Nos esperaba un coche á mi marido y á mí, coche que nos había de llevar

á una casa de campo de él, á pasar la primer semana después de la

boda.--Chiquillo, no sé si fué el movimiento del coche ó si fué el aire

libre, ó buenamente que estaba yo como una uva,--pero lo cierto es que

apenas me ví sola con el tal hombre y él pretendió hacerme garatusas

cariñosas, se me desató la lengua, se me arrebató la sangre, y le solté

de pe á pa lo del teniente, y que sólo al teniente quería, y teniente va

y teniente viene, y dale con si me han casado contra mi gusto, y toma

conque ya me desquitaría y le mataría á palos... Barbaridades, cosas que

inspira el vino á los que no acostumbran... Y mi esposo, más pálido que

un muerto, mandó que volviese atrás el coche, y en el acto me devolvió á

mi casa.--Es decir, esto me lo dijeron luego, porque yo, de puro

borrachina... de nada me enteré.

--¿Y nunca más te quiso recibir tu marido?

--Nunca más. Parece que le espeté atrocidades tremendas. Ya ves; quien

hablaba por mi boca era el maldito espumoso...

--¿Y... en tu casa? ¿Te admitieron contentos?

--¡Quiá! Mi madrastra me insultaba horriblemente, y mi padre lloraba por

los rincones... Preferí tomar la puerta, ¡qué caramba!

--¿Y... el teniente?

--¡Sí, busca teniente! Al saber mi boda se había echado otra novia, y se

casó con ella poco después.

--¿Sabes que has tenido mala sombra?

--Mala por cierto... Pero creo que si todas las mujeres hablasen lo que

piensan, como hice yo por culpa del Champagne, más de cuatro y más de

ocho se verían peor que esta individua.

--¿Y no te da tu marido alimentos? La ley le obliga.

--¡Bah! Eso ya me lo avisó un abogadito que tuve... ¡El diablo que se

meta á pleitear! ¿Voy á pedirle que me mantenga á ese, después del

desengaño que le costé? Anda, ponme más Champagne... Ahora ya puedo

beber lo que quiera. No se me escapará ningún secreto.

Sor Aparición

En el convento de las Clarisas de S..., al través de la doble reja baja,

ví á una monja postrada, adorando. Estaba de frente al altar mayor, pero

tenía el rostro pegado al suelo, los brazos extendidos en cruz, y

guardaba inmovilidad absoluta. No parecía más viva que los yacentes

bultos de una reina y una infanta, cuyos mausoleos de alabastro

adornaban el coro. De pronto la monja prosternada se incorporó, sin duda

para respirar, y pude distinguir sus facciones. Se notaba que había

debido de ser muy hermosa en sus juventudes, como se conoce que unos

paredones derruídos fueron palacios espléndidos. Lo mismo podría contar

la monja ochenta años que noventa: su cara, de una amarillez sepulcral,

su temblorosa cabeza, su boca consumida, sus cejas blancas, revelaban

ese grado sumo de la senectud en que hasta es insensible el paso del

tiempo.

Lo singular de aquella cara espectral, que ya pertenecía al otro mundo,

eran los ojos. Desafiando á la edad, conservaban, por caso extraño, su

fuego, su intenso negror, y una violenta expresión apasionada y

dramática. La mirada de tales ojos no podía olvidarse nunca. Semejantes

ojos volcánicos serían inexplicables en monja que hubiese ingresado en

el claustro ofreciendo á Dios un corazón inocente; delataban un pasado

borrascoso; despedían la luz siniestra de algún terrible recuerdo. Sentí

ardiente curiosidad, sin esperar que la suerte me deparase á alguien

conocedor del secreto de la religiosa.

Sirvióme la casualidad á medida del deseo. La misma noche, en la mesa

redonda de la posada, trabé conversación con un caballero machucho, muy

comunicativo y más que medianamente perspicaz, de esos que gozan cuando

enteran á un forastero. Halagado por mi interés, me abrió de par en par

el archivo de su feliz memoria. Apenas nombré el convento de las Claras

é indiqué la especial impresión que me causaba el mirar de la monja, mi

guía exclamó:

--¡Ah! ¡Sor Aparición! Ya lo creo, ya lo creo... Tiene un _no sé qué_ en

los ojos... Lleva escrita allí su historia. Donde usted la ve, los dos

surcos de las mejillas, que de cerca parecen canales, se los han abierto

las lágrimas. ¡Llorar más de cuarenta años! Ya corre agua salada en

tantos días... El caso es que el agua no le ha apagado las brasas de la

mirada... ¡Pobre Sor Aparición! Le puedo descubrir á usted el _quid_ de

su vida mejor que nadie, porque mi padre la conoció moza, y hasta creo

que la hizo unas miajas el amor... ¡Es que era una deidad!

