A las pocas horas de descubrirse el cadáver, Ramiro fué preso. Reunióse

el Consejo de guerra, y la causa marchó con la fulminante rapidez que

caracteriza á la justicia militar, estimulada por la voluntad expresa

del Capitán General, que deseaba se cumpliesen á rajatabla las

prescripciones legales y se enterrasen á la vez la víctima y el asesino.

Al pronto Ramiro intentó negar; pero dos ó tres frases de indignación

del Fiscal provocaron en él un arranque de altiva franqueza, y confesó

de plano que á traición había disparado dos pistoletazos, la noche

anterior, al capitán Ortiz. En cuanto á los móviles del crimen, juró y

perjuró que no eran otros sino ofensas de jefe á subalterno, rencores

por cuestiones de servicio. Llamada á declarar la esposa de Ortiz,

compareció de negro, impávida, y aseguró que apenas conocía al asesino

de vista. Este, sin pestañear, confirmó la declaración de la señora; y

hallándose el reo convicto y confeso, y no habiendo tiempo ni necesidad

de más averiguaciones, se pronunció la sentencia de muerte, y Ramiro

entró en capilla á las tres de la tarde, para ser arcabuceado al rayar

el siguiente día, á las veinticuatro horas justas del crimen.

No necesito decir que en la capilla me constituí al lado de mi amigo,

que demostraba estoica entereza. Sabiendo cuánto alivia una confidencia,

un desahogo, le dirigí preguntas afectuosas, llenas de interés; pero el

reo se encerró en un silencio sombrío, y noté que tenía los ojos

tenazmente fijos en la puerta de la capilla como en espera de que diese

paso á _alguien_... ¡Lo que esperaba el sin ventura--no necesité para

adivinarlo gran perspicacia--era la llegada de la mujer por quien iba á

beber el amargo trago! Sin duda que _ella_ no podía faltar; no podía

negarle el supremo consuelo de la despedida; sin duda, el sordo ruido de

pasos que resonaba en la antecámara era el de los suyos, que hacían

vacilantes el miedo y el dolor... Pero corrió la tarde, empezaron á

transcurrir lentas y solemnes las horas de la última noche, y la

esperanza abandonó al sentenciado. El sacerdote que le exhortaba y había

de absolverle y darle la sagrada comunión antes que el sol asomase en el

horizonte, se retiró un momento á descansar, y solo yo con Ramiro,

comprendí que por fin se abrían sus lívidos labios.

--Hace un momento sentía que _ella_ no viniese--murmuró cogiéndome las

manos entre las suyas abrasadoras.--Ahora me alegro. Ya que me cuesta la

vida, que no me cueste también el alma. ¿Que cómo hice la atrocidad, el

cobarde asesinato de Ortiz? Mira, casi no lo sé. Me parece que quien

cometió esa acción villana no fué Ramiro Quesada, sino otra persona, un

hombre distinto de mí, que se me entró en el cuerpo. ¿Te acuerdas de lo

alegre, de lo franco que era yo? Desde que me acerqué á... esa mujer...

me volví otro. Estaba embrujado... Su marido, á quien ofendíamos, me

parecía mi enemigo personal, el obstáculo á nuestra felicidad; le

odiaba... creo que más de lo que la amaba á ella. Así que ella lo

notó... ¡guárdame siempre el secreto! ¡no lo digas ni á tu madre!

empezó á insinuarme, con medias palabras, la posibilidad del crimen. No

hablábamos claro de ese asunto, pero nos entendíamos perfectamente;

formábamos planes de retirarnos al campo _después_, y hasta--mira qué

detalle--ella se compró un traje negro nuevo, diciendo que _eso siempre

sirve_. Como un tornillo se fijó en mi cerebro el propósito del crimen.

Y así que ella me vió resuelto, se franqueó, me exaltó más, me ofreció

que compartiría mi destino, fuese el que fuese...

Aquí se detuvo Ramiro, y vi que se alteraba más profundamente su rostro.

Con voz húmeda murmuró:

--Yo no quería tanto... ¡Compartir mi destino! Ya ves que ante el

Consejo he logrado salvarla... Prefiero morir solo... Pero verla aquí,

un momento... antes de... Al fin, si fuí asesino, lo fuí por ella, sólo

por ella... ¡Maldita sea mi suerte! Si no conozco á esa mujer, soy

siempre honrado y tal vez me matan defendiendo á la Patria. ¡El sino del

hombre!

