—_Chiquio_, el demonio que te conozca. Eres el cadáver de ti mismo —le
dijo con noble y cordial efusión—. ¿Cómo has llegado a ponerte tan
flaco y amarillo? ¿Dónde y cómo caíste prisionero? ¿Qué ha sido de ti
desde que fuiste a Oñate?...
Al cúmulo de preguntas que le hizo, no pudo contestar Fago más que con
expresiones de alegría y reconocimiento; pero repuesto de la alegría
que el feliz encuentro le produjo, emprendió el completo relato de
sus desventuras, cuidando de emplear cierto método histórico, para
que Arbués pudiese formar juicio, y resolver algo que condujese a la
terminación de aquel horrible cautiverio. Hablaron toda la tarde; la
situación del prisionero cambió radicalmente, y el jefe de la prisión
le mostró gran benevolencia; la esperanza brillaba en los espacios, y
sonreía en el alma del pobre capellán. Despidiose Arbués diciéndole que
estuviese tranquilo; él hablaría con su coronel, jefe de la plaza, que
le estimaba mucho, y pronto se resolvería lo más conveniente (estilo
militar).
Al siguiente día por la tarde, oyó Fago de su primo esta extraña
proposición:
—_Chiquio_, darte la libertad de buenas a primeras, sin trámite de la
Auditoría militar, paréceme difícil; proporcionarte la evasión, no
es imposible, ni aun difícil; pero el coronel no quiere gastar esas
bromas. Teme que aproveches tu libertad para volverte a la facción y
pelear contra nosotros. Si nos das una garantía de que no harás armas
contra la reina, se buscará un medio de que seas libre mañana mismo.
—¿Y qué garantía he de dar más que mi palabra de honor?
—No nos basta; digo, a mí sí; pero el coronel es un poco testarudo, y
muy ordenancista.
—Pues mi palabra de sacerdote.
—Las palabras de sacerdote no valen en el fuero militar. Necesitamos
una garantía positiva, eficaz.
—¿De que no haré armas contra los liberales?
—Eso.
—¿Y cómo doy esa garantía?
—De un modo muy fácil y muy claro. Nos convenceremos de que no harás
armas contra nosotros, cuando te veamos batiéndote a nuestro lado y
contra ellos.
—¡Contra los carlistas!... ¿Y no hay otra manera de alcanzar mi
libertad?
—No hay otra.
—Pues _chiquio_, mi libertad _vale una misa_. Acepto, soy tuvo, soy
vuestro.
Siguieron hablando, y Arbués le aseguró que había tenido noticias de
sus proezas en el otro campo. Se decía que gozaba entre los facciosos
fama de gran estratégico, y que Zumalacárregui no tomaba ninguna
determinación sin consultarle. Riendo contestó Fago que no hubo tales
hazañas, y que don Tomás no le había consultado jamás sus planes
de guerra. Confirmó después su escepticismo en cosas de política
militar, manifestándose igualmente desdeñoso de las ideas y móviles
de uno y otro bando; y por último, apuntó la idea de que facciosos y
constitucionales andaban en tratos para amasar un soberano pastel, que
sería la paz mentirosa por unos cuantos años. A esto replicó Arbués,
hablándole al oído:
—Antes de que termine este año de 1835, nos abrazaremos los dos
ejércitos.
Desde aquel día, se le llevó el primo a su alojamiento, y pudo
recorrer libremente la ciudad, hablar con todo el mundo, renovar
antiguas relaciones. Saboreaba la libertad con inefables goces; todo
le parecía bello, el caserío y sus habitantes, hermosas las iglesias,
la campiña risueña, esmaltada de ricos colores. Comúnmente se metía
en el vetusto San Miguel, en San Pedro o en la Virgen del Puy, y se
pasaba largas horas en fervoroso rezo, renegando de su pasada devoción
del acaso. Dios lo gobierna todo, y procede con una lógica insondable,
desconocida para nuestras pobres inteligencias. A Dios debemos acudir
siempre en nuestras necesidades; a Dios debía la libertad; la mano
omnipotente le señalaba el campo cristino. Acordándose de la misión
que le había dado el señor Arespacochaga, vio en este señor a uno de
los mayores mentecatos que andaban por el mundo, y resolvió proseguir
por cuenta propia la cacería de Saloma, sin cuidarse poco ni mucho de
las impertinencias policíacas del Cuartel Real. Ningún nuevo indicio
del paradero de la hija de Ulibarri encontró en Estella, y solo podía
consignar corazonadas, inexplicables fenómenos del espíritu, que
dominaban su voluntad y la llevaban a extraños desvaríos. Una tarde,
volviendo de San Pedro, vio un rebaño de ovejas que entraba en la
ciudad bajando del Santo Sepulcro. Acosadas las reses por el pastor,
corrían balando. Fago las oyó decir _Me, Me_, y esta sílaba, claramente
expresada por los animalitos, impresionó su cerebro y lo llenó de
intensa melancolía. Siguiendo al rebaño por la calle de Santiago
la Nueva, oía la repetición del nombre: los corderos lo decían con
infantil lloriqueo; las madres con familiaridad gangosa. Hasta las
personas que el ganado veían pasar pronunciaban, en el sentir de Fago,
el quejumbroso _Me_, y él también se puso a gritar lo mismo, corriendo
al lado del pastor, y ayudando a este a recoger las reses que se
desviaban de la línea recta.