Sor Aparición se llamó en el siglo Irene. Sus padres eran gente hidalga,

ricachos de pueblo; tuvieron varios retoños, pero los perdieron, y

concentraron en Irene el cariño y el mimo de hija única. El pueblo donde

nació se llama A... Y el destino, que con las sábanas de la cuna empieza

á tejer la cuerda que ha de ahorcarnos, hizo que en ese mismo pueblo

viese la luz, algunos años antes que Irene, el famoso poeta...

Lancé una exclamación y pronuncié, adelantándome al narrador, el

glorioso nombre del autor del _Arcángel maldito_,--tal vez el más

genuino representante de la fiebre romántica;--nombre que lleva en sus

sílabas un eco de arrogancia desdeñosa, de mofador desdén, de acerba

ironía y de nostalgia desesperada y blasfemadora. Aquel nombre y el

mirar de la religiosa se confundieron en mi imaginación, sin que todavía

el uno me diese la clave del otro, pero anunciando ya, al aparecer

unidos, un drama del corazón de esos que chorrean viva sangre.

--El mismo--repitió mi interlocutor--el célebre Juan de Camargo, orgullo

del pueblecito de A..., que ni tiene aguas minerales, ni santo

milagroso, ni catedral, ni lápidas romanas, ni nada notable que enseñar

á los que lo visitan, pero repite envanecido: «En esta casa de la plaza

nació Camargo.»

--Vamos--interrumpí--ya comprendo; Sor Aparición... digo, Irene, se

enamoró de Camargo, él la desdeñó, y ella, para olvidar, entró en el

claustro...

--¡Chsss!--exclamó el narrador sonriendo;--¡espere usted, espere usted,

que si no fuese más! De eso se ve todos los días; ni valdría la pena de

contarlo. No; el caso de Sor Aparición tiene miga. Paciencia, que ya

llegaremos al fin.

De niña, Irene había visto mil veces á Juan de Camargo, sin hablarle

nunca, porque él era ya mozo y muy huraño y retraído: ni con los demás

chicos del pueblo se juntaba. Al romper Irene su capullo, Camargo,

huérfano, ya estudiaba leyes en Salamanca, y sólo venía á casa de su

tutor durante las vacaciones. Un verano, al entrar en A..., el

estudiante levantó por casualidad los ojos hacia la ventana de Irene y

reparó en la muchacha, que fijaba en él los suyos... unos ojos de date

preso, dos soles negros, porque ya ve usted lo que son todavía ahora.

Refrenó Camargo el caballejo de alquiler, para recrearse en aquella

soberana hermosura; Irene era un asombro de guapa. Pero la muchacha,

encendida como una amapola, se quitó de la ventana cerrándola de golpe.

Aquella misma noche, Camargo, que ya empezaba á publicar versos en

periodiquillos, escribió unos, preciosos, pintando el efecto que le

había producido la vista de Irene en el momento de llegar á su pueblo...

Y envolviendo en los versos una piedra, al anochecer la disparó contra

la ventana de Irene. Rompióse el vidrio, y la muchacha recogió el papel

y leyó los versos, no una vez, ciento, mil: los bebió, se empapó en

ellos. Sin embargo, aquellos versos, que no figuran en la colección de

las poesías de Camargo, no eran declaraciones amorosas, sino algo raro,

mezcla de queja é imprecación. El poeta se dolía de que la pureza y la

hermosura de la niña de la ventana no se hubiesen hecho para él, que era

un réprobo. Si él se acercase, marchitaría aquella azucena... Después

del episodio de los versos, Camargo no dió señales de acordarse de que

existía Irene en el mundo, y en Octubre se dirigió á Madrid. Empezaba el

período agitado de su vida, las aventuras políticas y la actividad

literaria.