* * * * *

--¿Y le fusilaron?--preguntamos ansiosos.

--¡Pues no! Según deseaba el General, á un tiempo se cavó la hoya del

marido y la del amante. Yo, después del horrible día, me marché de M***,

donde me consumía el tedio. Al volver, pasados cinco años, tuve

curiosidad de saber qué había sido de la esposa del capitán Ortiz... y

aquí de lo que decíamos: supe que vivía tranquila, casada en segundas

nupcias con un acaudalado caballero. Sin embargo, en M*** era pública

la causa del triste fin de Ramiro...

Acabó así su relato Carmona, y vimos que inclinaba la cabeza, abrumado

por memorias crueles.

La cabellera de Laura

Madre é hija vivían, si vivir se llama aquello, en húmedo zaquizamí, al

cual se bajaba por los raídos peldaños de una escalera abierta en la

tierra misma: la claridad entraba á duras penas, macilenta y recelosa,

al través de un ventanillo enrejado; y la única habitación les servía de

cocina, dormitorio y cámara.

Encerrada allí pasaba Laura los días, trabajando afanosamente en sus

randas y picos de encaje, sin salir nunca ni ver la luz del sol,

cuidando á su madre achacosa, y consolándola siempre que renegaba de la

adversa fortuna. ¡Hallarse reducidas á tal extremidad dos damas de

rancio abolengo, antaño poseedoras de haciendas, dehesas y joyas á

porrillo! ¡Acostarse á la luz de un candil ellas, á quienes habían

alumbrado pajes con velas de cera en candelabros de plata! No lo podía

sufrir la hoy menesterosa señora, y cuando su hija, con el acento

tranquilo de la resignación, la aconsejaba someterse á la divina

voluntad, sus labios exhalaban murmullos de impaciencia y coléricas

maldiciones.

Como siempre los males pueden crecer, llegó un invierno de los más

rigurosos, y faltó á Laura el trabajo con que ganaba el sustento. A la

decente pobreza sustituyó la negra miseria; á la escasez, el hambre de

cóncavas mejillas y dientes amarillos y largos.

Entonces, con acerba ironía, la madre se mofó de Laura, que pensaba, la

muy ñoña y la muy necia, asegurar el pan por medio de la labor y las

constantes vigilias. ¡Valiente pan comería así que se quedase ciega!

Saldría con un perrito á pedir limosna... ¡Ah, si no fuese tan boba y

tan mala hija--teniendo aquel talle, aquel rostro y aquella mata de pelo

como oro cendrado, que llegaba hasta los pies--no dejaría que su madre

se desmayase por falta de alimento! Al oir estas insinuaciones, Laura se

estremeció de vergüenza y quiso responder enojada; pero recordando que

su madre estaba en ayunas desde hacía muchas horas, se cubrió el rostro

con las manos y rompió á sollozar. De pronto, como quien adopta una

resolución súbita y firme, púsose en pie, se envolvió en un ancho

capuchón de lana obscura, y salió á la calle, que raras veces pisaba,

convencida de que el retiro es la salvaguardia del recato. Sin titubear

fué en dirección de un tenducho que había entrevisto y donde creía poder

feriar el solo tesoro de que estaba secretamente envanecida y

orgullosa. Era dueña del baratillo la astuta vieja Brasilda,--gran

componedora de voluntades con ribetes de hechicera,--y, muy encubierto

el rostro, entró Laura en la equívoca mansión.

Como Brasilda preguntase maliciosamente qué traía á vender la tapada y

gallarda moza, Laura, sin dejar de esconder el semblante en los pliegues

del capuz, se volvió de espaldas y mostró tendida la espléndida

cabellera rubia, brillante y suave más que la seda, y que, con magnífico

alarde, rebosando de la orla de la saya, barría el suelo. «Esto vendo en

diez escudos--exclamó--y córtese ahora mismo.» Convenía la proposición á

la vieja, porque la mata de pelo daba para muchas pelucas y postizos, y

asiendo unas tijeras segó y tonsuró la copiosa melena. Al observar que

la moza seguía encubriendo el rostro, y creyendo advertir que lloraba

muy bajo, silbó á su oído: «Si eres doncella y tan hermosa como promete

tu cabello, aquí te esperan, no diez escudos, sino cien ó doscientos,

cuando te venga en voluntad.»

