Salvador adelantó con paso inseguro, dirigiendo la luz de la linterna a
todos los lados de la estancia.
—¿En dónde se ha metido? —dijo riendo a carcajadas como quien ha
perdido el equilibrio de sus facultades—. ¡Ah! Está usted en el
rincón... ¡Qué postura! De ese modo piden los ciegos en el camino.
Don Fernando Garrote, ante aquellas burlas, sintió que su sangre se
trocaba en hielo.
—Entre esta gente —dijo con mucha aflicción—, ¿es costumbre burlarse de
los desgraciados que van a morir?
—Perdóneme usted —añadió el joven luchando con el extravío de sus
sentidos—. No sé lo que digo... esos pícaros hicieron propósito de
embriagarme, y si no me levanto pronto...
—Vicio muy feo es el de la embriaguez —afirmó Garrote—. Un joven
valiente y noble como tú, ¿será capaz de degradarse, abusando del
vino?...
—No, no señor —repuso Salvador, en quien la vergüenza pudo por un
momento más que la turbación de su mente—. Nunca he sido borracho;
pero de poco tiempo a esta parte, me dan tales tristezas y se me
acongoja el alma de tal modo, a consecuencia de mis desgracias, que
algunas veces...
—¡Pobre muchacho! —dijo el guerrero acercándose a Monsalud, que,
puesta en el suelo la linterna y la botella, se había sentado junto
a ellas—. Me parece que como joven inexperto y sin fundamento, no te
vendría mal recibir algunos consejos, y voy a dártelos.
—Pues toca la casualidad de que yo no he venido a recibir consejos,
sino a acompañar a usted un tantico y traerle algo confortativo, porque
siempre me da mucha compasión de ver a un hombre condenado a morir por
cosas de guerra; y aunque este hombre sea mi enemigo, sí, mi enemigo
por varias causas, siempre procuro que sus últimas horas no sean muy
tristes. Conque guárdese usted los consejos, y beba vino, si gusta.
—No beberé —repuso don Fernando—; pero pues dices que vienes a hacerme
compañía, acepto el obsequio de un poco de conversación.
—¿De qué vamos a hablar?
—De ti.
—¡De mí! —exclamó Salvador, otra vez atacado de la nerviosa hilaridad
que tanto disgustara a Garrote—. ¡Bonito asunto! Tanto vale hablar del
infierno.
—Al verte entre franceses, joven, apuesto, y con esa expresión de
nobleza que tiene tu persona...
—¡Oh qué lisonjero está el buen hombre! —dijo Monsalud—. Señor mío, no
me adule usted, pues aunque compasivo, no me vendo por alabanzas.
—Al verte así —continuó Garrote— he pensado que solo seducido y
engañado ha podido un joven de tanto mérito entrar al servicio del rey
José y de los enemigos de la patria y de la religión.
—Ni seducido, ni engañado, sino por mi propio gusto y libre voluntad
—respondió el mancebo con firmeza.
—¡Y por tus venas corre sangre española! ¿No aborreces a esos herejes,
asesinos y ladrones, de cuyos crímenes horrendos eres cómplice, sin
duda por inocencia?
—No les aborrezco, sino que les estimo.
Don Fernando cruzó las manos y elevó los ojos al cielo.
—Les estimo —prosiguió Monsalud— porque ellos me ampararon cuando de
todos era abandonado; diéronme de comer cuando me moría de hambre, y me
pusieron este uniforme que han llevado los primeros soldados del mundo
y los vencedores de toda Europa.
Garrote se estremeció de espanto, y un abatimiento angustioso sucedió a
su anterior excitación.
—¿Pero tan pobre estabas y tan desamparado de todo el mundo, que
necesitases venderte a los franceses para vivir?
—Pobre y desamparado, sí, porque mi madre había perdido la poca
hacienda heredada, y no teníamos sobre qué caernos muertos. Yo fui
a Madrid, y un tío que allí tengo me metió en un regimiento de la
guardia jurada.
—Pero tu deber es pelear por la patria. ¿No ves a toda la nación en
masa sublevada contra esos viles? ¿No ves el desprecio y el odio que
inspiran? Observa bien que entre los pocos españoles que sirven en las
filas francesas, no hay uno solo que sea persona honrada.
