No sería doña Peregrina, la cuarta solterona, la que se impusiese

torturas para presumir de pie. Al contrario: se declaraba _sans façon_.

Reducida á mezquina orfandad, compraba en los ropavejeros sus manteletas

color de ala de mosca. Por lo demás, era mujer de empuje y brío, alta,

gruesa, de una frescura rancia--si es lícito expresarse así--viva de

ojos y arrebatada de color, amiga de la broma, pero gazmoña á ratos,

siempre dentro de la nota del buen humor y la marcialidad.

¡Cómo me festejaban aquellas cuatro señoras! Hay sitios adonde vamos

atraídos, no por nuestro gusto, sino por el que damos á los demás. Diez

años haría tal vez que las solteronas no veían de cerca un semblante

juvenil. Mi presencia y mi asiduidad eran un rasgo de galantería de

incalculable precio, que halagaba la nunca extinguida vanidad

sentimental de la mujer. El mozo que quiera ganar buen nombre, sea

amable con las viejecitas, con las desechadas, con las retiradas del

juego. Las muchachas nada agradecen. Aquellas cuatro inválidas, con su

manso charloteo, me crearon una reputación fabulosa de discreto, de

galán, de simpático, de estudioso. A su manera, me allanaban el camino

de una lucida posición y de una boda brillante. En los exámenes yo podía

contestar mal ó bien, que segura tenía la nota: tal labor subterránea

hacían mis solteronas con los catedráticos. En mi salud no cesaban de

pensar. «Vienes descolorido, Gabriel... ¿Qué tienes? ¡Ojo con las

bribonas!» Y me enviaban remedios caseros, y piperetes, y vinos

cordiales, y reliquias milagrosas, y hasta sábanas, por si las de la

posada no eran «de confianza» y «bien lavaditas».

A fin de animar la tertulia, se me ocurrió leer en alto versos y novelas

románticas. Auditorio semejante no lo ha soñado ningún lector. Diríase

que, para escuchar, hasta la respiración suspendían. Según avanzaba la

lectura, crecía el interés. Una indignación, cómica á fuerza de ser

ingenua, contra los traidores; un terror vivísimo cuando los buenos iban

á caer en las emboscadas de los malos; un gozo pueril cuando la virtud

salía triunfante... Las exclamaciones me interrumpían. «¿Ese pillo se

equivoca y toma el veneno? ¡Castigo de Dios!» «¡Ay, que si Gontrán entra

en el bosque encuentra al otro con el puñal! ¡Que no entre, que no

entre!» «¡Jesús, al fin le da la puñalada!» «¡Infame!» «Ve usted cómo el

niño que robó el titiritero era hijo de la princesa?» etc.--En los

episodios vehementes, cuando los amantes se dicen ternezas al claror de

la luna, las solteronas se deshacían. Un leve sonrosado animaba las

mejillas amarillentas; se humedecían los áridos ojos; los encogidos

pechos anhelaban; aparecíase el bello fantasma de la lejana juventud, y

un aura dulce y tibia agitaba un momento aquellos espíritus resignados,

como el aire primaveral agita el polvo de una tierra seca y estéril.

Llegó el plazo en que yo tenía que emprender mi viaje á la corte, para

cursar el doctorado. Dí la noticia á mis solteronas, y aunque no podía

sorprenderlas, no fué menor el efecto que produjo. Mi tía Gabriela, sin

perder el compás de la dignidad, se puso temblona, y me advirtió, en

frases que revelaban verdadera ternura, que era preciso excusar á los

viejos si se afectaban en las despedidas, porque no estaban seguros de

volver á ver á los que partían. Doña Peregrina manoteó, protestó, bufó,

me insultó, y al fin se echó á llorar como una fuente. Doña Aparición

suspiró, alzó la vista al cielo y dijo haciendo monerías: «Un joven de

estas prendas... naturalmente, ¡va á lucir en la corte! Mañana recibirá

usted un alfiler de esmeraldas... que fué de mi papá». Por su parte,

Candidita guardó silencio, y á poco se levantó, asegurando que tenía que

hacer una visita urgente. Aproveché el pretexto para abreviar la escena;

salí con ella, la ayudé á ponerse el mantón, y la ofrecí el brazo por la

escalera de peldaños carcomidos.

