—Mátale —repitió alejándose la voz, al mismo tiempo dulce y guerrera—,
mátale por embustero y traidor.
Monsalud, al oírla, sintió en su corazón frío de muerte; sintiose
cobarde; zumbó en su cerebro la sangre inflamada; su brazo era un
estropajo inerte que apenas podía mover el sable, aquel hierro, trocado
en caña inútil por la súbita congoja del alma... El universo entero se
le había caído encima.
—No tengo armas —dijo Navarro sin dar un paso hacia adelante ni hacia
atrás y soltando la linterna—. Puesto que no puedo ni quiero batirme
contigo en lid de caballeros, asesíname, francés; ese es tu oficio.
Asesina al guerrillero de Andía y la Borunda.
La serenidad grave y un poco petulante de aquel hombre; el mirar fijo
de sus ojos; su hermosa estatura; la capa que de los hombros le caía
hasta los pies, dándole el aspecto de una estatua negra, trastornaron
a Monsalud más de lo que estaba. ¿Por qué no decirlo? Tenía miedo,
un pavor semejante al que infunde la superstición. Todo cuanto veía
parecíale sobrenatural, obra del demonio, obra de Dios tal vez.
Sobreponiéndose a su espanto, dijo:
—Es mentira, la traes bajo tu capa. ¿Tienes miedo?
Con esta pregunta pensó sacarle de su fría impasibilidad; mas el otro,
sonriendo con desdén, replicó:
—Salvador, guarda ese chisme y vete con los tuyos.
—Mátale, mátale por traidor y embustero —gritó más lejos, desde la
casa y junto a la puerta que daba al jardín la voz divina y furiosa de
Jenara.
Un hecho es este cuyo tenebroso misterio no penetrará jamás con
exactitud el observador; pero es indudable que la pasión amorosa,
confundida con el arrebatado sentimiento patriótico que en el alma
de la mujer produce fenómenos extraordinarios, durante las grandes
guerras de raza, está sujeta a veleidades casi increíbles. El fanatismo
de Jenara hizo de ella, en la ocasión crítica que se narra, un ser
espantoso; pero ¿es posible pronunciar la última palabra sobre la
vengativa saña de su alma exaltada, sin deslindar lo que de sublime y
de perverso había en los sentimientos que precedieron a la tremenda
explosión? La pavorosa figura bella y terrible, que pedía la muerte
de un hombre, pocos minutos antes amado, encaja muy bien dentro del
tétrico cuadro de la época, en la cual las pasiones humanas exacerbadas
conducían a los hechos heroicos y a los mayores delirios. Había en
Jenara una entereza romana que de ningún modo podía ser completamente
odiosa: en sus odios, lo mismo que en sus amores, no se quedaba nunca a
medias.
—Tiene razón —dijo de súbito Monsalud arrojando el arma—. Yo soy el que
debe morir. ¡Navarro, ahí tienes mi sable! Da gusto a Jenara.
Navarro recogió el sable y, entregándolo a su rival, le habló así:
—Te he dicho que te marches a tu campamento. Ni una palabra más. No
gusto de conversación.
En el mismo instante sonaron dentro de la casa voces de alarma.
—¡A ese! ¡al francés!... ¡al renegado! —gritaban voces distintas.
Viéronse luces, abriéronse puertas y aparecieron algunos hombres y
mujeres con escopetas y palos.
—¡Al pozo con él! —gritó uno.
—¡Ahorcarle!... venga la cuerda —gritó otro.
—Meterle en el horno —vociferó un tercero.
De las casas vecinas salió más gente; aparecieron grupos por la
calleja, de tal modo y con tanta presteza, que Monsalud se vio
amenazado por una ruidosa caterva de personas de todas clases.
—¡Muerte al francés! —gritaban.
Recobrando su ánimo, el jurado se apercibió para defenderse.
La voz de Jenara repitió a lo lejos con estridente aullido, que parecía
proceder de la garganta de un ángel de exterminio, flotante en el negro
espacio sobre el lugar de la escena, las siguientes palabras:
—¡Por traidor y embustero!
Hubiéralo pasado muy mal, perdiendo seguramente la vida el pobre
jurado, si su propio rival no le defendiese de aquella turba rabiosa,
apartando a unos, haciendo callar a otros, y repartiendo a diestro y
siniestro empujones y porrazos.
—Nosotros no asesinamos —gritó—. Dejen libre a este pobre hombre que se
va a su campamento.
Pero ya que no podían acabar con él, siguieron azuzándole con la soez
valentía del número. Protector y protegido, sin dejar por eso de ser
encarnizados enemigos, caminaron largo trecho, abriéndose paso con
dificultad. Gracias a la hora tardía y oscuridad de aquellos lugares,
no acudió más gente al alboroto, que si acudiera, mal lo habría pasado
el del uniforme francés a pesar de hallarse tan cerca sus amigos.
Felizmente para Salvador, a medida que avanzaban, disminuía la molesta
chusma, hasta que al fin, después de andar largo trecho hacia una
de las puertas de la villa, donde se distinguían las fogatas y se
escuchaba el rumor de las fuerzas acampadas, la ruin turba quedó
reducida a media docena de hombres. Navarro les aplacaba y despedía uno
por uno, logrando al cabo quedarse solo con la víctima. Más abrumaba a
Monsalud la nobleza que demostrara en la referida ocasión su enemigo
que los insultos con que le vituperó poco antes.
—Estamos solos —dijo cuando llegaron a la plazoleta inmediata a la
puerta que da paso al puente del Zadorra—. Navarro, agradezco tu
generosidad. Quieres matarme en buena lid, y no has permitido que me
asesinen esos bárbaros. Solos estamos. ¿Es cierto que no traes armas?
—Ya lo he dicho —replicó el otro.
—Lo creo; eres valiente y sé que no las ocultarías por cobardía.
¿Insistes en no batirte conmigo? No me he pasado a los franceses:
antes de servirles, yo no había tomado las armas por ninguna causa.
Mi destino lo ha querido así; pero no estoy deshonrado. Mi desgracia,
mi abandono, mi pobreza, lleváronme a las filas del enemigo, y la
deshonra consistiría en abandonarlas en el peligro... Ve, pues, en
busca de tus armas; aquí te espero.
—No quiero —repuso Navarro con sequedad—. Ya te he dicho que sigas tu
camino.
Y luego, con expresión de orgullo que Monsalud no acertaba a
explicarse, añadió:
—Soy guerrillero.