XIII

El buen orden de esta historia pide que ahora dejemos a Monsalud, el

cual irá solo o acompañado a donde mejor le plazca y su triste destino

le lleve, y que volvamos los ojos y dirijamos nuestros pasos hacia

Carlos Navarro, quien, por lo que hasta ahora de él vimos, parece ha de

ser personaje de historia y digno de ser conocido más de cerca.

Singular era este hombre, y más singular aún su padre don Fernando

Navarro, vulgarmente conocido en la Puebla con el remoquete de don

Fernando Garrote, que de sus mayores pasó a él, sin que se pueda saber

por qué. Aseguraban los ancianos de la villa que siendo todos los

Navarros, desde las generaciones más remotas, hombres muy fuertes, y

a más de fuertes, algo pegones y amigos de dominar a los débiles y de

machacar sobre los humildes, debieron recibir por estas cualidades el

sobrenombre citado, que a maravilla les caía. Los últimos vástagos de

esta dinastía garrotil, son los que presentaremos ahora, eligiendo

para ello el momento en que, desocupada momentáneamente la Puebla por

los franceses, quiso don Fernando poner en ejecución su pensamiento de

ir a las partidas con Respaldiza, apretándole a ello la falta que él

pensaba hacía en el ejército su tardanza, según eran los agravios que

pensaba vengar, proezas que acometer, y cabezas que descalabrar.

Don Fernando vivía desde algún tiempo en una casa de campo hacia

Peñacerrada, donde había puesto fin a sus viajes y correrías, porque

los achaques y dolores en la trabajada osamenta eran ya obstáculo a su

fantasía siempre ardiente y a su corazón valeroso. Triste, solitario

y aburrido, dejaba pasar sus días en la vasta vivienda, aun en lo más

crudo de la guerra, hasta que por capricho o voluntariedad impropia ya

de sus años, resolvió variar de conducta. Para hacer los preparativos

de marcha, trasladose el 18 de junio a la Puebla, donde tenía su casa

solar, residencia habitual de su juventud y edad madura hasta los

últimos años. Allí vivía de ordinario su hijo, y un pariente pobre que

le administraba el mayorazgo, consistente en tierras de pan, algunas

viñas, y mucho monte en el término de Treviño.

Allí le tenemos, allí está nuestro gran don Fernando en una sala baja,

sentado en ancho sillón de vaqueta, con las piernas extendidas sobre

un banquillo. Ocúpase en limpiar la hoja de una luenga espada de taza,

hoja toledana y grandes gavilanes retorcidos. Frente a él, acurrucada

en una silla baja, está la que ya conocemos, incomparable y seráfica

doña Perpetua, observando con atención prolija al insigne varón.

Era don Fernando Navarro, o, si se quiere, don Fernando Garrote,

un hombre de más de sesenta años; de elevada estatura y bien

proporcionadas carnes; ni gordo ni flaco; arrogante en su madura edad;

de frente despejada; ojos vivos; los brazos y piernas vigorosos,

aunque ya nada listos a causa del mucho cansancio; ancha la espalda;

curva y airosa la nariz; blancas y pobladas las cejas, así como el

cabello; la piel rugosa y con largos bigotes retorcidos entrecanos,

que eran singular adorno de su fisonomía en aquellos tiempos en que

todo el mundo se rapaba el rostro. Tenía este hombre la apariencia

de un veterano de los antiguos tercios, héroe de las batallas de San

Quintín y de las Gravelinas, conquistador de medio mundo y saqueador

del otro medio desde Roma hasta Maestrich. Uníase a su belleza varonil

y majestuosa cierta expresioncilla insolente y de perdonavidas, y

parecía satisfecho de la superioridad que Dios le había dado sobre

el resto de los mortales. Observando su vanaglorioso ademán y porte

guerrero, viéndole tan convencido de que la humanidad existía para que

él probara sobre ella la fuerza de sus puños, se comprendía bien el

apodo de _Garrote_ que recibiera del vulgo. Lleváronlo sin ofenderse

sus antepasados, que también fueron tremebundos, y el don Fernando

respondía al mote y a veces firmaba con él.

Durante su juventud Navarro había guerreado bastantes años, primero

en la campaña contra Portugal hacia 1762, después en el bloqueo de

Gibraltar en 1779, y aun se asegura que por dar desahogo a su grande

afición militar tuvo sus amagos y vislumbres de bandolerismo en tiempo

de paz, lo cual es muy propio de españoles; pero esto debe acogerse con

prudente desconfianza, y la honra de tan insigne varón nos obliga a no

asegurar de un modo terminante lo del latrocinio, consignándolo tan

solo como un simple rumor.

