Cuando se quedó solo, elevó don Fernando de nuevo su pensamiento a
Dios. Adquirió con esto cierta tranquilidad, reposo emanado de la
profunda convicción de su inmensa desgracia, y aceptando aquella
amargura se engrandecía a sus propios ojos. La fogosidad de su
imaginación llevábale a compararse con los colosos de infortunio, pero
superándoles; tan pronto recordaba a Job, de la antigüedad hebraica,
como a Edipo, de los tiempos heroicos, y hasta en sus coloquios, en sus
alegatos, ora tiernos, ora coléricos con la divinidad, se les parecía.
Después de un instante de estupor contemplativo sintió anhelo vivísimo
de comunicar a alguien la congoja de su alma, y se acordó de su amigo
Respaldiza, cuya voz había oído poco antes al través del tabique sin
hacerle caso. La endeble pared consistía en un armazón de maderas y
adobes, a trechos cubierta de yeso, que formaba en sus irregulares
claros y fajas al modo de un fantástico mapa. Por diversas partes, y
principalmente junto al suelo, había muchos agujeros por donde podían
pasar el ruido y la claridad; pero no objeto alguno de más volumen que
un dedo. Golpeó don Fernando el tabique, diciendo:
—Señor don Aparicio, señor Respaldiza, ¿está usted ahí?
El cura contestó desde la otra parte:
—Sí. Señor don Fernando, aquí estoy más muerto que vivo. ¿Con quién
hablaba usted?... ¿Hay esperanzas de salvación? Me parece que trataba
usted con Salvadorcillo Monsalud... Es mal sujeto, y no hay que fiarse
mucho de él.
—Amigo Respaldiza —dijo Garrote sentándose en el suelo y apoyando su
rostro en la pared, junto a un sitio donde menudeaban las grietas—.
Acérquese usted a este sitio donde me encuentro, y óigame. Tengo que
hablarle.
—Ya estoy... ¿Hay esperanzas de escapatoria?
—No hay que pensar en escaparse, señor cura. Nuestra muerte es
inevitable.
—¡Oh! ¡Dios mío Jesucristo! —exclamó Respaldiza con voz desfigurada
por la aflicción y el llanto—. ¿Qué hemos hecho para tan triste
fin?... ¿Pero no será posible intentar...? Echemos abajo este tabique;
juntémonos, y entre los dos ejecutaremos algo ingenioso para salir de
aquí.
—Es difícil. Por mi parte no intentaré nada para salvar esta miserable
vida, que es para mí un horroroso peso. ¡Somos muy pecadores!
—Yo no tanto... ¿pero es posible que no logremos...? ¡Oh! Desde aquí
siento los aullidos de esos lobos carniceros, de esos demonios del
infierno que nos guardan. Están borrachos, y parece como que bailan y
juegan.
—No nos ocupemos de nuestros enemigos, y pensemos en la salvación de
nuestras almas —dijo con unción don Fernando—. Señor Respaldiza, usted
es sacerdote.
—Sí, sacerdote soy —repuso con desesperación el clérigo—, y como
sacerdote digo que esto es una gran picardía, una infamia, un asesinato
horrendo. ¡Ya se las verán con Dios!
—Usted es sacerdote —añadió don Fernando—, y un buen sacerdote,
piadoso, instruido, aunque ahora caigo en que no cuadraba muy bien a su
estado el tener tan buena puntería; pero sea lo que quiera, usted es un
hombre excelente y un sacerdote cristiano, a cuyas manos baja Dios en
el santo oficio de la Misa.
—Sí, sí.
—Pues bien: siendo usted sacerdote y yo pecador, quiero confesarme en
esta hora suprema; quiero confesarme, sí, después de treinta y tantos
años de impenitencia.
Prolongado silencio anunció el estupor del sacerdote.
—¿No me contesta usted? —preguntó impaciente Navarro.
—¡Confesarse!... Linda ocasión ha escogido usted... Sobre que todavía
puede ser que nos indulten.
—No hay que esperar tal cosa. Seamos dignos de nosotros mismos, y
muramos como caballeros cristianos.
—¡Morir, morir! —repitió angustiosamente el cura.
Retembló el tabique con sordo estampido. La cabeza de Respaldiza había
chocado violentamente contra él.
—Señor don Aparicio —dijo don Fernando después de una pausa—, he visto
a Dios.
—¿A Dios?... ¿Dónde, amigo mío, dónde?
