—Es ella, es ella —dijo Fago poseído de febril inquietud, levantándose
para espaciar su espíritu y respirar fuerte—. Pero, pero...
—¿Pero qué?... No sabe usted por dónde salir.
—¿La carta...?
—La mandé a su destino, y por mis vigilantes supe que el señor capellán
acudió a la cita.
—Eso no es verdad, como no lo es que yo recibiera tal carta: se lo
juro. Tiene usted un servicio de espías detestable. Le han engañado,
señor mío.
—Para que vea usted que soy leal y que no quiero cogerle en una trampa
—manifestó el consejero empleando toda su gravedad—, le diré que mis
informes sobre el particular no son de los que alejan toda duda. Al
punto de cita acudió un hombre de balandrán. No me han asegurado que
fuese usted. Bien pudo suceder que la señora _Me_ citara a varios
clérigos para celebrar algún concilio, o junta de rabadanes.
Esta broma no le pareció bien a Fago que sentándose otra vez dio un
golpe en la silla que les separaba, diciendo:
—La señora _Me_ no tiene por qué celebrar concilios, ni es persona
capaz de andar en tratos de mala ley, en enredos políticos o militares.
—¿Que no? ¿Se atreve usted a decir que no? Pues sepa que esa señora
pasó la noche del 14 al 15 de diciembre en el alojamiento de los
ayudantes del general; sepa usted que algunos días antes, el 10 o el
11, estuvo en Los Arcos en compañía del capellán de Gerona, con quien
parece ha vivido o vive en gran intimidad. Es indudable que ha pasado
de un campamento a otro, trayendo y llevando recados. Hay sospechas
de que para sus espionajes se disfraza de monja, en compañía de otra
mujer, figurando que pertenecen a la comunidad de dominicas de Los
Arcos, desalojadas por los cristinos... ¿Qué tiene usted que decir?
¿Por qué me pone esa cara de estupor y atontamiento?
—Pongo esta cara porque realmente me siento atontado y estúpido.
Paréceme que sueño; que oigo contar cuentos de duendes y trasgos. Yo me
vuelvo loco, señor Arespacochaga, y no sé si creer o no creer lo que
escucho.
—Pues yo, en mi sano juicio, sostengo que esa señora, disfrazada de
monja, se ha visto con usted el día antes de Mendaza, quizás el mismo
día, y le ha inducido a llevar proposiciones de componenda, quizás de
traición al general don Luis Fernández de Córdova. Y usted ha visto a
Córdova, no me lo niegue, y usted, antes de venir aquí, ha llevado a
Zumalacárregui algún mensaje del jefe cristino, y usted...
—Señor mío —dijo el capellán con acento solemne, dueño de sí, no
turbado ni balbuciente, sino con la energía y el aplomo de quien
expresa la verdad, y pone la verdad sobre todas las cosas, sin
exceptuar la vida—, yo, José Fago, por la orden sagrada que recibí,
ante Dios que ha de juzgarme, ante los hombres a quienes entrego mi
vida, juro que estoy inocente de todo delito de traición y espionaje,
que no he visto a Córdova ni a Zumalacárregui, que no he visto a
esa mujer a quien suponen ocupada en traer y llevar recados de uno
a otro campamento, que todo lo que usted me cuenta es absolutamente
desconocido para mí. Y si no es verdad lo que juro, que me mate
Dios ahora mismo, y mande mi alma a los infiernos; y si usted no me
cree, disponga que me lleven ante un consejo de guerra y me fusilen
inmediatamente, pues para nada quiero una vida calumniada. Honrado
soy en mi conciencia, y me basta; por eso no temo la muerte; casi la
deseo, y matándome se me da la gloria del martirio, que apetezco, que
ambiciono.
Esta vez fue Arespacochaga quien palideció, afectado por la actitud
arrogantísima del capellán, por su voz entera y vibrante, por el fuego
de sus ojos.
—¿Me cree usted o no me cree? —añadió Fago dando un paso hacia él.
No quiso el consejero dar su brazo a torcer tan pronto, ni declarar el
efecto que la solemne manifestación del aragonés le había producido.
Dominando su turbación, echó mano de su gravedad, del recurso de las
medias palabras que nada dicen, y parecen revelar pensamientos hondos...
—Tengamos calma... Yo opino... ¿Cree usted que a mí se me engaña...,
que no sé distinguir?... Poco a poco. Ya sabe que le aprecio, que le he
protegido, que mi mayor gozo es verle triunfante de la calumnia...
