez y las

greñas no la afeasen, no carecería de cierto salvaje atractivo, porque

los ojos brillaban en su faz cetrina como negros diamantes, los dientes

eran piñones mondados y el talle un junco airoso. Los pingajos de su

falda apenas cubrían sus desnudos y delgados tobillos, y al cuello tenía

una sarta de vidrio, mezclada con no sé qué amuletos. Dije que sus ojos

brillaban, y era cierto; brillaban de un modo raro, que no supe definir;

los tenía clavados en Santiago--que, lo repito, era un muchacho

arrogante, rubio y blanco, y en aquel instante, subido al poyo de montar

y con un pie en el estribo, con su sombrero de alas anchas, su bizarro

capote hecho de una manta zamorana, de vuelto cuello de terciopelo

verde, y sus altos zajones de caza, que marcaban la derechura de la

pierna, aún parecía más apuesto y gallardo.--Y á Santiago fué á quien

dirigió sus letanías la egipcia, soltándole esos requiebros raros que

gastan ellas, y ofreciéndose á decirle la buenaventura. En aquel

momento, Santiago, de seguro, pensaba en el dulce rostro de su novia, y

el contraste con el de la gitana debió de causarle una impresión de

repugnancia hacia ésta; porque era galante con todas las mujeres, y sin

embargo, soltó una frase dura y hasta cruel, una frase fatal... yo así

lo creo...

--¿Qué buenaventura vas á darme tú?--exclamó Santiago.--¡Para ti la

quisieras! ¡Si tuvieses ventura, no serías tan fea y tan negra,

chiquilla!

La gitana no se inmutó en apariencia, pero yo noté en sus ojos algo que

parecía la sombra de un abismo; y fijándolos de nuevo en Santiago, que

estaba á caballo ya, articuló despacio, con indiferencia atroz y en voz

ronca:

--¿No quieres buenaventuras, jermoso? Pues toma mardisiones... Premita

Dios... Premita Dios... ¡que vayas montao y vuelvas tendío!

Yo no sé con qué tono pudo decirlo la malvada, que nos quedamos de

hielo. Leoncio, en especial, como adoraba en su hermano, se demudó un

poco y avanzó hacia la gitana en actitud amenazadora; los perros, que

conocen tan perfectamente las intenciones de sus amos, se abalanzaron

ladrando con furia; uno de ellos hincó los dientes en la pierna desnuda

de la mujer, que dió un chillido. Esto bastó para que Leoncio y yo, y

todos, incluso Santiago, nos distrajésemos de la maldición y pensásemos

únicamente en salvar á la bruja moza, en riesgo inminente de ser

destrozada por la jauría. Contenidos los perros, cuando volvimos la

cabeza, la gitana ya no parecía por allí; sin duda se había puesto en

cobro, aunque nadie supo por donde.

Al llegar aquí de su narración Gustavo, me hirió de súbito un recuerdo.

--Espere usted, espere usted...--murmuré recapacitando.--Creo que

conozco el final de la historia... Cuando usted nombró á los Mayoral,

empezó á trabajar mi cabeza... El nombre _me sonaba_... Tengo idea de

que conozco á los dos hermanos, y ya voy reconstruyendo su figura...

Leoncio, vivo, moreno, delgado; Santiago, rubio y algo más grueso...

¿Fué en esa cacería donde?...

--Donde Leoncio, creyendo disparar á un corzo, mató á Santiago de un

balazo en la cabeza--respondió lentamente Gustavo, cruzando las manos

con involuntaria angustia.--Santiago _volvió tendido_... Perdí á la vez

mis dos amigos; porque el matador, si no enloqueció de repente, como

pasa en las novelas y en las comedias, quedó en un estado de

perturbación y de alelamiento que fué creciendo cada día; y quizás por

olvidar cortos instantes la horrible escena, se entregó--él que era tan

formalillo que hasta le embromábamos--á mil excesos, acabando así de

idiotizarse. ¿Después de saber esta _coincidencia_, extrañará usted que

me agrade poco sentarme á una mesa de trece? Por más que quiero

dominarme, se me conoce el miedo... ¡El miedo, sí; hay que llamar á las

cosas por su nombre!

