Aquella a quien oímos primero junto a la empalizada de una huerta de la
Puebla de Arganzón, y acabamos de ver y oír ahora mismo al borde de una
sepultura, era una muchachuela bonita, de apariencia delicada y casi
infantil. Recordaba normalmente su fisonomía la de aquellas vírgenes
a quienes figuran los pintores tocando el laúd y a veces el violín en
los místicos conciertos del cielo, entre aperladas nubes que hacen
resaltar el oro de sus cabellos y la beatífica seriedad de sus labios
sin sonrisa, pues el arrobamiento y el canto las ponen graves como
doctores. Jenarita o Generosa, a pesar de su belleza virginal, tenía
en ocasiones un ceño algo sombrío y un modo de mirar que no indicaba
la diafanidad o, mejor, el perfecto equilibrio de espíritu de un ángel
celeste. Gravemente meditaba, y aunque su semblante era de esos que
en otros caracteres y en la misma edad están siempre mirando a todos
lados, aunque no vean más que el vuelo de las moscas, ella parecía
estar dispuesta a no ocuparse nunca de cosas pequeñas. Las moscas que
ella miraba no las veían los demás.
La fisonomía engaña casi siempre, y bajo aquel semblante, que recordaba
a la espigadora Ruth o a la organista Cecilia, se escondía una
culebrita graciosa que halagaba enroscándose, un carácter vehemente
que a la edad de diecisiete años vivía atormentándose a sí mismo con
aspiraciones locas, con entusiasmos delirantes, con deseos no bien
definidos o que variaban a cada hora. El reptil a sí propio se mordía
por no haber encontrado todavía en quién cebarse, y con la cola se
azotaba la cabeza. Impresionable hasta un extremo casi inverosímil, lo
que a otras entristecía a ella la ponía furiosa; lo que a otras daba
gozo, infundía en aquesta una fiebre de júbilo que necesitaba un pesar
para calmarse. Sus sentimientos, siempre en lucha, se manifestaban de
improviso y de una manera torrencial y borrascosa. Cualquier accidente
externo, impresionándola como impresiona el rayo, podía hacerlos
cambiar en un instante.
Sus ideas eran, sin embargo, exclusivas y fijas; ideas asimismo
oscuras y extravagantes sobre la vida y la sociedad, pero arraigadas
tenazmente. Tenía la terquedad de su abuelo, hombre de granito, una
especie de montaña humana, formada con los seculares yacimientos del
ideal de la autoridad, y que no podía henderse ni desmoronarse, ni
dejar de ser montaña. Carecía Generosa de la fácil ternura que parece
propia de una complexión delicada, y cuando este dulce sentimiento
aparecía en ella, era enteramente superficial y simulado. Finalmente,
no le faltaban dotes de inteligencia, siempre que no se tocase a las
preocupaciones o a las ideas que en su consistencia geológica eran base
de la familia.
Todo esto lo veremos más adelante, porque esta hermosa bestiecita, esta
mujer linda y profunda, este hermoso vaso lleno de tempestades, y que,
conteniendo el océano, parece una redoma de peces, ocupará lugar muy
importante en las historias que van a leerse, y a las cuales sirve de
prefacio la siguiente.
Sentados todos, y tendido el mantel, la cesta dio de sí todo lo que
tenía, y empezó la comida.
—Es preciso sobreponerse a la tristeza que esos desagradables sucesos
hayan podido ocasionar a alguno de los presentes —dijo el viejo
Baraona, descuartizando la pava, mientras el capellán de las monjas de
Santa Brígida aplicaba su nariz a la boca de las botellas para ver si
era justa la fama de las bodegas del señor canónigo.
—Basta de melancolías, Carlitos —indicó el secretario de la
Inquisición—. A lo hecho pecho, y cuando las cosas no tienen remedio...
—Dejadle que se desahogue y llore la muerte del más insigne caballero
de este país —ordenó con énfasis Baraona, partiendo en lonjas la
lengua de vaca, sin dar ni por un momento reposo a la suya—, de aquel
modelo de patricios, de aquel hombre cuyos sanos principios en todo lo
relativo al gobierno de estos reinos, eran admiración y enseñanza de
cuantos le oían.
