El militar, aturdido por tan inesperado como funesto accidente, y no
comprendiendo bien lo que había oído, creyó que la excesiva alegría
la había desconcertado. Mas antes de acudir a los remedios que el
paroxismo reclamaba, hincose en tierra, y besando y abrazando a su
madre, la llamó con los nombres más tiernos y afectuosos, seguro de
que su voz la despertaría. Salvador no había visto aún a otra mujer
que en la estancia estaba: era una vieja flaca y amarillenta, de ojos
ardientes y vivos como ascuas, descarnadas y picudas manos, una de las
cuales oprimía el puño de un bastón negro, mientras la otra se alzaba
acompasadamente a la altura de la cara, para servir de signo visible y
movible a su extraño lenguaje. No la vio Monsalud hasta que se acercó
a él, y poniéndole los cinco amarillos palitroques de su mano sobre la
pechera del uniforme, le dijo con terrible ironía:
—Acábala de matar, verdugo; acaba de matar a tu santa y buena madre.
Salvador miró a la vieja, y aunque de antiguo la conocía, su triste
aspecto y la áspera y desapacible voz produjéronle impresión muy
extraña, especie de frío intenso y doloroso en el corazón, cual si con
una aguja se lo atravesasen; erizamiento nervioso y acritud en los
dientes, como lo que se siente al contacto de las cosas acedas y frías.
—Por Dios, doña Perpetua, dígame usted: ¿qué tiene mi madre? —exclamó
el joven—. ¿Está mala?
—¿Eres tú la causa, y lo preguntas? —añadió la vieja, poniendo su mano
sobre la frente de la desmayada.
Luego, paseando sus dedos por la pechera del levitón de Salvador, y
tentando la botonadura adornada con águilas, y metiéndolos después
entre la lana del sombrero y deslizándolos por las carrilleras de
cobre, dijo:
—¡Traes sobre ti esta infernal vestimenta francesa, y preguntas lo
que tiene tu madre! ¡Pobre Ferminita! ¡Se resistía a creer tan grande
infamia en el hijo que llevó en sus entrañas y crió a sus pechos!
¡Pedía a Dios fervorosamente que no fuese verdad lo que le habían
dicho; su alma se consumía en hondas tristezas, y sin consuelo pasaba
las noches llorando tanta afrenta! La muerte del hijo que perece en los
campos de batalla destroza el corazón, pero no afrenta; la traición del
hijo desvergonzado que comete la infamia de pasarse al enemigo, es el
más vivo de los dolores de una madre española.
—Usted está loca, madre Perpetua —dijo Monsalud rechazando a la vieja
con desdén—. Mi madre es una mujer sencilla: ya comprendo que entre
usted y el cura le han trastornado el juicio con eso de traiciones y
afrentas. Honrado soy. Mi buena madre no me aborrecerá por el traje que
llevo.
—¡Monstruo! —gritó la vieja agitando el palo—. Huye de aquí. Vete con
esos herejes que te han catequizado; vete con Satanás, que es tu amo;
vete al negro infierno, que es tu casa. Deja a esta santa mártir que ya
te ha llorado como perdido para siempre. No eres su hijo: tú no puedes
haber nacido en esta casa, ni en este honrado país... Vete, vete,
hereje, judío; mas, ¿qué digo?, ¡francés!
El apostrofado miró a la vieja; mas sin acobardarse siguió esta
vituperándole con la firmeza y el aplomo de quien tiene la seguridad de
ser respetada. Vestía doña Perpetua el traje de las antiguas dueñas,
con toca blanca rizada y limpia, manto y saya negros, pendiente de la
cintura un luengo rosario, y del pecho cruz de madera sencilla. A pesar
de los muchos años, su talle era derecho y apenas se encorvaba un poco
al andar. Indudablemente había en el aquilino perfil de la vieja cierta
energía majestuosa que hacía recordar, a quien las hubiese visto, las
sibilas rigurosas y ceñudas creadas por la inspiración artística.
Acartonada y seca, no tenía la repugnante escualidez con que nos pintan
a las brujas. Expresábase con vigor y hasta con elocuencia, y su voz
retumbaba en los oídos como una campana de mucho uso, mas no rota
todavía.
