Para mayor claridad de sucesos que han de venir, Dios mediante, no
estará de más referir algunos antecedentes relativos a las principales
personas de esta historia. Era doña Fermina natural de Pipaón y rama
del tronco de una honradísima o hidalga familia; mas Dios quiso que
en ella y su hermano tuviese fin el lustre de su casa, pues quedando
huérfanos en edad temprana, mientras él derrochaba en Madrid toda la
fortuna paterna, sufrió ella una desgracia irreparable que por siempre
la condenó a la oscuridad y a la vergüenza, con lo cual acabó para el
mundo, y en el olvido quedaron las nobles prendas de su alma y superior
mérito.
Una herencia de poquísimo valor y un pleito enfadoso la obligaron
a establecerse en la Puebla en 1811. Vivía allí con modestia y muy
retirada; pero la trataban algunas personas, y entre ellas asiduamente
doña Perpetua y el cura, que bien pronto ejercieron en su ánimo grande
influencia, convidándoles a ello la gran sencillez y bondad de la
piadosa mujer. Doña Fermina no era vieja aún; pero habíala desfigurado
la negra tristeza que en todos tiempos llenaba su alma, y, finalmente,
el pesar por la ausencia de su hijo. Los amores de este con cierta
joven de la villa, y sus cuestiones y disputas con otro muchacho, hijo
de acomodados padres, obligaron a doña Fermina a enviarle a Madrid,
donde hizo lo que ya sabemos, y se entregó en cuerpo y alma a los
franceses.
Después de la conferencia antes referida, salió Monsalud a la calle y
vagó por las principales del lugar, tan ocupado por sus pensamientos
que a nada atendía, ni paró la atención en la mucha gente que le
miraba. Su entereza había sido muy quebrantada por la lastimosa
escena de la mañana, y la deserción que antes le parecía un hecho
deshonroso, contra el cual a voces protestara su pura conciencia,
se le representaba al fin no solo como natural, sino como en alto
grado laudable y meritorio. El grande amor que a su madre tenía,
y el prestigio de las dos religiosísimas personas de que se ha
hecho mención, habían trastornado sus ideas, abierto nuevas vías a
su pensamiento, y cambiado el modo de ver las cosas de la vida y
especialmente de la guerra.
«Es indudable —dijo para sí—, que el deber que hacia mi patria tengo
anula todos los demás deberes... Al nacer contraje con mi patria el
compromiso tácito de defenderla, y este compromiso anula también todos
los juramentos posteriores... Váyanse los franceses con doscientos mil
demonios... ¿Pero una conciencia honrada puede consentir el abandono
traidor de los que nos han hecho un beneficio, y el hacer armas contra
ellos, aunque sea en las filas de la patria? No; en caso de desertar
renunciaré a mis grados militares, romperé mis charreteras y, dejando
a los franceses, me retiraré a mi casa resuelto a no volver a tomar un
fusil en la mano.»
Así discurría, balanceando su voluntad de un lado para otro, pero
inclinándose más del lado de la deserción. Al fin sus pensamientos
tomaron vuelo por distintos espacios, y puso en olvido a franceses y
españoles. En aquel mar agitado de sus ideas sobrenadó lo que sobrenada
siempre, y todo lo demás se fue al fondo. Mirando las verdes copas de
árboles que se elevaban sobre los tapiales viejos de una huerta entre
irregulares tejados, dijo hablando consigo mismo:
«¿Estás ahí, Jenara? Todo sigue lo mismo: árboles, casa, cielo y
tierra, el aire y el sol, y lo mismo también mi corazón, que antes
dejará de latir que de quererte.»
Los redobles de tambor que sonaron en las inmediaciones del pueblo le
obligaron a seguir adelante.
«Como la división no se pone en marcha hasta mañana temprano —dijo—,
tengo tiempo de pensar lo que debo hacer; vamos al campamento y esta
noche... Esta noche veré a Jenara aunque me sea preciso degollar a su
madrastra y ahorcar a su abuelo.»
