Me quedé como embelesado al mirarla. Un rayo de sol se filtraba por la

vidriera y hería la seductora imagen, que parecía querer desprenderse

del fondo obscuro y venir hacia mí. Era una criatura hermosísima, como

yo no la había visto jamás sino en mis sueños de adolescente, cuando los

primeros estremecimientos de la pubertad me causaban, al caer la tarde,

vagas tristezas y anhelos indefinibles. Podría la dama del retrato

frisar en los veinte y pico; no era una virgencita cándida, capullo á

medio abrir, sino una mujer en quien ya resplandecía todo el fulgor de

la belleza. Tenía la cara oval, pero no muy prolongada; los labios

carnosos, entreabiertos y risueños; los ojos lánguidamente entornados, y

un hoyuelo en la barba, que parecía abierto por la yema del dedo

juguetón de Cupido. Su peinado era extraño y gracioso: un grupo

compacto, á manera de piña de bucles al lado de las sienes y un cesto

de trenzas en lo alto de la cabeza. Este peinado antiguo, que remangaba

en la nuca, descubría toda la morbidez de la fresca garganta, donde el

hoyo de la barbilla se repetía más delicado y suave. En cuanto al

vestido..... Yo no acierto á resolver si nuestras abuelas eran de suyo

menos recatadas de lo que son nuestras esposas, ó si los confesores de

antaño gastaban manga más ancha que los de hogaño; y me inclino á creer

esto último, porque hará unos sesenta años las hembras se preciaban de

cristianas y devotas, y no desobedecerían á su director de conciencia en

cosa tan grave y patente. Lo indudable es que si en el día se presenta

alguna señora con el traje de la dama del retrato, ocasiona un motín;

pues desde el talle (que nacía casi en el sobaco) sólo la velaban leves

ondas de gasa diáfana, señalando, mejor que cubriendo, dos escándalos de

nieve, por entre los cuales serpeaba un hilo de perlas, no sin descansar

antes en la tersa superficie del satinado escote. Con el propio impudor

se ostentaban los brazos redondos, dignos de Juno, rematados por manos

esculturales..... Al decir _manos_ no soy exacto, porque en rigor, sólo

una mano se veía, y esa apretaba un pañuelo rico.

Aún hoy me asombro del fulminante efecto que la contemplación de aquella

miniatura me produjo, y de cómo me quedé arrobado, suspensa la

respiración, comiéndome el retrato con los ojos. Ya había yo visto aquí

y acullá estampas que representaban mujeres bellas; frecuentemente, en

las _Ilustraciones_, en los grabados mitológicos del comedor, en los

escaparates de las tiendas, sucedía que una línea gallarda, un contorno

armonioso y elegante, cautivaba mis miradas precozmente artísticas; pero

la miniatura encontrada en el cajón de mi tía, aparte de su gran

gentileza, se me figuraba como animada de sutil aura vital; advertíase

en ella que no era el capricho de un pintor, sino imagen de persona

real, efectiva, de carne y hueso. El rico y jugoso tono del empaste,

hacía adivinar, bajo la nacarada epidermis, la sangre tibia; los labios

se desviaban para lucir el esmalte de los dientes; y, completando la

ilusión, corría alrededor del marco una orla de cabellos naturales,

castaños, ondeados y sedosos, que habían crecido en las sienes del

original. Lo dicho: aquello, más que copia, era reflejo de persona viva,

de la cual sólo me separaba un muro de vidrio..... Puse la mano en él,

lo calenté con mi aliento, y se me ocurrió que el calor de la misteriosa

deidad se comunicaba á mis labios y circulaba por mis venas. Estando en

esto, sentí pisadas en el corredor. Era mi tía que regresaba de sus

rezos. Oí su tos asmática y el arrastrar de sus pies gotosos. Tuve

tiempo no más que de dejar la miniatura en el cajón, cerrarlo, y

arrimarme á la vidriera, adoptando una actitud indiferente y nada

sospechosa.