Para que nuestros lectores no carezcan de todas las noticias necesarias
respecto a tan singular tipo, les diremos que la madre doña Perpetua
tenía cien años cabales, no hallándose ciertamente en proporción su
acabamiento con su mucha edad, que a la vista no parecía exceder de
los setenta. Era una doncella secular nacida en la Puebla de Arganzón
a poco de establecerse en España Felipe V, y que nunca había salido
de aquel pueblo. Dedicose desde su juventud a obras piadosas, mas
sin aficionarse al claustro; gustaba de la independencia y de andar
de casa en casa comadreando, y trayendo y llevando noticias, dichos
e ideas, libando aquí y melificando allá cual las abejas. Así creció
y fue echando días y años como el siglo, y pasaron ante ella tres
generaciones de pueblos y tres generaciones de reyes y veinte guerras,
y ella pasó de un siglo a otro como quien atraviesa una puerta para
pasar de la sala a la alcoba.
Su vida austera, y los buenos consejos que daba para reconciliar
matrimonios y dirimir contiendas, para transigir desavenencias y
acomodar caracteres juntamente con su buena manderecha para establecer
la concordia en todas partes, diéronle gran reputación en la villa.
Respetábanla mucho, y cuando abría la boca, _conticuere omnes_. Como
era tan larga su vida y tenía mucha experiencia de las cosas físicas
y morales, tomábanla todos por consejera. Sabía curar males de varias
clases, y conocía mil salutíferas yerbas y untos, además de toda la
farmacopea casera, mezclando en hórrido caos la medicina y la religión,
lo terapéutico y lo supersticioso. Enciclopedia del alma y del cuerpo,
reunía el total saber y sentir de su país en aquella época.
Rezaba por todos los muertos y reía por todos los nacidos. No había
bautizo, ni duelo, ni boda a que no asistiese, disfrutando de lo
mejor del festín, cuando lo había. Sabía contar especies diversas de
cuentos interesantes, algunos heroicos, muchos de pícaros, tahúres y
guapos, y los más de devoción o de brujerías, males de ojo, miedos y
otras cosas divertidas que embobaban a los chicos y a las mujeres.
Ningún asunto doméstico, social ni religioso tenía para ella secretos,
y era la ciencia suma en teología de aldea, en economía al pormenor, en
culinaria y en filosofía burda.
A los pocos minutos, comenzó doña Fermina a querer volver de su
síncope. La vieja había traído agua en una escudilla y le rociaba el
rostro diciendo:
—Ya vuelve en sí; aunque para ver lo que tiene delante, más valiera
que sus ojos no se abrieran jamás a la luz. Vete, te digo: tu madre te
llora muerto; no turbes la paz de su alma poniéndotele delante en esa
forma aborrecible.
Monsalud, sin escuchar a doña Perpetua, alzaba a su madre del suelo
y cuidadosamente la sentó en su sillón. Sosteniendo con sus manos la
cabeza de la infeliz mujer, le decía:
—Madre, soy yo, soy Salvador, el mismo de siempre, el hijo querido.
¿Por qué se ha asustado usted al verme? El vestido no hace al hombre.
Doña Fermina, viendo el rostro de su hijo cerca de sí, le dio mil
besos amorosos; mas después apartó la cara y extendió los brazos para
rechazarle.
—¡Mi hijo... francés!... —repitió con el mismo tono de angustia y
terror... —¡Ese traje!... ¡Era verdad!
—¡Y el muy bribón se empeña en seguir aquí atormentándote, Ferminita!
—exclamó con desabrimiento la vieja—. ¿Hase visto desvergüenza
semejante?
—¿Qué delito he cometido? —dijo Monsalud con viva congoja, estrechando
entre las suyas las heladas manos de su madre, y de rodillas ante
ella—. ¿Qué habré yo hecho para que usted se desmaye, madre, cuando me
ve, y esta buena mujer me mande huir?
—¿Qué has hecho? —repitió la madre con estupor—. Te has pasado a los
franceses, estás maldito de Dios y de los hombres, tocado de herejía,
perdida para siempre tu alma, y contaminada yo también por haberte
parido y criado.
—¡Qué horribles palabras y qué espantosa idea! —exclamó el joven
procurando reír, pero con el alma destrozada de vergüenza y dolor—.
