Desde aquel otoño de 1833 hasta la primavera del 35, ¡cuántas páginas
de patética historia, cuántos hechos brillantes o bárbaros, cuántos
esfuerzos de sublimidad heroica, de honrada abnegación o de fanatismo
delirante! En tan breve tiempo crece y se complementa una figura
militar, que sería muy grande si no la hubiera criado a sus pechos la
odiosa guerra civil. Y en la precisa oportunidad histórica, el destino
dispone la integración de la figura del insigne guerrero, agregando
a sus coronas de laurel la de abrojos que para él había de tejer
puntualmente la envidia; que sin esto la figura no podía ser completa.
Aproximábase a su ocaso, con todos los sacramentos, la gloria que
enaltece, la ingratitud que roe, el público aplauso que empuja hacia
arriba, la envidia que tira de los pies para hacer bajar al sujeto y
poner su cabeza al nivel de las pelonas de la muchedumbre.
Reservadísimas eran las conferencias entre don Carlos y su general, y
cuando se celebraba consejo, al que asistían, además de Zumalacárregui,
los llamados ministros, no se revelaban al público ni las discusiones
ni los acuerdos. Pero algo transcendía siempre, como es natural,
mayormente entre españoles, raza inepta para guardar secretos; y en los
corrillos de la plaza, en las dos boticas, en los pórticos de la Casa
Consistorial y en todos los demás mentideros de la ilustre villa, se
hablaba de los grandiosos planes que de aquellas encerronas habían de
salir muy pronto. No será preciso advertir que el señor don Fructuoso
de Arespacochaga y Vidondo, natural de Vergara, unido al vecindario por
vínculos de sangre y por multitud de conocimientos, no podía salir a
la calle sin que le acometiera la caterva de impertinentes curiosos.
En las galerías del Seminario Real y Patriótico le asaltaron una tarde
las turbas, pidiéndole los secretos o la vida, y él, ante el número
y poder de los asaltantes, no tuvo más remedio que rendirse, dando
noticias incompletas. Juntose después al capellán Ibarburu, y se fueron
a la sala de Capítulo de San Pedro de Ariznoa. En grata tertulia con
el párroco y dos racioneros de los más significados, dejó salir por su
boca don Fructuoso cuanto tenía en el buche.
—Pero, en fin —preguntó Ibarburu con viva impaciencia—, ¿dimite o no
dimite?
—¡Qué ha de dimitir! ¿Cree usted que brevas como el generalato de tan
grandes huestes se sueltan por una cuestión de amor propio?
—¿Y su enfermedad —dijo el párroco no sin malicia—, es real, o un nuevo
ardid estratégico y político?
—Es real. Padece de la orina. Bien se le conoce en la cara ese
alifafe... Figúrome que exagera un poquito, con la intención marrullera
de que Su Majestad, que le aprecia verdaderamente, ceda en sus
resoluciones por no contrariarle.
—Pero a buena parte va —observó uno de los racioneros, que por
su gordura no cabía en ningún sillón y tenía que mantenerse en
pie—. Tenemos un rey que por su carácter entero, así como por su
religiosidad, merecería gobernar todita la Europa.
—La cuestión es la siguiente —dijo Arespacochaga, a quien faltaba
poco para reventar como una bomba de la satisfacción que el dar
noticias auténticas le causaba—: varias casas holandesas han ofrecido
a Su Majestad un empréstito de consideración tan pronto como caiga
en nuestro poder una plaza de importancia... Quien dice plaza de
importancia dice Bilbao, que además es villa de gran riqueza, y podría
darnos un botín cuantiosísimo, señores. En fin, repetiré textualmente
las palabras de Su Majestad, que oí de sus augustos labios: «He
decidido que tan pronto como te restablezcas y te halles en disposición
de poder montar a caballo, te dirijas a Bilbao».
—Textual, ¿eh?
—Y él..., naturalmente, ¡cómo había de atreverse a contradecir el
soberano mandato!
