Tras la noche triste apareció el día triste también y empañado con
densas neblinas. Mientras gran parte del ejército victorioso perseguía
al francés por el camino de Salvatierra, el lugar donde pereció el
convoy se trocaba en un campo de feria. En todas partes se hacían
tratos y cambios, según los negocios de cada uno. Los ingleses
concretaban todas sus operaciones al numerario, despreciando las
especies. La joyería había desaparecido como por encanto, sin que se
supiese quiénes fueron los acaparadores de tan estimable artículo. En
plata labrada aún quedaban algunas existencias por la mañana; y como
entre ellas no escaseaban las obras de arte ni en el ejército inglés
los anticuarios, hubo pieza que valió a sus primitivos tomadores guinea
sobre guinea.
Pero la gran mayoría de los objetos, especialmente los que eran de
fácil transporte, desaparecieron en la noche. No se han visto manos
más listas, ni mayor diligencia en hombres y mujeres para hacer la
mudanza. Por fortuna para las artes, la parte del convoy que contenía
los grandes cuadros, pudo ser salvada por haber salido de la Puebla
con el general Maucune doce horas antes que los demás. Perdiéronse por
entonces para España tan incomparables tesoros; mas no se perdieron
para el arte, siendo en verdad providencial que se salvasen, y que,
restaurado alguno de ellos, volviesen todos acá tres años después.
Ya entrado el día, muchos vecinos acomodados de Vitoria salieron para
ver el campo de batalla y el lugar del convoy, que principalmente
despertaba la curiosidad. Viéronse llegar frailes de distintas órdenes,
canónigos de la Colegiata, señores muy graves acompañados de damiselas
sensibles, jóvenes currutacos, viejos verdes y maduras matronas, todos
medio locos de entusiasmo por la gran victoria alcanzada. Iban de
ceca en meca sonriendo ante los estragos, y haciéndose señalar por los
aldeanos los lugares que fueron teatro de acontecimientos trágicos
durante la batalla. El campo del convoy, ya convertido en feria, fue
por su proximidad a Vitoria más visitado, y a cada momento llegaban a
él alegres parejas, familias, tríos de canónigo, fraile y regidor, con
más algunas damas sueltas, es decir, que no iban con nadie. Ninguno se
retiraba sin llevar algún recuerdo, pareciéndose en esto a los modernos
ingleses, o a los que llaman _touristas_, y los cascos de granada, las
balas de fusil y hasta los botones de los uniformes de renegado pasaron
a ser joyas históricas, destinadas a vincularse en el patrimonio de las
familias. Aún existen en Vitoria muchos de estos pedacitos del gran
desastre.
Diose orden de enterrar los cadáveres que en el llano del convoy había,
no siendo tan fácil los del vasto campo de batalla, por ser en número
de cuatro mil, juntas las pérdidas de unos y otros, pasando de diez mil
los heridos. Mortificó a los curiosos el espectáculo de tanto hombre
muerto, siquier fueran franceses y renegados, y muchos ofrecieron la
cooperación de sus manos para echar tierra dentro de los hoyos que se
tragaban tanta juventud desgraciada en vida y en muerte, los amores
de innumerables madres, tanta y tanta robusta vida nutrida en los
pacíficos hogares para la paz y la felicidad.
Entre los curiosos que de Vitoria habían venido, era de notar un
anciano de mucha edad y poca andadura, con el cuerpo inclinado hacia
adelante, la cabeza temblorosa, verdes espejuelos ante los ojos y
apoyada la una mano en grueso bastón de nudos, mientras con la otra
cogía el brazo de una linda joven rubia. Iban los dos por el camino
adelante observando todo con curiosidad suma, siendo ella la que
primeramente con sus volubles ojos veía los objetos y los señalaba
después a la tardía atención del viejo. Él se regocijaba con la vista
de tanto cañón tomado, de tanta riqueza rescatada, y a cada nueva
sorpresa se deshacía en apologéticos comentarios de la destreza de lord
Wellington, encomiando sobre todo el providente designio del Altísimo,
que, como padre y ordenador de las victorias, nos había dado aquella
tan completa y admirable.
—La causa de Dios triunfa y triunfará mientras haya soldados cristianos
en el mundo —decía el abuelo a su linda nieta—. A estos desastres
horrorosos son conducidos los que han intentado alevemente apropiarse
nuestro suelo y mudar nuestras costumbres, haciéndonos de fieles
piadosos, herejes corrompidos; de leales y pacíficos, revolucionarios y
jacobinos.
