A poco de entrar en la taberna, y antes que lograran hacerle tomar
nada, escapose fuera y se dirigió a su casa en lastimoso estado moral
y físico, con la razón delirante, el cuerpo flojo y desmayado como
el de un beodo, hablando sordamente consigo mismo a veces, y a ratos
profiriendo gritos que alarmaban al vecindario. Cuando entró en su
casa, hallábanse en ella, a pesar de lo avanzado de la noche, doña
Perpetua y el cura, acompañando ambos a doña Fermina. En el centro de
la pieza había una mesa puesta con no poco aparato de vasos y platos,
desplegándose allí gallardamente todo el lujo de la casa como para una
fiesta. Las viandas que sobre ella estaban, habían dejado de humear,
enfriadas ya por el largo plazo de espera, y las quijadas de la santa,
como las del cura, se abrían bostezando de apetito y sueño.
—Hijo mío, ¡cuánto nos has hecho esperar! Son las once dadas —dijo doña
Fermina, abrazándole—. Pero tú tienes algo; estás amarillo como un
muerto. ¿Qué dices ahí entre dientes?
—¡Guerrillero él! ¡Francés yo! —murmuró Salvador dejándose caer en una
silla.
—Espera, te ayudaré a que te quites el uniforme —dijo la madre—. ¿Se
han marchado ya los franceses?
—Salvador —dijo en tono agrio el cura, observando al sargento con
severidad—. Un joven de tus cualidades no debe estar en las tabernas
hasta hora tan avanzada.
Y como Monsalud no contestase a la advertencia, sino riendo a la manera
que ríen los locos, el presbítero añadió, levantándose de su asiento:
—Salvador, estás borracho. ¡Qué terribles hábitos se adquieren en el
ejército!
—¡Y entre franceses! —añadió la beata—. El rey les da buen ejemplo para
que sean un modelo de sobriedad.
—Ya se te pasará —dijo doña Fermina con maternal benevolencia—. Hijo,
¿quieres dormir?
—Sí, dormir; quiero dormir —repuso con gozo, recostándose en un arca.
—Toma primero un bocado, muchacho.
—Sí, tengo hambre —exclamó el jurado abalanzándose a la comida y
engullendo descortésmente, sin consideración a los demás convidados.
Mas al instante apartó el plato con repugnancia.
—No tengo gana —dijo entre dientes.
El cura se paseaba por la habitación agitado y colérico.
—Los malos hábitos adquiridos no se olvidan en un día —afirmó doña
Perpetua, echando al viento la voz por el registro más agridulce—. Esta
mañana lo dije y ahora lo repito. Fermina, haz cuenta que no tienes
hijo.
Doña Fermina rompió a llorar, y como interrogase cariñosamente al
desgraciado joven acerca de sus propósitos y de la enmienda que por la
mañana prometiera, este dijo:
—¡Guerrillero él, yo francés, francés toda la vida!
—Salvador —gritó el cura con enojo y fiereza—. Te creí traidor por
inexperiencia, mas no vicioso ni degradado... Esta mañana me causabas
lástima; ahora me causas horror.
—El pobrecito no sabe lo que se dice, señor cura —añadió la atribulada
madre—. Esos pícaros le han llevado a la cantina, y... por fuerza le
han obligado a beber. Pero es un alma de Dios mi hijo. Esta mañana nos
prometió dejar para siempre esas aborrecidas banderas, y lo hará, ¿pues
no ha de hacerlo...? ¿Te quedarás aquí esta noche? Suelta el uniforme y
duerme.
Oyéronse entonces lejanos toques de clarín. Callaron todos,
sobrecogidos por el son guerrero que parecía venir del campamento
francés: Monsalud lo escuchaba con aparente júbilo. De pronto
levantose, gesticulando como un insensato, y con desesperados gritos,
gritó de esta manera:
—¡Viva Napoleón! ¡Viva el amo del mundo! ¡Viva Francia! ¡Mueran los
guerrilleros!
—Esto no se puede tolerar —exclamó el cura bramando de ira y echando
mano al respaldo de la silla que más cerca tenía—. ¡Traidor, infame y
deslenguado blasfemo, sal de aquí al momento!
—¿Qué has dicho, hijo? —balbució entre angustiosos sollozos doña
Fermina temblando como un niño—. Tú, tú, ¿pues no eres...?
—¡Afrancesado, francés hasta morir! —repuso el joven con enérgico
brío—. ¡Francés hasta morir!
—Señor cura, señor cura —dijo la madre con tanto espanto como dolor—,
ríñale usted.
—Buen caso hago yo de los curas —repuso Salvador mirando con desprecio
al venerable Respaldiza—. Son los corruptores del linaje humano, como
dicen Jean-Jean y Plobertin, que presenciaron la revolución francesa.
Doña Fermina ocultó el rostro entre sus manos.
—Señor cura guerrillero —añadió el joven con insolente sarcasmo—,
cuidado no le cojamos a usted por esos trigos... En mi regimiento no
hay piedad para los clérigos armados... ¡Se les coge, se les desnuda,
se les ahorca!...
Doña Perpetua se levantó de su asiento como una estatua que de súbito
cobra vida para aterrar a los hombres.
—¡Miren la embaucadora! —gritó Monsalud remedando con formas grotescas
los ademanes de la santa mujer—. Vendré a rescatar a mi madre de las
garras del demonio, para llevármela a Francia.
La beata y el cura le señalaron la puerta sin proferir una palabra.
—¡Guerrillero él, yo francés! —repitió el joven, no con palabras, sino
con aullidos—. Madre, adiós, adiós... Escribiré desde Francia.
Tropezando, haciendo gestos amenazadores, y articulando gritos y
bravatas poco inteligibles, pero horripilantes como la risa de los
locos, salió de la estancia y de la casa, mientras cura y beata
auxiliaban a la infeliz madre, que había perdido el conocimiento.