—¡Calumnia! Los hay muy buenos, y yo no me tengo por ladrón, señor
Garrote —dijo Monsalud enojándose un poco—. Y punto en boca sobre esa
materia.
—Poco a poco, joven: no he querido ofenderte —repuso Navarro con tanta
humildad y timidez como un chico de escuela—. Te diré cuál ha sido
mi intento. Al verte, sentí profundas simpatías hacia ti, y tanto me
entristeció ver a un joven de mérito en la vil condición de afrancesado
y en la torpe esclavitud de esa canalla, que me atreví a esperar
que los consejos y la autoridad de este infeliz anciano, próximo a
morir, tendrían alguna fuerza para desviarte de ese infame camino.
¿Me equivocaré, Salvador? —añadió con expresión muy afectuosa—. ¿Será
posible que tu buen corazón y clara inteligencia no respondan a esta
cariñosa súplica mía, a este deseo de que te conviertas, de que vuelvas
a la santa fe de la patria en que todos los buenos españoles vivimos y
morimos?
Monsalud miró a don Fernando por breve espacio, de hito en hito, y
después rompió a reír con estrépito y descaro. El insigne Garrote no
pudo contemplar por mucho tiempo aquella faz burlona, porque tuvo que
esconder la suya entre las palmas de la mano para ocultar el llanto.
—No ha sido malo el sermón, padrito —dijo el mozo—. Y usted ¿qué
pedazo de pan se lleva a la boca porque yo sea afrancesado o deje de
serlo? A fe que me divierto oyéndole. ¡Buen modo de disponerse a una
buena muerte! A ver, padrito —añadió llenando un vaso de dos que había
traído—, echemos un trago a la salud del gran Napoleón I, Emperador de
los franceses y señor de todo el mundo.
—No —dijo don Fernando rechazando el vaso—, no puedo creer que digas
tales disparates formalmente. Eres joven, has bebido más de lo regular,
y no sabes lo que sale de tu boca... Comprendo bien la causa principal
de tu falta. Te sentías con ardor guerrero, heredado, sin duda,
del que te dio el ser y la vida, y como los franceses tienen buena
labia para deslumbrar a los jóvenes hablándoles de las grandezas del
Imperio y de sus fabulosas batallas de Italia y Alemania, caíste en
la trampa. ¡Qué necedad! La más arrebatada fantasía no puede soñar
triunfos tan grandes como los que hemos alcanzado nosotros en esta
guerra contra los decantados ejércitos de Napoleón. Nuestras batallas
de Bailén, de la Albuera, de Tamames, de Talavera, y las defensas
gloriosísimas de Zaragoza, Gerona y Tarragona, no tienen igual ni aun
en los fastos de la antigüedad heroica. Y si estos hechos no fuesen aún
de suficiente magnitud para lo que ambiciona tu grande espíritu, ahí
tienes diseminadas por toda la redondez de España esas inimitables
partidas de guerrilleros, los más bravos, los más atrevidos, los más
generosos y leales hombres de la tierra, los verdaderos libertadores de
la patria, los que al fin rescatarán a nuestro adorado Fernando, los
que devolverán a la sagrada religión su esplendor y a Dios su reino
predilecto.
Antes que concluyera, Monsalud había empezado a reír. Tomó las
elocuentes amonestaciones del anciano como materia de placenteras
burlas, y resuelto a contrariarle en todo por convicción, le dijo:
—No me hable usted de los guerrilleros, que si hay en la tierra plebe
inmunda digna del presidio, ellos lo son. Compónense las partidas de
los asesinos, ladrones y contrabandistas de cada lugar, con más los
holgazanes, que son casi todos. Hacen la guerra por robar, no por echar
de aquí a los franceses; y si algún día se acabaran estas misas, el rey
Fernando tendría que colgarles a todos para poder reinar en paz.
Don Fernando exhaló hondísimo suspiro; mas no desesperanzado todavía de
tocar alguna fibra sensible en el corazón del mancebo, le habló así:
—Aunque los guerrilleros fueran como dices, que no son sino lo
contrario, no podrías justificar tu conducta. A todos has hecho
traición, Salvador: a lo divino y a lo humano; has hecho traición a
la patria; a los españoles, que son tus hermanos; has hecho traición
a tu madre, que, sin duda, es española también y enemiga de nuestros
enemigos; has hecho traición al rey, bajo cuyo amparo nacimos y en
cuya veneranda persona se representan nuestro hogar y el sol que nos
alumbra, y, principalmente, has hecho traición a Dios, cuya fe, más
pura y fuerte en la nación española que en ninguna otra, han venido
a destruir los franceses, introduciendo aquí, con la herejía, mil
costumbres y prácticas nuevas que no conducen sino al pecado.
