Contento como unas pascuas se fue Borra, y en verdad que no le penaba
ir solo, pues la soledad era su mejor amigo. Fago, secuestrado por el
capellán con cariñosa tiranía, no tuvo más remedio que dejarse conducir
en la ambulancia sanitaria; y cuando ya marchaban a media legua de la
villa, caminito de Elorrio, aproximó Ibarburu su mula al pelotón que le
conducía y hablaron un rato, el uno a pie, caballero el otro.
—Agradezco mucho a usted su buena voluntad; pero créame..., mejor
servicio me haría dejándome zambullir en la soledad y apartarme de
todos estos belenes.
—Déjese, déjese llevar, y no sea usted obstinado y majadero. ¿Qué sabe
usted lo que dice? En la primer parada que hagamos me contará el cómo
y cuándo de haber venido a la desolación de esa vida, y hablaremos del
modo de restaurarle a su estado decoroso... Y aprovecharé el descanso
de esta noche para proveerle de ropa, y vestirle con la decencia que le
corresponde. Somos de la misma estatura y carnes, y mi ropa le vendrá
como suya.
En la primera parada, arrimaditos a una venta próxima al camino, en la
cual comieron y refrescaron, Fago contó a su amigo todos los inauditos
accidentes de su vida, desde el punto y hora en que dejaron de verse,
en diciembre del año anterior. Oyó Ibarburu el relato como un confesor
que no quiere perder sílaba, atento a los íntimos pormenores de
conciencia, para formar cabal juicio del estado moral del penitente;
y al llegar al caso de la defección de Fago y de su ingreso en las
filas cristinas, al oírle que por ganar la libertad había vendido sus
convicciones realistas, combatiendo por Isabelita II en las jornadas
sangrientas de la Améscoa, se mostró tan irritado y severo, que poco
faltó para que terminase allí la confesión, y con ella la amistad de
los dos capellanes.
Pero Fago, con su noble sinceridad, ganó el corazón de Ibarburu. Todo
lo refería lealmente, sin atenuar sus culpas ni empequeñecer su mérito
donde lo hubiera. No ocultó que el principal fin de todos sus actos en
aquella parte de la campaña, era perseguir y cazar a la descarriada
Saloma. Los diversos episodios y peripecias, las vivísimas esperanzas
y desengaños tristes de esta cacería fueron tales, que creyó perder la
razón. Saloma, como fantasma vano, en todas partes se presentaba, y en
los aires se desvanecía cuando las manos se alargaban para cogerla.
Rezagado en las angosturas de Artaza, tuvo que esconderse en unos
breñales para no caer prisionero de los realistas, que le habrían
fusilado sin piedad. Huyó después montes arriba, repugnando el seguir
en filas liberales, y con asco también de las facciosas; vagó tres o
cuatro días, precedido del fantasma, hasta que Dios quiso desengañarle
de aquel vano error, iluminando su entendimiento con ideas claras. La
torpeza y sinrazón de aquel empeño se posesionaron de su espíritu, y
unido a ello el hastío de la humanidad, sintió la querencia hondísima
de la vida ascética. Andando, andando, sin pensar a dónde iba, llevado
más bien de la fatal dirección mecánica de sus pasos, fue a parar al
monte Murumendi, y allí se acordó del solitario Borra. Llegose a la
cabaña, hablaron... Lo demás ya lo había oído Ibarburu de los propios
labios del anacoreta.
—Todo sea por Dios —dijo entre suspiros el capellán guipuzcoano al
ponerse de nuevo en camino—. Dele usted gracias por haber caído en
mis manos; que si se quedara entregado a sus desvaríos, no tardaría
en volverse loco. Ahora, calma y completa sumisión a lo que yo le
ordene: soy su amigo, su protector y su médico. Prescribo, como remedio
salvador, que prepare usted su espíritu y su voluntad para volver lo
más pronto posible al estado eclesiástico. Todo lo que sea del orden de
guerras y política, y el capitulito ese de la persecución de _féminas_,
debe pasar a la historia. Basta de locuras. Sea usted sacerdote, y no
eche el pie fuera de la sábana de una modesta posición eclesiástica...
