Tras una pausa en que uno y otro parecían embebecidos en hondísimas
meditaciones, prosiguió Fago:
—Lo que pregunto a usted es si piensa Su Majestad variar de
generalísimo... terrestre.
—No creo que, por ahora, de eso se trate. Su Majestad, mientras los
acontecimientos no prueben que Zumalacárregui va por mal camino, no
puede retirar a este su confianza. El señor es hombre de gran prudencia
y tacto, y toma sus resoluciones después de bien meditadas...
—¿Hay acaso en el Cuartel Real personas que hayan demostrado o
demuestren aptitudes excepcionales para el gobierno de un ejército?
—Acá para _inter nos_, amigo Fago, la organización de tropas y el
llevarlas al combate y a la victoria, previo estudio del terreno en
que han de pelear, me parece a mí que no es ciencia tan sublime como
algunos creen. Vea usted lo que han tenido de Aníbales o Pompeyos
nuestros generales más afamados. Y no quiero hablarle a usted de los
guerrilleros. La mayor parte de ellos ladran... Para mí es cuestión de
sentido común y un poco de sangre fría, ni más ni menos. En el Cuartel
Real tenemos sujetos de gran conocimiento en estos asuntos, algunos
del orden civil. Cuando el soberano nos hace el honor de reunirnos en
su tertulia, hablamos, discutimos, y haciendo la crítica menuda de las
marchas y disposiciones del general, unas veces nos parecen bien, y
otras..., ¡qué quiere usted que le diga!..., nos parecen medianas.
—¿Y al consejo áulico de Su Majestad no asisten militares? La opinión
de estos me parece muy digna de tomarse en cuenta, y no es esto
despreciar el criterio de los señores del orden civil.
—¿Militares dice usted? Su Majestad tiene a su disposición a más de
cuatro que se distinguieron en la guerra de la Independencia y en
la campaña realista; hombres de conocimientos, de práctica en la
manipulación de tropas, y señalados además por la firmeza y fervor de
sus creencias religiosas. Sin ir más lejos, aquí está el señor González
Moreno, de quien debemos esperar días gloriosos para la causa; persona
muy sensata, muy grave, de las que a mí me gustan... ¡Pocas palabras,
¿me entiende usted?, una seguridad en el juicio, una entereza en
el carácter!... Tenga usted por cierto que con ese no juegan los
caballeros constitucionales y masónicos.
—Y ese señor González..., ¿quién es? Perdone usted mi ignorancia. ¿Con
qué hazañas, o siquiera hechos de algún viso, ha ilustrado su nombre?
—Por Dios, amigo Fago, ¿de qué dehesa sale usted? ¿Es de veras que no
ha oído nombrar al señor González Moreno, el afamado gobernador militar
de Málaga, que en los últimos años de don Fernando VII descubrió y
aniquiló la conspiración de Torrijos y otros corifeos del democratismo,
atrayéndolos de Gibraltar a Málaga, y...?
—Ya, ya sé... Si he de hablar con franqueza, señor don Fructuoso de
mi alma, esa página histórica no resulta muy gloriosa que digamos...;
expreso lo que siento..., y bien mirado, ello es un acto político más
que militar.
—Yo le aseguro a usted —afirmó el consejero enfáticamente—, y puedo
probarlo, que el señor González Moreno posee en grado altísimo talentos
militares, con los cuales emulará, _Deo volente_, a los caudillos más
insignes.
Con estas salidas de tono, expresadas en el lenguaje oficinesco que
tan bien manejaba, solía tapar don Fructuoso las bocas de diversos
personajes, amigos o rivales suyos, con quienes comúnmente departía, y
que si no le eran inferiores en cacumen, no le llegaban al zancajo en
la emisión de conceptos graves, de fácil sonsonete persuasivo. Fingió
Fago que se convencía, y aceptando al señor Moreno por un segundo
Napoleón, se permitió poner en duda la ciencia militar de los que
sahumaban con vano incienso la persona del llamado rey legítimo.