—Grande y ejemplar varón ha perdido España, no puede dudarse —añadió,
elevando los ojos al cielo, el capellán de Santa Brígida, tranquilizado
ya respecto a los títulos de celebridad de las bodegas de su amigo—. Le
lloraremos toda la vida los que conocimos su caballerosidad y aquella
noble entereza de principios.
—Su muerte —dijo Baraona llenando los platos de los demás— debe quedar
en la memoria de los buenos hijos de España como un recuerdo santo.
Ha sido el mártir de esta gloriosa fe del patriotismo cristiano,
del patriotismo cristiano, señores, entiéndase bien. Siempre habrá
distancia inconmesurable entre lo que yo llamo el _patriotismo
cristiano_ y esa gárrula palabrería de los que se llaman _patriotas_ en
Cádiz y en Madrid.
—Los que nos llaman _serviles_, señor don Miguel —indicó el capellán.
—Tan infame mote —afirmó Baraona frunciendo el ceño y apretando el
puño— será escrito con sangre en la frente de los que lo inventaron.
¿No es verdad, Carlitos?
Carlos, profundamente abstraído, ni comía ni contestaba sino con
ligeras inclinaciones de cabeza.
—¿Saben cómo les llamo yo? —dijo Baraona con violenta cólera y dando
fuerte golpe en la tierra con la botella que en su mano tenía—. ¡Pues
les llamo _negros_!
—_Negros_ —repitió Jenara con súbito arranque de jovialidad que
contrastaba con su anterior tristeza—. Pues sea: beba usted, señor
capellán; beba, señor canónigo, y usted, señor secretario.
Y tomando la botella de manos de su abuelo, a todos repartió porción
bastante a humedecer los secos paladares.
—¿Y usted no bebe Generosita?
—¿Yo?... una miaja... menos, mucho menos, señor capellán: con medio
dedo me basta —repuso la muchacha levantando el vaso, para impedir que
el capellán lo llenase todo, como quería.
—Y aún me parece mucho —indicó Baraona—. A ver, Carlos, tu vaso.
—Ahora —dijo la doncella con animado semblante— alcen ustedes los vasos
y beban a la salud de toda la gente _blanca_.
Tan entusiasta proposición, dicha con arrebatadora voz, con gran
viveza en los ojos, con una sonrisa celestial que descubrió los
blancos dientecitos de la víbora entre el coral de sus frescos labios,
y acompañada de un gesto gracioso con brazo y mano derecha, produjo
mágico efecto entre los comensales. Gritaron todos, y una aclamación
recorrió aquellos campos de tristeza.
—Las mujeres —dijo Baraona— tienen el don de expresar las ideas con
gracia incomparable y en forma que las hace inteligibles a todo el
mundo. A la salud de toda la gente _blanca_; a la salud de la patria
libre de franceses y de ideas francesas; a la salud de la religión
de nuestros padres, de nuestras santas y morigeradas costumbres, de
nuestra inmutable y siempre gloriosa España, que desafía a los siglos y
sobre la cual pasan y pasarán los _negros_ innovadores, como hojas de
otoño que se lleva el viento.
—_Amén_ — murmuró el capellán.
—El pobre Carlitos no come —dijo el canónigo—. No debe uno dejarse
dominar por el dolor. Hay que hacer un esfuerzo... Aquí donde me ven,
aunque parece que tengo apetito, no es verdad, y necesito vencerme y
luchar conmigo mismo para pasar cada bocado... Me ha ordenado el doctor
que coma, y aunque es para mí un suplicio, lo acepto, porque Dios manda
que se conserve la salud del cuerpo.
—Vamos, otro esfuercito —dijo el capellán de monjas, poniendo un pedazo
de pechuga en el plato, ya dos veces vacío, del inapetente canónigo.
—Carlos, hay que ser juicioso —indicó Baraona—. Jenara, te encargo que
no dejes morir de hambre a nuestro heroico guerrillero.
Jenara empezó a poner en práctica el encargo, y Carlos dejábase seducir
poco a poco.
—Yo me hago cargo de su tristeza —dijo el secretario de la Inquisición,
a quien los médicos no habían recomendado que hiciese esfuerzos para
comer—. El recuerdo del noble mártir que ha subido al cielo...
—¡Oh, sí! —exclamó Baraona, acudiendo en auxilio del capellán de
monjas, que se había quedado ya sin pechuga y sin lengua—. La imagen
funesta no se apartará de su mente en mucho tiempo, y más vale que así
sea, señores, para que no pierda los bríos ni el indomable furor de
venganza que le impulsa a combatir...