Pensándolo así, fue al campamento llamado por su obligación; mas
nada le ocurrió en él digno de contarse, por lo cual apresuramos la
narración, acortando el día y transportando a nuestros lectores a la
apacible y oscura noche, cuando Monsalud dirigiose solo y con el alma
llena de ansiedades entre dulces y dolorosas, a los mismos tapiales de
tierra que por la mañana vimos, descollando sobre ellos la frondosa
arboleda de una huerta.
Llegó el joven, y reconocidos los contornos de la casa para ver
si alguien le observaba, cerciorado al fin de que en las callejas
contiguas no había curiosos ni rondadores, tomó una piedrecilla y la
arrojó contra la única ventana de la casa que a la huerta daba. Luego
articuló hábilmente unos silbidos que parecían el canto de un pájaro
nocturno; mas ninguna señal de la casa contestó a su extraña música
hasta la tercera repetición.
Abriose al fin la ventana; pero no conociendo Salvador la persona que
en el oscuro hueco apareciera, y receloso de que fuera el suspicaz
abuelo o la vigilante madrastra, calló y ocultose en las densas sombras
que proyectaban las cercanas paredes. Poco después creyó sentir
pasos en la huerta y el tenue ruido de las matas que se rozaban unas
con otras apartándose para dar paso a un vestido. Acercose entonces
muy quedito a la empalizada que protegía la entrada de la huerta, y
que en sus tablas carcomidas tenía grietas, agujeros y hendiduras
suficientes para dar paso libre a la palabra durante la noche y aun a
la vista durante el día. Conocía el joven aquellos viejos maderos, la
disposición de sus huequecillos y claros como se conoce el traje que se
ha usado muchos años. Al pegarse a ellos, su corazón más que su oído le
dio a entender que por dentro suspiraba una persona.
—Generosa —dijo aplicando los labios a una juntura por donde
difícilmente podía pasar un dedo.
—Salvador —repuso desde el contrario lado una dulce y conmovida voz,
como gemido del viento entre las hojas—. ¿Eres tú?
—Aquí estoy, siempre tuyo, siempre queriéndote, muriéndome, Jenara,
por ti —dijo Monsalud oprimiendo su cuerpo contra las frías y duras
tablas—. Dime si me has olvidado, si quieres a otro. Jenara, estás aquí
y no puedo verte. ¡Maldita noche!... ¿Me has olvidado? ¿Me quieres
todavía?
—Sí —repuso desde dentro la dulce voz—, te quiero. ¿Por qué has estado
tanto tiempo sin escribirme? ¡Cuánto me has hecho llorar!
—Jenara —murmuró el joven apoyando su frente abrasada sobre la
madera—, mete tus deditos por esta rendija de la derecha.
Dos blancos dedos aparecieron, por la rendija, moviéndose como dos
culebritas. Monsalud, después de imprimir en ellos amorosos besos, los
estrujó entre sus manos, hasta que la muchacha los retiró diciendo:
—Me lastimas, Salvador.
—Jenara, soy muy desgraciado, soy el más infeliz de los hombres. Déjame
que te vea, pues viéndote, aunque sea un momento, me será menos penosa
la vida.
—¿Por qué eres desgraciado?
—¿Por qué...? —repuso el joven vacilando—, porque no te veo, porque tu
abuelo y tu madrastra no quieren que seas para mí... Jenara, por Dios,
rompamos estas tablas.
—¿Estás loco? Deja las tablas como están y hablemos. Aún no sé si podré
estar aquí mucho tiempo.
—¿Los de tu casa duermen?
—Sí; pero mi abuelo tiene el sueño muy ligero, y como todos hemos de
madrugar mañana para ir a Vitoria, se ha acostado vestido, y al menor
ruido, Salvador, saldría como un león.
—¿Te vas a Vitoria?
—Sí; el abuelo teme que los franceses destruyan esta villa. Allá
estamos más seguros... ¿Irás tú por allá?