—Dios... ¡Buen caso hago yo de Dios! —exclamó el mancebo con un cinismo
que llevó a su último extremo los temores de don Fernando—. ¡Qué
atrasada está la gente por aquí!... No hay ninguno que haya leído a
Voltaire, como lo he leído yo en todas las paradas del viaje desde que
salí de Madrid.
—¡Desgraciado! —exclamó el anciano poniendo sus manos sobre los hombros
del joven—. ¿Qué estás diciendo?
—¡Dios! Una palabrota y nada más. Si lo hay, que lo dudo mucho, estará
allá arriba acariciándose la barba blanca y sin meterse en nuestros
asuntos. Dígolo porque muchas veces lo llamé y... ¿me oyó usted? Pues
él tampoco.
—¡Desgraciado! —repitió el anciano—. ¡Mil veces más desgraciado que si
cayeras para siempre traspasado por las bayonetas de tus viles amigos!
¿No crees en Dios omnipotente, justo y misericordioso? ¿No crees en la
Santísima Trinidad? ¿No crees en la Encarnación del Hijo de Dios, ni en
su pasión y muerte por redimirnos del pecado?
—¡Oh cuánta monserga y cuánto embrollo! —repuso Monsalud riendo—. ¡La
Trinidad! Tres que son uno y uno que viene a ser tres. Bonito lío han
armado... Jesucristo no era más que un buen predicador y tan hombre
como yo. Y de la llamada Virgen María, ¿qué puedo decir sino que...?
—Calla, calla, blasfemo infame —gritó con encendida cólera don
Fernando, poniendo su mano en la boca del descomedido muchacho—. Tú no
eres, no puedes ser lo que yo creí.
—¿Qué hombre ilustrado cree hoy semejantes paparruchas? Todo eso lo han
inventado los frailes para engañar y dominar al pueblo, embobándole
con pantomimas ridículas y prácticas necias. ¡Los frailes! —añadió con
cierta petulancia—. ¿Hay casta de cerdos más inmunda en todo el orbe?
Yo digo que hasta que no ahorquen al último Papa con las tripas del
último fraile, no habrá paz en el mundo. Ellos son los que promueven
las guerras, los que hacen estúpidos a los reyes; ellos son los que han
levantado a la nación española, no por religiosidad, sino porque saben
que el deseo de Napoleón es quitarles sus inmensas y mal empleadas
riquezas, para dárselas a los pobres.
—¡No, no —repetía don Fernando con vehemencia, contemplando atónito a
Salvador—, no eres tú lo que yo creí; no eres tú quien yo creí, no,
mil veces no, voto a...! Afrancesado, traidor a la patria, desleal con
el rey, irreligioso, blasfemo, no te falta sino ser mal hijo para que
eternamente estés separado de mí.
—¡Mal hijo! Si lo soy no es culpa mía —dijo el mancebo bebiendo el
vino que había escanciado para el señor Garrote—. Mi madre es una
excelente mujer; pero muy sencilla e inocente, y se ha dejado dominar
por doña Perpetua y por los frailes de la Puebla. Empeñose en que
abandonara mis banderas; negueme a ello, echome de su casa, yo salí, se
desmayó... Las mujeres no atienden más que a su capricho; son vanas,
frívolas, superficiales, mojigatas, y le aburren a uno con sus rezos...
No hagamos caso de tales simplezas y bebamos, señor don Fernando. Otro
traguito.
—Tu madre —dijo don Fernando— es, según tengo entendido, una santa y
honrada mujer, de sanos principios.
—Pues sus principios no son los míos, ni lo serán nunca. Ella adora
las atrocidades de los salvajes guerrilleros, y yo las aborrezco; ella
se mira en Fernando VII, y yo lo tengo por un principillo corrompido
y voluntarioso; ella detesta a los afrancesados, y yo les tengo por
muy buenos patriotas, porque quieren regenerar a España con las ideas
de Napoleón; ella no puede ver a los que han hecho la Constitución de
Cádiz ni a los que se llaman liberales, y yo les admiro por creerles
inclinados a echarse en nuestros brazos...
