--Veo que no me cree usted--añadió el Marqués entonces.--No me doy por

ofendido. Lo descontaba. Podrá usted dudar de mi palabra, pero ni usted

ni nadie tiene derecho á suponer que soy hombre que rehuye, por medio de

subterfugios, un lance personal. Si lo que busca usted es pendencia, me

tiene á su disposición. Sólo le suplico que antes de resolver esta

cuestión de un modo ó de otro, consulte... al señor de Cardona. He dicho

_al señor_. No me mire usted con esos ojos espantados... Oigame hasta

que termine. Doña Leonor Cardona, que según opinión general es una

señora honradísima, ha debido de padecer una pesadilla y soñar que

teníamos relaciones, que nos veíamos, que me había escrito, etc. Bajo el

influjo de ilusorios remordimientos, le ha contado á su marido _todo_...

es decir, _nada_... pero _todo_ para ella; y el marido ha venido aquí,

como usted, sólo que más enojado, naturalmente, á pedirme cuentas, á

querer beber mi sangre. Si yo no la tuviese bastante fría, á estas horas

pesa sobre mi conciencia el asesinato de Cardona..., ó él me habría

matado á mí (no digo que no pudiese suceder). Por fortuna no me aturdí,

y preguntando á Cardona las épocas en que su esposa afirmaba que habían

tenido lugar nuestras entrevistas criminales, pude demostrarle de un

modo fehaciente que á la sazón me encontraba yo en París, en Sevilla ó

en Londres. Con igual facilidad le probé la inexactitud de otros datos

aducidos por doña Leonor. Así es que el señor Cardona, muy confuso y

asombrado, tuvo que retirarse pidiéndome excusas. Si usted me pregunta

cómo me explico suceso tan extraordinario, le diré que creo que esa

señora, á quien después he procurado conocer (por la memoria de mi madre

le juro á usted que antes, ni de vista...!), sufre alguna enfermedad

moral..., y ha tenido una visión...; vamos, que se le ha aparecido un

espectro de amor..., y ese espectro ¡vaya usted á saber por qué! ha

tomado mi forma. Y no hay más... No se admire usted tanto. Dentro de

diez años, si trata usted algunas mujeres, se habituará á no admirarse

casi de nada.

Salí de casa del marqués en un estado de ánimo indefinible. No había

medio de desmentirle, y al mismo tiempo la incredulidad persistía.

Impresionado, no obstante, por las firmes y categóricas declaraciones

del _dandy_, me dediqué desde aquel punto, no á cortejar á Leonor, sino

á observar á Cardona. Procuré hablarle mucho, hacerle hablar, y fuí

sacando, hilo por hilo, conversaciones referentes á la fidelidad

conyugal, á los lances que pueden originar un error, á las alucinaciones

que á veces sufrimos, á los estragos que causa la fantasía... Por fin,

un día, como al descuido, dejé deslizar en el diálogo el nombre del

marqués de Cazalla y una alusión á sus conquistas... Y entonces Cardona,

mirándome cara á cara, con gesto entre burlón y grave, preguntó:

--¿Qué? ¿Ya te han enviado allá á ti también? ¡Pobrecilla Leonor, está

visto que no tiene cura!

No necesité más para confesar de plano mis gestiones, y Cardona,

sonriendo, aunque algo alterada su sonora voz, me dijo:

--Has de saber que cuando fuí á casa del marqués de Cazalla, ya llevaba

yo ciertos barruntos y sospechas de la alucinación de Leonor, de la cual

me convencí plenamente después. Si bien no parezco celoso, y hasta se

diría que me pierdo por confiado, he vigilado á Leonor siempre, porque

la quiero mucho, y en ninguna época hubiese podido ella cometer, sin que

yo me enterase, los delitos de que se acusaba. Comprendí que se trataba

de una fantasmagoría, de un sueño, y me resigné á la hipótesis de una

falta imaginaria... ¡Quién sabe si ese fantasma de pasión y

arrepentimiento la sirve de escudo contra la realidad! Lo que te aseguro

es que Leonor, viviendo yo, nunca saldrá de la región de los

fantasmas... ¡Y no volvamos á hablar de esto en la vida!