—Aquí, aquí mismo, en este oscuro calabozo. He visto pasar ante mí
también mi vida entera, y me han ocurrido cosas que espantarán a usted
cuando se las refiera.
—¡Es singular! ¡Ver a Dios y no pedirle que nos sacara de aquí!... ¡Ah!
Usted tiene razón: seamos piadosos y buenos cristianos en esta hora
suprema, único medio de que nos favorezca el Señor. Chillar y jurar con
desesperación en estos trances no es propio del espíritu cristiano.
Recemos, señor don Fernando; oremos humildemente con toda la compostura
y devoción posibles. No se me olvidó el rosario, aquí está. Pidamos a
Dios de todo codo corazón que...
—Antes conferenciemos un poco —dijo Garrote—, pues no solo tengo que
revelar a usted secretos muy graves, sino pedirle consejo y parecer
sobre algún punto delicado de conciencia.
—Ya soy todo oídos.
—Bien sabe usted, venerable amigo, que he sido gran pecador, un hombre
disoluto, despreocupado, vicioso, un libertino. Verdad es que jamás me
separé de la Iglesia; pero esto no atenúa mis grandes faltas, ¿no es
verdad?
—Verdad. Respecto a sus escándalos, amigo Garrote, muchos y grandes
han sido en la Puebla. He oído contar horrores; mas nunca me atreví a
reprenderle, por ser usted un excelente sujeto y haber tenido conmigo
delicadas deferencias. Tratándose de los más humildes feligreses de
mi parroquia, sí me atrevería yo a reprenderles sus vicios; pero a un
señorón como usted...
—La ley de Dios es igual para todos... Pero vamos adelante. Desafueros
cometí, honras atropellé, causé desdichas, y no hubo casa donde yo
pusiese mi planta maldita que al instante no se inficionase con la
corrupción y deshonra que llevaba conmigo.
En este tono y con verdadera humildad cristiana prosiguió don Fernando
refiriendo sus culpas, sin detenerse en los casos particulares, hasta
que, llegando al punto capital de su confesión, dijo lo que sigue:
—Pero la más grave de mis faltas, por el cúmulo de circunstancias
denigrantes que en ella hubo, fue la deshonra de una doncella de
Pipaón, a quien engañé valiéndome de pérfidas astucias, impropias de un
caballero; sí: pérfidas astucias y torpísimas artes que voy a enumerar
una por una, aunque al referirlas la lengua parece que se me abrasa, y
el rubor que enciende mi cara es como si una llama la envolviera toda.
Respiró con ansia, y luego refirió lamentables escenas y
acontecimientos, que omitiremos por no ser de indudable interés para
esta historia. Con los ojos cerrados, apoyada la calenturienta sien
contra el tabique, entreabierta la boca, la mano izquierda en el suelo,
para apoyarse, y la derecha sobre el corazón, iba contando don Fernando
sus execrables ardides, y soltaba las palabras una a una, cual si su
arrepentida conciencia se recrease en las torpezas que echaba fuera,
para quedarse pura y limpia. Cuando concluyó aquel capítulo bochornoso,
oyose la débil voz de Raspaldiza que decía:
—Horroroso, infame, execrable es todo eso; pero el arrepentimiento es
sincero, y por grandes que sean las culpas de los hombres, mucho mayor
es la misericordia de Dios.
—Nació un niño —dijo don Fernando, cuya alma se iba sublimando a medida
que adelantaba la confesión—, y aquí vienen nuevas infamias mías, pues
sabiendo que la madre y el hijo estaban en la miseria, no me cuidé
de socorrerles. Un día pasé por Pipaón y enseñáronme al muchacho que
estaba jugando en las eras. Tenía los zapatos rotos y todo su vestido
hecho pedazos. Causome su vista cierta aflicción pasajera; pero nada
más: salí de Pipaón aquella misma tarde, y no volví a acordarme de
ellos. Por último, después de más de veinte años de olvido, he aquí lo
que sucede... Salgo en busca de fabulosas hazañas, y a los pocos pasos
mis ilusiones se disipan como el humo... ¡la mano de Dios!... Me traen
aquí prisionero, y sin más lances me destinan a morir y me encierran
en este calabozo... ¡la mano de Dios!... Luego se presenta un joven,
le hago algunas preguntas, me dice su nombre, que es el de Salvador
Monsalud, y en él reconozco a mi hijo... ¡por tercera vez la mano de
Dios!...