¿Tantos males ocasiona este capote que llevo? ¡Oh!, madre querida, yo
conocí que hacía mal, yo resistí, conociendo que era una falta servir
a los enemigos de mi patria; pero me moría de hambre, y además mi tío
tenía mucho empeño en que yo sirviera a los franceses. Una vez dado
este paso, ya no puedo volver atrás, porque el honor me prohíbe vender
a los que me han dado un pedazo de pan para vivir y una espada para
que les defienda. Si por esto he perdido el amor de mi madre, de la
única persona que en el mundo me ha querido, de la que me dio la vida,
de aquella a quien he consagrado siempre la mía, será porque algunos
malintencionados habrán emponzoñado su alma con bajos sentimientos.
—No, yo te amo siempre —dijo doña Fermina, no pudiendo resistir el
ansia vivísima de besar a su hijo y regar con ardientes lágrimas
sus mejillas, aunque doña Perpetua extendía a menudo entre los dos
sus manos de cartón—; yo siempre te quiero; pero he hecho juramento
ante Dios de no admitirte bajo este techo, ni darte mi bendición,
ni llamarte hijo, si no abjuras tus errores y maldices tus banderas
infernales, si no reniegas de ese vil rey y tornas a la patria y al
deber... Mi conciencia me exigió este juramento, y lo he prestado por
consejo de respetables personas a quienes debo consuelos tiernísimos en
esta última desventura que ha caído sobre mí.
El joven, cubriendo con ambas manos su rostro, lloró; mas de súbito
estalló una violenta indignación en su alma, y apartándose de las dos
mujeres, púsose en el centro de la pieza.
—Mi honor —gritó con voz alterada y resuelta— me impide desertar; pero
si pierdo el amor de mi madre, y se me arroja de mi casa porque no
quiero ser desleal y perjuro, no quiero vivir. Aquí tengo una espada
—añadió desenvainándola—, y no me falta valor para atravesarme con ella
el corazón.
Doña Fermina se arrojó llorando en brazos de su hijo. La mujer secular
permanecía silenciosa, fría, clavada en su silla, contemplando la
patética escena como una estatua de cartón que dentro de su pasta
encolada tuviera un alma observadora. Sus ojos negros clavábanse en el
joven con aterradora fijeza.
En aquel instante entró un nuevo personaje. Era un anciano fornido
y alto, de rostro sanguíneo, duro y tosco, mas no desagradable por
cierto; mirar franco y campechano que le animaba y hasta le embellecía.
Su cabeza calva apenas se exornaba económicamente con un cerquillo de
blancos pelos esporádicos sobre las sienes y en el occipucio; su cuerpo
era bravío, imponente, recio, como de varón hecho a las intemperies, a
las luchas con hombres y elementos. Vestía negro traje talar, llevado
con desenvoltura y abierto por delante para poder introducir fácilmente
las manos en el bolsillo o cuadrarlas en la cintura, como a menudo lo
hacía aquel hombre, dueño de dos manos enormes, velludas, que sabían
llevar el arado, la espada y la hostia. Era don Aparicio Respaldiza,
cura de la Puebla de Arganzón.
Mirando al mancebo, más bien con lástima que con rencor, le dijo:
—Ya sabía que estabas aquí, desgraciado. Te hacíamos muerto, muerto
con la muerte de la deshonra, que deja el cuerpo vivo. El alma se va y
queda la vergüenza.
Luego, acercándose a doña Fermina, que deshecha en lágrimas recibía
consuelos y caricias de la beata, le dijo:
—¡Señora Fermina, valor!... El sentimiento materno es el más fuerte de
todos. No trate usted de vencerlo: al contrario, desahogue su pecho,
llore hasta mañana. Este hijo muerto es quizás perdido para siempre,
y puede resucitar, si se abraza a la cruz de la patria. Yo seré el
primero que le reciba en mis brazos.
—Y yo —repitió la beata, sin que se mostrasen en la engrudada máscara
de su rostro, compasión, ni alegría, ni sentimiento alguno—, yo también
le abriré mis brazos.
—Hijo mío —dijo doña Fermina poniéndose de rodillas ante Salvador
y cruzando las manos—, vuelve en ti; deja esos hábitos infernales,
abandona a los que te han seducido, torna a la patria, y recibirás la
bendición de tu madre y el amor que siempre te he tenido y te tengo a
pesar de tu horrible pecado. Hazlo por Jesucristo crucificado, por la
religión que te enseñé, por el agua que en el bautismo recibiste, por
el pan eucarístico que has recibido en tu cuerpo; hazlo por mí, por mi
honor y buen nombre, que para siempre he perdido en este pueblo; por
mi tranquilidad, que no recobraré sin ti; hazlo por el señor cura de
nuestra aldea, que te enseñó los mandamientos y la doctrina, la lectura
y escritura y el latín, con lo poco que sabes; hazlo por la santa
doña Perpetua, que nos da tan buenos consejos y más de una vez te ha
entretenido contándote tan bellas historias; hazlo, en fin, por todos
los que te aman en esta villa y en el lugar de Pipaón, donde no sé si
por ventura o eterna desdicha mía naciste.