—¡Ah, pobres muchachos! —exclamó la nieta, apartando con horror la
vista de unos infelices cuerpos de jurados que eran conducidos a la
sepultura—. Son renegados, papaíto, tienen uniforme verde, sombrero de
piel con águila dorada, una cartera en la cintura con águila, y muchos
botoncitos... también con águila.
—Sí, verás águilas por todas partes. Esos hoyos se llenarán de ellas,
y la tierra no podrá guardar en su seno tantas insignias imperiales.
A eso está destinado el poder de Napoleón. Europa no tiene bastante
tierra para sepultar el inmenso cadáver... En cuanto a los infelices
jurados, son los que menos lástima me inspiran. Oye bien lo que te
digo, hija mía; oye la voz de un anciano patriota, español y cristiano:
además del infierno que existe para toda clase de pecadores, ha de
haber uno con tormentos extraordinarios de inapreciable horror para los
que hacen traición a su patria y a sus banderas.
—¡Otro infierno! —exclamó la muchacha con espanto, a pesar de que
diariamente oía parecidos conceptos.
—¡Otro! Allá en lo profundo, los condenados ordinarios no han de querer
habitar con los renegados y traidores —dijo el hombre decrépito,
silabeando enérgicamente con sus gruesos labios—. Los renegados venden
a sus hermanos, entregan a la patria al enemigo para que este la
despoje y la deshonre a su antojo, extirpando en ella la fe religiosa,
faro del mundo y único consuelo de las buenas almas. El traidor en
esta guerra, donde se discuten las dos cosas más sagradas, es decir,
el rey y la religión; el traidor en esta guerra, digo, es el más vil
instrumento de Satanás. Solo le igualan en maldad los que yo llamo
traidores y renegados en el campo de la ley, o para que me entiendas
mejor, los que por favorecer hipócritamente a Bonaparte, introducen en
España caprichosas leyes a estilo jacobino, y constituciones, que son
lazos tendidos a los pueblos por la herejía, por la licencia, por el
democratismo, por la soberbia de los pequeños que quieren parecerse a
los grandes, gritando y metiendo bulla... Pero Dios está con nosotros,
hija mía. Dios es español.
—¡Dios es español!
—Dios, sí —añadió el viejo golpeando violentamente el suelo con su
nudoso bastón—, y ya ves ahí los golpes de su mano protectora. Creo
que, mediante la bondad divina y la espada del arcángel guerrero, el
mal que aparece en nuestra leal España no tomará grandes proporciones.
Abriranse muchos hoyos como ese, y esas bocas de la tierra española se
tragarán a sus perversos hijos.
—¡Ay! —gritó la muchacha, temblando y agarrándose fuertemente al brazo
de su abuelo—. Pero no es nada... nada, papaíto.
—¿Tienes miedo?
—No... —dijo la joven, reponiéndose de su sobresalto y turbación—, es
que... no sé por qué me he estremecido toda y he sentido frío en el
corazón al ver...
—¿Qué has visto? —preguntó el viejo deteniéndose.
—Todavía no han enterrado aquellas águilas, papaíto, aquellas águilas
que brillan en los sombreros peludos, en las golas, y en las carteras,
y en los botones... Sus alas abiertas, sus picos corvos, sus garras que
aparentan un haz de rayos...
—¿Qué?
—Me dan miedo.
—¡Eres tonta! Adelante... Pero si no me engaño, ese que hacia aquí
viene es nuestro amigo Carlos Navarro... Mira tú, a ver si me engaño...
Miraba hacia atrás la damita con la fijeza de una curiosidad vivísima.
Su rostro había adquirido marmórea blancura.
—¿Por qué te detienes y miras hacia atrás? —gruñó el viejo sacudiendo
el brazo—. ¿Dices que tienes miedo y miras, Jenara?... Te digo que
observes si ese que se ha detenido junto a aquel cañón es Carlos
Navarro, el hijo del desgraciado don Fernando Garrote.
—El mismo es —repuso Jenara observando.
—Vamos hacia él... ¡Pobre muchacho! Quizás no sepa todavía el
desgraciado fin de su padre, asesinado en Aríñez por los vándalos.
Antes que nieta y abuelo llegasen junto a él, Carlos Navarro, que los
vio, corrió a su encuentro. Su semblante estaba alterado por viva
aflicción, y algunas lágrimas humedecieron sus ojos cuando tomó, para
besarla, la mano del decrépito anciano, su amigo.