Desde que Camargo se marchó, Irene se puso triste, llegando á enfermar

de pasión de ánimo. Sus padres intentaron distraerla; la llevaron algún

tiempo á Badajoz, la hicieron conocer jóvenes, asistir á bailes; tuvo

adoradores, oyó lisonjas... pero no mejoró de humor ni de salud.

No podía pensar sino en Camargo, á quien era aplicable lo que dice Byron

de _Lara_: que los que le veían no le veían en vano; que su recuerdo

acudía siempre á la memoria, pues hombres tales lanzan un reto al desdén

y al olvido. No creía la misma Irene hallarse enamorada; juzgábase sólo

víctima de un maleficio, emanado de aquellos versos tan sombríos, tan

extraños. Lo cierto es que Irene tenía eso que ahora llaman obsesión, y

á todas horas veía _aparecerse_ á Camargo, pálido, serio, el rizado pelo

sombreando la pensativa frente... Los padres de Irene, al observar que

su hija se moría minada por un padecimiento misterioso, decidieron

llevarla á la corte, donde hay grandes médicos para consultar y también

grandes distracciones.

Cuando Irene llegó á Madrid, era célebre Camargo. Sus versos fogosos,

altaneros, de sentimiento fuerte y nervioso, hacían escuela; sus

aventuras y genialidades se comentaban. Asociada con él una pandilla de

perdidos, de bohemios desenfadados é ingeniosos, cada noche inventaban

nuevas diabluras, y ya turbaban el sueño de los honrados vecinos, ya

realizaban las orgiásticas proezas á que aluden ciertas poesías

blasfemas y obscenas, que algunos críticos aseguran que no son de

Camargo en realidad. Con las borracheras y el libertinaje alternaban las

sesiones en las logias masónicas y en los comités; Camargo se preparaba

ya la senda de la emigración. No estaba enterada de todo esto la

provinciana y cándida familia de Irene; y como se encontrasen en la

calle al poeta, le saludaron alegres, que al fin era _de allá_.

Camargo, sorprendido otra vez de la hermosura de la joven; notando que

al verle se teñían de púrpura las descoloridas mejillas de una niña tan

preciosa, les acompañó, y prometió visitar á sus convecinos. Quedaron

lisonjeados los pobres lugareños, y creció su satisfacción al notar que

de allí á pocos días, habiendo cumplido Camargo su promesa, Irene

revivía. Desconocedores de la crónica, les parecía Camargo un yerno

posible, y consintieron que menudease las visitas.

Veo en su cara de usted que cree adivinar el desenlace... ¡No lo

adivina! Irene, fascinada, trastornada como si hubiese bebido zumo de

yerbas, tardó sin embargo seis meses en acceder á una entrevista á

solas, en la misma casa de Camargo. La honesta resistencia de la niña

fué causa de que los perdidos amigotes del poeta se burlasen de él, y el

orgullo, que es la raíz venenosa de ciertos romanticismos, como el de

Byron y el de Camargo, inspiró á éste una apuesta, un desquite satánico,

infernal. Pidió, rogó, se alejó, volvió, dió celos, fingió planes de

suicidio, é hizo tanto, que Irene, atropellando por todo, consintió en

acudir á la peligrosa cita. Gracias á un milagro de valor y decoro,

salió de ella pura y sin mancha, y Camargo sufrió una chacota que le

enloqueció de despecho.

A la segunda cita, se agotaron las fuerzas de Irene, se obscureció su

razón y fué vencida. Y cuando, confusa y trémula, yacía, cerrando los

párpados, en brazos del infame, éste exhaló una estrepitosa carcajada,

descorrió unas cortinas, é Irene vió que la devoraban los impuros ojos

de ocho ó diez hombres jóvenes, que también reían y palmoteaban

irónicamente...

Irene se incorporó, dió un salto, y sin cubrirse, con el pelo suelto y

los hombros desnudos, se lanzó á la escalera y á la calle. Llegó á su

morada seguida de una turba de pilluelos que la arrojaban barro y

piedras. Jamás consintió decir de dónde venía, ni qué le había

sucedido.--Mi padre lo averiguó, porque, casualmente, era amigo de uno

de los de la apuesta de Camargo.--Irene sufrió una fiebre de septenarios

en que estuvo desahuciada; así que convaleció, entró en este

convento--lo más lejos posible de A...--Su penitencia ha espantado á las

monjas: ayunos increíbles; mezclar el pan con ceniza; pasarse tres días

sin beber; las noches de invierno descalza y de rodillas, en oración:

disciplinarse, llevar una argolla al cuello, una corona de espinas bajo

la toca, un rallo á la cintura...