—¿Me cree usted, sí o no?
—Calma, señor capellán... Puede que de esta conferencia salga la
certidumbre de que no es usted traidor... Yo la deseo..., estoy
dispuesto a admitir todas las explicaciones razonables.
—Y hay más —declaró Fago con enérgica resolución y acento firmísimo—:
creo que todo eso que a usted le cuentan sus espías y polizontes,
es falso. Unos por congraciarse con sus jefes y aparentar servicios
ilusorios, otros por la recompensa pecuniaria que se les da, le traen
a usted mil embustes y enredos... No hay, no hay, no puede haber tales
tratos entre el ejército de la legitimidad y el ejército impío; yo lo
niego: le engañan a usted, abusan de su credulidad, señor don Fructuoso.
—¡Carape!..., ahora sí que tengo a usted por un inocente, digno de
que le entierren con palma —replicó el consejero alardeando de hombre
agudo, sabedor de secretos gravísimos—. Admito..., ya ve usted si
le considero..., admito que mi capellán no tenga parte alguna en
esos enjuagues y componendas... Las manifestaciones que usted acaba
de hacerme serían una hipocresía monstruosa si no fuesen verdaderas.
Admito su inocencia, señor Fago; pero dudar de que existen proyectos
contrarios a las grandiosas aspiraciones de nuestro rey augusto...,
¡ah!..., eso no, eso no puedo dudarlo; porque en mi mano tengo
más de un hilo, que me traerá el ovillo de esta indigna conjura.
Todos los servidores de Su Majestad no tienen el mismo grado de fe
y entusiasmo. No diré que nos vendan al enemigo, eso no... Pero
algunos, o por falta de convicción, o por exceso de soberbia, buscan
la alianza con determinados personajes cristinos, proponiéndoles
concesiones políticas, señor mío; ofreciendo cosas tan absurdas como el
otorgamiento de una Constitución prudente, y libertades que no están
ni pueden estar en nuestro programa, porque son contrarias al dogma
religioso... Total: que se quiere acelerar el triunfo de la causa, por
medio de un arreglo en el cual quedarían por el suelo las sagradas
prerrogativas de nuestro soberano... Y yo pregunto: ¿triunfar de ese
modo, es verdadero triunfo?
Fago no chistó. Las ideas expresadas por su patrono eran de tal
extrañeza y novedad que no podía, sin mayor detenimiento, admitirlas ni
rechazarlas.
—No hablo de traición, no —dijo el consejero en el tono de quien no
quiere manifestar más que una parte de lo que sabe—, porque si ha
llegado la hora de las intrigas, no ha llegado, ni quizás llegue,
la hora de las traiciones. ¿Me entiende usted? Yo pregunto: ¿las
operaciones de nuestro ejército obedecen a un plan conveniente y
práctico? Yo creo que no. No se necesita ser estratégico de profesión
para comprender que, derrotada la impiedad en Arquijas, nuestros
soldados vencedores debieron perseguirla en el camino de Los Arcos,
batirla aquí y en Viana, y después acometer sin miedo el paso del
Ebro por Logroño, o por Cenicero, si el paso de Cenicero se creía más
seguro. ¿Usted qué opina?
—Que por Cenicero.
—Y cuando todos creíamos que Zumalacárregui operaría sobre Los
Arcos, nos hablan de una expedicioncita a Guipúzcoa. ¿Para qué? Para
coger moscas, para perseguir a las columnas de Espartero, Jáuregui y
Carratalá. ¿Usted no piensa como yo que esto es un disparate, y si
no un disparate militar, una..., ¿cómo diré?, un pretexto para ganar
tiempo, hasta que se pueda llegar a la pastelada política con Mina o
con Córdova?
Y viendo que Fago, la mirada fija tenazmente en el suelo, no decía
nada, le incitó con instancias a manifestar su opinión.
—Creo —dijo al fin el capellán—, y esta no es opinión técnica, sino
de sentido común; creo que no estamos aún en disposición de pasar
el Ebro. En Arquijas, según tengo entendido, no se cogió al enemigo
ninguna pieza de artillería.
—Ta, ta, ta..., siempre el mismo cuento. A eso replico que si no las
tomaron, fue porque no quisieron. Mis noticias son que el 5.º de
Navarra tuvo los cañones cristinos poco menos que entre las manos.
