Llegaban a Vitoria constantemente tropas y más tropas: unas venían
de Miranda de Ebro y Rioja; otras de Guipúzcoa, fatigadas, mal
vestidas, conservando intacta la moral, mas un tanto quebrantada la fe.
Desplegaba Valdés en su palacio toda la actividad oficinesca que la
previa organización de la campaña, en lo militar, en lo administrativo
y sanitario, requería. Adiestrado en las guerras de América, no
ignoraba lo que traía entre manos. Era hombre modestísimo, afable,
de bastante edad, espíritu fuerte, cuerpo flaco y mísero: vestido
de paisano, habría pasado por clérigo; de uniforme, representaba
la persona venerable de un honrado capellán. Oyó contar Fago que
Valdés, al llegar a Vitoria con su nombramiento de general en jefe del
ejército del Norte, no llevaba séquito ni escolta; no llevaba equipaje
ni dinero, ni aun siquiera sombrero militar: a tal punto llegaba el
menosprecio de toda ostentación y boato en su propia persona. Comía lo
que querían darle; aceptaba de los generales a sus órdenes prendas
de vestir, y tenía su administración personal en manos de un fiel
asistente. Y al propio tiempo, sabía infundir a todo el mundo respeto:
los soldados le querían, los jefes le veneraban. Era un buen padre de
su ejército. «Para ser completo —pensaba Fago—, sepamos si conducirá a
sus hijos a una victoria eficaz, resistiendo firme y pegando fuerte».
No duraron los preparativos más de veinte días: transcurridos estos,
empezaron a salir fuerzas en dirección de la sierra de Andía. Llevaban
piezas de montaña, abundantes víveres, municiones y todo lo necesario.
Las tropas de Lorenzo, procedentes de Los Arcos, y las de Méndez Vigo,
viniendo de Pamplona, marchaban también hacia la Améscoa. Ocupada
esta por fuerza numerosa, ¿qué remedio tenía don Tomás más que correr
hacia la frontera de Francia? Tan seguro se creía esto, que se habían
dado a las autoridades francesas los necesarios avisos para el desarme
e internación de las bandas carlistas vencidas. Tanta confianza, en
cosas de guerra, no parecía el colmo de la prudencia. Pero, en fin, con
estas seguridades, las tropas iban a sus posiciones muy animadas, y con
ganitas de pelear.
Destinaron a Fago al Provincial de Toro, que mandaba Barrenechea,
jefe instruido y de grande arrojo; Arbués le afilió en una de las dos
compañías que mandaba, nombrándole cabo. Llevaba el capellán uniforme
completo, excelente fusil, y su cartuchera bien provista. No tardó en
sentir nuevamente ímpetus guerreros, influencia natural del medio, del
compañerismo, de la emulación.
La marcha no fue penosa, y tardaron tres días en llegar a Contrasta. De
allí empezaron a franquear las alturas, penetrando por bosques espesos,
bordeando abismos, escalando peñas. En los míseros pueblos, esquilmados
ya por los carlistas, no encontraban reses, ni alimento de ninguna
clase; dormían al fresco en campamentos dispuestos con arte. El jefe de
la columna, barón del Solar de Espinosa, era un militar que sabía su
oficio, y del general de la división, don Luis de Córdova, nada hay que
decir, pues harto se conocen sus altas dotes militares, que más tarde
había de enaltecer en la grandiosa jornada de Mendigorría.
Delante de esta división iban otras, trepando a las fragosas alturas,
que hallaban absolutamente limpias de facciosos. Esto alegraba a los
poco entendidos. Zumalacárregui abandonaba las altas posiciones. Una
de dos: o retrocedía hacia la frontera de Francia, o se situaba en la
Améscoa Baja, donde su posición era desventajosa, endemoniada. Así
razonaban los que, como el bueno de Arbués y otros, no poseían el don
estratégico. Pero Fago, viendo que don Tomás abandonaba por completo
las alturas, dejando a Valdés internarse y perderse en ellas, empezó
a entrever el plan del jefe carlista, el cual no podía ser otro que
esperar en la Améscoa Baja hasta el momento preciso en que Valdés
_se hiciera un lío_ en la espesura de los bosques y en los picachos
inaccesibles de la sierra, viéndose obligado a situar sus batallones
en una línea extensísima, donde gran parte de la fuerza no podía
revolverse ni acudir aquí o allá, conforme a las exigencias de la lucha.
