Principiaba a oscurecer. Viéndose solos, reanudaron su coloquio con
mayor vehemencia al pie de los olmos, siendo Jenara la que con más
calor se expresaba. Tomándose las manos, dejáronse ir vagabundos,
abandonados a la dulce corriente que de sus palabras y de sus
movimientos se derivaba.
—Jenara de mi vida —decía el guerrillero cuando ya llevaban algunos
minutos de paseo, de conversación, de miradas tiernas y de apretones
de manos—, si es cierto lo que me dices, te perdono, y seré para ti lo
que siempre he sido: un esclavo. Día de luto es este para mí; pero si
algún consuelo debo recibir, consistirá en palabras de tu boca. Jenara
de mi corazón, mi vida y mi persona te pertenecen. Te adoro desde que
te conocí, y te idolatraré hasta la muerte.
—Carlos —repuso la joven con ardor—, si no me crees lo que te he dicho,
me enojaré, me pondré enferma, me consumiré de tristeza, me moriré de
pesadumbre. Carlos, no lo dudes ni un momento. Si bajé aquella noche a
la empalizada de la huerta, fue porque confundí a Salvador contigo...
hizo la misma señal... No había dicho dos palabras el traidor, cuando
llegaste tú... ¿Lo crees, Carlos? Dime que lo crees, dime que no queda
en tu alma una chispa de recelo, y seré la mujer más feliz de la tierra.
—Bien, Jenara —dijo Navarro—. Aunque no fuera verdad, debería creerlo.
¿Oíste lo que dijo tu abuelo cuando nos encontramos hace poco? Su deseo
era el mismo de mi desgraciado padre, y también el mismo que ha sido
por mucho tiempo y es hoy la más cara, la más dulce, la más risueña
ilusión de mi vida. Dime una palabra, y nuestro destino quedará fijado
para siempre, y la noble pasión de mi alma satisfecha, la elección
suprema de la vida santificada por un juramento leal ante las miradas
de Dios, que desde el cielo nos está mirando y nos bendice. Jenara,
¿quieres ser mi mujer?
Contestó Jenara arrojándose en los brazos del guerrillero, que la
estrechó en ellos amorosamente. Casi en el mismo instante, ambos
jóvenes hicieron un movimiento de sorpresa y temor. Alguien les miraba:
frente a ellos, y a distancia como de cuatro varas, vieron una figura
delgada y sombría, un hombre completamente vestido de negro, con la
cabeza descubierta. Después de dar algunos pasos, se detuvo. Tras él
veíase una especie de choza formada por cajas vacías, y en el angosto
recinto, de tal manera formado, clareaba la llama de un hogar y se oían
voces.
—Aquí es —dijo Navarro viendo la barraca—. Entra y da a esas pobres
gentes lo que les traes.
Jenara, después de dar algunos pasos, lanzó un grito de espanto.
—¡Navarro, Navarro, defiéndeme! —exclamó con angustiosa voz, corriendo
a arrojarse en los brazos del guerrillero, y dejando caer en el suelo
las viandas que llevaba.
—¿Quién es, quién va? —dijo Navarro con turbación, en el breve momento
que tardó en conocer la sombría figura que tenía delante.
—Defiéndeme —gritó Jenara dando diente con diente—. Ese hombre me
quiere matar.
El aparecido no había hecho movimiento alguno. Llegose a él Navarro,
dejando atrás y a regular trecho a la atemorizada joven, y le observó
con calma.
—¡Ah!... es Monsalud... poca cosa, poca cosa... No temas, Jenara...
Esto ni pincha ni corta... A fe que no esperaba verte, Salvador. Creí
que habías muerto.
—Hubiera hecho muy mal en morirme —dijo Monsalud— sin cobrar una deuda
que tengo contigo.
—¿Conmigo?... ¡ah, ya! —añadió Navarro flemáticamente—. Cuando
quieras... ¿Era para ti para quien pedía esa mujer, llamándote
seminarista y guerrillero del _Fraile_?
—¿Qué dices? —preguntó Monsalud, ajeno a las jerarquías inventadas por
doña Pepita.
—¡Que eres un farsante, un embustero! —exclamó Navarro perdiendo la
serenidad.
—Sí: un embustero, un farsante —repitió Jenara alejándose más.
—Pero observo aquí la mano de Dios —añadió Carlos con petulancia—. Con
tu disfraz y tu cambio de nombre te has ocultado de todo el ejército,
pero no te has ocultado de mí.
—Es verdad —dijo Monsalud con enérgica ira—. Pues aquí me tienes.
Puedes delatarme, denunciarme, llevarme arrastrado por los cabellos
a donde tus salvajes amigos están haciendo cuentas por ver si algún
jurado se escapó de la carnicería de anoche. Yo me salvé; pero ahora
te proporciono ocasión de ganar un elogio, quizás un grado... Anda,
llévame; di que me has descubierto, que me has cogido, y quizás te den
un cigarro.
