Pero no se cayó. Corrieron ambos por entre la revuelta masa de gente y
vehículos, espantados una y otro del triste espectáculo que el detenido
convoy ofrecía, y antes que refiramos lo que resultó de su improvisada
amistad y de las extrañas vicisitudes del viaje, es de todo punto
indispensable advertir que esta gallarda dama del lunar pertenecía a
la familia de Sanahuja, no siendo ella misma desconocida para nuestros
lectores, pues algún incidente de sus verdes abriles tuvo cabida en
otro libro.[2] Enteramente nuevo para mí y para los que me leen es
el oidor; pero recientemente han llegado a estas manos documentos y
apuntes, cuyo interés me mueve a asegurar una poderosa intervención de
este personaje en las páginas que leerá el que las leyere. Por ahora
solo corresponde decir que en aquel tumulto de lágrimas y blasfemias,
de desesperación y hondo desaliento, el jurado y doña Pepa buscaban a
Urbanito por todas partes, sin que Urbanito pareciese.
[2] _El Audaz._
Entre tanto, un suceso importante y decisivo llevó al último extremo
el terror de los infelices empleados, bagajeros y conductores, y
fue que por el llano adelante aparecieron varias columnas francesas
marchando en desorden y con precipitación. Aparecieron luego caballos
a escape, cubiertos de espumoso sudor, anhelantes y como poseídos de
insensata cólera, y después muchos heridos transportados en camillas o
en palanquines, o simplemente cargados entre dos por los hombros y los
pies. Tras esto sintiose el rodar estrepitoso de cañones.
—¡Paso, paso a la artillería! —gritó una voz que parecía un huracán.
Los carros que obstruían el camino procuraron abrir calle; pero si lo
consiguieron en un pequeño trecho, después los cañones tuvieron que
hacer alto. Juraban los artilleros y votaban los carreteros. Los de
infantería, desparramándose a un lado y otro del camino, siguieron
adelante. La velocidad adquirida en los primeros momentos de la
retirada era tal, que no podían contenerse, y miraban hacia atrás,
creyendo sentir en sus espaldas las herraduras de la caballería inglesa.
Los heridos fueron depositados en tierra, y cuando el furor de las
armas había cesado para ellos, sacaron las suyas los cirujanos. Con la
presteza inconcebible que ponen en sus operaciones los físicos de los
ejércitos, se atendió a todos ellos. Vendajes, emplastos, amputaciones,
cuantos remedios se aplican a la persona humana después de una batalla
fueron aplicados sobre el suelo y al aire libre. Corría la sangre
sobre las camillas y por la tierra; pero los lastimeros ayes de los
infelices que habían sido mutilados por el cañón y la fusilería no
eran más que un accidente superficial en aquel tumulto de tan diversos
ruidos compuesto, en aquella atmósfera de pánico que se extendía por
todo el camino hasta más allá de Vitoria. Era de ver la frialdad de
los cirujanos disponiendo se cortase un brazo o pierna, haciendo
brillar a la luz del sol el fúnebre esplendor de sus instrumentos para
no dar tiempo a la víctima ni aun a quejarse de su malhadada suerte.
En aquella carpintería de carne humana no había consuelos morales ni
físicos para el infeliz paciente, narcóticos ni atenuantes, sino la
crueldad fría, desnuda, impasible, de la ciencia quirúrgica, que, como
su parienta la ciencia militar, no repara en la carne y sangre de los
hombres para ir a su fin.
Conforme los curaban, mal o bien, los iban trasportando a otro lugar,
o a los carros que habían de llevarles a paraje más seguro; pero
llegaron tantos que los cirujanos no pudieron atenderles, aunque tenían
las mejores manos del mundo. Arrojados de aquí para allí, clamaban al
cielo; pero el cielo debía estar ocupado en otra cosa, porque no les
hacía caso.
Por otro lado ocurrían parecidas escenas, porque si el ejército de
Gazán emprendió su retirada por el lado de Berrosteguieta, cerca de
donde estaba el convoy, los de Erlon y Reille lo hicieron más allá de
Vitoria; así es que en una extensión de dos leguas largas se ofrecía
el espectáculo de los soldados furiosos abriéndose camino por entre un
dédalo de carros y cureñas, furgones, ambulancias y coches de viaje,
cirujanos ocupados, y heridos que no podían moverse.