Entró mi tía sonándose recio, porque el frío de la iglesia le había

encrudecido el catarro ya crónico. Al verme se animaron sus ribeteados

ojillos, y, dándome un amistoso bofetoncito con la seca palma, me

preguntó si le había revuelto los cajones, según costumbre.

Después, sonriéndose con picardía:

--Aguarda, aguarda--añadió--voy á darte algo, que te chuparás los dedos.

Y sacó de su vasta faltriquera un cucurucho, y del cucurucho tres ó

cuatro bolitas de goma adheridas entre sí, como aplastadas, que me

infundieron asco.

La estampa de mi tía no convidaba á que uno abriese la boca y se zampase

el confite: muchos años, la dentadura traspillada, los ojos enternecidos

más de lo justo, unos asomos de bigote ó cerdas sobre la hundida boca,

la raya de tres dedos de ancho, unas canas sucias revoloteando sobre las

sienes amarillas, un pescuezo flácido y lívido como el moco del pavo

cuando está de buen humor... Vamos, que yo no tomaba las bolitas, ¡ea!

Un sentimiento de indignación: una protesta varonil se alzó en mí, y

declaré con energía:

--No quiero, no quiero.

--¿No quieres? ¡Gran milagro! ¡Tú que eres más goloso que la gata!

--Ya no soy ningún chiquillo--exclamé creciéndome, empinándome en la

punta de los pies--y no quiero dulces.

La tía me miró entre bondadosa é irónica, y al fin, cediendo á la gracia

que le hice, soltó el trapo, con lo cual se desfiguró y puso patente la

espantable anatomía de sus quijadas. Reíase de tan buena gana, que se

besaban barba y nariz, ocultando los labios, y se le señalaban dos

arrugas, ó mejor, dos zanjas hondas, y más de una docena de pliegues en

mejillas y párpados; al mismo tiempo, la cabeza y el vientre se le

columpiaban con las sacudidas de la risa, hasta que al fin vino la tos á

interrumpir las carcajadas, y entre risas y tos, involuntariamente, la

vieja me regó la cara con un rocío de saliva... Humillado y lleno de

repugnancia, huí á escape y no paré hasta el cuarto de mi madre, donde

me lavé con agua y jabón, y me dí á pensar en la dama del retrato.

Y desde aquel punto y hora ya no acerté á separar mi pensamiento de

ella. Salir la tía y escurrirme yo hacia su aposento, entreabrir el

cajón, sacar la miniatura y embobarme contemplándola, todo era uno. A

fuerza de mirarla, figurábaseme que sus ojos entornados, al través de la

voluptuosa penumbra de las pestañas, se fijaban en los míos, y que su

blanco pecho respiraba afanosamente. Me llegó á dar vergüenza besarla,

imaginando que se enojaba de mi osadía, y sólo la apretaba contra el

corazón, ó arrimaba á ella el rostro. Todas mis acciones y pensamientos

se referían á la dama; tenía con ella extraños refinamientos y

delicadezas nimias. Antes de entrar en el cuarto de mi tía y abrir el

codiciado cajón, me lavaba, me peinaba, me componía, como ví después que

suele hacerse para acudir á las citas amorosas.

Me sucedía á menudo encontrar en la calle á otros niños de mi edad, muy

armados ya de su cacho de novia, que ufanos me enseñaban cartitas,

retratos y flores, preguntándome si yo no escogería también _mi niña_

con quien cartearme. Un sentimiento de pudor inexplicable me ataba la

lengua, y sólo les contestaba con enigmática y orgullosa sonrisa. Cuando

me pedían parecer acerca de la belleza de sus damiselillas, me encogía

de hombros y las calificaba desdeñosamente de _feas_ y _fachas_. Ocurrió

cierto domingo que fuí á jugar á casa de unas primitas mías, muy

graciosas en verdad, y que la mayor no llegaba á los quince. Estábamos

muy entretenidos en ver un estereóscopo, y de pronto una de las

chiquillas, la menor, doce primaveras á lo sumo, disimuladamente me

cogió la mano, y conmovidísima, colorada como una brasa, me dijo al

oído:

--Toma.

