XXIII

Pero no se cayó. Corrieron ambos por entre la revuelta masa de gente y

vehículos, espantados una y otro del triste espectáculo que el detenido

convoy ofrecía, y antes que refiramos lo que resultó de su improvisada

amistad y de las extrañas vicisitudes del viaje, es de todo punto

indispensable advertir que esta gallarda dama del lunar pertenecía a

la familia de Sanahuja, no siendo ella misma desconocida para nuestros

lectores, pues algún incidente de sus verdes abriles tuvo cabida en

otro libro.[2] Enteramente nuevo para mí y para los que me leen es

el oidor; pero recientemente han llegado a estas manos documentos y

apuntes, cuyo interés me mueve a asegurar una poderosa intervención de

este personaje en las páginas que leerá el que las leyere. Por ahora

solo corresponde decir que en aquel tumulto de lágrimas y blasfemias,

de desesperación y hondo desaliento, el jurado y doña Pepa buscaban a

Urbanito por todas partes, sin que Urbanito pareciese.

[2] _El Audaz._

Entre tanto, un suceso importante y decisivo llevó al último extremo

el terror de los infelices empleados, bagajeros y conductores, y

fue que por el llano adelante aparecieron varias columnas francesas

marchando en desorden y con precipitación. Aparecieron luego caballos

a escape, cubiertos de espumoso sudor, anhelantes y como poseídos de

insensata cólera, y después muchos heridos transportados en camillas o

en palanquines, o simplemente cargados entre dos por los hombros y los

pies. Tras esto sintiose el rodar estrepitoso de cañones.

—¡Paso, paso a la artillería! —gritó una voz que parecía un huracán.

Los carros que obstruían el camino procuraron abrir calle; pero si lo

consiguieron en un pequeño trecho, después los cañones tuvieron que

hacer alto. Juraban los artilleros y votaban los carreteros. Los de

infantería, desparramándose a un lado y otro del camino, siguieron

adelante. La velocidad adquirida en los primeros momentos de la

retirada era tal, que no podían contenerse, y miraban hacia atrás,

creyendo sentir en sus espaldas las herraduras de la caballería inglesa.

Los heridos fueron depositados en tierra, y cuando el furor de las

armas había cesado para ellos, sacaron las suyas los cirujanos. Con la

presteza inconcebible que ponen en sus operaciones los físicos de los

ejércitos, se atendió a todos ellos. Vendajes, emplastos, amputaciones,

cuantos remedios se aplican a la persona humana después de una batalla

fueron aplicados sobre el suelo y al aire libre. Corría la sangre

sobre las camillas y por la tierra; pero los lastimeros ayes de los

infelices que habían sido mutilados por el cañón y la fusilería no

eran más que un accidente superficial en aquel tumulto de tan diversos

ruidos compuesto, en aquella atmósfera de pánico que se extendía por

todo el camino hasta más allá de Vitoria. Era de ver la frialdad de

los cirujanos disponiendo se cortase un brazo o pierna, haciendo

brillar a la luz del sol el fúnebre esplendor de sus instrumentos para

no dar tiempo a la víctima ni aun a quejarse de su malhadada suerte.

En aquella carpintería de carne humana no había consuelos morales ni

físicos para el infeliz paciente, narcóticos ni atenuantes, sino la

crueldad fría, desnuda, impasible, de la ciencia quirúrgica, que, como

su parienta la ciencia militar, no repara en la carne y sangre de los

hombres para ir a su fin.

Conforme los curaban, mal o bien, los iban trasportando a otro lugar,

o a los carros que habían de llevarles a paraje más seguro; pero

llegaron tantos que los cirujanos no pudieron atenderles, aunque tenían

las mejores manos del mundo. Arrojados de aquí para allí, clamaban al

cielo; pero el cielo debía estar ocupado en otra cosa, porque no les

hacía caso.