Aunque en todo el camino reinaba gran confusión, pudo oírse y
generalizarse la orden de que la retirada no se emprendiera por
el camino de Francia, sino por el de Salvatierra y Pamplona. Esto
parecía una salvación, y muchos vehículos y casi toda la artillería
se dirigieron allá; pero la mala estrella de los franceses en aquel
día quiso que el camino de Salvatierra estuviese lleno de zanjas y
cortaduras hechas por los guerrilleros de Mina y Longa poco antes
para molestar a Foy y Abbé, por cuyo motivo ninguna rueda pudo pasar
más allá de Harrazo. En el camino de Francia seis o siete coches
de lujo, seguidos de otros carros con equipajes y gran repuesto de
víveres finos, pugnaban por retroceder hacia Vitoria para tomar la
vía de Salvatierra; pero no les fue posible abrirse paso. Eran los
carruajes de José y su comitiva, que, dispuestos a la cabecera del
convoy para emprender la retirada hacia el Norte, habían tropezado con
las tropas de Graham y Longa. Hacia las tres de la tarde la irrupción
de soldados en retirada aumentó de una manera horrorosa. Hambrientos
y abrasados de sed, se abalanzaban a las cajas de víveres y a las
cantinas, arrebatando entre aullidos siniestros todo lo que hallaban
al alcance de sus manos. Agotado todo, las tropas se apoderaban de los
víveres de los particulares, penetrando brutalmente en los coches para
arrancar el pedazo de pan de las manos de un niño o de una mujer. No
pudiendo seguir el camino, saltaban los setos y se esparcían por los
sembrados en varias direcciones, siguiendo todas las veredas, con tal
que llegasen a parajes lejos del malhadado Zadorra.
Pero cuando el tumulto, el delirante estrépito y el barullo llegaron
a su colmo, fue cuando aparecieron, procedentes del campo de batalla,
veinte o treinta piezas de artillería, furiosas, ardientes, impetuosas,
no hallando ante sí bastante camino para volar; arrastradas por
caballos locos, verdaderos dragones cuyo resoplido quemaba y que
parecían llevar en sus venas todo el fuego que inflamara los aires
durante la batalla. Aquellas máquinas, simulacro de las ignotas fuerzas
que en el cielo producen el trueno y el rayo, huían para no caer en
manos del enemigo. Los artilleros, semejantes a fabulosos aurigas,
herían los caballos con el látigo primero, y después con los sables,
para precipitarlos en delirante carrera. Todo lo atropellaban ante
sí por salvarse. Si un grupo de heridos o de familias desvalidas se
interponía en su camino, las ciegas máquinas, compuestas de cureña,
cañón, artilleros y caballos, pasaban por encima de los cuerpos
humanos, como el brutal dios de la India. Las ruedas, lanzadas en
furioso torbellino exterminador, dejaban hondos surcos en el suelo,
aplastando todo lo que se les ponía por delante: la yerba y el hombre.
Chirrido de metales que juegan y chocan entre sí, de cadenas que se
rozan, de ejes que vibran, de clavos que saltan, de tornillos que se
aflojan, de cacharros de metralla que suenan unos contra otros como los
cascabeles de un bufón se mezclaba a los indescriptibles rumores de las
balas que iban saltando dentro de las cajas, tocando infernal música
al compás de la marcha; se mezclaba al golpear de los escobillones,
cuyos mangos batían contra el maderaje de la cureña; al chasquido de
cien látigos que culebreaban en el aire estallando como cohetes; a los
gritos de los que querían imprimir a las máquinas fugitivas el rencor,
la angustia y el pánico de sus inflamados corazones.
Tras aquellas piezas vinieron otras. Calientes aún sus bocas vueltas
hacia atrás, parecía que exhalaban, con los últimos vapores de la
pólvora y el último mugido del disparo, sorda imprecación. Treinta,
sesenta, cien cañones huían desesperados: al verlos y al oírlos,
creeríase que el trueno, tomando la odiosa forma de gigantesco pólipo
de hierro, se arrastraba por la tierra. Las peñas de los montes
desgajándose, cayendo sobre el llano y saltando en desesperado juego
y carrera infernal por arte del demonio, no hubieran causado más
espanto. Mientras la infantería continuaba en el fuego, dando tiempo
a que el cuartel general y los cañones se pusiesen en salvo, estos
ocuparon todos los huecos que quedaban en el camino, y algunos,
destrozando cuanto hallaron al paso, pudieron ponerse en primera línea.
Los demás, aprisionados al fin entre millares de ruedas de pesados
bagajes y enormes fardos, se atascaron en el camino, agolpándose unos
contra otros.
Entre la aglomeración de obstáculos producida por tanta maquinaria
inútil, las infortunadas familias afrancesadas y los conductores
del convoy formaban grupos aflictivos, parte en el camino, parte en
los sembrados, y entre lágrimas y lamentos se consultaban sobre la
determinación que debían tomar en tan extremado conflicto. Unos creían
conveniente abandonarlo todo y huir para salvar lo más importante, que
era entonces, como siempre, la vida; otros aseguraban que por nada
del mundo abandonarían su fortuna. Muchos, encontrando una solución
salvadora en medio del general azoramiento, habían echado a tierra
los baúles, y abriéndolos sacaban de ellos lo más valioso, llenándose
los bolsillos y haciendo líos con lo de poco peso. Hombres y mujeres,
soldados y paisanos se consultaban, se movían de aquí para allí,
repartiéndose lo que habían de llevar, aconsejándose unos a otros,
animando los valerosos a los débiles, ayudándose en lo que podían. De
pronto se oyeron en la parte del camino, más allá de Vitoria, las
tremendas voces de «¡Paso, paso!»
Algunos caballos de la guardia se esforzaban en cortar el apretado
gentío, y se precipitaban relinchando, aguijoneados por la espuela.