—¡Perdido, perdido para siempre! —exclamó don Fernando con inmensa
angustia—. ¡Sin honor, sin principios, sin patriotismo, sin religión,
sin lazo alguno con la sociedad, ni con España, ni con la familia, ni
con Dios...! ¡Oh, qué aflicción, qué castigo, Dios mío!
—Puesto que usted no quiere probarlo —dijo el sargento, echando otro
medio cuartillo—, me lo beberé yo. Luego dormiré seis horas, y así
se olvidan ciertas cosas, cosas terribles, señor don Fernando, que
atormentan noche y día.
—Dios te tocará en el corazón, infeliz joven —dijo Navarro—, y hará
penetrar un rayo de su divina luz en tu oscuro entendimiento, y te
reconciliarás con España, con Dios, con tu madre y... conmigo.
—¿Reconciliarme yo? —dijo el joven severamente dejando a un lado el
vaso vacío—. Yo no me reconciliaré jamás; eché los dados. Me voy a
Francia; consagraré mi vida a trabajar contra esta fementida patria que
aborrezco.
—Justamente despreciado por los hombres y maldecido por Dios, tu vida
será un infierno, y tu muerte horrorosa y desesperada como la mía.
Mírame, en mí tienes un ejemplo de cómo castiga Dios en la última hora
a los que han olvidado su doctrina. Sin ser blasfemo ni traidor, como
tú, yo he sido muy pecador. He vivido largo tiempo con vida placentera
y feliz; pero en esta postrera noche de mi vida, me considero el
más desgraciado de los hombres, no seguramente por la muerte que me
amenaza, y que merezco y deseo, pues los españoles debemos morir como
caballeros y como cristianos. Uno de los más amargos motivos de pena
para mí, es verte insensible a mis ruegos, degradado, envilecido; verte
en el camino de tu total mengua y perdición, sin poder remediarlo;
verte en ese estado de locura y embriaguez, aferrado a la maldad. Si
respondieras, aunque solo fuese con eco muy débil, a mis sentimientos
y a mis ideas; si no me parecieses, como me pareces, un verdadero
monstruo, esta pasajera amistad que nos une podría ser un sentimiento
más grande, Salvador, mucho más grande y hermoso para ti y para mí.
Monsalud le miró con sorpresa.
—He sentido vivísima inclinación hacia ti —continuó el anciano—. En
esta soledad en que me encuentro, ausente de los míos, con un pie
dentro del sepulcro y la eternidad llamando a mi alma, tú podrías ser
consuelo inefable de este anciano moribundo, recibiendo, en cambio, de
mí lo que jamás has tenido, ni esperas tener.
Monsalud se levantó, y con súbita cólera apostrofó al anciano en estos
términos:
—Viejo astuto, ¿quieres engañarme con lisonjas y gatuperios para que
te deje escapar? Yo no soy como los guerrilleros, que se venden por un
pedazo de pan. Su señoría de la llave dorada no conoce con qué clase de
personas está tratando. ¡Pues no es poco sabihondo el viejecito!...
—¡Miserable! —exclamó don Fernando, sin poder contener su cólera y
levantándose también—. Veo que en ti no puede caber ningún sentimiento
generoso. ¡Mereces la abyección en que vives! Márchate, quiero estar
solo.
—¡Si será preciso ponerle algunas arrobas de hierro en los pies al don
Quijote de la Puebla! —dijo Monsalud dando algunos pasos con escasa
seguridad—. Parece que se tambalea el piso... Adiós, hasta después.
Don Fernando fue de aquí para allí con inmensa agitación. Su espanto
se resolvió en una violenta y súbita cólera.
—¡No eres tú, tú no eres, no! —exclamó con atronadora voz—. ¡Me he
equivocado! Dios se está burlando de mí... es un castigo; ¡pero qué
castigo, Señor!
Sin comprender lo que oía, Salvador se detuvo ante el agitado anciano.
La generosidad de su noble corazón, eclipsada por falsas ideas, y
la turbación física en que se hallaba, inspirole algunas palabras
consoladoras para el caballero; mas un hecho trivial le desvió de aquel
buen camino, separando a uno y otro personaje más de lo que estaban.
