XVII

El estado moral de don Fernando Garrote fue, desde que se quedó solo,

el más espantoso que imaginarse puede. La imagen y la idea de la

muerte, que poco antes ocuparan por completo su espíritu, huyeron como

accidentes fútiles y pasajeros, indignos del pensamiento. Toda su vida

pasada, sus culpas, sus glorias se le pusieron delante, juntamente

con el infeliz joven cuyo nombre acababa de saber. Veía tan claro el

designio de Dios, que hasta con los ojos del cuerpo estaba viendo al

mismo Dios delante de sí, grave, ceñudo, majestuoso y admirablemente

sobrenatural y divino. Don Fernando sintió el terror más vivo que un

alma humana puede sentir; miedo semejante tan solo a los terrores

bíblicos que sobrecogían al pueblo elegido, cuando entre rayos y

truenos sonaba la voz que había mandado a la luz que se hiciera, y a la

tierra separarse de las aguas.

El anciano se prosternó en tierra, y apoyando contra las frías baldosas

su ardiente cabeza, dijo en voz alta:

—¡Señor, Señor, lo merezco! ¡He sido un malvado! ¡Cúmplase tu voluntad!

¡Justicia terrible, pero justicia al fin! ¡Digna de mi vida es esta

última hora que has dispuesto para mí!

Después siguió balbuciendo en voz baja oraciones piadosas y vehementes,

hasta que su alma se fue tranquilizando poco a poco, y las terribles

majestuosas facciones del semblante de Dios, que delante creía ver, se

amansaron. El pobre anciano respiró, y, levantándose del suelo, fue

tentando las paredes hasta el rincón más próximo, donde se acurrucó,

cruzando las piernas y los brazos, y entre estos escondiendo la

cabeza de tal modo, que parecía un ovillo. En tal postura, solo, sin

movimiento, profundamente abstraído y encerrado dentro de si mismo,

como el gusano en su capullo, dijo, palabra más o menos, el soliloquio

siguiente, examen sincero de sus muchas culpas:

«Consagré mi juventud al vicio. Obediente a la ley de Dios tan solo en

lo superficial y externo, falté a todos los deberes cristianos. Iba

todos los días a misa y rezaba el rosario, ambos actos sin devoción

y por pura rutina, pues en misa no atendía más que a las mujeres que

poblaban la iglesia. Llamándome buen católico, y defendiendo de palabra

y aun de obra la religión siempre que se ofrecía, mi conducta no dejaba

de ser execrable. ¿De qué valía, digo yo, a mi alma el ser presidente

por derecho hereditario de la sagrada congregación de _Esclavos de

Cristo_, ni hermano mayor de la Virgen de la Asunción y guardián de

su camarín, cuyas llaves se han conservado siempre en las arcas de mi

familia, con el derecho de vestir la imagen en las grandes fiestas?...

¡Ay! He sido un perverso que se ha burlado de todas las leyes divinas y

humanas. Amonestome un buen religioso francisco; pero me burlé de sus

palabras, atendiendo más que a él a los que me adulaban fomentando con

viles alabanzas mi disolución.

»Diome el Cielo fortuna, sin duda por probarme en el empleo que de ella

haría, y más valiera que me criara Dios pobre y desnudo, para que así

mi natural vicioso se encaminase a la virtud, y con las abstinencias

se educara firme y valerosa mi alma. Mas yo empleé mi hacienda en

deslumbrar con engañosos oropeles la inocencia, en seducir con mentidas

promesas a honradas familias, en corromper dueñas y criadas. Hice del

honor mercadería que con el oro se compra y se vende, y de la paz y

buena fama de las familias, un juego caprichoso. El demonio, mi aliado

y en realidad mi Dios, sugeríame a cada instante artificios nuevos

para derrocar la honestidad y vencer la resistencia que la templanza

y el recato ofrecían a mis abominables apetitos. Todo lo atropellé;

pisoteé los sentimientos más puros como pisotean los cerdos las flores

de un jardín, sin comprender su belleza.

»Dios me tocaba a veces el corazón, dándome ratos de profunda tristeza,

en los cuales mi conciencia, aclarándose ante mí con prodigiosa

luz, me ponía delante la fealdad horrenda de mi conducta; mas estos

momentos, que coincidían siempre con mi cansancio, eran breves como

los relámpagos en la noche oscura, y mi alma envilecida dejaba el

arrepentimiento para la vejez. Mi memoria, con ser portentosa, no

puede recordar uno por uno todos los desafueros que cometí, los

planes execrables que realicé, ni las víctimas todas de mi salvaje

descomedimiento. Pero en estos momentos terribles en que mi conciencia,

a la vista de un hombre, se ha abierto de súbito como una sima llena de

horrores, y se me ha presentado Dios con el semblante de la justicia,

aprestándose a juzgarme sin misericordia, porque no la merezco, uno

solo de mis crímenes se me ofrece visible y claro entre los demás,

porque a todos los compendia, y con su magnitud oscurece a los otros.

»La ejemplar persona sacrificada vive, al parecer, para mi castigo.