Interrogado por su pariente, que aún no se apeaba de su optimismo, le
dijo Fago:
—_Chiquio_, convéncete de que esto va mal. El plan de ocupar la Améscoa
fue bueno mientras otra cabeza no discurrió uno mejor. Zumalacárregui,
que sabe mucho, pero mucho, nos deja meter nuestros veinticinco
batallones en la sierra, y él acampa tan tranquilo en los pueblos de
abajo, confiado en que pasaremos el tiempo mirando a las estrellas,
pues la mayor parte de las tropas que van peñas arriba no pueden
hacer otra cosa. Verás cómo no pasa de mañana sin atacarnos por la
retaguardia. A esta división le tocará aguantar la embestida, para lo
cual tendremos que cambiar de frente. Y todo ese ejército que anda a
gatas por los montes, ¿de qué nos sirve? ¿Cómo vendrá a auxiliarnos
si no puede moverse con agilidad en estas intrincadas espesuras? Los
grandes ejércitos son para operar en el llano. La guerra de montaña
tiene su táctica especial, que en este caso no he visto aplicada.
Puntualmente se ajustaron los hechos a lo que el capellán pensaba.
Al día siguiente por la tarde, fueron atacados por cuatro batallones
carlistas en las inmediaciones de Artaza. Los cristinos se batieron
con bravura, y a fuerza de constancia conservaban al anochecer sus
posiciones. El terreno no les favorecía: era estrecho, limitado aquí
por picachos inaccesibles, allá por cortaduras y barranqueras en cuyo
fondo mugían torrentes. Pelear en tal sitio era la mejor prueba a que
puede someterse el valor y la tenacidad de un ejército: lo que hicieron
los constitucionales en aquel día supera con mucho a cuantas proezas
pudieran imaginarse. Y para que la prueba fuese más terrible, pasaron
toda la noche en la angustiosa expectación de ser atacados con mayores
fuerzas al día siguiente. ¿Que harían? ¿Continuar avanzando hacia la
sierra? Esto era peligrosísimo, porque al avanzar empujarían hacia
el norte a los demás batallones, y en este caso, marchando siempre
hacia arriba, la salida tenía que ser por los valles de la vertiente
del Cantábrico, o por la frontera pirenaica. El retroceso era también
difícil, porque si los realistas, como parecía seguro, se situaban
en el portillo de Artaza, podrían, no ya embestir, sino fusilar a
los batallones, atacándolos uno por uno. Fago explicó a su primo la
situación con un ejemplo:
—Figúrate —le dijo— que nuestros veinticinco batallones son veinticinco
barcos, y que nos hemos metido en un canal o bahía larga y estrecha.
Esta división es el navío de retaguardia. En la boca del canal nos
atacan buques enemigos. Si salimos, mal; si entramos, hemos de navegar
empujándonos unos a otros hasta salir por el opuesto extremo del
canal. Si nos retiramos por donde hemos venido, a medida que vayan
saliendo barcos, el enemigo los irá cazando a su gusto y abrasándolos
sin piedad. ¿Lo comprendes ahora?
—Sí; la dificultad y el error están en que, a lo largo de la sierra,
nuestros batallones no pueden desplegarse en un extenso frente de
combate. Tienen que ir enfilados, con un frente estrechísimo, unos tras
otros.
Y no solo les afligió el desaliento durante la noche, sino también la
sed. En aquellas alturas no había agua. Un chusco dijo que tenían que
contentarse con beberla por las orejas, porque oían ruidos de espumosos
torrentes bajo sus pies, a profundidades a que solo con el pensamiento,
no con la mirada, podían llegar. Reforzada la columna durante la noche
con el batallón más próximo, preparáronse para la pelea del siguiente
22 de abril, que debía de ser, y fue realmente, una página épica. Los
carlistas embistieron muy temprano; sus guerrillas habían trepado a
alturas donde era increíble que pudiesen hombres mantenerse y pelear,
no convirtiéndose en gatos o ardillas. En las espesuras cercanas y en
los picachos del otro lado de la barranquera, los fogonazos simulaban
el incendio del bosque. Sin la artillería de montaña, manejada con
toda la pericia del mundo, la retaguardia cristina habría perecido
en la puerta de la ratonera. Al mediodía, Valdés y Córdova acordaron
descender, arrostrando las desventajas de la posición, y el 5.º de
Ligeros fue el primero que se lanzó impávido por el desfiladero de
Artaza, hostilizado por un lado y por otro... El Provincial de Toro y
otros cuerpos siguiéronle con el mismo brío. Los carlistas, rechazados
en una vuelta del camino, se escabullían por aquellas angosturas para
reaparecer luego más abajo, encastillados entre peñas. Caían soldados
de la reina sin cesar; los jefes de los cuerpos combatían en primera
línea. Córdova y el barón del Solar defendían sus vidas como el último
de los soldados. De este modo, y perdiendo mucha gente, llegaron con
extraordinaria gallardía al pueblo de Baríndano, que encontraron
desierto. Allí ya podían respirar, poner en orden los desconcertados
batallones y atender a los heridos que habían podido recoger. Perdieron
carros de municiones y víveres; perdieron muchas vidas. Ya no había más
plan que emprender la retirada hacia Estella con todo el arte posible.
