Olvídese la importuna digresión, y sepan los que en ello tuvieron
interés, que antes que el ejército de José pasase el Ebro, llegaron a
la Puebla de Arganzón las tropas de una división que custodiaba parte
del convoy. Fue esto, si no mienten las noticias que con pretensiones
de verídicas se me han dado, hacia el 16 o 18 de junio. El gran convoy
venía detrás. Los carros del pequeño detuviéronse en el camino a las
inmediaciones del pueblo, y las tropas repartiéronse por las casas y
caseríos para allegar víveres. En las inmediaciones de la villa veíanse
grandes masas de soldados: aquí artillería, allá columnas que iban de
un lado para otro; en lo más apartado la impedimenta, y largas filas de
vehículos que después de breve descanso debían seguir adelante.
La Puebla de Arganzón, como lugar campestre, había dejado las ociosas
plumas, y aunque de por sí no fuese aquella villa madrugadora, habríala
despertado el rumor de tanta tropa y de los tambores sin cesar batidos,
confundiendo su ronco son con el cantar de los gallos que en todos los
corrales entonaban su alegre grito de alerta. Veíase a los honrados
habitantes salir de sus casas y juntarse en corrillos. Los ancianos
preguntaban si se había ganado ya la batalla, y advertidos de que no,
quejábanse de la mucha tardanza en arremeter, propia de los tiempos
nuevos, asegurando que en otra ocasión ya estaría todo despachado y
el asunto resuelto. Las mujeres corrían de casa en casa pidiéndose
provisiones para esconderlas, pues los franceses que en número tan
considerable rodeaban el pueblo reclamarían pronto lo que no se habían
llevado los guerrilleros el día anterior.
En las tabernas, los taberneros no tenían manos para tanto despacho, y
muy alborozados escanciaban a los franceses, pues en esto del vender
y ganar dinero no hay naciones: ellos quisieran tener un océano de
aguardiente y vino, que junto con algunas pipas de linfa del Zadorra
les hubiera hecho millonarios en un par de años de guerra.
Un joven sargento avanzaba solo por las calles de la Puebla, evitando
al parecer la compañía de sus camaradas franceses, y más aún la vista
de los habitantes de la villa. Así es que cuando veía un grupo en la
puerta de una casa, se apartaba tomando distinto camino.
—¿No es aquella la cara de Salvadorcillo Monsalud, el hijo de la señora
Fermina la de Pipaón? —decía una mujer viéndole pasar.
—Parece que es aquella su cara; pero no su cuerpo, que es cuerpo y
uniforme de francés el que ha pasado.
—Adelantadas estáis —decía un tercero—. ¿Pero no sabéis que
Salvadorcillo Monsalud, engañifado por su tío, ha sentado plaza en la
guardia del rey José?
—Cierto es, aunque no lo participó a su madre por vergüenza; y cuando
la señora Fermina lo supo, estuvo llorando tres días, y aún no lo
quería creer, siendo tal su pesadumbre por esta traición de Salvador,
que la buena mujer dice que más quería verle muerto que sirviendo a los
franceses.
—Y tiene razón. ¿Mas para qué dejó que el muchacho fuese a Madrid,
donde todo es corruptela y picardía? —dijo un personaje a quien todos
oían con respeto, y que era, si nuestras noticias no son falsas, el
boticario del lugar—. Pero esto pasa a todos los muchachos que no
tienen padre, o mejor, a aquellos que han nacido del pecado y de unión
nefanda, como ese diablillo de Salvador Monsalud, que no se sabe de qué
tronco vino ni de cuál cepa sacó doña Fermina este mal sarmiento.
El jurado se detuvo ante una casa de aspecto humilde, en cuya puerta
no se veía persona alguna. Miró a las ventanas, y las vio cerradas.
Un gallo cantaba dentro, y dos o tres gallinas salieron a la calle
sacudiendo sus plumas y picoteando el suelo, no tardando en aparecer
tras ellas el gallardo esposo. Poco después un gato asomó por la puerta
entreabierta y se detuvo sobre el umbral, relamiéndose con placentera
satisfacción los largos bigotes. El joven contempló un instante con
interés profundo a aquellos seres, y se acercó para entrar, desalojando
al gato, que asustado corrió hacia dentro. Las gallinas y el gallo,
sobresaltándose también y cambiando algunas cacareadas frases, huyeron
por la calle adelante.
Monsalud se asomó por el hueco de la entornada puerta. La emoción de
su alma era tan viva, que le temblaban las manos al ponerlas sobre
las viejas tablas y los mohosos clavos; apenas podía sostenerse en
pie, a causa del desmayo de su cuerpo y de la flojedad nerviosa que
experimentaba. Miró hacia adentro: veíase un patio pequeño, y en el
fondo una habitación oscura, dentro de la cual se distinguían los
maderos de un telar. Monsalud contempló durante un rato aquel humilde
interior, y copiosas lágrimas se agolparon a sus ojos. De repente una
mujer de edad madura apareció en la habitación del telar, volviendo
los trastos de un lado para otro y barriendo después. Volvíase de vez
en cuando hacia un sitio donde debía de estar otra persona con quien
hablaba, a juzgar por sus gestos expresivos. Junto a la mujer apareció
luego un perro, que saltando y enredando entre sus pies la estorbaba en
su faena, recibiendo un ligero escobazo que lo decidió a salir al patio.
«No me espera —dijo para sí, oprimiéndose el corazón, que parecía
querer saltársele del pecho—. ¡La pobrecita se sorprenderá y se
alegrará tanto...! Este momento vale por todas las pesadumbres que ha
padecido durante mi ausencia.»
La puerta rechinó, y el perro fue saltando y gruñendo amorosamente al
encuentro de Salvador. Este se precipitó en el interior de la casa.
Doña Fermina, mirando hacia el patio muy sobresaltada, vio al joven que
hacia ella corría con los brazos abiertos, diciendo: «¡Madre, madre,
aquí estoy!» La buena mujer abalanzose a recibirle con expresión de
frenético contento; mas al tocarle con sus manos y al verle casi en
sus brazos, su semblante se alteró de súbito, lanzó una exclamación
de espanto, y cerrando los ojos y echando la cabeza atrás, cual si
descargase sobre ella el rayo de instantánea muerte, cayó sin sentido
al suelo. Sus labios contraídos apenas pronunciaron esta frase,
empezada con ardiente cariño y concluida con terror:
—¡Hijo mío!... ¡francés!