Ya estamos solos —dijo Navarro a Monsalud.
—Ya estamos solos, y en lugar a propósito —repuso Salvador—. Podemos
alejarnos del camino. La noche está oscura...
—¿Qué armas tienes?
—Ninguna. Dame la que quieras.
—Renegado —exclamó Navarro—, estamos en el campo del convoy. Aquí
dejaste tu vestido para ponerte el que llevas, aquí han de estar tus
armas.
—Escondidas bajo tierra —repuso Salvador con desaliento—; pero si me
fuera en ello la vida, no sabría encontrar entre tanta confusión el
sitio donde las pusimos.
—Salvador —gritó el guerrillero con ira—, si de esa manera piensas
evadirte de tu compromiso...
—No me insultes, no eches más ignominia sobre mí —dijo Monsalud con
emoción profunda, y antes que colérico, conmovido y sin aliento—. Soy
un desgraciado, el más desgraciado de los hombres. Si no tienes lástima
de mí, guárdame al menos la consideración que merece el infortunio...
¿Me aborreces? ¿Te estorbo? ¿Te soy odioso? ¿Te molesta que viva? ¿Te
mortifica que respire el aire que Dios hizo para todos? Pues delátame,
denúnciame... Marcha delante y te seguiré.
—¡Qué miserable cobardía! —exclamó Navarro, acompañando sus palabras
de un enérgico gesto—. Si tienes miedo, si quieres renunciar a tu
compromiso, dilo, y no me llames delator.
—Vamos a donde quieras —murmuró Monsalud dando algunos pasos—. Nada te
costará buscarme el arma que más te guste.
—Vamos —repitió Garrote.
Ambos dieron algunos pasos: Navarro, decidido, impetuoso, resuelto;
Salvador, indolente, desmayado... Pasaban junto a un árbol próximo a
la cerca del camino, cuando el infeliz renegado apoyó sus brazos en el
tronco y echó la cabeza hacia atrás, diciendo:
—No puedo más... me muero...
Sus piernas se aflojaron y cayó de rodillas. Ni la energía de su alma,
ni la emoción que en aquel momento sentía, ni la presencia de su
enemigo, que renovaba en él odios implacables, podían vencer el desmayo
de su cuerpo, en el cual apenas había entrado algún mezquino alimento
durante cuarenta y ocho horas.
—¿Qué mimos son esos? —preguntó Navarro.
—Me muero... —murmuró Salvador—. Si tienes prisa y quieres acabar
pronto, saca tu espada y atraviésame. No puedo vivir; no tengo ánimo
para defenderme.
La extremada palidez y extenuación del desgraciado joven no se
ocultaron a su enemigo. Navarro comprendió cuán indigno sería provocar
a duelo a un moribundo. Compasivo y generoso, acercose al joven, y
echándole ambos brazos al cuerpo, le levantó.
—Vamos, no has comido hoy —dijo—. Debí empezar por lo primero... mas
para todo hay tiempo. Ven conmigo.
Monsalud se dejó levantar y conducir maquinalmente, apoyado en el brazo
de su rival. Así anduvieron largo trecho, despaciosamente y sin hablar
palabra. Parecían dos tiernos amigos, dos cariñosos hermanos, de los
cuales el fuerte sostenía y amparaba al débil. Nadie al verlos hubiera
dicho que entre ellos y en torno a ellos, envolviendo sus hermosas
cabezas con fúnebre celaje, flotaba el fantasma horroroso de la guerra
civil. Caía la frente del uno sobre el pecho del otro, se enlazaban
sus manos, se confundían sus alientos; pero no había ni la más mínima
porción de afecto en aquel abrazo de muerte. Quizás el aborrecimiento
mismo impulsaba al fuerte a ser generoso; quizás la propia causa
impulsaba al débil a ser condescendiente.
Llegaron a una gran barraca, improvisada con cajas y lienzos, de la
cual salía humo, mucha bulla, y un olor fuertísimo a aceite frito y a
guisotes de campaña. Los dos jóvenes entraron. Soldados y guerrilleros
bebían y comían allí, sin dar reposo a la lengua un solo momento.
Entraban o salían atropelladamente, trayendo y llevando víveres y
pellejos de vino.
Monsalud se dejó caer en el suelo, mientras Navarro decía, dirigiéndose
a uno de los más alborotadores:
—Roque, da de comer y de beber a este amigo.
Fijáronse todos en la abatida persona de Monsalud, que parecía
moribundo.
—¿Es jurado? —preguntó uno.
—Es un hermano del cura de Nájera; es mi amigo —repuso Navarro—. Iba a
Francia, cuando tropezó con el convoy y me le dejaron como le veis...