De repente, en el primer descanso, escuché un ahogado sollozo; unos

brazos endebles me rodearon el cuello, y una cara fría como la nieve se

pegó á mis barbas. Comprendí de súbito... y, créanlo ustedes, ¡me quedé

más volado y más compadecido que si viese á mi propia madre de rodillas

ante mí! Noté que Candidita pesaba como pesan los cuerpos inertes; la

supuse desmayada y la arrimé al balaustre, tartamudeando lleno de

piedad: «Adiós, adiós, ya sabe que se la quiere». Mas como no me

soltaba, me encontré ridículo y la rechacé... Al hacerlo, me pareció que

estaba degollando á una ovejuela enferma, y la lástima me obligó á

volver atrás y corresponder al abrazo de Candidita con una caricia

rápida y violenta, filial y santa en la intención. Después eché á

correr, y salí á la calle resuelto á no volver por la tertulia. ¡Ah, eso

sí! La caridad tiene sus límites...--Y ahora, que también soy viejo yo,

suelo acordarme de Candidita... ¡Pobre mujer!

La caja de oro

Siempre la había visto sobre su mesa, al alcance de su mano bonita, que

á veces se entretenía en acariciar la tapa suavemente; pero no me era

posible averiguar lo que encerraba aquella caja de filigrana de oro con

esmaltes finísimos, porque apenas intentaba apoderarme del juguete, su

dueña lo escondía precipitada y nerviosamente en los bolsillos de la

bata, ó en lugares todavía más recónditos, dentro del seno, haciéndola

así inaccesible.

Y cuanto más la ocultaba su dueña, mayor era mi afán por enterarme de lo

que la caja contenía. ¡Misterio irritante y tentador! ¿Qué guardaba el

artístico chirimbolo? ¿Bombones? ¿Polvos de arroz? ¿Esencias? Si

encerraba alguna de estas cosas tan inofensivas, ¿á qué venía la

ocultación? ¿Encubría un retrato, una flor seca, pelo? Imposible: tales

prendas, ó se llevan mucho más cerca ó se custodian mucho más lejos: ó

descansan sobre el corazón, ó se archivan en un secreter bien cerrado,

bien seguro... No eran despojos de amorosa historia los que dormían en

la cajita de oro, esmaltada de azules quimeras, fantásticas rosas y

volutas de verde ojiacanto.

Califiquen como gusten mi conducta los incapaces de seguir la pista á

una historia, tal vez á una novela. Llámenme enhorabuena indiscreto,

antojadizo, y por contera, entrometido y fisgón impertinente. Lo cierto

es que la cajita me volvía tarumba, y agotados los medios legales, puse

en juego los ilícitos y heroicos... Mostréme perdidamente enamorado de

la dueña, cuando sólo lo estaba de la cajita de oro; cortejé en

apariencia á una mujer, cuando sólo cortejaba á un secreto; hice como si

persiguiese la dicha... cuando sólo perseguía la satisfacción de la

curiosidad. Y la suerte, que acaso me negaría la victoria si la victoria

realmente me importase, me la concedió... por lo mismo que al

concedérmela me echaba encima un remordimiento.

No obstante, después de mi triunfo, la que ya me entregaba cuanto

entrega la voluntad rendida, defendía aún, con invencible obstinación,

el misterio de la cajita de oro. Desplegando zalameras coqueterías ó

repentinas y melancólicas reservas; discutiendo ó bromeando; apurando

los ardides de la ternura ó las amenazas del desamor, suplicante ó

enojado, nada obtuve; la dueña de la caja persistió en negarse á que me

enterase de su contenido, como si dentro del lindo objeto existiese la

prueba de algún crimen.

Repugnábame emplear la fuerza y proceder como procedería un patán, y

además, exaltado ya mi amor propio (á falta de otra exaltación más dulce

y profunda), quise deber al cariño y sólo al cariño de la hermosa la

clave del enigma. Insistí, me sobrepujé á mí mismo, desplegué todos los

recursos, y como el artista que cultiva por medio de las reglas la

inspiración, llegué á tal grado de maestría en la comedia del

sentimiento, que logré arrebatar al auditorio. Un día en que algunas

fingidas lágrimas acreditaron mis celos, mi persuasión de que la cajita

encerraba la imagen de un rival, de alguien que aún me disputaba el alma

de aquella mujer, la vi demudarse, temblar, palidecer, echarme al cuello

los brazos, y exclamar, por fin, con sinceridad que me avergonzó:

--¡Qué no haría yo por ti! Lo has querido... pues sea. Ahora mismo verás

lo que hay en la caja.