—Tal vez.
—Pero no me has dicho las causas de tu desgracia. Yo también soy
desgraciada. Tengo un pesar que me destroza el alma. ¿Sabes por qué?
Porque te quiero, Salvador —dijo la muchacha con acento quejumbroso—,
porque te quiero mucho, porque desde hace dos años, desde que tú y tu
madre vinisteis a estableceros en esta villa, te estoy queriendo.
—¿Lloras, Jenara? —preguntó Monsalud, oyendo los sollozos de su amiga.
—Sí, lloro... Pero de ti depende que me muera de dolor o que sea muy
feliz. Respóndeme.
—¿A qué?
—Salvador, Salvador de mi alma, en la Puebla se ha dicho que te habías
pasado a los franceses. Hoy mismo dijo mi abuelo que estabas entre
los vándalos que llegaron anoche. Yo no he querido creerlo; se me ha
resistido creerlo. Dime si es verdad, dime si te has pasado a los
franceses; y si es cierto, Salvador, no volverás a oír una palabra de
mi boca, ni me verás. Jenara ha muerto para ti. Jenara te aborrece.
Monsalud se quedó yerto y frío y sin habla. Helado sudor corría por su
frente.
—Jenara —dijo haciendo un esfuerzo para atraer la palabra de su agitado
corazón a sus trémulos labios—, ¿por qué has de tomar tan a pechos...?
—Contéstame pronto —repitió la voz.
El joven vaciló un momento y después dijo:
—Pues bien: es mentira.
—¡Salvador, has dicho que es mentira! —exclamó Jenara alzando la voz—.
¡Bendita sea tu boca! ¡Bendita sea tu alma! Todo mentira; invenciones
de la gente, envidia también de tus buenas prendas.
—Invenciones, envidia —repitió sordamente Salvador.
—Pues tú me lo dices, lo creo —dijo la muchacha—. Nunca me has dicho
sino la verdad. No sé de dónde ha sacado la gente tal noticiota.
Dijeron que te habían visto hoy por el pueblo vestido con un uniforme
verde y un sombrero de piel.
Monsalud calló.
—Hace un momento, Salvador mío, me quedé dormida; soñé primero con tu
uniforme verde y tu sombrero de piel, adornado con un águila dorada.
¡Me causabas horror! A pesar de tanto como te he querido, viéndote de
aquel modo me parecías el más aborrecible, el más espantoso de los
hombres.
Salvador sentía en su garganta un cerco de hierro que le ahogaba. Era
la gola con la insignia imperial. Bajando hasta su pecho le mordía el
corazón, y el águila majestuosa que exornaba su frente no le hubiera
quemado el cerebro con más violencia si fuera una llama. El desgraciado
joven sentía en su interior una ansiedad semejante a la agonía que
precede a la muerte.
—Pero después —prosiguió la joven—, tuve otro sueño mejor. Soñé que
lo de pasarte a los franceses era mentira, como has dicho; soñé que
volvías a la Puebla vestido de paisano, pobre, pero con honra; que
volvías después de haber estado combatiendo con los franceses en las
filas de Longa, de Pastor o de Mina... ¿Estás de paisano? Cuéntame lo
que has hecho durante ausencia tan larga.
—Todo te lo contaré. Pero dime: si yo hubiera cometido la infamia,
la deslealtad, la alevosía de servir a los franceses, ¿es cierto que
habrías aborrecido al pobre Salvador, que lo mismo te quiere hoy que
ayer?
—No me lo digas —contestó la joven—. ¿Por qué se quiere a las personas?
¿Por el rostro? No lo creas. Se quiere a las personas por las prendas
del alma, por el valor, por la honradez, por la generosidad, por la
lealtad, por la dignidad, por la nobleza.
Monsalud no oía estas palabras. Sentíalas en su corazón como saetas que
se lo atravesaban de parte a parte.
