torturas para presumir de pie. Al contrario: se declaraba _sans façon_.
Reducida á mezquina orfandad, compraba en los ropavejeros sus manteletas
color de ala de mosca. Por lo demás, era mujer de empuje y brío, alta,
gruesa, de una frescura rancia--si es lícito expresarse así--viva de
ojos y arrebatada de color, amiga de la broma, pero gazmoña á ratos,
siempre dentro de la nota del buen humor y la marcialidad.
¡Cómo me festejaban aquellas cuatro señoras! Hay sitios adonde vamos
atraídos, no por nuestro gusto, sino por el que damos á los demás. Diez
años haría tal vez que las solteronas no veían de cerca un semblante
juvenil. Mi presencia y mi asiduidad eran un rasgo de galantería de
incalculable precio, que halagaba la nunca extinguida vanidad
sentimental de la mujer. El mozo que quiera ganar buen nombre, sea
amable con las viejecitas, con las desechadas, con las retiradas del
juego. Las muchachas nada agradecen. Aquellas cuatro inválidas, con su
manso charloteo, me crearon una reputación fabulosa de discreto, de
galán, de simpático, de estudioso. A su manera, me allanaban el camino
de una lucida posición y de una boda brillante. En los exámenes yo podía
contestar mal ó bien, que segura tenía la nota: tal labor subterránea
hacían mis solteronas con los catedráticos. En mi salud no cesaban de
pensar. «Vienes descolorido, Gabriel... ¿Qué tienes? ¡Ojo con las
bribonas!» Y me enviaban remedios caseros, y piperetes, y vinos
cordiales, y reliquias milagrosas, y hasta sábanas, por si las de la
posada no eran «de confianza» y «bien lavaditas».
A fin de animar la tertulia, se me ocurrió leer en alto versos y novelas
románticas. Auditorio semejante no lo ha soñado ningún lector. Diríase
que, para escuchar, hasta la respiración suspendían. Según avanzaba la
lectura, crecía el interés. Una indignación, cómica á fuerza de ser
ingenua, contra los traidores; un terror vivísimo cuando los buenos iban
á caer en las emboscadas de los malos; un gozo pueril cuando la virtud
salía triunfante... Las exclamaciones me interrumpían. «¿Ese pillo se
equivoca y toma el veneno? ¡Castigo de Dios!» «¡Ay, que si Gontrán entra
en el bosque encuentra al otro con el puñal! ¡Que no entre, que no
entre!» «¡Jesús, al fin le da la puñalada!» «¡Infame!» «Ve usted cómo el
niño que robó el titiritero era hijo de la princesa?» etc.--En los
episodios vehementes, cuando los amantes se dicen ternezas al claror de
la luna, las solteronas se deshacían. Un leve sonrosado animaba las
mejillas amarillentas; se humedecían los áridos ojos; los encogidos
pechos anhelaban; aparecíase el bello fantasma de la lejana juventud, y
un aura dulce y tibia agitaba un momento aquellos espíritus resignados,
como el aire primaveral agita el polvo de una tierra seca y estéril.
Llegó el plazo en que yo tenía que emprender mi viaje á la corte, para
cursar el doctorado. Dí la noticia á mis solteronas, y aunque no podía
sorprenderlas, no fué menor el efecto que produjo. Mi tía Gabriela, sin
perder el compás de la dignidad, se puso temblona, y me advirtió, en
frases que revelaban verdadera ternura, que era preciso excusar á los
viejos si se afectaban en las despedidas, porque no estaban seguros de
volver á ver á los que partían. Doña Peregrina manoteó, protestó, bufó,
me insultó, y al fin se echó á llorar como una fuente. Doña Aparición
suspiró, alzó la vista al cielo y dijo haciendo monerías: «Un joven de
estas prendas... naturalmente, ¡va á lucir en la corte! Mañana recibirá
usted un alfiler de esmeraldas... que fué de mi papá». Por su parte,
Candidita guardó silencio, y á poco se levantó, asegurando que tenía que
hacer una visita urgente. Aproveché el pretexto para abreviar la escena;
salí con ella, la ayudé á ponerse el mantón, y la ofrecí el brazo por la
escalera de peldaños carcomidos.
