Toda aquella tarde anduvo sin encontrar tropas. Las de Córdova fueron
hacia el sur, y la división de Oraa habíase retirado por la estrechura
de San Gregorio. Encontró, sí, gentes dispersas, que corrían a recobrar
los hogares abandonados; rebaños fugitivos, y, de trecho en trecho,
caballos muertos, despojados ya de sus arzones militares; algunos
cadáveres de cristinos y facciosos, que nadie se había cuidado de
enterrar, y multitud de objetos de vestuario y armamento, despojos
tristísimos de la guerra. Ignorante de la verdadera residencia del
Cuartel Real, confiaba que algún campesino adicto a la causa, y por
allí casi todos lo eran, se lo dijese; mas no quiso formular su
pregunta hasta no hallarse más cerca del terreno dominado por los
realistas. Mas no le habría gustado encontrar al ejército, y si pudiera
meterse en el Cuartel Real sin pasar por entre los batallones de
Zumalacárregui, se creería dichoso.
Por la noche pidió albergue en el primer caserío que encontró, y allí
le dieron noticias contradictorias respecto al Cuartel Real: que había
pasado a tierra de Álava, que iba hacia el Baztán, que continuaba en
la Améscoa... Confiaba que a la siguiente mañana no faltarían noticias
ciertas, y se durmió sosegado, después de cenar habas mal cocidas y
un poco de leche de ovejas. Lo que trajo el día subsiguiente no fue
la noticia fidedigna que Fago deseaba, sino una nevada formidable.
Amaneció todo el país cubierto de nieve, borrados los caminos, el
horizonte ceñudo, el cielo arrojando copos. Era, pues, el tránsfuga
prisionero de la naturaleza, como la noche anterior, y toda su voluntad
resucitada no podía con el tremendo obstáculo de la nieve y del frío.
Resolvió esperar, toda vez que sus patronos, con gallarda nobleza, le
ofrecieron hospitalidad por todo el tiempo que quisiese. No se les
ocultaba, juzgando por el habla, que era persona principal, quizás
de alta categoría, y le escuchaban con respeto y se desvivían por
agasajarle.
—Señor —le dijo el anciano, jefe de la familia, compuesta de viejas,
muchachas y niños, pues todos los mozos estaban en la facción—,
vocencia me dispensará si le digo que le hemos conocido, y que no
tiene por qué ocultarse de nosotros. Aquí somos fieles a la causa,
y puede estar tranquilo, pues. Sabemos que vocencia eminentísima es
ese príncipe, primo hermano de la sacra católica real Majestad; ese
que le nombran don Sebastián, don _Grabiel_, o no sé cómo, y que anda
por estos lugares desaminando pueblos al ojeto de ver dónde se pone
una grande fortaleza o laberiento de trincheras que piensan hacer,
para que se apoyen las tropas, y den las batallas en regla. Aquí está
vocencia seguro, y puede sacar los pinceles y compases para pintar la
tierra y montes y honduras radicantes arriba y abajo. Yo también he
sido militar, del 1.º de Zapadores: me encontré en Zaragoza con el
comandante de Ingenieros señor Sangenís, y sé lo que son escarpas y
contra-escarpas, líneas quebradas, y obras de tierra y fagina. De modo
que aunque estoy algo mal de la vista, y por ello gasto antiparras,
bien podré ayudarle, y conmigo las muchachas, que todas se despepitan
por servir a la real persona.
Respondió Fago que él no era príncipe ni magnate, sino un pobre
capellán del Cuartel Real, que se había extraviado en la acción de
Arquijas, y deseaba volver a reunirse con los suyos. No se dio por
convencido el viejo, y continuaba mirándole con las antiparras de
redondos vidrios, montados en gruesa armadura de cuerno.
—Pues diré a vocencia que, para mí, el Cuartel Real está ya sobre
Salvatierra, y las tropas van a forzar el paso de Pancorbo para
plantarnos en Burgos en menos que canta un gallo.
Las viejas tomaron parte en la conversación, y propusieron a Fago
darle un balandrán de cura que cogido habían en el campo de batalla.