Por otro lado ocurrían parecidas escenas, porque si el ejército de

Gazán emprendió su retirada por el lado de Berrosteguieta, cerca de

donde estaba el convoy, los de Erlon y Reille lo hicieron más allá de

Vitoria; así es que en una extensión de dos leguas largas se ofrecía

el espectáculo de los soldados furiosos abriéndose camino por entre un

dédalo de carros y cureñas, furgones, ambulancias y coches de viaje,

cirujanos ocupados, y heridos que no podían moverse.

Aunque en todo el camino reinaba gran confusión, pudo oírse y

generalizarse la orden de que la retirada no se emprendiera por

el camino de Francia, sino por el de Salvatierra y Pamplona. Esto

parecía una salvación, y muchos vehículos y casi toda la artillería

se dirigieron allá; pero la mala estrella de los franceses en aquel

día quiso que el camino de Salvatierra estuviese lleno de zanjas y

cortaduras hechas por los guerrilleros de Mina y Longa poco antes

para molestar a Foy y Abbé, por cuyo motivo ninguna rueda pudo pasar

más allá de Harrazo. En el camino de Francia seis o siete coches

de lujo, seguidos de otros carros con equipajes y gran repuesto de

víveres finos, pugnaban por retroceder hacia Vitoria para tomar la

vía de Salvatierra; pero no les fue posible abrirse paso. Eran los

carruajes de José y su comitiva, que, dispuestos a la cabecera del

convoy para emprender la retirada hacia el Norte, habían tropezado con

las tropas de Graham y Longa. Hacia las tres de la tarde la irrupción

de soldados en retirada aumentó de una manera horrorosa. Hambrientos

y abrasados de sed, se abalanzaban a las cajas de víveres y a las

cantinas, arrebatando entre aullidos siniestros todo lo que hallaban

al alcance de sus manos. Agotado todo, las tropas se apoderaban de los

víveres de los particulares, penetrando brutalmente en los coches para

arrancar el pedazo de pan de las manos de un niño o de una mujer. No

pudiendo seguir el camino, saltaban los setos y se esparcían por los

sembrados en varias direcciones, siguiendo todas las veredas, con tal

que llegasen a parajes lejos del malhadado Zadorra.

Pero cuando el tumulto, el delirante estrépito y el barullo llegaron

a su colmo, fue cuando aparecieron, procedentes del campo de batalla,

veinte o treinta piezas de artillería, furiosas, ardientes, impetuosas,

no hallando ante sí bastante camino para volar; arrastradas por

caballos locos, verdaderos dragones cuyo resoplido quemaba y que

parecían llevar en sus venas todo el fuego que inflamara los aires

durante la batalla. Aquellas máquinas, simulacro de las ignotas fuerzas

que en el cielo producen el trueno y el rayo, huían para no caer en

manos del enemigo. Los artilleros, semejantes a fabulosos aurigas,

herían los caballos con el látigo primero, y después con los sables,

para precipitarlos en delirante carrera. Todo lo atropellaban ante

sí por salvarse. Si un grupo de heridos o de familias desvalidas se

interponía en su camino, las ciegas máquinas, compuestas de cureña,

cañón, artilleros y caballos, pasaban por encima de los cuerpos

humanos, como el brutal dios de la India. Las ruedas, lanzadas en

furioso torbellino exterminador, dejaban hondos surcos en el suelo,

aplastando todo lo que se les ponía por delante: la yerba y el hombre.

Chirrido de metales que juegan y chocan entre sí, de cadenas que se

rozan, de ejes que vibran, de clavos que saltan, de tornillos que se

aflojan, de cacharros de metralla que suenan unos contra otros como los

cascabeles de un bufón se mezclaba a los indescriptibles rumores de las

balas que iban saltando dentro de las cajas, tocando infernal música

al compás de la marcha; se mezclaba al golpear de los escobillones,

cuyos mangos batían contra el maderaje de la cureña; al chasquido de

cien látigos que culebreaban en el aire estallando como cohetes; a los

gritos de los que querían imprimir a las máquinas fugitivas el rencor,

la angustia y el pánico de sus inflamados corazones.