--¿Y volvió á parecer la gitana?--pregunté con curiosidad.

--¡La gitana! ¡Quién sabe adónde vuelan esas cornejas agoreras!--exclamó

Gustavo sombríamente.--Los de esa casta no tienen poso ni paradero...

Como dice Cervantes, á su ligereza no la impiden grillos, ni la detienen

barrancos, ni la contrastan paredes... Cuando velábamos al pobre

Santiago, y tratábamos de impedir que se suicidase el desesperado

Leoncio, ya la bruja debía de estar entre breñas, camino de Huelva ó de

Portugal.

La bicha

Han leído ustedes á Selgas?--preguntó la discreta viuda, cerrando su

abanico antiguo de _vernis Martín_, una de esas joyas que para todo

sirven, excepto para abanicarse.--¿Han leído á Selgas?

Los que formábamos _peñita_ en la estufa, huyendo de los sofocados y

atestados salones, movimos la cabeza. ¿Selgas? Un autor á quien, como

suele decirse, «le ha pasado el sol por la puerta»... Nombre casi

borrado ya...

--Pues era ingenioso--declaró la viudita--y á mí me divertía

muchísimo... En no sé qué libro suyo--las citas exactas allá para los

sabiondos--sienta una teoría sustanciosa, no crean ustedes. A propósito

del sistema parlamentario, que le fastidiaba mucho, dice que mientras

nadie se queja de lo que no escoge, todo el mundo rabia con lo que

escogió; que rara vez nos mostramos descontentos de nuestros padres ni

de nuestros hijos, pero que de los cónyuges y de los criados siempre hay

algo malo que contar. ¿Verdad que es gracioso? Sólo que en ese capítulo

de la elección conyugal, le faltó distinguir... Se le olvidó decir que

sólo los hombres eligen, mientras las mujeres toman lo que se

presenta... Y el caso es que la elección conyugal confirma la teoría de

Selgas: los hombres, que escogen amplia y libremente, son los que

escogen peor.

Esta afirmación de la viuda levantó un turbión de humorísticas protestas

entre el elemento masculino de la peñita.

--No hay que amontonarse--exclamó la señora intrépidamente.--Los hombres

que aciertan, aciertan como _el consabido_ de la fábula... Y si no... á

la prueba. Todos los jueves que nos reunamos aquí--en este rincón, á la

sombra de estos pandanos tan colosales, cerca de esta fuente tan bonita

con la luz eléctrica--me ofrezco á contarles á ustedes una historia de

elección conyugal masculina... que les parecerá increíble. Empezaremos

ahora mismo... Ahí va la de hoy.

Cuando perdí á mi marido, tuve que vivir varios años en una capital de

provincia, desenredando asuntos de mucho interés para mí y para mis

hijos. Ya saben ustedes que no soy huraña, y pasado el luto, aproveché

las contadas ocasiones de ver gente que se ofrecían allí. Había una

Sociedad de recreo que daba en Carnaval dos ó tres bailes de máscaras, y

me gustaba ir á sentarme en un palco, acompañada de varias amigas y

amigos de los que solían hacerme tertulia, y divertirme en remirar los

disfraces caprichosos, la animación y las bromas que se corrían abajo,

en el hervidero de la sala. Eran bailes en que se mezclaban el señorío y

la mesocracia con bastantes familias artesanas, sin que se conociesen

mucho las diferencias entre estas clases sociales--porque las artesanas

de M*** se visten, peinan y prenden con gusto, son guapas y tienen aire

fino.--La Junta directiva sólo excluía rigurosamente á las mujeres

notoriamente indignas; y figúrense ustedes el espanto de la concurrencia

cuando, la noche del lunes de Carnaval, empezó á esparcirse la voz de

que estaba en el baile, enmascarada y del brazo de un socio, la célebre

Natalia, por otro nombre _La Bicha_ (la _Culebra_); la daban este apodo

por su fama de mala y engañadora, ó, según otros, porque tenía la cabeza

pequeñita, la tez morena aceitunada y el pelo casi azulado de puro

negro; señas de cuya exactitud pudimos cerciorarnos todos, como verán

ustedes.