No le pareció mal este ofrecimiento, y aún le pareció mejor al ver la
prenda de ropa enteramente ajustada a su talla y cuerpo, y tan buena
que revelaba ser de canónigo. Aceptada desde luego, se la puso para
abrigarse: el frío era intenso; seguía nevando, y no había que pensar
en salir tan pronto. Los pastores que en cabañas próximas recogían su
ganado aseguraban que el rey con toda su corte estaba en la Améscoa
Baja, y también el ejército, y que hasta pasada Navidad no habría
operaciones, por causa del mal tiempo. El viejo de las antiparras no
se separaba de su huésped, tratando de hacerle menos aburridas las
horas con su charlar continuo de la guerra, entreverado de anécdotas
navarras, y de noticias referentes a linajes, familias y personas:
de todo ello coligió Fago que había tenido posición y hacienda muy
superiores a la pobreza en que a la sazón vivía. Era ribereño, de
Murillo el Cuende, y se llamaba Fulgencio Pitillas. Comprometido en
las campañas realistas del 22 y 28, Mina le había quemado sus casas
y graneros, y quitádole los ganados. Todo lo perdió por defender una
idea; pero no le importaba con tal de ver la idea victoriosa. ¿Qué
valían unos cuantos carneros y algunos sacos de trigo en comparanza de
la religión católica, y del trono legítimo? Dios sobre todo.
Oía esto con indiferencia el buen Fago, hasta que de concepto en
concepto, picando el señor de Pitillas en uno y otro asunto, vino a
resultar inopinadamente que había conocido a don Adrián Ulibarri. De
tal modo se desconcertó el capellán al oír nombrar a la víctima de
Falces, que en un punto estuvo que apretase a correr, poseído de un
pánico semejante al que sintió en la batalla de Arquijas. Como el buen
Pitillas era tan cegato que no veía _tres sobre un burro_, no advirtió
la turbación y palidez del otro, y siguió diciendo que en sus buenos
tiempos había tratado íntimamente a Ulibarri, y que la difunta de este,
doña Saturnina Dorronsoro, y la difunta de Pitillas, doña Manuela
Mendívil, eran primas segundas. Agregó que había sabido el fusilamiento
de don Adrián, pena que le estaba bien merecida, por meterse a dar
soplo a los cristinos de los movimientos de los leales; cosa fea,
porque el buen navarro debía pertenecer en cuerpo y alma a la causa
_disoluta_. Titubeó Fago entre nombrar a Saloma o callar este nombre,
que removía en su alma heces amarguísimas; pero su ardiente curiosidad
pudo más que su miedo, y Pitillas, contestando a la tímida pregunta,
dijo:
—Esa desgraciada, que conocía muy bien el genio que gastaba su padre,
no se atrevió a presentarse a él después del estropicio, y ahora...
—¿Ahora qué?
—Dicen que dicen... Yo no gusto de conversaciones, y mejor es que me
calle.
—¿Luego vive?
—¿Que si vive? Ahora la tiene usted de ama de cura.
—¡Jesús mío!
—Dicen que dicen..., yo no digo nada... Volviose con el mismo que la
perdió; este, que es un gran tunante, para esconder sus pecados debajo
de la religión se hizo cura, y ella...
—Eso no es verdad, señor Pitillas —afirmó el capellán con acento tan
distinto del que comúnmente usaba que el viejo se desconcertó.
—Yo no lo he inventado.
—Pues es falso, y quien lo haya dicho, miente como un bellaco.
—Así será, pues vocencia lo asegura. De que lo dicen respondo. Ahora,
que sea o no verídica, no sé... Yo he creído que ella y él no se han
metido en nuestra religión santísima, sino en otra de esas en que hay
_clérigas_, quiero decir, donde los curas son al modo de matrimonios
casados, y cada canónigo tiene su sacerdotisa para que le cosa la
ropa... Eso pienso; no sé.
—¿Y dónde están?
—Que me condene si lo sé. Pero aquí viene este Fermín Iralde, que debe
de saberlo, porque una noche contó que había visto a la Saloma tocando
las campanas en la iglesia de un lugar, de cuyo nombre no me acuerdo.
Llegose al grupo un pastor cojitranco, con peales y zahones, hirsuto,
de color gitanesco. Interrogado por Pitillas, dijo que Saloma era ama
de un cura que peleaba en la facción.
—¿Y se llama...?
—No lo sé... Solo sé que es aragonés, y que está en el 5.º de Navarra.
—Eso no es verdad. Y ese clérigo, antes de meterse a soldado, ¿era
quizás párroco de algún pueblo?
—Capellán del Cuartel Real.
—¿Y es el mismo que...?
—No, señor: es otro.
—Mentira, más mentira todavía. ¿De dónde habéis sacado esas fábulas
indecentes?... Otra cosa. ¿Y dónde decís que habéis visto a Saloma
Ulibarri tocando las campanas?