Aproveché el aviso, y de allí en adelante evité quedarme á solas con

Leonor, y hasta fijar la mirada en sus obscuros ojos, nublados por la

quimera.

La perla rosa

Sólo el hombre que de día se encierra y vela muchas horas de la noche

para ganar con qué satisfacer los caprichos de una mujer querida (díjome

en quebrantada voz mi infeliz amigo) comprenderá el placer de juntar á

escondidas una regular suma, y así que la redondea, salir á invertirla

en el más quimérico, en el más extravagante é inútil de los antojos de

esa mujer. Lo que ella contempló á distancia como irrealizable sueño, lo

que apenas hirió su imaginación con la punzada de un deseo loco, es lo

que mi iniciativa, mi laboriosidad y mi cariño van á darla dentro de un

instante... y ya creo ver la admiración en sus ojos, y ya me parece que

siento sus brazos ceñidos á mi cuello, para estrecharme con delirio de

gratitud.

Mi único temor, al echarme á la calle con la cartera bien lastrada y el

alma inundada de júbilo, era que el joyero hubiese despachado ya las

dos encantadoras perlas color de rosa que tanto entusiasmaron á Lucila

la tarde que se detuvo, colgada de mi brazo, á golosinear con los ojos

el escaparate. Es tan difícil reunir dos perlas de ese raro y peregrino

matiz, de ese hermoso oriente, de esa perfecta forma globulosa, de esa

igualdad absoluta, que juzgué imposible que alguna señora antojadiza

como mi mujer, y más rica, no las encerrase ya en su guardajoyas. Y me

dolería tanto que así hubiese sucedido, que hasta me latió el corazón

cuando vi sobre el limpio cristal, entre un collar magnífico y una

cascada de brazaletes de oro, el fino estuche de terciopelo blanco donde

lucían misteriosamente las dos perlas rosa orladas de brillantes.

Aunque iba preparado á que me hiciesen pagar el capricho, me desconcertó

el alto precio en que el joyero tasaba las perlas. Todas mis economías,

y un pico, iban á invertirse en aquel par de botoncitos, no más gruesos

que un garbanzo chiquitín. Me asaltó la duda--¡soy tan poco experto en

compras de lujo!--de si el joyero pretendería explotar mi ignorancia

pidiéndome, sólo por pedir, un disparate, creyendo tal vez que mi pelaje

no era el de un hombre capaz de adquirir dos perlas rosa. A tiempo que

pensaba así, observé, al través del alto y diáfano vidrio de la tienda,

que pasaba por la acera mi antiguo condiscípulo y mejor amigo Gonzaga

Llorente. Ver su apuesta figura y salir á llamarle fué todo uno. ¿Quién

mejor para ilustrarme y aconsejarme que el elegante Gonzaga, tan al

corriente de la moda, tan lanzado al mundo, tan bien relacionado, que

cada visita que hacía á nuestra modesta y burguesa casa--y hacía

bastantes desde algún tiempo acá--yo la estimaba como especialísima

prueba de afecto?

Manifestando cordial sorpresa, Gonzaga se volvió y entró conmigo en la

joyería, enterándose del asunto. Inmediatamente se declaró admirador de

las perlas rosa, y añadió que sabía que andaban bebiendo los vientos por

adquirirlas ciertas empingorotadas señoras, entre las cuales citó á dos

ó tres de altisonantes títulos. En un discreto aparte me aseguró que el

precio que exigía el joyero no tenía nada de excesivo, en atención á la

singularidad de las perlas. Y como yo recelase aún, molestado por el

piquillo que en aquel momento no me era posible abonar, Gonzaga, con su

simpática franqueza, abrió la cartera y me entregó varios billetes,

bromeando y jurando que si yo no admitiese tan pequeño servicio, en

todos los días de su vida volvería á mirarme á la cara. ¡Qué miserables

somos! No debí aceptar el préstamo; no debí llevar á mi casa sino lo que

pudiese pagar al contado... pero la pasión me dominaba, y hubiese besado

de rodillas la mano que me ofrecía medio de satisfacerla. Convinimos en

que Gonzaga almorzaría con nosotros al día siguiente, en celebración del

estreno de las perlas rosa, y con el estuche en el bolsillo me dirigí á

mi casa disparado; quisiera tener alas.

