No dándose por vencido el aragonés, pidió permiso al jefe del convoy
para agregarse a el, decidido a poner sitio en regla a la fiereza de
la monjita. Siguieron todo aquel día por sendas y vericuetos, y en
el descanso de los carros a la caída de la tarde, hallándose junto a
Gorria, que se agravaba de un modo alarmante, vio a las dos monjas en
los carros delanteros, y platicando con ellas a Mariano Zapico, el
veedor o contadorcillo del Cuartel Real, que don Fructuoso le había
designado como competidor suyo en la comisión de atrapar a la volandera
_Me_.
«Este mentecato —se dijo— practica el espionaje por su cuenta, y
sabrá congraciarse con el consejero, llevándole mil enredos y fábulas
novelescas. Veo que asedia a la monjita Ulibarri. Trabajo le mando:
es una fierecilla. Cuando vivía en el siglo, sus padres no podían
aguantarla: le conocí lo menos doce novios; con todos reñía, y les
hacía reñir unos contra otros; traía revuelto al pueblo, y por
causa de ella llovían puñaladas. De pronto le dio la ventolera por
la religión... El fuego de su alma apasionada escapábase por aquel
registro. Sus padres vieron el cielo abierto cuando la chiquilla
manifestó tal vocación, y acelerando los preparativos por temor de
que se arrepintiera, metiéronla en las dominicas de Los Arcos... Es
organista y cantora. Sigámosla hasta que cante..., que al fin cantará».
Poco después de anochecido, dio parte el médico de que a Gorria se le
podían contar los momentos que le quedaban de vida. Acudió Fago junto a
su amigo, y le halló con conocimiento, aunque por minutos se le nublaba.
—Buen Gorria, ¿qué es eso?
—Nada, que me muero... No puedo más... Como soy tan grandón, la muerte
tiene que tirar mucho para llevarme... Por eso me duele...
—Ánimo; ¿quieres beber vino?
—Hombre, sí..., y muérame pronto con este bendito trago.
—A hombres de tu temple no se les entretiene con vanas palabras. ¿Llega
el momento de pasar de esta vida perversa a la vida inmortal? Pues a
morir con entereza de soldado cristiano, valiente en los combates, más
valiente aún en este trance último.
—¡A morir, valientes...! ¡Viva Carlos V, viva Dios!
—¿Tienes algo que disponer? ¿Tu conciencia tiene algún pecado de que
descargarse? Dímelo, y ten confianza en Dios.
—Si no es pecado el guerrear y desearle al enemigo todos los males,
ningún pecado tengo, señor de Fago; pues ni mentira, ni estropicio,
ni nada de mujeres encuentro en mi conciencia, por más que en ella
rebusco. Y si algo hay de que no me acuerdo, perdónemelo Dios y
lléveme a su santo seno... Soy soldado de la religión... Muero peleando
contra los _ateístas_... Señor mío Jesucristo...
Siguió rezando entre dientes, mientras Fago con entera voz le
encomendaba. Aprovechando un momento lúcido, le preguntó si tenía algo
que disponer tocante a intereses. La respuesta fue breve:
—No tengo más bienes que el prado de Urrestillo, cerca de Azpeitia, y
un huerto con doce manzanos y un peral. Quiero que sea para Dominica,
la hermana de mi difunta, que tiene seis hijos. El dinero que llevo
sobre mí..., aquí está... Cójalo para que mande que me apliquen una
misa... Ya no hay más bienes..., digo, sí, mi cuerpo: este cuerpo que
vale por dos, se lo dejo a la tierra... Enterrado en mi huerto... ¡qué
rico abono para los manzanos!... Mi alma para Dios..., y vámonos al
cielo... ¿Los que pelean y matan entran en el reino de Dios? Yo he
matado ayer más de veinte cristinos. ¿Ellos y yo entraremos juntos en
la gloria eterna, o es que los cristinos que luchan por el ateísmo no
pueden entrar?... Dígamelo.
Fago se apresuró a tranquilizarle sobre este delicado punto, diciéndole
que todos los que sucumbían con honor defendiendo la idea que a la
guerra les llevaba, eran acogidos en el seno de nuestro Padre. Los
directores de esta matanza eran los responsables, y entre ellos,
Dios escogería los suyos... Poco más habló el pobre Gorria, y todo
lo restante lo dijo el capellán con ardiente y patético estilo,
exhortándole a fijar sus últimos pensamientos en la misericordia
divina, y a desprenderse de los intereses y miras terrenales, sin
exceptuar los de la causa, pues esta, como todo, debía ser comprendida
entre las pequeñeces despreciables que abandonamos en el umbral de
la otra vida. El capellán de la ambulancia, señor Elío, viejo muy
dispuesto, cojo de un balazo que recibió capitaneando una partidita en
los comienzos de la guerra, dio la extremaunción a Gorria, y el convoy
siguió su marcha. En camino, a las tres de la tarde, entregó su alma el
valiente soldado.