—El que en una guerra como esta —continuó la joven— da de lado a sus
hermanos que están matándose por echar a los franceses; el que ayuda
a los enemigos, a esa caterva de herejes, ladrones y borrachos, es un
traidor cobarde, un ser despreciable, un Judas. Los perros de España
merecen más consideración que el que tal vileza comete. Si tú la
cometieras, Salvador, no solo te aborrecería, sino que me mataría la
vergüenza de haberte querido.
Monsalud apuró con resignación este cáliz de amargura. Las palabras de
la fogosa doncella, juntamente con el recuerdo de la escena ocurrida en
la casa materna, le hicieron comprender la inmensidad del sentimiento
patrio. Todo lo que en este hay de violento y salvaje desaparece
ante la grandeza de su lógica. Contra aquello, ¿qué podían José ni
Napoleón con todos sus ejércitos? Sobre aquel sentimiento, sobre aquel
odio de las muchachas a todo el que no fuera patriota, descansaba la
inmortalidad nacional, como una montaña sobre sus bases de granito.
Monsalud lo vio todo: vio aquel gigante cruel y sublime, salvaje,
pero grandioso, y se inclinó ante él abrumado, vencido, resignado,
comprendiendo su propia miseria y la magnitud aterradora de lo que
tenía delante.
—Jenara —dijo con voz conmovida—, mete tus deditos por esta rendija. Me
muero de dolor; soy el más desgraciado de los hombres.
—¿Por qué? —dijo Jenara poniendo su alma en las yemas de los dedos y
echándola a la calle—. Yo estoy contenta... ¿Pero Salvador, qué es esto
que toco? Un botón de metal, y otro, y otro. ¿Tienes uniforme?
—Me compré un chaquetón en Valladolid, cuando venía para acá —repuso
turbado el militar—. Así se usan hoy.
—Salvador, ahora que te has movido, ha sonado contra el suelo una cosa
de hierro. Parece un sable.
—¿Pues no te dije que lo tenía? Sí; me lo dieron unos guerrilleros en
Nájera.
—¿Has estado con los guerrilleros? —preguntó la joven con entusiasmo—.
¡Y no me lo habías dicho! ¡Oh, con los guerrilleros! ¡Bendígalos
Dios!... Salvador, entra tu mano por este agujero grande que hay más
arriba... ¿Conque has estado con los guerrilleros?
La mano de Monsalud pasó de la calle al jardín, y el joven sintió sobre
ella los labios de Jenara, quemándole como ascuas, que se le metían
por las venas adentro hasta el mismo corazón.
—Salvadorcillo —dijo la joven, acariciando la mano de su amigo—, ¿esta
mano ha matado muchos franceses?
A Monsalud, después del anterior fuego, se le heló la sangre en las
venas al oír esto.
—Siempre que oigo contar hazañas de guerrilleros —prosiguió Jenara—,
me acuerdo de ti. A todos me les figuro como tú, y me parece que nadie
puede ganarte en valentía. Sueño con las sangrientas batallas en que
perecen muchos franceses. ¡Ay!, si yo fuera hombre, no quedaría con
vida ni uno solo de esos perros. Cuando voy a la iglesia y oigo al
cura contarnos en el púlpito las ventajas de los guerrilleros; cuando
vienen a casa los amigos de mi abuelo y hablan de las batallas ganadas
por Longa y Mina, no puedo apartar de ti mi pensamiento. Me moriría
de felicidad si oyera tu nombre entre tantas maravillas de valor. Los
buenos soldados de España se me representan como San Miguel, ángeles
armados y hermosos que destrozan al dragón. ¿Eres tú de esos, Salvador;
eres tú un San Miguel? —añadía con exaltación admirable—. Dime que sí,
y te querré más todavía. Dime que has matado muchos enemigos, que has
defendido a España contra esos borrachos del infierno; dime que te
has bañado en su sangre maldita y machacado sus horribles cabezas, y
te querré más que a mi vida, te querré como a Dios... Nosotros somos
Dios, Salvador; nosotros los españoles somos Dios y ellos el demonio;
nosotros el cielo y ellos el infierno. Así lo dicen el cura y mi
abuelo, y tienen mucha razón.
