—Es cierto —prosiguió el capellán—. En lo que no estamos conformes es
en que la hija de Ulibarri sea falsa monja. Mis noticias son que ha
profesado.
—¿Y por dónde, por quién ha recibido usted esa información?
—Por nadie, señor —dijo Fago con desprecio de sí mismo, paseándose—. No
sé nada: es que lo pienso, lo he soñado... No me haga usted caso. Estoy
demente.
—No es eso locura. Mi buen capellán fluctúa tristemente entre lo que le
pinta su imaginación y lo que por mi boca le dice la realidad. Procure
usted concertar su sueño con mis informes; ver si acierta el delirio,
que bien podría ser, o si yo me equivoco, lo que no es improbable.
Intente salir de su horrible duda, aceptando la comisión que le propuse.
—¿Pero no dice usted que ha encargado a otro...?
—Aún no ha salido y puedo darle contraorden.
—Y ese otro, ¿quién es?
—Un hombre muy listo, muy despierto, buena estampa, aficionadillo a las
aventuras.
—¿Militar?... ¿No?... ¿Acaso pertenece también al estado eclesiástico?
—Casi no. No ha recibido más que la primera tonsura, y parece inclinado
a seguir carrera muy distinta. La intendencia y la política le
arrastran. Escribe como un águila cuanto sea menester en defensa de la
causa, y demuestra extraordinaria agudeza y olfato para penetrar el
sentido de los acontecimientos.
—¿Aragonés?
—De las Cinco Villas.
—No me diga usted más. Es Mariano Zapico... ¡Bah! ¡Y a un tonto
semejante encarga usted misión tan delicada! Volverá trayéndole a usted
sin fin de enredos.
—No, no: tiene que traerme a la monja verdadera o apócrifa.
—Yo creo que es auténtica... Si quiere usted saber la verdad, no ponga
ese fino trabajo en manos tan toscas como las de Zapico.
—En las de usted quise ponerle —afirmó don Fructuoso con viveza—,
creyendo fundadamente que ya le tenía cogido.
—Pues venga a las mías, ¡carambo!..., venga —dijo el capellán
levantándose y dando dos briosas patadas que hicieron estremecer el
frágil suelo del desván—. Yo desempeñaré esa comisión, pues ya veo
que no sirvo para otra. Soy un desgraciado que todo lo ambiciona y
nada realiza. Me falló la guerra, no sé si me fallará la religión. Mi
voluntad, que otras veces se ha lanzado a las acciones briosas, movida
de una gran idea, ahora se lanza movida de un instinto. Mi destino así
lo quiere. No sé en dónde me meto. Dios sabrá por dónde salgo.
Frotábase las manos el consejero, y para animarle más en su propósito
le dijo estas sesudas expresiones:
—No estoy conforme, amigo Fago, en que dé usted por muertas sus
ambiciones militares, ni las ambiciones, propósitos más bien, del
orden religioso. Para abrir camino a un hombre que, como el capellán
Fago, posee inteligencia no común, no han de faltarle buenos padrinos.
Aquí estoy yo, para declarar solemnemente que si me desempeña esta
comisión como espero, quedo obligado a proporcionar a usted el mando
de una columna volante de doscientos hombres. Quien puede disponerlo,
lo dispondrá. Y en el caso de que mi buen capellán se decida por la
religión, me obligo a premiar sus servicios, el día del triunfo, con
una buena canongía, o un arciprestazgo de los mejores.
No se mostró el aragonés muy entusiasmado con estos ofrecimientos, y
atento no más que a disponerse para la misión que se le encomendaba,
pidió a don Fructuoso dos onzas, con lo cual creía tener lo necesario
para su viaje. Díjole el consejero que aguardase hasta el día
siguiente, porque la Real Intendencia estaba a la cuarta pregunta, y
para proveerle de los fondos necesarios, era preciso retirarlos de
otras obligaciones. Tenía que conferenciar con el mayordomo de palacio,
con el superintendente, con el colector de rentas, y con media docena
más de figurones y ministriles que a la sazón se alojaban, rodeados de
papelotes, en las míseras casas, graneros o zahúrdas de Aranarache.
Al día siguiente, puestas en manos del capellán las dos peluconas,
quiso don Fructuoso darle instrucciones y marcarle un itinerario,
conforme a los datos que de sus golillas y soplones había recibido;
pero Fago no admitió que en aquel punto se le dirigiera.