Recogió Laura el dinero y alejóse sin responder palabra; en la puerta se

cruzó con un caballero, de buen talle y porte, que no reparó en ella:

Laura sí le miró á hurtadillas y sin querer le encontró galán. El

caballero que penetraba en la mansión de la bruja era don Luis de

Meneses, el mozo más rico, libre y desenfrenado de toda la ciudad, el

cual no visitaba á humo de pajas á la madre Brasilda, sino que acudía

allí como el cazador á que se le señalen do está la caza, y que se la

ojeen y acorralen para asegurarla y matarla á gusto.

Después de un rato de conversación, don Luis divisó la soberana

cabellera rubia, que sobre un paño blanco había extendido la vieja, y en

la cual los destellos del velón, siempre encendido en las obscuridades

del tenducho, rielaban como en lago de oro. «¿De qué mujer es ese

pelo?»--preguntó sorprendido el galán.--«A fe que no lo sé,

hijo»--contestó la vieja.--«Una moza acaba de estar aquí, muy airosa de

cuerpo, pero tapadísima de cara, que no logré vérsela; vendióme esa

mata, cobró y con extraño misterio se fué un minuto antes que

entrases...»

--«¿Por qué no la seguiste, buena pieza?»--«Porque sin duda ella está

más pobre que las arañas, y volverá á ganar los cien escudos que la

ofrecí...»--«¡Bruja condenada! Ese pelo es mío, y la mujer también, si

parece.» Y don Luis aflojó la bolsa, cogió delicadamente el paño y el

tesoro que contenía, y ocultándolo bajo el capotillo, se volvió á su

casa.

Desde aquel día realizóse en don Luis un cambio sorprendente.

Renunciando á sus galanteos y aventuras, olvidando el juego, las burlas

y los desafíos, pareció otro hombre. Se le veía, eso sí, en la calle, en

el paseo, en la iglesia; sus ojos ávidos registraban y escudriñaban sin

cesar, buscando algo que le importaba mucho; pero al anochecer se

recogía, y en vida honesta y arreglada no tenían que reprenderle los

devotos viejos, de grave apostura y rosario gordo. No faltó quien dijese

que el mozo, tocado de la gracia, andaba en meterse capuchino; y es que

ni sabían, ni podían sospechar que don Luis estaba enamorado, ciegamente

enamorado, de la cabellera rubia.

Habiéndola colocado respetuosamente sobre un cojín de tisú de plata, se

pasaba ante ella las horas muertas, ya besándola en ideal éxtasis de

devoción, como á venerada reliquia, ya estrujándola con frenesí de

amante que quisiera despedazar y morder lo mismo que adora. Exaltada la

imaginación de don Luis por la vista de aquella cascada de oro, de

aquella crin en que Febo parecía haber dejado presos sus rayos

juguetones, y de la cual se desprendía un aroma vivo, un olor de

juventud y de pureza, fantaseaba el tronco á que tal follaje

correspondía y adivinaba la mata larguísima, caudalosa, perfumada,

cayendo en crenchas y vedijas sobre unas espaldas de nieve, sobre unas

formas virginales de rosa y nácar, ó rodeando, como nimbo de santa

imagen, un rostro de angelical expresión en que se abrían las flores

azules de los luminosos ojos. Había ideas y recelos que enloquecían al

soñador amante. ¿Quién sabe si la infeliz hermosa, después de vender su

cabello por conservar la honestidad, había tenido que perder la

honestidad por conservar la vida?

Con la fatiga de tal pensamiento, don Luis aborrecía el comer, se

consumía de rabia y se abrasaba en extraños celos. Hecho un

azotacalles, no cesaba de inquirir, pretendiendo ver al través de todos

los postigos y calar todas las rejas y celosías. ¡Trabajo perdido!

Ninguna cabeza juvenil cubierta de sortijas doradas y cortas de aquel

matiz único, incomparable, se ofrecía á sus ojos. Don Luis adelgazaba,

se desmejoraba, estaba á pique de desvariar, cada vez que la vieja

hechicera Brasilda, aturdida y desconsolada, repetía alzando las manos

secas:

--Bruja será también la del cabello de oro, y habráse untado y volado

por la chimenea... No parece, hijo, no parece por más que me descuajo

buscándola...