—¡Mucha razón! —repitió Monsalud por decir algo—. Jenara, tu frenesí
me conmueve. Ahora veo que hay otra religión además de la que está en
el catecismo: la religión de la patria. Los hombres la practican y las
mujeres la sienten. Si la fe en Dios mueve las montañas, la fe de esa
otra religión también las mueve. Con ella el heroísmo y el martirio
son cosas fáciles... Jenara, yo te juro ante Dios que nos está mirando
desde lo más alto del cielo, que haré todo lo posible para elevarme
como tú hasta el último grado en la fe de la madre España. Mis proezas
no han sido hasta ahora muy grandes; pero aún hay franceses en la
tierra. Soy joven, fuerte, robusto: soy soldado de la patria. Morir
por ella y morir por tu amor me parece lo mismo. Jenara de mi alma,
quiéreme mucho.
—Salvador mío, ese es el lenguaje que me gusta oírte —dijo la
muchacha—. Estamos en guerra. Todo hombre que no sea guerrero hoy no
merece más qué desprecio. ¿Te gusta a ti la guerra, Salvador? Di por
Dios que sí, dímelo.
—Extraordinariamente, Jenara. El corazón que no palpita por estas tres
cosas, Dios, la mujer amada y la victoria, no es corazón de español ni
de hombre.
Sintiose el suave estallido de algunas tablas. Jenara sacudía la
empalizada.
—¿Qué haces? —le preguntó Monsalud—. Esto se mueve.
—Salvador, amigo querido de toda mi vida —dijo con pasión la muchacha—.
¡Malditas sean estas tablas que nos separan! Empuja un poco de ese lado.
—Se romperán, Jenara. Esto no es tan fuerte como parece —indicó el
joven con terror.
—Quiero verte —añadió Jenara con voz que se ahogaba entre sollozos y
suspiros—. Hace tanto tiempo que no te veo... y si ahora te vuelves con
los guerrilleros, y tu arrojo te causa la muerte en una acción... no te
veré más... ¡Ay! estas condenadas tablas no ceden.
—No —repuso el mancebo tranquilizándose.
—Oye —dijo la doncella con exaltación—, si es tan grande tu empeño
por entrar y verme, no es menor el mío. Nada más triste que hablar y
no poderse ver las caras. ¿Estás pálido, Salvador, estás tostado del
sol?... Oye lo que me ocurre. Mi abuelo tiene la llave de esta puerta
sobre la mesa de su cuarto. Ahora duerme... puedo entrar de puntillas y
cogerla. No sentirá nada... Aquí está el candado, hijito... se abrirá
fácilmente... ¿Conque voy por la llave?
X
—Detente —dijo Monsalud, a quien causaba rubor y angustia la idea de
que al abrirse la puerta descubriera Jenara por su traje el engaño de
su patriotismo y la verdad de su afrancesamiento—. Detente, Generosa,
y reflexiona un momento sobre lo que vas a hacer... Te quiero más que
a mi vida; te quiero, no por egoísmo, sino con verdadero amor que por
encima de todo pone el bien de la persona amada. No necesito llave para
abrir esta puerta del cielo, Jenara: basta un esfuerzo mío para echarla
a tierra; pero no la romperé, no, porque mi propia estimación y, sobre
todo, la tuya, me lo prohíben.
—Dices bien: yo estoy loca —murmuró la muchacha—. Acércate; que sienta
yo tu respiración pasando por estas rendijas, Salvador mío. ¿No te
marcharás todavía?
Monsalud, fatigado de la farsa que estaba representando y que repugnaba
a la dignidad y lealtad de su alma generosa, mas sin deseos de
ponerle fin alejándose de la dulce criatura amada, quiso variar de
conversación, entablándola sobre un asunto que no tuviera relación con
la guerra, ni con los franceses, ni con los guerrilleros.