Adelante: va usted preso. Esta noche le vestiré, y ahora voy a decir
que le dejen ir en un carro de sanidad para que no se fatigue.
A todo se prestó el aragonés, que había vuelto a ser pasivo, abdicando
su voluntad en las voluntades ajenas, y sintiendo de nuevo la devoción
del acaso. Siguieron andando todo aquel día y el siguiente. Por
referencias supieron que Zumalacárregui no había tenido que expugnar a
Durango por encontrar evacuada esta villa. Mas no queriendo emprender
operación tan comprometida como el sitio de Bilbao, dejando una
considerable fuerza cristina en la fortificada villa de Ochandiano,
que domina el llano de Álava, resolvió acudir allá rápidamente. Dicho
y hecho: embistió el pueblo y la torre que lo defendía; a los dos días
se rindió la guarnición. Contemplando Zumalacárregui desde las alturas
de Ochandiano el llano de Álava, en cuyas lejanías se distinguen las
torres de Vitoria, sintiose encariñado con su pensamiento militar, de
cuya ejecución le desviaba la obcecada terquedad de don Carlos. Aún
esperaba convencer a este. Procurándose un excelente guía de ligeros
pies, envió a Vergara un breve mensaje, que decía: «Ochandiano está
en nuestro poder. Desde aquí contemplo el camino que tendremos que
recorrer para proclamar a Vuestra Majestad en Vitoria, mañana, si
Vuestra Majestad me autoriza para desistir de sitiar a Bilbao».
En Durango recibió por respuesta una lacónica pregunta: «¿Se puede
tomar a Bilbao?».
Estrujando en su nerviosa mano el papel, Zumalacárregui exclamó:
—¡Como poderse tomar, sí!... Después, Dios dirá.
Los pocos días transcurridos desde la presentación en Vergara del
capellán aragonés convertido en salvaje anacoreta, bastaron a Ibarburu
para transformarle. Le afeitaron y vistieron, y con esto y el buen
alimento parecía otro nombre, el mismo de antaño, solo que más
enflaquecido y mustio. Al propio tiempo, ganó bastante en serenidad de
espíritu y claridad del entendimiento, y parecía dispuesto a seguir las
prescripciones de Ibarburu, encerrándose en la modestia de una vida
eclesiástica rutinaria y sin pretensiones. Se le declaró libre de toda
pena, atendiendo a que había sido hecho prisionero por los cristinos,
y que estos le obligaron a combatir en sus filas so pena de la vida.
Habiendo llegado a los propios oídos de Zumalacárregui estas amañadas
historias, demostró interés por el desdichado capellán, y deseó verle.
La noche antes de la salida de Durango para Bilbao presentose Ibarburu
con su amigo en el alojamiento del general, que era la casa-palacio
de los Emparanes, y después de una breve antesala, fueron admitidos a
la presencia de don Tomás. De tal modo se pintaba la tristeza en el
semblante de este, que causaba lastimoso respeto a los que le veían.
Sin duda la causa de ello era, además de la dolencia penosa, la inmensa
tribulación de haber visto morir frente a Ochandiano a su entrañable
amigo don Juan Francisco Alzaa, antiguo jefe de los voluntarios de
Oñate.
Sintiose Fago cohibido en presencia del general, cuya figura militar
y política ante sus ojos se agigantaba. Nunca le había visto tan
soberanamente investido de la majestad que dan el talento superior y la
honradez sin tacha. Poco le faltó al capellán, en su profunda emoción,
para arrodillarse delante del caudillo y mostrarle un acatamiento
incondicional, pidiéndole perdón por haber hecho armas contra él. Casi
con lágrimas en los ojos, hizo ademán de besarle la mano, y lo habría
hecho si el otro se lo permitiera.
—¿Qué cuenta usted, buen Fago? —le dijo el general con melancólica
benevolencia—. ¡Ah!... ¿Sabe usted que el famoso cañón que me
trajo usted de Ondárroa nos ha prestado grandes servicios? Pero en
Villafranca, el pobre _Abuelo_, cascado ya y medio chocho, se nos quedó
inútil. Bastante ha servido el infeliz... Todo pasa, todo se gasta y
todo se concluye.