—Hizo protestas de sumisión, obediencia y lealtad... ¡Qué menos,
señores! Pero a renglón seguido, con muchísimo respeto, hubo de
presentar su opinión contraria a la del rey, y a la de todos los
dignatarios, así civiles como militares, que teníamos voz y voto en
el consejo. Allí nos habló de los inconvenientes y peligros que a su
juicio ofrece el asedio de Bilbao, y de la facilidad con que podría
tomar a Miranda y Vitoria. Ganadas estas dos plazas, la invasión de
Castilla será cosa de un par de semanitas.
—No estoy conforme —dijo el párroco gravemente, tomando y ofreciendo de
su rapé oloroso—. En las cosas de guerra se prefiere siempre lo fácil
a lo difícil. Si ese criterio prevalece, que nos den el mando a los
curas, y pónganse los militares a rezar.
—Justo..., esa es mi opinión y la de todo el que discurra con buena
lógica —afirmó Arespacochaga—. Acométanse las cosas difíciles, que
las fáciles, las de cuesta abajo, por sí solas se resolverán luego.
Pues bien, señores: a mí me tocó la honra de concretar la cuestión
en el consejo. Su Majestad tuvo la dignación de pedir mi dictamen,
y yo..., respetando las razones estratégicas que expuesto había mi
señor don Tomás, llevé el problema al terreno político, alegando altas
razones, de más peso que las razones militares, y mirando al decoro y
dignidad del trono. Palabras mías textuales: «¿Tiene el general don
Tomás Zumalacárregui fuerzas para tomar a Bilbao? Si considera que no
las tiene, nada digo. Pero si cree, como creen conmigo otros príncipes
de la milicia, a cuya autorizada opinión me remito, que tiene fuerzas
sobradas para tal empresa, no debe hablarse una palabra más del
asunto. Pues el rey quiere que se tome a Bilbao, esto basta para que se
intente la empresa, no siendo, como no es, imposible».
—Bien, admirable..., ¿y qué contestó?
—Por de pronto, ni una palabra. Parecía desconcertado. Su rostro de
color de cera permaneció inalterable. El rey, mientras yo peroraba, no
quitó de mí sus ojos, asintiendo con fuertes cabezadas. Zumalacárregui,
apremiado por Su Majestad para que concretase si era posible o no tomar
la plaza, no se atrevió a negar que poseía fuerza bastante para tal
fin. Allí nos habló de que las dificultados podrían sobrevenir después.
Pero no nos convencimos, ni Su Majestad tampoco. En fin, señores,
el consejo acordó el ataque a Bilbao..., y mande quien mande las
operaciones, Bilbao será nuestro antes de quince días.
—¡Mande quien mande! —repitió Ibarburu—. ¿Luego cree usted probable que
dimita?
—Sí; pero también creo que no se le admitirá la dimisión. Si se le
aceptara, no faltaría un general de grandes miras y conocimiento que
llevara nuestros batallones a este gran triunfo, y así lo llamo porque
Bilbao carlista es el empréstito holandés, y con dinero, que es lo
único que nos falta, haremos un caminito seguro y breve por donde las
reinas de Madrid se vayan a Francia, y nosotros a la Villa y Corte.
Siguieron haciendo _caminitos_ y cuentas galanas hasta que les
sirvieron el chocolate con que el Capítulo les obsequiaba, y tomado
este, Ibarburu se fue solo a la calle, taciturno y caviloso. No sabía
a qué carta quedarse, ni a qué santo encomendar el logro de sus
desmedidas ambiciones. ¿De qué le valía adular a Zumalacárregui si este
dimitía? Y si no dimitía, ¿qué eficacia tendrían sus adulaciones a
González Moreno y Arespacochaga? Su instinto cortesano, afinado por la
ilusión de la mitra que quería ponerse en la cabeza, le guió hacia el
alojamiento de don Tomás, que era el palacio de los Elóseguis, amigos
suyos; y en el portal salió a su encuentro Celestino Elósegui, a quien
con viva ansiedad preguntó: «¿Dimite o no dimite?».