Lo que sí no deja duda, por constar en papel sellado dentro de los

mismos archivos de la audiencia de Pamplona, es que el gran Navarro

entretuvo sus ocios y dio alimento a su arrebatada actividad y ardiente

fantasía, introduciendo por los Alduides tejidos de hilo y algodón,

en lo que, según su entender, no se ofendía a Dios, siendo claro

como el agua que ni en el Decálogo, ni en el Nuevo Testamento, ni

en ningún catecismo se dice nada contra el contrabando. Hacía esto

nuestro adalid, más que por propio lucro, por ayudar a los amigos,

por favorecer a unos cuantos pobrecitos que vivían de ello, por armar

camorra con los empleados del fisco y por dar palos. Esto era para

Garrote fuente de delicias físicas y morales sin término.

Al llegar aquí, y cuando después de enumeradas casi todas las

cualidades de hombre tan eminente, me encuentro enfrente de la más

importante, no puedo menos de alzar los ojos al cielo, cruzar las

manos, y decir: «¡Bendito sea Dios, que en una sola pieza puso

tantas y tan admirables prendas del alma y del cuerpo!» Ello era que

don Fernando Navarro, luego que heredó el mayorazguillo, y además

algunos pingües dineros que le dejaron dos tíos suyos venidos de las

Indias, retirose a la Puebla y allí se hizo un don Juan Tenorio. Su

arrogante figura, su garbo para vestir y su mucho gracejo para hablar,

su gran experiencia del mundo y diestra habilidad para engañar,

proporcionáronle adelantamientos fabulosos en la carrera.

Siendo al mismo tiempo muy liberal y dadivoso, así de dinero como

de palos, encontraba abiertos casi todos los caminos, y bien pronto

todo el condado de Treviño, toda Álava y aun parte de la Rioja,

llenáronse de víctimas en distintas edades y estados. Algunos disgustos

experimentó en diversas ocasiones; mas como era Garrote la persona más

poderosa en la villa, y casi, casi en la comarca; como tenía la llave

dorada, y aun se habló de que iba a recibir la merced de un título

de Castilla, todo se quedó en palabras y en dos o tres porrazos. Un

fraile francisco quiso con amonestaciones convertirle, librando de

azote tan fiero a los habitantes de la baja Álava y Rioja alavesa;

mas por una singularidad digna de ser mencionada en la historia, los

villanos todos, especialmente los más humildes, se pusieron de parte de

Fernando, hasta que el bendito fraile se cansó, y resolvió que lo mejor

era rezar por las agraviadas.

Lo que no puede pasarse en silencio es que hacia el fin de su carrera

don Pedro se casó, animándole a ello su propio interés y el de una

familia de Navarra que con la suya estaba genealógicamente entroncada.

Antes, mucho antes del matrimonio, había nacido un varón, que fue

reconocido con solemnidad. Sacó Carlitos, con el cariz y la figura

de su padre, muchas de las prendas de su alma, y singularmente el

valor y la generosidad, y creció el niño en la holganza, dedicándose

a ejercicios de fuerza, con descuido de la inteligencia, aunque la

tenía privilegiada. No mostró, como el progenitor, afición al galanteo

frívolo, y durante algunos años huía de las faldas como del demonio,

tanto, que creyeron iba derechito por el camino de la Iglesia; mas

de pronto resultó muy apasionado y tierno, y verificose radical

transformación en sus hábitos, y más que todo en su pensamiento. En

el transcurso de esta fiel historia irán saliendo muchas cosas que

ahora no conviene anticipar, y que completarán el conocimiento de este

benemérito joven, primero mojigato, guerrillero después, y adornado

siempre de estupendas cualidades.

Ahora lo que importa referir es que en 1812 tomó el gusto Carlitos a

las partidas, enamorándose de tal modo de aquella errante, gloriosa y

popular vida, que a vuelta de pocos meses era uno de los más bravos e

inteligentes soldados del bravísimo Longa, siendo tantas sus hazañas

que en la Puebla de Arganzón gozaba de más fama que en Macedonia el

Grande Alejandro. No está de más decir que, entre las causas que

determinaron a don Fernando a meter su cucharada en el negocio de la

guerra, no fue la menor cierta comezoncilla o, por ponerlo más claro,

cierta envidia del gran renombre de su hijo, y tenía la certidumbre

de que con solo echarse al campo eclipsaría con un solo arranque las

proezas de todos los fusileros de Longa, Mina y Pastor.