Lo que más edificó á sus compañeras, que la tienen por santa, fué el

continuo llorar. Cuentan--pero serán consejas--que una vez llenó de

llanto la escudilla del agua. ¡Y quién le dice á usted que de repente se

le quedan los ojos secos, sin una lágrima, y brillando de ese modo que

ha notado usted!--Esto aconteció más de veinte años hace; las gentes

piadosas creen que fué la señal del perdón de Dios. No obstante, Sor

Aparición, sin duda, no se cree perdonada, porque, hecha una momia,

sigue ayunando y postrándose y usando el cilicio de cerda...

--Es que hará penitencia por dos--respondí, admirada de que en este

punto fallase la penetración de mi cronista.--¿Piensa usted que Sor

Aparición no se acuerda del alma infeliz de Camargo?

¿Justicia?

Sin ser filósofo ni sabio; con sólo la viveza del natural discurso,

Pablo Roldán había llegado á formarse en muchas cuestiones un criterio

extraño é independiente; no digo que superior, porque no pienso que lo

sea,--pero al menos distinto del de la generalidad de los mortales.--En

todo tiempo habrán existido estas divergencias entre el modo de pensar

colectivo y el de algunos individuos innovadores ó retrógrados con

exceso, pues tanto nos separamos de nuestra época por adelantarnos como

por rezagarnos.

Uno de los problemas que Pablo Roldán consideraba de modo original y

hasta chocante, era el de la infidelidad de la esposa. Es de advertir

que Pablo Roldán estaba casado, y con dama tan principal, moza, hermosa

y elegante, que se llevaba los ojos y quizás el corazón de cuantos la

veían. Un tesoro así debiera hacer vigilante á su guardador; pero Pablo

Roldán no sólo alardeaba de confianza ciega, rayana en descuido, sinó

que declaraba que la vigilancia le parecía inútil, porque no juzgándose

_propietario_ de su bella mitad, no se creía en el caso de guardarla

como se guarda una viña, un huerto ó una caja de valores. Una

mujer--decía sonriendo Pablo--se diferencia de una fruta y de un rollo

de billetes de Banco, en que tiene conciencia y lengua. A nadie se le ha

ocurrido hacer responsable á la pavía si un ratero la hurta y se la

come. La mujer es capaz y responsable--y vean cómo realmente, pareciendo

tan bonachón, soy más rígido que ustedes los celosos extremeños.--La

mujer es responsable, culpable... entendámonos: cuando engaña. Claro que

la mía, moralmente, no conseguirá nunca engañarme, porque yo sería la

flor de los imbéciles si al acercarme á ella no comprendiese la

impresión que la produzco; si me ama, ó la soy indiferente, ó no me

puede sufrir. Del estado de su alma no necesitará mi esposa darme

cuenta: yo adivinaré... ¡No faltaría más! Y al adivinar--tan cierto como

me llamo Pablo Roldán y me tengo por hombre de honor--consideraré roto

el lazo que la sujeta á mí, y no haré al autor de las almas la ofensa de

violentar un alma esencialmente igual á la mía... Desde el día en que no

me quiera, mi mujer será _interiormente_ libre como el aire. Sin

embargo--pues el nudo legal es indisoluble y la equivocación mutua,--le

advertiré que queda obligada á salvar las apariencias, á tener muy en

cuenta la exterioridad, á no hacerme blanco de la burla; y yo, por mi

parte, me creeré en el deber de seguir amparándola, de escudarla contra

el menosprecio. ¡Bah! Amigo mío, esto es hablar por hablar; Felicia

parece que aun no me ha perdido el cariño... Son teorías, y ya sabe

usted que, llegado el caso práctico, raro es el hombre que las aplica

rigurosamente.

