XXII

Tras una pausa en que uno y otro parecían embebecidos en hondísimas

meditaciones, prosiguió Fago:

—Lo que pregunto a usted es si piensa Su Majestad variar de

generalísimo... terrestre.

—No creo que, por ahora, de eso se trate. Su Majestad, mientras los

acontecimientos no prueben que Zumalacárregui va por mal camino, no

puede retirar a este su confianza. El señor es hombre de gran prudencia

y tacto, y toma sus resoluciones después de bien meditadas...

—¿Hay acaso en el Cuartel Real personas que hayan demostrado o

demuestren aptitudes excepcionales para el gobierno de un ejército?

—Acá para _inter nos_, amigo Fago, la organización de tropas y el

llevarlas al combate y a la victoria, previo estudio del terreno en

que han de pelear, me parece a mí que no es ciencia tan sublime como

algunos creen. Vea usted lo que han tenido de Aníbales o Pompeyos

nuestros generales más afamados. Y no quiero hablarle a usted de los

guerrilleros. La mayor parte de ellos ladran... Para mí es cuestión de

sentido común y un poco de sangre fría, ni más ni menos. En el Cuartel

Real tenemos sujetos de gran conocimiento en estos asuntos, algunos

del orden civil. Cuando el soberano nos hace el honor de reunirnos en

su tertulia, hablamos, discutimos, y haciendo la crítica menuda de las

marchas y disposiciones del general, unas veces nos parecen bien, y

otras..., ¡qué quiere usted que le diga!..., nos parecen medianas.

—¿Y al consejo áulico de Su Majestad no asisten militares? La opinión

de estos me parece muy digna de tomarse en cuenta, y no es esto

despreciar el criterio de los señores del orden civil.

—¿Militares dice usted? Su Majestad tiene a su disposición a más de

cuatro que se distinguieron en la guerra de la Independencia y en

la campaña realista; hombres de conocimientos, de práctica en la

manipulación de tropas, y señalados además por la firmeza y fervor de

sus creencias religiosas. Sin ir más lejos, aquí está el señor González

Moreno, de quien debemos esperar días gloriosos para la causa; persona

muy sensata, muy grave, de las que a mí me gustan... ¡Pocas palabras,

¿me entiende usted?, una seguridad en el juicio, una entereza en

el carácter!... Tenga usted por cierto que con ese no juegan los

caballeros constitucionales y masónicos.

—Y ese señor González..., ¿quién es? Perdone usted mi ignorancia. ¿Con

qué hazañas, o siquiera hechos de algún viso, ha ilustrado su nombre?

—Por Dios, amigo Fago, ¿de qué dehesa sale usted? ¿Es de veras que no

ha oído nombrar al señor González Moreno, el afamado gobernador militar

de Málaga, que en los últimos años de don Fernando VII descubrió y

aniquiló la conspiración de Torrijos y otros corifeos del democratismo,

atrayéndolos de Gibraltar a Málaga, y...?

—Ya, ya sé... Si he de hablar con franqueza, señor don Fructuoso de

mi alma, esa página histórica no resulta muy gloriosa que digamos...;

expreso lo que siento..., y bien mirado, ello es un acto político más

que militar.

—Yo le aseguro a usted —afirmó el consejero enfáticamente—, y puedo

probarlo, que el señor González Moreno posee en grado altísimo talentos

militares, con los cuales emulará, _Deo volente_, a los caudillos más

insignes.

Con estas salidas de tono, expresadas en el lenguaje oficinesco que

tan bien manejaba, solía tapar don Fructuoso las bocas de diversos

personajes, amigos o rivales suyos, con quienes comúnmente departía, y

que si no le eran inferiores en cacumen, no le llegaban al zancajo en

la emisión de conceptos graves, de fácil sonsonete persuasivo. Fingió

Fago que se convencía, y aceptando al señor Moreno por un segundo

Napoleón, se permitió poner en duda la ciencia militar de los que

sahumaban con vano incienso la persona del llamado rey legítimo.