Lucila trasteaba cuando yo entré, y al verme plantado delante de ella,

diciéndola con cara de beatitud «Regístrame», comprendió y murmuró

«Regalo tenemos». Viva y traviesa (¡su manera de ser!) revolvió mis

bolsillos haciéndome cosquillas deliciosas, hasta acertar con el

estuche. El grito que exhaló al ver las perlas, es de eso que no se

olvida jamás. En la efusión de su agradecimiento, me sobó la cara y

hasta me besó... ¡Puede que en aquel instante me quisiese un poco! No

acertaba á creer que joya tan codiciada y espléndida fuese suya; no

podía convencerse de que iba á ostentarla. Y yo mismo, desabrochando los

sencillos aretes de oro que Lucila llevaba puestos, enganché las perlas

rosa en las orejitas pequeñas, encendidas de placer. Me hace mucho daño

acordarme estas tonterías, pero me acuerdo siempre.

Al otro día, que era domingo, almorzó en casa Gonzaga y estuvimos todos

bulliciosos y decidores. Lucila se había puesto el vestido de seda gris,

que la sentaba muy bien, y una rosa en el pecho,--una rosa del mismo

color de las perlas.--Gonzaga nos convidó al teatro y nos llevó á Apolo,

á una función alegre, en que sin tregua nos reimos. Al otro día volví

con afán á mis quehaceres, pues deseaba saldar cuanto antes el pico,

resto de las perlas. Regresé á mi casa á la hora de costumbre, y al

sentarme á la mesa, mi primera mirada fué para las orejas de Lucila. Dí

un salto y lancé una interjección al ver que faltaba del diminuto cerco

de brillantes una de las perlas rosa.

--¡Has perdido una perla!--exclamé.

--¿Cómo una perla?--tartamudeó mi mujer echando mano á sus orejas y

palpando los aretes.--Al ver que era cierto, quedóse tan aterrada, que

me alarmé, no ya por la perla, sino por el susto de Lucila.

--Calma--la dije.--Busquemos, que parecerá.

Excuso decir que empezamos á mirar y registrar por todas partes,

recorriendo la alfombra, sacudiendo las cortinas, alzando los muebles,

escudriñando hasta cajones que Lucila afirmaba no haber abierto desde un

mes antes. A cada pesquisa inútil, los ojos de Lucila se arrasaban de

lágrimas. Mientras revolvíamos, se me ocurrió preguntarla:

--¿Has salido esta tarde?

--Sí... creo que sí...--respondió titubeando.

--¿A dónde?

--A varios sitios... es decir... Fuí... por ahí... á compras...

--Pero... ¿á qué tiendas?

--¡Qué sé yo! A la calle de Postas... á la plazuela del Angel... á la

Carrera...

--¿A pie ó en coche?

--A pie... Luego tomé un cochecillo.

--¿No recuerdas el punto... el número?

--¿Cómo quieres que lo recuerde? ¡Válgame Dios! Si era un coche que

pasaba--objetó nerviosamente Lucila, que rompió á sollozar con amargura.

--Pero las tiendas sí las recordarás... Dímelas, que iré una por una, á

ver si en el suelo ó en el mostrador... Pondremos anuncios...

--¡Si no me acuerdo! ¡Por Dios, déjame en paz!--exclamó tan afligida,

que no me atreví á insistir, y preferí aguardar á que se calmase.

Pasamos una noche de inquietud y desvelo; oí á Lucila suspirar y dar

vueltas en la cama, como si no consiguiese dormir. Yo, entretanto,

discurría modos de recuperar la perla rosa. Levantéme temprano, me

vestí, y á las ocho llamaba á la puerta de Gonzaga Llorente. Había oído

decir que la policía, en casos especiales, averigua fácilmente el

paradero de los objetos perdidos ó robados, y esperaba que Gonzaga, con

su influencia y sus altas relaciones, me ayudaría á emplear este supremo

recurso.