De repente, en el primer descanso, escuché un ahogado sollozo; unos
brazos endebles me rodearon el cuello, y una cara fría como la nieve se
pegó á mis barbas. Comprendí de súbito... y, créanlo ustedes, ¡me quedé
más volado y más compadecido que si viese á mi propia madre de rodillas
ante mí! Noté que Candidita pesaba como pesan los cuerpos inertes; la
supuse desmayada y la arrimé al balaustre, tartamudeando lleno de
piedad: «Adiós, adiós, ya sabe que se la quiere». Mas como no me
soltaba, me encontré ridículo y la rechacé... Al hacerlo, me pareció que
estaba degollando á una ovejuela enferma, y la lástima me obligó á
volver atrás y corresponder al abrazo de Candidita con una caricia
rápida y violenta, filial y santa en la intención. Después eché á
correr, y salí á la calle resuelto á no volver por la tertulia. ¡Ah, eso
sí! La caridad tiene sus límites...--Y ahora, que también soy viejo yo,
suelo acordarme de Candidita... ¡Pobre mujer!
La caja de oro
Siempre la había visto sobre su mesa, al alcance de su mano bonita, que
á veces se entretenía en acariciar la tapa suavemente; pero no me era
posible averiguar lo que encerraba aquella caja de filigrana de oro con
esmaltes finísimos, porque apenas intentaba apoderarme del juguete, su
dueña lo escondía precipitada y nerviosamente en los bolsillos de la
bata, ó en lugares todavía más recónditos, dentro del seno, haciéndola
así inaccesible.
Y cuanto más la ocultaba su dueña, mayor era mi afán por enterarme de lo
que la caja contenía. ¡Misterio irritante y tentador! ¿Qué guardaba el
artístico chirimbolo? ¿Bombones? ¿Polvos de arroz? ¿Esencias? Si
encerraba alguna de estas cosas tan inofensivas, ¿á qué venía la
ocultación? ¿Encubría un retrato, una flor seca, pelo? Imposible: tales
prendas, ó se llevan mucho más cerca ó se custodian mucho más lejos: ó
descansan sobre el corazón, ó se archivan en un secreter bien cerrado,
bien seguro... No eran despojos de amorosa historia los que dormían en
la cajita de oro, esmaltada de azules quimeras, fantásticas rosas y
volutas de verde ojiacanto.
Califiquen como gusten mi conducta los incapaces de seguir la pista á
una historia, tal vez á una novela. Llámenme enhorabuena indiscreto,
antojadizo, y por contera, entrometido y fisgón impertinente. Lo cierto
es que la cajita me volvía tarumba, y agotados los medios legales, puse
en juego los ilícitos y heroicos... Mostréme perdidamente enamorado de
la dueña, cuando sólo lo estaba de la cajita de oro; cortejé en
apariencia á una mujer, cuando sólo cortejaba á un secreto; hice como si
persiguiese la dicha... cuando sólo perseguía la satisfacción de la
curiosidad. Y la suerte, que acaso me negaría la victoria si la victoria
realmente me importase, me la concedió... por lo mismo que al
concedérmela me echaba encima un remordimiento.
No obstante, después de mi triunfo, la que ya me entregaba cuanto
entrega la voluntad rendida, defendía aún, con invencible obstinación,
el misterio de la cajita de oro. Desplegando zalameras coqueterías ó
repentinas y melancólicas reservas; discutiendo ó bromeando; apurando
los ardides de la ternura ó las amenazas del desamor, suplicante ó
enojado, nada obtuve; la dueña de la caja persistió en negarse á que me
enterase de su contenido, como si dentro del lindo objeto existiese la
prueba de algún crimen.
Repugnábame emplear la fuerza y proceder como procedería un patán, y
además, exaltado ya mi amor propio (á falta de otra exaltación más dulce
y profunda), quise deber al cariño y sólo al cariño de la hermosa la
clave del enigma. Insistí, me sobrepujé á mí mismo, desplegué todos los
recursos, y como el artista que cultiva por medio de las reglas la
inspiración, llegué á tal grado de maestría en la comedia del
sentimiento, que logré arrebatar al auditorio. Un día en que algunas
fingidas lágrimas acreditaron mis celos, mi persuasión de que la cajita
encerraba la imagen de un rival, de alguien que aún me disputaba el alma
de aquella mujer, la vi demudarse, temblar, palidecer, echarme al cuello
los brazos, y exclamar, por fin, con sinceridad que me avergonzó:
--¡Qué no haría yo por ti! Lo has querido... pues sea. Ahora mismo verás
lo que hay en la caja.