Y durante la noche, la retaguardia, que por el cambio de frente había
llegado a ser vanguardia del ejército de la reina, desde Baríndano
seguía viendo nutrido fuego en el desfiladero de Artaza, señal de
que las demás divisiones descendían del laberinto con las mismas
dificultades. A media noche cesó el fuego, porque a los carlistas se
les habían acabado las municiones, y se replegaban hacia Aranarache y
Contrasta.
Lo peor de aquella tremenda jornada era que los cristinos no
encontraban ningún apoyo en el país: el vecindario huía de los
pueblos, poniéndose al amparo de la facción; a ningún precio se
encontraban aldeanos ni pastores que quisieran practicar el espionaje;
la ignorancia de los movimientos del enemigo y de los puntos en que
pernoctaba eran motivo de grande confusión para los generales; nadie
sabía nada; había que esperar los hechos, subordinando todo plan a lo
que resultara de los del enemigo, por lo cual el verdadero director de
la campaña era Zumalacárregui como jefe de su ejército, dueño absoluto
del país en que operaba y de todo el paisanaje navarro.
La mañana del 23 se empleó en organizar la retirada a Estella. La
vanguardia debía marchar aquel mismo día hacia Abárzuza. Era probable
que los carlistas, repuestos del cansancio y provistos de víveres,
atacarían por Arlabia o Echevarri. Manteníase aún bravo y arrogante el
ejército cristino, confiando siempre en sus jefes. También él tenía fe
en su causa, aunque no la mostrara por modo tan vehemente e infantil
como su hermano el faccioso. Se había hecho a la desgracia, soportaba
resignado la enemiga y desafecto del país, y sobre esta desventaja
hacía recaer la culpa de su vencimiento en aquella jornada.
La última división que quedaba en la cumbre emprendió el descenso por
el desfiladero de Goyano, que ofrecía la ventaja sobre el de Artaza
de tener una cumbre accesible. Apoderándose de ella, la retirada
podía efectuarse en buenas condiciones. Quiso tomar Zumalacárregui
la eminencia; pero Valdés, con Aldama y Seoane, anduvieron más
listos, y con supremo esfuerzo lograron emplazar en lo más alto dos
obuses; hazaña de gigantes que no se creyera si no se la viese con
tanta prontitud realizada. No tuvieron los carlistas más remedio
que abandonar las posiciones. Zumalacárregui, que personalmente les
mandaba, viendo el desaliento de su tropa, les dijo:
—Mejor: dejémosles que bajen, que allá tenemos otra angostura en que
les sacudiremos con más comodidad.
En efecto, al descender de Goyano por pendientes llenas de cadáveres,
hubieron de sufrir otro ataque en el camino de Abárzuza, en una vuelta
del río Urederra. Zumalacárregui reapareció en una altura formidable,
donde les hizo más bajas, cogió algunos prisioneros y dos carros. Al
anochecer, entraban Seoane y Aldama en Abárzuza con sus tropas más que
diezmadas, muertas de fatiga, de hambre y sed. Y lo peor era que al día
siguiente tendrían que sostener nuevos encuentros, pues el carlista
no cejaba; quería recoger todas las ventajas de su victoria, y acosar
hasta en su último refugio a las heroicas cuanto desgraciadas tropas de
la reina.
Dos días después entraban en Estella los veinticinco batallones,
sin convencerse aún de que había llevado la peor parte la causa que
defendían; tristes y fatigados, pero sin dar su brazo a torcer; seguros
de poder repetir la hazaña, si sus jefes, con error o sin él, les
llevaban a un nuevo combate. La tenacidad, la gallardía caballeresca,
componen toda la historia de una raza que, al inclinarse para caer en
tierra, ya está pensando en cómo ha de levantarse.