No platicaba así Roldán sino con los pocos que tenía por verdaderos

amigos y hombres de corazón y de entendimiento; con los demás creía él

que no se debían conferir puntos tan delicados. Al parecer, el sistema

amplio y generoso de Pablo daba resultados excelentes: el matrimonio

vivía unido, respetado, contento. No obstante, yo que lo observaba sin

cesar, atraído por aquel experimento curioso, empecé á notar,

transcurridos algunos años--poco después de que la mujer de Pablo entró

en el período de esplendor de la belleza femenina, los treinta--ciertos

síntomas que me inquietaron un poco. Pablo andaba á veces triste y

meditabundo; tenía días de murria, momentos de distracción y ausencia,

aunque se rehacía luego y volvía á su acostumbrada ecuanimidad. En

cambio, su mujer demostraba una alegría y animación exageradas y

febriles, y se entregaba más que nunca al mundo y á las fiestas. Seguían

yendo siempre juntos; las buenas costumbres conyugales no se habían

alterado en lo más mínimo; pero yo, que tampoco soy la flor de los

imbéciles, no podía dudar que existía en aquella pareja antes venturosa

algún desajuste, alguna grieta oculta, algo que alteraba su contextura

íntima. Para la gente, el matrimonio Roldán se mantenía inalterable;

para mí, el matrimonio Roldán se había disuelto.

Por aquel entonces se anunció la boda de cierta opulenta señorita, y los

padres convidaron á sus relaciones á examinar las _vistas_ y ricos

regalos que formaban la canastilla de la novia. Encontrábame entretenido

en admirar un largo hilo de perlas, obsequio del novio, cuando ví entrar

á Pablo Roldán y á su mujer. Acercáronse á la mesa cargada de preseas

magníficas, y la gente agolpada les abrió paso difícilmente. La señora

de Roldán se extasió con el hilo de perlas: ¡qué iguales! ¡qué gruesas!

¡qué oriente tan nacarado y tan puro! Mientras expresaba su admiración

hacia la joya, noté...--¿quién explicaría el por qué me fijaba

ansiosamente en los movimientos de la mujer de Pablo?--noté, digo, que

se deslizaba hacia ella, como para compartir su admiración, Dámaso

Vargas Padilla, mozo más conocido por calaveradas y despilfarros que por

obras de caridad, y hube de ver que sobre el color avellana del guante

de Suecia de la dama relucía un objetito blanco, inmediatamente

trasladado á los dominios de un guante rojizo del Tirol... Y sentí el

mismo estremecimiento que si de cosa propia se tratase, al cerciorarme

de que Pablo Roldán, demudado y con el rostro color de muerto, había

visto como yo, y sorprendido, como yo, el paso del billete de manos de

su mujer á manos de Vargas...

Temí que se arrojase sobre los que así le escarnecían en público. No se

arrojó; no dió la más leve muestra de cólera ó pesadumbre. Al contrario,

siguió curioseando y alabando las galas bonitas, revolviendo y mezclando

los objetos colocados más cerca, deteniéndose y obligando á su mujer á

que se detuviese y reparase el mérito de cada uno. Tan despacio procedió

á este examen, que la gente fué retirándose poco á poco, y ya no

quedamos en el gabinete sino media docena de personas. Y cuando me

disponía á cruzar la puerta, en una ojeada que lancé al descuido, volví

á ver algo que me hizo el efecto de la espantable cabeza de Medusa,

paralizándome de horror, dejándome sin voz, sin discurso, sin aliento...

Pablo Roldán había deslizado rápidamente en el bolsillo de su chaleco el

hilo de perlas, y salía tranquilo, alta la frente, bromeando con su

esposa, elogiando un cuadro, en el cual logró concentrar toda la

atención de los circunstantes.

Desde el día siguiente empezó á murmurarse sobre el tema del robo,

primero en voz baja, después con escandalosa publicidad. Hubo periódicos

que lo insinuaron; el _tole tole_ fué horrible. Las muchas personas

distinguidas que habían admirado las galas de la novia clamaban al cielo

y mostraban, naturalmente, deseo furioso de que se descubriese al

ladrón. Se calumnió á varios inocentes, y el rencor buscó medios de

herir, devolviendo la flecha. Todos respiraron por fin al saber que el

juez, avisado por una delación anónima, acababa de registrar la casa de

Pablo, encontrando el hilo de perlas en un armario del tocador de la

señora de Roldán...

Sólo yo comprendí la tremenda venganza. Sólo yo logré penetrar el

siniestro enigma, sin clave para la propia señora, que no anda lejos de

expiar con años de presidio el delito que no cometió. Y un día que

encontré á Pablo y le abrí mi alma y le confesé mis perplejidades, mis

dudas respecto á si debía ó no revelar la verdad, puesto que la conocía,

Pablo me respondió con lágrimas de rabia al borde de los lagrimales:

--No intervengas; ¡paso á la justicia, paso!... Dejó de amarme, y no me

creí con derecho ni á la queja; quiso á otro, y únicamente la rogué que

no me entregase á la risa del mundo... ¡Ya sabes cómo atendió á mi

ruego... ya lo sabes! Antes que consiguiese ridiculizarme, la infamé...