Apretó un resorte; la tapa de la caja se alzó, y divisé en el fondo unas
cuantas bolitas tamañas como guisantes, blanquecinas, secas. Miré sin
comprender, y ella, reprimiendo un gemido, dijo solemnemente:
--Esas píldoras me las vendió un curandero que realizaba curas casi
milagrosas en la gente de mi aldea. Se las pagué muy caras, y me aseguró
que, tomando una al sentirme enferma, tengo asegurada la vida. Sólo me
advirtió que si las apartaba de mí ó las enseñaba á alguien, perdían su
virtud. Será superstición ó lo que quieras; lo cierto es que he seguido
la prescripción del curandero, y no sólo se me quitaron achaques que
padecía (pues soy muy débil), sino que he gozado salud envidiable. Te
empeñaste en averiguar... Lo conseguiste... Para mí vales tú más que la
salud y que la vida. Ya no tengo panacea, ya mi remedio ha perdido su
eficacia: sírveme de remedio tú; quiéreme mucho, y viviré.
Quédeme frío. Logrado mi empeño, no encontraba dentro de la cajita sino
el desencanto de una superchería y el cargo de conciencia del daño
causado á la persona que al fin me amaba. Mi curiosidad, como todas las
curiosidades, desde la fatal del Paraíso hasta la no menos funesta de la
ciencia contemporánea, llevaba en sí misma su castigo y su maldición.
Daría entonces algo bueno por no haber puesto en la cajita los ojos. Y
tan arrepentido que me creí enamorado; cayendo de rodillas á los pies de
la mujer que sollozaba, tartamudeé:
--No tengas miedo... Todo eso es una farsa, un indigno embuste... El
curandero mintió... Vivirás, vivirás mil años... Y aunque hubiesen
perdido su virtud las píldoras, ¿qué? Nos vamos á la aldea y compramos
otras... Todo mi capital le doy al curandero por ellas.
Me estrechó, y sonriendo en medio de su angustia, balbuceó á mi oído:
--El curandero ha muerto.
Desde entonces la dueña de la cajita--que ya no la ocultaba ni la miraba
siquiera, dejándola cubrirse de polvo en un rincón de la estantería
forrada de felpa azul--empezó á decaer, á consumirse, presentando todos
los síntomas de una enfermedad de languidez, refractaria á los remedios.
Cualquiera que no me tenga por un monstruo supondrá que me instalé á su
cabecera y la cuidé con caridad y abnegación. Caridad y abnegación digo,
porque otra cosa no había en mí para aquella criatura de quien había
sido verdugo involuntario. Ella se moría, quizás de pasión de ánimo,
quizás de aprensión, pero por mi culpa; y yo no podía ofrecerla, en
desquite de la vida que le había robado, lo que todo lo compensa: el don
de mí mismo, incondicional, absoluto. Intenté engañarla santamente para
hacerla dichosa, y ella, con tardía lucidez, adivinó mi indiferencia y
mi disimulado tedio, y cada vez se inclinó más hacia el sepulcro.
Y al fin cayó en él, sin que ni los recursos de la ciencia ni mis
cuidados consiguiesen salvarla. De cuantas memorias quiso legarme su
afecto, sólo recogí la caja de oro. Aún contenía las famosas píldoras, y
cierto día se me ocurrió que las analizase un químico amigo mío, pues
todavía no se daba por satisfecha mi maldita curiosidad. Al preguntar el
resultado del análisis, el químico se echó á reir.
--Ya podía usted figurarse--dijo--que las píldoras eran de miga de pan.
El curandero (¡si sería listo!) mandó que no las viese nadie... para que
á nadie se le ocurriese analizarlas. ¡El maldito análisis lo seca todo!
La sirena
No es posible pintar el cuidado y desvelo con que la ratona madre
atendió á su camada de ratoncillos. Gordos y lucios los crió, y alegres
y vivarachos y con un pelaje ceniciento tan brillante que daba gozo: y
no queriendo dejar lo divino por lo humano, prodigó á sus vástagos
avisos morales sabios y rectos, y les puso en guardia contra las
asechanzas y peligros del pícaro mundo. «Serán unos ratones de seso y
buen juicio», decía para sí la ratona, al ver cuán atentamente la oían,
y cómo fruncían plácidamente el hociquito en señal de gustosa
aprobación.
