La noche le cogió en el arrabal de Acedo: pidió y le cedieron albergue
en una choza humilde, y a la mañana siguiente, muy temprano, se agregó
a una cuadrilla de campesinos que le llevaron en borrico unas cuatro
leguas. El tiempo había mejorado; pero al deshacerse la nieve, los
caminos y senderos se ponían intransitables. Sin desmayar por esto,
el peregrino seguía, y a medida que se aproximaba a las alturas de la
Améscoa, iba encontrando gente que iba o venía, caballerías cargadas
de provisiones, y alguna descubierta de soldados a pie o a caballo. En
Galbarra encontró a dos conocidos, el uno aragonés, el otro navarro,
y por ellos se informó de las posiciones de la tropa, sin dar a
entender que deseaba conocerlas para evitar su encuentro. Agregaron
que el Cuartel Real estaba en Artaza, y que allí permanecería cuando
el ejército saliese a operaciones, pasada la fiesta de Navidad. Con
estas noticias determinó emprender un largo rodeo, a fin de meterse
en Artaza sin pasar por los pueblos donde acampaban las tropas de
Zumalacárregui. Esto le ocasionó una tardanza de tres días, durante
los cuales iba viendo el _Me, Me_, ya representado por la huella de
cabras, ya por letreros diferentes, trazados con negro en esquinazos de
iglesias o en tapiales de caserones.
Llegó a Artaza de noche. El pueblo dormía; los centinelas obligáronle
a esperar el día para entrar en las calles, y arrimose a un vivac,
donde encontró conocidos y amigos, entre ellos uno del propio Oñate.
Este le notificó que se le tenía por muerto en la batalla de Arquijas,
y que el señor Arespacochaga había mandado echarle responsos. Hablando
de operaciones, díjole el mismo que pasada Navidad se emprendería la
guerra por la parte de Guipúzcoa, donde andaban muy envalentonadas las
divisiones de Espartero y Jáuregui.
No sentía Fago ningún interés por estas noticias de guerra; pero se
guardó de dar a conocer su desencanto. Tales confianzas no podía
tenerlas más que con su protector y amigo, el señor Arespacochaga, ante
quien se presentó por la mañana, no causándole menos impresión que si
fuese alma del otro mundo. Era el tal cortesano de don Carlos persona
de muy cortas luces, ambicioso forrado en beato, de ideas comunes y
palabras rebuscadas y ampulosas. Su edad no pasaba de los cincuenta
años; era de buenas carnes, de rostro frío y redondo, afeitado;
facciones que podrían llamarse eclesiásticas, con la salvedad de que
carecían de toda expresión mística. Su mirada se esforzaba en ser aguda
y luminosa; pero no lograba la vanidad lo que solo es privilegio de
la inteligencia: resultaba un mirar de desconfianza oficinesca, o de
comerciante en mercedes palatinas. Usaba en el trato social tosecillas,
pausas, caídas de ojos, y otros medios auxiliares de expresión que
conceptuaba indicadores de pensamientos recónditos: realmente eran un
juego que respondía a la vaciedad de su inteligencia. Y como había
otros más negados que él, para estos tenía un repertorio de frases
comunes, adquiridas en lecturas o cosechadas en el trato de otros
prohombres burocráticos, las cuales le servían para deslumbrar a la
muchedumbre de casacón y sombrero de tres picos, que es sin duda la más
fina y selecta variedad en la familia extensísima del humano vulgo.
Pues bien: serían las nueve de la mañana cuando el asendereado
presbítero se presentó al señor Arespacochaga, el cual habría
desmentido su carácter si no le recibiera con toda la gravedad que
gastar solía, así en los actos ordinarios como en los más solemnes de
la vida. A poco de entrar Fago, sirvieron a los dos el chocolate. Su
Excelencia oyó, frunciendo el ceño, las explicaciones que el capellán
le diera de su desaliento militar, de aquella inesperada fuga, que
parecía una deserción, pues no estando herido debió incorporarse
inmediatamente al 5.º de Navarra.