--El señorito está durmiendo, pero pase usted al gabinete, que dentro de

diez minutos le entraré el chocolate y preguntaré si puede usted

verle--dijo el criado, al notar mi insistencia y mi premura.

Me avine á esperar. El criado abrió las maderas del gabinete, en cuyo

ambiente flotaban esencias y olor de cigarro. ¡Cuando pienso en lo

distinta que sería mi suerte si aquel criado me hace pasar

inmediatamente á la alcoba...!

Lo cierto es... que al primer alegre rayo de sol que cruzó las

vidrieras, y antes de que el criado me dijese «tome usted asiento», yo

había visto brillar sobre el ribete de paño azul de la piel de oso

blanco, tendida al pie del muelle diván turco, ¡la perla, la perla rosa!

Si esto que me sucedió le sucede á usted, y usted me pregunta qué debe

hacerse en tales circunstancias, yo respondo de seguro con gran energía:

«Coger una espada de la panoplia que supera el diván, y atravesársela

por el pecho al que duerme ahí al lado, para que nunca más despierte.»

¿Sabe usted lo que hice? Me bajé; recogí la perla; la guardé en el

bolsillo; salí de aquella casa; subí á la mía; encontré á mi mujer

levantada y muy desencajada; la miré, y no la ahogué; con voz tranquila

la ordené que se pusiese los pendientes; saqué la perla del bolsillo...

y cogiéndola entre dos dedos, la dije: «Aquí está lo que perdiste. ¿Qué

tal, lo encontré pronto?»

Es cierto que al acabar me dió no sé qué arrechucho ó qué vértigo de

locura; eché mano á aquellas orejas diminutas, arranqué de ellas los

pendientes, y todo lo pisoteé. Por fortuna, pude dominarme en el acto...

y bajar la escalera y refugiarme en el café más próximo, donde pedí

_cognac_...

¿Que si he vuelto á ver á Lucila?... Una vez... Iba del brazo de _otro_,

que ya no era Gonzaga. Por cierto que me fijé en que el lóbulo de la

oreja izquierda lo tiene partido. Sin duda se lo rasgué yo...

involuntariamente.

Un parecido

No hay discusión más baldía que la de la hermosura. Mil veces la

entablamos, en aquella especie de senadillo de gentes al par

desengañadas y curiosas, donde se agitaban tantos problemas á un tiempo

atractivos é insolubles; y siempre,--aunque no escaseaban las

disertaciones,--quedábamos en mayor confusión. Uno sostenía que la

belleza era la corrección de líneas; otro, que la armonía del color;

éste, que la fusión de ambos elementos; aquél, que la juventud; el de

más allá, que la salud y robustez, ó el donaire, chiste y garabato, ó el

arte del tocador, ó la melodía de la voz, y hasta hubo alguno que

identificó la belleza con la bondad y con la inteligencia... Y el

original de Donato Abreu, que solía escuchar callando, al fin se

descolgó con la sentencia siguiente:--La belleza no es nada.

Acostumbrados á sus salidas, callamos para ver cómo se desenredaba, y

fué así:

--No es nada, nada absolutamente. Si nos ataca á los presentes una

oftalmía, se acabaron líneas, colores, aire de salud, juventud,

adorno... Todo eso estaba en nuestra retina... y en ninguna parte más.

--¡Vaya una gracia!--exclamamos.--Si empieza usted por dejarnos

ciegos...

--Es que lo están ustedes ya cuando tienen por realidad lo que no existe

fuera de nosotros. ¡Déjenme continuar! Yo aduciré ejemplos. Ante todo,

¿supongo que se trata de la belleza femenil?

--¡Ah, pícaro!--protestó el escultor.--¡Se refugia usted ahí... porque

es donde menos refutación tienen sus herejías! A los escultores no vale

cegarnos: acuérdese usted de aquel que privado de la vista admiraba con

las yemas de los dedos el torso de una estatua griega...