Siguió la manada hacia las alturas del Puy, y ya cerca del santuario,
vio Fago dos monjas dominicas. Corrió tras ellas; tropezando en
un pedrusco, cayó cuan largo era, y el rebaño le pasó por encima,
llenándole de tierra y basura. Alguien le dio la mano para levantarse,
y un ratito tardó en volver de su turbación y recobrar la vista; el
polvo le cegaba, la violencia de la caída le trastornaba el magín...
Vio el rebaño metiéndose en un olivar cercano; las monjas entraban en
el Puy. Quitándose el polvo, corrió a la iglesia; pero las religiosas
no estaban allí. El sacristán, a quien preguntó, díjole que allí no
habían entrado monjas, sino dos clérigos menores, deudos de la casa, y
que bien pudo suceder que, si el señor no tenía buena vista, hubiese
tomado por monjas a los clérigos, que eran pequeñitos de cuerpo y de
rostros aniñados. No se convenció el capellán, y se obstinaba en que
eran religiosas dominicas, a lo que respondió el acólito que en el
pueblo había benitas, clarisas y recoletas, todas en clausura rigurosa,
y que no encontraría dominicas aunque diera por ellas un ojo de la cara.
Aquella noche refirió su aventura al amigo Arbués, fiel depositario
de su confianza; y sacado a relucir el negocio de Saloma, díjole el
comandante que corrieron voces de que había reanudado amorosos tratos
con la hija de Ulibarri. Le habían visto con ella una noche en el
parador del _Manco_, junto a Antoñana. También oyó decir Arbués que
Saloma andaba de ama de un capellán cristino que sirvió en la división
de Córdova. Muerto el tal de una bala perdida que le cogió en Mendaza,
la _viuda_, si así puede decirse, se había refugiado en un pueblo de la
Améscoa, donde criaba un niño del alcalde. Denegó el capellán la parte
que le correspondía en estas historias, y puso en cuarentena lo demás,
aguardando la ocasión de comprobarlo por sí mismo con ayuda de Dios.
En estas cosas se pasó todo febrero. Las operaciones militares eran
a la sazón en el Baztán. Decíase que la guarnición de Elizondo,
incorporada a las tropas de Lorenzo, partiría..., quién sabe para
dónde. Transcurrieron muchos días sin saberse nada concreto; días
de expectación, que por lo común engendran el desaliento. Mina
inspiraba poca confianza por causa de su enfermiza vejez: notaban
todos la desproporción entre sus arrogantes proyectos y la ineficacia
de los resultados que obtenía, que eran medianos, malos más bien.
Zumalacárregui, dotado de una movilidad prodigiosa, tan pronto se le
aparecía junto al Pirineo, como en la frontera de Álava. Con rapidez
más propia de aves que de hombres, se presentaba en la Ribera cuando
le perseguían en la Borunda. El ejército de la reina, más numeroso que
el carlista, érale inferior en agilidad, quizás por su mayor fuerza
y extensión. Faltábale una cabeza superior, un pastor de tropas que
supiera conducirle por los laberintos de aquella fortaleza ingente,
Navarra, construida por Dios para la guerra civil. La cabeza no
parecía: el gobierno de Madrid seguía buscándola, y ya se indicaba al
ministro de la Guerra, general don Jerónimo Valdés. De todo hablaban
en las aburridas tertulias de la guarnición, y no había nadie que
no deseara combates rudos y decisivos. Las noticias de las acciones
parciales llegaban un día y otro, desfiguradas en su paso al través
del país en guerra. El ataque y gloriosa defensa del fuerte de
Echarri-Aranaz se comentaba como una de las páginas más gloriosas de la
milicia cristina; los combates de Fuenmayor y Ulzama, como una prueba
más de las innegables dotes estratégicas del general de don Carlos.
