El buen orden de esta historia pide que ahora dejemos a Monsalud, el
cual irá solo o acompañado a donde mejor le plazca y su triste destino
le lleve, y que volvamos los ojos y dirijamos nuestros pasos hacia
Carlos Navarro, quien, por lo que hasta ahora de él vimos, parece ha de
ser personaje de historia y digno de ser conocido más de cerca.
Singular era este hombre, y más singular aún su padre don Fernando
Navarro, vulgarmente conocido en la Puebla con el remoquete de don
Fernando Garrote, que de sus mayores pasó a él, sin que se pueda saber
por qué. Aseguraban los ancianos de la villa que siendo todos los
Navarros, desde las generaciones más remotas, hombres muy fuertes, y
a más de fuertes, algo pegones y amigos de dominar a los débiles y de
machacar sobre los humildes, debieron recibir por estas cualidades el
sobrenombre citado, que a maravilla les caía. Los últimos vástagos de
esta dinastía garrotil, son los que presentaremos ahora, eligiendo
para ello el momento en que, desocupada momentáneamente la Puebla por
los franceses, quiso don Fernando poner en ejecución su pensamiento de
ir a las partidas con Respaldiza, apretándole a ello la falta que él
pensaba hacía en el ejército su tardanza, según eran los agravios que
pensaba vengar, proezas que acometer, y cabezas que descalabrar.
Don Fernando vivía desde algún tiempo en una casa de campo hacia
Peñacerrada, donde había puesto fin a sus viajes y correrías, porque
los achaques y dolores en la trabajada osamenta eran ya obstáculo a su
fantasía siempre ardiente y a su corazón valeroso. Triste, solitario
y aburrido, dejaba pasar sus días en la vasta vivienda, aun en lo más
crudo de la guerra, hasta que por capricho o voluntariedad impropia ya
de sus años, resolvió variar de conducta. Para hacer los preparativos
de marcha, trasladose el 18 de junio a la Puebla, donde tenía su casa
solar, residencia habitual de su juventud y edad madura hasta los
últimos años. Allí vivía de ordinario su hijo, y un pariente pobre que
le administraba el mayorazgo, consistente en tierras de pan, algunas
viñas, y mucho monte en el término de Treviño.
Allí le tenemos, allí está nuestro gran don Fernando en una sala baja,
sentado en ancho sillón de vaqueta, con las piernas extendidas sobre
un banquillo. Ocúpase en limpiar la hoja de una luenga espada de taza,
hoja toledana y grandes gavilanes retorcidos. Frente a él, acurrucada
en una silla baja, está la que ya conocemos, incomparable y seráfica
doña Perpetua, observando con atención prolija al insigne varón.
Era don Fernando Navarro, o, si se quiere, don Fernando Garrote,
un hombre de más de sesenta años; de elevada estatura y bien
proporcionadas carnes; ni gordo ni flaco; arrogante en su madura edad;
de frente despejada; ojos vivos; los brazos y piernas vigorosos,
aunque ya nada listos a causa del mucho cansancio; ancha la espalda;
curva y airosa la nariz; blancas y pobladas las cejas, así como el
cabello; la piel rugosa y con largos bigotes retorcidos entrecanos,
que eran singular adorno de su fisonomía en aquellos tiempos en que
todo el mundo se rapaba el rostro. Tenía este hombre la apariencia
de un veterano de los antiguos tercios, héroe de las batallas de San
Quintín y de las Gravelinas, conquistador de medio mundo y saqueador
del otro medio desde Roma hasta Maestrich. Uníase a su belleza varonil
y majestuosa cierta expresioncilla insolente y de perdonavidas, y
parecía satisfecho de la superioridad que Dios le había dado sobre
el resto de los mortales. Observando su vanaglorioso ademán y porte
guerrero, viéndole tan convencido de que la humanidad existía para que
él probara sobre ella la fuerza de sus puños, se comprendía bien el
apodo de _Garrote_ que recibiera del vulgo. Lleváronlo sin ofenderse
sus antepasados, que también fueron tremebundos, y el don Fernando
respondía al mote y a veces firmaba con él.
Durante su juventud Navarro había guerreado bastantes años, primero
en la campaña contra Portugal hacia 1762, después en el bloqueo de
Gibraltar en 1779, y aun se asegura que por dar desahogo a su grande
afición militar tuvo sus amagos y vislumbres de bandolerismo en tiempo
de paz, lo cual es muy propio de españoles; pero esto debe acogerse con
prudente desconfianza, y la honra de tan insigne varón nos obliga a no
asegurar de un modo terminante lo del latrocinio, consignándolo tan
solo como un simple rumor.