--¡Bah! Tampoco ustedes reconocen ley fija, tipo inalterable... La

_Venus dormida en su concha_, que presentó usted hace dos años y se

llevó la medalla, no se asemeja á la Venus clásica, y no por eso deja de

ser hermosa... es decir, de parecerlo... Pero no nos salgamos del

terreno general, porque el arte es patrimonio de pocos. ¿Hablábamos de

mujeres, sí ó no?

--¿De mujeres? ¡Siempre!--afirmó el vizconde de Tresmes, el cual, según

malas lenguas, tenía un pasado asaz borrascoso.--¿Qué otra cosa merece

la pena de discutirse en este mundo?

--Entonces, pleito ganado--insistió Donato recalcándose en la

butaca.--¿Sostienen ustedes que la hermosura de determinada mujer es la

causa de los sentimientos especiales que esa mujer nos inspira?

--¿Pues qué había de ser?--repuso Tresmes.--¿Su fealdad? O es hermosa, ó

hermosa la creemos, y de esa belleza nos enamoramos... más ó menos...

¡que en eso cabe una escala infinita de grados y matices!

--Oigan--suplicó Donato--no mis razones, sino la historia muy verdadera

de un amigo mío que se ha muerto en el extranjero, porque no logrando

aliviarse de un delirio amoroso, se dedicó á viajar, y en Roma una

fiebre palúdica--lo que allí conocen por _malaria_--le curó de la

enfermedad de vivir...

Mi amigo era el hijo de segundas nupcias de un señor bastante rico; los

otros, fruto del primer tálamo, le adoraban, y le ampararon como padres,

cuando todos quedaron huérfanos. Casóse el mayor de sus hermanos con una

señorita llamada Jacinta, y mi amigo--Marcelo le diremos, por no

divulgar su verdadero nombre--fué á vivir á Madrid con el nuevo

matrimonio, para terminar la carrera de arquitecto. Era _muy bella_ la

cuñadita Jacinta--ya ven ustedes que me sirvo del lenguaje usual--y

Marcelo, un día tras otro, confianza va y halago viene, se prendó de

Jacinta con la pasión más tirana. Cuando comprendió su estado, cuando

interpretó su afán, se horrorizó de una inclinación tan culpable y se

propuso esconderla, como se esconde la mancha y la vergüenza, y no dejar

asomar por ningún resquicio ni reflejos de la hoguera que le consumía la

médula de los huesos. Y hubiese cumplido su propósito, á no suceder cosa

más terrible aún: que la señora, objeto de tan reprobable afición--ó

porque la adivinó ó porque se contagió con ella sin adivinarla--al cabo

dió en padecer del mismo achaque, y, menos cauta, lo descubrió con

indicios tan claros, que Marcelo, sintiéndose débil y vencido antes de

pelear, apeló á poner tierra en medio... Dijo á su hermano que se

encontraba enfermo--y esto no era sino relativa mentira--y que

necesitaba respirar, por receta del médico, aires puros, aires de campo;

y el hermano, solícito y compadecido, le envió á un cortijo que había

heredado de su suegro, y que por encontrarse en lo más florido y

frondoso de la serranía de Córdoba y ser entonces el mes de Abril, debía

de estar convertido en vergel delicioso.

--Habrá comodidad suficiente para ti--advirtió--porque el padre de mi

Jacinta tenía cariño á ese sitio y lo visitaba de vez en cuando, aunque

Jacinta nunca ha puesto allí los pies, ni yo tampoco. He oído susurrar

no sé qué de la mujer del capataz...; ¡pero si se creyese cuanto se oye!

En fin, lo esencial es que no te faltarán ropas ni muebles... Y si algo

te falta, pídelo en seguida.