—Dejemos este asunto del cambio de general —dijo luego don Fructuoso

desarrugando el ceño— a la autoridad augusta del soberano, y ocupémonos

en lo que es de nuestra humilde incumbencia. Encargado estoy de velar

por la seguridad de esta gloriosa monarquía; a mí me compete el acechar

a los enemigos, el buscarles las vueltas y atajarles los pasos. Creo

haber adquirido noticias de grandísimo precio para desbaratar las

intrigas de los constitucionales; pero la red es tan espesa, amigo mío,

que aún me falta coger muchos de sus hilos. Los que andan sueltos por

ahí espero atraparlos con la ayuda de usted.

—¡Yo! ¿Qué puedo hacer yo, triste de mí?

—Mucho, amigo Fago, mucho. Las dudas que acerca de su lealtad me

asaltaron al verle hoy, se han disipado. Creo en su inocencia. Para

creer en su adhesión incondicional a la causa, necesito que me preste

usted un servicio..., ¡ah!, un servicio que no vacilo en llamar

eminente.

—Dígamelo pronto, y si es cosa que puedo y sé...

—¿Que si puede y sabe? No se le exige ciencia militar ni teología

dogmática. Esta no es empresa de guerrero ni de sacerdote.

—¿Pues de qué?

—De hombre..., simplemente de hombre, señor Fago. La causa exige de

usted en estos momentos que deje a un lado las aptitudes militares, si

es que las tiene, y las disposiciones evangélicas, para no ser más que

el José Fago vulgar, el de marras.

—No entiendo, señor don Fructuoso: explíquemelo mejor.

—Más claro: necesito que vaya usted en seguimiento de esa mujer, que la

rastree, que la persiga, que la encuentre y me la traiga.

—¿Esa...?

—Esa _Me_..., o como quiera que se llame. No se haga usted el tonto.

Yo le señalaré un itinerario seguro para encontrarla. Verá usted cómo

no falla, y cobraremos esa hermosa pieza, ya se disfrace de monja

dominica, ya de aldeana rústica o ama de cría. Para ganar su confianza

y apoderarse de sus secretos, empleará usted los medios que crea

eficaces, cualesquiera que sean, pues la santidad del fin todo lo

justifica y ennoblece. Quiero decir que no sea usted remilgado, pues

esa debe de ser pájara de cuenta..., en fin, ¿qué he de decirle, si

usted mejor que yo la conoce?

—Señor don Fructuoso de mi alma —dijo el capellán con gran

consternación, palideciendo—. Yo no puedo desempeñar esa comisión...,

yo no quiero ni debo ver a esa mujer, a quien conocí y traté más de

lo conveniente, en mis tiempos de seglar desalmado y libertino. Mi

conciencia me prohíbe avivar el fuego que sofoqué para bien de mi

alma... No me lance usted a ese peligro, por Dios; se lo ruego...

—¡Hombre, qué ridículos escrúpulos!... Yo no le digo a usted que

caiga nuevamente en el pecado, ni de eso se trata. Ya sé que hablo

con un sacerdote. Pero la causa es la causa, y no se la puede servir

eficazmente sin algún sacrificio... No pido el sacrificio de la

conciencia; basta con el de los actos, basta con una apariencia de...

Poniéndome en su caso, entiendo que no me sería difícil conquistar o

reconquistar la voluntad de esa hembra, conservando mi conciencia en

paz, y ofreciendo a Dios la pureza de mis intenciones y el servicio que

presto a la fe, como garantía de la nulidad de algún pecadillo formal

que pudiera cometer..., formal digo, de forma, _per accidens_..., usted

me entiende.

—Dispénseme usted —dijo Fago con grandísima turbación, la frente

empapada en sudor frío—; pero yo no puedo, no me determino... Me entra

el pánico, señor; ese pánico que me hizo correr en el campo de batalla.

No soy dueño de mí, no tengo voluntad.