Vestía Navarro un traje que no era completamente militar, ni tampoco
de paisano. Componíase de una blusa en cuyas mangas, a falta de
charreteras, mostraban la arbitraria graduación del guerrillero galones
diversos de plata y oro, puestos con arte y aun con cierta elegancia.
Botas y espuelas muy finas eran distintivo de que guerreaba a caballo,
y cubría la cabeza, no con los empinados morriones de la época, sino
con una sencilla gorra verde de cuartel, primorosamente bordada de
oro. La sofocación del día anterior, y la pesadumbre recientemente
recibida, habían dado a su rostro un tinte violáceo y como enfermizo,
que parecía aumentar el negror de sus fieros ojos, afilarle la nariz y
hacerle más grande la frente. Había en su cuerpo la indolencia de la
victoria un poco enfatuada; pero aun así, por su alta estatura, airoso
porte y grave semblante, era una de las figuras de más atractivo que
podían verse.
—Señor don Miguel de Baraona —dijo con voz conmovida—, ¿ha venido usted
desde Vitoria a ver el campo de batalla y el gran convoy ganado?
—Sí —replicó con entusiasmo el anciano, encendido su corazón con fuego
juvenil—, he venido a ver vuestros triunfos, vuestras glorias, jóvenes
sublimes, jóvenes admirables, ¡hijos queridos de España y de Dios!
Ven acá —añadió echándole los brazos al cuello—, ven acá, y déjame
que te estreche contra mi corazón: abrazándote, creo abrazar a toda
la España valerosa y cristiana. Me rejuvenezco, hijo mío. Que Dios te
bendiga, que Dios te conserve. Tú y los tuyos sois instrumentos de su
bondad divina, sois la imagen humana de su brazo omnipotente. Seguid en
vuestra gloriosa, en vuestra santa tarea de limpiar esta cizaña, que no
os faltará quehacer en algún tiempo, porque el mal se ha desatado en
España y vendrán días de sangre... Ya sé por qué estás tan afligido,
hijo mío; ya he sabido por unos jurados prisioneros que fueron anoche a
Vitoria, la inmensa desgracia...
—¡Mi padre!... —exclamó Carlos cubriéndose el rostro con las manos.
—Tu padre, tu excelente padre —dijo Baraona—. Don Fernando Navarro,
el gran caballero cristiano de Treviño, el hombre de ideas sólidas,
el español puro, ha sido asesinado por los traidores... Lo sé, y
he llorado al patriota y al amigo. También sé que murió el pobre
Respaldiza.
—¡No esperaba esta desgracia! —murmuró con desaliento Navarro secando
sus lágrimas—. Confiaba en Dios; me sentía protegido por la divina
mano, y al ver el heroísmo de mi padre, su firme propósito de pelear
por la patria y por la Iglesia, creía yo que el Señor no podía
abandonarle en manos de los facinerosos.
—¡Oh! ¿Sabemos acaso sus designios profundos? —dijo con buena
entonación Baraona, señalando con su palo el firmamento inundado de
luz—. Hijo mío, oye bien lo que te digo, que es la voz de un patriota y
de un español puro, sin mancha de afrancesamiento. Además del paraíso
que Dios destina a los elegidos, ha de haber otro paraíso mejor para
estos mártires de la patria, para estos defensores de los grandes
principios, para estos que en primera línea han peleado por la esposa
de Jesucristo, para estos a quienes debe la sociedad su fundamento,
para tu virtuoso y santo padre, en fin.
—¡Otro cielo! —murmuró Jenara pensativa.
—¡Has perdido a tu padre! —prosiguió Baraona con efusión, estrechando
de nuevo al joven entre sus brazos—. En mí tendrás otro desde hoy.
Carlos Navarro se arrojó en los brazos del anciano, ocultando en el
hombro de este su rostro inundado de llanto.
—Hace tiempo que tu buen padre me habló de un dulce proyecto que me
agradaba en extremo, Carlos —dijo el viejo mirando alternativamente a
su nieta y al joven guerrillero—. ¿Sabes lo que quiero decir? Tú mismo
me has manifestado de una manera indirecta la noble afición que te
inclina hacia mi familia. Carlos, hijo mío, que este día de gloria,
aunque triste para ti, lo sea también de contento para los tres que
aquí estamos.
Jenara se puso como una amapola.
Contra lo que Baraona esperaba, Carlos no hizo demostración alguna de
contento. Mirando a Jenara con tristes ojos, dijo:
—Jenara no me quiere.