Marchó Marcelo asaz desesperado á su Tebaida, y el capataz le recibió

con agasajo, encargando á su hija, mocita como de veinte años de edad,

que sirviese y atendiese al forastero. ¡Imagínense la conmoción que

sufriría éste, cuando, al fijar los ojos en el rostro de la hija del

capataz, vió en él una copia perfectísima, un acabado trasunto del de

Jacinta! Era semejanza, no sólo de facciones, sino de expresión, modales

y gesto, y--lo que más turbó á Marcelo--hasta de metal de voz, con un

ceceo andaluz que hacía encantador el de Manuelita la

cortijera.--Reconoció el enamorado los negros ojos que llevaba clavados

en el corazón, el talle cuyas ondulaciones le causaban vértigos, el

color quebrado de la suave tez, que le enloquecía, y acordándose de las

indicaciones de su hermano acerca de la mujer del capataz, no se asombró

de encontrar una nueva Jacinta en la sierra. Al pasar días fue notando

que la serrana poseía mil cualidades preciosas: limpia, fina á su modo,

viva y lista como nadie; ya alegre, ya melancólica; oportuna en

replicar, aguda en comprender, sensible á ratos y arisca á tiempo, sabía

además rasguear la guitarra y entonar el polo con un salero que quitaba

el sentido. Marcelo, embelesado, pensó que la misma Providencia le

deparaba tan sabroso remedio á sus enfermedades morales, y se dedicó á

la serrana, galanteándola y persiguiéndola sin tregua, á favor de

aquella libertad que da el campo y de las rodadas ocasiones que brinda

el vivir bajo un techo mismo. Manuelita se defendió; pero al cabo fue

ablandándose, y consintió en acudir á una reja baja, donde sin peligro

para su recato podía conversar largamente con Marcelo. Mas lo que suele

costar trabajo en estas lides es el primer triunfo, que los restantes

vienen fatalmente á su hora, y Manuelita, aunque se hizo muy de rogar,

acabó por conceder á Marcelo que una noche, en vez de hablarse por la

reja, se hablasen dentro del aposento que la reja defendía...

El narrador se detuvo un instante, como preparando el efecto de lo que

le faltaba por contar.

--Marcelo entró en aquel cuarto temblando de gozo, paladeando con la

imaginación el bien que esperaba. No se había atrevido Manuelita á

encender luz, pero la de la luna entraba á oleadas por la reja--en la

cual se apoyaba la muchacha ruborizada y acaso medio arrepentida ya--y

alumbraba de lleno su rostro, haciéndolo parecer más descolorido, del

tono de los jazmines que lucía apiñados en el negro rodete. Marcelo se

adelantó como el que camina en sueños, y al aproximarse á Manuelita, al

rodear con los brazos el talle curvo que se doblegaba, al respirar con

los labios el perfume de las blancas flores tan próximas á la mejilla

fresca y á la garganta tornátil, su boca exhaló, entre hondo suspiro, un

nombre... ¡el nombre de _Jacinta_! Y al oirse, al repetir

involuntariamente tal nombre, espantado, como si viese á una sierpe, se

desprendió, retrocedió, se tambaleó y al fin huyó, subiendo la escalera

á tientas y encerrándose en su dormitorio... donde pasó la noche entre

remordimientos y lágrimas, para salir á la madrugada camino de Córdoba,

y desde Córdoba á París...--¿Comprenden ustedes el motivo de la conducta

de Marcelo?

--Que para él sólo existía Jacinta; Manuelita no había existido nunca,

sino por la pasajera realidad que le comunicó su parecido con _la

otra_...--respondimos algo impresionados, reflexionando á pesar nuestro.

--Exactamente... Veo que son ustedes perspicaces... Al pensar Marcelo

que se libertaba de su criminal pasión, lo que hacía era recaer en ella

de plano, satisfacerla, entregarse... ¿Y la belleza? Tan guapa era

Manuela la cortijerita, como Jacinta la dama. ¡Acaso más!

--Marcelo se me figura demasiado idealista--indicó Tresmes en tono

desdeñoso.

--Todos lo somos...--declaró Donato.--Y la belleza, una idea, unas gotas

de ilusión, para _uso interno_...