—Bueno, bueno: tranquilícese, amigo don José..., y piense con calma lo

que le propongo, para que pueda darme de hoy a mañana su conformidad.

Trémulo y desconcertado, el capellán se levantó, tendiendo su mano a

don Fructuoso. Quería marcharse, huir, correr. Sentía las ansias del

pánico, y no se conceptuaba seguro hasta no poner la mayor distancia

posible entre su persona y la del grave consejero, que era en aquel

instante su demonio tentador. Aún quiso este retenerle, estrechando sus

manos abrasadas; pero Fago no podía más, no. Si no escapaba pronto, su

temblor se convertiría en ataque epiléptico. Despidiose con palabras

balbucientes, y salió de estampía, tropezando en los muebles, haciendo

retemblar las hojas de la puerta.

Largo rato vagó por el pueblo, recorriendo de punta a punta su calle

única, empinada y fangosa, sin que con el desgaste de la energía

muscular se calmase la vivísima agitación que le dominaba. Encontrose

uno, dos amigos, y hablando con ellos de cosas en que fijar no podía ni

el oído ni la atención, sintió un frío muy intenso, que le hacía dar

diente con diente; después un calor que le abrasaba el rostro. Uno de

aquellos señores, contador de la Real Intendencia, tomándole el pulso

le dijo:

—Querido don José, está usted malo, muy malo: lo mejor que puede hacer

es meterse en la cama, si es que la tiene, que en este condenado pueblo

no podemos revolvernos los que componemos la corte. A mí me tiene

usted en un pajar, y gracias que me ha tocado una patrona con buenos

colchones... Si quiere, y no ha encontrado aún alojamiento, véngase

conmigo.

Tan malo se encontraba el buen capellán, que no recordó el ofrecimiento

que don Fructuoso le había hecho de su casa ministerial, y aceptó la

invitación del otro sujeto, mejor dicho, se dejó conducir de él. En un

camaranchón le metieron, y en el suelo le acostaron, sobre un mediano

colchón, con abrigo de mantas y un grueso capote de su amigo. El resto

del día y toda la noche pasó con calentura intensísima, inquietud y

delirio; al día siguiente parecía mejorado; al tercero dijo el médico

que se moría; al cuarto faltó poco para que le dieran el Viático. Una

mejoría repentina hizo concebir esperanzas, y al octavo se le declaró

fuera de peligro; pero su convalecencia había de ser larga. ¿Cuál era

su enfermedad? Tabardillo, fiebre nerviosa, no sé qué. Ni él ni tampoco

el médico lo sabían. Lo cierto fue que después de los crueles días de

gravedad, se quedó aplanadísimo, como atontado, y sin ganas de vivir.

Indiferente a todo, se pasaba los días mirando al techo, bostezando

a ratos, y tarareando una monótona canción de los tiempos juveniles,

que revivió en su memoria en los críticos días de ardorosa fiebre. Su

amigo trataba de distraerle, y le proporcionaba buenos alimentos y aun

golosinas para despertarle el apetito; mas nada conseguía. Ni aun el

señor Arespacochaga, con su conversación grave y sus frases en estilo

de cancillería, lograba sacarle de aquel estado de atónica tristeza.

Pasó la Navidad, pasó el día de Año Nuevo (1835), y hasta la Epifanía

no empezó el hombre a entrar en caja.

Por fin, gracias a Dios, dejó el camastro, y empezando a tomar

alimento, recobraba las fuerzas del cuerpo y el vigor del espíritu.

Aun después de restablecido conservaba la costumbre de permanecer largo

rato mirando al techo, y era que como la estancia no tenía vistas

al campo ni a la calle, sino tan solo a un sombrío corral, el techo

hacía las veces de horizonte, y en él vislumbraba el convaleciente las

extrañas cosas que, en las vagas lejanías de la naturaleza, recrean

nuestra alma más que nuestros ojos.

—Ea, ya estamos bien —dijo Arespacochaga, entrando a verlo un día de

enero—. Basta ya de hacer el niño mimoso, y el enfermito remolón. A la

calle, al campo, y a defender la causa, que para eso vivimos todos.