—¡Que no! ¡Mal pecado! —gruñó el viejo mirando con asombro a su nieta,
que callaba—. Jenara, recuerda lo que me dijiste la noche en que
salimos de la Puebla... Pero, hijos míos, vosotros os entenderéis. No
es propio de mis canas intervenir como mediador de galanteos. Carlos,
ven con nosotros. Tú tienes cara de no haber comido en tres días; yo y
mi nieta no hemos tomado cosa alguna después del chocolate; pero como
pensamos pasar aquí gran parte del día, trajimos una no despreciable
refacción. Vamos allá... ¿En dónde dejamos el coche, Jenarilla?
Ya... ahí; hacia aquellos olmos. Ven, Carlos; allí nos espera el
señor canónigo de la colegiata, don Blas Arriaga, el capellán de las
monjas de Santa Brígida y mi primo el secretario de la Inquisición.
Despáchate; si tienes algo que decir a tus amigos, acaba pronto; pero
no convides a ninguno, porque nos quedaríamos a media ración... La
merienda no es mala: viene alguna carne fiambre, lengua y una pavita.
Las monjas añadieron bollos y limoncillos, y el canónigo trajo lo mejor
de su bodega... Pues parece que no y tengo hambre. Este aire del campo,
el regocijo de este día... En marcha, en marcha, pues.
Dirigiéronse los tres hacia el lugar donde esperaba el cochecito. En
los lugares más apacibles del vasto campo, veíanse algunas meriendas
sobre la verde yerba, pues los vitorianos hicieron festivo aquel día,
tomando la visita al campo de batalla como una especie de romería, en
la cual no podían faltar ni el buen vino, ni las buenas tajadas, ni la
noble expansión euskara.
Jenara y Carlitos marchaban silenciosos; pero por los tres hablaba
don Miguel de Baraona, siendo tal su alborozo que desde lejos empezó
a agitar el palo, llamando con su cascada voz a los tres personajes
que antes mencionara, y que vagaban por aquellos contornos. Antes de
que todos los comensales se reunieran, pasaron Baraona y la nieta por
el mismo paraje donde poco antes infundieran a esta tanto miedo las
águilas de los insepultos jurados.
—¿Otra vez tiemblas? —le dijo el abuelo observando que la muchacha
palidecía—. ¡Qué medrosa eres!
—Jenara no puede tener miedo a los muertos —afirmó Carlos con aplomo—.
Jenara es una mujer valerosa.
—¡Ay, no vayamos por aquí! —exclamó la joven soltando bruscamente el
brazo de su abuelo: he visto, he visto...
—¿Qué has visto?
—Ya están dentro del hoyo —dijo Baraona acercándose al grupo de gente
que rodeaba la ancha sepultura—; pero falta echar tierra, mucha tierra
encima.
Jenara, a pesar de su agitación, en vez de huir, acercose resueltamente
al hoyo, y allí permaneció fija, inmóvil, con la vista clavada en
aquella hondura donde yacían revueltos y en extrañas posturas los
cuerpos arrojados dentro. Observolos a todos y a cada uno con atención
profunda: ni lloraron sus ojos, ni perdió su semblante aquel grave
ceño estatuario que la asemejaba en tal escena a una diosa antigua
recibiendo la ofrenda de sangre humana vertida en aras de su orgullo.
—Abuelo, ya ves cómo no tengo miedo a los muertos —dijo al fin—. ¿Y tú?
—Ven, ven acá, tonta, tontísima —gritó el abuelo.
Los que contemplaban el fúnebre espectáculo se descubrieron, y empezó a
caer tierra dentro.
—Dios manda que se rece a los muertos y se perdone a los que nos han
ofendido —dijo gravemente Navarro descubriéndose también al pasar junto
al hoyo, y contemplando los fúnebres despojos que dentro había—, pero
no puedo mirar sin encono vuestro uniforme. Si tuvisteis parte en la
muerte de mi padre, ¡malditos!, que Dios os condene eternamente, y
sean vuestros tormentos superiores a todo lo que puede imaginarse.
Dicha esta imprecación, que denotaba las violentas pasiones del alma
de Carlos Garrote, hizo la señal de la cruz y se unió a Baraona, que
ya estaba algo distante, junto a su nieta. Cuando llegaron bajo los
olmos, ya el canónigo de la colegiata, el capellán de las monjas y el
secretario de la Inquisición revolvían la cesta de los fiambres.