Al propio tiempo sentí en la palma de la mano una cosa blanda y fresca,

y ví que era un capullo de rosa, con su verde follaje. La chiquilla se

apartaba sonriendo y echándome una mirada de soslayo; pero yo, con un

puritanismo digno del casto José, grité á mi vez:

--¡Toma!

Y le arrojé el capullo á la nariz, desaire que la tuvo toda la tarde

llorosa y de monos conmigo, y que aún á estas fechas, que se ha casado y

tiene tres hijos, no me ha perdonado probablemente.

Siéndome cortas para admirar el mágico retrato las dos ó tres horas que

entre mañana y tarde se pasaba mi tía en la iglesia, me resolví por fin

á guardarme la miniatura en el bolsillo, y anduve todo el día

escondiéndome de la gente lo mismo que si hubiese cometido un crimen. Se

me antojaba que el retrato, desde el fondo de su cárcel de tela, veía

todas mis acciones, y llegué al ridículo extremo de que si quería

rascarme una pulga, atarme un calcetín ó cualquiera otra cosa menos

conforme con el idealismo de mi amor purísimo, sacaba primero la

miniatura, la depositaba en sitio seguro y después me juzgaba libre de

hacer lo que más me conviniese. En fin, desde que hube consumado el

robo, no cabía en mí; de noche lo escondía bajo la almohada y me dormía

en actitud de defenderlo; el retrato quedaba vuelto hacia la pared, yo

hacia la parte de afuera, y despertaba mil veces con temor de que

viniesen á arrebatarme mi tesoro. Por fin lo saqué de debajo de la

almohada y lo deslicé entre la camisa y la carne, sobre la tetilla

izquierda, donde al día siguiente se podían ver impresos los cincelados

adornos del marco.

El contacto de la cara miniatura me produjo sueños deliciosos. La dama

del retrato, no en efigie, sino en su natural tamaño y proporciones,

viva, airosa, afable, gallarda, venía hacia mí para conducirme á su

palacio, en un carruaje de blandos almohadones. Con dulce autoridad me

hacía sentar á sus pies en un cojín, y me pasaba la torneada mano por la

cabeza, acariciándome la frente, los ojos y el revuelto pelo. Yo le leía

en un gran misal, ó tocaba el laúd, y ella se dignaba sonreirse,

agradeciéndome el placer que la causaban mis canciones y lecturas. En

fin, las reminiscencias románticas me bullían en el cerebro, y ya era

paje, ya trovador.

Con todas estas imaginaciones, el caso es que fuí adelgazando de un modo

notable, y lo observaron con gran inquietud mis padres y mi tía.

--En esa difícil y crítica edad del desarrollo, todo es alarmante--dijo

mi padre, que solía leer libros de medicina y estudiaba con recelo las

ojeras obscuras, los ojos apagados, la boca contraída y pálida, y sobre

todo, la completa falta de apetito que se apoderaba de mí.

--Juega, chiquillo; come, chiquillo--solían decirme.

Y yo les contestaba con abatimiento:

--No tengo ganas.

Empezaron á discurrirme distracciones; me ofrecieron llevarme al teatro;

me suspendieron los estudios, y diéronme á beber leche recién ordeñada y

espumosa. Después me echaron por el cogote y la espalda duchas de agua

fría, para fortificar mis nervios; y noté que mi padre, en la mesa ó por

las mañanas cuando iba á su alcoba á darle los buenos días, me miraba

fijamente un rato y á veces sus manos se escurrían por mi espinazo

abajo, palpando y tentando mis vértebras. Yo bajaba hipócritamente los

ojos, resuelto á dejarme morir antes que confesar el delito. En

librándome de la cariñosa fiscalización de la familia, ya estaba con mi

dama del retrato. Por fin, para mejor acercarme á ella, acordé suprimir

el frío cristal: vacilé al ir á ponerlo en obra; al cabo pudo más el

amor que el vago miedo que semejante profanación me inspiraba, y con

gran destreza logré arrancar el vidrio y dejar patente la plancha de

marfil.