—¡Salvador Monsalud! —exclamó el cura alzando las manos—. ¡Ese perdido,
ese afrancesado, ese traidorcillo borracho!...
—El mismo, el mismo —dijo Garrote—; es un monstruo, es como el crimen
que le engendró, y Dios me le ha puesto delante para hacerme conocer la
horrible magnitud de mis culpas, como un ejemplar vivo del pecado que
engendró el pecado.
—Conozco a la pobre doña Fermina, y ahora me explico algunas frases
oscuras que sorprendí algunas veces... ya... Es una excelente mujer;
pero a Salvador le tengo por un muchacho arrebatado y sin discreción,
ni prudencia, ni honor, ni respeto a los mayores; sin amor a la patria,
ni religiosidad, ni sentimiento alguno que le recomiende. ¡Bendito
sea Dios, y qué cosas hace! ¡Que de un caballero tan cumplido como
usted, de un noble señor, algo libertino, sí, pero ilustre y generoso,
descienda esa bestezuela desleal, ese muchacho sin pudor ni honor!...
¡Bien dice usted que ha sido para castigo!... ¿Está usted seguro de...?
—Hijo mío es. Mi vida abominable no podía dar otro fruto. Es hermoso de
cuerpo; pero su alma es horrible. Si por favor especial del cielo yo
viviera, la idea de haber dado el ser a criatura tan execrable, sería
para mí causa de constante horror.
—¡Oh, sí... le conozco!... Diré a usted, amigo mío: antes de marchar
a Madrid, Salvadorcillo no era mal muchacho, aunque muy casquivano y
distraído; pero después que se juntó con su tío y renegó, hase vuelto
el más despreciable muñeco que puede verse.
—La vergüenza que me causa la paternidad de un renegado envilecido
—dijo don Fernando—, de un joven cuyas absurdas ideas son tales que
parece que habla Satanás por su boca, es uno de los mayores tormentos
de esta última noche de mi vida... Varias veces tuve las palabras en
la lengua para revelarle los lazos que a mí le unían; pero enmudecí,
porque todo lo que de noble y honrado existe en mi alma se sublevaba
contra el fatal parentesco, y aquí, Señor don Aparicio de mi alma,
entra el grave punto de conciencia que quería consultar con usted
después de mi confesión.
—Sepámoslo... pero se me figura que aumenta la algazara de esos
borrachos. Parece que se acercan a las puertas de este edificio, y
aúllan junto a ellas como una manada de lobos carniceros.
—La cuestión es esta —dijo Garrote sin hacer caso del terror de su
amigo—. Dadas las deplorables circunstancias del carácter de Salvador,
sus infames ideas, su irreligiosidad, su traición, su envilecimiento,
¿debo revelarle que es mi hijo?
Calló Respaldiza largo rato, y al fin, repetida la pregunta por don
Fernando, contestó:
—Según y conforme... Perverso es el niño, e indigno por todos
conceptos de tener por padre a un caballero ilustre y tan patriota
como el Señor don Fernando, en quien algunas faltas, hijas de la
flaca condición humana, no disminuyen sus altas prendas: despreciable
es el muchacho, digo; pero por malo que le supongamos, y aunque su
herejía y envilecimiento hayan secado en él el manantial de todos los
sentimientos generosos, es imposible que al ver a su padre en esta
mazmorra, acompañado de un infeliz amigo, no imagine alguna bellaquería
o travesura para ponerles a entrambos en libertad.
Garrote dio un suspiro, cambiando de postura, por serle insoportable la
que desde el principio del diálogo tenía.
—Yo pregunto con mi conciencia y usted contesta con su egoísmo...
Monsalud no puede salvarnos... además, yo no quiero salvarme; no, ¡mil
veces!, yo deseo la muerte.
—¿No puede salvarnos? —preguntó el cura con desconsuelo.
—No, porque sus compañeros no se lo consentirían; además, ha dejado
hace un rato de ser nuestro carcelero, y en este momento quizás esté
con su regimiento camino de Vitoria.
—¡Oh qué desgraciada suerte!... ¡Me parece que esos condenados nos
quieren asesinar!... ¿Oye usted sus infames carcajadas?
—Las oigo, sí, pero no las escucho... El parecer de usted es lo que me
preocupa y lo aguardo con impaciencia.
—Por todos los santos, si no ha de ver más a Salvador, ¿para qué ha de
quebrarse los cascos por saber lo que más conviene decirle?