Lo que sí no deja duda, por constar en papel sellado dentro de los
mismos archivos de la audiencia de Pamplona, es que el gran Navarro
entretuvo sus ocios y dio alimento a su arrebatada actividad y ardiente
fantasía, introduciendo por los Alduides tejidos de hilo y algodón,
en lo que, según su entender, no se ofendía a Dios, siendo claro
como el agua que ni en el Decálogo, ni en el Nuevo Testamento, ni
en ningún catecismo se dice nada contra el contrabando. Hacía esto
nuestro adalid, más que por propio lucro, por ayudar a los amigos,
por favorecer a unos cuantos pobrecitos que vivían de ello, por armar
camorra con los empleados del fisco y por dar palos. Esto era para
Garrote fuente de delicias físicas y morales sin término.
Al llegar aquí, y cuando después de enumeradas casi todas las
cualidades de hombre tan eminente, me encuentro enfrente de la más
importante, no puedo menos de alzar los ojos al cielo, cruzar las
manos, y decir: «¡Bendito sea Dios, que en una sola pieza puso
tantas y tan admirables prendas del alma y del cuerpo!» Ello era que
don Fernando Navarro, luego que heredó el mayorazguillo, y además
algunos pingües dineros que le dejaron dos tíos suyos venidos de las
Indias, retirose a la Puebla y allí se hizo un don Juan Tenorio. Su
arrogante figura, su garbo para vestir y su mucho gracejo para hablar,
su gran experiencia del mundo y diestra habilidad para engañar,
proporcionáronle adelantamientos fabulosos en la carrera.
Siendo al mismo tiempo muy liberal y dadivoso, así de dinero como
de palos, encontraba abiertos casi todos los caminos, y bien pronto
todo el condado de Treviño, toda Álava y aun parte de la Rioja,
llenáronse de víctimas en distintas edades y estados. Algunos disgustos
experimentó en diversas ocasiones; mas como era Garrote la persona más
poderosa en la villa, y casi, casi en la comarca; como tenía la llave
dorada, y aun se habló de que iba a recibir la merced de un título
de Castilla, todo se quedó en palabras y en dos o tres porrazos. Un
fraile francisco quiso con amonestaciones convertirle, librando de
azote tan fiero a los habitantes de la baja Álava y Rioja alavesa;
mas por una singularidad digna de ser mencionada en la historia, los
villanos todos, especialmente los más humildes, se pusieron de parte de
Fernando, hasta que el bendito fraile se cansó, y resolvió que lo mejor
era rezar por las agraviadas.
Lo que no puede pasarse en silencio es que hacia el fin de su carrera
don Pedro se casó, animándole a ello su propio interés y el de una
familia de Navarra que con la suya estaba genealógicamente entroncada.
Antes, mucho antes del matrimonio, había nacido un varón, que fue
reconocido con solemnidad. Sacó Carlitos, con el cariz y la figura
de su padre, muchas de las prendas de su alma, y singularmente el
valor y la generosidad, y creció el niño en la holganza, dedicándose
a ejercicios de fuerza, con descuido de la inteligencia, aunque la
tenía privilegiada. No mostró, como el progenitor, afición al galanteo
frívolo, y durante algunos años huía de las faldas como del demonio,
tanto, que creyeron iba derechito por el camino de la Iglesia; mas
de pronto resultó muy apasionado y tierno, y verificose radical
transformación en sus hábitos, y más que todo en su pensamiento. En
el transcurso de esta fiel historia irán saliendo muchas cosas que
ahora no conviene anticipar, y que completarán el conocimiento de este
benemérito joven, primero mojigato, guerrillero después, y adornado
siempre de estupendas cualidades.
Ahora lo que importa referir es que en 1812 tomó el gusto Carlitos a
las partidas, enamorándose de tal modo de aquella errante, gloriosa y
popular vida, que a vuelta de pocos meses era uno de los más bravos e
inteligentes soldados del bravísimo Longa, siendo tantas sus hazañas
que en la Puebla de Arganzón gozaba de más fama que en Macedonia el
Grande Alejandro. No está de más decir que, entre las causas que
determinaron a don Fernando a meter su cucharada en el negocio de la
guerra, no fue la menor cierta comezoncilla o, por ponerlo más claro,
cierta envidia del gran renombre de su hijo, y tenía la certidumbre
de que con solo echarse al campo eclipsaría con un solo arranque las
proezas de todos los fusileros de Longa, Mina y Pastor.