Apretó un resorte; la tapa de la caja se alzó, y divisé en el fondo unas

cuantas bolitas tamañas como guisantes, blanquecinas, secas. Miré sin

comprender, y ella, reprimiendo un gemido, dijo solemnemente:

--Esas píldoras me las vendió un curandero que realizaba curas casi

milagrosas en la gente de mi aldea. Se las pagué muy caras, y me aseguró

que, tomando una al sentirme enferma, tengo asegurada la vida. Sólo me

advirtió que si las apartaba de mí ó las enseñaba á alguien, perdían su

virtud. Será superstición ó lo que quieras; lo cierto es que he seguido

la prescripción del curandero, y no sólo se me quitaron achaques que

padecía (pues soy muy débil), sino que he gozado salud envidiable. Te

empeñaste en averiguar... Lo conseguiste... Para mí vales tú más que la

salud y que la vida. Ya no tengo panacea, ya mi remedio ha perdido su

eficacia: sírveme de remedio tú; quiéreme mucho, y viviré.

Quédeme frío. Logrado mi empeño, no encontraba dentro de la cajita sino

el desencanto de una superchería y el cargo de conciencia del daño

causado á la persona que al fin me amaba. Mi curiosidad, como todas las

curiosidades, desde la fatal del Paraíso hasta la no menos funesta de la

ciencia contemporánea, llevaba en sí misma su castigo y su maldición.

Daría entonces algo bueno por no haber puesto en la cajita los ojos. Y

tan arrepentido que me creí enamorado; cayendo de rodillas á los pies de

la mujer que sollozaba, tartamudeé:

--No tengas miedo... Todo eso es una farsa, un indigno embuste... El

curandero mintió... Vivirás, vivirás mil años... Y aunque hubiesen

perdido su virtud las píldoras, ¿qué? Nos vamos á la aldea y compramos

otras... Todo mi capital le doy al curandero por ellas.

Me estrechó, y sonriendo en medio de su angustia, balbuceó á mi oído:

--El curandero ha muerto.

Desde entonces la dueña de la cajita--que ya no la ocultaba ni la miraba

siquiera, dejándola cubrirse de polvo en un rincón de la estantería

forrada de felpa azul--empezó á decaer, á consumirse, presentando todos

los síntomas de una enfermedad de languidez, refractaria á los remedios.

Cualquiera que no me tenga por un monstruo supondrá que me instalé á su

cabecera y la cuidé con caridad y abnegación. Caridad y abnegación digo,

porque otra cosa no había en mí para aquella criatura de quien había

sido verdugo involuntario. Ella se moría, quizás de pasión de ánimo,

quizás de aprensión, pero por mi culpa; y yo no podía ofrecerla, en

desquite de la vida que le había robado, lo que todo lo compensa: el don

de mí mismo, incondicional, absoluto. Intenté engañarla santamente para

hacerla dichosa, y ella, con tardía lucidez, adivinó mi indiferencia y

mi disimulado tedio, y cada vez se inclinó más hacia el sepulcro.

Y al fin cayó en él, sin que ni los recursos de la ciencia ni mis

cuidados consiguiesen salvarla. De cuantas memorias quiso legarme su

afecto, sólo recogí la caja de oro. Aún contenía las famosas píldoras, y

cierto día se me ocurrió que las analizase un químico amigo mío, pues

todavía no se daba por satisfecha mi maldita curiosidad. Al preguntar el

resultado del análisis, el químico se echó á reir.

--Ya podía usted figurarse--dijo--que las píldoras eran de miga de pan.

El curandero (¡si sería listo!) mandó que no las viese nadie... para que

á nadie se le ocurriese analizarlas. ¡El maldito análisis lo seca todo!

La sirena

No es posible pintar el cuidado y desvelo con que la ratona madre

atendió á su camada de ratoncillos. Gordos y lucios los crió, y alegres

y vivarachos y con un pelaje ceniciento tan brillante que daba gozo: y

no queriendo dejar lo divino por lo humano, prodigó á sus vástagos

avisos morales sabios y rectos, y les puso en guardia contra las

asechanzas y peligros del pícaro mundo. «Serán unos ratones de seso y

buen juicio», decía para sí la ratona, al ver cuán atentamente la oían,

y cómo fruncían plácidamente el hociquito en señal de gustosa

aprobación.