—Con estas cosas, señor de Fago, y estas rarezas de su carácter —dijo
el consejero de Castilla— me ha puesto usted en ridículo, pues yo le
aseguré al señor general en jefe que usted era un gran soldado y un
sagaz estratégico: así me lo manifestaron personas que le conocen
desde su juventud. Y ahora pregunto: ¿usted sirve o no sirve para
las armas? Porque si en el terreno militar no ha de hacer nada en
gloria y provecho de nuestro augusto soberano, lo mejor será que
vuelva a ponerse la sobrepelliz y procure sernos útil en la esfera
eclesiástica...
—Señor —replicó Fago con efusión humilde—, yo no sirvo: ni en una ni en
otra esfera podré hacer nada de mediano provecho.
—Pues entonces, ¿a qué aspira usted?
—Aspiro a encerrarme en un recogimiento, y a dar de mano a todas estas
contiendas, así políticas como militares, pues unas y otras las creo de
una vanidad absoluta.
—Hubiera usted empezado por manifestarme esas ideas egoístas —dijo el
consejero sin mirarle— y yo no le habría sacado de Oñate. Le tuve por
un gran hallazgo, como hombre de inteligencia; después salimos con
que era usted hombre de acción, y, a la primera prueba, nos resulta
fallido... Hábleme con franqueza: ¿es que le falta a usted la primera
condición de todo militar, el valor?
—De sobra he tenido esa cualidad en algunos momentos; en otros, la
verdad, me ha faltado.
—Pero yo pregunto: ¿el valor personal, el arrojo del soldado, son
indispensables en quien, como usted, según repetidas veces me han
dicho, descuella por el sentido estratégico y las combinaciones?
—El valor personal es necesario siempre. Sin él todas las aptitudes
guerreras no sirven para nada.
—Hombre, hombre..., no estamos conformes... Y yo pregunto: ¿cree usted
poseer la ciencia estratégica, ese don innato, ese...?
—Francamente, señor, creí poseerla: en mi obcecación y soberbia llegué
a imaginar que los pensamientos del general en jefe no eran más que una
reproducción de mis propios pensamientos; pero ya me he curado de esa
presunción ridícula... Yo no sé nada; yo no sirvo para nada.
—Hombre, hombre... Pues estamos bien. Me deja usted lucido... Aquí
nos desvivimos por traer a la causa todos los elementos útiles, así
religiosos como políticos y militares; descubro a Fago; creo haber
hecho una adquisición, y ahora, usted mismo, con esa santa pachorra, me
dice: «Señor, soy un necio», lo que significa que más necio fui yo al
considerarle discreto.
Al llegar a este punto, el señor Arespacochaga, apurado el chocolate,
y bebida con gran fruición el agua, empezó a medir la estancia, las
manos a la espalda, jugando con los faldones de su larga levita. Fago
continuaba sentado, y aun mojaba bizcochitos en el soconusco.
—No, no, señor mío —prosiguió el cortesano, alardeando de penetración y
agudeza—, aquí hay algo que usted no quiere decir, algo que se propone
ocultarme con esos artificios de su ineptitud, de su supuesta cobardía,
etc., etc. Aquí hay algo, y yo, que veo mosquitos en el horizonte, veo
el oculto pensamiento de usted, y le demostraré ahora mismo que a todos
engañará, pero a mí no.
—Ni a usted ni a nadie —dijo el capellán mirando fijamente al
consejero, el cual se paró ante él, y puso entre ambos una silla, en
cuyo respaldo reforzaba con golpes sus severas palabras.
—Toda esa historia que usted me cuenta es una fábula grosera con
que quiere ocultarme sus recientes inclinaciones al cristinismo, al
liberalismo, al bando infame contra el cual peleamos... ¡Ah!, es esto,
y no puede ser otra cosa... ¿Por qué no lo dice usted claro?
—Ni claro ni oscuro puedo decirlo, porque no es verdad. Grandes
turbaciones he sentido; pero eso..., líbreme Dios. ¡Yo cristino,
yo liberal! Señor don Fructuoso, es usted conmigo injusto, cruel,
despiadado.
—¿Me negará usted que estuvo en el campo de Córdova en la mañana
siguiente al combate de Arquijas?
—Estuve, sí señor, porque me perdí..., porque...
—Se perdió usted..., y tan perdido... Ya lo veo.
—Si yo me hubiera pasado al cristinismo, no estaría en este momento
donde estoy...
—Es que..., bien podría suceder que acá se nos viniera con fines de
espionaje... Valor se necesita para ello... De su conducta, señor
capellán, deduzco que usted podrá ser todo lo que se quiera, pero
cobarde no es.