Conocidas así las personas, refiramos ahora lo que hablaron doña

Perpetua y el señor Garrote, mientras este, esperando a su hijo, al

cura Respaldiza y demás personas que debían acompañarle, se ocupaba en

limpiar el moho a varios trebejos, resto de su alborotada mocedad.

—Reflexione usted, señor Garrote —dijo la vieja apoyando las manos

en el palo y la barba en las manos—, sobre lo que tantas veces le

he dicho y ahora le repito. Un hombre lleno de pecados, que ha sido

el escándalo de un siglo y el Satanás de esta honrada villa, debe

ocuparse en arreglar sus largas cuentas con Dios para no presentarse

a Él desprevenido, con el libro de las deudas de su conciencia tan

embrollado y lleno de borrones.

—Cuando vuelva de la guerra, viejecita —repuso don Fernando

cariñosamente y con cierto respeto—, te prometo reconciliarme y poner

el mayor arreglo en mi libro.

—¡De la guerra! —exclamó la vieja moviendo la cabeza—; ¡y quién sabe si

esos pobres huesos molidos volverán como salen! ¡Semejante estafermo

no puede mantenerse sobre el caballo, y habla de matar franceses y

de ganar batallas! ¡Alabado sea el Señor! ¿No vale más que el señor

Garrote se esté quietecito en su casa? Yo vendré a hacerle compañía,

y nos regocijaremos hablando de los benditos tiempos pasados y de la

ruindad de los presentes, así como de la supina perversidad de los que

han de venir, trayendo seguramente el fin y ruina total del mundo.

—Viejecita —repuso don Fernando—, en sesenta años que he vivido no

he sentido gusto semejante al que ahora llena mi alma por la empresa

que voy a acometer... Ya, ya verán una mano pesada para el sable...

Seguramente los franceses tienen ya noticia de que me preparo...

—Si se preparara usted para una buena, larga y devota confesión que

fuera una limpia general de su alma, mejor sería... —dijo la santa

mujer.

—Hay muchos medios de limpiar el alma y dejarla como un espejo —afirmó

triunfalmente Garrote, esgrimiendo la espada y dando dos o tres tajos

en el aire—, muchas maneras, y de esto hablan los Santos Padres, según

creo, madrita; y si no hablan, es porque se les quedó en el tintero.

—No conozco más medio que el arrepentimiento.

—Verdad es que yo he pecado bastante —dijo el héroe—; pero ha sido sin

mala intención. Reconozco que he ofendido a Dios; pero si después de la

ofensa le sirvo, ¿el servicio no quita la ofensa?

La mujer del siglo miró con estupor al anciano, sin contestarle.

—Yo pequé —continuó este—; pero he aquí que la gran contienda entre

Dios y el demonio es llevada a los campos de batalla; he aquí que yo,

hombre un poco ligero de cascos, pero cristiano viejo y con una fe como

un templo, saco la espada y digo: «Señor, si mucho te ofendí, ahora te

consagro mi vida, y voy a morir en defensa de tu Iglesia o a matar a

todos tus enemigos.» Este acto, señora doña Perpetua, esta abnegación

mía por la causa de Dios, ¿no bastan a limpiarme, cual si echaran mi

alma en lejía?

—Según y cómo —respondió la anciana, confusa ante un problema nuevo

para ella, cuya solución no podía dar en definitiva—. Ejemplos hay de

guerreros insignes que han ido a ocupar lugar preferente en el cielo

solo por una buena batallita ganada contra herejes; pero no se dice que

tuvieran muchos pecados, ni que estuviesen impenitentes.

—¿Y qué más penitencia que la muerte en defensa de Cristo? —exclamó

el guerrero sintiéndose con más fuerza que su antagonista—. ¡Morir,

derramar uno su sangre por una causa, por una idea, por la religión,

por Dios!...

—¡Oh! sí, es verdad, sí, sí —dijo la vieja abrumada por esta lógica.

—¿Nuestro Señor Jesucristo no nos dio el ejemplo? ¿No redimió a todo

el género humano, y, muriendo, no limpió la gran mancha original, sin

dejar rastro de ella?

Al decir esto, el señor Garrote frotaba con verdadero frenesí la hoja

de acero, como si la herrumbre que tenía fuera la de su propia alma, y

aquel orín el inveterado orín de su propia conciencia.