—¿Qué quiere usted? ¿Que yo busque a Saloma, que la encuentre, que
la coja y me la traiga? Pues déjeme a mí la disposición de los pasos
que tengo que dar para obtener este resultado. Y si lo obtengo, no me
pregunte el cómo, el cuándo, ni el dónde. Yo me entrego a mi instinto,
en la confianza que este sea más afortunado que lo fueron mis altas,
mis nobles ideas. Adiós.
—Guíele Dios, y acompáñele la Virgen bendita.
—No creo que la Generalísima intervenga para nada en esto.
—Debo decirle, amigo Fago, que no tenga escrúpulos por tratarse de
emprender la captura moral y física de persona perteneciente a una
orden religiosa. Eso no; convénzase de que no es monja: si viste el
santo hábito, es como disfraz de sus pérfidas maquinaciones. No haya,
pues, escrúpulos; no haya, pues, el temor de ofender a Dios... Dios
está con nosotros.
—¡Ah!... ¡Dios...! No llevo el propósito de ofenderle... Quizás me
resulte que podré servirle, arrancando al demonio un alma hermosa,
extraviada. Aún espero realizar una acción grande y bella. Puede que
tras de este instinto surja un esfuerzo brioso de la voluntad. No lo
sé. Me dejo llevar del instinto, que a veces nos guía mejor que la
razón... Adiós otra vez.
Y salió en aquel mismo instante, solo, vestido de aldeano, y se perdió
en las veredas fragosas que conducen a Maestu. ¿A dónde iba? Realmente
no lo sabía, y al tomar aquella dirección, como habría tomado otra
cualquiera, no hizo más que entregarse al ciego acaso, saboreando el
goce de prever lo que le deparase, como saborean los jugadores las
presunciones y corazonadas que preceden al manejo de los naipes.
Hasta la noche, después de descabezar un sueño en la venta de Eulate,
no surgieron en su mente determinaciones claras del camino que debía
tomar. «Me voy a Estella —se dijo—. No sé por qué imagino que no he
de perder el tiempo». Nada le ocurrió al segundo día que merezca
mención; pero al tercero, caminando hacía Zúñiga, sorprendiéronle
unos aldeanos con la noticia de que el ejército carlista iba sobre
la Berrueza para dar batalla al general Lorenzo, sucesor de Córdova
en el mando de la división. Esto le movió a cambiar de ruta, pues no
gustaba de encontrarse con sus compañeros de armas en los días de
Mendaza y Arquijas. Nada temía de Zumalacárregui, porque le constaba
que se le habían escrito expresivas cartas dándole explicaciones de la
desaparición del sargento Fago en la batalla del 12 de diciembre. En
el amañado relato, se suponía que recibió una herida en el cráneo; que
se extravió en las oscuridades de la niebla; que fue a parar cerca de
Estella, donde cayó gravemente enfermo, con afección a la vista. Se
decía también que habiéndose presentado, ya restablecido, en el Cuartel
Real, el señor Arespacochaga le había encargado el importantísimo
servicio de organizar, entre el clero regular navarro, colectas para
las atenciones de la guerra. A pesar de que estas testimoniales del
Cuartel Real le aseguraban contra todo castigo, no sentía maldita
gana de verse en presencia de Zumalacárregui, ni de Iturralde, ni del
coronel del 5.º de Navarra. Torció, pues, su derrotero, discurriendo
qué haría para no infundir sospechas en el campo cristino, hacia el
cual resueltamente se encaminaba.
No lejos de Genevilla, donde se tomó un día de descanso, dijéronle unos
pastores que en el propio Arquijas, lugar sin duda predestinado para
batallas, se había dado una de las más sangrientas entre las tropas de
don Tomás y las de Lorenzo. Unos y otros tuvieron muchas bajas; pero
la victoria fue de la facción. Seguidamente, Zumalacárregui atacaría
la guarnición de Los Arcos, para lo cual había mandado que le llevaran
de la sierra de Urbasa un cañón muy grande llamado el _Abuelo_, y
los dos obuses que el artillero señor Reina le había fabricado con
chocolateras, almireces y badilas. Invitáronle aquellos infelices
a recogerse y pasar la noche en una cabaña que a tiro de piedra se
veía, y el capellán aceptó gozoso, por la confianza que los tales le
inspiraban, como gente hospitalaria y sencilla. En la cabaña le dio
modesto albergue una mujer tuerta, afable, que al punto preparó para
todos la cena, consistente en sopas con grasa de cabrito, y luego
castañas cocidas con leche. Encima de esto echaron el cuartillejo
de vino, con lo cual rompieron todas las lenguas en un despotrique
animadísimo sobre lo bien que iba el negocio de la guerra en Navarra y
Guipúzcoa, y los malos ratos y berrinches que estaba pasando el señor
de Mina, por no poder hacer nada de provecho contra la facción.