—Sí que lo soy, señor don Fructuoso —dijo el otro poniéndose en pie—,
pues usted me injuria gravemente, usted me llama espía, y yo... lo
aguanto; yo... continúo respetando al que ha sido mi protector y mi
amigo.
Viendo pasear al consejero con las manos en los faldones, Fago se
sintió acometido de un vivísimo impulso: coger a su protector, y
tirarle por la ventana.
—Permítame usted que me retire —le dijo, temiendo que su sangre
impetuosa le lanzara bruscamente a una brutal acción.
—¡Ah!, no... ¿Cree usted que he concluido? ¿Cree que renuncio a obtener
las explicaciones que estimo pertinentes?
—¿Explicaciones? Ya las he dado todas.
—Ahora lo veremos. Siéntese usted... Considere que, si se me alborota,
me será fácil mandarle preso..., y un consejo de guerra decidirá si el
curita Fago es simplemente un desertor medroso, o un valiente vendido a
los enemigos de la fe.
—Mándeme, si gusta, al consejo de guerra, pues nada temo, ni me
importa. Que me juzguen como quieran.
—Le digo a usted que se siente, y oiga.
—Oigo sentado...
—Pues... yo pregunto al capellán Fago: ¿quién es una mujer, una mujer
digo, que la víspera de la batalla de Arquijas, se presentó en el
Cuartel Real pidiendo noticias de usted?
—¿De mí?... ¿Una mujer? Lo ignoro —replicó el capellán palideciendo.
—Y bien se comprendía que no preguntaba la tal por un desconocido. Su
lenguaje y el interés de sus interrogaciones demostraban confianza y
antiguo conocimiento con el señor capellán.
—¿La vio usted? —dijo Fago con apagada voz, tragando saliva—. ¿Qué
señas tenía?
—Alta, buena presencia, ojerosa..., vestida de negro.
—¿Edad?
—Como unos veinticinco años..., quizás menos.
Y creyendo ver en la intensísima palidez del clérigo indicio seguro de
culpa, prosiguió con hueca severidad:
—Le vende a usted su turbación, y todo lo que diga no le servirá más
que para enredarse en sus propias mentiras.
—Yo no miento... Por las señas, esa mujer es la hija de Ulibarri...
—¿Y cuándo hizo usted conocimiento con ella?
—¡Ah!, es cosa muy antigua, anterior a la época en que abracé el estado
eclesiástico.
—¿Y que clase de relaciones...? ¿Se puede saber...?
—Se puede saber; pero no se sabe, porque yo no he de decirlo, ni a
usted le importa nada ese asunto, enteramente personal y que nada tiene
que ver con la guerra.
—¿Que nada tiene que ver con la guerra? Muy pronto lo dice.
—Lo digo y lo sostengo, sin más explicaciones.
La actitud resuelta y valiente del aragonés desconcertó al señor
Arespacochaga, que se pasaba la mano por la frente, anunciando con este
movimiento la pronta emisión de una idea luminosa.
—Si no se tratara más que de los grandísimos pecados mortales cometidos
por usted en su vida de seglar licencioso, nada tendría que decir. Debo
creer que usted limpió su conciencia de aquellos crímenes contra la ley
de Dios, y que fue absuelto en el tribunal de la penitencia. Pero no se
trata de eso. La mujer de quien hablamos no es, no puede ser extraña a
la deserción de usted, ni a su visita al campamento enemigo.
—¡Qué absurdo! Pruébemelo usted.
—A eso voy. Dos días antes de aquel en que se presentó en Orbiso la
señora esa, se recibió una carta dirigida al capellán don José Fago.
—¿Y la abrió usted?
—Naturalmente. Su Majestad me ha encargado del servicio de correos y
policía. El estado de guerra me autoriza a leer todas las cartas, y
mayormente las de mis subalternos. Usted es mi capellán; pero aunque
no lo fuera..., aunque no lo fuera... La carta, muy mal escrita, le
decía a usted que saliera al anochecer a la primera venta que hay en el
camino de Antoñana, _Parador del Manco_ se llama, donde la firmante le
esperaba para hablarle de un asunto.
—¿Y firmaba...?
—Firmaba _Me_.