Mas yo os contaré aquí, muy en secreto, que los ratoncillos se mostraban
tan formales, porque aún no habían asomado la cabeza fuera del agujero
donde los agasajaba su mamá. Practicada en el tronco de un árbol la
madriguera, les cobijaba á maravilla, y era abrigada en invierno y
fresca en verano, mullida siempre, y tan oculta, que los chiquillos de
la escuela ni sospechaban que allí habitase una familia ratonil.
Sin embargo, de los tres de la nidada, uno ya empezaba á desear sacar el
hocico, á soñar con retozos, deportes y correteos por el verde prado,
que al pie del árbol se extendía alegre é incitante, esmaltado de varias
flores y bullente de insectos, mariposas y reptiles. «Me gustaría por
los gustares bajar ahí», pensaba el joven ratón, sin atreverse á decirlo
en voz alta, de puro miedo á su madre. Un día que se le escapó alguna
señal de su deseo, la madre exclamó trémula de espanto: «Ni en broma lo
digas, criatura. Si no quieres que me disguste mucho, no vuelvas á
hablar de salir al prado.»
¿Creeréis que la prohibición le quitó al ratoncillo las ganas? ¡Bah! Ya
sabéis que las prohibiciones son espuela del antojo.--No atreviéndose á
bajar aún el antojadizo, se pasaba las horas muertas mirando al prado
deleitable. ¡Qué bueno sería trotar por entre aquella hierba suave y
perfumada! ¡Qué simpático remojarse en el limpio arroyuelo que bañaba de
aljófar las raíces de sauces y mimbreras! ¡Qué divertido dar caza á los
viboreznos y lagartijas que se deslizaban estremeciendo el follaje y
haciendo relumbrar al sol los tonos metálicos de su elegante cuerpo!
¿Por qué, vamos á ver, por qué prohibía tan inocentes recreos la madre
ratona?
Un día que la mamá había salido, según costumbre, en busca de sustento
para su prole, el hijo se asomó al agujero, echando más de la mitad del
tronco fuera. De pronto sintió como un choque eléctrico y vió cruzar por
el prado un ser encantador. Era ni más ni menos que una gatita blanca
como la nieve, que fijaba en el ratoncillo sus anchas pupilas de
esmeralda.
Quedóse el ratón fascinado, absorto. Nunca había visto cosa más linda
que la tal gata blanca. ¡Qué gracia y gentileza en sus movimientos, qué
soltura en su flexible andar, qué monería en su cara picaresca, y qué
virginal candor en su ropaje de armiño! ¡Y qué decir de aquellos ojos
verdes con reflejos áureos, aquellos ojos cuyo mirar derretía,
incendiaba el corazón!
A no estar tan próxima la hora en que solía regresar á la guarida la
madre, el ratón se hubiese arrojado sin vacilar de su nido para
acercarse á la preciosa gata. Le contuvieron el temor y el hábito de
obedecer, que siempre reprimen un tanto, al principio, los ímpetus
rebeldes; pero lo que no acertó á sujetar fué su lengua, y loco de
entusiasmo, refirió á la mamá cómo le tenía fuera de sí la aparición de
la gata celeste.
--Qué, ¿has visto á ese monstruo?--exclamó la madre.
--¡Monstruo una criatura tan encantadora!--suspiró el ratoncillo.
--Monstruo horrible, el más funesto, el más sanguinario, el más atroz
que, por tu negra suerte, pudiste encontrar. Huye de él, hijo mío, como
del fuego: mira que en huir te va la vida; mira que tu padre pereció en
las garras de esa maldita fiera, y que todas mis lágrimas son obra suya.
--Madre--repuso atónito el ratoncillo--apenas puedo creer lo que me
aseguras. El agua que corre limpia y clara entre las flores del prado no
tiene los matices de aquellos cándidos ojos ya verdes, ya azulados,
siempre dulces, donde siempre juega misteriosamente la luz. Los pétalos
de las azucenas y de los lirios del valle ceden en blancura á su nevada
piel, que debe de ser más suave que el terciopelo y más flexible que la
seda. ¿Cómo quieres que vea un monstruo sanguinario y horrible en la
gata? ¡Ay, madre! desde que la contemplé, sólo en ella pienso. Cuanto no
es ella, me parece indigno de existir. Antes me gustaban el prado y el
cielo y los árboles. Ahora todo me cansa y todo lo desprecio. Madre,
cúrame de este mal, porque me siento tan triste, que creo que se me va á
acabar la vida.