Llevole adentro y arriba, y tuvo la suerte de sorprender al general en
uno de esos instantes en que la espontaneidad no puede contenerse, y en
que se manifiestan sin rebozo los sentimientos que llenan el corazón.
Acompañaban a don Tomás su amigo íntimo don Juan Francisco de Alzaa,
y el dueño de la casa, D. Matías Elósegui. Quitándose el capote y
arrojándolo sobre una silla, como si con él arrojara la investidura de
general en jefe, dio una patada y dijo con rabia:
—Esto es inaguantable... Ya lo presentía yo... ¡Tener que ejecutar
proyectos que juzgo disparatados en el estado actual de cosas!
Sin hacer gran caso de lo que tímidamente le dijo don Matías para
calmar su irritación, dejose caer en un sofá con notorio desaliento,
y expresó con estas graves palabras la grande agitación de su noble
espíritu:
—Dejo a la enfermedad o a una bala enemiga el cuidado de sacarme de
esta situación.
Oído esto, se arrancó Ibarburu con un encomiástico discurso,
pronunciado con cierto énfasis político:
—Mi general, quien ha conquistado los lauros que enaltecen el nombre
glorioso de Zumalacárregui, ese nombre escrito ya con letras de oro en
el libro de la historia, nada debe temer. Donde vaya Zumalacárregui irá
la victoria. Nuestro rey reina por el esfuerzo de este gran caudillo, y
por el camino de Bilbao, lo mismo que por el de Vitoria, con la ayuda
de Dios nuestro Padre, y de la Reina de los Cielos María Santísima, las
tropas que con sabia mano rige vuecencia llevarán a la corte de las
Españas al representante de la monarquía legítima y de los derechos de
la religión.
Con una mirada benévola y dos o tres monosílabos de modestia,
rechazando honores tan desmedidos, disimuló Zumalacárregui el desprecio
que le merecían las gárrulas demostraciones del capellán de su
ejército. Entró a este punto el médico, y el general se fue con él a su
habitación.
Contento de sí mismo y del buen golpe que había dado, Ibarburu salió
en busca de otros capellanes y militronches amigos suyos, para dar un
paseo y poder contar cuanto sabía; noticias bebidas en los propios
manantiales de información. Toda la tarde estuvo despotricando: en
la conversación deambulatoria, el optimismo embriagaba las almas de
los pobres _ojalateros_, pues cuál más, cuál menos, todos tenían sus
esperanzas de medro en diferentes carreras y profesiones. Al regresar
a sus hogares, donde les esperaba la menestra de borrajas, la sopita,
el huevo pasado, _et reliqua_, se mecían en dulcísimas ilusiones. Este
veía las insignias de coronel, aquel la congrua eclesiástica, el uno la
judicial toga, el otro la mitra, y todos estos símbolos de autoridad y
posición se les representaban en forma extrañísima, bombas y granadas
cayendo sobre la infeliz Bilbao.
A la siguiente mañana, y cuando el señor capellán a partir se disponía
con el ejército por el camino de Durango, le anunció su patrón una
visita, advirtiéndole al propio tiempo que no la recibiera porque debía
de ser enfadosa.
—¿Quién es?
—Señor, dos ermitaños que piden limosna; pretenden ver a usted para que
les libre de no sé qué pena que se les ha impuesto por espías.
Bajó presuroso el señor Ibarburu, y con indecible sorpresa reconoció
en uno de los dos infelices que a implorar venían su protección al
mismísimo don José Fago, excapellán, exsargento, santo en ciernes por
temporadas, gran estratégico en ocasiones, y notado siempre por su
falta de seso y sobra de ambiciones desapoderadas. Vestía el desdichado
aragonés un balandrán deslucido y roto, ceñido a la cintura por cuerda
de esparto; calzaba alpargatas; habíale crecido la barba y cabello, y
su aspecto semisalvaje inspiraba más compasión que miedo.