¡Ay! A muchas seduje, a muchas atropellé; pero con ninguna fue el

engaño tan torpe y miserable como con esta. Cuanto puede hacer un

hombre para disimular su vil intención, yo lo hice; cuanto puede

inventarse para aparecer bueno sin serlo y apasionado sin estarlo, mi

entendimiento, fecundo siempre para el mal, lo inventó con pasmoso

ingenio. Burleme después de la desgraciada joven a quien sacrifiqué, y

yo mismo aplaudí su deshonra en reunión de inicuos amigos y calaveras.

Llevado de no sé qué perversos instintos, que desde entonces han sido

causa en mí de espantosos remordimientos, llegué hasta a suponer en

aquella infeliz faltas que no había cometido, y torpezas y tratos con

otros hombres que jamás se acercaron a ella. Escupir el cadáver de la

víctima que se acaba de inmolar, no es tan vil como lo que yo hice.

¡Ay! ¿Por qué no taladró mi lengua un hierro encendido como esos que

he visto esta tarde en la fragua del patio? ¡Oh, Dios mío! ¿Por qué no

quedé paralítico, ciego y mudo, sin sentido para la maldad, y solo con

pensamiento para meditar en mi merecida ruina y pensar en mi salvación?

»Nació un niño, a quien pusieron por nombre Salvador. Me lo dijeron,

y lo oí como si oyera decir: «La vaca del vecino ha parido un

ternero.» Yo no volví a Pipaón desde que proyecté casarme con otra

mujer. Olvidado de mi aventura, llegué, sin embargo, a entender que

la hermosa hija de don Pablo el Riojano había quedado en la miseria.

Nada hice por ella; poco a poco fue envolviéndose en nubes de misterio

lo sucedido, y la madre y el hijo no existieron para mí. Hace tres

años dijéronme que un joven llamado Salvador Monsalud había aparecido

en la Puebla en compañía de su madre, mujer melancólica, piadosa y

enferma. Sentí cierta aflicción inexplicable; pero nada hice. El amor

de mi hijo legítimo me ocupaba por entero. Hace poco, y aun hoy mismo,

doña Perpetua me ha recordado la antigua y casi olvidada deuda; mas

preocupado con mis preparativos de guerra, y soñando con gloriosas

hazañas, apenas detuve el pensamiento en los dos desgraciados seres que

tan cerca estaban de mí...

»Ha tiempo, sin embargo, que el arrepentimiento trabaja en mi alma,

labrándose en ella un hueco con lentitud, pero con constancia. He

vuelto los ojos a Dios, aunque de soslayo, y a fuerza de pensar en

mis culpas y en la justicia divina, he llegado a considerar que el

mejor desagravio que a Dios podía ofrecer era sacrificarle los últimos

días de mi vida, combatiendo por la fe verdadera contra los herejes

y renegados. En mi necio orgullo, no he comprendido hasta ahora que

Dios no podía aceptarme como diligente servidor, ni menos premiar mi

arrojo. Clara, como la luz del sol al medio del día, veo ahora su mano

llevándome al destino y fin deplorable que merecía; veo su lógico

designio, obra de la perpetua justicia, en los sucesos de esta tarde;

y más que en otra cosa alguna, en la presencia de ese joven, de ese

ejemplo vivo de mis crímenes, de esa venganza humana y celeste, de

ese malaventurado hijo mío, que con la frialdad de los verdugos y la

crueldad de un enemigo vencedor se me ha puesto delante para anunciar

la muerte que merezco. ¡Oh! Merezco más, mucho más, Señor: merezco

vivir después de lo que he visto.

»Las facciones de ese muchacho han producido en mí incomprensible

turbación; su nombre, pronunciado por él mismo, ha caído sobre mí como

un rayo celeste. Ya sé cómo suenan las trompetas del Juicio. Dios mío,

estoy humillado, vencido, y me arrastro por el suelo como un insecto

miserable, buscando tu pie soberano para que me aplaste. Me creo

indigno hasta de mirar la luz del día, que criaste lo mismo para los

buenos que para los malos. Señor, la muerte que me aguarda no será

bastante cruel para lo que yo merezco. Un hombre que lleva mi sangre y

debiera llevar mi nombre, me custodia en esta mazmorra hasta que llegue

el instante de la muerte; y él mismo, si se lo mandan...»

Don Fernando no se atrevió a continuar la frase, que no era dicha, sino

pensada, y aun así la sofocó, cortando el vuelo de su pensamiento,

suspendiendo la fórmula oscura del lenguaje con que discurrimos a solas

y en silencio; pero no pudo cortar, ni atajar, ni detener la idea que

surcó por su cerebro como un relámpago. Espantado de ella, se afirmó

con ambas manos las abrasadas sienes, sacudiéndose a un lado y otro

la cabeza. Si quisiera arrancársela y arrojarla lejos de sí, como un

despojo inútil, no lo hiciera de otra manera.

Oyó una voz alegre que cantaba, y al mismo tiempo abrieron la puerta.

Monsalud entró alumbrándose con una linterna; además traía una botella

de vino.

—Señor don Fernando —dijo desde la puerta—, aquí le traigo esto para

que entone el cuerpo y le ayude a pasar los malos ratos de esta noche.

El equipaje del rey José · 第 19 / 31 题