Conocidas así las personas, refiramos ahora lo que hablaron doña
Perpetua y el señor Garrote, mientras este, esperando a su hijo, al
cura Respaldiza y demás personas que debían acompañarle, se ocupaba en
limpiar el moho a varios trebejos, resto de su alborotada mocedad.
—Reflexione usted, señor Garrote —dijo la vieja apoyando las manos
en el palo y la barba en las manos—, sobre lo que tantas veces le
he dicho y ahora le repito. Un hombre lleno de pecados, que ha sido
el escándalo de un siglo y el Satanás de esta honrada villa, debe
ocuparse en arreglar sus largas cuentas con Dios para no presentarse
a Él desprevenido, con el libro de las deudas de su conciencia tan
embrollado y lleno de borrones.
—Cuando vuelva de la guerra, viejecita —repuso don Fernando
cariñosamente y con cierto respeto—, te prometo reconciliarme y poner
el mayor arreglo en mi libro.
—¡De la guerra! —exclamó la vieja moviendo la cabeza—; ¡y quién sabe si
esos pobres huesos molidos volverán como salen! ¡Semejante estafermo
no puede mantenerse sobre el caballo, y habla de matar franceses y
de ganar batallas! ¡Alabado sea el Señor! ¿No vale más que el señor
Garrote se esté quietecito en su casa? Yo vendré a hacerle compañía,
y nos regocijaremos hablando de los benditos tiempos pasados y de la
ruindad de los presentes, así como de la supina perversidad de los que
han de venir, trayendo seguramente el fin y ruina total del mundo.
—Viejecita —repuso don Fernando—, en sesenta años que he vivido no
he sentido gusto semejante al que ahora llena mi alma por la empresa
que voy a acometer... Ya, ya verán una mano pesada para el sable...
Seguramente los franceses tienen ya noticia de que me preparo...
—Si se preparara usted para una buena, larga y devota confesión que
fuera una limpia general de su alma, mejor sería... —dijo la santa
mujer.
—Hay muchos medios de limpiar el alma y dejarla como un espejo —afirmó
triunfalmente Garrote, esgrimiendo la espada y dando dos o tres tajos
en el aire—, muchas maneras, y de esto hablan los Santos Padres, según
creo, madrita; y si no hablan, es porque se les quedó en el tintero.
—No conozco más medio que el arrepentimiento.
—Verdad es que yo he pecado bastante —dijo el héroe—; pero ha sido sin
mala intención. Reconozco que he ofendido a Dios; pero si después de la
ofensa le sirvo, ¿el servicio no quita la ofensa?
La mujer del siglo miró con estupor al anciano, sin contestarle.
—Yo pequé —continuó este—; pero he aquí que la gran contienda entre
Dios y el demonio es llevada a los campos de batalla; he aquí que yo,
hombre un poco ligero de cascos, pero cristiano viejo y con una fe como
un templo, saco la espada y digo: «Señor, si mucho te ofendí, ahora te
consagro mi vida, y voy a morir en defensa de tu Iglesia o a matar a
todos tus enemigos.» Este acto, señora doña Perpetua, esta abnegación
mía por la causa de Dios, ¿no bastan a limpiarme, cual si echaran mi
alma en lejía?
—Según y cómo —respondió la anciana, confusa ante un problema nuevo
para ella, cuya solución no podía dar en definitiva—. Ejemplos hay de
guerreros insignes que han ido a ocupar lugar preferente en el cielo
solo por una buena batallita ganada contra herejes; pero no se dice que
tuvieran muchos pecados, ni que estuviesen impenitentes.
—¿Y qué más penitencia que la muerte en defensa de Cristo? —exclamó
el guerrero sintiéndose con más fuerza que su antagonista—. ¡Morir,
derramar uno su sangre por una causa, por una idea, por la religión,
por Dios!...
—¡Oh! sí, es verdad, sí, sí —dijo la vieja abrumada por esta lógica.
—¿Nuestro Señor Jesucristo no nos dio el ejemplo? ¿No redimió a todo
el género humano, y, muriendo, no limpió la gran mancha original, sin
dejar rastro de ella?
Al decir esto, el señor Garrote frotaba con verdadero frenesí la hoja
de acero, como si la herrumbre que tenía fuera la de su propia alma, y
aquel orín el inveterado orín de su propia conciencia.