Mas yo os contaré aquí, muy en secreto, que los ratoncillos se mostraban

tan formales, porque aún no habían asomado la cabeza fuera del agujero

donde los agasajaba su mamá. Practicada en el tronco de un árbol la

madriguera, les cobijaba á maravilla, y era abrigada en invierno y

fresca en verano, mullida siempre, y tan oculta, que los chiquillos de

la escuela ni sospechaban que allí habitase una familia ratonil.

Sin embargo, de los tres de la nidada, uno ya empezaba á desear sacar el

hocico, á soñar con retozos, deportes y correteos por el verde prado,

que al pie del árbol se extendía alegre é incitante, esmaltado de varias

flores y bullente de insectos, mariposas y reptiles. «Me gustaría por

los gustares bajar ahí», pensaba el joven ratón, sin atreverse á decirlo

en voz alta, de puro miedo á su madre. Un día que se le escapó alguna

señal de su deseo, la madre exclamó trémula de espanto: «Ni en broma lo

digas, criatura. Si no quieres que me disguste mucho, no vuelvas á

hablar de salir al prado.»

¿Creeréis que la prohibición le quitó al ratoncillo las ganas? ¡Bah! Ya

sabéis que las prohibiciones son espuela del antojo.--No atreviéndose á

bajar aún el antojadizo, se pasaba las horas muertas mirando al prado

deleitable. ¡Qué bueno sería trotar por entre aquella hierba suave y

perfumada! ¡Qué simpático remojarse en el limpio arroyuelo que bañaba de

aljófar las raíces de sauces y mimbreras! ¡Qué divertido dar caza á los

viboreznos y lagartijas que se deslizaban estremeciendo el follaje y

haciendo relumbrar al sol los tonos metálicos de su elegante cuerpo!

¿Por qué, vamos á ver, por qué prohibía tan inocentes recreos la madre

ratona?

Un día que la mamá había salido, según costumbre, en busca de sustento

para su prole, el hijo se asomó al agujero, echando más de la mitad del

tronco fuera. De pronto sintió como un choque eléctrico y vió cruzar por

el prado un ser encantador. Era ni más ni menos que una gatita blanca

como la nieve, que fijaba en el ratoncillo sus anchas pupilas de

esmeralda.

Quedóse el ratón fascinado, absorto. Nunca había visto cosa más linda

que la tal gata blanca. ¡Qué gracia y gentileza en sus movimientos, qué

soltura en su flexible andar, qué monería en su cara picaresca, y qué

virginal candor en su ropaje de armiño! ¡Y qué decir de aquellos ojos

verdes con reflejos áureos, aquellos ojos cuyo mirar derretía,

incendiaba el corazón!

A no estar tan próxima la hora en que solía regresar á la guarida la

madre, el ratón se hubiese arrojado sin vacilar de su nido para

acercarse á la preciosa gata. Le contuvieron el temor y el hábito de

obedecer, que siempre reprimen un tanto, al principio, los ímpetus

rebeldes; pero lo que no acertó á sujetar fué su lengua, y loco de

entusiasmo, refirió á la mamá cómo le tenía fuera de sí la aparición de

la gata celeste.

--Qué, ¿has visto á ese monstruo?--exclamó la madre.

--¡Monstruo una criatura tan encantadora!--suspiró el ratoncillo.

--Monstruo horrible, el más funesto, el más sanguinario, el más atroz

que, por tu negra suerte, pudiste encontrar. Huye de él, hijo mío, como

del fuego: mira que en huir te va la vida; mira que tu padre pereció en

las garras de esa maldita fiera, y que todas mis lágrimas son obra suya.

--Madre--repuso atónito el ratoncillo--apenas puedo creer lo que me

aseguras. El agua que corre limpia y clara entre las flores del prado no

tiene los matices de aquellos cándidos ojos ya verdes, ya azulados,

siempre dulces, donde siempre juega misteriosamente la luz. Los pétalos

de las azucenas y de los lirios del valle ceden en blancura á su nevada

piel, que debe de ser más suave que el terciopelo y más flexible que la

seda. ¿Cómo quieres que vea un monstruo sanguinario y horrible en la

gata? ¡Ay, madre! desde que la contemplé, sólo en ella pienso. Cuanto no

es ella, me parece indigno de existir. Antes me gustaban el prado y el

cielo y los árboles. Ahora todo me cansa y todo lo desprecio. Madre,

cúrame de este mal, porque me siento tan triste, que creo que se me va á

acabar la vida.