Viendo los jinetes que era imposible abrir paso, esgrimieron los
sables, y descargando furibundos tajos a diestro y siniestro sobre
soldados, paisanos y mujeres, gritaron:
—¡Paso, paso al rey!... ¡Paso al rey!
La multitud gimió azotada con látigo de acero, y prorrumpió en
imprecaciones contra José.
—¡Paso al rey! —repetían los de la guardia.
Exasperados por la resistencia, redoblaron su furor, y cargando
sin piedad, aquí machacaban una cabeza, allí hundían un pecho.
Arremolinándose a un lado y otro y aplastándose contra los coches,
la turba se desgajó, y en su angustioso seno pudo abrirse un surco:
por una calle de maldiciones, de odio y de sed de venganza, pasó
a caballo un hombre pálido, con el negro y abundante cabello en
desorden, fruncido, el ceño, trémulas las manos. Era José, que no había
podido salvar sus coches, y huía a uña de caballo por donde Dios le
encaminase, llevando en su alma todas las congojas de sus cinco años de
fúnebre reinado.
Los que le abrían paso lograron encontrar salida al campo libre a la
derecha del camino. Seguido del general Jourdan, que se había olvidado
el bastón, y de otros generales que olvidaron el sombrero, y aun de
otros que no se acordaban del honor, corrió por allí José lanzando
su caballo a todo escape, aterrado, jadeante, sin serenidad, como el
asesino que acaba de cometer un gran crimen y huye de su perseguidora
conciencia.
Poco después de este suceso llegó el momento supremo de aflicción para
los del convoy, para los artilleros, los infantes y todos los que no
podían ponerse en salvo.
Una voz, cien voces gritaron con ronca desesperación:
—¡Los ingleses... los guerrilleros!
Allá lejos, hacia Vitoria, entre las columnas de infantería que se
acercaban con el mayor orden posible, viose una multitud de jinetes.
Brillaban en alto los sables, y los veloces caballos avanzaban
con rapidez extraordinaria. Ya no quedaba más recurso que huir
abandonándolo todo. ¡Horrible determinación! Viose a los artilleros
desenganchar los atalajes; viose a los carreteros disponiéndose a
salvar sus caballerías. Las cureñas y cajas, los furgones y las
ambulancias, los coches y carromatos quedaron en un instante libres
de correajes y cuerdas. Todo lo que tenía pies se puso en marcha.
Aquello era un río de gente y caballos, atropellándose en violenta
confusión a la desbandada. Ciento cincuenta cañones, doscientos carros
de municiones y los innumerables equipajes y vehículos particulares
quedaron abandonados. Sobre un solo caballo se enracimaban hombres
y mujeres, empujándose para descargar el peso de aquellas tablas de
salvación. El que lograba apoderarse de un caballo, defendía la grupa
a puñetazos y a tiros. No había prójimo: reinaba el egoísmo en su
brutalidad instintiva, y se luchaba por el caballo como en naufragios
por el bote. El que caía, caía.
Apartados del camino, junto a un montón de cajas y bagajes, se
encontraban tres personas que ya conocemos.
—No, no puede usted huir —decía la dama deteniéndole enérgicamente
al joven y haciendo violenta presa en sus dos brazos—. ¡Qué felonía!
¡Dejarme sola!... ¡Mi pobre marido no podrá defenderme!... ¡Oh!,
llora como una mujer y se arrastra por el suelo, pidiendo a Dios
misericordia, sin poner nada de su parte para conjurar este gran
peligro.
—¡Señora, señora!... ¡Los ingleses! ¡Los guerrilleros!
—Sí..., ya los veo... Es preciso huir... Pero ¿cómo? No hay un solo
caballo.
—Corramos en busca del mío —exclamó el joven—. Lo rescataré a
sablazos... Aún es tiempo.
—No... Mi esposo no puede moverse... ¿A dónde va usted?... Me quedo
sola, Virgen de las Angustias, enteramente sola... Quédese usted, por
Dios...
—Mi uniforme de jurado me pierde. No viviré ni un segundo después que
me vean.
Con febril presteza, e iluminada por idea súbita, abalanzose la dama
hacia el joven: arrojó en tierra el sombrero de este, desabotonó su
levita con dedos más ligeros que el pensamiento, arrancó el uniforme
como si fuera un pañuelo puesto sobre los hombros, arrancó el tahalí,
la gola, el cinturón, la cartera, y en un instante no quedó sobre
el cuerpo del infeliz renegado ni una sola prenda que indicara su
filiación. Él la ayudaba con igual rapidez. Las cuatro manos trabajaban
en el desnudar y en el vestir cual si fueran cuarenta, y sin descansar
arrojaban en tierra las prendas quitadas, sacando otras de los cofres
para cubrir el transformado cuerpo; ataban las cintas, prendían
los botones, abrían un hoyo en el suelo para sepultar las nefandas
insignias, y lo cubrían con tierra. Las cuatro manos realizaron su
obra en pocos minutos, y el renegado desapareció, dejando en su lugar
a un joven que podía pasar por oidor en la sala de Mil y Quinientas.
Luego las mismas cuatro manos trataron de levantar del suelo al infeliz
Urbanito, que ya se creía comido por los ingleses.