No extrañó al comandante Arbués perder de vista a su primo el capellán
durante la acción de Artaza. En la confusión de la pelea en retirada,
cada cual atiende a sí propio y a su obligación y defensa, sin parar
mientes en los demás. En Abárzuza no pareció tampoco el aragonés;
pero aún esperaba su primo encontrarle en Estella, pues nadie le
había visto caer muerto ni herido, y las últimas noticias de él eran
que se batía heroicamente. Bien pudo quedar rezagado, agregarse a la
división de Méndez Vigo o caer prisionero en los combates que esta
sostuvo. Desgraciadamente, fueron inútiles todas las investigaciones
que hizo Arbués en Estella, cuando ya descansaban allí del trágico
duelo los soldados de la reina. Nadie pudo dar noticia cierta del pobre
capellán. ¿Debía contársele entre los muertos o entre los prisioneros?
Lo probable, según Arbués, era que se hubiera dejado matar antes que
rendirse, conforme a su temple de aragonés legítimo.
En tanto, Zumalacárregui se había ido a Asarta, donde quiso disimular
la falta de cartuchos con una orden del día en que daba ocho de
descanso a sus valientes tropas. Comunicada al rey su carencia de
municiones, el Cuartel Real, que estaba en Segura, se conmovió con la
triste noticia. La Real Hacienda acudió con arbitrios mil al remedio de
tan gran daño; se organizó de prisa y corriendo un activo contrabando
para traer de Francia _el pan de la guerra_, y se enviaron comisionados
a los que lo amasaban en diferentes puntos del Baztán, para que
activasen todo lo posible la fabricación. Gracias a estas medidas, pudo
Zumalacárregui tener provisión bastante para lanzarse a nuevo combate
antes de la semana, engañando una vez más a los cristinos, pues nunca
pensó en que sus tropas estuvieran tanto tiempo en la ociosidad. Si no
reanudó las operaciones antes de los ocho días, no fue por falta de
ganas, ni porque careciera de planes bien determinados, sino porque la
Majestad de Carlos V le ordenó que permaneciese en Asarta hasta recibir
la visita de los enviados del gobierno de Inglaterra, lord Elliot y sir
Gurwood, para proponer a uno y otro ejército un convenio que diese a la
guerra carácter humanitario, poniendo fin a las sangrientas represalias.
Ya don Carlos había recibido a los ingleses, que eran personas
distinguidísimas, ambos conocedores de España; y mostrándose
dispuesto a entrar por el aro de la benignidad y templanza, nada
quiso resolver sin el parecer de su general en jefe. Este recibió a
los extranjeros con la cortesía concisa y un tanto seca que gastar
solía. Los de Albión, que también eran secos y lacónicos, simpatizaron
extraordinariamente con el caudillo del absolutismo; conferenciaron;
admitió Zumalacárregui lo que se le propuso, que en rigor de verdad
significaba el reconocimiento de beligerancia por las potencias, y
acordadas las bases de arreglo, don Tomás convidó a los ingleses a
compartir con él un modesto cocido, que era su habitual sustento en
campaña.
Aceptaron gustosos los comisionados; _trincaron_ del buen vinito
navarro, sin cortedad de genio, y fuéronse luego camino de Logroño,
donde les recibió Córdova, por delegación del general Valdés. Nueva
conferencia, acuerdo por entrambas partes. No consta que hubiera cocido
y vino riojano; pero sí que los emisarios de Inglaterra partieron
muy satisfechos de la _politesse_ de Córdova, que además de experto
general era un fino diplomático. Puesto en vigor a los pocos días
el convenio Elliot, ya no se fusilaba sin piedad a los infelices
prisioneros. Este espantoso resorte de guerra, propio de hordas
salvajes, quedaba totalmente abolido en los ejércitos que guerreaban
en el norte; se establecían reglas clarísimas para el canje de
oficiales y soldados, conforme a las prácticas militares de todas las
naciones del mundo. Por desgracia nuestra y baldón de España, otros
caudillos carlistas y liberales de gran renombre, en las asperezas del
Maestrazgo, o la montaña de Cataluña, habían de olvidar pronto los
procederes humanitarios, derramando a torrentes la sangre cristiana, y
escarneciendo con sus crueldades los ideales que decían defender: el
honor patrio, la religión, la fe.
Reanudadas las operaciones, Zumalacárregui mandó a Gómez a Vizcaya,
donde se unió al guerrillero Sarasa y juntos atacaron a Guernica.