—¡Es verdad!
—La muerte de nuestro valiente y caballeroso amigo —continuó el
anciano— me ha inspirado una idea que voy a comunicar a ustedes.
A excepción del capellán de monjas, que hacía estudios anatómicos en el
esqueleto de la pava, todos los presentes dieron reposo a los dientes
para escuchar al respetable patriarca de las montañas alavesas.
—En lo sucesivo, señores —dijo este con grave y profético tono—, y
atendidos los síntomas de discordia civil que presenta España por el
insolente jacobinismo de los _negros_, los buenos españoles debemos
adorar fervorosamente dos cruces.
—¡Dos cruces! —exclamó Jenara.
—¡Dos cruces, sí! La cruz religiosa, aquella en que Dios se dignó morir
para redimirnos del pecado, aquella que desde niños adoramos, aquella
que nos hicieron besar nuestras madres en la cuna, y además esta otra
cruz del sentimiento patrio, en la cual ha muerto nuestro buen amigo,
el incomparable, el santo entre los santos guerreros, don Fernando
Garrote, acompañado del buen cura de la Puebla. Esta cruz, que como
instrumento de ignominia han alzado los franceses, los renegados y los
traidores, será para nosotros, como la otra, lábaro sacrosanto que
llevará a la juventud a la gloria. Murió don Fernando en ella: clavole
un clavo la traición, otro la deslealtad, otro la herejía. Expiró
coronado con las espinas del democratismo, y pusiéronle el _Inri_
de las ideas jacobinas, que, después de todo, son las ideas que han
traído aquí el escándalo y las que aceptaron los afrancesados y quieren
imponernos los llamados liberales... Señores, donde hay mártires, hay
religión; donde hay cruz, hay fe. Adoremos esa cruz; llevémosla en
nuestro corazón juntamente con la otra, de la cual es como un reflejo;
adorémoslas a las dos, pues las dos deben ser nuestro norte y nuestra
luz. ¡Religión! ¡Patria! —añadió con majestuoso, inspirado acento—.
¡Sois dos nombres, y, sin embargo, no sois más que una sola idea, una
idea inmutable, eterna, fija como el mundo, como Dios, del cual todo se
deriva! ¡Religión! ¡Patria!... ¡Sois dos luces espléndidas, cuyo fulgor
no puede apagarse, ni tampoco cambiar como las chispas de una fiesta
de pólvora! ¡Una y otra fe tenéis dogmas eminentes, que la arrogante
ciencia del hombre no puede variar: una y otra fe tenéis la inmutable
condición del pensamiento divino que os ha creado! Sois lo que sois,
y no podéis ser otra cosa. En vuestro sagrado catecismo la mano audaz
del filósofo no puede hacer la menor variación ni mudar una sola letra.
Sois como el firmamento inmenso, a donde no puede llegar la mano del
hombre para quitar o poner una sola estrella.
—¡Bendito sea el insigne patriarca que tales cosas piensa y tales
maravillas dice! —exclamó con efusión de sensibilidad y entusiasmo
Carlos Garrote, besando las manos del viejo Baraona—. ¡Esas dos cruces
grabadas están en mi corazón, la una sobre la otra! Me preservaron
contra las armas de los traidores y de los vándalos, y me preservarán
contra toda clase de enemigos.
El capellán de monjas, no pudiendo contener su entusiasmo, abrazó
tiernísimamente a Baraona, y el secretario de la Inquisición abrazó a
Garrote. Era una manifestación general de sentimientos patrióticos.
—Carlos —dijo la niña al joven guerrillero cuando la borrasca de los
abrazos pasó—, en Vitoria nos dijeron que habías hecho cosas admirables
en la batalla de ayer. Cuéntanos algo de eso.
—Sí, que nos cuente sus heroicidades. También he oído hablar de ellas
—indicó el canónigo.
—Al instante... ¡fuera modestia! —exclamó Baraona.