Al saberse la noticia, justamente se hallaba en mi palco el presidente

de la Sociedad, señor viudo, acaudalado y respetable, padre de una niña

preciosa que yo me llevaba á casa por las tardes á jugar con la

chiquilla mía. Sobrecogido y turbado, el presidente se agitaba en el

asiento, haciendo coraje, como suele decirse, para bajar á cumplir su

deber de expulsar á la intrusa. Comprenderán ustedes que no existe deber

más penoso: ir á darle en público un bofetón á una mujer... ¡sea quien

sea! Todos seguíamos con los ojos á la máscara sospechosa, y la

indignación fermentaba. Abandonada desde el primer run-run por el socio

que la introdujo y que se dió prisa á desaparecer; asaltada por unos

cuantos mozalbetes, que la asaetaban con insolentes pullas y

dicharachos; aislada á la vez en un espacio libre--porque todas las

demás mujeres se apartaban--la _Culebra_, apretando contra el rostro su

antifaz, recogiendo los pliegues de su manto de _beata_, como para

ocultarse, permanecía apoyada en una columna de las que sostienen los

palcos, en actitud de fiera á quien acosan. Por fin, el presidente se

decidió, y, tomando precipitadamente el sombrero, salió al pasillo;

pronto le vimos aparecer en el salón y dirigirse á donde estaba la

_Culebra_. A las frases secas y rápidas, cual latigazos, del presidente,

los mozalbetes se desviaron, dejando sola á la mujer; y ésta, con un

movimiento de soberbia que remedaba la dignidad, revolviéndose bajo el

ultraje, se arrancó de súbito la careta de raso negro, echó atrás el

manto, y descubierta la cabeza, erguido el cuello, rechispeantes los

ojos, miró, retó, fulminó al presidente primero, después, circularmente,

á todo el concurso, á las señoras, á las señoritas, que volvían la cara

ruborizándose, á los hombres que cuchicheaban y se reían... Y despacio,

sin bajar la frente, pasó por entre la multitud apiñada que se

estremecía á su contacto, y todavía, desde la puerta, volviéndose,

disparó el venablo de sus pupilas (¡qué mirada aquella, Dios mío!) al

presidente, que accionaba entre un círculo de individuos de la Directiva

y de señores que le felicitaban por su acción... Minutos después, muy

exaltado, volvía al palco el buen señor, y al acompañarme, á la salida,

todavía hablaba del descoco de la pájara, refiriéndonos, con el recato

posible, su vida y milagros, capaces, ciertamente, de poner colorada á

una estatua de piedra.