—Dejemos este asunto del cambio de general —dijo luego don Fructuoso
desarrugando el ceño— a la autoridad augusta del soberano, y ocupémonos
en lo que es de nuestra humilde incumbencia. Encargado estoy de velar
por la seguridad de esta gloriosa monarquía; a mí me compete el acechar
a los enemigos, el buscarles las vueltas y atajarles los pasos. Creo
haber adquirido noticias de grandísimo precio para desbaratar las
intrigas de los constitucionales; pero la red es tan espesa, amigo mío,
que aún me falta coger muchos de sus hilos. Los que andan sueltos por
ahí espero atraparlos con la ayuda de usted.
—¡Yo! ¿Qué puedo hacer yo, triste de mí?
—Mucho, amigo Fago, mucho. Las dudas que acerca de su lealtad me
asaltaron al verle hoy, se han disipado. Creo en su inocencia. Para
creer en su adhesión incondicional a la causa, necesito que me preste
usted un servicio..., ¡ah!, un servicio que no vacilo en llamar
eminente.
—Dígamelo pronto, y si es cosa que puedo y sé...
—¿Que si puede y sabe? No se le exige ciencia militar ni teología
dogmática. Esta no es empresa de guerrero ni de sacerdote.
—¿Pues de qué?
—De hombre..., simplemente de hombre, señor Fago. La causa exige de
usted en estos momentos que deje a un lado las aptitudes militares, si
es que las tiene, y las disposiciones evangélicas, para no ser más que
el José Fago vulgar, el de marras.
—No entiendo, señor don Fructuoso: explíquemelo mejor.
—Más claro: necesito que vaya usted en seguimiento de esa mujer, que la
rastree, que la persiga, que la encuentre y me la traiga.
—¿Esa...?
—Esa _Me_..., o como quiera que se llame. No se haga usted el tonto.
Yo le señalaré un itinerario seguro para encontrarla. Verá usted cómo
no falla, y cobraremos esa hermosa pieza, ya se disfrace de monja
dominica, ya de aldeana rústica o ama de cría. Para ganar su confianza
y apoderarse de sus secretos, empleará usted los medios que crea
eficaces, cualesquiera que sean, pues la santidad del fin todo lo
justifica y ennoblece. Quiero decir que no sea usted remilgado, pues
esa debe de ser pájara de cuenta..., en fin, ¿qué he de decirle, si
usted mejor que yo la conoce?
—Señor don Fructuoso de mi alma —dijo el capellán con gran
consternación, palideciendo—. Yo no puedo desempeñar esa comisión...,
yo no quiero ni debo ver a esa mujer, a quien conocí y traté más de
lo conveniente, en mis tiempos de seglar desalmado y libertino. Mi
conciencia me prohíbe avivar el fuego que sofoqué para bien de mi
alma... No me lance usted a ese peligro, por Dios; se lo ruego...
—¡Hombre, qué ridículos escrúpulos!... Yo no le digo a usted que
caiga nuevamente en el pecado, ni de eso se trata. Ya sé que hablo
con un sacerdote. Pero la causa es la causa, y no se la puede servir
eficazmente sin algún sacrificio... No pido el sacrificio de la
conciencia; basta con el de los actos, basta con una apariencia de...
Poniéndome en su caso, entiendo que no me sería difícil conquistar o
reconquistar la voluntad de esa hembra, conservando mi conciencia en
paz, y ofreciendo a Dios la pureza de mis intenciones y el servicio que
presto a la fe, como garantía de la nulidad de algún pecadillo formal
que pudiera cometer..., formal digo, de forma, _per accidens_..., usted
me entiende.
—Dispénseme usted —dijo Fago con grandísima turbación, la frente
empapada en sudor frío—; pero yo no puedo, no me determino... Me entra
el pánico, señor; ese pánico que me hizo correr en el campo de batalla.
No soy dueño de mí, no tengo voluntad.