¡Eh, señor Soldevilla! —añadió sacudiéndole a Salvador por el brazo—,
ahora se pondrá usted como nuevo... Désele primero un buen vaso de vino.
—Mejor es un par de tajadas... —indicó un guerrillero que era riojano y
conocía al señor cura de Nájera—. ¡Por vida de...! Conozco a todos los
Soldevillas de Nájera y de Cameros, y juro que esa cara no es de ningún
Soldevilla de aquella tierra... Como que yo conozco esa cara.
—Y yo también —añadió otro del mismo estambre.
—Y yo.
—Despachaos, pedazos de plomo —gritó Navarro, sentándose resueltamente
al lado de su enemigo, con objeto de evitar cualquier ofensa que
pudiera hacérsele...
Para disipar las sospechas de sus camaradas o hacerles entender que
estaba decidido a defender al infeliz jurado, entabló con él familiar
diálogo en esta forma:
—Eso pasará pronto, amigo Soldevilla. Buena suerte fue para usted
tropezar conmigo, que le asistiré en cuanto sea menester, y le
protegeré, aun a riesgo de mi vida, contra todo aquel que intentara
hacerle daño.
—Gracias, muchas gracias —dijo Monsalud, bebiendo con febril ansiedad
en una taza que le presentaron.
—Tengo que comunicar a usted una triste noticia, y es que mi excelente
padre, el señor don Fernando Navarro, amigo de su familia de usted, ha
sido asesinado por los infames renegados.
—¡Asesinado! —repitió sordamente Monsalud, engullendo el pan y las
magras que le dieron—. ¡Infeliz suerte!... Quizás no moriría de esa
manera.
—Sí; pero los viles que pusieron la mano en aquel hombre insigne no
vivirán mucho tiempo —dijo sofocadamente Navarro ofreciendo a Monsalud
un vaso de vino—. Revolveré la tierra por encontrarlos, y uno a uno
caerán en mis manos, de las cuales pasarán al infierno.
—¡Al infierno! —balbució Monsalud—; gracias, gracias, señor Navarro;
voy recobrando la vida. ¡Ah!, pero ahora recuerdo... oí hablar de
usted... Sí; antes que cayésemos en poder de los ingleses trabé
conversación con un joven jurado. Díjome que el señor don Fernando se
había dado a sí mismo la muerte por no caer en manos de la vil canalla,
que, después de sacrificar ignominiosamente a cierto clérigo, quería
martirizarle a él de la misma manera.
—También me lo han dicho así.
—Y el joven que me habló de este asunto, amigo Navarro, añadió que él
mismo, después de prestar varios servicios al desgraciado don Fernando,
le había suministrado el medio de eximirse, por un acto enérgico, de la
bochornosa muerte que le tenían preparada. Dijo también que el ilustre
señor, vencido de la extenuación y del pánico, perdió en sus últimos
momentos el juicio, cayendo en singulares locuras y manías.
—Tantos detalles no habían llegado a mi noticia —dijo el guerrillero—;
y en cuanto a las palabras de ese renegado que con usted habló, no les
doy fe.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Es uno que dijo llamarse... ¿a ver cómo? ¡Ah! Salvador no sé cuántos.
—Me lo figuraba... —contestó Navarro con diabólica risa—. Uno de los
que busco... y de los que no se me escaparán, a fe mía... Es un reptil
que ha querido morderme y que he de aplastar sin remedio. Traidor
renegado, ha hecho migas con los franceses, y es uno de los más crueles
sayones que tiene la canalla para atemorizar a las gentes inofensivas
de este país. Embrollón, embustero, farsante y lleno de fatuidad,
atreviose a poner sus ojos en un ángel del cielo a quien idolatro, y
que no puede ser sino para mí... ¡Oh! nuestra rivalidad es ya un poco
antigua... pero se ha recrudecido recientemente, señor Soldevilla de mi
alma, desde que ese miserable ratoncillo, que no merece roer la suela
de mis zapatos, se ha atrevido a manchar la buena fama de la mujer que
adoro, engañándola con miserables artes, y obteniendo de ella ciertos
favores por el más vil y repugnante medio... Tome usted más carne,
señor Soldevilla —añadió presentándosela—; tal vez necesite recobrar
todas sus fuerzas para esta noche... Pues sí, como decía, empleando
infames medios...
—Gracias, gracias, señor Navarro —dijo Salvador rechazando la carne—.
Debe de ser un gran tunante ese joven.
—Como que para hablar con Jenara y arrancarle algún honesto favor,
remedaba mi persona y mi voz en la oscuridad de la noche...
—No quiero nada más —dijo Monsalud secamente—. Me encuentro bien.
—Poco ha comido usted...
—Lo necesario para afrontar cualquier peligro.