Al apoyar en la pintura mis labios y percibir la tenue fragancia de la

orla de cabellos, se me figuró con más evidencia que era persona

viviente la que estrechaban mis manos trémulas. Un desvanecimiento se

apoderó de mí, y quedé en el sofá como privado de sentido, apretando la

miniatura.

Cuando recobré el conocimiento ví á mi padre, á mi madre, á mi tía,

todos inclinados hacia mí con sumo interés; leí en sus caras el asombro

y el susto; mi padre me pulsaba, meneaba la cabeza y murmuraba:

--Este pulso parece un hilito, una cosa que se va.

Mi tía, con sus dedos ganchudos, se esforzaba en quitarme el retrato, y

yo, maquinalmente, lo escondía y aseguraba mejor.

--Pero chiquillo... ¡suelta, que lo echas á perder!--exclamaba ella. ¿No

ves que lo estás borrando? Si no te riño, hombre... yo te lo enseñaré

cuantas veces quieras; pero no lo estropees; suelta, que le haces daño.

--Déjaselo--suplicaba mi madre--el niño está malito.

--¡Pues no faltaba más!--contestó la solterona.--¡Dejarlo! ¿Y quién hace

otro como ese... ni quién me vuelve á mí á los tiempos aquéllos? ¡Hoy

en día nadie pinta miniaturas... eso se acabó... y yo también me acabé y

no soy lo que ahí aparece!

Mis ojos se dilataban de horror; mis manos aflojaban la pintura. No sé

cómo pude articular:

--Usted... el retrato... es usted...

--¿No te parezco tan guapa, chiquillo? ¡Bah! veintitrés años son más

bonitos que... que... que no sé cuántos, porque no llevo la cuenta;

nadie ha de robármelos!

Doblé la cabeza, y acaso me desmayaría otra vez; lo cierto es que mi

padre me llevó en brazos á la cama, y me hizo tragar unas cucharadas de

Oporto.

Convalecí presto y no quise entrar más en el cuarto de mi tía.

La inspiración

Temporada fatal estaba pasando el ilustre Fausto, el gran poeta. Por una

serie de circunstancias engranadas con persistencia increíble, todo le

salía mal, todo fallido, raquítico, como si en torno suyo se secasen los

gérmenes y la tierra se esterilizase. Sin ser viejo de cuerpo, envejecía

rápidamente su alma, deshojándose en triste otoñada sus amarillentas

ilusiones. Lo que le abrumaba no era dolor, sino atonía de su ardorosa

sensibilidad y de su imaginación fecunda.

Acababa de romper relaciones con una mujer á quien no amaba; aquello

principió por una comedia sentimental, y duró entre una eternidad de

tedio, el cansancio insufrible del actor que representa un papel

antipático, que ya va olvidando de puro sabido, en un drama sin interés

y sin literatura. Y, no obstante, cuando la mujer mirada con tanta

indiferencia le suplantó descaradamente y le hizo blanco de acerbas

pullas que se repetían en los salones, Fausto sintió una de esas

amarguras secas, irritantes, que ulceran el alma, y quedó, sin

querérselo confesar, descontento de sí, rebajado á sus propios ojos,

saturado de un escepticismo vulgar y prosaico, embebido de la ingrata

convicción de que su mente ya no volvería á crear obra de arte, ni su

corazón á destilar sentimiento.

Sí; Fausto se imaginaba que no era poeta ya. Así como los místicos

tienen horas en que la frialdad que advierten les induce á dudar de su

propia fe, los artistas desfallecen en momentos dados, creyéndose

impotentes, paralíticos, muertos. Recluído en su gabinete, Fausto

llamaba á la musa; pero en vano brillaba la lámpara, ardía la chimenea,

exhalaban perfume los jacintos y las violetas, susurraba la seda del

cortinaje: la infiel no acudía á la cita, y Fausto, con la frente

calenturienta apoyada en la palma de la mano--actitud familiar para

todos los que han luchado á solas con el ángel rebelde--no sentía fluir

ni una gota del manantial delicioso: solo veía rocas negras, áridos

arenales caldeados por el sol del desierto.