—Repicando..., cuando entraba en el pueblo Su Majestad don Carlos
Isidro. La vio un pastor que se llama Orden.
—¿Dónde? ¿Qué pueblo era ese?
—Aranarache, en la Améscoa Baja.
—También lo niego. Yo sostengo que es falso de toda falsedad, y a ver
quién es el guapo que me desmiente. Sois unos zopencos; hacéis mal
en tomar en boca a personas honradas, que ni han escandalizado ni
escandalizarán jamás. Saloma no es ama de cura, ni _clériga_, ni nada
de eso, y al que diga le enseñaré yo el respeto que se debe a la mujer
virtuosa: donde quiera que ahora resida, llorará la muerte de su padre
y sus propias culpas. Para mí está o debe estar en algún recogimiento,
casa de religión o cosa así.
—No se incomode vocencia —le dijo Pitillas tirándole del balandrán,
pues Fago se había puesto en pie y accionaba enérgicamente con el
garrote—. ¿A nosotros qué nos va ni qué nos viene en esto?
—Nos va y nos viene, señor mío, que no debemos dar curso a la
calumnia, sino cortarla donde quiera que la encontremos. Yo salgo a la
defensa de toda persona calumniada, ahora y siempre.
—Bueno, señor. Hágase cargo de que no hemos dicho nada, y vámonos a
comer, que ya es hora.
Comió Fago de mal talante, y a cuanto le decían sus patronos contestaba
tan solo con monosílabos incoherentes. Por la tarde, con gran sorpresa
de toda la familia pitillesca, afirmó que no podía detenerse; y
resistiendo a los halagos de aquella gente infeliz, se despidió, ávido
de lanzarse a los caminos, de agitarse y correr, movido sin duda de
la necesidad de ejercicio físico, o quizás de una impaciencia que ni
él mismo sabía si era caballeresco-militar, caballeresco-religiosa, o
caballeresco... ¿qué, Señor? El tiempo y los hechos lo dirían.
No acobardado del mal cariz del cielo, ni de la nieve que en espesa
capa cubría la tierra, marchó resueltamente hacia el norte en busca
del paso del Ega más próximo, que era el de Acedo. Escasos dineros
llevaba: dos pesetas columnarias, y una regular porción de cuartos.
Sus víveres eran un pan con chorizo entre la miga, que al salir le
dieron los Pitillas; su compañía, sus pensamientos y el garrote. No
llevaba media hora de marcha, cuando empezó a ser atormentado por una
idea, y esta no le abandonó hasta el fin de la jornada. Era como un
compañero de viaje que al compás de los pasos, y convirtiendo en voz
humana el singular crujido de la nieve bajo los pies, le hablase al
oído. ¿Qué decía? Pues que en el bolsillo del balandrán que puesto
llevaba, generosa ofrenda de los Pitillas, había, cuando se lo dieron,
una carta olvidada. Recordaba que en el momento de tomar la prenda de
ropa de manos de la vieja, había registrado los bolsillos, encontrando
en ellos un pedazo de yesca, dos cuartos, y un papel escrito. Rompió
el papel la anciana, sin que a él se le ocurriese impedirlo, por no
sospechar que pudiera ser interesante. Pues bien, al ponerse en camino
dio en pensar que el papelejo era una carta de la persona cuyo nombre,
pronunciado inopinadamente aquella mañana, había removido su ser todo.
La hija de Ulibarri escribía muy mal, y firmaba solo con la sílaba
_Me_, abreviatura de Salomé, con que de niña la nombraba su abuela.
«Parece que es esto obra del demonio —pensaba—. Ahora veo los pedazos
del papelejo, rotos y echados al viento por señá Martina, y creo
recordar, creo recordar..., como no sea esto una artimaña del espíritu
maligno..., creo recordar que en uno de aquellos pedacitos, que volaba
delante de mis ojos, estaba escrito: _Me_... Y yo digo: ¿esto del creer
recordar, es como recordar verdaderamente? Si vi pasar la palabra _Me_
por el aire, ¿cómo no me causó la impresión que ahora me causa el
querer recordarlo? Luego no hubo tal palabra... ¿Y no podría suceder
que viera la sílaba sin darme cuenta de lo que significaba?...».
Por todo el camino, sobre la blancura inmaculada de la nieve, fue
viendo algo como huellas de una cabra, un signo que evidentemente
decía: _Me, Me, Me_...