Así acabó la grande, la memorable expedición de don Fernando Garrote y
del reverendo beneficiado de la Puebla. Mientras esto sucedía, Carlos
Navarro y la compañía buscaban inútilmente a los dos viejos adalides en
el camino de Uralde.
Silenciosamente y abrumados de amargura y desesperación, marchaban
los dos prisioneros el uno tras el otro; los caballos que montaban no
parecían menos tristes que sus amos, a juzgar por la lentitud de su
paso y la inclinación de la cabeza. Los españoles y franceses que les
habían cogido y les custodiaban, iban charlando en una y otra lengua
mezcladamente, y uno de ellos dijo:
—A estos tunantes no les perdonará el general Gazán... han asesinado un
francés, y ya sabemos con qué moneda se pagan estas deudas.
—El uno de ellos parece cura.
—Y el otro sacristán.
Don Fernando Garrote se puso lívido al oír que se le llamaba sacristán,
y después se le encendió hasta la raíz del cabello el pálido rostro. Si
hubiera tenido armas, habría castigado en el acto tanta insolencia en
menos que se dicen castañas. Respaldiza, durante el camino, sintiéndose
sediento, pidió que le dejaran beber de un arroyo cercano.
—Tiempo hay de beber. En Aríñez no falta agua, padrito. Y si no, tome
un buche de la del bautismo, que como cura debe de tener tan a la
mano... Beberá antes que le despachen.
—¡Despacharme! —exclamó don Aparicio con acento compungido—. ¿Qué es
eso de despachar?
Garrote, colérico por la cobardía que mostraba su amigo, le miró con
ojos fieros.
—¡Que nos despachen! —gritó—. ¿Qué mayor gloria para buenos españoles
que morir a manos de estos tunantes?
—Cierre el pico el vejete sacristán —gritó un jurado—, o no aguardamos
a llegar al Cuartel general.
—¡Traidor! Tu persona es para mí tan despreciable como la de un vil
esclavo, y tus palabras como los ladridos de un perro —exclamó con
admirable entereza Navarro—. Si quieres darme la muerte aquí mismo,
dámela. Ni porque me mates he de aborrecerte más, ni porque me dejes
vivo he de estimarte. Soy un hombre leal que sirve a su patria, y tú un
cobarde desleal que sirve al enemigo.
En aquel mismo instante se acabara la vida, y con la vida las hazañas
de don Fernando Garrote, si el sargento que mandaba la tropa no
impusiera silencio a todos, mandándoles seguir adelante.
Después de tres horas largas y penosas de camino, llegaron a Aríñez,
y los dos prisioneros fueron presentados a un coronel. Las tropas
francesas entre las cuales se encontraban, pertenecían a la división
del general Gazán. Caía la tarde, y los soldados se preparaban a pasar
la noche lo mejor posible: encendíanse las cocinas de campaña, y en
torno a las casas de labor se veían alegres corrillos. Los caballos
bebían en una gran acequia que de un punto a otro atravesaba el pueblo,
y los oficiales organizaban sus meriendas al aire libre.
Don Fernando Garrote se quedó sin alma cuando se vio entre aquella
gente. Deseaba morirse, o que la tierra se abriese para tragársele,
o que reventase a su lado el más poderoso de los cañones franceses.
Lleváronle de Herodes a Pilatos durante largo rato de la tardecita,
cual si no supiesen qué hacer de él, y unos le tenían lástima, otros le
miraban con desdén o con ira. Pero el que excitaba más sentimientos de
enojo era don Aparicio, por ser muy aborrecidos entre los extranjeros
los curas armados; así es que después que le concedieron el apagar
la rabiosa sed en la misma acequia donde hociqueaban los caballos,
echáronle una cuerda al cuello, sin consideración alguna a las órdenes
sacerdotales.
No fueron tan crueles con Garrote, quizás porque mostraba dignidad en
su infortunio, y no hacía aspavientos ni exhalaba femeniles quejas como
su compañero. Lleváronles a los dos a un gran patio, contiguo a una
casa grande y vieja, el cual parecía servir de taller de herrería y
carretería, porque en él había varios soldados artífices trabajando, y
allí podían discurrir libremente los dos prisioneros; mas no escaparse,
porque un centinela guardaba la puerta.
Respaldiza, despavorido y medio muerto de terror, echose al suelo
para llorar su desventura. Navarro se paseaba de largo a largo, sin
hablar a su amigo ni a nadie. En las bardas de aquel corral que caían a
poniente, había unas rejas por donde se veía la carretera de Vitoria.