—Es verdad —gruñó la vieja—. Vaya el señor don Fernando a la guerra, si
bien no estaría de más una confesión general y algún acto de reparación
para tranquilizar el alma de quien yo me sé, de un ángel de Dios, señor
don Fernando...
La beata fijó en Garrote sus penetrantes ojos negros, y Navarro frunció
ligeramente el ceño, demostrando que aquel tratado de los ángeles de
Dios no era muy de su agrado. Pero la santa mujer, hecha de muy antiguo
a reprender sin rebozo las faltas ajenas y a sentenciar en materia de
pecados con tanto aplomo como el Papa desde la silla del Pescador, no
hizo caso del avinagrado gesto de don Fernando, y dijo:
—Señor Lucifer, de todas las excelentes muchachas que usted perdió para
siempre, una sola existe en la Puebla de Arganzón; mas tan quebrantada
por los disgustos y la vergüenza de su desgracia, que es difícil
conocer en su abatido y ya viejo rostro a la hermosa hija de don Pablo
el Riojano.
—Bueno, bueno —dijo Garrote frotando con más fuerza—. ¿Y qué tengo yo
que ver con esa mujer?
—¡Conciencia empedernida! ¡Hombre sin entrañas! ¿No la perdió usted
para siempre? En Pipaón, hace veintidós años, todo el mundo sabía que
don Fernando Garrote tenía amores con la niña del Riojano, y se corrió
la voz de que se iban a casar. Desde entonces ha pasado mucho tiempo.
Vino doña Fermina a la Puebla hace dos años, traída por su mezquina
herencia y el enfadoso pleito que la dejará sin camisa que ponerse.
Pocos la tratan aquí, y en cuanto a sus tristes antecedentes, solo
yo, por confidencia que me ha hecho, correspondiendo a mis cristianos
consejos, sé que esta venerable y modesta mujer es la doncella engañada
hace más de veinte años en Pipaón, y que Salvadorcillo Monsalud es de
la propia carne, de la misma sangre y de los mismísimos huesos de este
tenebrario que tengo delante.
—¡Cuánto sabe la madre! —dijo don Fernando, frotando el arma hasta
desollarse los dedos—. Supe que Ferminilla había venido a la Puebla
hace dos años trayendo consigo a un muchacho revoltoso; pero como casi
todo el tiempo vivo en Peñacerrada, a ninguno de ellos he visto... y a
la verdad, no son muchas las ganas...
—Pues yo la veo todos los días. Yo la acompaño y consuelo de la amarga
tristeza que aún hoy sus desdichas y su atroz pecado le causan. Cuando
llegó aquí, picome la curiosidad. Viéndola tan piadosa, tan santa y
ejemplar, pues es mujer que no sale de su casa más que para ir a la
iglesia, solicité su amistad: conocí que era un alma abatida y que
necesitaba de mí. ¿Qué habría sido de ella sin mis consejos? Se los
di, pues; mi conversación le agradó en extremo, y abriome su corazón
confiándome todo, y especialmente la tristeza de su desgracia, cuyo
autor fue este señoritico precioso.
—Bien, ¿y qué? —dijo Navarro esforzándose en aparecer risueño,
y dejando a un lado la espada que estaba más limpia que alma de
bienaventurado—. Yo, la verdad, lo hice sin mala intención.
—¡Sin mala intención! —exclamó la beata con enojado semblante—. Sin
mala intención dicen que se rebeló Luzbel contra Dios. Esa buena
mujer es la criatura más desgraciada que existe en el mundo; y aunque
seguramente Dios la ha perdonado por su grande arrepentimiento y
continuo llorar, ella jamás se consuela, y ahora, con la reciente
desgracia del hijo que idolatraba, parece que va a entregar su alma al
Señor.
—Pues qué, ¿ha muerto su hijo? —preguntó Garrote con vivo interés.
—Se ha pasado a los franceses, lo cual es peor que morir —repuso doña
Perpetua—. Se ha pasado a los franceses, que es como morir el alma y
seguir viviendo el cuerpo para afrenta de la familia y de la nación...
Anoche mismo...
—¡Y dices que es hijo mío! —exclamó don Fernando con rabia, dando
fuerte patada en el suelo—. No, madrita: ese muchacho no tiene mi
sangre... Es mentira, ¡viven los cielos!
Iba a seguir protestando, cuando le interrumpió de súbito la presencia
de su hijo Carlos, que acababa de entrar.