Dejaron el cuerpo en la primera parada, y adelante. Por la noche
intentó Fago nuevamente hablar con la monjita Pilar Ulibarri; pero
esta y su compañera se resistieron a oírle. Al detenerse en Antoñana,
el jefe del convoy, sin duda a excitación de las dominicas, le ordenó
despótica y groseramente que no siguiese unido a la ambulancia,
amenazándole, en caso de desobediencia, con la aplicación inmediata
de cincuenta palos. Devoraba su ira, por no poder castigar tanta
insolencia con un número de bofetadas igual al de palos con que se le
amenazaba, y vio partir el convoy, creyendo al fin que sería quizás
providencial aquel desgraciado suceso. En su ardiente imaginación,
fomentaba la idea de que le convenía dirección distinta para llegar al
fin propuesto.
Toda la noche anduvo por desolados campos, sin dirección fija,
adoptando el acaso por guía único de su andar vagabundo, y creyendo que
los senderos desconocidos suelen conducirnos a donde deseamos. Renegaba
de la previsión, del método, de todo el fárrago de prescripciones
por que se guían los hombres, y que comúnmente resultan de menor
eficacia que los dictados de la fatalidad. Somos unos seres infelices
que creemos saber algo y no sabemos nada, que inventamos reglas y
principios para engañar nuestra impotencia; vivimos a merced de la
naturaleza y de las misteriosas combinaciones del tiempo y el espacio.
Iba, pues, entregado a lo que el espacio y el tiempo, ministros de
Dios, quisieran disponer en su tiránico dominio.
A la madrugada, cuando se aproximaba a un pueblo que creyó sería
Contrasta, sin estar seguro de ello, pues una vaga niebla envolvía
la torre y caseríos circundantes, se vio sorprendido por fuerzas
de caballería que le dieron el alto. Eran cristinos, tropa ligera,
armados de carabinas. Quiso el capellán escabullirse saltando una pared
cercana; pero le apuntaron, se vio cazado como un conejo, y no tuvo más
remedio que entregarse. Interrogado por el jefe de la fuerza, respondió
que era hombre pacífico, del estado eclesiástico; le registraron; pero
aunque nada se le encontró que le comprometiera, no pudo evitar la nota
de sospechoso, y se le llevaron entre los caballos, con la amenaza
de dejarle seco si intentaba la fuga. Aun en tan desdichado trance,
continuaba firme en la devoción del acaso, y se decía: «¿Quién sabe
si este cautiverio será provechoso, y me llevará al fin que persigo?
Todo puede ser. No preveamos nada: esperémoslo todo del arreglo y
disposición que las cosas se dan a sí mismas».
En el pueblo próximo, que no era Contrasta, sino Larraona, entregáronle
como prisionero a una columna de la división de Aldama, y a los dos
días de marcha fatigosa entró en Estella, y fue encerrado en la
cárcel de esta ciudad, donde prisioneros y criminales padecían juntos
la reclusión estrecha y la miseria nauseabunda. Por los cuadros
lastimosos, por las caras de torturante aflicción que vio al entrar
allí a media noche, hubo de comprender que le esperaba una vida de
perros, si no venían en su auxilio las personas que en la ciudad
conocía, o algún oficial de la guarnición cristina, aragonés, de
los muchos con quienes en tiempos mejores había tenido amistad. Por
de pronto, si vio caras conocidas entre los presos, no eran estos
de calidad, y ningún amparo ni protección podía esperar de los que
compartían su infortunio. Dedicose el primer día al solapado examen
del local, por ver si había facilidades de escapatoria; pero sus
observaciones no fueron optimistas. En cambio, si resultaba cierta la
noticia de que les sacaban a trabajar en las fortificaciones de la
plaza, bien podía suceder que, puestos de acuerdo los más animosos,
lograsen la libertad. Fijo en esta idea, empezó a tantear a sus
compañeros, trabando conversación y explorando los caracteres, sin más
objeto que escoger entre ellos los de mayor coraje y decisión.
En efecto, a la mañana siguiente, unos treinta fueron a trabajar en
las obras de fortificación que activamente se hacían más allá del
santuario de Nuestra Señora del Puy. Al menos, trabajando en campo
libre hacían ejercicio, respiraban aire puro, se ponían en contacto con
soldados de la guarnición, y al paso por la ciudad podían descubrir
entre el vecindario caras amigas. Desgraciadamente para Fago, si vio
los primeros días algún rostro que le recordaba antiguos conocimientos,
nadie reparó en él. Diez días mortales se pasaron en triste ansiedad,
sin que una voz amiga sonara en su oído, sin que una mano protectora
le amparase. El desaliento le consumía; la esperanza le abandonaba;
castigábale Dios por su pagana devoción del acaso, y este, el ciego
ordenador de las cosas, también le tenía en olvido y menosprecio,
manteniéndole en la triste monotonía de los sucesos metódicos y
regulares, sin ninguna sorpresa, sin ninguno de esos golpes teatrales
que varían favorable o adversamente el curso tedioso de una vida
esclava.