A la vuelta de cinco meses; cuando á las frioleras diversiones del

Carnaval reemplazan los idílicos goces de las giras y de las campestres

romerías,--empezó á susurrarse en M*** que el presidente de la Sociedad

_Centro de Amigos_, el honrado y formal don Mariano Subleiras, con sus

cincuenta del pico, su viudez y su niña encantadora, pasaba á segundas

nupcias... ¿Ya han adivinado ustedes con quién?... ¡Con la propia

Natalia, la _Bicha_, la prójima echada del baile!--Al oirlo, sepan

ustedes que no lo puse en duda ni un momento. Dirán ustedes que soy

pesimista... Digan lo que quieran, ¡El caso es que yo, en seguida, creí

firmemente que era gran verdad eso que á todos les parecía el colmo de

lo absurdo!--¿Pero no se acuerda usted?--me objetaban.--Pero si fué él

mismo quien la puso de patitas...--Pues por eso, cabalmente por

eso--contestaba yo, dejándoles con la boca de un palmo. Al fin, tanto me

calentaron la cabeza con la boda dichosa, que entre el deseo de

complacer y la lástima que me infundía la pequeña, aquella rubita

monísima, amenazada de madrastra semejante, me decidí á meterme donde

no me llamaban y á hacer á don Mariano el siempre inoportuno regalo del

buen consejo... Le llamé á capítulo, le prediqué un sermón que ni un

padre capuchino; estuve elocuente, les aseguro que sí... Y me puse muy

hueca cuando al terminar mi plática, don Mariano, al parecer conmovido,

murmuró aplicando el pico del pañuelo á los ojos:--Prometo á usted que

no me casaré con la Natalia...

--¿Y al poco tiempo se casó?--interrogaron con malicia los de la peña.

--No, señores... No se casó al poco tiempo... ¡Cuando me empeñaba una

palabra inquebrantable... estaba ya casado... secretamente!

Hubo en el grupo exclamaciones, risas, comentarios, y Ramiro Nozales,

que la echaba de observador, pronunció con énfasis:

--¡Qué humano es eso!

--Lo que á mí me preocupó mucho entonces--prosiguió la señora--fué

averiguar cómo se las había compuesto la lagarta para hacer presa en don

Mariano. Su móvil era patente: una venganza que eriza el pelo... Pero,

¿de qué medios se había valido? Cuando fué expulsada del baile, don

Mariano sólo la conocía de vista y por su lamentable reputación...

Excitada mi curiosidad, en que entraba tanto interés por la pobre niña,

pude averiguar algo... ¡Algo que también va usted á decir que es _muy

humano_, amigo Nozales, porque conozco su escuela de usted!... Parece

que la _Bicha_ se presentó en casa de don Mariano días después de la

expulsión, y bañada en lágrimas, y con hartos desmayos y suspiros, le

pidió reparación del ultraje; reparación... ¿cómo diré yo?, una

reparación privada, una palabra benévola, una excusa, algo que la

consolase, porque desde aquel episodio se sentía enferma, abatida y á

punto de muerte... «De otra persona, mire usted, no me hubiese

importado; pero de usted... vamos, de usted... un señor tan digno, un

señor tan virtuoso...», dicen que silbaba la _Culebra_, empezando

insensiblemente á enroscarse... De aquí al vasito de agua, á contar una

larga historia, á ser escuchada y compadecida, visitada después, á

enlazar con el primer anillo, á deslizarse, á abrazar ya con las roscas

flexibles el pecho, la cabeza y el cuerpo todo... el camino ni es largo

ni difícil, y en cuatro meses y medio lo anduvo la _Bicha_... hasta

llegar á la iglesia.--Al año siguiente, la noche del lunes de Carnaval,

don Mariano y su señora ocupaban el palco fronterizo al mío... Fué la

primera vez que aparecieron juntos en público. Después, ya nunca vimos

solo á don Mariano; á ella, sí. Contaban que su mujer le mandaba de tal

suerte, que, al salir de casa, le dejaba encerrado...

--¿Y la niña?--preguntó Nozales con afán triste.

--¡Ah!--suspiró la señora.--La niña... me han escrito de allá que murió

tísica!...

Sangre del brazo

El lunes de Pascua de Resurrección, con un sol esplendente y un aire

tibio y perfumado, que provocaba impaciencias y fervorines primaverales

en los retoños frescos de los árboles y en los senderos que deseaban

florecer y donde á las últimas violetas descoloridas hacían competencia

las primeras campánulas blancas y las margaritas de rosado

cerco,--unieron sus destinos en la capilla del restaurado castillo

señorial la linda heredera de la noble casa y estados de Abencerraje,

con el apuesto y galán marquesito de Alcalá de los Hidalgos.

Cuentos de amor · 第 10 / 15 段