Los ingleses llegaron despiadados, horribles, hambrientos de matanza y
de botín, como hombres que habían estado luchando todo el día por ambas
cosas. Precipitáronse entre la multitud; mas como no podían avanzar a
causa de los entorpecimientos del camino, les fue difícil perseguir a
los fugitivos, y toda la saña recayó sobre los que no habían podido
escapar.
El botín era el más valioso, el más rico y grande sin duda que en
batalla alguna ha podido quedar a merced de vencedor furioso.
Componíase de cuanto existe: en él había armas, material de guerra,
víveres, alhajas, dinero y hermosura. No puede formarse idea de la
apasionada codicia, de la brutal concupiscencia, del vengativo ardor
con que los ingleses primero y los guerrilleros después cayeron sobre
el magnífico tesoro abandonado. La menor resistencia producía la
muerte. En poco tiempo todas las cajas fueron abiertas, todos los
tesoros aprehendidos, muchas riquezas holladas.
Joyas, ropas, telas finísimas, muebles, cuadros, plata labrada,
monedas, víveres de lujo que constituían la despensa ambulante de
José, fueron esparcidos por tierra; mil manos febriles arrebataban de
un lado para otro los preciosos objetos. Según el genio de cada cual,
así se iban derechos los unos al oro, otros a las mujeres, y algunos
a destrozar por puro instinto dañino cuanto veían delante. Entre las
desgraciadas familias que se vieron en tan tremenda hora, hubo algún
individuo que se dio la muerte antes que le pusieran la mano encima los
feroces partidarios. Las señoras imploraban de rodillas piedad para
sí y sus tiernos hijos, siendo muy contadas las que la alcanzaron. El
vencedor es la más brutal e insensata bestia que engendra el mal en las
tempestades humanas. Para esta electricidad furibunda que sabe elegir
el sitio donde cae, no existe pararrayos.
En los primeros momentos, tanto salvaje atropello y brutal codicia
produjeron un tumulto horroroso, en el cual los lamentos de mil y mil
víctimas no permitían oír las voces y mandos militares. En la vasta
extensión del camino, los soldados cometieron todo linaje de excesos,
robando y asesinando. En vano algunos oficiales quisieron proteger
a las infelices familias de paisanos: la soldadesca, aparentando
obedecer, tan solo cambiaba la escena de sus infames tropelías. Por
aquí un soldado avanzaba en irrisoria apoteosis esgrimiendo el bastón
de mando del general Jourdan, jefe de Estado Mayor del ejército
fugitivo; otro cubríase acullá con el sombrero de José Bonaparte, y un
tercero repartía a sus camaradas las pelucas que en vistosa y variada
colección llevaba en su equipaje otro familiar del pobre rey intruso.
Atreviose un sujeto de mal genio a descalabrar a cierto inglés, porque
quiso posesionarse de la menor y más hermosa de sus hijas, y este rasgo
de entereza costole la vida, salvándose su esposa, una de sus hijas
y dos niños de corta edad, por milagro del cielo y la intervención
compasiva de otros soldados. En lo de meter mano a los cofres de
dinero, a los bolsones de cuero y a las cajas de guerra, que contenían
inmensos caudales, distinguíanse principalmente los aldeanos de los
alrededores de Vitoria y multitud de individuos de equívoca conducta
que de la misma ciudad habían acudido.
Cuando la tristísima noche empezó a cubrir de oscuridades la fatal
escena, mercaderes al menudeo, trajineros y gentezuela de esa que
acude a todos los desastres para pescar algo, se reunieron allí en
gran número. Como estos lo querían todo para sí, hubo dimes y diretes
y aun porrazos con ingleses y guerrilleros. Sin encomendarse a Dios ni
al diablo, los aldeanos cargaban sus caballerías de objetos preciosos,
como si todo cuanto allí yacía hubiera sido siempre de su exclusiva
propiedad, y mientras tanto no cesaban de aclamar a Fernando VII como
el más grande de los reyes, al _lord_ como el más insigne de los
generales nacidos y por nacer, y a los guerrilleros como lo más selecto
entre las hechuras de Dios.
Cuando la noche se oscureció más y la vergüenza de tales hechos tuvo
un manto negro con que cubrirse, otros individuos de la peor calaña se
ocupaban en desnudar a los muertos y en buscar anillos, relojes y dijes
en el cuerpo de los heridos... Farolitos temblorosos, semejantes a las
vagabundas claridades de un cementerio, rebuscaban con su luz siniestra
por aquí y por allí, iluminando semblantes lívidos y destrozados
cuerpos. Por otro lado, los que habían recogido gran cantidad de
dinero en duros españoles, se ocupaban en cambiarlos por oro a los
ingleses, los cuales, como buenos mercaderes en toda la extensión
del globo terráqueo, se hacían pagar la guinea a ocho pesos. Había
quien acaparaba todas las ropas, ora sacándolas de los cofres, ora
arrancándolas del cuerpo de vivos y muertos. Porque nada faltase, hasta
hubo quien hizo acopio de la pólvora de los furgones, para venderla
después a los guerrilleros de la Montaña y el Páramo. El vino obtenía
preferencia y primas escandalosas, y toda la carretería y recuas de
Vitoria tuvieron en qué ocuparse. Muchos aldeanos se enriquecieron
con la rapiña de aquella noche, y en Álava y la Rioja existen todavía
familias ricas, cuya fortuna proviene de la batalla de Vitoria.