¡Los medios fueron malos, pero... se lo tenía advertido! Si tú eres de

los que creen que la venganza pertenece á Dios, apártate de mí, porque

no nos entendemos. Amor, odio y venganza... ¿dónde habrá nada más

humano?

Me desvié de Pablo Roldán y no quiero volver á verle. No sé juzgarle;

tan pronto le compadezco, como me inspira horror.

Más allá

Era un balneario elegante; pero no de esos en que la gente rica,

antojadiza y maniática cuida imaginarias dolencias, sino de los que

reciben todos los años, desde principios de Junio, retahilas de

verdaderos enfermos pálidos y débiles, y donde, á la hora de la

consulta, se ven á la puerta del consultorio gestos ansiosos,

enrojecidos párpados, y señoras de pelo gris, que dan el brazo y

sostienen á señoritas demacradas, de trabajoso andar. Para decirlo

pronto: aquellas aguas convenían á los tísicos.

Pared por medio estaban los dos. _Ella_, la niña apasionada y romántica,

la interesante enfermita que--indiferente á la muerte como

aniquilamiento del ser físico--no la aceptaba como abdicación de la

gracia y la belleza; que, á su paso por los salones, cuando los cruzaba

con porte airoso de ninfa joven, solía levantar un rumor halagüeño, un

murmurio pérfido de mar que acaricia y devora; y defendiendo hasta el

último instante su corona de encantos, que iba á marchitarse en el

sepulcro, se rodeaba de flores y perfumes, sonreía dulcemente, envolvía

su cuerpo enflaquecido en finos crespones de China y delicados encajes,

y calzaba su pie menudo de blanco tafilete, con igual coquetería que si

fuese á dirigir alegre y raudo cotillón.--_El_, el mozo galán que había

derrochado sus fuerzas vitales con prodigalidad regia, despreciando las

advertencias de la tierna é inquieta madre y la indicación hereditaria

de los dos tíos maternos arrebatados en lo mejor de la edad--hasta que

un día sintió á su vez el golpe sordo que le hería el pecho y le

disolvía lentamente el pulmón, avivando, en vez de extinguirlo, el

incendio que siempre había consumido su alma.

Pared por medio estaban los dos, sin conocerse ni saber que existían, y

sin embargo, el mal que los llevaba á la tumba tenía idéntico origen; el

mismo anhelo insaciable había atacado en ellos las fuentes de la vida.

Ella y él, fascinados por el propio sueño, hicieron de la pasión único

ideal de la existencia, y aspiraron á un amor grande, profundamente

estético, ardiente y resuelto como si fuese criminal, noble y altivo

como si fuese legítimo, puro á fuerza de intensidad, abrasador á fuerza

de pureza. Y como quien busca ave fénix ó talismán poderoso, habían

buscado ambos la encantada isla de sus ensueños, ella entre los sosos

incidentes del diario _flirt_, él entre los episodios no menos vulgares

de la calvatronería orgiástica; hasta que una serie de decepciones

tristes, cómicas ó indignas les arruinó la salud, dejando intacto el

tesoro de ilusiones y aspiraciones nunca satisfechas, la sed de amar

inextinta, más bien exacerbada por la calentura y el alta tensión

nerviosa, fruto del padecimiento.

¡Quién les dijera que allí, detrás del tabique en cuyo papel de

caprichosos dibujos hallaban maquinal entretenimiento los aburridos

ojos, se encontraba lo que habían buscado en balde tanto tiempo, lo que

necesitaban para asirse otra vez á la existencia!

Porque ya ni él ni ella podían salir del cuarto, ni bajar las escaleras,

ni comer en el comedor. Postrados y exánimes, les traían el agua mineral

en un vaso puesto boca abajo sobre un platillo; últimamente, hasta no se

atrevieron á beber, y el médico, presintiendo fatal desenlace, advirtió

que convendría atender al alma, señal casi siempre funestísima para el

pobre del cuerpo.

Cuentos de amor · 第 7 / 15 段