—La semana pasada —dijo uno de los pastores— le vi en Puente la Reina.
¡Ay, qué malo está el pobre! ¡Ojos que te vieron en la otra guerra y
que te ven hoy! Antes tan gallardo, ahora como una horquilla; ayer daba
miedo su cara, y hoy da compasión. Monta en una mula blanca, y lleva en
su Estado Mayor dos señoras muy guapas. No se rían: son dos burras de
leche..., no toma más alimento el pobre que la leche de borrica.
—¿El pobre? —dijo otro—. Pues no paice sino que bebe vino de los
infiernos, según es de sanguinario y afusilador. Está dado a los
demonios porque no gana, y la corajina la desfoga en el cuitado que cae
en manos de su tropa.
Sosteniéndoles gallardamente la conversación, aguardaba el capellán
coyuntura favorable para hacerles una pregunta de grande interés, y
hallada por fin la oportunidad, les dijo:
—¿Podríais vosotros darme alguna noticia de las monjas dominicas de Los
Arcos, que por ruina del convento quedaron desalojadas, y anduvieron
después por estas tierras, sin encontrar, ¡las pobres!, un rincón
sagrado en que guarecerse?
—¡Anda, anda, señor: si todas las que corrían por aquí —dijo la
tuerta— eran monjas de engañifa!... ¡Pues no han dado poco que hablar
las tales! Entre ellas venía una frescachona y muy dispuesta que la
llamaban doña Bernardina, de la cual dicen que era un mozo vestido de
mujer.
—Y con esa —dijo Fago prontamente— iba otra más guapa todavía, alta,
morena, ojos negros...
—Sí, señor. Bien se conoce que la ha visto.
—Moza efectiva, no marimacho; pero que no es monja más que por el traje.
—Todo es como lo pinta, señor. ¿Lo ha visto?
—¿Sabes el nombre de esa?
—No sabemos sino que le afusilaron al padre.
—¿Por qué?
—Por capitán de bandoleros.
—Eso no es verdad. Decidme otra cosa. ¿Las dos monjas franqueaban
libremente las líneas facciosas?
—Sí, señor; porque como iban pidiendo limosna, so color de la santa
religión, mandó el buen general que no les hicieran daño. Pero en
la partida de Lucus se descubrió el enredo de esas bribonas, y las
desnudaron para emplumarlas y no sé qué..., resultando que, vistas sin
ropa, las dos eran hembras.
—¡Caramba!... ¿Y esos miserables se atreverían...?
—Señor, el soldado no repara..., por eso es soldado; que si reparara,
no lo sería.
Después de apoyar esta sentencia con conceptos que en distinta forma
venían a decir lo mismo, otro de los pastores aseguró que salvó a las
monjas de un agravio seguro la repentina llegada de la columna cristina
del general Méndez Vigo. Batido rápidamente Lucus y dispersa su gente,
las tropas de Mina les quitó seis caballos y las dos monjas.
—Que llevarían inmediatamente a Pamplona.
—A dónde las llevaron no sabemos, ni lo que hicieron con ellas tampoco;
mas pa mí tengo que no harían nada bueno.
—Horrible cosa es la guerra, que no respeta la vida del hombre, ni el
honor de la mujer.
—¿Y ellas —dijo la tuerta con avinagrada voz y gesto— por qué van a
buscarlo? ¿Qué tienen que hacer las mujeres allí donde deben estar
solos los hombres en su obligación? La enagua en casa, y en la calle
y en la heredad el calzón. Luego no se quejen de que las afusilen...
Bien afusiladas están.
Nadie se atrevió a replicar a tan sabios conceptos. Fago, taciturno,
se retiró al humildísimo lecho que le habían preparado, y a la mañana
siguiente muy temprano partió, andando largo trecho con los pastores.