Ya supondréis que la pobre ratona haría cuanto cabe para distraer y

aliviar á su retoño. A fin de cambiar sus pensamientos en otros más

lícitos, llevóle al agujero de unas ratas algo parientas suyas, jóvenes,

ricas y honradas, que vivían royendo el trigo de repleto granero; pero

el ratón se aburría de muerte entre los montones de grano, en la

obscuridad de la troj, y echaba de menos el prado, que iluminaba, antes

que el sol, la presencia de la gata blanca. Porque ya varias veces la

había visto pasar juguetona y ligera, fijando sus radiantes pupilas en

las inaccesibles alturas del árbol, y siempre que la gata aparecía, el

ratón sentía ensanchársele la vida y escapársele el alma--sí, el alma,

porque el amor hasta en las bestias la infunde--detrás de aquella maga

de los verdes ojos.

No hubiese querido la ratona en tan críticas circunstancias separarse un

minuto de su hijo, pero era forzoso salir á cazar, á procurar

subsistencia para la familia, y llegó una mañana en que habiendo

madrugado la ratona á dejar el nido antes de que amaneciese, el joven

ratón, pensativo y melancólico, se asomó al agujero para ver nacer el

día. Recta faja dorada franjeó el horizonte; poco á poco la bruma se

rasgó y fué absorbiéndose en la clara pureza del cielo, por donde el sol

ascendía como una rosa de oro pálido; los pajaritos saludaron su

gloriosa luz con un himno de alegría alborozado y triunfal, y sobre la

hierba, aljofarada aún de rocío, como sobre una red de diamantes,

mostróse pasando con aristocrática delicadeza y remilgada precaución, la

hermosa gata blanca.

Exhaló el ratón un chillido de júbilo; la gata le miraba, parecía

llamarle, invitarle á que descendiese.--¿Quieres jugar

conmigo?--preguntóla él, sin reflexionar, sin acordarse para nada de las

maternales advertencias.--Baja--pareció contestar con sus ojos

misteriosos la gatita. Y el ratón bajó aprisa, disparado, ebrio de

felicidad, y el juego dió principio, con muchos saltos y carreras.

Fingía huir la gata; escondíase entre sauces y mimbres, y cuando el

ratón se cansaba de perseguirla, ella se dejaba caer sobre la muelle

alfombra del prado, y escondiendo las uñas recibía con las patitas de

terciopelo al ratón, y ya le despedía, en broma, ya le estrechaba,

retozando, en deleitosa mezcla é indescifrable confusión de tratamientos

ásperos y dulces.

Nunca sabía el ratón, en aquel juego de veleidades, si iba á ser acogido

con demostración tierna y mimosa ó con fiero y desdeñoso zarpazo; y en

los amados ojos de la esfinge tan pronto veía piélagos de voluptuosidad

y relámpagos de risa, como destellos de ferocidad y chispazos sombríos y

crueles. Más de una vez creyó notar que las patitas blandas y muertas se

crispaban de súbito, y que bajo lo afelpado de la piel surgían uñas de

acero. Y ¡cosa rara! no bien pensaba advertir síntomas tan alarmantes,

el ratón cerraba los párpados y volvía gozoso y tembloroso á solazarse

con la gata blanca.

Duraba aún el juego, cuando por la tarde regresó la ratona y vió de

lejos la escena y á su hijo mano á mano con el monstruo. Llorando y

desesperada gritóle desde lejos:--Hijo mío, que te pierdes.--El ratón,

por supuesto, no la hizo maldito caso. ¡Sí, para oir consejos estaba él!

Subido al quinto cielo, nunca el juego le había encantado más. La gata,

por el contrario, empezaba á fatigarse y á sospechar que había perdido

bastante tiempo con un ratoncillo de mala muerte; y al notar que iba á

ponerse el sol, que se hacía tarde--sin modificar apenas su actitud,

siempre graciosa y juguetona, como el que no hace nada--torció la

cabeza, aseguró con la boca al ratoncillo, hincó los agudos dientes... y

le lanzó al aire palpitante y moribundo, para recibirle en las uñas,

tendidas con violencia feroz...