—Niña mía —dijo—, se me había olvidado un asunto del cual pensé
hablarte.
—¿Cuál?
—Durante este tiempo en que no nos hemos visto, he tenido celos,
muchos celos. En Madrid me dijeron que querías al hijo de don Fernando
Garrote. Recordarás que cuando éramos novios, él te hacía la corte;
que Garrote y yo nos mirábamos con muy malos ojos; que por haber
reñido primero de palabra y después de obra, tuve que salir de la
Puebla jurándole enemistad eterna. Si después de esto, has tenido la
debilidad, no digo de quererle, porque esto me parece imposible, sino
de admitir sus galanteos, buscaré a ese fatuo y donde quiera que lo
encuentre, lo mataré.
Contra lo que Monsalud esperaba, Jenara no se escandalizó de lo que
acababa de oír ni menos contestó a los agravios del mancebo con mimos
y lloros, según costumbre tan antigua como el mundo. Oyó él tras los
maderos una risita que no le agradó, y después estas palabras:
—¡Qué tonto eres! No hagas caso de eso. Cierto es que Carlos Garrote
me hace la corte y quiere casarse conmigo. Me envía regalitos, ramos
de flores, va a misa a la misma hora que yo, y algunas veces viene con
sus amigos a desgañitarse bajo las rejas de esta casa, acompañado de
guitarras y bandurrias.
—¡Jenara, Jenara, me estás destrozando el corazón! —exclamó el mancebo
con fuego—. ¿Por qué te ríes?
—Me río de él. Y no es mal muchacho, Salvador —continuó Jenara—. Tiene
buen porte, muy bueno, sí, y también excelentes cualidades, solo que no
es amable ni delicado como tú, sino brusco, serio y...
—Y fatuo, vanidoso, y soplado —interrumpió Monsalud—. Veo que no te
disgusta mi enemigo.
—Ni me gusta, ni me disgusta —dijo la doncella, aplicando su boquita a
las hendiduras para que se oyese mejor lo que decía—. Si no lo quiero,
tampoco desconozco sus buenas cualidades, especialmente el valor grande
y temerario que ha mostrado en esta guerra. ¿Qué crees tú? Carlos
Navarro, el hijo de don Fernando Garrote, es la admiración de esta
villa y el honor de todo el país de Álava. Ha corrido por esos mundos
con Longa y Pastor, y todos dicen que no han visto mozo de más arrojo
y bravura. ¿Pues y su tino para la guerra? ¿Y su ciencia militar,
que nadie le ha enseñado? Todo lo sabe, y es al modo de los grandes
capitanes, que en un abrir y cerrar de ojos aprenden por completo el
arte de pelear. Mi abuelo asegura que de Carlos Navarro a Alejandro el
Grande va menos que el canto de un duro. Hace meses, cuando entró en la
Puebla después de haber derrotado a los franceses, todos los habitantes
de esta villa salimos, como en procesión, a vitorearle. ¡Qué día,
Salvador! Yo me acordaba de ti, y hubiera querido que estuvieses aquí
para ver tanto entusiasmo. Yo no cabía en mí de puro confusa, exaltada
y alegre. No sé lo que pasaba en mi alma cuando vi a Carlos Navarro
en su caballo blanco entrar triunfalmente cubierto de guirnaldas de
flores, con la espada en la mano y el orgullo de la victoria en los
ojos. ¡Ay, Salvador, me eché a llorar!
—¡Te echaste a llorar! —dijo Monsalud, con un volcán de celos dentro
del pecho—. No lo digas delante de mí. Eso es un insulto, Jenara... me
estás matando.