Perdido ya de amores don Luis, como hombre á quien le han dado extraño

bebedizo, llegó al caso de temer morirse de pasión y furia celosa, y

apretando al corazón la cabellera, cuyas roscas le acariciaban las manos

febriles, hizo un voto.--«Que encuentre á tu dueña, y sea rica ó pobre,

buena ó mala, noble ó de plebeya estirpe, con ella me casaré. Pongo por

testigo á este Crucifijo que me escucha.»--Después del voto, lleno de

esperanza y de ilusión salió don Luis á la calle, y al obscurecer, como

fuese muy embozado, le paró cerca de su puerta una pobre, envuelta y

cubierta con un viejísimo capuz de lana.

--Señor caballero--decía en voz lastimera y humilde,--¿necesitan por

casa de su merced una labrandera buena y diligente? No hay donde

trabajar, y mi madre no tiene qué comer.

--Esa es mi casa--respondió distraidamente don Luis, que pensaba en sus

fantásticos amores;--ven mañana, que tendrás harta labor... Toma á

cuenta,--y dejó en la mano tendida un escudo.

Al otro día, Laura, sentada en el hueco de una reja de la casa de don

Luis, con una canastilla de ropa blanca delante, cosía en silencio, sin

tomar parte en la charla de las dueñas; sufría al dejar su morada, su

enferma, su retiro; la fatiga encendía sus mejillas antes pálidas.

Entraban por la reja los dardos del sol, y se prendían en los anillos,

cortos y sedosos como plumón de pajarito nuevo, de la cabeza

descubierta, que no velaba el capuz. Y, casualmente, pasó don Luis tan

absorto, que ni miró á la joven labrandera. Pero ella, reconociendo en

don Luis al caballero galán de quien no había cesado de acordarse,--el

que vió cuando salía de vender su cabellera en casa de la bruja,--exhaló

un grito involuntario... Al oirlo, volvióse don Luis, y cruzando las

manos, creyó que alguna aparición del cielo le visitaba, pues reconoció

el matiz único de la melena rubia en la ensortijada testa que bañaba el

sol... Y dirigiéndose á las dueñas y á las mozas de servicio con imperio

y ufanía, dijo solemnemente:

--No labréis más; hoy es día de fiesta; saludad á vuestra señora...

Delincuente honrado

De todos los reos de muerte que he asistido en sus últimos

instantes--nos dijo el Padre Téllez, que aquel día estaba animado y

verboso--el que me infundió mayor lástima fué un zapatero de viejo,

asesino de su hija única. El crimen era horrible. El tal zapatero,

después de haber tenido á la pobre muchacha rigurosamente encerrada

entre cuatro paredes; después de reprenderla por asomarse á la ventana;

después de maltratarla, pegándola por leves descuidos, acabó llegándose

una noche á su cama, y clavándola en la garganta el cuchillo de cortar

suela. La pobrecilla parece que no tuvo tiempo ni de dar un grito,

porque el golpe segó la carótida. Esos cuchillos son un arma atroz, y al

padre no le tembló la mano; de modo que la muchacha pasó, sin

transición, del sueño á la eternidad.

La indignación de las comadres del barrio y de cuantos vieron el

cadáver de una criatura preciosa de diez y siete años, tan alevosamente

sacrificada, pesó sobre el Jurado; y como el asesino no se defendía y

parecía medio estúpido, le condenaron á la última pena. Cuando tuve que

ejercer con él mi sagrado ministerio, á la verdad, temí encontrar,

detrás de un rostro de fiera, un corazón de corcho, ó unos sentimientos

monstruosos y salvajes. Lo que ví fué un anciano de blanquísimos

cabellos, cara demacrada y ojos enrojecidos, merced al continuo fluir de

las lágrimas, que poco á poco se deslizaban por las mejillas consumidas,

y á veces paraban en los labios temblones, donde el criminal, sin

querer, las bebía y saboreaba su amargor.