Súpose también que este había creado el batallón de la Legitimidad, que
con el de Guías agrandaba y fortalecía su ejército. Por fin, era común
creencia que la facción no pasaría jamás el Ebro, que Zumalacárregui
había pedido 400.000 cartuchos y 100.000 pesos para extender sus
operaciones a los llanos de Castilla, y como el pretendiente no podía
darle ni municiones ni dinero en tal cantidad, porque no tenía de dónde
sacarlo, contaban todos con el desfallecimiento de la causa, para dar
al traste con ella, si antes no apencaba con el arreglo que se le
proponía. Andaba en estos cabildeos don Miguel Zumalacárregui, regente
de la Audiencia de Burgos y afecto a la reina. Cartas afectuosas se
cruzaron entre los dos hermanos, llevadas y traídas por los oficiales
cristinos Vidondo y Eraso. De todo esto se hablaba, así como de la
próxima intervención de los ingleses para dar a la guerra un carácter
más humano, estableciendo el canje de prisioneros y otras prácticas de
la guerra, tal como hacerla sabían las naciones más civilizadas.
Por fin, la guarnición de Estella se incorporó a la división del
general Lorenzo, saliendo para Campezu. Habían prometido a Fago darle
el mando de una de las columnas volantes que el ejército cristino
organizaba para hostigar y distraer las fuerzas facciosas; pero
surgieron dudas y vacilaciones sobre el particular, y el hombre fue
agregado a las dos compañías que mandaba su pariente. En verdad que
no le importaba: prefería una posición modesta, no creyéndose llamado
en aquella ocasión a grandes heroicidades. En Campezu acamparon ocho
días aguardando a Lorenzo, y allí supieron que ya no les mandaba Mina,
sino Valdés, y que este llegaría muy pronto de Madrid. De Campezu
fueron a Vitoria, lo que agradó extraordinariamente al capellán, porque
sus corazonadas le indicaron la capital de Álava como punto en que
forzosamente había de adquirir noticias de la persona cuyo hallazgo
deseaba. Nada encontró, ni siquiera indicios, como no fuera la singular
sílaba _Me_, trazada con brochazos de pintura en un muro de los
Arquillos... También la vio en un tinglado, al parecer fragua, por bajo
de Santa María. Pero ello no podía ser obra del demonio. La inscripción
quería decir: _Matías Emparán_...
Llegado Valdés, se habló de su plan de campaña, el cual a todos parecía
grande y sintético, propio de un potente cerebro militar. Consistía
en ocupar con veinticinco mil hombres la Améscoa Alta, el nido donde
Zumalacárregui criaba sus feroces polluelos, y donde fraguaba sus
tremendas maquinaciones y rápidas acometidas. Técnicamente, el plan
era hermoso, y Fago lo tuvo por obra de una capacidad de primer orden.
Faltaba la ejecución, que en esto de planes estratégicos el concepto
teórico carece de valor, mientras no le acompaña la clara percepción de
las medidas que han de hacerlo efectivo.
—Deseo vivamente ver cómo este señor acomete tal empresa —decía el
capellán a su pariente, sintiéndose otra vez tocado de la monomanía
estratégica—. ¡Ocupar la Améscoa Alta! ¿Se cuenta con que el otro
no la ocupará antes? ¿Dispone el señor Valdés de medios para obrar
con rapidez, poniendo entre el pensamiento y la ejecución el menor
tiempo posible? Cierto que veinticinco mil hombres son muchos hombres,
¡carambo!, para estas guerras. Y si llevan bastante artillería de
montaña, y se escalonan bien las fuerzas, de modo que no se apelmacen
en corto espacio y puedan operar con desahogo; si se fortifican tres
o cuatro puntos que yo me sé, y se marcan bien las líneas en que ha de
operar cada división, designándoles las respectivas convergencias; si
no hay atropello ni desorden; si las provisiones no faltan en tiempo y
lugar oportunos; si se señalan los puntos de retirada de cada cuerpo, y
el punto del máximo avance; si los que mandan las divisiones se atienen
escrupulosamente a lo que se les ordene; si la cabeza principal no
pierde la serenidad, y sabe lo que son y lo que representan veinticinco
mil soldados bajo una sola mano, veo un éxito, querido Rodrigo; veo una
victoria grande y quizás decisiva. Para frustrar este plan grandioso,
necesita don Tomás discurrir alguna diablura, y bien podría ser que
la discurriese. Le conozco, es tremendo: nada se le escapa, y contra
la lógica de los demás tiene él la suya, que es la lógica madre. Digo
yo: ¿se puede descomponer con diez mil hombres este plan de ocupar
la Améscoa con veinticinco mil? ¡Se puede, ya lo creo que se puede!
El cómo, yo lo sé, yo lo veo; tú también lo verás, pues este sentido
estratégico es ni más ni menos que el sentido común; pero tanto tú como
yo nos guardaremos de manifestar estas ideas teóricas, para que no nos
tengan por soberbios o presumidos.
Díjole Arbués que él no sabía más que batirse donde le mandaban, y
que rara vez se le ocurrían pensamientos referentes a organización y
unidad de mando. Veía la guerra en la táctica menuda; no le cabían en
la cabeza más que sus dos compañías, y aun de ellas le sobraban unas
cuantas docenas de soldados.