—Eso no es verdad: lo niego como testigo que fui.
—Los batallones que mandaba Villarreal también pudieron ganar algunas
piezas, y no las ganaron.
—Lo dudo.
Callaron ambos, y mientras el consejero se paseaba, Fago retrotraía su
imaginación al día y campo de la refriega de Arquijas, buscando en sus
recuerdos la certeza o falsedad de lo que su patrono afirmaba. Nunca
había tenido Fago muy alta idea de las dotes intelectuales del señor
don Fructuoso, y en aquella ocasión no encontró motivos para rectificar
su criterio sobre este punto. Tiempo es de decir que se hallaban en una
estancia grandísima de superficie, mas tan baja de techo que parecía un
pajar; indigno alojamiento de funciones políticas y burocráticas que
constituían algo semejante a un ministerio de nuestros días. El piso de
madera ofrecía ondulaciones como las del mar; desnudas de todo adorno
estaban las paredes, y los muebles eran dos papeleras desvencijadas
y una mesa, que más bien parecía mostrador, atestadas de legajos. En
una habitación próxima, abuhardillada y polvorienta, trabajaba el
individuo que era como la representación sintética de todo el personal
del departamento, un pobre chico, acólito en Oñate, donde le ayudaba
las misas a Fago, en campaña escribiente, secretario y ayuda de cámara
del señor consejero. Lo mismo le limpiaba las botas que extendía
la minuta de un real decreto. Natural era que viviese con tales
estrecheces y privaciones una corte ambulante, más rica en entusiasmo
y fe que en materiales recursos, y en la cual las dependencias de un
gobierno embrionario funcionaban difícilmente, corriendo de un pueblo a
otro con los archivos en una galera, los tinteros vacíos, y las cabezas
más llenas de esperanzas que de sólidas ideas.
En pueblos tan pobres como Artaza, gracias que pudiera alojarse con
relativo decoro la Católica Majestad, ocupando los cómodos aposentos
de la casa del cura. Los del séquito, reducido en aquel tiempo, por
consejo de Zumalacárregui, al personal absolutamente indispensable
para el real servicio, se aposentaban donde podían, no desdeñando los
desvanes, graneros y cuadras, cuando no se encontraba cosa mejor. Cien
hombres escogidos daban escolta al Cuartel Real, y solían dormir en la
sacristía o dependencias de la iglesia, o en la sala del Ayuntamiento,
teniendo por cama común el suelo duro y frío. La suerte era que ninguno
se quejaba: no hay colchón como la fe.
Antes de proseguir hablando, reconoció el consejero las dos puertas de
la habitación, cerrándolas después cuidadosamente, y ni aun así dio a
su voz toda la sonoridad que acostumbraba.
—Dejando a un lado si pudimos o no pudimos tomar piezas, ello es, amigo
Fago, que esta desviación de las operaciones hacia Guipúzcoa es un
gran desatino. Todas las personas entendidas en asuntos militares lo
censuran: el rey..., y le advierto a usted que nuestro augusto soberano
posee un gran conocimiento de las cosas militares..., el rey, digo, no
parece muy satisfecho de las disposiciones tomadas últimamente por su
generalísimo. Claro que esto no puede decirse, y yo se lo digo a usted
con la mayor reserva...
—Y con toda reserva pregunto yo: ¿acaso Su Majestad piensa cambiar de
general en jefe?
Al oír esto, volvió don Fructuoso al examen y revisión de puertas, y
con la certidumbre de que nadie le oía, dijo:
—Aquí, en confianza, amigo Fago, estamos preparando un real decreto por
el cual Su Majestad, inflamado en intenso fervor religioso, elige por
Generalísima de sus ejércitos...
—¿A una mujer?
—A la Purísima Concepción, y se pone bajo el amparo de la excelsa
Señora, para que dé la victoria a las armas que se esgrimen en defensa
de la fe de nuestros padres.
—¡Oh!..., me parece muy bien. Es una nueva muestra de la piedad de este
excelso príncipe... Pero la Virgen no ha de ponerse al frente de las
tropas..., creo yo, y siempre ha de haber un hombre que desempeñe las
funciones del orden práctico y material, en el bien entendido de que
si esas funciones no son desempeñadas con criterio y rectitud, de poco
valdría, ¡ay!, la tutelar protección de la Reina de los Cielos.