—Únicamente pido a usted consejo —dijo Navarro con impaciencia— sobre
mi conducta pasada. Es decir, ¿hice bien o hice mal en callar el
secreto, dejando a ese desgraciado en la orfandad lastimosa que a mi
juicio merece?
—Bien, bien, admirablemente hecho —repuso el clérigo con cansancio—.
El infame mozuelo que se ha vendido a nuestros enemigos, que abandonó
a su madre, que se burló descaradamente de mí, amenazándome con
ahorcarme, no tiene derecho a ser hijo de alguien, no, ni menos a
enfatuarse con descender del nobilísimo tronco de los Navarros.
—Pero revelarle todo habría sido grande humillación, habría sido
ponerme al nivel de su bajeza, de su herejía, de su villanía, y, por
tanto, habría sido también expiación de mis culpas, y nuevo purgatorio
añadido al que merezco y necesito.
—No tanto, no tanto —afirmó el cura—. Bastante ha padecido usted en
descargo de sus pecados. Revelar a Salvador la nobleza de la sangre que
por sus venas corre, sería en cierto modo santificar sus errores, y
conviene que siga abandonado a su triste destino. Allá se las entenderá
con Dios. El deber de usted consiste en perdonarle y pedir a Dios que
ilumine al perverso mancebo.
—Pecador fui, pecador soy —dijo don Fernando elevando al cielo los
ojos y cruzando las manos—; pero he conservado los sentimientos
fundamentales, el amor de Dios y el honor... Aborrezco todo lo que
Dios aborrece, y amo todo lo que Él ama... ¡Oh, señor mío Jesucristo,
tú que me ves en esta última hora regenerado por el arrepentimiento y
la penitencia, no quieres, no puedes querer que ese miserable lleve mi
nombre; no puedes querer que en su detestable vida asocie su infamia
a mi apellido, y ya que no me deshonró en vida con su traición, me
deshonre muerto! ¡La traición! Solo al pronunciar esta palabra tiemblan
mis carnes, y mi alma entrevé un infierno de vergüenza, más espantoso
que el de las llamas que abrasan el cuerpo. ¡La traición! ¡Pasarse al
enemigo, ser bandido como él, ateo como él, ladrón como él, borracho
como él! ¡Ah! Todos los crímenes, incluso los que yo he cometido,
me parecen faltas veniales comparadas con esta. Quédese, pues, ese
malaventurado hijo mío en la oscuridad de su nacimiento, que será
perpetua y profunda, como las tinieblas que envuelven su alma. Él ha
querido ser espúreo, espúreo será. Si la naturaleza nos hizo proceder
el uno del otro, entre un renegado por convicción y un caballero
español, entre un insensato ateo y un cristiano piadoso, entre un
jacobino de esta nueva raza execrable, condenada por Dios, y un hombre
recto, vasallo humilde de su rey, no debe, no puede haber parentesco.
Dijo esto don Femando Garrote en alta voz, al modo de oración, y tan
creído estaba de que Dios, a quien tal discurso dirigía, aprobaba sus
sentimientos y su rigurosa intolerancia, que se quedó muy tranquilo,
meditando sobre las profundidades del ancho abismo abierto entre él y
su abandonado hijo.
—¿No les oye usted? —gritó de pronto Respaldiza, golpeando el tabique—.
Han vuelto a acercarse a la puerta de este cuarto, y gritan y juran.
¡Parece que se alejan! ¿Oye usted, Señor don Fernando?
—Y si por favor especial de Dios —repuso Garrote, indiferente al pánico
de su compañero de desgracia y mortificado por punzantes dudas—, ese
infeliz muchacho al verse honrado por mi nombre, se enmendara de sus
extravíos...
—¡Enmendarse! —exclamó el cura—. Haríalo hipócritamente por engañarle a
usted si vivía...
—Es verdad, es verdad, no puede ser —añadió don Fernando—. Los que
nos han puesto el infame mote de _serviles_; los que insultan a los
valientes guerrilleros, llamándoles ladrones de caminos y asesinos; los
que en sus inmundas gacetas hacen befa de las cosas santas y de los
ministros de Dios, y parodian a los franceses, imitando su lenguaje,
sus costumbres, sus ideas, esos no pueden ser nuestros hijos, ni
nuestros hermanos, ni nuestros primos, ni nada que con nosotros se roce
y enlace; no pueden de ningún modo nacer de nosotros... Esa gente no es
gente, esos españoles no son españoles. Entre ellos y nosotros, lucha
eterna.