Sin añadir más palabras, golpeó con tanta violencia las tablas, que
la débil empalizada vaciló. Ocupado por el dolor y los celos, que
entre confusiones mil agitaban su alma, Monsalud no advirtió que en
el extremo de la calleja donde tan descuidadamente departía con su
tormento, había aparecido un hombre; que aquel hombre se había acercado
con cautela y puéstose inmóvil y vigilante como a dos varas de la
amorosa conferencia. Cuando la empalizada crujió al recibir los golpes
de fuera, dio algunos pasos más hacia adelante el que parecía fantasma,
y entonces le vio nuestro celoso joven.
Ambos se miraron sin hablar nada, hasta que el desconocido rompió el
silencio, diciendo con voz grave:
—¿Qué hace usted aquí?
—Lo que quiero —repuso Monsalud reconociendo al instante la voz de
Carlos Navarro, hijo único del célebre y hasta ahora no conocido don
Fernando Garrote—. Siga usted su camino, que no me creo obligado a
informarle de mi conducta, señor entrometido.
—Ahora veremos quién desfila —dijo el otro sin perder la calma—. Me
parece que tengo enfrente a Salvadorcillo Monsalud, el cual marchó a
Madrid a servir a los franceses.
—El mismo soy —exclamó el militar con brío—. ¿Qué quieres de mí, Carlos
Navarro?... Supongo que traerás una espada.
—No.
—¿Navaja?
—Tampoco. Vengo sin armas. Si las trajera, no las deshonraría
midiéndolas con las de un miserable traidor, con las de un vendido a
los franceses.
—¡Navarro! Llevo un uniforme que no es el tuyo —exclamó Salvador con
violento coraje—. No lo desprecies. El corazón que va dentro de él no
ha cometido ninguna acción villana. Lo mismo puedo matarte con una
espada española que con un sable francés.
—¡Vendido!... deja libre la calle. No reñiré contigo. Cuando me
encuentro con un traidor, escupo y paso.
—¡Miserable, cobarde, salteador de caminos! —gritó Monsalud sintiendo
culebrear el rayo dentro de sus venas—. Defiéndete, si no quieres que
aquí mismo te atraviese y envíe al infierno tu alma perversa.
Monsalud desenvainó el sable. Navarro no hizo movimiento alguno hostil;
pero echando atrás el embozo de su capa negra, alargó la mano sin otra
arma que una linterna. El espacio que separaba a los dos enemigos se
inundó de luz.
En el mismo instante la empalizada, que poco antes se estremecía
sacudida con violencia por un hombre, cedió por completo a los
esfuerzos de una mujer, y abierta al fin, dio paso a Jenara, que,
pálida como la muerte, fue derecha a ponerse entre los dos jóvenes.
Alargando sus brazos, podía tocar el pecho del uno y del otro. Lo
primero en que se fijaron sus ojos fue en la gallarda persona del
renegado, cuyo brillante uniforme reflejaba la luz de la linterna en
los relucientes botones de cobre, en el águila, carrilleras, gola
y cartera. Jenara dio un grito agudísimo; miró a uno y otro galán
alternativamente, acongojada y confusa, como quien no cree lo que
ven sus ojos y tocan las propias manos. Monsalud, que resuelta y
ciegamente iba ya contra su enemigo, detúvose al ver interpuesta a la
hermosa joven.
—¡Este es Monsalud! —exclamó ella con perplejidad indescriptible—.
Navarro, ¿es este Monsalud?
—Por el uniforme francés se le conoce —respondió el guerrillero.
—¡Francés, francés! —gritó la doncella—. ¡Tú francés..., embustero
además de traidor!
—Sí, francés, francés —rugió Salvador—; francés, traidor y embustero y
todo lo que quieras; pero vete de aquí y déjame solo con ese hombre.
—¡Virgen María! ¡Señor mío Jesucristo! Asísteme en este trance —murmuró
la joven.
Después entró corriendo en el jardín, y desde la empalizada y con voz
clara, argentina, sonora, penetrante, voz que no puede definirse, como
no puede definirse la pasión extraña que la inspiraba, gritó:
—¡Navarro, mátale, mátale sin piedad!