—Si yo fuera tú, te delataría... —dijo Navarro dando un paso hacia
adelante—. Puedes vivir y engañar hasta dentro de un rato... Pero me
olvidaba de que te hemos traído de comer.
Navarro, recogiendo del suelo lo que había caído, lo arrojó a los pies
de Monsalud, que no hizo ademán alguno, dando a entender que no recibía
limosna.
—¿Hasta dentro de un rato? —dijo Salvador—. ¿Por qué no ahora mismo?
Doña Pepita, atraída por las voces, presenciaba la singular escena sin
comprender una palabra; mas no se le ocultaba que allí había peligro
para Monsalud, y llegándose al otro, le dijo con amargura:
—Señor militar, no delate usted a mi pobre hermano... No, ¿para qué
mentir? No es mi hermano, es mi amigo... Es un muchacho honrado y leal.
Ya que escapó, déjele usted vivir.
Una figura macilenta y oscura se arrastraba a cuatro pies por el suelo,
semejándose por la oscuridad de la noche a un gran perro de Terranova.
Era el oidor, que recogía los restos de la comida.
—¡Yo delatar! —exclamó Navarro—. Señora, esté usted tranquila. No
haremos ningún daño a su...
—A su amigo —murmuró Jenara acercándose al grupo y clavando sus ojos
con ansiedad profunda en el semblante de la desconocida señora.
—No le haremos ningún daño —añadió con ironía Navarro, tomando la mano
de Jenara, como para retirarse con ella—. Pero el amiguito se muere de
hambre y de miedo: cuídele usted.
Volvieron la espalda Navarro y Jenara. Después de una breve disputa con
doña Pepita, Salvador se separó de esta para seguir a los prometidos
esposos.
—Detengámonos —dijo Navarro a su presunta consorte—. Viene detrás, y
puede herirnos por la espalda.
—¡Pero aquella mujer, aquella mujer! —exclamó Jenara apretando los
puños y temblando de ira—. ¿La viste? ¿Has oído insolencia igual? ¿Pues
no dijo que era su...?
—Su cortejo... Salvador es muchacho de muy malas costumbres.
—¡Qué vergüenza! —añadió Jenara con la exaltación propia de su carácter
en determinadas ocasiones—. ¡Oh! Navarro, no tienes alma... ¿Por qué no
abofeteaste a esa infame mujer?
Baraona y los tres amigos, viendo la tardanza de los dos jóvenes, se
adelantaban a su encuentro.
—Vamos, que es tarde. A prisa, niños... ¿qué habláis ahí...? ¡Como si
no tuvierais tiempo de charlar hasta que se os seque la lengua!...
—A prisita, a prisita —dijo el capellán, arropándose con su manteo—. La
noche está fresca.
—Ya se ve... Como ellos están en la flor de su edad y conservan todo el
calor de la vida... —murmuró el canónigo con cierta expresión envidiosa.
Jenara y Navarro llegaron al fin.
—¿Qué tienes, hijita? —dijo Baraona advirtiendo mucho trastorno en el
semblante de su nieta.
—No es nada —replicó Carlos—. Hemos visto escenas muy lastimosas en
la barraca. ¡Cuánta desgracia y miseria en este triste campo, señor
Baraona!
—Sí, lo comprendo; pero la guerra es guerra.
—La guerra tiene que ser guerra, es claro —repitió el capellán.
—Pues es claro: ¿qué ha de ser la guerra sino guerra? —murmuró el
canónigo.
—Evidentemente la guerra es y será siempre guerra —añadió el secretario
de la Inquisición.
—Al coche, pronto al coche.
Un vehículo, del cual no se podía decir fijamente si era coche o
catedral, se acercó al sitio donde estaban los amigos.
—Carlos, supongo que no podrás venir con nosotros —indicó Baraona,
subiendo penosamente con el auxilio de un criado.
—En efecto, no puedo...
—¡Ah! no había visto a esa persona que te acompaña: buenas noches,
señor.. —dijo don Miguel saludando a Monsalud, el cual, siguiendo a
Carlos, había quedado a cierta distancia.
—Es un amigo a quien casualmente acabo de encontrar.
—¡Ah!, muy señor mío... —dijo Baraona.
—Por muchos años... —gruñó el capellán.
—¡En marcha, en marcha! —exclamó el canónigo.
—Hasta mañana —dijo Navarro a Jenara cuando subía y se internaba dentro
de la máquina—. Hasta mañana.
Jenara miraba hacia fuera con estupor.
—¿No me contestas? Te he dicho que hasta mañana —añadió Navarro
ofendido de la profunda abstracción de su futura esposa.
—¡Si Dios quiere! —repuso al fin Jenara.
Y el monumental coche partió arrastrado por poderosas mulas.