Ya supondréis que la pobre ratona haría cuanto cabe para distraer y
aliviar á su retoño. A fin de cambiar sus pensamientos en otros más
lícitos, llevóle al agujero de unas ratas algo parientas suyas, jóvenes,
ricas y honradas, que vivían royendo el trigo de repleto granero; pero
el ratón se aburría de muerte entre los montones de grano, en la
obscuridad de la troj, y echaba de menos el prado, que iluminaba, antes
que el sol, la presencia de la gata blanca. Porque ya varias veces la
había visto pasar juguetona y ligera, fijando sus radiantes pupilas en
las inaccesibles alturas del árbol, y siempre que la gata aparecía, el
ratón sentía ensanchársele la vida y escapársele el alma--sí, el alma,
porque el amor hasta en las bestias la infunde--detrás de aquella maga
de los verdes ojos.
No hubiese querido la ratona en tan críticas circunstancias separarse un
minuto de su hijo, pero era forzoso salir á cazar, á procurar
subsistencia para la familia, y llegó una mañana en que habiendo
madrugado la ratona á dejar el nido antes de que amaneciese, el joven
ratón, pensativo y melancólico, se asomó al agujero para ver nacer el
día. Recta faja dorada franjeó el horizonte; poco á poco la bruma se
rasgó y fué absorbiéndose en la clara pureza del cielo, por donde el sol
ascendía como una rosa de oro pálido; los pajaritos saludaron su
gloriosa luz con un himno de alegría alborozado y triunfal, y sobre la
hierba, aljofarada aún de rocío, como sobre una red de diamantes,
mostróse pasando con aristocrática delicadeza y remilgada precaución, la
hermosa gata blanca.
Exhaló el ratón un chillido de júbilo; la gata le miraba, parecía
llamarle, invitarle á que descendiese.--¿Quieres jugar
conmigo?--preguntóla él, sin reflexionar, sin acordarse para nada de las
maternales advertencias.--Baja--pareció contestar con sus ojos
misteriosos la gatita. Y el ratón bajó aprisa, disparado, ebrio de
felicidad, y el juego dió principio, con muchos saltos y carreras.
Fingía huir la gata; escondíase entre sauces y mimbres, y cuando el
ratón se cansaba de perseguirla, ella se dejaba caer sobre la muelle
alfombra del prado, y escondiendo las uñas recibía con las patitas de
terciopelo al ratón, y ya le despedía, en broma, ya le estrechaba,
retozando, en deleitosa mezcla é indescifrable confusión de tratamientos
ásperos y dulces.
Nunca sabía el ratón, en aquel juego de veleidades, si iba á ser acogido
con demostración tierna y mimosa ó con fiero y desdeñoso zarpazo; y en
los amados ojos de la esfinge tan pronto veía piélagos de voluptuosidad
y relámpagos de risa, como destellos de ferocidad y chispazos sombríos y
crueles. Más de una vez creyó notar que las patitas blandas y muertas se
crispaban de súbito, y que bajo lo afelpado de la piel surgían uñas de
acero. Y ¡cosa rara! no bien pensaba advertir síntomas tan alarmantes,
el ratón cerraba los párpados y volvía gozoso y tembloroso á solazarse
con la gata blanca.
Duraba aún el juego, cuando por la tarde regresó la ratona y vió de
lejos la escena y á su hijo mano á mano con el monstruo. Llorando y
desesperada gritóle desde lejos:--Hijo mío, que te pierdes.--El ratón,
por supuesto, no la hizo maldito caso. ¡Sí, para oir consejos estaba él!
Subido al quinto cielo, nunca el juego le había encantado más. La gata,
por el contrario, empezaba á fatigarse y á sospechar que había perdido
bastante tiempo con un ratoncillo de mala muerte; y al notar que iba á
ponerse el sol, que se hacía tarde--sin modificar apenas su actitud,
siempre graciosa y juguetona, como el que no hace nada--torció la
cabeza, aseguró con la boca al ratoncillo, hincó los agudos dientes... y
le lanzó al aire palpitante y moribundo, para recibirle en las uñas,
tendidas con violencia feroz...