Lejos de hallarle rebelde á la divina palabra, apenas entré en su celda

se abrazó á mis rodillas y me pidió que le escuchase en confesión,

rogándome también que, después de cumplir el fallo de la justicia,

hiciese públicas sus revelaciones en los periódicos, para que

rehabilitasen su memoria y quedase su decoro como correspondía. No

juzgué procedente acceder en este particular á sus deseos: pero hoy los

invoco, y me autorizan para contarles á ustedes la historia. Procuraré

recordar el mismo lenguaje de que él se sirvió, y no omitiré las

repeticiones, que prueban el trastorno de su mísera cabeza:

»--Padre confesor--empezó por decir,--ante todo sepa usted que yo soy un

hombre decente, todo un caballero. Esa niña... que maté... nació... al

año de haberme casado. Era bonita, y su madre también... ¡ya lo creo!

preciosa, que daba gloria el mirarla! Yo tenía ya algunos añitos... y

ella, una moza de rumbo, más fresca que las mismas rosas. Digo la madre,

señor; digo su madre, porque por la madre tenemos que principiar. Los

hijos, así como heredan los dineros del que los tiene... heredan otras

cosas... Usted, que sabrá mucho, me entenderá. Yo no sé nada, pero... á

caballero no me ha ganado nadie!

La madre... yo me miraba en sus ojos, porque la quería de alma, según

corresponde á un marido bueno. Le hacía regalos; trabajaba día y noche

para que tuviese su ropa maja y su mantón y sus aretes, y sobre todo...

¡porque eso es antes! á diario su puchero sano, y cuando parió, su

cuartillo de vino y su gallina... No me remuerde la conciencia de

haberla escatimado un real. Ella era alegre y cantaba como una

calandria, y á mí se me quitaban las penas de oirla. Lo malo fué que

como la celebraron la voz y las coplas, y empezaron á remolinarse para

escucharla, y el uno que llega y el otro que se pega, y éste que encaja

una pulla, y aquél que suelta un requiebro... en fin, ví que se ponía

aquello muy mal, y la dije lo que venía al caso. ¿Sabe usted lo que me

contestó? Que no lo podía remediar, que la gustaba el gentío y oir cómo

la jaleaban, que cada cual es según su natural y que no le rompiese la

cabeza con sermones... De allí á un mes--no se me olvida la fecha, el

día de la Candelaria--desapareció de casa, sin dar siquiera un beso á la

niña... que tenía sus cinco añitos y era como un sol.»

--Aquí--intercaló el Padre Téllez--tuvo una crisis de sollozos, y por

poco me enternezco yo también, á pesar de que la costumbre de asistir á

los reos endurece y curte. Le consolé cuanto era posible, le di á beber

un trago de anís, y el desdichado prosiguió.

«Supe luego que andaba por los coros de los teatros, y sabe Dios cómo...

y lo que más me barajaba los sesos--¡porque la honra trabaja mucho!--era

que me decían los amigos, al pasar delante de mi obrador:--No tienes

vergüenza... Yo que tú, la mato.--De tanto oirlo, se me pegó el

estribillo, y mientras batía suela, ¡tan, tan, catán! repetía en

alto:--No tengo vergüenza... ¡Había que matarla!--Sólo que ni la

encontré en jamás, ni tuve ánimos para echarme en su busca. Y así que

pasaron tres años, nadie me venía con que la matase, porque ella rodaba

por Andalucía, hasta que se la llevaron á América... ¡qué sé yo adonde!

¡Si vive y lee los diarios y ve como murió su hija...!» El reo tuvo un

ataque de risa convulsiva, y le sosegué otra vez á fuerza de

exhortaciones y consejos.