A punto que una nube de sangre cubría ya los ojos del desdichado, y el

delirio de la agonía ofuscaba sus sentidos, todavía pudo oirse cómo

murmuraba débilmente:--¿Quieres jugar conmigo, gatita blanca?

Por eso su madre hizo mal en llorar amargamente al incauto ratón. ¡El

espiró tan satisfecho, tan á gusto!

Así y todo...

La sanción penal para la mujer--dijo en voz incisiva Carmona, aficionado

á referir casos de esos que dan escalofríos--es no encontrar hombre

dispuesto á ofrecerla mano de esposo. Una imperceptible sombra, un

pecadillo de coquetería ó de ligereza, cualquier genialidad, la más leve

impremeditación, bastan para empañar el buen nombre de una doncella, que

podrá ser honestísima, pero que, cargada con el sambenito, ya se queda

soltera hasta la consumación de los siglos, sin remedio humano.

Sucediendo así, ¿cómo se explica que infinitas mujeres notoriamente

infames, y con razón difamadas, si cien veces enviudan, otras ciento

hallan quien las lleve al altar? Para probarles este curioso fenómeno,

les contaré un suceso presenciado allá en mis mocedades, que me produjo

impresión tan indeleble, que jamás en toda mi vida me ocurrió la idea de

casarme. Sí; por culpa de aquella historia moriré solero,--y no me

pesa, bien lo sabe Dios.

El lance pasó en M***, donde estaba de guarnición uno de los regimientos

más lucidos del ejército español, que por su arrojo y decisión en atacar

había merecido el glorioso sobrenombre de _El Adelantado_. Era yo

entrañable amigo del teniente Ramiro Quesada, mozo de arrogante figura y

ardorosa cabeza, uno de esos atolondrados simpáticos, á quienes queremos

como se quiere á los niños. No salía Ramiro sin mí; juntos íbamos al

teatro, á los saraos, á las juergas--que ya existían entonces aunque las

llamásemos de otro modo;--juntos dábamos largos paseos á caballo, y

juntos hacíamos corvetear á nuestras monturas ante las floridas rejas.

Nos confiábamos nuestros amoríos, nuestros apurillos de dinero, nuestras

ganancias al juego, nuestros sueños y nuestras esperanzas de los

veinticinco años. No éramos él ni yo precisamente unos anacoretas, pero

tampoco unos perdidos: muchachos alegres, y nada más.

De repente noté que Ramiro se volvía huraño, y retrayéndose de mi trato

y compañía se daba á andar solo, como si tuviese algo que le importase

encubrir. Vano intento, porque en M*** no caben tapujos. Poco tardamos

en averiguar la razón del cambio de carácter del teniente. La clave del

enigma no era sino la esposa del capitán Ortiz, una de esas hembras que

no calificaré de muy hermosas, pero peores que si lo fuesen: morena,

menuda, salerosa al andar, descolorida, de ojos que parecían candelas

del infierno y una cintura redonda de las que se pueden rodear con una

liga. Ortiz, al parecer (y con motivo, pero sin fruto), era

extremadamente celoso, y Ramiro, para avistarse con su tormento,

necesitaba emplear ardides de prisionero ó de salvaje. El día en que se

le frustraba una cita ó se le malograba furtivo coloquio en la reja que

abría sobre una callejuela obscura y solitaria, estaba el pobre muchacho

como demente: ni contestaba si le hablábamos. Aunque yo no alardease de

moralista, ni tuviese autoridad para aconsejar, y menos en tales

materias, declaro que las relaciones ilícitas de mi amigo me desazonaban

mucho, y un presentimiento--le llamo así, porque no sé cómo definir el

disgusto y la inquietud que sentía--me anunciaba que algo grave, algo

penoso debían acarrearle á Ramiro aquellos malos pasos. Con todo, lejos

estaba--á mil leguas de suponer la tragedia que aconteció.

Cierta mañana esparcióse por M*** la nueva de que el capitán Ortiz había

sido encontrado muerto, con un balazo en el pecho y otro en la cabeza,

casi á las puertas de su domicilio, cerca de la esquina donde se abría

la callejuela lóbrega. En los primeros momentos no me asaltó la terrible

sospecha: creía á Ramiro noble y leal, y sólo cuando el rumor público le

señaló, comprendí que únicamente él, poseído del demonio, podía haber

realizado la obra de tinieblas...

Cuentos de amor · 第 4 / 15 段