Y en tanto, nadie le decía por qué estaba cautivo, ni se le
interrogaba, ni se le sometía a procedimientos judiciales o de
consejo de guerra. Le habían detenido _porque sí_, y _porque sí_ le
tendrían preso hasta la consumación de los siglos. En los días de
aquella lúgubre existencia, enterose de la expugnación de Los Arcos
por Zumalacárregui, y del asedio del fuerte de Echarri-Aranaz, que
los cristinos reseñaban a su manera. Poco le importaba todo esto, y
lo mismo le daba que triunfase Juan o Pedro: más que el trono de las
Españas, le interesaba su propia libertad.
Terminadas las trincheras del Puy, les llevaron al otro lado del río,
junto a San Pedro la Rúa, la interesantísima iglesia románica. En
las alturas que la dominan, y en las ruinas próximas de un excelso
monasterio, se trabajaba para fortificar la ciudad, cuya situación,
dentro de un círculo de elevados montes, era en extremo peligrosa
para la guarnición, si esta no se posesionaba fácilmente de todas
las alturas. Otros diez días transcurrieron sin que el pobre Fago
viese alterada la acompasada tristeza de su existencia; la evasión
no se le presentaba fácil ni aun posible, por la vigilancia que se
ejercía sobre los presos. Ya iba transcurrido cerca de un mes de
aquella muerte lenta, cuando el acaso le hizo una mueca que le pareció
precursora de acontecimientos extraordinarios, y, por consiguiente,
favorables. He aquí el suceso: un cabo de Gerona que le había mostrado
benevolencia, y benevolencia quería decir menos crueldad y grosería de
lo que se acostumbraba, le entregó, a la conclusión del trabajo, un
lío conteniendo dos panes, media docena de chorizos, cuatro manzanas
y algunos cigarros, todo envuelto dentro de una servilleta sucia.
El obsequio, que en tales circunstancias era de una extraordinaria
magnificencia, procedía, según el cabo, de una señora que se interesaba
por el pobre capellán prisionero. ¿Cómo se llamaba? El mensajero no lo
sabía. ¿Qué señas tenía? Alta, morena, guapetona. No necesitó más Fago
para creer que era la hija de Ulibarri quien le favorecía, y extrañaba
que no acompañase al regalito una carta en que se le ofreciera la
libertad, o se le propusieran los medios de conseguirla. Todo el
día, loco de júbilo, se lo pasó pensando en ella, y su imaginación
soñadora veía llegar por momentos segundo mensaje con esquela o recado
entablando comunicación para tratar de libertarle. La esclavitud le
había entontecido; pensaba y sentía como un niño, y creía verosímiles
y probables los más absurdos delirios de la mente. Su desilusión fue
grande al siguiente día, cuando por referencias del propio cabo y de
otro soldado de Gerona, vino a cerciorarse de que la señora a quien
debía el obsequio, no era otra que Saloma la baturra. La cuadrilla del
_tío Concejil_ había entrado en Estella cuatro días antes, arrimada a
la división de Gurrea.
En su desaliento, pensó el capellán con seguro juicio que pues no le
salían amigos de valía por ninguna parte, era forzoso buscar el arrimo
y calor de los seres humildes que se habían acordado de favorecerle
en su desventura. Mandó un recado a Saloma la baturra para que a verle
fuera, y una tarde, hallándose en las obras del puente de Azucareros,
se le presentó _Uva_ saludándole afectuoso en nombre de toda la
cuadrilla. Las señoras no iban _por no dar que hablar_. La visita
fue de grandísimo consuelo para Fago, y los conceptos que de boca
del cantinero oyó, resucitaron en el alma del prisionero las muertas
esperanzas.
—El día que entramos —dijo Uva— le vimos a usted trabajando en San
Pedro. Pero no quisimos decirle nada por no llamar la atención...,
que nosotros tenemos que andar con mucho ten con ten para que nos
consientan nuestro tráfico... Sepa el señor capellán que en la
guarnición hay algunos jefes aragoneses, y entre ellos uno que...
Tengo por cierto que ha de conocerle a usted, porque es de la Canal de
Berdún, o de junto a Tiermas.
—¿Cómo se llama?
—Don Rodrigo de Arbués..., alto, seco... Paréceme que es comandante o
teniente coronel... No estoy seguro.
—¡Loado sea Dios! —dijo Fago tan conmovido, que poco le faltó para
echarse a llorar...—. Es mi primo, primo segundo mío, y amigo cariñoso
desde la infancia. En la edad feliz, de los veinte a los veinticinco,
hemos hecho juntos bastantes diabluras... Por lo que más quieras en el
mundo, _Uva_ de mi alma, hazme el favor, hazme la caridad de ir en su
busca ahora mismo, y decirle dónde estoy y el mísero estado en que me
encuentro.
Prestose el buen hombre a desempeñar la caritativa comisión, y dos
horas después tenía Fago el indecible consuelo de verse estrechado en
los brazos de su amigo y pariente don Rodrigo de Arbués.