No cesaban de pasar por ella carros cargados de cajas y arcones de
diversos tamaños, los cuales venían del lado de la Puebla, y se
detenían, acomodándose en el estrecho camino para dar descanso a las
caballerías. También había multitud de galeras y sillas de posta, donde
iban las familias españolas que abandonaban la Corte con los franceses.
El ruido y el tumulto de aquella parte del camino, donde se reunían y
amalgamaban tantos vehículos y caballos, eran espantosos. Unida esta
algazara con los martillazos de los que trabajaban sobre el yunque
dentro del patio, resultaba una música infernal que hubiera vuelto loco
a don Fernando Garrote si el cerebro de este pudiera descomponerse por
otra causa que por el espantoso hervir de las ideas.
Paseábase el esclarecido varón con la barba clavada en el pecho y las
manos dentro de los bolsillos; su espíritu, después de vagar un buen
espacio por las dulces regiones del pensamiento religioso, se irritó
de repente, y la idea del suicidio se le puso delante siniestra y
halagüeña a la vez, aterrándole y consolándole. Miró Navarro a los
que machacaban hierro sobre el yunque, y consideró que le harían
merced en dejarle poner su vieja cabeza entre ambos hierros. Después
fijó su atención en las diversas herramientas que pendían del techo
de un tingladillo donde estaban la fragua y el fuelle; pero no creyó
posible apoderarse de ellas, ni menos usarlas contra su vida sin
ser inmediatamente visto y atajado. Volviendo al inquieto pasear,
puso sus miradas en un pozo que en mitad del patio había, y al punto
hizo resolución de arrojarse en él de cabeza; pero tardaba mucho en
decidirse a ello, y observaba de soslayo la soga y polea. Acercose al
brocal para mirar al fondo, y vio allá abajo su imagen temblorosa y
desfigurada dentro de un círculo luminoso. En esta contemplación se
detenía, cuando un francés le arrancó de allí, señalándole la fragua.
—Camarada —le dijo en mal español con sonrisa burlona—, allí hacen
falta vuestros servicios.
Un español joven, moreno y agraciado acercose en tanto al cura, que no
se apartaba de su rincón, y con acento de chacota le dijo:
—¿Qué bueno por aquí, señor Respaldiza? Parece que la expedición no ha
salido bien.
—¡Ay, Salvadorcillo de mi alma! —exclamó acongojado el cura—. Al
verte, me parece que veo un ángel del cielo... Dime, ¿nos matarán?...
¿Intercederás por nosotros? Yo te ruego que olvides las palabrillas
coléricas que se cruzaron entre nosotros anoche en casa de tu madre. Yo
suelo gastar esas bromitas...
—Olvidadas están, señor cura; pero me parece que nada puedo hacer por
ustedes. ¿Quién es el compañero?
—Allí lo tienes junto al pozo, don Fernando Garrote, el primer
caballero de toda la comarca.
—Le hubiera conocido —dijo Monsalud observándole— nada más que por la
semejanza que tiene con su hijo Carlos.
Y acercándose a Navarro, que en aquel instante disputaba con el
francés, tomó nuestro joven una expresioncilla bastante insolente, y
habló de este modo al infeliz anciano:
—Señor don Fernando, aquí dicen que vaya usted a menear el fuelle, y
yo creo que este honroso oficio nadie puede desempeñarlo mejor que un
señor de la llave dorada.
Miró Garrote al atrevido soldado con tanta ira, que los ojos parecían
saltársele del casco.
—Mozuelo sin honor ni vergüenza —exclamó con dignidad y altanería—,
¿piensas que un hombre como yo ha venido aquí para oír tus necedades,
ni menos para obedecerte? Estos miserables exterminarán a la gente
honrada; pero no la deshonrarán.
—¡Al fuelle! ¡Al fuelle! —gritaron varias voces, y con más fuerza que
ninguna la del mozo que hasta entonces había movido sin descanso la
enfadosa máquina.
—¡Soplad vosotros, canallas! —gritó Navarro, echando inmediatamente
mano al lugar donde debía estar el puño de la espada.
—No hay que apurarse por tan poca cosa —dijo de improviso el cura
levantándose del suelo y acudiendo oficiosamente al lugar de la
disputa—. Si es preciso que alguien sople, yo soplaré, que lo haré muy
bien, caballeritos, y bueno es un poco de ejercicio a estas horas.
Deseando congraciarse con sus verdugos, Respaldiza, cuya poquedad de
ánimo y corazón pequeño se habían mostrado ya, a todo se prestaba.
—¿Qué más da? —decía entre dientes—. Más padeció Jesús por nosotros.