En la versatilidad de sus juicios, Salvador achacó las incoherentes
palabras de Garrote a extenuación y debilidad mental, ocasionada por la
falta de sustento y el pavor de la próxima muerte. Pensándolo así, echó
en el vaso cuanto en la botella restaba, y con intención compasiva le
dijo:
—¡Vaya, pelillos a la mar! Señor Garrote... Beba usted y le caerá
bien... Luego llevaré otro gaudeamus al señor cura.
—Quita allá —contestó don Fernardo, apartándose con horror del joven—.
Tú no eres quien yo creí... Tú eres de casta de borrachos y traidores.
Recibió Salvador con paciencia el insulto, y empinando el codo, dijo:
—Puesto que usted no lo quiere, no se desperdiciará tan buen vino. Se
lo quitamos a unos arrieros que venían de la Nava.
La cabeza de Monsalud, de poca resistencia para la bebida, a causa
de su antigua sobriedad, luego que su cuerpo recibió aquel trasiego,
se desorganizó completamente; se oscurecieron sus facultades; desmayó
su cuerpo; entrole de improviso la innoble estupidez y el repugnante
cinismo de que había dado ya algunas pruebas en la conferencia con
su madre, y perdió su carácter, su generosidad, su buen juicio, su
discreción; perdiolo todo, para no ser más que un vulgar soldado.
—Señor Garrote... —dijo tambaleándose—, adiós... Parece que se mueve el
piso... ¿Por qué baila usted?
—Vete, vete, déjame solo —replicó don Fernando sin mirarle.
—¡Bonito fin han tenido las campañas del padre Respaldiza y del señor
Navarro! —exclamó lanzando una carcajada de imbecilidad que retumbó en
la estancia como un eco infernal—. ¡Bonito fin!... ¡Échese su merced
a guerrillero!... ¡Quién lo había de decir!... aquí tenemos al primer
caballero del condado, el de la llave dorada, el gran don Fernando
Garrote, que quiso derrotar él solo los ejércitos de Napoleón...
¿Por qué no trajo consigo a Carlitos para que le sacara del paso?...
Me hubiera gustado ver a todo el hato de salteadores de caminos
distribuidos en estas cámaras reales, esperando la orden del coronel...
¡Adiós, señor don Fernando Quijote, adiós... buen viaje!...
Don Fernando se acercó a Salvador, y asiéndole el brazo y apretándole
con tanta fuerza como si su mano fuese una tenaza de hierro, le dijo
sombríamente:
—Salvador, cuando me saquen de este calabozo haz fuego sobre mí: mi
destino es ese, mi castigo no será el castigo que merezco, si no sucede
así. ¡Dios lo quiere!
—¿Fuego yo? —repuso el joven con sonrisa de demente—. Yo me voy...
Salgo de guardia ahora... Entrará otro... No quiero matar... me da
mucho temblor y me pongo malo.
Lucharon por breve rato en la acongojada alma del guerrero sentimientos
diversos. Luego sintió que las lágrimas brotaban de sus ojos; una
aflicción horrible le abrumaba. Apartose del joven; corrió luego hacia
él; mas su aspecto, su habla, su embriaguez le llenaron de espanto.
—Mi muerte —exclamó—, por las circunstancias espantosas que la rodean,
no se parece a ninguna otra muerte. Creo que toda la naturaleza se
desquicia en derredor mío, y que, en medio del cataclismo general,
vivo muriendo. Me parece que la muerte del malvado, como la del justo
entre los justos, no puede verificarse sino entre tinieblas horrorosas
y confusión del cielo con la tierra. ¿Es de noche? ¿Es de día? ¿Eres
un ángel o un demonio?... Huye de aquí, monstruo mío... No sé lo que
siente mi alma al verte y al oírte... ¿Esto es vida o qué es esto? Dios
poderoso, acoge mi alma... y basta, basta ya de suplicio.
El señor Garrote se arrojó al suelo. Monsalud, a causa del vino, no
vio en todo aquello más que demencia y miedo. Hasta que no se halló
fuera y recibió en el rostro el fresco de la noche, no se aclararon sus
juicios, ni pudo conocer que había estado inconveniente, cruel y...
grosero.