Memento

El recuerdo más vivaz de mis tiempos estudiantiles--dijo el doctor

sonriendo á la evocación--no es el de varios amorcillos y lances

parecidos á los que puede contar todo el mundo, ni el de ciertas

mejillas bonitas cuyas rosas embalsamaron mis sueños. Lo que no olvido,

lo que á cada paso veo con mayor relieve, es... la tertulia de mi tía

Gabriela, doncella machucha, á quien acompañaban todas las tardes otras

tres viejas apolilladas, igualmente aspirantes á la palma sobre el

ataud.

Reuníanse las cuatro, según he dicho, por la tarde--pues de noche las

cohibían miedos, achaques y devociones--en el gabinetito, desde cuyas

ventanas se divisaban los ricos ajimeces góticos y los altos muros de la

Catedral; y yo solía abandonar el paseo--á tal hora lleno de muchachas

deseosas de escuchar piropos--para encerrarme entre aquellas cuatro

paredes vestidas de un papel rameado que fué verde y ya era blancuzco,

sentarme en la butaca de fatigados muelles, anchota y blandufa, al cabo

también anciana, y recibir de una mano diminuta, seca, cubierta por la

rejilla de un mitón negro, palmadita suave en el hombro, mientras una

cascada voz murmuraba: «Hola, ¿ya viniste, calamidad? Hoy se muere de

gozo Candidita».

De las solteronas, Candidita era la más joven, pues no había cumplido

los sesenta y tres. Según las crónicas de los remotos días en que

Candidita lozaneaba, jamás descolló por su belleza. Siempre tuvo el ojo

izquierdo algo caído y las espaldas encorvadas en demasía. Lo que en

ella pudo agradar fué su seráfica condición. Poseía Candidita, en

relación con su nombre de pila, alta dosis de credulidad y buena fe.

Cuanta paparrucha inverosímil se me antojase inventar, la tragaba

Candidita sin esfuerzo; en cambio no había quien la convenciese de la

realidad de picardía ninguna. Su alma rechazaba la maledicencia como se

rechaza un elemento extraño, de imposible asimilación. Yo me divertía

infinito disputando con Candidita cuando se negaba á dar crédito á

maldades notorias... y al hacerlo, sentía germinar en mi corazón una

especie de ternura, un misterioso respeto por la inocente, que sin

quitarse su traje de merino negro y sus zapatos de oreja, subiría al

cielo al momento menos pensado.

Mi tía Gabriela, en cambio, era sagaz, lista como una pimienta. Su vida

retirada, en una soñolienta ciudad de provincia, la impedía conocer á

fondo el mundo, y quizás exageraba las trastadas y gatuperios que en él

se cometen, pero acercándose á la realidad y juzgando mil veces con

maligno acierto. Preciada de su linaje, con pergaminos y sin talegas, la

tía Gabriela era una señora á la vez modesta é imponente, chapada á la

antigua, de alma más enhiesta que un lanzón; las otras tres solteronas

parecían sus damas de honor, antes que sus amigas.

Doña Aparición era la curiosidad de aquel museo arqueológico. Hermosa y

mundana en sus verdores, conservaba, á los setenta y seis, golpes de

coquetería y manías de adorno que hacían fruncir los labios á mi tía

Gabriela, tan majestuosa con su liso hábito del Carmen. El peluquín de

doña Aparición, con bucles y sortijillas de un rubio angelical; su

calzado estrecho; sus guantes claros de ocho botones; sus trajes de seda

á rayas verde y rosa; sus abanicos de gasa azul, y el grupo de flores

artificiales que prendía graciosamente su mantilla, nos daban harto que

reir.

Como estaba semiciega y casi sorda y la vestía su fámula, á lo mejor

traía la peluca del revés, ó en la nariz el toque de carmín de las

mejillas, ó los guantes uno lila y otro pajizo; y como padecía de gota,

el cepo de las botitas prietas llegaba á mortificarla tanto, que mi tía

la prestaba unas holgadas pantuflas. En caso tal exclamaba

infaliblemente doña Aparición: «¡Jesús! Nunca me pasó cosa igual. Un

pliegue de la media me desolló el talón... Es un fastidio tener tan fino

el cutis.»

Cuentos de amor · 第 3 / 15 段