Conviene enterarle de lo ocurrido en este paréntesis de su enfermedad.

¿Qué dice?..., ¿que no le importa nada?

—No he dicho tal cosa. Ya sé que nuestro ejército opera en Guipúzcoa.

—Y yo puedo darle a usted noticia de acciones perdidas, de acciones

ganadas. La fortuna se muestra ahora variable, caprichosa... Efectos,

digo yo, de que no hay plan, o de que el plan obedece a móviles que

no son militares. Verá usted. En Villarreal de Zumárraga, doloroso

es confesarlo, recibió nuestra gente una soberana paliza: las cosas

claras. ¿A quién se le ocurre presentar batalla con cuatro mil hombres

a las fuerzas dobles o triples de Espartero y Carratalá?... Este buen

señor, este don Tomás de mis pecados, dicho sea entre nosotros con la

mayor reserva, paréceme a mí que ha perdido los papeles. Verdad que se

desquitó en Ormáiztegui, por aquello de que es su pueblo natal, y no

quiere hacer mal papel ante sus convecinos. En Ormáiztegui, hay que

decirlo, quedamos bien, gracias al arrojo de Iturralde y a la pericia

de Gómez. Los cristinos salieron con las manos en la cabeza, y a estas

horas no se sabe dónde han ido a componerse la descalabradura... ¿Qué

me dice usted de todo esto? Parece que le conmueve poco... Veremos si

otro asunto le interesa más. Ha de saber el amigo Fago que, en vista de

las repugnancias que me manifestó el día de su llegada, he pensado en

encargar a otra persona la delicada comisión... ¿Qué, no se acuerda?...

¿Nos hemos quedado sin memoria? ¿Qué significa esa cara de sorpresa y

estupefacción?... Más bien creía yo que durante su enfermedad no ha

pensado en otra cosa, y que la fiebre le ha tenido en constante lucha

con la imagen de...

—Con la imagen... ¿de quién?

—Ello es que la noche en que el pobre Fago estuvo peor, vine aquí...

Usted deliraba, y no decía más que _Me, Me, Me_...

—¿_Me_ decía? Pues mire usted, don Fructuoso, bien pude pronunciar

esa sílaba, porque, en efecto, soñé que la hija de Ulibarri estaba en

Zumárraga hablando con nuestro general.

—La mitad de su sueño es cierta, la otra mitad mentira. En Zumárraga

estuvo: noticias fidedignas tengo de ello. Pero no me consta que

Zumalacárregui le hiciera el honor de admitirla a conferenciar... He

sabido también que pasó por Ormáiztegui... Dos días antes la vieron

en Elorrio, donde acampaba Espartero: iba la señora en compañía de un

capellán que sirve a los constitucionales, tan pronto en el cuartel de

Córdova, como en el de Espartero.

—Paréceme que usted, señor don Fructuoso, sueña más que yo.

—Ya lo veremos. Los sueños no son absolutamente obra de un cerebro

desconcertado; los sueños nos ofrecen, en multitud de casos,

maravillosas conexiones con la realidad. La historia sagrada y profana

nos dice que por el conducto del sueño se han revelado a ciertos y

determinados hombres verdades como puños. Dígame usted, puesto que la

vio en Zumárraga: ¿cómo iba vestida?

—De monja.

—¿Lo ve usted?... Y digan que los sueños son burla de los sentidos.

Monja, sí señor; vestidita de monja, lo que no quiere decir que lo sea.

El traje es un artificio o salvoconducto para la conspiración que se

trae esa señora, correveidile de una taifa de capellanes masónicos, y

de carlistas vendidos a la nefanda Constitución. Y no va sola...

—En efecto, no va sola.

—La ha visto usted en compañía de un hato de religiosas expulsadas de

Los Arcos, y que andan buscando un convento desmantelado donde meterse.

Zumalacárregui · 第 26 / 38 题