—Amigo mío, ¿qué es esto? —le dijo Ibarburu con estupor no exento de
severidad—. ¿Qué le pasa a usted? Nos dijeron que se había dejado
seducir por la impiedad cristina..., yo no lo creí. Luego se corrió la
voz de que había perecido en la tremenda degollina de la Améscoa...
¿Qué significa esa facha miserable, y quién es este hombre que le
acompaña?
—Mi facha significa el desengaño de todas las cosas, el hastío del
mundo y el gusto de la soledad... Y este que me acompaña es el santo
ermitaño Borra, que tenía su cabaña en el monte Murumendi, y fue días
hace inicuamente expulsado de ella por los soldados de la facción, y
luego él y yo perseguidos y amenazados de no sé qué horrendos castigos,
por lo que llaman delito de vagancia y espionaje.
—Señor capellán —dijo el otro con grave acento—: yo, Simeón Borra,
vivía en Murumendi lejos de todo comercio con el mundo, consagrado a la
oración y abominando de las opiniones que hacen fieras a los hombres y
les llevan a guerrear. Con nadie me metía ni nunca hice daño a nadie.
Vivía de lo que me querían dar y del fruto de una huertecilla. Este
amigo vino a pedirme consejo para conseguir la paz de su alma: contome
su historia; pidiome luego que le admitiese en mi compañía, y a ello me
resistí: no quiero formar comunidad. Estableciose por mi advertencia
en un sitio cercano a mi choza; labró la suya, y vivíamos como a dos
tiros de fusil...
—Y cuando más seguros nos creemos —prosiguió Fago—, una columna
facciosa nos destruye las casas; se nos acusa de espionaje; se nos
amarra y nos traen aquí, donde hallamos un señor Mayor de plaza,
hombre caritativo, el cual nos libra de la muerte, y promete ponernos
en libertad si hay alguien en el ejército que garantice que no somos
rateros ni traidores.
Uno de los militares que les acompañaban manifestó que el menor castigo
que podía imponérseles por espionaje era cortarles las orejas.
—A mí no puede ser, ¡carambo! —afirmó Borra apartando las guedejas que
caían sobre sus sienes—, porque ya me las cortó el tunante de Mina
el año 22, y no porque yo cometiese delito alguno, sino por crueldad
sanguinaria... De modo que si alguna pena me aplican, sea la de muerte,
y pronto, que nada le importa a quien aprecia la vida en menos que un
cabello.
—Lo mismo digo —afirmó Fago—. Que me maten si quieren, si no han de
darme la libertad.
Los militares, que atraídos de la curiosidad formaban corrillo en torno
de los dos infelices, más se inclinaban a la burla compasiva que a la
severidad. Ibarburu, profundamente apenado del lastimoso sino del que
fue su amigo, y a quien verdaderamente apreciaba, le cogió de la mano,
como si resueltamente bajo su amparo le tomase, y con acento firme dijo
al militar que les acompañaba:
—Bajo mi responsabilidad, amigo Zuazo, deje usted libres a estos
hombres, pues a entrambos les tengo por tontos, que es lo mismo que
decir inocentes. Váyanse a donde quieran, a hacer vida boba, que
también podría ser vida regalona. Ea, despejen, que tenemos que marchar
a Durango... Usted, señor santo Borrajo, o como quiera que se llame,
puede ir adonde quiera, y volverse a su monte o al mismo infierno; pero
lo que es a este no le suelto. Amigo Fago, no puedo consentir que un
hombre de su inteligencia y carácter se deje inducir a la extravagancia
que revelan su traje y modos... No, no, no lo consiento, y si no de
grado, por fuerza se viene usted con nosotros. Eh, amigo Zuazo, me le
lleva usted por delante, entre bayonetas. Yo hablaré al coronel, y
respondo de que ordenará lo que digo... Adelante, entre bayonetas. Este
no puede ser libre; este me pertenece: quiero salvarle de su propia
insanidad, de su propia tristeza... En marcha... Don José Fago, es
usted prisionero de su amigo el capellán Ibarburu. No haga resistencia,
o el coronel mandará que le apliquen cincuenta palos.