«Así que se me quitó de la imaginación la madre, empecé á cuidar de la

niña. No tenía otra cosa para qué mirar en el mundo. Me propuse que no

había de perderse, ni arrimarme otro tiznón, y no la dejé salir ni al

portal. Aunque me dijese, es un verbigracia:--«Padre, tengo ganas de

correr» ó--«Padre, me pide el cuerpo ir á la plazuela»--nada, yo

sujetándola, que se divirtiese con su canario, ó con los pliegos de

aleluyas, ó con la maceta de albahaca, ¡pero sin sacar un dedo fuera! Y

así que fué espigando, y me hice cargo de que era muy bonita, tan bonita

como su madre, y parecida á ella como una gota á otra gota... y con una

voz de ángel también, se me abrieron los ojos de á cuarta, y dije:--No,

lo que es tú... no has de echarme el borrón.--Y me convertí en espía, y

la velé hasta el sueño, y no contento con guardarla dentro de casa, me

paseaba por la callejuela debajo de su ventana, á ver si andaba por allí

algún zángano; tanto que la castañera de la esquina me dijo

así:--Abuelo, está usted chiflado. ¿A quién se le ocurre rondar á su

propia hija? ¡Qué viejos mas escamones!--Pero no lo podía remediar. Toda

cuanta candidez y buena fe había tenido con la madre, ahora se me volvía

desconfianza; se me había clavado aquí, entre las cejas, que mi hija se

perdería, que era infalible que se perdiese, sobre todo si daba en

cantar; y me eché de rodillas delante de ella, y la obligué á que me

jurase que no cantaría nunca, así se hundiese el mundo. Y me lo juró:

sólo que, como ya no era yo aquel de antes, de allí á pocas mañanas,

acechando desde la esquina, la veo que abre la ventana, que se pone á

regar las macetas, y que al mismo tiempo, á competencia con el canario,

rompe á cantar... Me dió la sangre una vuelta redonda y se me quedaron

las manos frías. Volví á casa, entré en el cuarto de la muchacha, la

cogí por el pelo y debí de pegarla bastante, porque gritó y estuvo más

de una semana con una venda. ¿Creerá usted, Padre, que se enmendó? A

los quince días vuelvo á rondar y vuelve á asomarse, y otra vez el

canticio, y enfrente un grupo de mozalbetes que se para y la dice muchos

olés... Callé; no entré á castigarla; y por la tarde, mientras batía mi

suela, me parecía que una voz rara, como de algún chulo que se reía de

mí, me decía lo mismo que doce años antes:--No tienes vergüenza... Había

que matarla.--Cené muy triste, y después de que me acosté, la misma voz,

erre que erre: Matarla, matarla...--Entonces me levanté despacio, cogí

la herramienta, fuí en puntillas, me acerqué á la cama, y de un solo

golpe... Ahora hagan de mí lo que quieran, que ya tengo mi honra

desempeñada.»

--¿Creerán ustedes,--añadió el Padre Téllez, que no le pude quitar la

tema de la honra? Se arrepentía... pero á los dos minutos volvía á

porfiar que era un caballero, y su conducta, más que culpable,

ejemplar... En este terreno casi murió impenitente...

--Estaría loco--dijimos, á fin de consolar al sacerdote, que se había

quedado muy abatido al terminar su relato.

Primer amor

¿Qué edad contaría yo á la sazón? ¿Once ó doce años? Más bien serían

trece, porque antes es demasiado temprano para enamorarse tan de veras;

pero no me atrevo á asegurar nada, considerando que en los países

meridionales madruga mucho el corazón, dado que esta víscera tenga la

culpa de semejantes trastornos.

Si no recuerdo bien el _cuándo_, por lo menos puedo decir con completa

exactitud el _cómo_ empezó mi pasión á revelarse. Gustábame

mucho--después de que mi tía se largaba á la iglesia á hacer sus

devociones vespertinas--colarme en su dormitorio y revolverle los

cajones de la cómoda, que los tenía en un orden admirable. Aquellos

cajones eran para mí un museo: siempre tropezaba en ellos con alguna

cosa rara, antigua, que exhalaba un olorcillo arcáico y discreto, el

aroma de los abanicos de sándalo que andaban por allí perfumando la

ropa blanca. Acericos de raso descolorido ya; mitones de malla, muy

doblados entre papel de seda; estampitas de santos; enseres de costura;

un _ridículo_ de terciopelo azul bordado de canutillo; un rosario de

ámbar y plata, fueron apareciendo por los rincones: yo los curioseaba y

los volvía á su sitio. Pero un día--me acuerdo lo mismo que si fuese

hoy--en la esquina del cajón superior y al través de unos cuellos de

rancio encaje, ví brillar un objeto dorado.... Metí las manos, arrugué

sin querer las puntillas, y saqué un retrato, una miniatura sobre

marfil, que mediría tres pulgadas de alto, con marco de oro.

Cuentos de amor · 第 5 / 15 段