A él le pusieron atado a una columna y le abofetearon y escupieron.
Movamos el fuelle, herreros de Satanás. Si vuestros cuerpos estuvieran
dentro del fuego, ¡con qué ganas soplaría!
Metió la mano en la argolla, y tirando de la cadena, infló el depósito
de viento. El caño de la fragua resonó con ardiente resoplido, como la
respiración de un cíclope, y las moribundas ascuas revivieron lanzando
llamas rojizas. Al compás del canto de los herreros, tiraba de la
cadena el cura, afectando en su semblante cristiana humildad; pero
lleno de cólera, y más que de cólera, de miedo.
La noche sin luna oscurecía el cielo y la tierra; pero no cesaba el
espantoso ruido dentro y fuera del patio.
La roja claridad de la fragua iluminó los diversos grupos, y don
Fernando, que tenía en su alma todas las oscuridades de la tristeza
y todas las llamas de la desesperación, no pudo pensar en echarse al
pozo, porque los franceses lo cerraron.
A ratos le causaba profunda pena ver la degradación y falta de
dignidad de su compañero de desgracia, el cual seguía en su tarea, y
aun sonreía ante los soeces herreros con mengua de su honor y de la
jerarquía sacerdotal. Por fin cesó el trabajo; entraron varios soldados
españoles y dos o tres renegados, trayendo un par de zaques de vino, a
cuya vista se regocijaron todos, disponiéndose a dejarlos vacíos. En
el mismo instante llegó Monsalud con algunos soldados, y ordenando a
los prisioneros que le siguiesen, entró con ellos en el piso bajo de
la casa contigua, que lo era de labor y estaba destinada en su parte
alta a alojamiento de oficiales. Sin decirles cosa alguna, encerró a
cada uno en una pieza baja, separadas ambas por un tabique ruinoso,
sin puerta que las comunicara. Luego que don Fernando entró en lo que
parecía mazmorra, echose en el desnudo piso sin mirar al que le había
encerrado. Este arrojó un pan en el suelo, y como cayese a regular
distancia del prisionero, el sargento empujó la hogaza con la punta del
pie, diciendo:
—Ahí tiene usted para pasar la noche. Estoy de guardia hasta las doce
y me han encargado la custodia de los dos prisioneros. Traeré también
agua y algo de carne, si hay.
—No necesito nada —dijo Garrote sin mirarle—. Yo no como tu pan.
Incorporándose, dio tan fuerte puntapié a la libreta, que la lanzó al
otro extremo de la pieza.
—Mal genio tiene usted —dijo el joven con lástima—. Hay que llevarlo
con paciencia. El coronel me ha mandado que después de encerrar e
incomunicar a usted y a su compañero, les notifique...
—Ya lo sé... que seremos arcabuceados...
—A la madrugada. El general no quiere carnicerías; pero el jueves cogió
Mina a diez franceses y a todos los fusiló.
—Hizo bien —dijo don Fernando—; y es lástima que no te cogiera también
a ti, español renegado a lo que pareces... Si Dios me sacara de esta
cárcel, y recobrase yo mi libertad y mis armas, a ningún afrancesado
perdonaría.
—Amigo —dijo el mancebo—, la situación en que usted se halla no es la
más propia para vituperar la conducta de los demás y poner cual no
digan dueñas a los que, por razones que usted ignora, servimos a los
franceses.
—Mi situación no me espanta —repuso el viejo con gravedad—. Moriré por
la patria, por la religión, y Dios me acogerá en su seno. La muerte que
me espera no la cambiaría por cien vidas como la tuya, infeliz joven,
por esa vida deshonrada en flor.
El mozo guardó silencio.
—¿Quién te engañó? ¿Quién te sedujo? ¿Sabes lo que es servir al enemigo
y hacer causa común con los verdugos de la patria?
—Hablador es el viejo —dijo Salvador un poco enojado—. Hará usted bien
en descansar y en tranquilizarse, señor Navarro. Adiós.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Me lo dijo Respaldiza. Conozco mucho al cura de la Puebla de Arganzón,
donde he vivido dos años.
—¿Cómo te llamas?
—Salvador Monsalud... yo soy de Pipaón.
El anciano dio un suspiro profundo echando hacia atrás la cabeza, que
al chocar bruscamente contra el tabique produjo un triste y hueco
sonido, como el de un cántaro que está a punto de romperse.
—Adiós —dijo Salvador con la mayor indiferencia—. Volveré después a
traer a ustedes alguna cosa. Me da lástima de los que van a morir
aunque se lo tengan muy merecido... ¿Conque agua? Si hubiera carne...
Veremos.