Tras aquellas piezas vinieron otras. Calientes aún sus bocas vueltas

hacia atrás, parecía que exhalaban, con los últimos vapores de la

pólvora y el último mugido del disparo, sorda imprecación. Treinta,

sesenta, cien cañones huían desesperados: al verlos y al oírlos,

creeríase que el trueno, tomando la odiosa forma de gigantesco pólipo

de hierro, se arrastraba por la tierra. Las peñas de los montes

desgajándose, cayendo sobre el llano y saltando en desesperado juego

y carrera infernal por arte del demonio, no hubieran causado más

espanto. Mientras la infantería continuaba en el fuego, dando tiempo

a que el cuartel general y los cañones se pusiesen en salvo, estos

ocuparon todos los huecos que quedaban en el camino, y algunos,

destrozando cuanto hallaron al paso, pudieron ponerse en primera línea.

Los demás, aprisionados al fin entre millares de ruedas de pesados

bagajes y enormes fardos, se atascaron en el camino, agolpándose unos

contra otros.

Entre la aglomeración de obstáculos producida por tanta maquinaria

inútil, las infortunadas familias afrancesadas y los conductores

del convoy formaban grupos aflictivos, parte en el camino, parte en

los sembrados, y entre lágrimas y lamentos se consultaban sobre la

determinación que debían tomar en tan extremado conflicto. Unos creían

conveniente abandonarlo todo y huir para salvar lo más importante, que

era entonces, como siempre, la vida; otros aseguraban que por nada

del mundo abandonarían su fortuna. Muchos, encontrando una solución

salvadora en medio del general azoramiento, habían echado a tierra

los baúles, y abriéndolos sacaban de ellos lo más valioso, llenándose

los bolsillos y haciendo líos con lo de poco peso. Hombres y mujeres,

soldados y paisanos se consultaban, se movían de aquí para allí,

repartiéndose lo que habían de llevar, aconsejándose unos a otros,

animando los valerosos a los débiles, ayudándose en lo que podían. De

pronto se oyeron en la parte del camino, más allá de Vitoria, las

tremendas voces de «¡Paso, paso!»

Algunos caballos de la guardia se esforzaban en cortar el apretado

gentío, y se precipitaban relinchando, aguijoneados por la espuela.

Viendo los jinetes que era imposible abrir paso, esgrimieron los

sables, y descargando furibundos tajos a diestro y siniestro sobre

soldados, paisanos y mujeres, gritaron:

—¡Paso, paso al rey!... ¡Paso al rey!

La multitud gimió azotada con látigo de acero, y prorrumpió en

imprecaciones contra José.

—¡Paso al rey! —repetían los de la guardia.

Exasperados por la resistencia, redoblaron su furor, y cargando

sin piedad, aquí machacaban una cabeza, allí hundían un pecho.

Arremolinándose a un lado y otro y aplastándose contra los coches,

la turba se desgajó, y en su angustioso seno pudo abrirse un surco:

por una calle de maldiciones, de odio y de sed de venganza, pasó

a caballo un hombre pálido, con el negro y abundante cabello en

desorden, fruncido, el ceño, trémulas las manos. Era José, que no había

podido salvar sus coches, y huía a uña de caballo por donde Dios le

encaminase, llevando en su alma todas las congojas de sus cinco años de

fúnebre reinado.

Los que le abrían paso lograron encontrar salida al campo libre a la

derecha del camino. Seguido del general Jourdan, que se había olvidado

el bastón, y de otros generales que olvidaron el sombrero, y aun de

otros que no se acordaban del honor, corrió por allí José lanzando

su caballo a todo escape, aterrado, jadeante, sin serenidad, como el

asesino que acaba de cometer un gran crimen y huye de su perseguidora

conciencia.