En cambio, si gran parte del gentío de Vitoria y de sus inmediaciones
había acudido allí para recoger los restos del naufragio, muchas
personas llegaban impulsadas por la simple vehemencia personal de
la guerra, para contemplar el odioso imperio derrotado y sus armas
perdidas; para gozar en el mísero castigo de los malos patriotas y
escupir los avergonzados semblantes de los traidores. Cuentan que
algunos renegados a quienes no fue posible ni huir, ni cambiar de
vestido, recibieron rápida muerte todos juntos en fiera hecatombe,
sin que les valiese la ardiente protesta de abjurar y volver a los
amores de la patria. Una mujer furiosa cayó sobre el grupo que formaban
aquellos infelices implorando piedad, y alzó en su mano vigorosa un
puñado de cabellos. Rugiendo los enseñó a la muchedumbre. Otras mujeres
de las cercanías que acudieron a vociferar sobre el cadáver de la
Francia vencida, habían mandado a sus hijos a las guerrillas, y algunas
de ellas los habían perdido. Bravas como guerreras y resentidas como
leonas, cobraban de tal manera sus deudas de sangre.
En la oscuridad de la noche los chillidos de las mujeres semejaban
la algazara de pájaros rapaces picoteando aquí y allá, batiendo
las fúnebres alas, destrozando con la inquieta garra. Sin callar un
momento, algunas ayudaban a los hombres en el despojo, examinaban una
tela ponderando su finura, recogían herramientas abandonadas, sin dejar
de responder con agudos vivas a todo lo que berreaban sus hermanos, sus
padres o sus hijos.
Dos o tres de estas matronas discutían el modo de conducir cierta
cantina ambulante que se habían apropiado, cuando se les acercó una
afligida dama que parecía ser de las del convoy. Era hermosa, aunque la
palidez y el susto disimulaban su belleza. En su cabellera abundante y
en su vestido no había más que desorden, un desorden de naufragio que
daba más interés a su abatida persona, y con sus manos sin quirotecas
se apretaba contra el pecho un chal, no bien puesto y sin duda
arrebujado con precipitación al salir de su escondite.
—Señoras —dijo acercándose con timidez a las que tomaban el tiento al
tonelete de la cantina—, si tienen ustedes corazón, si son ustedes
mujeres, y tienen hijos, padres, esposo, denme un poco de agua para
unos pobrecitos que se mueren de sed allí donde están los arcones
grandes.
—Miren la pazpuerca —gritó una de las del grupo, que era tabernera en
el barrio de Villasuso en Vitoria—. Teniendo, como tendrá, todo lo que
ha robado, viene a pedirnos limosna.
—Yo no he robado nada, señora —repuso la dolorida envolviéndose en el
chal con todo el empeño que el pudor y el fresco de la noche exigían de
consuno—. A mí sí que me han quitado cuantas alhajas y dinero tenía;
pero no me quejo, ni acuso a nadie.
—Ladrón que roba a ladrón...
—Por una casualidad nos hemos encontrado mi marido, mi hermano y yo
en este funesto lance —prosiguió la dama—, porque ninguno de los tres
somos ni hemos sido jamás afrancesados. Españoles rancios somos los
tres; íbamos a Francia (a donde mi marido llevaba una comunicación
secreta de la Regencia para el rey Fernando), y quiso nuestra infeliz
suerte que nos juntásemos aquí con el malhadado convoy que ayer
pereció... y nos tomaron por familia de empleados traidores... Pero no
he sido yo tampoco de las peor tratadas (porque al punto me conocieron
los oficiales ingleses, muchos de los cuales han frecuentado mi casa en
Madrid), y he podido conservar alguna ropa... Otras pobrecitas señoras
están allí envueltas en una sábana. ¿No les da a ustedes lástima? ¿No
me favorecerán con un poco de agua, y si es posible un poco de comida
para mi esposo, secretario del Virrey del Perú, y para mi hermano, el
veedor que era en Zaragoza cuando la célebre defensa?
Las tres alavesas se miraron como consultándose sobre lo que habían de
hacer.
—La verdad es —dijo una con ínfulas de autoridad sobre las otras— que
si no miente la señora en lo que ha dicho y hubo casualidad, bien se le
puede dar lo que pide.
—¿La vamos a creer por lo que diga? —indicó otra.
—No pido más que agua, señoras caritativas; agua por amor de Dios.
—Él la ampare.
—Bien poco es lo que pide —dijo la tercera que hasta entonces callara—.
Y pues pasó ya el laberinto, hagamos una obra de misericordia. Aquí
donde me veis, yo que tuve alma para arrastrar a un jurado desde el
camino hasta el árbol donde le ahorcaron, me muero de pena oyendo a
esta señora... Allá va el agua... y aguardiente... y estas cortezas de
pan... y estas sardinas rancias... y tres pares de guindas... y una
pata de gallina fiambre, que estaba en el _botiquín_ del rey.
La dolorida iba recogiendo lo que la mujer indicaba al tiempo de
dárselo, y corrió a donde aguardaban muertos de hambre y de sed el
secretario del Virrey del Perú y el veedor de Zaragoza.