Los generales Iriarte y Espartero salieron mal librados. No bien se
enteró de la toma de Guernica, don Tomás fue contra Treviño, plaza
fortificada, y la sitió en las mismas barbas de Valdés, y la tomó a las
cuarenta y ocho horas, cogiendo prisioneros a los seiscientos hombres
de la guarnición, y arramblando con los cañones. Cuando Valdés acudió
al socorro de Treviño con las tropas de Estella, ya era tarde. La plaza
estaba desmantelada, y los carlistas vencedores en la Berrueza. Antes
de que Valdés determinara qué camino seguir, Zumalacárregui, sabedor de
la evacuación de Estella, se dirigió a esta ciudad, y en ella hizo su
entrada triunfal, aclamado con entusiasta delirio por los habitantes,
en su gran mayoría frenéticos sectarios del pretendiente. Hombres
y mujeres rodeaban a la tropa realista, saludándola con ardientes
demostraciones, cantos guerreros y populares. Las coplas sonaron todo
el día por calles y plazuelas, y el famoso estribillo _Ay, ay, ay,
Motilá_ pasaba de las bocas de los ancianos a las de las mujeres, y
por fin a las de los chiquillos... ¡Gran día de expansión febril y
de entusiasmo loco fue aquel para los soldados de Zumalacárregui! La
pintoresca ciudad ardía en regocijo y triunfal estruendo; las campanas
de sus iglesias románicas, de venerable antigüedad, no cesaban de
voltear con alegres repiques; aquí y allí convites parciales a la
intemperie, mesas en medio de la calle, libaciones copiosas, alegría,
seguridad del triunfo de la fe.
Mas no era Zumalacárregui hombre que permitiera a sus tropas
adormecerse en el triunfo, ni perder su fiereza en las fiestas
obsequiosas y en los enervantes descansos. Sabedor de que partían de
Pamplona tres mil infantes y trescientos caballos, salió de Estella
para cortarles el paso. Le había dado en la nariz que la tal columna
iba en auxilio de algún convoy salido de la Ribera, y no se contentaba
con menos que con batir la columna y apoderarse del convoy. Con
celeridad pasmosa se plantó en Puente la Reina, y de allí, con dos
batallones y toda su caballería, ocupó las alturas del Perdón. Al
propio tiempo esparcía una nube de espías por todos los pueblos y
caminos circundantes, y preparó el golpe antes de que los cristinos
sospecharan el mal encuentro que en su marcha les esperaba. Pelearon
unos y otros con gran bizarría casi a la vista de Pamplona. Ganó
Zumalacárregui, si se mira tan solo a la conquista de la posición y a
los cien prisioneros que hizo; pero la jornada le fue desfavorable en
otro respecto, porque perdió al jefe y organizador de su caballería,
don Carlos O’Donnell. Viéndole moribundo, dijo:
—Pérdida irreparable. Valía él mucho más que todo lo que hemos ganado
en este encuentro.
Mientras esto ocurría en el Perdón, en Velate las columnas facciosas de
Elío y Sagastibelza atacaban a Oraa, el cual se retiraba con pérdidas.
Con esto, y con la evacuación por los cristinos de tantas plazas de
segundo orden fortificadas, Navarra, a excepción de Pamplona y de
los pueblos de la Ribera, era ya totalmente del dominio carlista,
comprendiendo la línea de la frontera hasta el mismísimo Irún. ¿Qué
faltaba? Tomar a San Sebastián y a Pamplona. Mas para esto urgía ganar
antes a Vitoria, y la llave de Vitoria eran las plazas fortificadas
de Villafranca, Vergara y Tolosa, en Guipúzcoa. Pensado y hecho: ya
le tenéis en marcha, trasladando de un punto a otro sus masas de
hombres con presteza increíble. En aquella expedición debía tropezar
con Jáuregui, con Iriarte y con Espartero, que ya ilustraba su nombre
con gallardas valentías, y ganaba el aplauso y la admiración de las
muchedumbres.
En el asedio de Villafranca hubo de sufrir Zumalacárregui
desfallecimientos de sus tropas; pero su energía supo trocar el
desánimo en loco frenesí de combate. Acude Espartero desde Durango
en auxilio de la plaza guipuzcoana; sábelo Zumalacárregui y, con la
celeridad del rayo, corren sus batallones a cortarle el camino. Trábase
furioso combate en Descarga; Espartero se ve obligado a retroceder;
vuelven los vencedores de Descarga sobre Villafranca; el asedio es
formidable, épico; los cristinos rinden las armas en condiciones
honrosas; la facción gana en aquel día una posición importantísima, mil
quinientos fusiles y víveres abundantes. Y velozmente, siguiendo la
acción a la idea, como el disparo al requerimiento del gatillo, Eraso
caía sobre Éibar, Gómez sobre Tolosa.
Y cuando el mismo Zumalacárregui disponíase a tomar a Vergara, recibe
un apremiante aviso de don Carlos llamándole a su Cuartel Real de
Segura.