A punto que una nube de sangre cubría ya los ojos del desdichado, y el
delirio de la agonía ofuscaba sus sentidos, todavía pudo oirse cómo
murmuraba débilmente:--¿Quieres jugar conmigo, gatita blanca?
Por eso su madre hizo mal en llorar amargamente al incauto ratón. ¡El
espiró tan satisfecho, tan á gusto!
Así y todo...
La sanción penal para la mujer--dijo en voz incisiva Carmona, aficionado
á referir casos de esos que dan escalofríos--es no encontrar hombre
dispuesto á ofrecerla mano de esposo. Una imperceptible sombra, un
pecadillo de coquetería ó de ligereza, cualquier genialidad, la más leve
impremeditación, bastan para empañar el buen nombre de una doncella, que
podrá ser honestísima, pero que, cargada con el sambenito, ya se queda
soltera hasta la consumación de los siglos, sin remedio humano.
Sucediendo así, ¿cómo se explica que infinitas mujeres notoriamente
infames, y con razón difamadas, si cien veces enviudan, otras ciento
hallan quien las lleve al altar? Para probarles este curioso fenómeno,
les contaré un suceso presenciado allá en mis mocedades, que me produjo
impresión tan indeleble, que jamás en toda mi vida me ocurrió la idea de
casarme. Sí; por culpa de aquella historia moriré solero,--y no me
pesa, bien lo sabe Dios.
El lance pasó en M***, donde estaba de guarnición uno de los regimientos
más lucidos del ejército español, que por su arrojo y decisión en atacar
había merecido el glorioso sobrenombre de _El Adelantado_. Era yo
entrañable amigo del teniente Ramiro Quesada, mozo de arrogante figura y
ardorosa cabeza, uno de esos atolondrados simpáticos, á quienes queremos
como se quiere á los niños. No salía Ramiro sin mí; juntos íbamos al
teatro, á los saraos, á las juergas--que ya existían entonces aunque las
llamásemos de otro modo;--juntos dábamos largos paseos á caballo, y
juntos hacíamos corvetear á nuestras monturas ante las floridas rejas.
Nos confiábamos nuestros amoríos, nuestros apurillos de dinero, nuestras
ganancias al juego, nuestros sueños y nuestras esperanzas de los
veinticinco años. No éramos él ni yo precisamente unos anacoretas, pero
tampoco unos perdidos: muchachos alegres, y nada más.
De repente noté que Ramiro se volvía huraño, y retrayéndose de mi trato
y compañía se daba á andar solo, como si tuviese algo que le importase
encubrir. Vano intento, porque en M*** no caben tapujos. Poco tardamos
en averiguar la razón del cambio de carácter del teniente. La clave del
enigma no era sino la esposa del capitán Ortiz, una de esas hembras que
no calificaré de muy hermosas, pero peores que si lo fuesen: morena,
menuda, salerosa al andar, descolorida, de ojos que parecían candelas
del infierno y una cintura redonda de las que se pueden rodear con una
liga. Ortiz, al parecer (y con motivo, pero sin fruto), era
extremadamente celoso, y Ramiro, para avistarse con su tormento,
necesitaba emplear ardides de prisionero ó de salvaje. El día en que se
le frustraba una cita ó se le malograba furtivo coloquio en la reja que
abría sobre una callejuela obscura y solitaria, estaba el pobre muchacho
como demente: ni contestaba si le hablábamos. Aunque yo no alardease de
moralista, ni tuviese autoridad para aconsejar, y menos en tales
materias, declaro que las relaciones ilícitas de mi amigo me desazonaban
mucho, y un presentimiento--le llamo así, porque no sé cómo definir el
disgusto y la inquietud que sentía--me anunciaba que algo grave, algo
penoso debían acarrearle á Ramiro aquellos malos pasos. Con todo, lejos
estaba--á mil leguas de suponer la tragedia que aconteció.
Cierta mañana esparcióse por M*** la nueva de que el capitán Ortiz había
sido encontrado muerto, con un balazo en el pecho y otro en la cabeza,
casi á las puertas de su domicilio, cerca de la esquina donde se abría
la callejuela lóbrega. En los primeros momentos no me asaltó la terrible
sospecha: creía á Ramiro noble y leal, y sólo cuando el rumor público le
señaló, comprendí que únicamente él, poseído del demonio, podía haber
realizado la obra de tinieblas...