En aquellos momentos de agonía, su conciencia le acusaba, diciéndole que

la decadencia del artista procedía del indiferentismo del hombre; que la

poesía no acude á los páramos, sino á los oasis, y que si no podía

volver á amar, tampoco podría volver á aparear versos--como quien unce

parejas de corzas blancas al mismo carro de oro.--Las mujeres que le

habían burlado y abandonado eran, sin duda, indignas de su amor; pero

tampoco él--Fausto, el poeta, el soñador, el ave--se había tomado el

trabajo de quererlo inspirar, ni menos de sentirlo. El desierto no era

el alma ajena, era su alma; quien sólo ofrece llanuras candentes y

peñascales yermos, no extrañe que el viajero cansado no se siente á

reposar, ni quiera dormir larga y dulce siesta, como la que se duerme á

la sombra de las palmeras verdes, al lado del fresco pozo...

Paseábase Fausto una tarde de Septiembre, á pie y sin objeto, por una de

las solitarias rondas madrileñas, y al borde de un solar cercado de

tablas divisó grupos de gente que examinaba con muestras de vivísimo

interés, algo caído en el suelo. Las cabezas se inclinaban, y del corro

salían exclamaciones de lástima y admiración. Fausto iba á pasar sin

hacer caso; pero una sensación indefinible de curiosidad cruel le empujó

al remolino. Pensó que la realidad es madre de la poesía, y que á veces

del incidente más vulgar salta la chispa generadora. No sin algún

trabajo consiguió abrirse camino, y ya en primera fila, pudo ver lo que

causaba el asombro de aquel gentío humilde.

Sobre la hierba enteca y mísera que á duras penas brotaba del terreno

arcilloso, yacía tendida una mujer joven, de sorprendente belleza. La

palidez de la muerte, y esa especie de misteriosa dignidad y calma que

imprime á las facciones, la hacían semejante á perfectísimo busto de

mármol, y el ligero vidriado de los árabes ojos no amenguaba su dulzura.

El pelo, suelto, rodeaba como un cojín de terciopelo mate la faz, y la

boca, entreabierta, dejaba ver los dientes de nácar entre los

descoloridos y puros labios. No se distinguía herida alguna en el cuerpo

de la joven, y sus ropas conservaban decente compostura. Estaba echada

de lado. Una faja de lana unía su cintura á la de un mocetón feo y

tosco, muerto también, de un balazo que, entrando por el oído, había

roto el cráneo. Sin duda en la agonía de los dos enamorados la faja

debió de aflojarse, pues la mujer aparecía algo vuelta hacia la derecha,

y el mozo á la izquierda, como desviándose de su compañera en el morir.

Con mezcla de piedad y de enojo, los albañiles, las lavanderas y los

guardias de orden público comentaban el trágico suceso.--Tratábase de un

doble suicidio, concertado de antemano, y hasta anunciado por el bruto

del mozo, en una taberna, la noche anterior.--La oposición de los padres

de ella, las malas costumbres de él, y el haber caído soldado, eran la

causa. Ella no podía resignarse á la separación: ella misma, la mujer

apasionada, había lanzado la terrible idea, acogida con fruición

estúpida por el hombre celoso y feroz: morir, irse abrazados á donde

Dios dispusiese; no apartarse ya nunca; pese á quien pese, desposarse en

el ataúd... Sin dilación adquirió el revólver, y después de una mañana

que pasaron juntos almorzando en un ventorro, los dos amantes se habían

recogido al extraviado solar, donde, arrollando primero la faja del mozo

alrededor de ambas cinturas, ella había tendido con sublime confianza el

seno izquierdo, sin que, ni al sentir sobre el corazón el cañón del

arma, se borrase de sus labios aquella sonrisa que aún conservaba fija

en la boca, ¡aquella sonrisa que lucía los dientes de nácar entre los

descoloridos y puros labios!