Poco después de este suceso llegó el momento supremo de aflicción para

los del convoy, para los artilleros, los infantes y todos los que no

podían ponerse en salvo.

Una voz, cien voces gritaron con ronca desesperación:

—¡Los ingleses... los guerrilleros!

Allá lejos, hacia Vitoria, entre las columnas de infantería que se

acercaban con el mayor orden posible, viose una multitud de jinetes.

Brillaban en alto los sables, y los veloces caballos avanzaban

con rapidez extraordinaria. Ya no quedaba más recurso que huir

abandonándolo todo. ¡Horrible determinación! Viose a los artilleros

desenganchar los atalajes; viose a los carreteros disponiéndose a

salvar sus caballerías. Las cureñas y cajas, los furgones y las

ambulancias, los coches y carromatos quedaron en un instante libres

de correajes y cuerdas. Todo lo que tenía pies se puso en marcha.

Aquello era un río de gente y caballos, atropellándose en violenta

confusión a la desbandada. Ciento cincuenta cañones, doscientos carros

de municiones y los innumerables equipajes y vehículos particulares

quedaron abandonados. Sobre un solo caballo se enracimaban hombres

y mujeres, empujándose para descargar el peso de aquellas tablas de

salvación. El que lograba apoderarse de un caballo, defendía la grupa

a puñetazos y a tiros. No había prójimo: reinaba el egoísmo en su

brutalidad instintiva, y se luchaba por el caballo como en naufragios

por el bote. El que caía, caía.

Apartados del camino, junto a un montón de cajas y bagajes, se

encontraban tres personas que ya conocemos.

—No, no puede usted huir —decía la dama deteniéndole enérgicamente

al joven y haciendo violenta presa en sus dos brazos—. ¡Qué felonía!

¡Dejarme sola!... ¡Mi pobre marido no podrá defenderme!... ¡Oh!,

llora como una mujer y se arrastra por el suelo, pidiendo a Dios

misericordia, sin poner nada de su parte para conjurar este gran

peligro.

—¡Señora, señora!... ¡Los ingleses! ¡Los guerrilleros!

—Sí..., ya los veo... Es preciso huir... Pero ¿cómo? No hay un solo

caballo.

—Corramos en busca del mío —exclamó el joven—. Lo rescataré a

sablazos... Aún es tiempo.

—No... Mi esposo no puede moverse... ¿A dónde va usted?... Me quedo

sola, Virgen de las Angustias, enteramente sola... Quédese usted, por

Dios...

—Mi uniforme de jurado me pierde. No viviré ni un segundo después que

me vean.

Con febril presteza, e iluminada por idea súbita, abalanzose la dama

hacia el joven: arrojó en tierra el sombrero de este, desabotonó su

levita con dedos más ligeros que el pensamiento, arrancó el uniforme

como si fuera un pañuelo puesto sobre los hombros, arrancó el tahalí,

la gola, el cinturón, la cartera, y en un instante no quedó sobre

el cuerpo del infeliz renegado ni una sola prenda que indicara su

filiación. Él la ayudaba con igual rapidez. Las cuatro manos trabajaban

en el desnudar y en el vestir cual si fueran cuarenta, y sin descansar

arrojaban en tierra las prendas quitadas, sacando otras de los cofres

para cubrir el transformado cuerpo; ataban las cintas, prendían

los botones, abrían un hoyo en el suelo para sepultar las nefandas

insignias, y lo cubrían con tierra. Las cuatro manos realizaron su

obra en pocos minutos, y el renegado desapareció, dejando en su lugar

a un joven que podía pasar por oidor en la sala de Mil y Quinientas.

Luego las mismas cuatro manos trataron de levantar del suelo al infeliz

Urbanito, que ya se creía comido por los ingleses.

El equipaje del rey José · 第 25 / 31 题