—Para poner motes se pintan solos —dijo el cura, dejando caer una
gota de humor festivo en la amarga copa que uno y otro bebían—. A
nosotros nos llaman _lechuzos_, y a la Santa Inquisición la llaman
_Chicharronismo_. No puede darse desvergüenza igual. Por eso es cosa
corriente en el país, que a los guerrilleros de estas montañas les
queda mucho que hacer, después de acabar con los vándalos de fuera.
No lo oyó don Fernando, porque se había arrastrado a gatas hasta el
centro de la pieza, y allí, puesto de hinojos, alzados los brazos y la
mirada fija en el techo, entabló nuevo coloquio con la Divinidad en
estos términos:
—Señor que me has criado, que me has conducido a este fatal término,
mi castigo ha sido grande, pero merecido... ¡Oh!, si volviera a
nacer, no saldría jamás del camino de la justicia y del deber... Me
has puesto delante el monstruo engendrado por mis errores; me lo has
puesto delante para que vea cuán horribles frutos deja en el mundo
la depravación. Para tormento, para horrorosa penitencia mía, el
dulce regocijo que la naturaleza debía infundirme en presencia de ese
joven, se ha trocado en vergüenza, en aborrecimiento, en horror. ¿No
es bastante pena, Dios mío?... Cumplo con mis deberes de cristiano
resignándome a morir, y sufriendo el bochorno que mi parentesco con tal
monstruo me produce; cumplo con mis deberes de caballero y de español,
repudiando a ese hijo precito, apartándole de mí y de mi memoria para
siempre. ¿Es de tu agrado esta conducta, Dios mío? Mi conciencia está
tranquila, y muero en ti, fiando en que mis pecados serán perdonados, y
mi conducta como cristiano, como caballero y como español aprobada en
tu supremo tribunal.
¿Qué respondió Dios a esto? Pronto lo sabremos.
Don Fernando se humilló en el suelo, y dijo para sí:
«¡Virgen santa! ¿Por qué me empeño en estar tranquilo y no lo estoy?»
Respaldiza le llamó, diciéndole con voz angustiosa:
—Señor don Fernando de mi alma, ¿no les oye usted? Parece que quieren
echar abajo la puerta de este cuarto. Chillan, chillan y vociferan...
Sin duda quieren asesinarme; señor don Fernando, por amor de Dios,
ampáreme usted.
En efecto, oíase violento rumor de golpes y porrazos. Don Fernando, que
hasta entonces no había tenido miedo a la muerte, sintió escalofríos en
todo su cuerpo, y el corazón le palpitó con vivísima inquietud.
«No, no estoy tranquilo —dijo para sí—. ¡Si permitirá Dios que tenga
miedo en esta hora tremenda!... Conciencia mía, ¿estás tranquila?»
—Esos salvajes quieren penetrar aquí para ensañarse en mi cuerpo
miserable —gritó entre sollozos el cura—. ¡Señor mío Jesucristo,
piedad! ¡Piedad, santa Virgen de la Asunción, señora y patrona mía!
—Esto es horroroso —exclamó don Fernando corriendo de un lado para otro
en la oscura pieza—. Que nos fusilen... pero que no nos arrastren, ni
nos destrocen, ni nos escupan, ni nos insulten... ¡Piedad, misericordia!
Los gritos de la salvaje turba que graznaba en la puerta del calabozo,
donde, viviendo aún, moría de terror el desgraciado don Aparicio
Respaldiza, aumentaban de rato en rato, y al fin era tanto el ruido,
que don Fernando no pudo oír los lamentos de su infeliz amigo. Oyó, sí,
que la puerta se rompía; conoció que multitud de soldados franceses y
algunos españoles entraban en tropel, rugiendo como bestias coléricas;
comprendió que se abalanzaban sobre el pobre sacerdote, y oyó estas
palabras en claro y soez castellano:
—Cortarle las orejas.
Después llegaron a sus oídos agudos ayes y clamores de la infeliz
víctima; sintió que la llevaban fuera atropelladamente; la fúnebre y
horrenda procesión se presentó a su fantasía con formas tan espantosas
que tuvo miedo, un miedo indescriptible, inmenso, y cayó de rodillas,
clamando:
—Señor mío Jesucristo, ¿todavía más?
Parecía que una voz contestaba en lo alto:
—Sí, más todavía.