—Bueno, bueno: tranquilícese, amigo don José..., y piense con calma lo
que le propongo, para que pueda darme de hoy a mañana su conformidad.
Trémulo y desconcertado, el capellán se levantó, tendiendo su mano a
don Fructuoso. Quería marcharse, huir, correr. Sentía las ansias del
pánico, y no se conceptuaba seguro hasta no poner la mayor distancia
posible entre su persona y la del grave consejero, que era en aquel
instante su demonio tentador. Aún quiso este retenerle, estrechando sus
manos abrasadas; pero Fago no podía más, no. Si no escapaba pronto, su
temblor se convertiría en ataque epiléptico. Despidiose con palabras
balbucientes, y salió de estampía, tropezando en los muebles, haciendo
retemblar las hojas de la puerta.
Largo rato vagó por el pueblo, recorriendo de punta a punta su calle
única, empinada y fangosa, sin que con el desgaste de la energía
muscular se calmase la vivísima agitación que le dominaba. Encontrose
uno, dos amigos, y hablando con ellos de cosas en que fijar no podía ni
el oído ni la atención, sintió un frío muy intenso, que le hacía dar
diente con diente; después un calor que le abrasaba el rostro. Uno de
aquellos señores, contador de la Real Intendencia, tomándole el pulso
le dijo:
—Querido don José, está usted malo, muy malo: lo mejor que puede hacer
es meterse en la cama, si es que la tiene, que en este condenado pueblo
no podemos revolvernos los que componemos la corte. A mí me tiene
usted en un pajar, y gracias que me ha tocado una patrona con buenos
colchones... Si quiere, y no ha encontrado aún alojamiento, véngase
conmigo.
Tan malo se encontraba el buen capellán, que no recordó el ofrecimiento
que don Fructuoso le había hecho de su casa ministerial, y aceptó la
invitación del otro sujeto, mejor dicho, se dejó conducir de él. En un
camaranchón le metieron, y en el suelo le acostaron, sobre un mediano
colchón, con abrigo de mantas y un grueso capote de su amigo. El resto
del día y toda la noche pasó con calentura intensísima, inquietud y
delirio; al día siguiente parecía mejorado; al tercero dijo el médico
que se moría; al cuarto faltó poco para que le dieran el Viático. Una
mejoría repentina hizo concebir esperanzas, y al octavo se le declaró
fuera de peligro; pero su convalecencia había de ser larga. ¿Cuál era
su enfermedad? Tabardillo, fiebre nerviosa, no sé qué. Ni él ni tampoco
el médico lo sabían. Lo cierto fue que después de los crueles días de
gravedad, se quedó aplanadísimo, como atontado, y sin ganas de vivir.
Indiferente a todo, se pasaba los días mirando al techo, bostezando
a ratos, y tarareando una monótona canción de los tiempos juveniles,
que revivió en su memoria en los críticos días de ardorosa fiebre. Su
amigo trataba de distraerle, y le proporcionaba buenos alimentos y aun
golosinas para despertarle el apetito; mas nada conseguía. Ni aun el
señor Arespacochaga, con su conversación grave y sus frases en estilo
de cancillería, lograba sacarle de aquel estado de atónica tristeza.
Pasó la Navidad, pasó el día de Año Nuevo (1835), y hasta la Epifanía
no empezó el hombre a entrar en caja.
Por fin, gracias a Dios, dejó el camastro, y empezando a tomar
alimento, recobraba las fuerzas del cuerpo y el vigor del espíritu.
Aun después de restablecido conservaba la costumbre de permanecer largo
rato mirando al techo, y era que como la estancia no tenía vistas
al campo ni a la calle, sino tan solo a un sombrío corral, el techo
hacía las veces de horizonte, y en él vislumbraba el convaleciente las
extrañas cosas que, en las vagas lejanías de la naturaleza, recrean
nuestra alma más que nuestros ojos.