—Es verdad —gruñó la vieja—. Vaya el señor don Fernando a la guerra, si

bien no estaría de más una confesión general y algún acto de reparación

para tranquilizar el alma de quien yo me sé, de un ángel de Dios, señor

don Fernando...

La beata fijó en Garrote sus penetrantes ojos negros, y Navarro frunció

ligeramente el ceño, demostrando que aquel tratado de los ángeles de

Dios no era muy de su agrado. Pero la santa mujer, hecha de muy antiguo

a reprender sin rebozo las faltas ajenas y a sentenciar en materia de

pecados con tanto aplomo como el Papa desde la silla del Pescador, no

hizo caso del avinagrado gesto de don Fernando, y dijo:

—Señor Lucifer, de todas las excelentes muchachas que usted perdió para

siempre, una sola existe en la Puebla de Arganzón; mas tan quebrantada

por los disgustos y la vergüenza de su desgracia, que es difícil

conocer en su abatido y ya viejo rostro a la hermosa hija de don Pablo

el Riojano.

—Bueno, bueno —dijo Garrote frotando con más fuerza—. ¿Y qué tengo yo

que ver con esa mujer?

—¡Conciencia empedernida! ¡Hombre sin entrañas! ¿No la perdió usted

para siempre? En Pipaón, hace veintidós años, todo el mundo sabía que

don Fernando Garrote tenía amores con la niña del Riojano, y se corrió

la voz de que se iban a casar. Desde entonces ha pasado mucho tiempo.

Vino doña Fermina a la Puebla hace dos años, traída por su mezquina

herencia y el enfadoso pleito que la dejará sin camisa que ponerse.

Pocos la tratan aquí, y en cuanto a sus tristes antecedentes, solo

yo, por confidencia que me ha hecho, correspondiendo a mis cristianos

consejos, sé que esta venerable y modesta mujer es la doncella engañada

hace más de veinte años en Pipaón, y que Salvadorcillo Monsalud es de

la propia carne, de la misma sangre y de los mismísimos huesos de este

tenebrario que tengo delante.

—¡Cuánto sabe la madre! —dijo don Fernando, frotando el arma hasta

desollarse los dedos—. Supe que Ferminilla había venido a la Puebla

hace dos años trayendo consigo a un muchacho revoltoso; pero como casi

todo el tiempo vivo en Peñacerrada, a ninguno de ellos he visto... y a

la verdad, no son muchas las ganas...

—Pues yo la veo todos los días. Yo la acompaño y consuelo de la amarga

tristeza que aún hoy sus desdichas y su atroz pecado le causan. Cuando

llegó aquí, picome la curiosidad. Viéndola tan piadosa, tan santa y

ejemplar, pues es mujer que no sale de su casa más que para ir a la

iglesia, solicité su amistad: conocí que era un alma abatida y que

necesitaba de mí. ¿Qué habría sido de ella sin mis consejos? Se los

di, pues; mi conversación le agradó en extremo, y abriome su corazón

confiándome todo, y especialmente la tristeza de su desgracia, cuyo

autor fue este señoritico precioso.

—Bien, ¿y qué? —dijo Navarro esforzándose en aparecer risueño,

y dejando a un lado la espada que estaba más limpia que alma de

bienaventurado—. Yo, la verdad, lo hice sin mala intención.

—¡Sin mala intención! —exclamó la beata con enojado semblante—. Sin

mala intención dicen que se rebeló Luzbel contra Dios. Esa buena

mujer es la criatura más desgraciada que existe en el mundo; y aunque

seguramente Dios la ha perdonado por su grande arrepentimiento y

continuo llorar, ella jamás se consuela, y ahora, con la reciente

desgracia del hijo que idolatraba, parece que va a entregar su alma al

Señor.

—Pues qué, ¿ha muerto su hijo? —preguntó Garrote con vivo interés.

—Se ha pasado a los franceses, lo cual es peor que morir —repuso doña

Perpetua—. Se ha pasado a los franceses, que es como morir el alma y

seguir viviendo el cuerpo para afrenta de la familia y de la nación...

Anoche mismo...

—¡Y dices que es hijo mío! —exclamó don Fernando con rabia, dando

fuerte patada en el suelo—. No, madrita: ese muchacho no tiene mi

sangre... Es mentira, ¡viven los cielos!

Iba a seguir protestando, cuando le interrumpió de súbito la presencia

de su hijo Carlos, que acababa de entrar.

El equipaje del rey José · 第 15 / 31 题