Por la noche, al retirarse Fausto á su casa, percibió una fiebre

singular que conocía de antemano, pues solía experimentarla cada vez que

se renovaba su ser con afectos nunca sentidos. Semejante excitación

nerviosa señalaba, como la manecilla del reloj, las etapas sucesivas de

su vida moral. La alegría extremada, la pena vehemente é inconsolable se

anunciaban igualmente para Fausto con un desasosiego raro, una inquietud

del corazón, que ya acelera sus latidos, ya se aquieta y desmaya hasta

el síncope. Las horas nocturnas las contó desvelado en la cama: no podía

apartar del pensamiento la imagen de la muchacha muerta; y mientras

volvía á ver el solar, el corro de curiosos, el grupo trágico de los

amantes que abrazados emprenden el viaje sin regreso, un bullir confuso

de rimas, un surgir de estrofas incompletas, un rodar oceánico de versos

sonoros ascendía de su corazón palpitante á su cerebro, y bajaba

después, á manera de corriente impetuosa, á su mano impaciente ya de

asir la pluma...

Lo más raro de todo era que Fausto, con la fantasía, enmendaba la plana

al ciego Destino. La hermosa niña que había recibido en el seno

izquierdo la bala, no estaba enamorada del bárbaro y plebeyo borrachín,

del perdulario soez que descansaba á su lado, y que la amarró con la

faja antes de darle muerte. No: el predilecto de aquella mujer que sabía

querer y morir; el que antes de asesinarla había aspirado el aliento de

su boca de virgen, era Fausto, el poeta; Fausto, que por fin encontraba

su ideal, y que al encontrarlo prefería dejar la tierra, sellando con el

sello de lo irreparable tan magnífica pasión.

¿Quién duda que sólo Fausto, capaz de comprender el valor de la acción

sublime, merecía haberla inspirado? Corrigiendo la inepcia de los

hechos, despreciando la vana apariencia de lo real, Fausto recogía para

sí la ardiente flor amorosa, la flor de sangre sembrada en el erial de

la ronda madrileña. Él era el compañero de aquella muerta que sonreía;

él era quien había apoyado el revólver sobre el impávido seno de la

heroina, no sólo tranquila ante la muerte, sino prendada de la muerte

que une eternamente, sin separación posible, á los que se quisieron con

delirio... Y la sugestión fue tan fuerte, que Fausto arrojó las sábanas,

encendió luz y empezó á emborronar papel...

* * * * *

Tal fué el origen del poema _Juntos_, el mejor timbre de gloria de

Fausto, lo que consagrará ante la posteridad su nombre, porque _Juntos_

es (lo afirma la crítica) una maravilla de sentimiento verdadero, y se

comprende que está escrito con lágrimas vivas del poeta, que corresponde

á penas y goces no fingidos,--á algo que no se inventa, porque no puede

inventarse.

Champagne

Al destaparse la botella de dorado casco, se obscurecieron los ojos de

la compañera momentánea de Raimundo Valdés, y aquella sombra de dolor ó

de recuerdo despertó la curiosidad del joven, que se propuso inquirir

por qué una hembra que hacía profesión de jovialidad se permitía

demostrar sentimientos tristes, lujo reservado solamente á las mujeres

honradas, dueñas y señoras de su espíritu y de su corazón.

Solicitó una confidencia y, sin duda, la _prógima_ se encontraba en uno

de esos instantes en que se necesita expansión, y se le dice al primero

que llega lo que más hondamente puede afectarnos, pues sin dificultades

ni remilgos contestó, pasándose las manos por los ojos:

--Me conmueve siempre ver abrir una botella de Champagne, porque ese

vino me costó muy caro... el día de mi boda.

--¿Pero tú te has casado alguna vez... ante un cura?--preguntó Raimundo

con festiva insolencia.

--Ojalá no--repuso ella con el acento de la verdad, con franqueza

impetuosa.--Por haberme casado ando como me veo.

--Vamos, ¿tu marido será algún tramposo, algún perdis?

--Nada de eso. Administra muy bien lo que tiene, y posee miles de

duros... miles, sí, ó cientos de miles.