—General —replicó el capellán con voz temblorosa—, mi mayor pena es
que, por mi incapacidad, no pueda yo prestarle algún servicio con la
firme resolución que vuecencia merece.
—Todavía, ¡quién sabe!
—Ya no, ya no... Soy hombre muerto.
Y en aquel mismo instante sintió Fago en su espíritu el fenómeno
extraño que en ocasiones diferentes había sentido: la transfusión de
su pensamiento en el del insigne guerrero, es decir, que sus ideas se
anticipaban a las de este, o que concordaban milagrosamente en dos
cerebros distintos.
—Mi general —dijo después de una pausa—, permítame que le felicite por
sus triunfos, que la historia ha de consignar. Permítame exponer con
sinceridad una idea que tengo aquí... Será temeridad que yo la exprese,
será tal vez descortesía... Vuecencia estima que es un desatino la
expugnación de Bilbao; vuecencia, esclavo de su deber, obedece órdenes
disparatadas del rey...
—¡Eh, cuidado! No puede hablarse así de nuestro soberano... Eso no es
cierto, amigo Fago.
—Tenga vuecencia la dignación de oír todos los dislates que se me
ocurren. Vuecencia no debe obedecer..., debe presentar la dimisión
resueltamente, y que venga otro a ejecutar los propósitos que concibe
el cerebro vacío de los que rodean a nuestro buen rey... Si esto que
digo merece castigo, mande vuecencia que me den veinticinco, cincuenta
palos, y yo resignado los recibiré. Pero déjeme decir todo lo que
pienso: se acerca el término fatal de su carrera gloriosa. ¿Cómo lo sé?
No sé cómo lo sé; pero muy claro lo veo, y vuecencia lo ve lo mismo que
yo.
—Solo Dios sabe lo que puede suceder —dijo Zumalacárregui queriendo
sonreír, y sin poder conseguirlo.
Y el otro terminó:
—Vuecencia lo sabe y yo también... El héroe de esta guerra, el
restaurador de la monarquía legítima... no tomará a Bilbao... El
porqué... él lo sabe... y yo también.
—Mucho saber es ese, amigo Fago —indicó Zumalacárregui sonriendo al fin
de veras—. Yo no soy profeta; por lo visto usted lo es.
—Vámonos, vámonos —dijo Ibarburu con gran zozobra, tomando del brazo a
su amigo para cortar conversación que tenía por impertinente—. Basta de
profecías... Estamos molestando al señor general...
—¡Oh, no!... Pueden quedarse...
Algo más quiso decir Fago; pero el otro, azarado y algo colérico, se
despidió brevemente por los dos y salió, llevándose a su amigo casi a
rastras. Al tomar aliento en la escalera, le reprendió con aspereza,
como a un niño mal criado que acaba de hacer una tontería.
—¿Pero, hombre, está en su juicio?... ¡Qué rato me ha hecho usted
pasar!... Al demonio se le ocurre, ¡carape!..., decirle al general que
no tomaremos..., que no tomará a Bilbao... ¿Ha querido usted anunciar
su muerte?
—He dicho lo que siento, lo que veo..., lo mismo que ve y siente él...
Es como la luz, amigo Ibarburu, y me sorprende que usted no lo vea.
—Lo que veo yo —dijo el castrense encalabrinándose— es que si seguimos
con esas salidas de tono, le daré a usted por desahuciado, y le
abandonaré a su desdichada suerte.
Y el otro, sin parar mientes en la indignación de su amigo, ni
cuidarse de aplacarla, se llevaba las manos a la cabeza, exclamando:
—¡Lástima de hombre!... ¡Qué pérdida, Señor!... ¡Inmenso duelo!
—¿Qué rezonga usted, por cien mil carapes? —gritó el capellán furioso
enarbolando el palo.
—Dios lo quiere, Dios lo ha dispuesto... Así debe ser, sin duda, y así
será.