En Narcué encontraron un convoy faccioso de heridos de la tercera
acción de Arquijas, que iba hacia la Améscoa, custodiado por alaveses,
entre los cuales Fago apenas tenía conocimientos. Lejos de intentar
escabullirse, su generoso corazón le impulsó a llegarse a los carros,
en la parada que hicieron para proveerse de agua fresca, y ofreciéndose
a prestar cualquier auxilio que fuese necesario, examinó a los heridos,
buscando semblantes de amigos y compañeros. A no pocos reconoció; muy
viva fue su pena al ver entre ellos al grande, al gigantesco Gorria
en lastimoso estado, con un balazo en el hombro derecho y otro en
el muslo. El poderoso atleta sufría con cristiana entereza el dolor
de su carne, y estrechando la mano del amigo, díjole que no sentía
morirse más que por no ver triunfante la causa del rey católico. En
cuatro palabras le dio idea de la acción librada frente al Ega, la más
encarnizada y mortal de aquella campaña.
—Perdidas muchas almas; pero ganadas y bien ganadas las posiciones.
Ahora a Los Arcos.
Aprovechando el alto, fueron curados los que más necesidad tenían de
emplastos y vendajes; dieron alimento a los que lo pidieron; agua y
vino a los sedientos, que eran los más; a todos frases de consuelo
y esperanza. En los carros que iban a la zaga, se habían muerto dos
antes de llegar a Narcué. Ayudó Fago a poner los cadáveres en tierra,
y hallándose en este trajín, vio dos monjas dominicas que prestaban
servicio sanitario en la galera próxima. Al llegarse a ellas con viva
curiosidad, una de las dos, joven y agraciada, le miró atentamente. El
capellán no desconocía, no, aquel rostro que, a pesar de las tocas y de
la monjil compostura, no había dejado de ser vivaracho. Ella fue la que
primero se arrancó a hablarle:
—José Fago, ¿crees que no te conozco? En tres años poco has cambiado.
¿No sabes quién soy?
—Oh, sí —replicó el capellán con alegría, súbitamente iluminada su
memoria—. Eres, el nombre no lo recuerdo..., la hija de don Valentín
Ulibarri, de Villafranca de Navarra, prima hermana de...
—Soy Pilar Ulibarri. Cuando yo profesé, tú eras un perdido. Luego te
hiciste sacerdote... ¿Qué clase de sacerdote eres? ¿Eres bueno, o un
demonio coronado?
—No hables así, Pilar. El pasado es negro, todo miseria, ruinas,
muerte, sangre. Hemos nacido en días trágicos. De tu familia nada
queda. Murió tu padre; pereció a manos de la venganza militar tu tío
don Adrián. Dime, dímelo pronto: ¿has visto a Saloma?
—Sí.
—¿Vive?
—No sé. No debieras pensar en ella más que para pedir a Dios que la
conforte en su desgracia, y que la aparte de los caminos del mal.
¿Para qué preguntas por mi prima con ese afán? ¡Ay, José Fago, tú no
perteneces a Dios; perteneces al demonio!
—Solo Dios me posee —replicó el clérigo con vivo afán—. Por Él te pido
que no me ocultes lo que sepas de tu prima.
—Sabrás que al tener conocimiento de la muerte de su padre, vino a mi
convento... Quería entrar en religión.
—¿Dónde estaba, qué hacía cuando mataron al alcalde?
—Estaba en tierra de Álava: no sé más... La recibimos, la consolamos.
Al poco tiempo nos vimos arrojadas de nuestro convento por las tropas
que defienden el ateísmo, y salimos, nos desbandamos: unas hermanas
fueron por este lado, otras por aquel. Estuvo mi prima en mi compañía
una semana. Después... Pero no te digo más, no quiero ni debo. Un
interés mundano es lo que te mueve a preguntarme por esa desgraciada...
No me lo niegues. Tú eres malo, tan malo ahora como entonces, y estás
profanando la orden que recibiste, y ultrajando con tu conducta y
con tus pensamientos al Señor nuestro Dios... No te digo nada, no
me preguntes nada, y déjame... En tus ojos conozco la maldad de tus
intenciones. Vete; apártate, monstruo.
Y uniendo la viveza de la acción al vigor de la palabra, huyó de aquel
sitio antes que el desconcertado capellán pudiese contestar a sus
airadas y despreciativas razones.