—Ea, ya estamos bien —dijo Arespacochaga, entrando a verlo un día de
enero—. Basta ya de hacer el niño mimoso, y el enfermito remolón. A la
calle, al campo, y a defender la causa, que para eso vivimos todos.
Conviene enterarle de lo ocurrido en este paréntesis de su enfermedad.
¿Qué dice?..., ¿que no le importa nada?
—No he dicho tal cosa. Ya sé que nuestro ejército opera en Guipúzcoa.
—Y yo puedo darle a usted noticia de acciones perdidas, de acciones
ganadas. La fortuna se muestra ahora variable, caprichosa... Efectos,
digo yo, de que no hay plan, o de que el plan obedece a móviles que
no son militares. Verá usted. En Villarreal de Zumárraga, doloroso
es confesarlo, recibió nuestra gente una soberana paliza: las cosas
claras. ¿A quién se le ocurre presentar batalla con cuatro mil hombres
a las fuerzas dobles o triples de Espartero y Carratalá?... Este buen
señor, este don Tomás de mis pecados, dicho sea entre nosotros con la
mayor reserva, paréceme a mí que ha perdido los papeles. Verdad que se
desquitó en Ormáiztegui, por aquello de que es su pueblo natal, y no
quiere hacer mal papel ante sus convecinos. En Ormáiztegui, hay que
decirlo, quedamos bien, gracias al arrojo de Iturralde y a la pericia
de Gómez. Los cristinos salieron con las manos en la cabeza, y a estas
horas no se sabe dónde han ido a componerse la descalabradura... ¿Qué
me dice usted de todo esto? Parece que le conmueve poco... Veremos si
otro asunto le interesa más. Ha de saber el amigo Fago que, en vista de
las repugnancias que me manifestó el día de su llegada, he pensado en
encargar a otra persona la delicada comisión... ¿Qué, no se acuerda?...
¿Nos hemos quedado sin memoria? ¿Qué significa esa cara de sorpresa y
estupefacción?... Más bien creía yo que durante su enfermedad no ha
pensado en otra cosa, y que la fiebre le ha tenido en constante lucha
con la imagen de...
—Con la imagen... ¿de quién?
—Ello es que la noche en que el pobre Fago estuvo peor, vine aquí...
Usted deliraba, y no decía más que _Me, Me, Me_...
—¿_Me_ decía? Pues mire usted, don Fructuoso, bien pude pronunciar
esa sílaba, porque, en efecto, soñé que la hija de Ulibarri estaba en
Zumárraga hablando con nuestro general.
—La mitad de su sueño es cierta, la otra mitad mentira. En Zumárraga
estuvo: noticias fidedignas tengo de ello. Pero no me consta que
Zumalacárregui le hiciera el honor de admitirla a conferenciar... He
sabido también que pasó por Ormáiztegui... Dos días antes la vieron
en Elorrio, donde acampaba Espartero: iba la señora en compañía de un
capellán que sirve a los constitucionales, tan pronto en el cuartel de
Córdova, como en el de Espartero.
—Paréceme que usted, señor don Fructuoso, sueña más que yo.
—Ya lo veremos. Los sueños no son absolutamente obra de un cerebro
desconcertado; los sueños nos ofrecen, en multitud de casos,
maravillosas conexiones con la realidad. La historia sagrada y profana
nos dice que por el conducto del sueño se han revelado a ciertos y
determinados hombres verdades como puños. Dígame usted, puesto que la
vio en Zumárraga: ¿cómo iba vestida?
—De monja.
—¿Lo ve usted?... Y digan que los sueños son burla de los sentidos.
Monja, sí señor; vestidita de monja, lo que no quiere decir que lo sea.
El traje es un artificio o salvoconducto para la conspiración que se
trae esa señora, correveidile de una taifa de capellanes masónicos, y
de carlistas vendidos a la nefanda Constitución. Y no va sola...
—En efecto, no va sola.
—La ha visto usted en compañía de un hato de religiosas expulsadas de
Los Arcos, y que andan buscando un convento desmantelado donde meterse.