—Bien: ¿y qué más da que seas guerrillero? Eso prueba que eres valiente
—declaró el otro con aflicción.
—¿Sabes lo que haré si te vuelvo a encontrar junto a las tapias de la
casa de Jenara, o si la miras, o si hablas de ella en público, siquiera
digas solamente que la has conocido?
—¿Qué?
—Cortarte las orejas... Conque adiós.
Dicho esto volvió la espalda y se alejó tranquilamente, dejando a
Salvador perplejo y dudoso entre aceptar aquel inopinado desenlace de
la contienda o arremeter tras su enemigo para herirle. Una ira loca
sucedió a las dolorosas dudas, y, siguiendo a Carlos, gritó con toda la
fuerza de sus pulmones:
—¡Navarro, eres un cobarde!
El guerrillero volvió atrás, y con provocativa flema le dijo:
—Como están cerca tus amigos; como se les ve desde aquí y podrían venir
al menor ruido, te has vuelto tan bravo que si te vieran los gatos de
la vecindad, temblarían de miedo.
—Navarro —exclamó Monsalud con frenético coraje—, toma mi sable.
Espérame un instante, un instante no más, mientras voy a que un amigo
me preste el suyo. Entonces me podrás decir lo que te acomode, y yo
morir o cerrarte para siempre esa boca insolente.
—Salvador —gritó Navarro comenzando a perder la enfática serenidad que
mostraba—, no me provoques con tus ladridos... Te he perdonado y me
insultas, te desprecio y me sigues. Tanto me buscarás, que al fin has
de encontrarme.
Con rápido movimiento se desembozó, dejando en tierra la linterna.
—No tienes tú la culpa —dijo—, sino quien, sabiendo lo que eres, baja
de noche a hablar contigo por la reja de la huerta. Jenara no te
conocía, sin duda, o la engañaste con torpes embustes.
—Dime todo eso con una espada, con una pistola, con tu sangre, malvado
—clamó Monsalud rugiendo de ira—, y te contestaré lo que mereces.
—Pues sea —gritó Carlos, y en el mismo momento oyose sonar el chasquido
del resorte de una navaja, cuya larga hoja brilló en la oscuridad.
—Yo también traigo la mía —dijo con júbilo Monsalud, arrojando el
sable—. Navarro, defiéndete.
Envolvían en el siniestro brazo el uno su capote y el otro su capa,
cuando se oyeron pisadas y luego voces alegres que por un callejón
cercano se acercaban.
—Son franceses —dijo Navarro, pateando con furia.
—¿Franceses? ¿Y qué importa? Seguirán su camino. Adelante, pues.
—Traidor —gritó el guerrillero—, me has traído a donde están tus amigos.
—Vamos a donde quieras; elige sitio —repuso el jurado apresurándose a
partir.
Apenas dieron algunos pasos en la dirección que indicara Navarro
marchando delante, cuando se vieron detenidos por media docena de
franceses, borrachos todos como cubas, los cuales, reconociendo al
punto a Monsalud, le rodearon, y con gritos y vociferaciones del peor
gusto le saludaron.
—Dejadme, dejadme solo, amigos —dijo este.
—¿Quién es este bravo mozo? —gritó un francés dirigiéndose a Navarro.
—¡Ah! ¿tenéis pendencia?
—Echad mano al paisano y llevémosle al cuerpo de guardia —dijo un
francés.
—Al que le toque —vociferó Monsalud resguardando con su cuerpo el de su
enemigo— le mataré como a un perro.
—¡Oh! ¡qué bríos! —gruñó otro francés.
—Vaya, basta de disputas —chilló un tercero—, y vénganse los dos a la
taberna con nosotros.
—Tenemos que hacer en otra parte... Sigan ustedes adelante...
—Están desafiados... Ved las navajas.
Ambos contendientes cerraron y guardaron las armas.
—¿Desafío? —dijo uno que tenía la charretera de sargento—. Ahora mismo
van a ir los dos al cuerpo de guardia. ¿Conque desafío? A fe de
Jean-Jean que no consiento tal cosa.
—¡A la taberna, a la taberna!
Apareció entonces otro grupo de franceses que se unió al primero.
—Vamos, ven acá, farsante —gritó Jean-Jean asiendo a Monsalud por el
brazo y tratando de llevárselo consigo.
—Señor espantajo —indicó un jurado amenazando al guerrillero—, o toca
usted tablas ahora mismo, o le pondremos a la sombra.
Navarro calló, sofocando su coraje; pero acariciaba la navaja,
dispuesto a atravesar al primero que osase ponerle la mano encima.
Salvador, desasiéndose con no poco trabajo de los que entorpecían sus
movimientos, se acercó a Navarro, y comprendiendo que la situación de
este no era muy satisfactoria, dijo en voz alta:
—Señores, déjenme hablar dos palabras a solas con este amigo, y después
nos iremos juntos a la taberna.
—Si me dan tiempo para ir a buscar a dos de mis amigos, a dos nada más
—le dijo Navarro en voz baja—, daré cuenta de ti y de esos borrachos.
—Carlos —repuso Monsalud—, ponte en salvo. Nada podemos hacer por esta
noche. Estos majaderos no nos dejarán solos.
Trémulo de coraje, el guerrillero no contestó nada.
—Señala sitio y hora para mañana, para pasado mañana, para cuando
quieras.
—El sitio y la hora en que nos volvamos a encontrar —respondió Carlos
echando fuego por los negros ojos.
—El sitio y la hora en que nos volvamos a encontrar —repitió Monsalud
con febril resolución—. Por la noche, y por Dios que la hizo, juro que
así será.
—Me voy —dijo Navarro con sarcasmo—. Tus amigos te han salvado esta
noche... Ahora, cuando yo vuelva la espalda, azúzalos contra mí.
Sin más palabras ni hechos, Navarro se internó a buen paso por una
oscura y solitaria calle; y como algunos de los franceses allí
presentes quisieran ir tras él, púsose Monsalud entre ambas esquinas de
la angosta vía, y con determinación firmísima dijo a sus camaradas:
—El que quiera seguirle tiene que pasar sobre mi cuerpo.
Cuando Jean-Jean y comparsa se empeñaban en llevar a Salvador a la
taberna, este iba en tal estado de sombrío estupor y excitación mental,
que a las palabras de sus amigos respondía tan solo:
—¡Él guerrillero, yo francés!...¡Yo francés, él guerrillero!... ¡El
blanco, yo negro!... ¡Él cielo, yo tierra! ¡Si ese hombre fuera Dios,
yo quisiera ser el demonio!