Como jarro de agua fría cayó este aviso sobre la ardiente voluntad del
caudillo guipuzcoano, y de malísimo talante se puso en marcha hacia
Segura, pasando por Ormáiztegui, su pueblo natal, donde sus paisanos y
amigos le acogieron llorando de entusiasmo y cariño, apenados de ver
cómo se acentuaba en su rostro la tristeza, que atribuían a la falta de
salud, efecto del desmedido trabajo. Los laureles ganados en tan corto
tiempo, las ventajas adquiridas en la conquista del suelo español para
la monarquía absoluta, más parecían entristecer que alegrar al héroe
de aquella campaña. Su mirada penetrante se fijaba con mayor tenacidad
en el suelo, y su cuerpo se encorvaba hacia la tierra, cediendo más al
peso de las aprensiones y cuidados, que al de las triunfales coronas
que su frente ceñía. En Segura fue recibido afablemente por don Carlos,
que se mostró benévolo y agradecido, estimando mucho el ánimo, la
perseverancia y abnegación que en el mando del ejército desplegaba.
Abrevió el caudillo su visita cuanto pudo, no solo por la prisa de
expugnar a Vergara, sino porque le asfixiaba la atmósfera, el tufo
de camarilla; y aunque ninguno de los corifeos del Cuartel Real le
mostraba desafecto, no ignoraba que en la tertulia del rey y en los
corrillos de toda aquella caterva de vagos y aduladores, se le iba
formando una opinión adversa, regateándole sus méritos o servicios,
censurando sus actos. Las victorias que uno y otro día alcanzaba la
facción, se atribuían al valor de las tropas realistas, y al desmayo
y falta de fe de las de la reina. Indudablemente Zumalacárregui,
según los habladores y comentaristas del Cuartel Real, había hecho
bastante, quizás mucho; pero sin duda pudo hacer más, y seguramente
otro general se habría plantado ya en tierra de Castilla, abriendo
al rey legítimo el camino de Madrid. Los estratégicos de gabinete, o
de corrillos callejeros, hormigueaban en la corte trashumante, y los
últimos covachuelistas y acólitos se permitían planes de guerra. Ganaba
terreno la opinión de que el propio rey debía ponerse al frente del
ejército y dirigir por sí mismo las operaciones, en la seguridad de que
el Espíritu Santo, como a predilecto de Dios, le asistiría con luces de
ciencia militar, concediéndole los laureles de Pelayo, los Alfonsos y
el Cid.
Sabía todo esto Zumalacárregui, y lo sufría con cristiana paciencia,
sin desmayar en el cumplimiento de sus deberes. Su honradez era
tan grande como su talento militar. Al rey que proclamó, a la idea
monárquica pura pertenecía, y ajustando su conducta a un proceder de
línea recta, por nada del mundo de ella se desviaba. A esta excelsa
cualidad unía otra, la de no tener ambición política, virtud rara en
los militares de su tiempo, de uno y otro bando. Realzada con tan
hermosa modestia su figura guerrera, el hijo de Ormáiztegui oscurece a
todos sus contemporáneos ilustres, y a cuantos en el gobierno de las
armas, así cristinos como liberales, le sucedieron.
Expugnó, pues, a Vergara, cuya guarnición, tras una débil resistencia,
capituló quedando prisionera, y el vencedor penetró en la plaza con
gloria, pero sin salud. El mal que padecía y con el cual luchaba de
continuo su voluntad, pudo más que esta al fin, obligándola a rendirse.
Tres días pasó en cama con horrible sufrimiento, quejándose poco, y
empleando los cortos instantes de alivio en completar sus disposiciones
militares. En medio de las tristezas de su estado, no dejaba de llegar
hasta él el rumor de las envidias del Cuartel Real, y en un acceso
de negra melancolía, complicada con dolores físicos, escribió su
dimisión y se la mandó al rey. No quiso admitirla don Carlos, y para
darle testimonio de su real aprecio, fue a Vergara al siguiente día.
Algo mejorado de su enfermedad, salió Zumalacárregui a recibirle, a
caballo, con su Estado Mayor, y rey y general atravesaron la ciudad con
aclamaciones del pueblo y tropa, entre el estruendo de las campanas
echadas a vuelo y de las salvas de artillería.
Las conferencias de aquellos días entre el rey don Carlos y el más
ilustre de sus súbditos, provocaron acontecimientos en los que no es
difícil ver la desviación de la línea de prosperidades marcada por el
destino desde que un distinguido coronel, avecindado en Pamplona en
situación de retiro, cogió en sus manos las partidas indisciplinadas
de Navarra y Guipúzcoa, y con ellas hizo un ejército. ¡Qué diferencia
de tiempos y personas entre aquel día, 20 de octubre de 1833, en que
el coronel don Tomás Zumalacárregui salía por la puerta del Carmen,
vestido de uniforme, y al pasar junto a los centinelas se alzaba el
embozo de su capote gris, como deseando no ser conocido! Siguió a buen
paso por la carretera, pasó el puente sobre el Arga, y al llegar como a
distancia de tiro de cañón, le salió al encuentro un hombre que tenía
del diestro un caballo. Montó en él el militar, y a buen trote tomó la
dirección de la Berrueza. La causa de don Carlos tuvo aquel día lo que
le faltaba: una cabeza. Luego veremos cómo y cuándo esta grande y noble
cabeza se perdió para siempre.