--Chica, ¡cuántos duros! En ese caso... ¿te daba mala vida? ¿Tenía líos?

¿Te pegaba?

--Ni me dió mala vida, ni me pegó, ni tuvo líos, que yo sepa... ¡Después

sí que me han pegado! Lo que hay es que le faltó tiempo para darme vida

mala ni buena, porque estuvimos juntos, ya casados, un par de horas nada

más.

--¡Ah!--murmuró Valdés, presintiendo una aventura interesante.

--Verás lo que pasó, prenda. Mis padres fueron personas muy regulares,

pero sin un céntimo. Papá tenía un empleíllo, y con el angustiado sueldo

se las arreglaban. Murió mi madre; á mi padre le quitaron el destino...

y como no podía mantenernos el pico á mi hermano y á mí, y era bastante

guapo, se dejó camelar por una jamona muy rica, y se casó con ella en

segundas. Al principio mi madrastra se portó... vamos, bien: no nos

miraba á los hijastros con malos ojos. Pero así que yo fuí creciendo y

haciéndome mujer, y que los hombres, dieron en decirme cosas en la

calle, comprendí que en casa me cobraban ojeriza. Todo cuanto yo hacía

era mal hecho, y tenía siempre detrás al juez y al alguacil... la

madrastra. Mi padre se puso muy pensativo, y comprendí que le llegaba al

alma que se me tratase mal. Y lo que resultó de estas trifulcas, fué que

se echaron á buscarme marido para zafarse de mí. Por casualidad lo

encontraron pronto, sujeto acomodado, cuarentón, formal, recomendable,

seriote... En fin, mi mismo padre se dió por contento y convino en que

era una excelente proporción la que se me presentaba. Así es que ellos

en confianza trataron y arreglaron la boda, y un día, encontrándome yo

bien descuidada... ¡á casarse! y no vale replicar.

--¿Y qué efecto te hizo la noticia? ¿Malo, eh?

--Malísimo... porque yo tenía la tontuna de estar enamorada hasta los

tuétanos, como se enamora una chiquilla, pero chiquilla forrada de

mujer... de _uno_ de infantería, un teniente pobre como las ratas... y

se me había metido en la cabeza que aquel había de ser mi marido apenas

saliese á capitán. Las súplicas de mi padre; los consejos de las amigas;

las órdenes y hasta los pescozones de mi madrastra--que no me dejaba

respirar--me aturdieron de tal manera, que no me atreví á resistir. Y

vengan regalos, y desclávense cajones de vestidos enviados de Madrid, y

cuélguese usted los faralaes blancos, y préndase el embelequito de la

corona de azahar, y á la iglesia, y ahí te suelto la bendición, y en

seguida gran comilona, los amigos de la familia y la parentela del novio

que brindan y me ponen la cabeza como un bombo, á mí que más ganas

tenía de lloriquear que de probar bocado...

--Hija, por ahora no encuentro mucho de particular en tu historia.

Casarse así, rabiando y por máquina, es bastante frecuente.

--Aguarda, aguarda--advirtió amenazándome con la mano.--Ahora entra lo

ridículo, la peripecia... Pues señor, yo en mi vida había probado el tal

Champagne... Me sirvieron la primera copa para que contestase á los

brindis, y después de vaciarla me pareció que me sentía con más ánimos,

que se me aliviaban el malestar y la negra tristeza. Bebí la segunda, y

el buen efecto aumentó. La alegría se me derramaba por el cuerpo...

Entonces me deslicé á tomar tres, cuatro, cinco, quizás media docena...

Los convidados bromeaban celebrando la gracia de que bebiese así, y yo

bebía buscando en la especie de vértigo que causa el Champagne un olvido

completo de lo que había de suceder y de lo que me estaba sucediendo ya.

Sin embargo, me contuve antes de llegar á trastornarme por completo, y

sólo podían notar en la mesa que reía muy alto, que me relucían los

ojos, y que estaba sofocadísima.

Cuentos de amor · 第 6 / 15 段