—Pues sí, amigo Soldevilla —añadió Navarro—, perdone usted que me haya
exaltado al oírle nombrar persona tan aborrecida para mí. He jurado
matarle, matarle sin piedad, y me parece que mientras él viva me está
robando con su aliento la existencia que Dios me dio para vivir y el
aire para respirar.
Sacudido por viva excitación nerviosa, Monsalud se levantó del suelo en
que yacía.
—¡Oh!, no se levante usted... descanse usted más, señor Soldevilla
—dijo Navarro con ironía semejante a la del diablo cuando sonríe a
las almas en el momento de cargar con ellas—. Tome usted fuerzas,
amigo mío, que quizás las necesite pronto, sí, muy pronto... Si quiere
usted dormir, duerma sin cuidado; y por si tuviese recelo de que mis
compañeros le hagan algún daño, esté tranquilo, que no me moveré de su
lado hasta que abra los ojos.
—No quiero dormir —repuso Salvador poniéndose en pie—. Agradezco a
usted lo que ha hecho por mí... Y ahora que recuerdo, cuando ese
jurado, que antes mencionó, hablaba del trágico fin del señor don
Fernando Garrote y de su funesta locura, hacíalo con tanta compasión,
que parecía haberse interesado vivamente por él.
—¡Buen caso haría yo de las hipócritas palabras de ese necio! —dijo
Navarro sin disimular su ira—. ¡Oh!, solo el oír en su boca el sagrado
nombre de mi padre, me parece un insulto... A ver, señor Soldevilla
—añadió tomando el sable de un guerrillero que dormía—, ¿qué le parece
a usted este sable?
—Magnífico —respondió el jurado, pasando el dedo por el filo y apoyando
la punta en el suelo para probar la flexibilidad de la hoja.
—Si no recuerdo mal, me rogó usted que le proporcionase un sable.
Quédese, pues, con el que tiene en la mano. Este borracho de Roque es
de mi compañía, y mañana me entenderé con él.
—¡Gracias, gracias! —dijo Monsalud con extraordinaria animación.
¡Cuántos favores debo a usted!
—¿No duerme un ratito?
—No.
—Es verdad. Tiempo tiene usted de dormir —dijo Navarro levantándose—.
Sí; de dormir mucho, muchísimo.
Casi todos los guerrilleros que antes había en la barraca, o habían
salido a tocar la guitarra sobre el campo, o dormían como troncos.
Monsalud y Navarro salieron. Cuando se hallaban a buen trecho de la
tienda, el renegado dijo a su enemigo:
—¡Navarro, Navarro!... Dios que nos mira sabe que no te tengo miedo...
Acabas de hacerme un beneficio; mi corazón se oprime al pensar que
puedo darte la muerte... Aguarda, por Dios, a que te ofenda de nuevo;
aguarda a que esta gratitud se disipe... Te aborrezco; pero un secreto
respeto enfría mis rencores cuando pienso que vamos a batirnos. A pesar
de los horribles insultos que hace poco me has dirigido, te ruego que
esperes, que esperes hasta mañana siquiera. Creo que debemos esperar.
—Adelante —repuso Navarro con enérgico acento—. No tienes que
agradecerme nada. No te he perdonado, no te perdonaré, si no me
confiesas que fingiste mi persona y mi voz para engañar o Jenara.
—¡No lo confesaré porque es mentira! —exclamó Salvador lleno de ira.
—¡Pues te mataré porque es verdad! —rugió Navarro—. Miserable, ¿piensas
que el hombre que ha hablado a solas con esa mujer puede insultarme
respirando el aire que yo respiro y viendo la luz que yo veo?
—No una, sino muchas veces he hablado con ella —dijo Salvador.
—¡Mientes, bellaco! —gritó Navarro abalanzándose hacia él con el sable
desnudo—. Defiéndete, hijo de nadie, miserable espúreo.
Monsalud sintió que por sus venas corría fuego, que su cerebro era un
volcán. Ciego, loco de ira, se puso en guardia, gritando:
—Defiéndete, salvaje. Mátame; pero antes de hacerlo, sabe que eres un
bandido, y tu Jenara una vil mujerzuela.
—Canalla, toma el camino del infierno... ¡Corre..., anda..., allá vas!
No hablaron ni una palabra más; los aceros chocaron.
Estaban en un sitio solitario, y la noche era oscurísima. Durante breve
rato las dos hojas de acero se rozaban con discorde sonido. De pronto
Carlos dio un grito terrible; inundado de sangre, cayó al suelo.
—¡Dios mío!... ¡Muero!... —exclamó con un rugido, en el cual parecía
que echaba el alma.
Y luego, con voz expirante, añadió:
—¡Padre!...
Monsalud hincó una rodilla en tierra y le miró el rostro, sin advertir
que algunos hombres se acercaban.