Por tan distintos ruegos apremiado, trató Carlos de vencer su amarga
tristeza, y cediendo principalmente a las súplicas de Jenara, que le
cautivaban el alma, empezó a contar varios sucesos del día anterior,
dando la preferencia a los que había presenciado, siendo actor en
ellos; pero al nombrarse a sí propio, lo hacía con gravedad y modestia,
no ensalzando sus acciones, sino antes bien rebajándolas para no
aparecer vanidoso. En la relación ponía gran arte, para que se revelara
su mérito sin dejar de ser modesto, y, siéndolo, su persona aparecía en
ellos rodeada de brillante aureola.
Oíanle todos con atención profunda, y Jenara con arrobamiento. Fijos
sus ojos en el rostro del guerrillero, parecía que anhelaba leer en él
sus ideas antes que fueran expuestas por la palabra. El relato fue muy
largo, pero interesante y conmovedor, siendo muy del gusto de todos
los allí presentes, que no perdieron ni una sílaba. El único que no
se mostró excesivamente interesado por las glorias nacionales, fue el
capellán de monjas, que, cerrando los ojos con beatífica tranquilidad,
se quedó dormido.
Concluida la narración, Baraona habló de retirarse a Vitoria; pero los
demás fueron de opinión que se durmiera la siesta al amparo de aquella
hermosa olmeda, y así lo hicieron los cuatro personajes, quedándose
en vela Jenara y Carlos. Largo tiempo transcurrió en conversación
muy íntima y cordial, en la cual hubo, al parecer, confidencias,
declaraciones, riñas, arrepentimientos, promesas, y qué sé yo... todos
los dulces amargores de un amoroso diálogo. Al fin despertaron los
durmientes, siendo el capellán de monjas el más pesado para volver
en su acuerdo. Caía la tarde, y empezaron a recoger todo; mas aún no
se habían levantado, cuando apareció ante ellos una señora de buena
presencia, vestida con heterogéneas ropas, de una manera tan singular
que más parecía tapada que vestida. Su semblante indicaba zozobra,
inanición y reciente llanto. Parecía persona de calidad, y al punto
comprendieron Baraona y sus amigos que era una víctima del día anterior.
—Señores —dijo—, siendo españoles, deben de ser caritativos...
—Así es, en efecto, señora —repuso Baraona.
—Y siendo caritativos, ¿tendrán la bondad de darme algo de lo que de su
merienda les ha sobrado?... Soy una infeliz víctima del saqueo y rapiña
de anoche, a pesar de no ser afrancesada y encontrarme en el convoy por
casualidad...
—Ello podrá ser cierto —dijo el secretario de la Inquisición con
malicia—, pero también podrá no serlo.
—Por casualidad, sí... He sufrido el despojo sin culpa —continuó la
afligida dama, llorando—. Soy una persona principal que se ve en la
triste necesidad de pedir limosna para vivir. Allí, tras aquellas
cajas vacías, con las cuales hemos hecho una especie de barraca, está
mi esposo, alcalde de la ciudad de Bailén cuando la batalla, y mi
amadísimo hermano, seminarista hasta hace poco, y después guerrillero
en las guerrillas del _Fraile_, hasta que una enfermedad le obligó a
dirigirse a Francia...
—Oh, señora —dijo el canónigo—, no es preciso que usted nos cuente la
historia completa de sus parientes. Persona principal y decente parece
usted. Deploramos la casualidad que motiva su desgracia. Caritativos
somos, y no restos de nuestra comida, sino algo entero que debe quedar
en la cesta le daremos... Jenarita, lléveselo usted.
La dolorida, sin poder contener sus lágrimas, no cesaba de repetir:
—Gracias, gracias, generoso señor.
—Ya podía esta señora vestirse de otra manera —dijo sonriendo el
capellán al oído del canónigo—. ¿No es verdad que tal traje no es
propio para ponerse delante de eclesiásticos?
Jenara se levantó para dar a la desconocida cuanto quedaba en la cesta.
—Hija, ve con ella y mira si tienen necesidad de algo de ropa —dijo
Baraona—. Juraría que esa señora ha dicho verdad, y que no es
afrancesada, sino rancia española... Carlos, acompaña a mi hija.
Indudablemente el guerrillero y Jenara deseaban cualquier pretexto para
apartarse y perder de vista por breve momento al abuelo y compañeros de
mesa. Disimulando su gozo, marcharon tras la desconocida; pero como no
tenían prisa de llegar donde ella iba, la dejaron ir delante y que se
alejase todo lo que quisiera.