Monsalud, enternecido por voz tan elocuente que agitaba hasta lo más
hondo su alma, como la tempestad el océano, se había sentado en un
escabel, y con los codos en las rodillas y la cabeza encajada entre
las palmas de las manos, lloraba en silencio. El témpano colosal y
endurecido de su entereza se desleía poco a poco.
—Y lo que es ahora —dijo el cura para favorecer el deshielo—, los
franceses van a ser destrozados. ¡Pobrecitos de los que se unan a ellos!
—Bueno —dijo Salvador alzando de repente la cabeza—; déjenme que
lo piense. Eso no se puede decidir en un momento: los que estamos
acostumbrados a cumplir con nuestro deber y a obedecer a nuestros
superiores...
—No hay ningún superior que tenga sobre ti más autoridad que tu
madre —dijo el cura, paseándose por la habitación con las manos a la
espalda—; tu madre, personificación viva de la patria, que a todos sus
hijos gobierna y dirige.
Doña Fermina corrió a abrazar a su hijo, besándole cariñosamente en la
frente y en las mejillas.
—Querido niño mío —le dijo—, veo que estos dos excelentes amigos te
van convenciendo. Dejarás a esos perros franceses, devolviéndome
la tranquilidad y poniéndome en paz con mi conciencia y con Dios.
Siéntate, descansa; te esconderemos para que no puedan verte los
vecinos con ese endiablado uniforme...
—Es una imprudencia que le tengas en tu casa mientras de todo en todo
no se convierta, —dijo la santa con severidad.
—¿Y qué importa? —repuso doña Fermina, ofendida de la intolerancia
de su consejera—. Mi hijo está arrepentido. El pobrecito estará
hambriento y fatigado. Lo primero es que tenga salud.
—Puede quedarse —afirmó el cura, menos celoso que la beata—. Salvador
es un buen muchacho... ha dicho que lo pensaría... Tiene buen natural
y mucha inteligencia... y, sobre todo, el deber le ordena servir a la
patria. Aquí donde me ves —añadió deteniéndose en medio de la estancia
en actitud marcial—, estoy disponiéndome para salir por ahí con otros
amigos... Ya sabes que mi puntería es la mejor de toda la tierra de
Álava. Hemos decidido organizar una partidilla, para auxiliar a las
de Longa. ¿Qué te parece mi proyecto? ¡Oh, admirable! Los hombres se
deben a su patria, y es preciso que nosotros, los que estamos en cierta
jerarquía, demos el ejemplo a los demás... La ocasión es solemne, y
ningún español puede permanecer en su casa. Wellington está cerca, y es
preciso ayudarle. ¿Qué tal? ¿Te animas? Yo no espero sino a que venga
de Peñacerrada don Fernando Garrote, que es hombre muy entendido en
guerras, para partir con él... Serás un buen escopetero, Salvador.
—Siéntate, hijo —indicó la madre observando que el joven no se
entusiasmaba excesivamente con el bélico ardor de Respaldiza—. Voy a
aderezar algo de comida. Estarás muerto.
—No tengo ganas de comer —respondió el mozo, profundamente abstraído.
La madre le miró con desconsuelo, viendo sin duda en su abatimiento
pensativo la señal de nuevas vacilaciones.
—He dicho que lo pensaría, ¿no es eso? —murmuró Monsalud sin pensar
en comer—. Pues bien: lo pensaré... déjenme pensarlo todo el día...
Es cosa grave... El convoy que he custodiado y que lleva el general
Maucune, sale ahora mismo; pero yo no saldré hasta mañana con el convoy
grande.
La madre y los dos amigos permanecieron mudos, y sin pestañear le
observaron. Luego abrazó el hijo a la madre, y sonriendo dijo:
—Volveré más tarde.
Cuando salió de la habitación, la vieja se expresó así:
—¡Perdido, perdido para siempre!
Más optimista y generoso el cura, tranquilizó a la afligida madre,
diciendo:
—Es nuestro.